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A pasos apresurados

Crónica de una caminata solitaria acompañada de escritores y reflexiones durante una noche fría en Asunción, la capital paraguaya que no deja más opciones que caminar a pasos apresurados por el temor a quienes se quedan sin ómnibus pasadas las 22 horas.

Calle Montevideo, de la Asunción nocturna. Fotografía: Cintia Perezlindo.

Calle Montevideo, de la Asunción nocturna. Fotografía: Cintia Perezlindo.

«Caminar es un vicio gratuito que se alimenta de sí mismo, un subidón duradero que además tiene excelentes efectos secundarios. Lo que quiere el que camina es seguir caminando», afirma Antonio Muñoz Molina en uno de sus relatos breves publicados en su página web. No diría lo mismo si se quedara sin ómnibus en plena medianoche fría bastante al sur del microcentro asunceno y debiera caminar más de diez kilómetros para llegar a su casa, con el cielo nublado e inestable, amenazando con enfermarlo de gripe o neumonía.

Cuando se trata de caminar por caminar, como ejercicio, la actividad es un privilegio de la minoría en cualquier parte del mundo. Para los demás, caminar es una forma de ir de un lugar a otro porque quieres o careces de recursos para tener o usar un medio de transporte. En mi caso, durante la primera hora del último día de mayo, carecía del ómnibus que supuestamente aún hacía sus rondas a esas horas y de mi bicicleta, que se encontraba en casa. Con ella, el trayecto recorrido en noventa minutos, gracias a los pasos apresurados por el temor, se hubiera reducido a media hora, y esta crónica breve no existiría.

¿Y los taxis? Si esperas ómnibus durante las noches asuncenas, ya es por algo. El billete y las monedas que entrechocaban en el bolsillo de mi pantalón solo hubieran servido para subir al taxi, ver la tarifa inicial y avanzar unas cuadras hasta toparnos con el primer semáforo en rojo, que el taxista esperaba ver al elegir ese trayecto, pues esos profesionales del transporte en automóvil cobran más por detenerse en el tráfico diurno y los semáforos nocturnos que por acelerar y entregarte rápido en la dirección indicada como saludo inicial.

¿Había otras opciones? La casa de una chica que de tanto de tanto se me acerca como si yo fuera importante y atractivo; el departamento de un amigo con costumbres de tercera edad, cuyo sofá está disponible casi siempre; un bar que antes tenía el peor baño del mundo —peor que el de Trainspotting—, en el que cada noche están unos amigos o conocidos que hablan de cambiar el mundo mientras piensan qué carajo harán para llegar a fin de mes; y el departamento de un exalumno de escritura, usado como antro etílico de gente con eternas pretensiones  artísticas. Y nada más. Lo mejor era caminar.

¡Cómo! ¿Lo mejor era caminar? ¿Y esas cuatro opciones? Descartadas porque la primera era una mala idea; la segunda repercutiría en un favor que debería al amigo (a quien aún debo un libro de Roa); la tercera se volvería una repetición estéril de discursos en un espacio abierto y frío; y la cuarta sería un cúmulo de voces de seres buena onda y volados que hablan de hacer arte desde hace años, ¡lustros!, pero aún no han hecho nada que merezca el tiempo, la apreciación, la crítica o el dinero de los demás. Por todo eso, lo mejor era caminar.

El primer objetivo, tras la noción de quedarme sin ómnibus, fue llegar a la calle Oliva, en la que aún cabía la esperanza de ver algún 12, 28 o 31 que me llevase por Mariscal López. Caminé con las manos en los bolsillos. La noche era fría, aunque no muy fría como en las anteriores noches de cinco grados o menos. Oliva estaba semidesierta. Iba de oeste a este, volteando la cabeza cada vez que escuchaba el motor de un vehículo. Avanzaba. Frente a Asunción Supercentro, dos muchachos conversaban con un guardia de seguridad, con los ojos puestos hacia el oeste, en la espera de una buena nueva. Durante unos segundos pensé que podría aguardar con ellos. No me detuve.

Se le atribuye a Nietzsche la frase de que los mejores pensamientos son los pensamientos caminados. Muchas sentencias y obras vueltas clásicas y universales por sobrevivir al paso del tiempo nacen de la experiencia personal de sus autores. Una buena cantidad de escritores toma lo dicho por el estimado filósofo del martillo para justificar su gusto por la caminata y la reflexión llevada luego a la escritura. En el caso de Nietzsche, deduzco que escribió ese aforismo porque él necesitaba caminar para respirar mejor y sufrir menos migrañas, efectos que obviamente le permitían pensar mejor. También debemos tener en cuenta que mientras caminas, si lo haces solo, no tienes otra alternativa que pensar, aunque a la mayoría de la gente le resulta intolerable escuchar su monólogo interior y se rellena los oídos con auriculares. En cuanto a mí, camino y pienso, pienso y camino, pero sin afirmar que los mejores pensamientos son los caminados, menos en una noche fría.

