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Caminar

 Este ensayo de Thoreau, publicado póstumamente, es sobre todo una exposición de la filosofía del deambular, pero también la defensa de un «pensamiento salvaje» que arroje sobre nuestra conciencia una luz más parecida a la de un relámpago que a la de una vela.

Imagen del libro Thoreau, La vida sublime, de la editorial Impedimenta.

Imagen del libro Thoreau, la vida sublime, de la editorial Impedimenta.

Quiero decir unas palabras a favor de la naturaleza, la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la naturaleza, más que como miembro de la sociedad. Desearía hacer una declaración radical, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes campeones de la civilización; el clérigo, el consejo escolar y cada uno de vosotros os encargaréis de defenderla.

En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos personas que comprendiesen el arte de caminar, esto es, de andar a pie; que tuvieran el don, por expresarlo así, de sauntering (deambular), término de hermosa etimología, que proviene de «persona ociosa que vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse à la Sainte Terre», a Tierra Santa; de tanto oírselo, los niños gritaban: «Va a Sainte Terre», de ahí, saunterer, peregrino. Quienes en su caminar nunca se dirigen a Tierra Santa, como aparentan, serán, en efecto, meros holgazanes, simples vagos; pero los que se encaminan allá son saunterers en el buen sentido del término, el que yo le doy. Hay, sin embargo, quienes suponen que la palabra procede de sans terre, sin tierra u hogar, lo que, en una interpretación positiva querría decir que no tiene un hogar concreto, pero se siente en casa en todas partes por igual. Porque éste es el secreto de un deambular logrado. Quien nunca se mueve de casa puede ser el mayor de los perezosos; pero el saunterer, en el recto sentido, no lo es más que el río serpenteante que busca con diligencia y sin descanso el camino más directo al mar. Sin embargo, yo prefiero la primera etimología, que en realidad es la más probable. Porque cada caminata es una especie de cruzada, que algún Pedro el Ermitaño predica en nuestro interior para que nos pongamos en marcha y reconquistemos de las manos de los infieles esta Tierra Santa.

La verdad es que hoy en día no somos, incluidos los caminantes, sino cruzados de corazón débil que acometen sin perseverancia empresas inacabables. Nuestras expediciones consisten sólo en dar una vuelta, y al atardecer volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, donde tenemos el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado. Tal vez tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con imperecedero espíritu de aventura, para no volver nunca, dispuestos a que sólo regresasen a nuestros afligidos reinos, como reliquias, nuestros corazones embalsamados. Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, esposa, hijo y amigos, y a no volver a verlos nunca; si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata.

Para ceñirme a mi propia experiencia, mi compañero y yo —porque a veces llevo un compañero—, disfrutamos imaginándonos miembros de una orden nueva, o mejor, antigua: no somos caballeros, ni jinetes de cualquier tipo, sino caminantes, una categoría, espero, aún más antigua y honorable. El espíritu caballeresco y heroico que en día correspondió al jinete parece residir ahora —o quizás haber descendido sobre él— en el caminante; no el caballero, sino el caminante andante. Un a modo de cuarto estado, independiente de la iglesia, la nobleza y el pueblo.

Hemos notado que, por la zona, somos casi los únicos en practicar este noble arte; aunque, a decir verdad, a la mayoría de mis vecinos, al menos si se da crédito a sus afirmaciones, les gustaría mucho pasear de vez en cuando como yo, pero no pueden. Ninguna riqueza es capaz de comprar el necesario tiempo libre, la libertad y la independencia que constituyen el capital en esta profesión. Sólo se consiguen por la gracia de Dios. Llegar a ser caminante requiere un designio directo del cielo. Tienes que haber nacido en la familia de los caminantes. Ambulator nascitur, non fit (el caminante nace, no se hace). Cierto es que algunos de mis conciudadanos pueden recordar, y me las han descrito, ciertas caminatas que dieron diez años atrás y en las que fueron bendecidos hasta el punto de perderse en los bosques durante media hora; pero sé muy bien que, por más pretensiones que alberguen de pertenecer a esta categoría selecta, desde entonces se han limitado a ir por la carretera. Sin duda durante un momento se sintieron exaltados por la reminiscencia de un estado de existencia previo, en el que incluso ellos fueron habitantes de los bosques y proscritos.

Al llegar al verde bosque,

una alegre mañana,

oyó el canto de las aves,

sus noticias felices.

Hace mucho, dijo Robin,

la última vez que aquí estuve,

aceché para tirar

contra el oscuro ciervo.

Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana. Podéis decirme, sin riesgo: «Te doy un penique por lo que estás pensando», o un millar de libras. Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en sus establecimientos no sólo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin moverse, tantos de ellos, con las piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo.

