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Irradiar el abismo

Paraguay cuenta (Editorial Y, 2019) es una antología que recrea y reestructura la narrativa del país: incluye relatos de los primeros siglos (nunca publicados como parte de la literatura paraguaya) y cuentos de escritores reconocidos, así como de algunos autores marginados de los estudios literarios. En la introducción, el antólogo Sebastian Ocampos cuenta y reflexiona sobre este trabajo.

 

¿Por qué leo? Quiero comprender al humano, a mí mismo y a los demás. «La literatura establece un  vínculo entre el sujeto y la humanidad».[1] En media vida de lector voraz, esta frase de Stephen Vizinczey es la descripción más precisa de la función de la literatura que he encontrado.

 

II

¿Por qué leo literatura paraguaya? Nací y vivo en Asunción. Premisa, no nacionalismo. Como lector, entre los libros desordenados que pude leer, primero me sentí parte de una tradición filosófica; luego, de una tradición de la narrativa irónica y reflexiva. Nunca de una paraguaya. ¿Cómo hubiera podido sentirme parte de una tradición presentada pertinazmente como inexistente?

Para ser lector de la literatura paraguaya, viví dos experiencias fortuitas, simultáneas y esenciales: edité la revista Acción Cooperativa, en la que incluí la sección Bibliográficas para publicar las novedades que recibíamos de las editoriales locales; y cofundé el taller literario Salón de Lectura, dirigido por la escritora Maybell Lebron. Ambos me permitieron conocer a muchos autores connacionales, en persona y en libros.

 

III

Mis primeros encuentros con la literatura local fueron gracias a los escritores de la familia: Jorge Ocampos González (1917-2002) y Celso Ávalos Ocampos (1929-2005), abuelo y tío abuelo. En este país de pobreza heredada y condicionante, ambos me mostraron que los libros pueden ser parte de nuestra vida y que nuestras historias, a pesar de las restricciones, pueden ser parte de los libros.

En el colegio, la educación obligatoria nos introdujo a algunos autores-propietarios de la literatura paraguaya. En esos años, la poesía había despertado mi interés. ¿Es posible ser inmune a ella en la adolescencia? Sin embargo, toda la literatura impartida en el colegio me aburría, hasta me repelía (¡uno de los textos obligatorios era Mancuello y la perdiz!).

IV

El sistema penitenciario y el sistema educativo cumplen objetivos contrarios de los que se proponen: el primero, en vez de reinsertar ciudadanos a la sociedad, los profesionaliza en el delito y el crimen; el segundo, en vez de graduar ciudadanos críticos, titula analfabetos funcionales.

V

Aún no respondí por qué leo literatura paraguaya. Debo confesar: tengo una tremenda necesidad de comprender por qué el infortunio se ha enamorado de este país. (De los infortunios descritos/denunciados por Teodosio González[2] a la frase célebre de Roa Bastos,[3] es llamativo que nuestro único Cervantes haya recurrido, entre tantísimas opciones, al verbo «enamorar» para vincular al infortunio con el Paraguay. No puedo evitar preguntarme qué le ha de haber sucedido a Roíta para que tuviera esa noción del enamoramiento.)

 

VI

Fortuna, en el Diccionario universal de la mitología o la fábula: «Deidad que presidía en todos los acontecimientos, y distribuía, según su capricho, los bienes y los males. Se ha observado que no era conocida en Grecia en la remota antigüedad porque no se encuentra su nombre ni en Homero ni en Hesíodo. Los poetas la pintan calva, ciega, en pie, y con dos alas a los dos pies, el uno sobre una rueda que da vueltas, el otro en el aire. Los antiguos la han representado con un sol y una media luna sobre la cabeza para indicar que, como estos astros, la fortuna preside a todo lo que pasa en la tierra. Le han dado también un timón para indicar el imperio de la casualidad. Muchas veces, en lugar de timón, tiene un pie en la proa de una nave, como presidente a la vez sobre la tierra y sobre los mares. Las medallas de los emperadores romanos la representan con diferentes calificaciones y atributos.»

En el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Joan Corominas escribió: «Tomado del latín fortūna ‘fortuna, suerte, azar’ (deriv. del defectivo fors, fortis, íd.). En la acepción ‘borrasca’, h. 1300, fue en el origen eufemismo para no emplear palabras más alarmantes. DERIV. Afortunado, h. 1400 (fortunado, 1256). Infortunio, h. 1440, latín infortūnium id.; infortunado, h. 1540.»

 

VII

Fechas coincidentes: el registro de la palabra infortunio data de 1440 aprox.;  la tripulación de Cristóbal Colón desembarcó en la actual Bahamas en 1492; la expedición de Juan Díaz de Solís desembarcó en lo que hoy es Uruguay en 1516; el grupúsculo de Alejo García llegó al actual Paraguay en 1524 aprox.;[4] la expedición de Sebastián Gaboto fundó el fuerte Sancti Spiritus en 1527 (donde sucede el relato «Lucía de Miranda») y remontó el río Paraguay hasta el río Pilcomayo en 1528; Juan de Salazar fundó el fuerte Nuestra Señora Santa María de la Asunción en 1537; el registro de la palabra infortunado data de 1540 aprox.; el fuerte adquirió rango de ciudad en 1541.

