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Putus versus

Los jugadores de un equipo de fútbol entran en un bar gay, contoneándose, burlándose de los presentes, quienes los observan «pasmados de deseo objetual» y se quedan como «batracios boquiabiertos» cuando se retiran. Luego, ofendidos, deciden vengarse de los mismos formando un equipo de fútbol para enfrentarles cara a cara, con una bola de por medio.

Putus versus en la ilustración de Charles Da Ponte.

Putus versus en la ilustración de Charles Da Ponte.

a Julia Petersen

en memoria de Beto Ayala.

 Señoras y señores: hoy andaremos por una senda estrecha,

pero que puede llevarnos a una vasta perspectiva.

Sigmun Freud

 I. Una noche en One&One

Puntuales, los 11 dimos el presente para otro aburrido viernes en One&One: Juan Carlos Matienzo, alias Hilacha, biólogo ecologista y puto; Dardo Hinostroza, alias Viruta, ingeniero agrónomo y puto; Luis Aníbal Pedemonte, alías Gigio, abogado y puto; Genaro Ruiz Alcázar, alias Soy un Vicio Suavemente Amargo como la Rúcula, o Rúcula a secas, arquitecto y puto; Esteban Medina y Vedia, alias Turturro, contador y puto; Mario Duarte Muñoz, alias Losiento, arquitecto y puto; Rodrigo Rubén Rivadeneira, alias Cachamai, abogado y puto; Federico Javier Pelusa Rondelli, ingeniero en sistema y puto; Juan Carlos Flor de Otoño Urrutia, arquitecto y puto; Ariel Germán Cantimpalo Locatti, historiador y puto; y yo, Humberto Amancio Ternero Mamón Bas, escritor y puto.

La enumeración de los datos nos exime de aclarar que el nuestro era un grupo de putos y One&One un local para putos. Salta a la vista que este será un cuento sobre putos. Por lo que… ¡Almas sensibles y amplificadas, avanti! ¡Almas putófobas, punto final y hasta la vista!

Ese viernes estábamos los 11 de siempre en el sillón de siempre en otra noche que pintaba patética. Noche a volatizarse entre tragos, chismes sobre chongos y la esperanza de que algo extraordinario nos arranque del eterno orbitar alrededor de la idea fija.

La idea Pija, como decía el Hilacha.

No ha de haber mayor sembrador de esperanzas que un enfermo terminal, y nosotros rondábamos lo crónico. No distinguíamos cabalmente entre esperanza y obsesión. Y cualquiera de las dos cosas, o las dos juntas era, la Pija.

Pija, Pija, Pija.

Nuestra noción de Pija iba más allá de alguna Pija concreta y palpable. Era más bien una entelequia que nos abroquelaba en One&One como causa primera y razón última.

En esa dicotomía de obsesión—esperanza nos sentíamos parecidos a esas viejas con escapularios que después de misa se juntaban para falar de Dios. Dios cómo EL tema. Dios como idea Pija. La Pija como idea divina. Pija y Dios como ideas que se imponían y se comulgaban en diferentes templos. Y si al regresar a sus casas,  esas amables señoras coincidían en el camino, no hablaban de Dios, sino de cosas más íntimas y personales, de necesidades más acuciantes e intensas como sus cretonas, sus várices o sus hijos. Lo mismo nosotros. Al encontrarnos ocasionalmente fuera de One&One hablábamos de discos, libros, de malvones o de crema para las hemorroides.

El nuestro era un grupo de putos liberales que como cualquier grupo sufría los embates de la novedad y la afluencia de nuevas caras. También las defecciones por el fin de la novedad. Pero a diferencia de la mayoría de los otros, con los años nos fuimos consolidando por haber precisado un par de reglas mínimas cuya contemplación era más sagrada que la tabla rota de Moisés:

I— Nada de endogamia.

II— Prohibido el trueque de chongos.

Como liberales, nuestro compromiso político llegaba a la simpatía. No militábamos; simpatizábamos. Ahí llegan Los Simpáticos, nos chicaneaban las Trolas cuando ingresábamos a One&One (ya hablaremos de ellas). Participábamos individualmente yendo a las marchas, comprando revistas, aportando para los encuentros de mujeres, congresos sobre el aborto y/o sida, festivales y marchas del orgullo LGBT cuando se hacía en la capital. En nuestra ciudad jamás se podría realizar una cosa así, pensábamos entonces. Algunos de los nuestros escuchaban a Kenny G, Enya y toda la basura céltica. Los más cultivados a Andrea Vollenweider, Pat Methany y Bola de Nieve. Leíamos todo Puig y Villordo. A Lezama Lima y Perlongher. Barthes y Sarduy y a la primera María Elena Walsh. A la segunda la descartamos por menemista. Fassbinder era nuestro cineasta de cabecera y Querelle nuestra bandera de identidad… Pero todos queríamos tener el sarcasmo lúdico de Oscar Wilde sin pagar lo que pagó él por su bravuconada verbo—genital.

Y estábamos los 11, decía. Estábamos en nuestro círculo de siempre. También había otros grupos. Las ya mencionadas Trolas en el rincón más oscuro charlaban como si estuvieran conspirando. De vez en cuando sus miradas vidriadas se dirigían hacia nosotros y las esquivábamos como si fueran dardos acusatorios. Detrás de las Trolas, las Maricas jugaban a embocarse manís y festejaban sus aciertos con grititos que dinamitaban nuestros oídos. Al borde de la pista las Travas gesticulaban en play back Lost in love de Air Supply en completa elevación romántica. Daban la impresión de haberse juramentado suicidarse con efecto dominó si antes que concluyera el tema no atravesaba la puerta el amor de sus respectivas vidas. Había más gente dispersa en la barra del fondo; un par de bi y un trío de swin que intercambiaban fotos y análisis de sangre al amparo de la penumbra sicodélica, y los dos aburridos patovicas que como siempre, terminarán templando la espalda de algunos de los nuestros a cambio de unos mangos.

Discurríamos…

One&One era nuestro hábitat. O como decía el Hilacha, nuestro ecosistema. Diferentes subespecies sexuales convivíamos en un equilibrio precario y dinámico, compitiendo y cooperando por celos y necesidad.

Flor de Otoño prefería llamarlo nuestro Templo. Templo de ser…, templo donde comulgábamos nuestra fe particular sin molestar a nadie y sin que nadie nos moleste; espacio de fantasía y plenitud donde abandonábamos los luises y migueles de nuestros nombres y los ingenieros y arquitectos de nuestros títulos nobiliarios para ser simplemente virutas, rúculas, flores de otoño o cantimpalos. En One&One podíamos sentarnos, tomar, charlar, bailar y besarnos sin que el estúpido anonadamiento en el rostro de los mataputos nos convierta en un espectáculo sobrenatural.

Cada noche caían, de a 3 o de a 5, heteros. Nunca de los nuncas, solos. Los delataba una especie de temor sepulcral en sus andares. Caminaban como si acabaran de entrar a un museo de rarezas. Trataban de no rozar a nadie y si lo hacían se disculpaban como si acabaran de tocar alto tan frágil y fungible como una mariposa disecada. Disculpame, disculpame, fue absolutamente sin querer, y se sacudían la ropa. Para ellos éramos bichos infectocontagiosos que trasmitían la putez por contacto.

Al principio daban ganas de escupirles todo el desprecio que nos producía sus prejuicios. Pero con el tiempo nos fuimos acostumbrando y los veíamos solo como soretes a la deriva de un desborde cloacal.