Mientras iba de un barrio cercano de Tacumbú a otro barrio vuelto residencial en el último par de décadas, como efecto de la desigualdad en aumento desde los 90 de Rodríguez y Wasmosy y Oviedo, pensaba en todo lo que debía hacer durante el día. Era sábado, mi día laboral fuera de casa, el día con menos sueño dormido en la semana. Mantener la costumbre de trabajar, leer y escribir de noche y dormir de mañana me obliga a estar cansado, a veces muy cansado, los sábados.

En 1859, Charles Dickens sufrió de insomnio. No podía conciliar el sueño por más de que lo intentaba. Debía salir de la cama y la casa. Necesitaba realizar una actividad física. Y no se le ocurrió una mejor idea que recorrer la ciudad de Londres a pie. Tras la experiencia, escribió un ensayo sobre sus paseos nocturnos, en el que los lectores vemos cómo esas caminatas le permitieron conocer mejor a los desfavorecidos del sistema político y económico. En Paraguay, la tremenda desigualdad es notoria a cualquier hora del día, pero durante las noches frías la omnipresente injusticia afecta a cualquier ojo, incluso a los que se niegan a verla a la luz del sol. Al caminar sobre Oliva, cruzando Chile, vi a la derecha a unas personas durmiendo en la vereda y la entrada de un edificio; y a la izquierda, en la vereda de la Plaza de la Libertad, a varias personas sentadas en círculo, hablando, escuchando música y tomando algo, junto a un cocinero y vendedor de hamburguesas y lomitos y otras comidas rápidas y bebidas con y sin alcohol. El frío obliga a mantenernos cerca. Un poco alejados, en la parada de taxis, algunos hombres conversaban frente a un televisor encendido; a unos metros de ellos, dos señores jugaban a las damas sentados a una mesita. Jugar a las damas es una de las características humanas de la Plaza de la Libertad, juego que atrae a todo tipo de trabajador de la zona, que hace de competidor o público de acuerdo a la suerte del momento.

Calle Brasil, de la Asunción nocturna. Fotografía: Cintia Perezlindo.

Calle Palma, de la Asunción nocturna. Fotografía: Cintia Perezlindo.

Antes, sobre Montevideo y Haedo, había visto a un señor durmiendo en la vereda, recostado contra la pared de una librería de usados a precios elevados, cuya propietaria parece la reencarnación física del señor Cheeseman de Que no muera la aspidistra de Orwell, por tratar a los libros como simples mercancías de especulación (todos son caros porque desconoce el valor literario y editorial de cada uno). Sobre Oliva, Brasil, Mariscal López y Brasilia vería a más gente durmiendo en las veredas, con el cobijo de sus ropas maltrechas y unos cartones. Llamé al 911 para preguntar si los podían recoger y llevarlos al albergue de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN). Quien atendió registró los datos de las direcciones y dijo que avisaría a la patrullera correspondiente. Días antes, un funcionario de la SEN había comunicado a un diario amarillista que en el presente mes recibían un promedio de 25 a 30 indigentes por noche, y que el pasado año habían recibido a 50. No sé si alguno de los que vi tuvo la suerte de dormir en un mejor lugar, pues mi caminata siguió, justamente en busca de llegar al único espacio de este mundo que me sirve de refugio contra las inclemencias del tiempo y la sociedad.

Unos escritores, como ya he mencionado, repiten que caminar es el ejercicio ideal para pensar. Joyce Carol Oates, en cambio, afirma que correr es la actividad más feliz, estimulante y nutritiva para la imaginación. Y si de correr se trata, durante las primeras horas del 31 de mayo yo estuve totalmente dispuesto a hacerlo si intuía que uno de los muchos extraños del camino mostraba intenciones de apropiarse de mi celular (por el que aún debo unas cuotas) y otras cosas (en anteriores robos fui despojado de unos billetes de cinco y seis cifras, una billetera escuálida y una remera recién estrenada). Por supuesto, que estuviese dispuesto no significa que mi cuerpo sedentario hubiese reaccionado en la medida de la circunstancia.

Si bien en más de una ocasión temí estar en riesgo de sufrir un asalto, solo cuando estuve sobre Mariscal López, pasando Perú, preví un mal desenlace. Un grupo de muchachos muy jóvenes caminaba frente a mí, primero a varias cuadras, luego a pocas. El paso rápido que mantenía me acercó a ellos. Cuando la distancia se redujo a una cuadra, aminoré la marcha y avancé lentamente, pensando qué hacer: ¿entraba en una de las calles poco iluminadas para salir a España? No. Conozco esa zona. Sería igual de riesgoso. ¿Me mantengo a una prudente distancia hasta llegar a General Santos? Sí, pensé, pero no seguí mi propio consejo y retomé el paso rápido y los sobrepasé temeroso de que me gritasen o cruzasen la avenida e iniciase una persecución con final previsible. Nada de eso sucedió. De seguro solo eran unos muchachos que salieron de juerga y también se quedaron sin ómnibus. Pero en esta década pensamos que de noche toda persona es una potencial delincuente a la que debemos eludir, tal como lo hicieron unas chicas que, ya casi al llegar a Brasilia, venían en sentido contrario y cruzaron la avenida al verme.