VIII

Sigamos con la idea: la fortuna guió la conquista para el acrecentamiento de la Corona. Sin embargo, de acuerdo al historiador Ignacio Telesca, «cuando desde el centro español se percataron de que en el Paraguay no encontrarían ni oro ni plata, dejaron a la novel provincia abandonada a su destino. Perteneciente al Virreinato del Perú, el Paraguay no era sino el confín de los confines.» En palabras de Roa Bastos: «Hacia fines del siglo XVI y comienzos del XVII, la inmensa nebulosa de la Provincia Gigante empezó a contraerse, a disgregarse. Perdió el mar. Inauguró su destino de isla rodeada de tierra, bajo los peores auspicios. Se convirtió en la provincia pobre que la administración metropolitana abandonó a su suerte.»[5] De vuelta a Telesca, podemos reconocer el infortunio: «Una vez instalados los colonizadores, los guaraníes, en especial las mujeres, fueron explotados de forma brutal. Luego se instituyeron las encomiendas y los pueblos de indios, lugares exclusivos de población indígena. Dentro de este grupo estaban las misiones jesuíticas, pero con la diferencia de que la población de esas misiones no estaba encomendada a encomenderos paraguayos sino directamente a la Corona.»[6]

 

IX

Desde ese nacimiento traumático hasta nuestro tiempo, el Paraguay es una incógnita incluso para los paraguayos. En los discursos nacionalistas aún se describe/exalta una nación que no coincide con las crónicas, los archivos, las ruinas, los patrimonios, la diversidad cultural.[7] La historia ha sido tan manipulada por los poderes sectarios, que la gente, cuando desconfía de un relato, responde enfática: «¡Historia ko upéa!» ¡Historia es eso! ¡Lo que cuentas es falso!

X

Las personas de letras no contamos con mejor suerte. Ante tanta opresión y manipulación de la minoría letrada, la gente supo adaptar el significado de «letrado» a la realidad: aprovechador y traidor, alguien de quien desconfiar. El castellano paraguayo es obra de la sabiduría popular.

XI

En la génesis de los mbya-guaraní, según León Cadogan,[8] la primera obra del creador, Ñande Ru, Nuestro Padre, El Absoluto, en cuanto tuvo forma humana, fue el ayvu, palabra-alma, que luego de crearse la tierra sería enviado para que se encarnara en hombre. Sin embargo, el guaraní fue un idioma ágrafo hasta que los jesuitas del siglo XVII, con el castellano como soporte lingüístico, le dieron escritura para que fuese un instrumento de catecismo.[9]

XII

Tras la palabra oral como creación mística y la palabra escrita como arma contracultural, al paraguayo no le caracteriza ni lo uno ni lo otro, sino el silencio. Diversos silencios: de desconfianza ante el extraño; de desacuerdo ante el discurso persuasivo; de reflexión ante una desgracia; de vergüenza ante las burlas por su diglosia; de impotencia ante los derechos que no puede ejercer; de sobrevivencia ante la injusticia que teme denunciar…

XIII

Un causante: gobierno de intereses sectarios. En la colonia y la república, el silencio ha sido el arma política, ejecutada por un gran aparato de represión, para que los crímenes y los delitos de los ostentadores del poder pasasen desapercibidos.

XIV

También como política de omisión: en cinco siglos, en el Paraguay nunca hubo políticas educativas que garantizasen el derecho a la lectura y la escritura en castellano, menos en guaraní,[10] ni hablar en la veintena de idiomas nativos, algunos en peligro de extinción.[11] Solo en casos excepcionales, hubo proyectos para que la palabra escrita fuese un derecho. En pleno 2019, a pesar del doliente porcentaje de analfabetismo neto[12] y del alarmante porcentaje de analfabetismo funcional,[13] las políticas educativas, sobre todo las de fomento de la lectura, carecen de presupuesto público[14] y dependen de la caridad ciudadana.[15]

XV

¿Qué es el Paraguay? Muchos escritores connacionales y algunos extranjeros paraguayizados pretenden definirlo. La tópica idea del aislamiento también tuvo efecto en el contemporáneo narrador del cuento «La diatriba», tajantemente estadístico en su descripción: «ínsula rebosada de ganado vacuno, soja transgénica, marihuana ilegal y cigarrillo contrabandeado». Gracias a esta antología, supe que la metáfora más precisa para definir al Paraguay es el abismo.

XVI

Abismo, según el Diccionario de la lengua española (DLE): del francés antiguo abisme, este quizá del latín vulgar abyssĭmus, derivado del latín tardío abyssus, y este del gr. ἄβυσσος ábyssos; literalmente «sin fondo». 1. m. Profundidad grande, imponente y peligrosa, como la de los mares, la de un tajo, la de una sima, etc. 2. m. Realidad inmaterial inmensa, insondable o incomprensible. 3. m. Diferencia inmensa. Entre el original y la copia hay un abismo. 4. m. p. us. infierno (lugar de castigo eterno). 5. m. Heráld. Punto o parte central del escudo. 6. m. Nic. Maldad, perdición, ruina moral.

XVII

Debemos esta metáfora a dos stronistas de primera fila: Mario Abdo Benítez (padre) y Mario Halley Mora. El primero es parte del humor político internacional (aunque cada país lo pone en boca de alguno de sus tiranos o secuaces): cuentan que en un discurso oficial, el entonces secretario de Stroessner dijo: «Antes de este gobierno, estábamos al borde del abismo; con este gobierno, dimos un paso adelante». El segundo es parte de la narrativa paraguaya: el director del diario Patria, vocero oficial de la tiranía más prolongada de Latinoamérica (1954-1989) y conocedor de la estructurada improductividad gubernamental, escribió «Los habitantes del abismo».

XVIII

Al principio, no fue el abismo. Cuando me propuse esta antología, a inicios de 2017, ya tenía una primera lista de cuentos. De Mario Halley Mora, había alistado «La libreta de almacén», cuento breve que invita a la imaginación, en palabras de Rogelio Vallejo, quien me acompañó en el lento proceso de lectura y selección de Paraguay cuenta. Luego del índice avanzado, tuve la necesidad de releer los cuentos completos de muchos autores. Cuando releí «Los habitantes del abismo», supe que sería la ficción fundamental del conjunto: ya no se trataba de una compilación de relatos históricos y cuentos extraordinarios, sino del encuentro de las obras que, a través de la ficción, revelan las razones profundas del enamoramiento entre el infortunio y el Paraguay: nuestra tradición literaria.