A mí, que no puedo quedarme en mi habitación ni un solo día sin empezar a entumecerme y que cuando alguna vez he robado tiempo para un paseo a última hora —a las cuatro, demasiado tarde para amortizar el día, cuando comienzan ya a confundirse las sombras de la noche con la luz diurna— me he sentido como si hubiese cometido un pecado que debiera expiar, confieso que me asombra la capacidad de resistencia, por no mencionar la insensibilidad moral, de mis vecinos, que se confinan todo el día en sus talleres y sus oficinas, durante semanas y meses, e incluso años y años. No sé de qué pasta están hechos, sentados ahí ahora, a las tres de la tarde, como si fueran las tres de la mañana. Bonaparte puede hablar del valor de las tres de la madrugada, pero eso no es nada comparado con el valor necesario para quedarse sentado alegremente a la misma hora de la tarde, cara a cara con uno mismo, con quien se ha estado tratando toda la mañana, intentando rendir por hambre una guarnición a la que uno está ligado con tan estrechos lazos de simpatía. Me maravilla que hacia esa hora o, digamos, entre las cuatro y las cinco, demasiado tarde para los periódicos de la mañana y demasiado pronto para los vespertinos, no se escuche por toda la calle una explosión general, que esparza a los cuatro vientos una legión de ideas y chifladuras anticuadas y domésticas para renovar el aire… ¡y al diablo con todo!

No sé cómo lo soportan las mujeres, que están aún más recluidas en casa que los hombres; aunque tengo motivos para sospechar que la mayor parte de ellas no lo soporta en absoluto. Cuando, en verano, a primera hora de la tarde, nos sacudimos el polvo de la ciudad de los faldones del traje, pasando raudos ante esas casas de fachada perfectamente dórica o gótica, mi acompañante me susurra que lo más probable es que a esas horas todos sus ocupantes estén acostados. Es entonces cuando aprecio la belleza y la gloria de la arquitectura, que nunca se recoge, sino que permanece siempre erguida, velando a los que dormitan.

Sin duda, el temperamento y, sobre todo, la edad tienen mucho que ver con todo esto. A medida que un hombre envejece, aumenta su capacidad para quedarse quieto y dedicarse a ocupaciones caseras. Se hace más vespertino en sus costumbres conforme se aproxima al atardecer de la vida, hasta que al final se pone en marcha justo antes de la puesta del sol y pasea cuanto necesita en media hora.

Pero al caminar al que me refiero nada tiene en común con, como suele decirse, hacer ejercicio, al modo en que el enfermo toma su medicina a horas fijas, como el subir y bajar de las pesas o los columpios, sino que es en sí mismo la empresa y la aventura del día. Si queréis hacer ejercicio, id en busca de las fuentes del alma. ¡Pensad que un hombre levante pesas para conservar la salud, cuando esas fuentes borbotean en lejanas praderas a las que no se le ocurre acercarse!

Aún más, tienes que andar como un camello, del que se dice es el único animal que rumia mientras marcha. Cuando un viajero pidió a la criada de Wordsworth que le mostrase el estudio de su patrón, ella le contestó: «Esta es su biblioteca, pero su estudio está al aire libre.»

Vivir mucho al aire libre, al sol y al viento, produce, sin duda, cierta dureza de carácter, desarrolla una gruesa callosidad sobre las cualidades más delicadas de nuestra naturaleza, igual que curte el rostro y las manos, y como el trabajo manual duro priva a éstas de algo de su sensibilidad táctil. Pero, en cambio, quedarse en casa puede producir en la piel suavidad y finura, por no decir debilidad, acompañadas de una sensibilidad mayor ante ciertas impresiones. Quizá fuéramos más sensibles a algunas influencias importantes para nuestro crecimiento intelectual y moral si sobre nosotros brillase un poco menos el sol y soplase algo menos el viento; y no hay duda de que constituye un bonito asunto determinar la proporción correcta entre piel gruesa y piel fina. Pero me parece que se trata de una costra que caerá rápidamente, que la solución natural ha de hallarse en la proporción de día que puede aguantar la noche; de verano, el invierno; de experiencia, el pensamiento. Habrá mucho más aire y más sol en nuestras mentes. Las palmas duras del trabajador están versadas en más finos tejidos de dignidad y heroísmo, cuyo tacto conmueve el corazón, que los dedos lánguidos de ociosidad. Que sólo la sensiblería se pasa el día en la cama y se cree blanca, lejos del bronceado y los callos de la experiencia.