Esa noche el Hilacha discurría sobre la teoría de que a las Maricas no le gustaban La Pija. Nombraba La Pija como si se fuera una deidad universal que no toleraba el plural. No existen las pijas, existe La Pija; lean si no Tótem y Tabú. Decía que para las Maricas, La Pija era un mal necesario; un mal como lo fuera para sus madres que sin lugar a dudas eran o fueron o son unas señoronas frígidas de las que ofrendaban a Dios el sacrificio de la cópula doméstica. Para el Hilacha estaba científicamente comprobado que la frigidez maternal producía mariconazgo en los hijos únicos, y decía hijos únicos mirando a Flor de Otoño que era hijo único de madre viuda. La maledicencia del Hilacha no tenía límites. Siempre creyó que Flor de Otoño era más Marica que Puto nada más porque sus ademanes eran amanerados. El Hilacha nos desafío a que fuéramos hasta la mesa de las Maricas para hacer un censo in situ para comprobar sus dichos. A que son todos hijos únicos.

Nadie osó aceptar el desafío por temor al ridículo, y porque se sabía que todo aquello era una chanza, un simple discurrir sobre lo que sea para espantar el tedio. Y el Hilacha, inimputable y con la lengua caliente, proseguía su exposición por el lado de que lo que más quieren las Maricas del ser mujer no es el ser hembras sino el rol social de ser mujer, que es un rol histórico, y nadie entendía la diferencia entre una y otra cosa, pero no importaba. Aquello era una concierto verborrágico y atolondrado al que no habría que hacerle preguntas y menos tratar de comprenderlo. Sólo había que dejarse llevar, porque sino, afuera de sus palabras estaba el retorno de la eterna ausente: La Pija. Y mientras el Hilacha hablaba no pensábamos en ella, en La Pija, y entonces nos abandonamos, nos abandonábamos a su discurrir; ellas quieren ser amas de casa, decía, extrañan la servidumbre primordial de sus madres, por eso son aniñadas en eterno estado premenstrual; las Maricas, jetoneaba, las Maricas amigos, las Maricas como idea se avienen mejor con el antiquísimo concepto de uranismo, una palabreja que inventó Karl Heinrich Ulrich allá por 1860 cuando aun no se usaba el término homosexual, y Karl Heinrich Ulrich no era homosexual si no marica, no le gustaban los hombres; él era hijo único y sólo quería ser como su mamita, y por eso definió al uranismo como anima muliebris in corpore virilis inclusa, o sea, alma de mujer encerrado en el cuerpo de varón; y el cuerpo de varón, amigos, el cuerpo de varón me trae a la memoria la otra teoría que tenía para hoy, lo que somos los Putos, o lo que los Putos somos para las Maricas. Para ellas somos como agujeros negros, o marrón, para decirlo con más precisión. Si, los Putos somos agujeros negros para quienes la luz de nuestras vidas son porongas flotando en el infinito espacio interestelar: poronga que se acerca a nuestro horizonte de eventos, poronga que va adentro.

Noo, noo, dijimos. No podíamos darles crédito a esas que estaban jugando a acertarse manicitos en sus bocas y gritando como si hubieran ganado la medalla de oro de las olimpiadas del boludeo.

Nooo, nooo, no podían tener ni pensamiento crítico, ni ironía y menos que menos conocimientos de astrofísica… Para nuestro registro de supernumerarios del cosmos intelectual, las Maricas, eran unas tontitas contumaces en el limbo de todas las opciones sexuales.  

Y estábamos en eso cuando una horda prebíblica irrumpió en la entrada separando putos a su paso… Una frontera móvil fue desplazándose entre nosotros. Coágulo de aceite. Ni tiempo de apreciarlos, describirlos o clasificarlos tuvimos. El desconcierto aniquiló cualquier posible reacción. Entraron con su bebida, su música y sus jolgorios prefabricados. Exageraban la nota de la algarabía. Tanto prescindían del entorno, que ni curiosidad tenían por mirarnos como fenómenos. Quizá esa fue la primera afrenta. Entraron para hacerse ver y nada más. Y antes que la pregunta sobre quiénes eran se llegara a explicitar, corrió la bola:

Los Galácticos.

Los Galácticos.

Los Galácticos.

Los Galácticos.

Los Galácticos.

Los Galácticos.

Los Galácticos.

Los Galácticos.

Los Galácticos Fútbol Club. El equipo sensación, el equipo tri, tetra o quién sabe qué campeón.

El asombro fue disipándose lentamente y pudimos apreciar algunos detalles. Frescos, los cabellos húmedos nos gritaban que esos cuerpos venían de estar desnudos en la ducha colectiva, y la inmediata proyección de nuestras fantasías; ¡que se caiga el jabón!, ¡que se caiga el jabón! Las mangas cortas apenas contenían los bíceps torneados, los pantalones dry fit que exageraban la convexidad de sus colas, todas provocaciones a nuestro paladar estético. Cada uno era la perfecta encarnación del ideal platónico cuyo formato era el molde etéreo de Cristiano Ronaldo.

Ahí comprendimos el fenómeno de las mujeres que invadían los estadios. No era el despliegue futbolístico de estos ñatos, sus recursos tácticos o sus exquisitos toques; eran sus culos y sus torsos, las remeras emboquilladas en el cuello que acentuaban los plexos del pecho y aguzaban la punta de sus tetillas como si vivieran en un constante ardor sexual; en el bulto ya no se reparaba porque aquello había quedado en la tosca categoría de lo cursi; más bien era esa totalidad compleja y ambidextra al que llamaban un metrosexual.

Y que llegaran ahí, que vinieran a hacerse oler era el summum de la malaleche. Bailaban y se reían entre ellos, hacían trencitos entre las mesas; exhibían impúdicamente sus cada vez más abiertas camisas entre cuyos pliegos asomaban depilados pectorales, cadenillas de oros, algunas engarzadas con anillos o sortijas de compromisos, otros con discretas crucecitas con incrustaciones de brillantes, falsos o verdaderos uno ya no sabía, y como corolario, el símbolo de los símbolos de la más nauseabunda mersada: tatuaje que sobresalía en una supuesta y descuidada discreción sobre el cuello de sus camisas. Miren lo que no van a tener, miren lo que nunca van a tener. Mírennos, idiotas, nunca van a gozar de todo esto que somos, escupían en nuestras narices. Postergamos todo análisis crítico, suspendimos apreciaciones porque estábamos pasmados de deseo objetual.

Nos quedamos mirando cómo no nos miraban. Nadie hablaba porque hubiera sido mojar la lengua y los labios y preferíamos estar con la boca abierta, la lengua seca la garganta resquebrajada para que la expectación fuera más sufrida y plena. Los Galácticos devenidos Galancitos por ocurrencia de alguien que logró musitar algo, seguían su libreto de locura. Cada vez se animaban más. Se contoneaban remedando grotescamente lo que para ellos eran nuestros pasos y gestos y voces; fuera cumbia villera, hip hop, rave o cuarteto invariablemente aplicaban los pasitos de los Village People o los superamanerados meneos de Locomia; quebradas de muñecas, pasitos cortos y gritos estridentes.

En otras circunstancias hubiéramos dicho que esos no tenían la más puta idea de lo que era ser puto. Unos miserables cagones a los que se les fruncirían el culo de solo pensar que se lo harían. Pero cuando alguien de los nuestros intentaba decir algo, ellos subían la apuesta y aparecía, por ejemplo, el sudor. Lamparones oscuros debajo de sus axilas. Charquitos en sus ombligos. Y cuando la sorpresa de las axilas iba declinando y podría haber algún tipo de reacción, Los Galancitos desaparecieron. El cóctel de Paco Rabanne, Christian Dior y Calvin Klein formó una estela con perfume a chinche y eso fue todo lo que dejaron.

11 batracios boquiabiertos intentábamos comprender lo que pasó.

II. Chon’go, la pantera de Mozambique

Antes del amanecer alguien logró articular algo y fue para pedir un trago. Tras otra tanda idéntica de tiempo el Hilacha logró expresar un conjuro de impotencia: «Esos hijos de putas nos la van a pagar.»

Por distintas razones las Trolas, las Travas y las Maricas también estaban conmovidas. Con los diferentes motivos a cuestas, en un hecho sin precedentes en la historia interna de One&One, Putos, Trolas, Maricas, Travas y los demás que aun no constituían identidad colectiva confluimos en una sola mesa. La confluencia era meramente física, y no implicó convergencia de diagnóstico, pronóstico ni de acción.