XIX

Tradición literaria local vinculada, como todo arte transcendental, a la mundial, en especial a la creada por el escritor que Albert Camus retrató: «El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse.» «Por lo mismo el papel del escritor es inseparable de los deberes difíciles. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte.» «Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.» «(…) atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.»[16]

XX

Entre la ética del escritor (estar al servicio de quienes sufren la historia) y la función de la literatura (establecer un vínculo entre el sujeto y la humanidad), radica el poder de la tradición literaria paraguaya: irradiar el abismo.

XXI

En la primera lista de cuentos, además de los relatos históricos, se encontraban: «El maestro», «Romance de la niña Francia», «La mano en la tierra», «Hooohhh lo saihovy», «El guahu», «Amarga cosecha», «El guerrillero», «Orden superior», «Solo un momentito» y «Arribeño del norte».

El primero, de Rafael Barrett, generalmente inaugura las antologías del cuento paraguayo. El hispanoparaguayo mantiene el talento clásico de fascinar a todo lector que arriba a sus páginas sobre nuestra realidad delirante. El segundo, de Concepción Leyes, suele incluirse en algunas publicaciones, aunque la autora no sea muy recordada. Su talento narrativo le permitió reescribir algunos mitos y leyendas, entre los que sobresale el cuento elegido, reflejo crítico de la figura del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (1766-1840).

El tercero, el cuarto, el quinto y el octavo fueron seleccionados previamente por el ilustre crítico Roque Vallejos (1943-2006) en Cuento paraguayo (2002), lúcida antología del género, en selección y crítica. «La mano en la tierra» es la cumbre de la narrativa poética de Josefina Plá; es, además, la única de las cuarenta ficciones que cuenta una historia de un tiempo muy pasado al de la autora, complementándose con los primeros relatos de Ruy Díaz de Guzmán sobre la conquista. «Hooohhh lo saihovy» del olvidado José Santiago Villarejo, narrador de la Guerra del Chaco (1932-1935), es una muestra de la construcción y la representación del héroe bélico. «El guahu» de Gabriel Casaccia es el primer logro de la narrativa psicológica del Paraguay. El autor aregueño supo, ya en sus primeras obras, que estaba más interesado en lo que pasaba en la cabeza de sus personajes que en la forma (con muchos diálogos en guaraní, idioma cuya escritura desconocía, tal como la mayoría de los connacionales). «El guerrillero» de Ana Iris Chaves es lo mejor de su producción cuentística y un logro de la literatura paraguaya: en el contexto de la dictadura stronista, vemos cómo un joven privilegiado cree en la imagen del guerrillero y decide convertirse en uno, hasta que la crueldad de la batalla lo aterroriza. Choque entre la expectativa y la realidad.

«Amarga cosecha» de Carlos Garcete, autor multifacético, en general ninguneado, quizá por su postura política, cuenta una historia constante en el campo, aunque con un final de justa rebelión, infortunadamente inusual.

«Orden superior» de Maybell Lebron es una tragedia griega contemporánea. Poeta hasta en sus narraciones, con frases como síntesis de vida, en esta historia nos cuenta una lectura política del Paraguay y de otros países de circunstancias históricas similares: el pasado es un agente opresor que reprime toda rebelión del presente que busca un futuro mejor.

«Solo un momentito» de Rubén Bareiro Saguier es el principal cuento de Ojo por diente, uno de los libros excepcionales de la literatura paraguaya. Las grandes tragedias y los grandes dramas tienen una característica común: suceden entre familiares. A diferencia de lo que se repite, de que la familia es lo primero, en este cuento, así como en muchos momentos de la vida, el deber político prevalece.

«Arribeño del norte» es el cuento con el que reconocí el talento narrativo de Carlos Villagra Marsal, luego del obligatorio Mancuello y la perdiz. Sostenido en el diálogo esmeradamente paraguayo, este cuento es un ejemplo de que el Chaco es el nuevo Viejo Oeste.[17]

XXII

En la primera lista, obviamente también se hallaba Augusto Roa Bastos. Quería incluir «El sonámbulo». Publicado años después de Yo el Supremo (1974), es un cuento largo (más adelante mencionaré mi tesis del género) que dialoga con la vida y obra de Juan Crisóstomo Centurión, presente en este libro con «Viaje nocturno de Gualberto». Y la vida y obra de Roa Bastos dialoga, a la vez, con «El refutador» de Gilberto Ramírez Santacruz. Tres ficciones cardinales de los siglos XIX, XX y XXI. Para mi mala fortuna, una editorial tiene los derechos reservados de «El sonámbulo». Pero se me permitió publicar uno de sus Cuentos completos. Los releí y dudé mucho. Al final, elegí el magistral homenaje a Cervantes y Shakespeare: «El pájaro mosca».

XXIII

En busca de conocer el pasado ignorado/omitido de nuestra narrativa, recurrí a todo lo que encontré sobre literatura paraguaya, publicado en varios países: artículos, monografías, ensayos, antologías, diccionarios, etc. Quien mejor me orientó en los inicios fue Raúl Amaral (1918-2006). Tuve en cuenta su análisis y conclusión en «Ruy Díaz de Guzmán, primer escritor paraguayo»[18] e incluí, como punto de partida, tres de los relatos contenidos en el libro fundacional Descubrimiento, conquista y población del Río de Plata (1612): «Lucía de Miranda», «Maldonada» y «Dragón».