Cuando caminamos, nos dirigimos naturalmente hacia los campos y los bosques: ¿qué sería de nosotros si sólo paseásemos por un jardín o por una avenida? Algunas sectas filosóficas han sentido incluso la necesidad de acercar hasta sí los bosques, ya que no iban a ellos. «Plantaron arboledas y avenidas de arces», donde daban subdiales ambulationes (paseos al aire libre) por atrios descubiertos. De nada sirve, por descontado, dirigir nuestros pasos hacia los bosques, si no nos llevan allá. Me alarmo cuando ocurre que he caminado físicamente una milla hacia los bosques sin estar yendo hacía ellos en espíritu. En el paseo de la tarde me gustaría olvidar todas mis tareas matutinas y mis obligaciones con la sociedad. Pero a veces no puedo sacudirme fácilmente el pueblo. Me viene a la cabeza el recuerdo de alguna ocupación, y ya no estoy donde mi cuerpo, sino fuera de mí. Querría retornar a mí mismo en mis paseos. ¿Qué pinto en los bosques si estoy pensando en otras cosas? Sospecho de mí mismo, y no puedo evitar un estremecimiento, cuando me sorprendo tan enredado, incluso en lo que llamamos buenas obras…. que también sucede a veces.

Mi región ofrece gran número de paseos espléndidos; y aunque durante muchos años he caminado prácticamente cada día, y a veces durante varios días, aún no los he agotado. Un panorama completamente nuevo me hace muy feliz, y sigo encontrando una cada tarde. Dos o tres horas de camino me llevan a una zona tan desconocida como siempre espero. Una granja solitaria que no haya visto antes resulta a veces tan magnífica como los dominios del rey de Dahomey. La verdad es que puede percibirse una especie de armonía entre las posibilidades del paisaje en un círculo de diez millas a la redonda —los límites de una caminata vespertina— y la totalidad de la vida humana. Nunca acabas de conocerlos por completo.

En la actualidad casi todas las llamadas mejoras del hombre, como la construcción de casas y la tala de los bosques y de todos los árboles de gran tamaño, no hacen sino deformar el paisaje y volverlo cada vez más doméstico y vulgar. ¡Un pueblo que comenzase por quemar las cercas y dejar en pie el bosque…! He visto los cercados medio consumidos, perdidos sus restos en medio de la pradera, y un miserable profano ocupándose en sus lindes con un topógrafo, mientras la gloria se manifestaba en su derredor y él no veía los ángeles yendo y viniendo, sino que se dedicaba a buscar el viejo hoyo de un poste en medio del paraíso. Volví a mirar, y lo vi en pie en medio de un tenebroso pantano, rodeado de diablos; y no hay duda de que había encontrado la linde, tres piedrecillas allí donde había estado hincada una estaca; y mirando más cerca, vi que el Príncipe de las Tinieblas era el agrimensor.

Saliendo de mi propia puerta, puedo caminar con facilidad diez, quince, veinte, cuantas millas sean sin pasar cerca de casa alguna, sin cruzar un camino, excepto los que trazan el zorro y el visón; primero, a lo largo del río, luego, del arroyo, y después, por la pradera y el lindero del bosque. Hay en los alrededores muchas millas cuadradas sin habitantes. Desde más de un otero puedo ver a lo lejos la civilización y las viviendas humanas. Los granjeros y sus labores resultan apenas más perceptibles que las marmotas y sus madrigueras. Me complace ver cuán pequeño espacio ocupan en el paisaje el hombre y sus asuntos, la iglesia, el estado y la escuela, los oficios y el comercio, las industrias y la agricultura; incluso el más alarmante de todos, la política. La política no es más un estrecho campo, al que conduce un camino aún más estrecho. A veces encamino allí al viajero. Si quieres ir al mundo de la política, sigue la carretera sigue a ese mercader, trágate el polvo que levanta, y te conducirá derecho allí; porque también ese mundo es limitado, no lo ocupa todo. Yo paso ante él como ante un campo de judías en el bosque, y lo olvido. En media hora pudo llegar alguna porción de la superficie terrestre que no haya pisado pie humano durante un año y donde, por lo tanto, no hay política, que es sólo como el humo del cigarro de un hombre.

El pueblo, la villa, es el lugar al que se dirigen las carreteras, una especie de expansión del camino, como un lago respecto de un río. Es el cuerpo del que las carreteras son los brazos y las piernas: un sitio trivial o quadrivial, lugar de paso y fonda barata para los viajeros. La palabra proviene del latín villa, que Varrón hace proceder, junto vía, camino, de veho, transportar, porque la villa es el lugar al que (y desde el que) se transportan cosas. Para los que se ganaban la vida como arrieros se utilizaba la expresión vellaturam facere (transportar mercancías por dinero). La misma procedencia tienen el término latín vilis y nuestro vil; y también «villano». Lo que sugiere el tipo de degeneración con que se relacionaba a los pueblerinos, exhaustos, aun sin viajar, por el tráfico que discurría a través y por encima de ellos.