Nos llevó toda la noche pensar en venganzas. Entre expresiones de indignación y bronca fuimos analizando cada una de las disparatadas ocurrencias. Ir a un boliche hetero, era imposible. Apenas nos acercáramos sonaría la alarma social. Dos Putos juntos cerca de un boliche hetero era una asociación ilícita; tres, una incitación a la violencia social; once, un levantamiento carapintada de rosa que implicaría el estado de sitio. Ni hablar si fueran las Travas.

Para algo estaba la zona roja.

Las Trolas propusieron políticas de acción directa. Putos, Travas y Maricas nos miramos espantados. ¿Qué era eso? Sonaba a guerrilla. Las Trolas nos explicaron pacientemente que era intervenir en espacios públicos mediante escraches en sus hogares, o en los lugares donde frecuentaban; la iglesia, por ejemplo.

Pero no había caso; la palabra política nos espantaba. Todos, Putos, Travas y Maricas, a nuestra manera repetimos el sambenito de que nosotras no hacíamos política, que no nos queríamos meter en política, que la política era sucia, y bla bla bla… Ahí comprendimos que las miradas de las Trolas no era natural de las Trolas, que sus miradas eran de desprecio específico hacia nuestra imbecilidad. Pero entonces, al menos yo no comprendía que lo nuestro era imbecilidad, sino verdad pura.

Aportamos ideas típicamente de Putos. Nos pavoneamos en otras formas de venganza. Pelusa, inspirado en la leyenda  de Janis Joplin, propuso el clásico del pingüino. Esperarlos en el vestuario tras un partido, bajarles los lienzos uno a uno hasta los tobillos, mamárselos tranquila y amablemente hasta que estuvieran a punto y dejarlos con la poronga tiesa, la leche barruntando en el cogote, los pantalones en los tobillos y el suplicio doble de tener que suplicarnos, al trotecito torpe de los pingüinos que volvamos, que no los dejemos así…

—Ustedes son tarados o qué, compañeros Putos —nos respondieron las Trolas—. ¿No pueden salir del falocentrismo? Acaso creen que vamos a mamarle la verga a alguien, y más todavía a esas mierdas infatuadas de los galacnosecuantos? Piensen un poco. Piensen con la cabeza, no con el oooorto.

—Nosotras si, y gratis, ji ji ji… —chancearon las Maricas, echando por tierra con risitas mariconas toda la teoría maternal del Hilacha.

Pero estaba visto que la humillación de los marginados no alcanza ni para lamerse las heridas. A punto de renunciar, el Hilacha, ¡cuando no el Hilacha!, largó la idea más descabellada de todas:

—Tenemos que armar un equipo de fútbol.

El silencio fue la respuesta de todos.

—¿Un equipo de fútbol?

—Un equipo de fútbol.

—¡Un equipo de fútbol!

—Y para qué un equipo de Fútbol —preguntaron las Trolas.

—Sí, un equipo de fútbol —repitió el Hilacha, y luego, imbuido de su nueva afición, la cabalística o el tarot, explicó—: Un equipo de fútbol. No se para qué, no me pregunten para qué, pero por algo pasó esto. Para algo. Ellos eran 11 y vean, cuenten, también somos 11. Esto no es fortuito ni un accidente. Esto es un mensaje. Hay algo o alguien acá que nos quiere decir algo. Algo que me dice que tenemos que formar un equipo de fútbol, y listo. Qué tanto más.

—Sí, ombligo del mundo. Ustedes son 11. ¿Y nosotras? ¿Y las demás, qué? Nos escupieron a todas y a todos, se metieron con nosotras también. No estamos acá por solidaridad con sus porongas heridas. Estamos por nosotras. Tu cabalística cabalmente te falla, hermano.

—Bueno, pero no hace falta que hagamos un seleccionado. Hablaba para mi grupo. Ustedes pueden hacer algún tipo de apoyo.

—¡¿Apoyo?! ¿Apoyo? No han aprendido nada. Todo el tiempo boludeando, cuereando al resto y no han aprendido nada. Son casi la misma mierda que esos galancitos. ¡¿Apoyo?! Las mujeres vamos a apoyar… ¿Acaso nos ven lavándoles las remeras o haciendo de porristas? ¿No les suena a ese chiste machista que dice que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer… cocinando?

No había forma de hablar con las Trolas. Cada adjetivo, cada sustantivo pronunciado era un cataclismo conceptual si no lo sopesábamos previamente a la luz de las nuevas teorías que solo ellas conocían. Había que andarse con la lengua en puntillas.

—Hagan lo que tengan que hacer, pero a nosotras de segunda no. Cuando haya algo concreto nos avisan, pero para el boludeo ni nos chiflen. Nos piramos, hermanos.

Y tan graves como si acabaran de romper la mesa de paz de Postdam las Trolas volvieron a sus lugares. Maricas y Travas, más abiertas a las nuevas experiencias o simplemente curiosas, quedaron para seguir la deriva del antojadizo Hilacha.

Ante la amenaza de que la idea del Hilacha prendiera, intenté poner algo de racionalidad diciendo que qué sabíamos de fútbol, que si nos tiraban una pelota no sabríamos si patearla o tomarla con las manos, y que además todos habíamos compartido la idea del Gran Maestro de que el fútbol era un juego donde 22 tontos iban detrás de una pelota.

Fastidiado por mi intervención el Hilacha replicó que Borges era un imbecil que no tenía una puta idea de lo que era el mundo más allá de los libros…, que por algo murió virgen y sin un pelo en las manos. Ya más desahogado remató con que seguramente no sabríamos qué hacer con una pelota, pero que con dos juntitas, sí. La hilaridad del Hilacha fue el toque de cambio para nuestro humor. De ahí en más empezamos a definir el proyecto.

Conformaríamos un equipo de fútbol pero no nos identificaríamos como Putos. No nos inscribirían, y además eliminaríamos el factor sorpresa de no sabemos aún qué acción. Seríamos un equipo con la imagen más deportiva posible; un grupo que ama el deporte, que quiere participar sin pretensiones campeonables. Evitaríamos, como dijo el Hilacha, mostrar la hilacha. Nada más.

Aceptada la idea básica emergieron los detalles a resolver.

—Tenemos que elegir un nombre.

—Sí, uno que nos identifique y que no nos delate.

—Ya tengo.

—¿Sí?

—¡Cuál!

—Tiresias Fútbol Club.

—¿Tiresias?

—Pero Tiresias no era Puto, sino adivino y monflórito —dijo Gigio.

—¿Y qué importa? Tiresias era dual, Tiresias era a—divino, Tiresias pega, Tiresias suena, y además, estos brutos ni sabrán quién fue Tiresias.

No me disgustaba, pero le sobraba sentido. Estaba recargado de concepto. En síntesis, era muy intelectual y me parecía que le faltaba algo sonoro que tuviera relación con el oído popular. Una palabra que sintetizara lo que se espera del fútbol: agresividad, potencia, virilidad y cuando pensé en estas tres cualidades sentí que me saltaba sobre la cabeza el tigre de la Shell, y dije:

—Propongo Tigresias. Tigresias Fútbol Club.

No hubo qué, cómo, sino silencio. Masticaron. Se contó hasta diez y se llegó a la conclusión que sí. Era ese. El Tigresias. Tigresias Fútbol Club. Era la perfecta síntesis y brindamos.

Empezamos los entrenamientos. Es decir, el curso previo para tener idea de la pelota y saber cómo era el asunto del fútbol. Flor de Otoño ofreció a su chongo como técnico, un mozambiqueño que, según él, sabía un tocazo de fútbol.

Lo creímos técnico de oficio y resultó que su pantera de Mozambique era un mero vividor que lo que más le atraía de los Putos era que tuviéramos DirecTV. Se la pasaba cogiendo, chupando cerveza y mirando fútbol. En el orden inverso, claro.