El primero, «Lucía de Miranda», trascendió con vida propia. El autor fue relegado a los estudios como historiador, y el relato reescrito numerosas veces, en especial como leyenda.[19] La historia de la española cautivada por los hermanos Mangoré y Siripó coincide con la de Overá,[20] narrada en un canto del poema histórico (1602) de Martín Barco de Centenera: la rebelión y la resistencia fueron las respuestas de los nativos contra la conquista española de esta región. Al contrario de «Lucía de Miranda», que es un capítulo completo del libro de Ruy Díaz de Guzmán, «Maldonada» y «Dragón» son fragmentos de otros capítulos. «Maldonada» también trascendió como leyenda y fue reescrita numerosas veces. «Dragón», en cambio, no tuvo la misma suerte, quizá porque la crueldad descrita es una constante del humano contra las demás especies. A diferencia de «Maldonada», en el que una mujer es salvada por una leona, en «Dragón», un animal extraordinario, calificado como culebra monstruosa o serpiente, es capturado primero por un grupo indígena que lo considera una encarnación del mal y luego es muerto con arcabuces de la armada española y saetas de los nativos.

En los relatos, el primer escritor paraguayo está presente como narrador: sabe lo ocurrido y hasta lo que sienten, piensan y dicen los personajes, aunque sus fuentes solo hayan sido testimonios de otros. Sobre todo, está presente como conquistador militar cristiano (católico). Precursor entre los cronistas de Indias, sus narraciones son nuestro fundamento histórico y ficcional. Esta herencia sin par en la región debería valerle el renombre que aún no tiene en el Paraguay.

XXIV

«Nicolás I rey del Paraguay» es uno de los muchos textos que leí, años atrás, solo por la curiosidad que me provocaba el título. Publicado original y anónimamente en francés, en 1756, como una historia contra los jesuitas, se volvió un relato imprescindible en el silencio literario del siglo XVIII paraguayo. La historia, como los relatos sobre Mangoré, Siripó y Overá, es una rebelión de los nativos, aunque con un importante cambio: la misma es encabezada por un andaluz pícaro que huye de Europa y desembarca en esta región.

Ruy Díaz de Guzmán escribió Descubrimiento… con la intención de contar fidedignamente (y justificar) la conquista española del Río de la Plata, pues de los protagonistas no quedaba «más memoria que una fama común y confusa de su lamen­table tradición». En «Nicolás I…», el o los autores anónimos escribieron el relato como si fuera una historia real y lo publicaron como un arma antijesuítita para que el rey Carlos III expulsara a la Compañía de Jesús de los dominios de España. La escritura, en el primer caso, fue un deber patriótico; en el segundo, tuvo un fin político. En muchos de los diversos textos publicados en el Paraguay, ese deber y ese fin permanecen confundidos.

Una lectura memorable sobre «Nicolás I…» en Europa: mucha gente asumió la historia como cierta. Voltaire, en cambio, negó la existencia de tal rey. Bien informado sobre la presencia jesuítica en el Paraguay, en 1759 publicó Cándido, o el optimismo, novela en la que el protagonista también huye de Europa, desembarca en el Río de la Plata y remonta hasta el Paraguay.

XXV

El primer relato paraguayo con intencionada estructura de cuento es «Dos horas en compañía de un loco», firmado por D. L. T. y publicado en dos partes en la revista La Aurora, números 11 y 12, de 1861. La historia tragicómica y fantástica, cuyo título es mencionado en algunos estudios sobre la literatura paraguaya, al parecer tuvo que aguardar hasta esta antología para que se la volviera a publicar y, por fin, pudiera ser parte de nuestra narrativa.

XXVI

Otro título mencionado en algunos estudios sobre la historia de la literatura paraguaya: «Prima noche de un padre de familia». Curiosamente, los datos mencionados no han acertado el título (sin el artículo inicial «Una»), ni el autor (a veces Eugenio Bogado, otras veces Juan Evangelista Barrios), ni el género (la denominan novela), ni la forma editada, ni el año de publicación, ni la historia narrada. Solo han dado en el blanco con el periódico que lo publicó: El Semanario (1853-1868).

Esos desaciertos complicaron tanto la búsqueda que, luego de meses en archivos y bibliotecas, públicas y privadas, físicas y digitales, con la ayuda del joven bibliotecario Fredy Fretes, llegué a la conclusión de que el texto nunca existió y de que alguien lo inventó y los demás lo repitieron.

Luego, como lo habían considerado nada más y nada menos que la primera novela paraguaya, se me ocurrió escribirla para que formara parte de este libro. (Si ni siquiera los estudiosos de nuestra literatura leen los textos que citan, ¿qué sucedería si escribiese y publicase ahora la novela fundacional del Paraguay? Lo imagino y solo veo una respuesta: nada.)

A pesar de todo, cada tanto volvía a buscar el texto inhallable. Hasta que una prima noche leí una noticia sobre la digitalización completa de El Semanario y de que el responsable del proyecto era el historiador Hérib Caballero Campos. Sin dudar, le escribí disculpándome por la hora tardía y preguntándole si podría acceder a las copias del periódico, pues estaba en busca de… Contestó rápido: ¡conocía el relato! Y con sus indicaciones, ¡por fin pude leerlo!

Pero fue una decepción, un infortunio más: apenas lo terminé, supe que no podría publicarlo en este libro. Relato largo, pura propaganda y adoctrinamiento: un padre, en un monólogo forzado como diálogo, recurre a todos sus argumentos para persuadir al hijo de que los habitantes de la República del Paraguay debían obediencia y sumisión al gobierno y la religión cristiana (católica).

