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La diatriba

Un joven escritor quiere publicar su primer libro, pero teme que pase desapercibido en poco tiempo. ¿Qué hacer para llegar a los lectores? Sebastian Ocampos responde con este cuento metaliterario (publicado en Espontaneidad), ilustrado por Charles Da Ponte.

 

Quiere presentar su primer libro de cuentos, pero si comete el error de seguir los pasos del resto la repercusión será minúscula y pasará desapercibido luego de un par de días o con suerte semanas, pues en este país la escasa gente lectora lee cualquier cosa menos novedades de escritores noveles. Prevé una venta máxima de quinientos ejemplares, si él se encarga de ofrecerlos a cuanta persona conozca, modus operandi de los trabajadores de las letras en esta ínsula rebosada de soja, marihuana y ganado vacuno. Difícilmente podría llegar a un público mayor. La influencia de los premios literarios ganados aquí es casi nula. Y si tuviera un premio internacional de renombre en su escaparate, tampoco sería muy leído. Roa Bastos, tras recibir el Cervantes, sólo consiguió que lo nombraran mucho, no que lo leyeran. País de mierda, masculla, sabiendo que más de un escritor paraguayo de libros sin lectores reaccionará ante esa palabra y le recomendará que use otra para comunicar lo mismo, resguardado en la moralina con que otros hicieron cambiar el título de la tercera novela de García Márquez y la séptima de Bolaño. Recuerda un término desfasado cuyo concepto kunderiano aún tiene vigencia. «Es la negación absoluta de la mierda», se lee sobre el kirsch en La insoportable levedad del ser. Si este país es una mierda se debe en parte a los propios escritores que la niegan, que la ocultan con temas intrascendentes y palabras bonitas, edulcoradas, innecesarias.

Piensa de nuevo en su primer libro. ¿Qué hará? Los elogios y las recomendaciones de unos críticos y escritores sirven para el ego del autor, no para ganar más lectores. Las horas dedicadas a la mercadotecnia en la carrera de administración no son de utilidad. Las leyes del mercado sirven de tema literario o teoría económica artificial. Debe fijarse en la realidad actual. ¿Y si en el libro incluye un cuento similar a una narración de algún semidesconocido, un autor que pudiera manipular para que lo demande por plagio? Eso repercutiría mediáticamente, aunque correría el riesgo de que la justicia prohíba la circulación de su libro. Si tuviera otro volumen de cuentos publicado, se jugaría por esta opción. ¿Y si alguien critica con malicia desmesurada tanto el libro como al autor? Es una técnica probada con muchos best sellers. Ser víctima de una acusación exacerbada o un ataque injusto provoca empatía en la gente. ¿Pero a quién solicitaría semejante diatriba planificada? Piensa en unos amigos y cuando está a punto de hablar con uno de ellos el arrepentimiento lo detiene. No quiere involucrar a otra persona. Por tanto, la única posibilidad válida para ejecutar esa idea se encuentra en él. En esta época de realidad virtual preponderante, crear una identidad requiere manejar unas pocas herramientas en la computadora; sin embargo, crear un escritor activo literaria y críticamente le exigirá ingenio y trabajo diario, pues deberá darle vida antes de la publicación del libro.

El génesis de la identidad es el nombre. Jorge Espínola lo representa también a él, aunque nadie más que su familia materna lo sepa. La imagen es obligatoria. Recoge unas fotografías de internet y las retoca digitalmente. Un escritor debe justificarse con obras. Algunos poemas y cuentos adolescentes son resucitados… ¿con qué estilo? Uno distinto al suyo, sobre todo para no confundirse. La irreverencia será su característica principal. Afirmará desafiante que el idioma sirve para comunicar con lo que fluye en la oralidad, no para vestirlo con una camisa de fuerza académica; que los escritores respetuosos de las reglas gramaticales son seres que incluso cuando tienen sexo necesitan instrucciones; que es un poeta maldito incomprensible para las mentes herméticas de la literatura almidonada; que es un artista libre perseguido por la RAE y otras entidades de igual reumatismo lingüístico. Se tomará infinitas licencias: escribirá de acuerdo a su humor, a veces completamente en minúsculas o en mayúsculas, casi sin puntuaciones ni acentos, ganando adeptos que, ante la carencia del talento y la formación constante, también recorren ese camino.