De cualquier modo, de nuestro mundo conocido era el más cercano a la idea de fútbol, y lo nombramos Entrenador.

Para estar a las alturas de la actualidad futbolística lo bautizamos Chon’go. Sonaba más a Eto’o. Chon’go manejaba mal su propio idioma. Su única virtud era la gestualidad y con mímicas nos fue adentrando al extraño mundo de las reglas del fútbol. Para nosotros fue como estudiar el código de Hammurabi en persa original. Descubrimos que había todo un mundo extrañísimo, encerrado en sí mismo.

Nos enseñó lo que era una barrera, cuándo, dónde y por qué se ponía y cuántos debían conformarla; el tiro de esquina y su diferencia con los tiros libres y los penales. Cuestionamos por qué los tiros de esquinas se ejecutaban con los pies y los saques laterales con las manos.

—Cuestionar reglas, no, acatar reglas, sí —nos respondía en la universal lengua de Tarzán.

Nuestro entrenamiento fue penoso y conflictivo. En uno de ellos el Viruta había escondido la pelota debajo de su remera y corriendo de arco a arco sin que nadie le saliera anotó un gol que no le valió.

—Pelota no mano, pelota no mano —tartamudeaba Chon’go.

—¡Por qué solo el arquero, por qué sólo el arquero! —gritaba el Viruta desaforado.

A todos nos sublevaba que el arquero tuvieras prerrogativas. Era inaudita esa diferenciación. El arquero con las manos y con los pies. Entendíamos en esa licencia excepcional el ingreso de un privilegio que, como todo privilegio, se sabe cómo empieza pero no cómo termina. Putos sensibles al fin, todo lo que fuera discriminación nos hacía brotar la reacción epidérmica.

El entrenamiento era duro. No por el tenor de los ejercicios, sino porque las últimas actividades físicas que recordábamos eran los juegos de la mancha con nuestros primos. Por las noches los calambres nos agarrotaban como pesadillas, y al otro día caminábamos como si recién nos hubieran desflorado.

Chon’go, a su modo, nos decía que todo eso era un ínfimo porcentaje de lo que hacían los profesionales como los Galancitos. Nunca hubiéramos imaginado que detrás de esas cosas había tan siquiera algo de esfuerzo personal.

Así, casi los íbamos comprendiendo y compadeciendo. Y para no caer en la tentación volvíamos a recordar la ofensa. La ofensa entre ceja y ceja nos impulsaba a seguir saltando, corriendo con carga, chocar, caernos, levantarnos, seguir corriendo y patear la pelota. Nos internábamos hacia una noche desconocida y el vértigo iba constituyéndose en nuestro aire. Sabíamos que el destino, si dependía de Dios, y Dios, si realmente era justo, y en su justicia tenía en cuenta a los Putos, nos regalaría una ocasión para la dulce venganza. Mientras tanto la cosa era no desesperar y, el antídoto, nada de reflexión.

Algunos hechos nos daban aliento. Nos dejaron inscribir.

Hasta ese momento había sólo 8 equipos en la Liga y un club, el de Los Paisajistas, que hacía tiempo esperaba en el purgatorio de la inscripción para que otro club le hiciera par. Los Paisajistas eran ecologistas que a través del fútbol querían propugnar el cuidado de medio ambiente, empezando por no jugar al fútbol sobre césped natural, sino sobre sintético. Hasta entonces no los aceptaban por la imparidad. Evidentemente putos y ecologistas compartimos la susceptibilidad de encontrar en cualquier rechazo una muestra de discriminación. Y Los Paisajistas, lejos de aceptar pasivamente este hecho, tomaron la negativa como prueba de la intolerancia hacía sus luchas y lograron movilizar a la sociedad detrás de sus reivindicaciones. Y fue ahí cuando aparecimos nosotros como una bendición del cielo para la comisión directiva de la Liga. No repararon en nuestros nulos antecedentes deportivos, en nuestras vacías fichas de personales, ni en el nombre Tigresias Fútbol Club (del que festejaron su toque felino), ni objetaron el color de la camiseta, un verde lechuga que elegimos para no caer en el sacrosanto rosadito.

El primer partido fue un suceso social. Tocó inaugurar el campeonato a los equipos debutantes. Tigresias versus Paisajistas. Los nervios, la emoción, la falta de actitud o quién sabe qué hizo que nos rozáramos y pidiéramos disculpas, que nos sintiéramos culpables por haberle sacado la pelota al contrario, que no era para nosotros contrario, sino un prójimo. No sé, era como coartar a alguien su proyecto, su libertad de ambulación y expresión. La pretensión de los Paisajistas de jugar sobre césped sintético era una utopía postapocalíptica para nuestra ciudad y como la cancha tenía sectores con césped y otros pelados, los Paisajistas, consecuentes con sus principios, se atuvieron a transitar por la parte pelada. Y cuando nosotros íbamos con la pelota por la verde pradera hacia el arco contrario, sentíamos en sus expresiones silenciosas y estáticas la objeción y el repudio; y sensibilizados con todo lo que tiene que ver con las causas bellas, volvíamos al peladeral y les entregábamos la pelota. Ellos por gratitud nos volvían a devolver… Y cada vez era más intenso el intercambio que estábamos seguros de que las cosas eran o deberían ser así. Más allá de la desesperación de Chon’go, nos ateníamos al bullicio ensordecedor de las gradas que nos iba diciendo que estábamos haciendo las cosas bien.

No había una hinchada definida para cada equipo. Había una sola hinchada que apoyaba el fútbol que practicábamos los dos equipos. No había rivalidad ni en la cancha ni en la gradería. Era unánime carcajada que duró los 90 minutos, incluso los 5 de descuentos y el descanso de 15. Fue nuestra mejor actuación en cantidad de goles a favor. También la de los Paisajistas:

Tigresias 11 — Paisajistas 11.

La cantidad no fue azarosa. Con el transcurrir del partido y el flujo de bonhomía que se respiraba entre los contendientes, entendimos que de ese día histórico, cada uno tenía que guardar un recuerdo único y volver a su casa con el souvenir de un gol convertido.

Al día siguiente el diario local en su sección deportiva comentaba que desde que los Harlem Globers Trotters XXIV visitaran nuestra ciudad no se había visto actuación más hilarante de deportistas histriónicos. Que nuestra actuación fue la gran sátira del fútbol, que habíamos puesto blanco sobre negro la artificiosidad de una práctica social estúpida, que arrojaba al público en masas a las fauces del fanatismo y el chauvinismo y toda la consabida pedorrea formateada de los medios.

De ahí en más siguieron los éxitos de taquilla. Creció exponencialmente la cantidad de público donde jugábamos. Ya no sólo las mujeres iban a ver a los Cristianos Ronaldos de Los  Galancitos. Ahora iban las abuelas, los niños y las niñas, las escuelas, fueran del estado, de gestión privada o confesionales propugnaban la concurrencia a los estadios para disfrutar el espectáculo de un deporte por fin sano, sin mezquindades ni competencias. La intendencia creó el programa de Fútbol en Familia y regalaba o subsidiaba entradas para los más pobres. Nos asignaron el estadio principal, fuéramos locales o visitantes. Nobleza obliga, lo mismo ocurría con los Paisajistas.

Después del glorioso empate  a 11 llegaron los 15 a 0, 23 a 0, 18 a 0. En contra, claro. Nuestra meta respecto a los goles  era como la del gobierno respecto al índice de desocupación: bajar a un dígito.

En los 4 primeros partidos (salvo el primero) perdimos casi la mitad del equipo por expulsión. No porque arremetiéramos rudos contra los rivales, sino por discutir de todo con el árbitro. No podíamos entender que siempre tuviera la última palabra. Buscábamos testigos. Nos acercábamos hasta el tejido y pedíamos al público que atestiguara a nuestro favor.

—¿Ustedes vieron que el último en tocar la pelota fue uno de ellos, no es cierto?