«Una prima noche de un padre de familia», firmado por el deán Eugenio Bogado y publicado en cuatro números (428, 430, 431 y 432) de El Semanario, en junio y julio de 1862, fue el preludio del Catecismo de San Alberto, adaptado para las escuelas del Paraguay en el gobierno de Francisco Solano López (1863).[21]

XXVII

Un autor que sí o sí pensaba incluir en esta antología: Juan Crisóstomo Centurión, protagonista y cronista de la Guerra Guasu (1864-1870), nuestro primer gran escritor. Pero el archivo de «Viaje nocturno de Gualberto» que tenía, su única ficción conocida, carecía de una página (y no quería repetir la edición incorrecta publicada a mediados de 2018, con errores y sin la aclaración de la ausente página). Por suerte, en plena búsqueda de «Una prima noche…», hallamos una copia íntegra de la edición facsimilar de 1988. Corregimos los errores, actualizamos la ortografía (como hicimos con los textos de los siglos XVII, XVIII y XIX) y agregamos la página.

«Viaje nocturno de Gualberto» (1887) es un relato largo considerado como la primera novela del Paraguay (recuerden «Una prima noche…», ¡también la primera novela!), solo por su extensión de diecisiete mil y tantas palabras, aceptable en el segmento inferior de la novela corta. En el texto, leemos la presentación del protagonista, su narración onírica y un epílogo ensayístico. En conjunto, es un alegato contra la guerra y la ambición personal de quienes la provocan: valiosísimo en nuestro país aún obsesionado con la heroización y la reescritura histórico-ficcional de las guerras internacionales.

XXVIII

La búsqueda de la ficción ignorada/omitida del Paraguay no se limitó a las publicaciones locales. En la revista Caras y Caretas N° 133, de 1901, hallé el cuento de ciencia ficción primitiva «La atrevida operación del doctor Ors», de Otto Miguel Cione, escritor, dramaturgo y periodista que nació en Asunción y que vivió en Montevideo (al parecer, también en Buenos Aires). Su obra pertenece a la literatura uruguaya, detalle que me obliga a responder por qué la incluyo en esta antología. Nació y vivió su infancia (no sé hasta qué edad) en la capital paraguaya y el tema del cuento seleccionado está emparentado con los demás: el protagonista doctor quiere comprender las causas de la maldad.

XXIX

Entre las revistas culturales de las primeras décadas del siglo XX se encuentra La Novela Paraguaya, extrañamente mencionada en los trabajos sobre el tema abordado. ¿La razón? Los estudiosos no tenían en cuenta las publicaciones periódicas (diarios, semanarios, mensuarios, revistas) en el momento de investigar la historia de nuestra literatura. Sus estudios se basaban, sobre todo, en los libros. Y en el Paraguay, la publicación de libros fue exigua hasta mediados del siglo XX. Es menester agregar que el archivo, con escasísimas hemerotecas, es una tarea pendiente en el país: hasta ahora, buscar documentos es una labor arqueológica de frustraciones y alergias. De hecho, si no fuera por el artículo de José Vicente Peiró sobre La Novela Paraguaya,[22] no sabría mucho de la misma. Y fue justamente gracias a él, luego de un intercambio de archivos-prisioneros, que pude leer y quedar fascinado con «Los Cuervos de Icaria» (1923) de Carlos Frutos. Cuento largo, satírico, brutal, impiadoso; su descripción sociopolítica del Paraguay se mantiene actual y su denuncia de la opresión patriarcal contra las mujeres tiene plena vigencia en el mundo.

XXX

Arnaldo Valdovinos es uno de los muchos autores compatriotas poco recordados. En La incógnita del Paraguay (1945), libro de ensayo y narrativa, publicó el cuento largo «¡Fábricas!», aporte invaluable para nuestra literatura, hasta entonces carente de obras que narrasen una constante política y económica en el Paraguay pos Guerra Guasú: el entreguismo. En siglo y medio, casi todos los gobiernos, ante el espejismo del progreso ofrecido por los capitalistas foráneos, han entregado gran parte de la soberanía territorial, convirtiendo al Paraguay en uno de los países con peor distribución de tierra en el mundo.[23]

XXXI

En la primera lista también incluí cuentos contemporáneos: «El apocalipsis según Benedicto», «El refutador», «Putus versus» y «Riqueza interior». El primero, de Esteban Bedoya, es un cuentazo universal, tanto por el personaje como por la narración tan bien investigada que se adelantó cinco años a la inaudita renuncia del papa alemán. El segundo, de Gilberto Ramírez Santacruz, es la contracara soberbia de Yo el Supremo y una aproximación a la historia de la literatura paraguaya. El tercero, de Humberto Bas, es hilarante y provocador, tanto que algunos escritores-custodios de la buena moral cuestionaron que lo seleccionara. El último, de Javier Viveros, es una breve parodia de la autoayuda y una conceptualización de la amistad en este tiempo global de intereses individualistas.

XXXII

Entre 2017 y 2018, para no olvidar a ningún narrador y tener en cuenta el parecer de diversos lectores, solicité a escritores, críticos, profesores y alumnos que hicieran el favor de alistar sus cuentos paraguayos predilectos. Entre los autores más nombrados, aún no citados anteriormente, se encontraban: Chester Swann, Renée Ferrer, Helio Vera, Guido Rodríguez Alcalá, Raquel Saguier y Luisa Moreno. Llamativamente, aunque algunos recomendasen al mismo autor, en cada lista había cuentos diferentes. El caso de Raquel Saguier fue aún más llamativo: quienes la nombraban, no agregaban ningún título de cuento, sino que la calificaban como una de nuestras narradoras destacadas. Ha de ser, luego me respondí, porque ella publicó sus cuentos en antologías de talleres de escritura, no en un libro propio. En fin, busqué las publicaciones de estos seis narradores y los leí.