Nunca entendí la caminata como un simple ejercicio. No recuerdo, por ejemplo, haber contestado Caminar o Salir a caminar a la pregunta habitual de ¿Qué vas a hacer esta tarde o noche? de la gente del siglo XXI con más amigos virtuales que reales. De esos caminantes de calles, plazas, parques, costaneras, pasemos a otros peores y perjudiciales, a quienes aumentan el tráfico automovilístico y la contaminación capitalina solo porque deben llegar a un gimnasio para ponerse a caminar en la cinta caminadora o a pedalear en la bicicleta estática. Éstos, los últimos, son una muestra del inmensurable absurdo del mundo.

Caminar es una forma sencilla, saludable y agradable de teletransportarme. Si salgo debo tener un objetivo más: visitar a gente amiga o compartir los pasos y la charla con alguien. De niño y adolescente, los amigos del barrio caminábamos kilómetros y kilómetros a diario, a cualquier hora del día, casi siempre para visitar a amigos, sobre todo a amigas. Íbamos de un barrio a otro e incluso de una ciudad a otra, sin quejarnos por la distancia ni el calor ni el frío ni la noche. La única que tenía el poder de mantenernos aislados en nuestras casas era la lluvia. En esos años pueriles y rebeldes en los que solo queríamos divertirnos, los medios masivos de banalización aún no nos habían alienado con el miedo a cualquier persona, a la ciudad en general. Ahora, claro, las cosas cambiaron. El único que aún camina largas distancias de vez en cuando soy yo. Los demás se adaptaron al progreso y van de un punto a otro en sus vehículos motorizados de dos o cuatro ruedas, por los que se sienten orgullosos.

Cuando llegué a la avenida Brasilia, el temor que había apresurado mis pasos desapareció. Es una de las calles mejor conocidas por mis pies, desde su inicio en Artigas hasta sus trayectos con nombres distintos: Kubitschek y Bruno Guggiari. De la esquina del Hospital de Policía (en el que durante la calurosa siesta del 20 de enero 1984 vio por primera vez la luz vuestro servidor literario) y la Embajada de EE.UU. a mi casa, la distancia es casi imperceptible. Poca cosa. Mientras caminaba liberado de mirar a un lado y hacia atrás cada uno o dos minutos, recordaba a Henry David Thoreau, el caminante por antonomasia. Si él viviera un solo día en esta época enloquecería al corroborar que sus temores de quedarnos sin pueblos y bosques se transformaron en realidad. El desobediente civil había elevado a un arte el acto de caminar, deambular, siempre que se recorriera espacios naturales carentes de carreteras, que él eludía cuando salía predispuesto a dejarse llevar por sus pies para conocer nuevas tierras, nuevos horizontes.

Llegar a casa tras una hora y media de caminata en una noche fría asuncena sin mencionar el poema Cantares ni tararear con Serrat y Sabina Caminante no hay camino es de cierta manera un logro literario. El cielo aún estaba inestable. Las primeras acciones luego de cerrar la puerta de entrada fueron liberarme de los calzados, beber agua y encender la computadora. Miré el celular: ahí estaban los mensajes aguardados de la amada que lindaba entre mi pasado irremediable y un presente ilusorio. Me acomodé en la silla frente a la computadora para convertirla en literatura, en vez de sufrirla. Y un rato después la lluvia cayó con toda su fuerza.

Caminatanocturna_SebastianOcampos_Y

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6 Comentarios
  • Jonás
    agosto 10, 2014

    Escribo desde Guadalajara, México. A diario recorro un camino breve pero peligroso y muchas veces ha surgido en mí la idea de narrarlo, hoy lo creo innecesario ante este escrito tan bueno. Saludos y seguiré leyendo.

    • Revista Y
      agosto 12, 2014

      ¡Gracias, Jonás!

  • Diego
    junio 13, 2014

    Buenisimo. Solo acotar que la segunda foto pertence a la calle Palma (casi Montevideo) y no a la calle Brasil.

    • Revista Y
      junio 14, 2014

      Gracias por la aclaración, Diego.

  • cristian gonzalez safstrand
    junio 12, 2014

    Ynteresante articulo. Creo que solo caminando sale buenos pensamientos.
    Nietzsche fue uno de mis filosofos preferidos.Felicitaciones Sebastian

    • Revista Y
      junio 14, 2014

      Gracias por comentar, Cristian.

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