Tiene al escritor. Es tiempo de mostrarlo al mundo. Edita y cuelga un libro electrónico de relatos reescritos en un sitio gratuito para compartir documentos, publica una breve biografía en Wikipedia —con los datos básicos, verosímiles—, abre un blog, crea el perfil en las redes sociales y lo introduce en los grupos literarios virtuales. Los primeros pasos son para ganarse la simpatía de quienes comparten su visión de las letras sin amarras. Luego da rienda suelta a sus críticas contra quienes denomina escritores formalistas y publica afirmaciones que hieren susceptibilidades de todo tipo:

la linealidad de tooodas las narraciones de casaccia puede equipararse al mundo plano de los catolicos que condenaron a galileo y a otras miopias historicas

roa bastos escribia recargando su tinta sobre el paraguayo de tierra adentro y de siglos pasados con una escritura extranjera de toques kurepizados

HELIO VERA ERA MAS BIEN UN COMPILADOR DE DICHOS DE POLITIQUEROS Y ARTICULOS SOBRE LA SUPUESTA IDENTIDAD PARAGUAYA QUE ESCRITOR

halley mora se dedicaba a sus anticuentitos cuando no se hacía pasar por un campesino para ser beneficiado por la reforma agraria stronista o cuando no se quejaba de que el nobel se le haya dado a alguien como saramago

Cada publicación genera controversia, volviéndolo a veces el centro de atención del mundillo literario asunceno, redituándole enemistades y amistades, en cantidades inesperadamente superiores a las imaginadas.

Con el autor de la potencial diatriba en boca de escritores, lectores y demás, es el momento de poner una fecha a la publicación del libro. Habla con la editorial. Los ejemplares se imprimen. Las invitaciones se distribuyen. Llega la noche de la presentación. El acto reúne a cincuenta personas más o menos. Y el libro sigue el curso habitual: las librerías capitalinas lo exhiben y venden de a uno; un par de reseñas son publicadas en los suplementos culturales de los medios con mayor tirada; y algún que otro comentario se publica en las redes sociales. Y como el silencio está por ahogar su ópera prima, Jorge Espínola debe entrar en acción.

Con el papel digital en blanco frente a sus ojos y los dedos sobre el teclado, no sabe qué escribir. Supuso que criticar su propia obra y a él mismo sería una tarea sencilla, pues quién lo conocería mejor para deconstruirlo con oprobio. Cuando la escritura cuesta, la lectura se vuelve indispensable. Busca y lee insultos entre escritores: plumífero de temas superficiales, cuentista peso mosca de narraciones constreñidas, sopita aguada para literatos insustanciales, fealdad idiomática que trastrabilla en cada puntuación pudorosa, leerlo es tener ganas de leer un manual para instalar un ventilador de techo… Y mientras está en eso se le revela el título: Un primerizo precoz y su mamotreto llamado Precocidad. A partir de ahí, como si acabase de ser iluminado, otras frases lapidarias emanan de él:

Al ver la imagen del autor en la contratapa, el título cobra sentido: es un escritorzuelo imberbe —que ni siquiera merece ser nombrado— en coherencia con el título del mamotreto de casi 300 páginas que reúnen 19 cuentos, cantidad exageradísima de relatos que deberían haberse limitado a un cuarto o un tercio, siendo generoso con el primerizo. Si un lector caritativo llega a sus páginas, verá que el mozalbete autor ha eyaculado antes del primer minuto, decepcionando al lector desde la narración que da inicio al libro, La primera vez, un esbozo adolescente de la persona y el texto, escrito en omnisciente seguramente para ocultarse tras el personaje descrito que sólo busca fornicar a su amiga, así como el escritorzuelo imberbe sólo busca impresionar con su biografía y sus premios al lector incauto. En los relatos vemos una prosa de escolar aplicado y el afán de hacer alarde de su cultura de títulos y autores literarios, musicales y cinematográficos, aunque carente de vida. Pura hojarasca formal. Pero si algo debemos rescatar de este libro expuesto innecesariamente al público es su título, quizá la característica principal del autor, que debería limpiar sus eyaculaciones literarias precoces retirando todos los ejemplares de la calle antes de que lleguen a otras manos y las críticas terminen de incinerarlo.