De Chester Swann, elegí «Sobrevivientes anónimos», monólogo oscilante entre la ironía y el sarcasmo sobre una tragedia explotada, inundada y silenciada: Itaipú Binacional. De Renée Ferrer, «La muertita», historia substancialmente psicológica sobre un acto fantástico como salvación de la dictatorial represión padecida por una insipiente resistencia. De Helio Vera, «Angola», trágica vida de una mulata en este país que aún niega parte de su pasado de piel negra. De Guido Rodríguez Alcalá, «Macario», personificación de la justicia paraguaya y caracterización del ciudadano medio, reflejo atroz de la sociedad. De Raquel Saguier, «La carabela», historia de una maestra que, gracias a las circunstancias que parecían desfavorables, puede rehacer su vida en el extranjero, como millones de compatriotas. Y de Luisa Moreno, «Capibara», cuento de quince relatos breves sobre la historia de unos carpinchos en el Chaco; sensible y conmovedor, bálsamo entre tanto infortunio.

XXXIII

En este país poblado mayoritariamente por mujeres, debimos aguardar hasta fines del pasado siglo para leer diversas y sostenidas publicaciones de escritoras. Entre las narradoras selectas con cuentos protagonizados por mujeres, además de Concepción Leyes y Raquel Saguier, se encuentran Neida Bonnet, Margarita Prieto y Yula Riquelme. La protagonista de Neida, en «Que la muerte nos separe», escribe un breve y elocuente canto de cisne feminista; la de Margarita, en «En tiempo de chivatos», es una víctima de un típico comisario de pueblo, vengada por el tiempo y fortalecida por la educación; las de Yula, en «Las señoritas de Pérez Pin», son herederas ociosas y religiosas fanáticas que asumen el custodio de la buena moral hasta el extremo de provocar una tragedia.

XXXIV

Uno de los riesgos asumidos en este proyecto es la selección de autores ausentes en las antologías y hasta en los estudios literarios. En el Paraguay, no solo es necesario escribir y publicar, muchas veces por cuenta propia, sino también hacerse de contactos con quienes deciden qué libros auspiciar, difundir, promocionar, reseñar, premiar, inscribir en planes educativos, etc. Y lo que menos tienen en cuenta esas redes de contactos son la calidad literaria y el cuidado editorial, requisitos imprescindibles para que la literatura paraguaya pueda ser valorada por los lectores, dentro y fuera del país.

En esta reestructuración de nuestra narrativa, además del rescate de los relatos históricos y la selección de autores como Arnaldo Valdovinos, Carlos Garcete, Chester Swann y Humberto Bas, podemos conocer los cuentos «Alcanfor» de Antonio Bonzi, «Un día de furia» de Arístides Ortiz y «Nido vacío» de Milady Giménez. El primero es un ejemplo ingenioso de que lo picaresco también puede ser parte de una rebelión contra la dictadura. El segundo es una reescritura local y contundente de una noventosa película de Hollywood. Y el tercero es la presencia capital de una mujer del siglo XXI, oficinista, esposa, madre, que piensa, siente y tiene una opinión sobre todo su mundo inmediato.

XXXV

En el tramo final de la selección, tomé la buena decisión de releer los cuentos de Augusto Casola y Mónica Bustos. De él, sobresale «El Stradivarius», imponente en la (re)creación fantástica y realista, e inusual en la longitud, tal como sus contemporáneos «El apocalipsis según Benedicto», «El refutador» y «Putus versus». De ella, «Ofiuco», ciencia ficción distópica, con imágenes, diálogos y referencias que nos recuerdan más al cine que a la literatura.

XXXVI

Paraguay cuenta. Cinco siglos en cuarenta ficciones culmina con un cuento de mi autoría: «La diatriba». Escrito en 2013, con el mundillo de la literatura paraguaya como contexto, parecía destinado a cerrar esta inédita antología.

XXXVII

Durante los dos años que me exigió este trabajo patriótico (tal como Ruy Díaz de Guzmán, era una «obligación que cada uno debe a su patria»), algunos enterados de lo que investigaba me hicieron llegar su recomendación de narradores o directamente compinches; otros hasta cabildearon por sus propios textos. Confieso que yo también tenía nombres que no cumplían los criterios que me había propuesto: rescate histórico de relatos y calidad literaria de cuentos. A uno mantuve en el índice hasta mediados de 2018: Juan Bautista Rivarola Matto (1933-1991), Atlante de la literatura paraguaya.[24] Al final, su presencia nos ilumina en el epígrafe.

XXXVIII

Los responsables de las antologías literarias suelen evadir los criterios de selección, extraliterarios en la mayoría de las publicaciones. En este libro, el rescate histórico es aceptado unánimemente, hasta celebrado. Y antes de hablar de la calidad literaria, debo mencionar la tesis que suelo presentar en talleres de escritura: todo cuento necesita un pretexto.

En general, los cuentistas distinguimos entre relato y cuento: el primero es una narración evidente; el segundo, una narración contenida. Tomemos como ejemplo el cuento más breve del mundo, atribuido a Hemingway: «Vendo zapatos de bebé, sin usar.» Si hubiera sido relato, solo habríamos leído: «Vendo zapatos de bebé», un anuncio típico. Gracias al complemento «sin usar», leemos la narración contenida y nos cuestionamos qué le ha de haber sucedido al bebé: ¿murió?, ¿cómo?, ¿por qué? De esta forma, la venta de los zapatos es el pretexto para contar, en la imaginación de cada lector, la historia del bebé.