Y el público, ese maravilloso público que nos decía:

—Sí, sí, síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

Nos daba la razón, y aun así el árbitro, increíble pero cierto, no cambiaba su dictamen. Pretendíamos que hubiera una instancia superior de apelación. Nos sublevaba ese nivel de autocracia, triste remedo de épocas feudales ya abolidas.

Y no sólo esos aspectos rudimentarios eran objetos de nuestro cuestionamiento. En los entretiempos planteábamos la discusión con los árbitros y los otros jugadores. Al fútbol mismo por cómo estaba concebido binariamente. Cuestionábamos el hecho que sólo dos equipos disputaran un partido y no tres o cuatro. Lo que llevaría a disipar en algo el fanatismo bipolar de la gente, y a los jugadores, técnicos y dirigentes a negociar sobre la marcha contra qué equipo ir. Ofendía nuestra sensibilidad la dicotomización mental a la que nos sometía la práctica de ese deporte. La reducción de lo complejo a la simple compulsa de los antagonismos. O o 1, ying o yang, cielo o infierno, el bien o el mal.

No nos daban bola. Nos pedían que los dejáramos descansar. Los árbitros se fastidiaban y se disponían mal contra nosotros y en el segundo tiempo empezaban a llover las tarjetas rojas.

Entrar en la lógica del régimen nos costó sangré sudor y mucosa. Chon’go se desgañitaba en su balbuceo perruno para nada.

Recién cuando algo de resignación incorporamos, empezamos a disfrutar algunos logros. Terminar el partido perdiendo tan solo 4 jugadores, por ejemplo, luego tres y así. Pero los marcadores seguía doble dígito a cero: 28 a 0, 19 a 0, etc.

Y el nombre de Tigresias para nuestro equipo cobró toda su faz premonitoria, y el Hilacha su rol de arúspice cuando el penúltimo partido nos encontramos perdiendo 11 a 0 y con tan sólo un jugador expulsado: yo. Me expulsaron. ¡Pueden creer que me expulsaron! No podía creer que el árbitro me expulsara a mí. Increíble, pero me expulsó. A mí. Me expulsó el árbitro. A mí, a mí yo. Inconcebible. La última vez que sentí algo igual fue cuando me sacaron un chupetín. Lo estaba chupando, vino una mano, la de mi padre, y zas, el chupetín desapareció. Chupar desde entonces fue para mí…

Expulsado por doble amarilla. La primera, una tontera. Nos habíamos cansado de tanto correr. Nos pasaba a menudo pues los 10 jugadores de campo íbamos todos al consuno detrás de la pelota. No teníamos delanteros, mediocampistas ni defensores. Nos resistíamos a aceptar pasivamente el régimen fordista en el deporte, la división de tareas por rubro. Salvo la del arquero que no pudimos modificar, nos conjuramos en la idea de que todos teníamos que hacer de todo. No era justo que si nos atacaban, solo corrieran los defensores y mediocampistas, mientras los delanteros quedaban cerca del otro arco, charlando con el arquero contrario que se moría de aburrimiento. Además la cercanía y la charla entre nuestro delantero y el arquero contrario… En esa soledad y tranquilidad que era el arco rival, seguramente… No, no era cuestión de tentar a los celos. Así, yo también me meto de delantero. No era justo. Entonces, como detestaba Borges, todos íbamos detrás de la pelota.

Por supuesto que nuestro dispositivo, más ideológico que táctico, tenía su costo. El cansancio. A los diez minutos ya estábamos preguntando cuando faltaba. O pedíamos cambio. Los 11 a la vez. Además esa limitación tonta de sólo 3 cambios. Por una cuestión de humanismo varias veces nos permitieron hacer 8 cambios. Las Maricas, que a duras penas lograron desaprender sus maneras, nos hacían el relevo. Pero el partido ya estaba definidamente perdido por 21 o más a 0. Que fuera por el tanteador o por la descalificación administrativa no cambiaba nada. Es más, para nuestro handicap era más decoroso que nos descontaran puntos por mala inclusión de jugadores que por el grotesco tanteador. Esa vez a los 10 minutos le dije a nuestro arquero que iba yo al arco y que fuera él al campo. Pero el arquero no escuchó. Tampoco el árbitro. Y de pronto éramos dos arqueros y un remate cruzado fue a mis manos. No fue que la quisiera agarrar. No la pude esquivar.

Nuestros partidos duraban hasta 3 horas porque eran más los minutos que pasábamos cuestionando las reglas. Esa vez, como todas las veces, el árbitro no quiso dar su brazo a torcer y quedé con la amarilla.

¡Putófobo imbécil!

Al promediar el segundo tiempo cobraron falta a favor del equipo contrario. Ya teníamos experiencia y sabíamos lo que era formar una barrera y la distancia a mantener. Me puse en un extremo de la barrera, la pelota a nueve pasos de mí. El contrario que iba cobrar retrocedía otros 9 pasos hacia el otro lado. Retrocedía para tomar impulso y patear. Me fijé, estaba a la misma distancia que yo. Ese tonto no se da cuenta que equidistamos de la pelota, pensé. Para ser lo profesionales que dicen que son, son demasiados tontos. Subestimaba mi velocidad. Hacía eso porque se creía híper veloz. Consideraría que nosotros, o yo, éramos tortugas. Y puse toda la tensión de mi ser para darle una lección de humildad a ese soberbio. Agucé mis oídos para, apenas sonara el pito, salir corriendo hacia la pelota y taparlo; y sonó el silbato y salí corriendo a toda velocidad, mientras el otro venía para patear la pelota con un trotecito sobrador, meneando las caderas y torneando las piernas, que te la pateo con la derecha, que con la zurda, con la derecha, con la zurda, que se frena, que acelera, que ahora sí, que ahora no, que doy de chanfle hacia acá, con el empeine hacia el otro, y yo ahí… tum,  tum,  tum,  un trepano sonoro rompiendo las barreras del sonido montado en la voz de Freddy Mercury, tum,  tum, tum, tum, tum, tum, tum tum, ¡¡¡flassshhhhh, aahahahahahhaah!!!, tum, tum, tum, tum… Me di cuenta que no sólo alcanzaría a taparle el disparo, si no que llegaría un siglo antes, y fui directo a la pelota y metí un puntín. La potencia fue como para ponerla en órbita, pero la pelota tuvo un inesperado obstáculo. La cara del sobrador. La nariz se le estampó en la cara y la convirtió en un cuadro cubista. La sangre le dio el toque expresionista. Y fue ahí cuando el árbitro se sumó a la fiesta pictórica con su, para mi hasta ahora incomprensible, otra amarilla, y posterior tarjeta roja. No podía entender el pobre imbécil del árbitro que yo llegué primero a la pelota, que le gané la carrera en buena ley, y si se le fue la pelota justo a la cara fue por contingencia del juego. El árbitro sostenía que el otro tenía que haber ejecutado el tiro libre, que la falta era a favor de ellos… Excusas para perjudicarnos, como siempre. Y solo porque somos PUTOS.

Por suerte las expulsiones a nuestro equipo no acarreaban sanciones. La Liga resolvió en forma extraordinaria no suspendernos por expulsión. No lo hacían por cubrir nuestra ignorancia deportiva, sino por garantizar que tuvieran el número de equipos necesarios para el siguiente partido. Con 8 expulsados en un partido tendríamos tan solo 3 para el siguiente. Y a toda costa querían evitar que esas extrañas cosas que apenas ocultaban sus naturalezas —se referían a las Maricas— y que solían reemplazarnos, jugaran de titulares. Y si había algo unánime de todos los equipos de la Liga es el deseo o necesidad de enfrentar al Tigresias Fútbol Club.

Y así llegamos al partido final de la temporada y… Dios mío; Dios, te amo. Hilacha, sos un mago. Jugábamos contra los Galancitos. Los Galácticos. Sí, los Galácticos.