Relee lo escrito. Le gusta. Puede funcionar, dice sonriendo. Nunca hubiera imaginado que leer un ataque contra él y su primer libro lo tendría contento. Con ese título y párrafo, más los insultos entre escritores, puede redactar la diatriba disfrazada de crítica literaria, respetando el estilo creado para el responsable de la misma. No se apresura. No puede hacerlo: embarrar su escritura pulcra no es una tarea fácil. Le dedica una tarde y noche y la termina durante la aurora. Al despertar de siesta, la publica en el blog y la comparte en las redes sociales, esperando una reacción inmediata, pero ningún contacto se inmuta por el ataque. ¿Ha de ser porque casi nadie conoce al escritor novel? ¿Debe publicarla en los grupos literarios? ¿Etiquetar a todo el mundo, buscar el conflicto a toda costa? No, es mejor aguardar. El día acaba sin novedades. ¿Incluso generar una controversia literaria en este país es una labor cultural imposible? Y si la comparte en su propio perfil, qué debería agregar: una defensa o un contraataque… ¿para culminar en una batalla entre él y… él? No, semejante final es inaceptable. Ni siquiera debería especular con eso. Alguien más debe reaccionar.

Unos comentarios breves son publicados contra la diatriba, pero quienes escriben son personas sin nombres de peso en la literatura. Al menos demostré que arriesgarse a hacer esto también es en vano aquí, piensa el escritor, dejándose arrastrar por el desaliento. El plan parece diluirse en la nada cuando del exterior llega la defensa expuesta en un ensayo que incluye una reseña elogiosa de Precocidad y un análisis de la crítica panfletaria, a la que considera maliciosa y perjudicial, negativa en todo sentido. El autor es un conocido crítico español especializado en literatura paraguaya. La repercusión, por fin, es inmediata. El libro es leído y nombrado. Otras reseñas son publicadas en revistas y periódicos nacionales e internacionales, acompañadas de fragmentos de sus cuentos. Se comparten más textos de apoyo. Y el objetivo se cumple: la editorial comunica al escritor que el libro se ha agotado y es necesario reimprimirlo. La buena nueva es motivo de felicidad literaria y económica. El plan no podría tener un mejor resultado.

Pero el efecto es mayor al esperado: el libro de relatos de Jorge Espínola —a quien mantuvo en silencio desde la publicación de la diatriba— de repente cuenta con cientos de descargas y comentarios tanto de ofensas como de elogios. Entre los últimos, celebran su prosa actual, visceral, desgarradora, real. Una editorial de un país vecino le escribe a su correo electrónico, comunicándole que está muy interesada en reeditar ese libro o publicar otro, si lo tiene. ¡Cómo carajo sucedió esto!, grita el escritor a la pantalla. Debe detener eso. Contesta:

ese librejo ni siquiera valdria la pena publicarlo en ph y les voy a escribir cuando tenga un nuevo libro que por lo menos merezca una edicion cartonera

Deduce que esas palabras ahuyentarán a la editorial; sin embargo, pasadas unas horas recibe un mensaje de agradecimiento por la pronta respuesta y de insistencia en la propuesta. «Nos ponemos a su completa disposición», lee, y no sabe qué hacer.

El problema con ciertas creaciones se da cuando adquieren vida propia y el público es quien decide su porvenir. Conan Doyle, por ejemplo, no pudo asesinar totalmente a Sherlock Holmes. En su caso, en ningún momento imaginó que mantendría vivo a Jorge Espínola, que se vería obligado a cuidar de él con minuciosidad para que no lo descubrieran, como Viktor Taransky a S1mOne.

Tras ese efecto inaudito e incontrolable, el escritor sabe que debe aceptar las consecuencias y de ser posible sacarle provecho a la situación. Tarda en comprender que el autor de la diatriba es, en definitiva, su alter ego, por medio del cual se deshace de su filtro crítico para decir cuanta cosa se le cruza por la cabeza. Piensa que él es su mayor creación literaria y que podrá sobresalir siendo ambos a la vez, aunque a veces, sobre todo en sueños, teme que su identidad bifurcada se confunda en la realidad y termine, sin ser consciente de ello, actuando como el otro.

 

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1 Comentario
  • Derlys
    agosto 29, 2017

    Un texto atrapante, que delata el talento del autor y a la sociedad en cuanto a la importancia que da al arte literario. Muchas felicidades.

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