¿Algún otro ejemplo? Pasemos de las seis palabras de «Vendo zapatos» a las más de siete mil trescientas palabras de «El refutador», el gran cuento paraguayo (así como Yo el Supremo es la gran novela paraguaya, su contracara también merece el título). ¿Qué narra? El diálogo entre un escritor desairado y su psiquiatra adulador que lo hipnotiza, y el monólogo (levemente cuestionado) de un dictador histórico contra el escritor que lo había narrado. Ambas partes, diálogo y monólogo, están unidas por la hipnosis, pretexto para contar el tema: la venganza. ¿Cómo? El escritor protagonista, ante el ataque contra su conducta, se siente igual que el dictador al inicio de la novela que había escrito sobre él, cuando el mismo se había enterado del panfleto contra su persona; luego, en el momento de la hipnosis, el escritor no solo se siente igual que el dictador, sino que el propio dictador ejerce la palabra para vengarse del escritor que lo había infamado/novelado. Sin la hipnosis, no habría venganza. Sin el pretexto, no habría cuento.

XXXIX

De la distinción entre relato y cuento, paso a la calidad literaria, criterio que debe justificar por qué reuní estos cuentos y no otros. Cuando leo, valoro dos aspectos inherentes a la narración: el contenido sincero y el placer estético. Para reconocerlos es necesario cuestionar la verosimilitud y el estilo de la obra. Vuelvo a «El refutador»: el cuento es verosímil y estético porque el narrador conoce lo que cuenta y sabe cómo contarlo. Es decir, detrás del telón compositivo, se encuentran la lectura (de la novela Yo el Supremo, la vida de Augusto Roa Bastos y la historia del doctor Rodríguez de Francia), la imaginación (del encuentro ficticio entre el escritor y el psiquiatra, con diálogo, hipnosis y monólogo), y la capacidad de escribirlo.

En sentencia cartesiana: leo e imagino, luego escribo.[25]

XL

Este proyecto nació del cuestionamiento: ¿Paraguay cuenta? ¿Se narra a sí mismo? ¿Tiene algún valor? Según la investigación: sí, desde hace cinco siglos, aunque los primeros tres no hayan sido fecundos, Paraguay es narrado en poemas, crónicas, relatos, cuentos y novelas. Y según mi lectura: sí, los relatos históricos tienen el valor de la memoria para la reflexión ética y política sobre la configuración de nuestra identidad individual y colectiva; y los cuentos de los siglos XX y XXI, el valor de la conciencia literaria: la escritura ya no es un deber patriótico y/o un fin político, sino la interpretación crítica de una realidad que nos interpela y el esmero narrativo de crear una obra que irradie el abismo y, a la vez, el mundo.

Asunción, diciembre de 2018.

[1] Cómo se hace un escritor, en letraslibres.com/mexico-espana/como-se-hace-un-escritor.

[2] En palabras de Alfredo M. Seiferheld: «Pocos libros como Infortunios del Paraguay (1931), del Dr. Teodosio González (1871-1932), han de haber causado tanto impacto en el ámbito de las letras, la política y la economía de nuestro país.»

[3] Augusto Roa Bastos (1917-2005) tiene dos frases celebérrimas: «Paraguay, isla rodeada de tierra» y «El infortunio se ha enamorado del Paraguay». De la segunda, la fuente que encontré es el testimonio de Mirta Roa, hija del escritor.

[4] En el relato de Ruy Díaz de Guzmán, cuatro portugueses salieron del Brasil y, acompañados de nativos, llegaron hasta los confines del Perú; de regreso, uno de ellos, Alejo García, se quedó en lo que sería la provincia del Paraguay y despachó a dos de sus compañeros «con la muestra de los metales y piezas de oro y plata». Luego, «él y sus compañeros fueron muertos sin dejar a ninguno con vida excepto a un niño hijo de Alejo García, que por ser de poca edad no le quisieron matar, al cual yo conocí y comuniqué». Por deducción, Alejo García hijo sería el primer mestizo nacido en esta tierra, es decir, el primer paraguayo.

[5] Paraguay, isla rodeada de tierra, en El Correo de la UNESCO, en agosto de 1977.

[6] La China de América, en altairmagazine.com/360/la-china-de-america.

[7] «Actualmente, la población indígena que habita dentro de las fronteras del Paraguay está compuesta por 19 pueblos indígenas que pertenecen a 5 familias lingüísticas con una población total de 112.848 personas». En tierraviva.org.py/pueblos_indigenas/poblacion-originaria-e-indigena-del-paraguay/.

[8] Ayvu rapyta, textos míticos de los mbyá-guaraní del guairá, en pueblosoriginarios.com.

[9] En 1639, Antonio Ruíz de Montoya (1585-1652) publicó Tesoro de lengua guaraní, y en 1640, Arte y vocabulario de la lengua guaraní y Catecismo de lengua guaraní; póstumamente, Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape.

[10] El guaraní es un idioma de tradición oral que sobrevivió a las prohibiciones y se fundió con el castellano, semántica y gramaticalmente, concibiendo el jopara (mezcla). Debió aguardar hasta la Constitución Nacional de 1992 para que también se lo reconociera como idioma oficial del Paraguay. Su narrativa aún cuenta con pocos libros.

[11] Paraguay tiene 6 idiomas en peligro de extinción, en cienciadelsur.com/2019/02/04/paraguay-tiene-6-idiomas-en-peligro-de-extincion-y-demandas-etnicas-en-ano-de-lenguas-indigenas/.

[12] «Hay casi 280.000 personas mayores de 15 años que no leen ni escriben en el país. Esta cifra se da por lo menos en los últimos 8 años. Desde el Ministerio de Educación y Ciencias afirman que la rigidez del sistema no permite mejorar.» En ultimahora.com/analfabetismo-se-mantiene-torno-al-5-la-poblacion-y-no-hay-avances-n1702453.html.