Los Galácticos y otro equipo llegaban, como dicen los medios, a esa instancia del certamen, con igualdad de puntos y de goles y de diferencia de goles, y todas esas cosas extrañas que nos explicaron luego. Los Otros jugaban contra la otra sensación del torneo: los Paisajistas. El equipo campeón será el que más goles haga a Tigresias o a los Paisajistas.

Se hablaban de goles récord. De 40. Se prometían llegar a 60, o 90. A razón de 1 gol por minuto, etc. El partido se tenía que jugar en el mismo horario por una cuestión de transparencia deportiva. Pero era tal la expectativa social que se plantearon dos dilemas. Una, que la gente no se quería perder ninguno de los dos partidos. No se había dividido la sociedad entre hinchas paisajistas o tigresiastas. Antes bien ambos equipos éramos la síntesis de la conciliación social.

Por otro lado no había en la ciudad dos estadios con la misma capacidad. Que un partido se jugara en el estadio más pequeño introduciría, según los directivos, una desventaja deportiva.

La salomónica solución se llegó a través de una moneda. Se jugaría en el mismo estadio, pero el orden de los partidos sería sorteado. Nosotros estábamos de parabienes y perdimos el sorteo, por lo que jugaríamos el segundo encuentro.

Tigresias versus Galácticos el partido del siglo, aventuraban los titulares sensacionalistas.

Recibimos esa coincidencia como un recordatorio divino. Revivimos en toda su plenitud el origen y la razón del estar ahí: la venganza. La habíamos olvidado engolosinados por nuestra trascendencia social de rebote. Hicimos ejercicio de memoria para retrotraernos a la noche de la irrupción. Rememoramos cada gesto de los 11 Cristianos Ronaldos que profanaron nuestro santuario de One&One. Dios era nuestra ayudamemoria. Nos servía en bandeja la ocasión y fiel a su costumbre, nos dejaba el libre alpederío.

La noche previa fue la de San Ignacio velando armas (para comprender esta metáfora ver la historia de San Ignacio de Loyola). Todo pondríamos al servicio de nuestra sacrosanta venganza. Pero, ¿qué?

Algunas cuestiones adelantaré, otras dejaré para revelar durante el mismo partido. A pedido del Hilacha, Chon’go cayó con un punga. Un ratero menor y muy conocido, que durante dos horas nos enseñó diferentes pases de manos. No alcanzamos a vislumbrar el objetivo de la pantera de Mozambique.

—¿Vamos a jugar un partido o vamos ir a robar carteras?

Pero cuando el carterista dijo que la mano es más ligera que la mirada empezamos a atisbar por dónde iba, justamente, la mano…

Al punga le siguió un tipo morrudo de nombre prehistórico que, según Flor de Otoño, fue el mejor lateral de la selección nacional. Formó parte de un seleccionado que ganó la copa América y en los anales de la historia deportivas eran conocidos como Los Macheteros. Para mostrar su oficio, Morrudo pidió la pelota y nos dijo que intentáramos sacársela. Puso la pelota debajo del pie y esperó al primer voluntario para mostrar su destreza. Nadie se animó acercarse por temor a que su criterio de defensa fuera la de soltar una patada al cogote. Adivinado el temor, Morrudo dijo que no temiéramos, que nos acercáramos con toda confianza que él no iba a atacar el cuerpo del rival sino cuidar la pelota como sus propios huevos, con lo que ya nomás empezó a dictar cátedra sobre su filosofía de la defensa de la pelota. Y yo me acerqué. Vi a la pelota serena y expuesta bajo su pie. Otro confiado, me dije, recordando el episodio del puntín. Y le pegué otro idéntico y fue, y fue… y fue como si hubiera pateado esas cabezotas de hierro donde se amarran los trasatlánticos. La única vez que sentí que alguna parte de mi cuerpo se hinchó de esa manera fue cuando un chongo[1], por el que estaba perdidamente caliente, me propuso explorar una sexualidad alternativa y me ensartó una ristra —enhebrada con tanza— de ajís puta parió. Mientras me lamentaba en la esquina Morrudo seguía con su lección. Decía que la pelota se defiende con el cuerpo,  y explicaba que en apariencia él tenía la pelota debajo de los pies, pero que en realidad estaba con todo su cuerpo encima, con todos sus sentidos y nervios puestos sobre ella, y para seguir la demostración pidió que nos acercáramos más, de a dos, de a tres, sonriendo él, y yo, herido como estaba, física y espiritualmente, creyendo que no me veía porque estaba en un rincón y a sus espaldas, me abalancé por un costado, del lado que la pelota estaba más al descuido, adelanté el pie derecho para birlársela y me encontré con su culo tapándome el flanco. Mis pobres huevos buscaban vías de ascenso para no reventar contra mi pelvis. Creí entonces que mi actuación estaba siendo el mejor reconocimiento social a ese pobre hombre otrora célebre y ahora olvidado. La satisfacción en su rostro, su expresión orgullosa era un regreso a sus momentos míticos. Y mientras recibía su reconocimiento a costa mía, el muy reventado iba dando lecciones a mis compañeros; se fijaron, ¡ehh!, visión periférica y culo, visión periférica y culo, mucho culo, el defensor es como un cocodrilo, defiende con la cola. Mis compañeros maravillados por esa manera de cuidar la pelota, repetían, con el culo, con el culo, con el culo. De pronto todos descubrieron que el mejor oficio dentro de la cancha era el de defensor; con el culo, con el culo, con el culo, mientras Morrudo, al coro repetitivo de con el culo, le quería agregar el concepto de visión periférica, culo y visión periférica, pero ya no había caso. Evidentemente no conocía la estirpe de sus adiestrados.

Lo que siguió fue más de lo mismo. De a dos o de a tres nos acercamos para intentar sacársela y nada, imposible. Su culo se bamboleaba de uno a otro lado describiendo un toroide imposible de penetrar.

El resto del tiempo fue pensar paso a paso los distintos momentos del partido. No hablamos de táctica sino de coreografía. Nuestro éxito dependerá de que cada uno articule su ingreso al escenario. Sincronía, armonía y precisión.

III. El partido del siglo

Y llegó el día. Un domingo, un caluroso domingo. A las cuatro de la tarde el primer partido. La trascendencia de la gesta hizo que se cumplieran todos los protocolos de los actos institucionales. Himnos, fanfarrias, discursos, etc. Los contendientes entramos en perfecto orden, con nuestras banderas y banderines, y una cohorte de niños enarbolando la bandera de Juego Limpio, una emulación local del Fair Play. Nos saludamos cortésmente. Los galancitos no nos reconocieron. Agradecimos que no nos hubieran mirado aquella noche en One&One. Intercambiamos los banderines. Fotos con los hijos de nuestros amigos. Posamos en la clásica estampa. Una hilera sentada, los demás parados. El Hilacha agachado. La roja cinta de capitán en su brazo izquierdo, la pelota sobre el piso. Bullicio ensordecedor en las gradas. Petardos que explotaban sin lucir y dejaban trazas blancas en el cielo. Las autoridades que pedían que volviéramos a formar para la foto. Nos saludan uno por uno. Sabían nuestros nombres, el legal. Los árbitros también querían fotos. El intendente, los secretarios, los concejales, las directoras de escuela, hasta un cura párroco militante antiabortista y propulsor de la castración química para los violadores y desviados sexuales (fuente de la toda violación), los concejales, las monjitas del cotolengo Don Orione, niños minusválidos de las escuelas especiales con sus sillas de rueda empujadas por las hermanas vicentinas con sus hábitos y tocas perfectamente almidonadas; el jefe y el subjefe de policía y sus respectivas esposas que entregaron a los capitanes ramos de flores, y la banda de la policía ejecutando el himno a la alegría… Todo un infierno protocolar que retrasó el inicio del partido más de tres horas.

Saludar a los Galácticos fue saludar 11 veces a la misma persona. La misma sonrisa de suficiencia sellada por el mismo burócrata en la sede de la administración de la estética social. Para ese entonces los Cristianos Ronaldos no nos seducían para nada, y más bien los veíamos como bolsas de imbecilidad preformateada.

Millares de banderitas en las gradas. En el palco ya estaban las autoridades. Debajo, en las plateas preferenciales, las familias importantes. En las plateas comunes los niños y niñas de los jardines y de escuelas con sus insignias y estandartes, y delante de ellos, en el borde del campo de juego, aquellos niños especiales en sillas de rueda. Y si algo hacía falta para que el melindre social fuera pleno, Los Galácticos se acercaron a los niños especiales para regalarles sus banderines, y la ovación cerrada de la concurrencia parecía la antesala del milagro por el cual cada uno de esos niños entrarían a la cancha corriendo por sus propios medios.

Empezó el partido preliminar. Los Paisajistas contra Los Otros. Los nervios crispaban a propios y ajenos, pues al final del primer tiempo Los Otros apenas ganaban 19 a 0.

En los papeles y en los antecedentes de ese torneo, los Paisajistas eran mejores que nosotros. Por lo tanto, para Los Otros, hasta ahí, era un mal resultado.

Ya no se hablaba de cantidad si no de razón, promedio o índice. El índice del primer partido era de 1 gol cada 2 minutos. Los Galácticos estimaban que contra nosotros podrían llegar a un índice de 1,5; es decir, 60 a 0.

Seguía la catarata de goles de Los Otros mientras nosotros intentábamos planificar hasta el último detalle de nuestra estrategia. Más que planificar, soñábamos. Sabíamos que los primeros minutos iban a ser determinantes. Si pasaban 5 minutos sin que nos convirtieran más de 2 goles, la tasa se iría apretando, y con ese apriete vendrían los nervios, y contra esos nervios entraríamos a jugar nosotros.

Perfectamente vestidos con nuestro austero color verdecito, que más que nada era un gritito de esperanza, simulábamos hacer precalentamiento a un costado de la cancha. Lo que hacíamos era evitar que los nervios nos acalambrasen antes de empezar el partido. Al trotecito circular seguíamos repasando nuestro plan maestro contra Los Galácticos.

Apenas ingresáramos nos ubicaríamos en semicírculo central, y nuestro arquero, como debía de ser, en la lejanía del área chica. Los Galácticos seguramente se ubicarán según sus diferentes oficios. El arquero en su arco, los tres defensores ocuparían la zona de la defensa para la fotografía panorámica ya que así mostrarán el dibujo táctico. No nos cabían dudas que apenas el referí marcara el inicio, los tres defensores se acoplarían a la ofensiva, como los dos mediocampistas de contención y los otros dos de proyección o enganches creativos como le llaman. Así que en el círculo central solo tendrían a tres jugadores, los tres delanteros definidos, que estarían enfrentándose a nosotros antes del inicio.

A uno, a dos o a los tres de esos teníamos que anular antes de empezar. El primero de todos tendría que ser el capitán Cristiano Ronaldo I. Según nuestras pesquisas era el 9 de área. De él se encargaría nuestro capitán, el Hilacha. Teníamos que asegurarnos sacar nosotros, es decir, en el sorteo de cancha o pelota elegir lo que nadie elige: la pelota. El nuestro que moverá tendrá que asegurarse que la pelota le llegue limpia al Hilacha. Los demás tendríamos que marcar o retener a como fuera a los otros para que no le llegue más que Cristiano Ronaldo I. El Hilacha la pisará de espaldas mirando hacia nuestro arco, como si estuviera desorientado respecto al sentido de progresión… Tendrá que aguantarse unos segundos los gritos de las gradas, hacia el otro lado, hacia el otro lado, boludazo, como si fuera una función de títeres. Cristiano Ronaldo I que la verá servida la pelota se acercará desde atrás con la idea de pellizcársela, avanzar unos metros y meter el primer gol y de paso batir el tiempo récord de 5 segundos… Pero el Hilacha fiel aprendiz del Morrudo girará del lado que Cristiano Ronaldo I encaraba, y sobre el mismo giro mutará en el punga. Con eso de que la mano es más veloz que la mirada, le tocará los huevos como si los sopesara para estimar peso y tamaño, y en ese gesto estaría casi inmolándose por la causa, ya que segurísimo, y eso esperábamos, Cristiano Ronaldo I no tolerará la afrenta pública y le estampará una atronadora bofetada que lo llevaría al suelo con pedido urgente de camilla y ambulancia. Serían testigos de cargo del acto criminal el mismo árbitro y la totalidad del público.

Con eso, además de mermar física y moralmente a nuestros adversarios, volveríamos unánime la simpatía del público, por aquello de que la violencia despierta compasión de la masa hacia los violentados.

De ahí en más, con toques sucesivos intentaríamos recibirlas, siempre de espaldas a ellos, a la espera de un Cristiano Ronaldo II intentando sacárnosla, y el subliminal toqueteo escrotal y las trompadas y las tarjetas rojas, o en su defecto, si perdiéramos la pelota, nos acercaríamos al poseedor de a dos, uno adelante y el otro atrás, y de nuevo, la estrategia del hurto, pero esta vez en el culo…

Trompadas tras trompadas iríamos desgranando a los Galácticos hasta que su inferioridad numérica se equilibrase con nuestra inferioridad futbolística.

Si lográbamos expulsar a tres antes que termine el primer tiempo tendríamos una perspectiva óptima para encarar el segundo, con la estrategia propuesta por las Maricas.

Durante el descanso, y para mantener el clima de emotividad heroica, Chon’go se las ingeniará para que por el altoparlante de la Voz del Estadio pasara I Will Survive. Eso arrancaría contagiosos alaridos con olas y marejadas humanas al unánime coro de Sobreviviré, y los ecos amortiguados de esa energía social llegaría a nosotros para mantenernos en el entusiasmo e iluminar la inminencia de la gloria.

La estrategia de las Maricas era reemplazarnos a algunos para el segundo tiempo. No nos podíamos negar a esa ocurrencia estrafalaria porque nos corrieron con nuestro argumento: esta lucha también es nuestra.

Detrás de ellas, la mirada supervisora y vigilante de las Trolas. Las comisarias políticas. Estábamos acorralados y aceptamos. Las Maricas entrarían al segundo tiempo. Entrarían a quemar las naves. Quizá el notorio reemplazo descalificante quede opacado por la forma del ingreso. Vamos a perder el partido, nos van a descalificar, les habíamos dicho. Que importa el partido, importa la venganza y la venganza no tiene por qué tener techo, nos decían. Nos sacudían y nos callaban a fuerza de argumento. Como si fueran nuestro yo colectivo, soterrado y profundo, nos hicieron ver que nos habíamos engolosinado con la lógica del triunfo, que «el sistema» nos había captado de alguna manera con sus valores. Triunfar, no; venganza, hermanos, nos decían las Trolas.

Las Maricas entrarían vestidas con nueva indumentaria. Tendrían recambio para nosotros. Se mezclarían. Todas y todos fungiríamos pantaloncitos tarantinis modelo 78, con las costuras que calaban los tajos de sus conchas postizas, rebatiendo pliegues a uno y otro lado como si les hubieran abierto un surco arado con bueyes, y en nosotros exaltarían los bultitos indolentes de nuestros huevos. Huevitos. Los tajos laterales de las pantaletas tarantinis se habrían de abrir como un delta hídrico y llegarían hasta las mismas cinturas que parecían polleritas de chiroleras. Cuando los probamos caímos en la cuenta que ponerse aquello era el salto final del destape. Nuestra salida pública del placard. Y recordando a Thelma y Louise en la escena final, nos abrazamos: Putos, Trolas, Maricas y Travas:

—¡Como Thelma y Louise!

—¡Como Thelma y Louise! —gritamos juramentados y cambiamos de ropa.

El primer abrazo Inter, Multi, Trans del que se tenga memoria en nuestra ciudad. Quizá en el mundo. Por qué no, en la historia.