[13] Pruebas Pisa: Siete de cada diez alumnos no entienden lo que leen, en ultimahora.com/pruebas-pisa-siete-cada-diez-alumnos-no-entienden-lo-que-leen-n2785629.html.

[14] Isabel Roa: El Plan Nacional Lectura no cuenta con presupuesto. En el Foro Internacional del Libro de Asunción 2018: foroasuncion.org/mesa-3-el-estado-paraguayo-y-el-libro-una-relacion-imposible/.

[15] A inicios de 2019, el Ministerio de Educación y Ciencias anuncia la campaña «Tu vuelto da vuelta», acuerdo con la corporación Retail S. A., del Grupo Vierci, para que los clientes de sus cadenas de supermercados «donen para ayudar a la educación del país». En abc.com.py/edicion-impresa/economia/campana-tu-vuelto-da-vuelta-1782558.html.

[16] Fragmento del discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, pronunciado en Estocolmo el 10 de diciembre de 1957. En nobelprize.org/prizes/literature/1957/camus/25232-albert-camus-banquet-speech-1957/.

[17] En el documental El impenetrable (2012), el director italiano Daniele Incalcaterra se refiere al Chaco como «ese far-west paraguayo», poblado de personajes «fuera de la ley».

[18] En portalguarani.com/396_ruy_diaz_de_guzman.html.

[19] ¡Hasta Concepción Leyes lo reescribió! Y de acuerdo al estudio preliminar de Luis Astrana Marín para las Obras completas de William Shakespeare, también influenció al bardo inglés: «(…) si atendemos a los nombres de Sebastián y Miranda y al ambiente claramente indiano (americano) de la isla [en la obra La tempestad], debió de conocer una de las Relaciones que corrieron a mediados del siglo XVI sobre cierto sucedido en la conquista de América hacia 1526 [sic].» «Posiblemente, Shakespeare conoció este relato y quedósele el nombre de Lucía Miranda [sic]. No se explica de otro modo que le dé a una mujer el nombre de Miranda, siendo apellido.» Otra influencia artística: nuestro primer genio universal, el músico Agustín Pío Barrios (1885-1944), asumió la identidad de Mangoré porque también había sido cautivado por una española: la guitarra.

[20] Inicio y dos estrofas del canto vigésimo del libro Argentina: «Cuéntase en este canto cómo un indio llamado Overá se intitulaba hijo de Dios, y a un hijo suyo Papa, y a otro Emperador; y cómo Garay entró en los Nuaras, y de vuelta rompió la palizada de Yaguatatí.»

«Un Overá quedó tan doctrinado

de los sermones déste, que fue parte

por donde el Paraguay arrinconado

estuvo mucho tiempo, y de mal arte.

Después que aqueste indio levantado

en sus tierras ha sido, luego parte

con mucha gente e indios que traía

a sembrar los errores que tenía.»

«Overá, como digo, se llamaba,

que suena resplandor en castellano.

En el Paraná Grande éste habitaba,

el bautismo tenía de cristiano.

Mas la fe prometida no guardaba,

que con bestial designo a Dios, tirano,

su hijo dice ser y concebido

de virgen, y que virgen lo ha parido.»

[21] Texto de contratapa de la edición facsimilar de 2005: «En 1863, el presidente Francisco Solano López mandó reimprimir el Catecismo de San Alberto. No se trataba de una obra religiosa sino política, pues era un texto para la enseñanza de lo que hoy llamaríamos Educación Cívica. El autor del Catecismo fue el obispo de Tucumán, José Antonio de San Alberto, quien lo publicó en 1784 para inculcar en los niños americanos la sumisión al Rey de España. En el texto, encontramos afirmaciones como: “Un rey dentro de su reino no reconoce en lo civil y temporal otro superior que a Dios, ni otra dependencia o sujeción que la que tiene a la primera Majestad. El rey no está sujeto, ni su autoridad depende del pueblo mismo sobre quien reina y manda, y decir lo contrario sería afirmar que la cabeza está sujeta a los pies y el sol a las estrellas.” El Catecismo reeditado por López apareció con la indicación de que, al usarlo en las escuelas paraguayas, los maestros debían leer “Presidente” donde el texto decía “Rey”.»

[22] Las revistas en el desarrollo de la narrativa en Paraguay: La Novela Paraguaya (1922-23). En portalguarani.com/1002_jose_vicente_peiro_barco/23259_las_revistas_en_el_desarrollo_de_la_narrativa_en_paraguay__ensayo_de_jose_vicente_peiro_.html.

[23] Paraguay: informe de distribución de la tierra, en oxfam.org/es/informes/paraguay-informe-de-distribucion-de-la-tierra.

[24] Hugo Rodríguez-Alcalá en Historia de la literatura paraguaya: «Como editor, cofundador de Ediciones Napa, publicó una importante serie de obras de autores paraguayos, tales como Gabriel Casaccia, Juan E. O’Leary, Arturo Bray, José-Luis Appleyard y muchos otros. Esta labor editorial fue uno de los logros más significativos de este animador de la cultura nacional. En los últimos lustros de sus cincuenta y ocho años de azarosa vida, Juan Bautista Rivarola Matto cultivó varios géneros literarios en que se manifiesta su vigorosa personalidad.»

[25] En esta introducción atípica, consideré necesario agregar estas menciones limitadas de la tesis del cuento solo para no eludir el criterio de la calidad. Para los interesados en la teoría literaria, la tesis desarrollada será parte, con fortuna, de alguna publicación futura.

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