No terminaba allí la estrategia de las Maricas. Las pantaletas y las remeras ya no lucirían el verdecito esperanzado, sino el tradicional rosado. Un rosado color piel con pintitas rojas esparcidas por todas partes, y en el pecho la leyenda de nuestro flamante auspiciante: One&One.

¿Y estas pintitas?, habíamos preguntado aturullados por tanta osadía. Tenían que ser Putos, nos respondió la Trola mayor y tenía razón.

Después se dedicaron a enseñarnos a remedar gestos maricas para que la actuación del segundo tiempo fuera total. La gestualidad era parte de la estrategia. Exprimimos de nuestras memorias los gestos más grotescos con el que nos suelen identificar. Queríamos, íbamos a ser el espejo deformante de los prejuicios sociales. En el fondo, la nuestra, iba a ser una misión pedagógica y edificante que llevaría un poco de salud mental a una sociedad de corazón podrido. Nos abrazaríamos para festejar hasta un pase bien hecho. Correríamos a nuestros rivales como si estuviéramos jugando a la mancha, y ellos, pobres, pobres, más que a la pelota, buscarían escapar de nuestras manchas… Sonar, toser, escupir catarros serían partes de la puesta en escena… Ya los veíamos a los saltos tratando de evitar nuestros efluvios. La algarabía inicial se convertiría en silencio y luego en manotazos de los adultos tratando de tapar los ojos de los niños. Y de ahí la retirada como un desbande mientras nosotros, administrando el tiempo, llegaríamos a la última jugada, remedando esa composición que tanto nos gusta a los Putos, la de los gansos que vuelan en V. Una V puntiaguda alrededor del Hilacha, y con los flancos cubiertos avanzar hacia el arco rival… Por sugerencia de las Trolas, que sentían una fuerte aprensión contra todo lo que pareciera o sugiriera penetración, no caeríamos en la tentación de hacer atravesar a la pelota el plano formado por los tres palos. Pasto para los filólogos, dejaríamos la pelota sobre la línea demarcatoria.

El partido formalmente seguiría o no. A saber qué haría el árbitro. Podría formar parte de la chusma que huiría despavorida, sin dar el pitazo final, lo que formalmente extendería el partido hasta un  tiempo sin límite, casi simbolizando que el dilema no se resolvería en el momento… Pero estaba cierto para nosotros que el festejo iba a ser el corolario de la consumación de una alianza, como dicen en la iglesia, nueva y eterna, con un trencito festivo e irónico, con los obvios pasos que irían de los quebradizos de los Village People, pasando por los smoth contoneos de Locomia, y la coreo de Boy’s just want to have fun de Cindy Lauper… Los chicos sólo quieren divertirse, las Trolas, Maricas y Travas, cantarían Las chicas solo… Y así las voces acopladas de la fraternidad de One&One saldríamos de la cancha transformados en una nueva entidad social ineludiblemente existentes.

Con el diseño claro en nuestras cabezas nos pusimos a encarar el partido… Cumpliendo paso a paso lo planificado, el final de este relato sería inminente, de no más que algunos renglones.

Le tocó a Flor de Otoño mover el balón. Tenía que pasar al Hilacha que estaba en el borde del círculo central. Yo, para apaciguar mis nervios, me ubiqué casi sobre la línea lateral, en el medio campo, cerca de los mástiles y la fila de niños discapacitados en silla de ruedas que me decían: hola, hola, hola, y más repetían el hola, cuando yo, con caritas, les hacía gestos…

Flor de Otoño o se abatató o quien sabe qué, y pateó la pelota de tal forma que me la pasó a mí… Y yo en el borde del campo, frente a los niños que me gritaban y la mancha blanca con cinta negra en el brazo que se abalanzaba sobre mí… Yo perdido en la inmensidad aquella, desorientado, intentado adivinar hacia dónde quedaba algunos de los arcos, quedé frente a los niños, en la frontera del campo, con la pelota bajo el pie y la pelota mordiendo los umbrales de la línea con cal… y ya sentía sobre mi espalda a Cristiano Ronaldo I y su sombra que se ladeaba a mis costados y yo tratando de recordar las enseñanzas de Morrudo. Yo sin reflejos y poca memoria, pero zafando por el momento con el culo para un lado, luego para el otro, logrando mantener la pelota bajo mi poder y a Cristiano Ronaldo I bufando sobre mi nuca, sin poder girar hacia mi frente, pensaba yo, porque de cruzar la línea blanca sería descalificado creía yo en mi supina ignorancia, y con el aliento de las vocecitas de esos niños que por hacerles carita me constituí en sus ídolos, tuve la necesaria disposición de espíritu para recordar la otra parte de la estrategia, la del carterista; y en otro despliegue magnificente de velocidad, como aquella vez que me sentí flash Gordon… le hurgué con los dedos los sacos escrotales, las encontré distendidas y complacientes y apenas, o antes que mis manos volvieran a su lugar de siempre, sentí que había triunfado bajo el efecto noqueante de un sopapo sobre mi nuca…

No hizo falta que fingiera o exagerara la caída. Caí de verdad. Y en el piso, aun aturdido, paladeaba el gusto de cumplir con mi deber… Oía las voces, los gritos, las silbatinas y pude ver después los botines del árbitro junto a mi cara. Lo imaginé preguntándome por mi estado, y pidiendo urgente el ingreso de los paramédicos y la camilla. Y cuando levanté la cabeza y me puse de pie vi al árbitro en cuerpo entero levantando una frondosa tarjeta roja y el grito de fuera, fuera. Tardé algo en comprender que la tarjeta y el fuera estaban destinadas a mí. También el griterío. Uno de esos niños cachivaches, con las manos retorcidas, las piernas tullidas y los lentes de un espesor del Hubble, seguía repitiendo: Le tocó el pito, le tocó el pito, y los demás en coro: El pito, el pito, y la tribuna, con el mismo eco: Pito, pito, pito, y el arbitro que venía directo para expulsar al Cristiano Ronaldo I tuvo que parar, mirar al asistente, consultarlo, y sin guardar la roja, cambiar de destinatario y expulsarme.

En un santiamén dilapidamos la simpatía y sin plan B, los demás siguieron con la estrategia del carteristas y así, trompadas tras trompadas, con rojas de por medio, nos fueron diezmando cuanti cuanto cualitativamente, sin llegar a un cuarto expulsado. En ese momento explotó la hilaridad general en el estadio y empezaron a llover botellas y todo tipo de objetos sobre nuestras cabezas, por lo que a los proyectos del trencito triunfante y las consignas procaces como el meterse con putos era para salir cagados, tuvimos que reemplazarlos por una huida desesperada y desprolija hacía el único lugar que nos podría cobijar…, de nuevo a One & One con la conclusión amarga de que el reino de este mundo aun no era el nuestro…

Colorín culeado.



[1]Se llamaba o se hacía llamar Sabú y nos conocimos en el paseo de los artesanos. Lo vi y fleché como quien mira en la vitrina un diamante imposible y sigue su camino. Seguí caminando y ese fue mi error. Hubiera salido corriendo. Al cabo de un rato sentí que alguien me tocaba el hombro para pedirme fuego. Desde ese momento supe que estaba perdido, que lo mejor que podía hacer era olvidármelo ya. A él creó que le pasó lo mismo. Pasamos tres años intentando separarnos. No fue una relación, sino una enfermedad cardiorrespiratoria; como si nos pusiéramos bolsas de nylon en la cabeza y cuando ya no dábamos más, nos la sacábamos y encontrábamos que el único aire disponible para respirar después de la asfixia estaba en el pulmón del otro y la única vía de acceso nuestras respectivas bocas. No podíamos estar juntos ni separados, solo cogiendo. Para vos Sabú, que me hiciste conocer las fronteras y el más allá de mí mismo… estés donde estés, este breve recuerdo.

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1 Comentario
  • NicoA
    julio 26, 2017

    Excelente!!! “No pensé en reírme” decía mi vieja!!!

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