Hay quien no camina nada; otros, lo hacen por carretera; unos pocos, atraviesan fincas. Las carreteras se han hecho para los caballos y los hombres de negocios. Yo viajo por ellas relativamente poco, porque no tengo prisa en llegar a ninguna venta, tienda, cuadra de alquiler o almacén al que lleven. Soy buen caballo de viaje, pero no por carretera. El paisajista, para indicar una carretera, usa figuras humanas. La mía no podría utilizarla. Yo me adentro en la naturaleza, como lo hicieron los profetas y los poetas antiguos, Manu, Moisés, Homero, Chaucer. Podéis llamar a esto América, pero no es América; no la descubrió Américo Vespucio, ni Colón, ni ninguno de los otros. Hay más verdad sobre lo que yo he visto en la mitología que en ninguna de las denominadas historias de América.

Sin embargo, existen unos pocos caminos antiguos por los que se puede andar con provecho, como si condujesen a alguna parte —ahora que se encuentran prácticamente cortados—. Como la antigua carretera de Marlborough. Hablar aquí de ella es mucho atrevimiento, porque supongo que hay una o dos así en cada lugar.

La antigua carretera de Marlborough

Donde una vez cavaron en busca de riquezas

mas nunca hallaron nada,

donde marciales huestes desfilaron un día

—también Elijah Wood—,

temo que inútilmente.

No queda nadie excepto

perdices y conejos,

excepto Elisha Dugan,

el de hábitos salvajes,

que desdeña la prisa,

sólo atiende a sus trampas

y vive en soledad,

pegado a lo que importa,

donde es dulce la vida

y buena la comida.

Cuando la primavera

me remueve la sangre

con instintos viajeros,

bastante grava tiene

la antigua carretera

que a Marlborough llevó.

No la repara nadie,

para nadie discurre,

es un camino vivo,

que dicen los cristiano.

No hay muchos que lo tomen

sólo los invitados

de Quin el irlandés.

Otra cosa no es

sino por donde irse,

la posibilidad

de llegar a algún sitio.

Grandes mojones pétreos,

pero ningún viajero,

cenotafios de pueblos

con su nombre tallado.

Averiguar quisieras

cuál podría ser el tuyo.

¿Qué rey se levantó

—aún me estoy preguntando—,

cómo y dónde se irguió

y por qué concejales,

Gourgas, lee, Clark o Darby?

Para ser algo eterno

se esforzaron sin tasa

pétreas, borradas lápidas,

donde un viajero puede

quejarse y en palabras

grabar lo que ha aprendido

para que otro lo lea

si está necesitado

yo sé de una o dos líneas

que quisiera escribir.

Literatura apta

para perpetuarse

a través de estas tierras;

y poder recordar

el próximo diciembre,

y luego, en primavera,

tras el deshielo, leer.

Sí, con la fantasía

al viento, te despides,

puedes dar la vuelta al mundo

por la antigua carretera

Que una vez llevó hasta Marlborough.

En la actualidad, la mayor parte de la tierra en esta región no es de propiedad privada; el paisaje no pertenece a nadie y el caminante goza de relativa libertad. Pero puede que llegue el día en que la compartimenten en lo que llaman fincas de recreo, donde sólo una minoría obtendrá un disfrute restringido y exclusivo cuando se hayan multiplicado las cercas, los cepos y otros ingenios inventados para mantener a los hombres en la carretera pública, y caminar por la superficie de la tierra de Dios se considere un intento de allanar las tierras de unos pocos caballeros. Disfrutar de algo en exclusiva implica por lo general excluirte de su auténtico disfrute. Aprovechemos nuestras oportunidades antes de que llegue el día aciago.

¿Por qué resulta a veces tan arduo decidir hacia dónde caminar? Creo que existe en la naturaleza un sutil magnetismo y que, si cedemos inconscientemente a él, nos dirigirá correctamente. No da igual qué senda tomemos. Hay un camino adecuado, pero somos muy propensos, por descuido y estupidez, a elegir el erróneo. Nos gustaría tomar ese buen camino, que nunca hemos emprendido en este mundo real y que es símbolo perfecto de que desearíamos recorrer en el mundo ideal e interior; y si a veces hallamos difícil elegir su dirección, es —con toda seguridad— porque aún no tiene existencia clara en nuestra mente.

Cuando salgo de casa a caminar sin saber todavía adónde dirigir mis pasos y sometiéndome a lo que el destino decida en mi nombre, me encuentro por raro y extravagante que pueda parecer, con que, final e inevitablemente, me encamino al sudoeste, hacia un bosque, un prado, un pastizal abandonado o una colina que haya en esa dirección. Mi aguja es lenta en fijarse: oscila unos pocos grados, no siempre señala directamente al sudoeste, es cierto, y tiene criterio propio respecto a esta variación, pero siempre se estabiliza entre el oeste y el sudoeste. El futuro me tiende ese camino, y la tierra parece, por ese lado, más inagotada y generosa. El esquema que perfilarían mis caminatas no sería un círculo, sino una parábola o, mejor, como una de esas órbitas cometarias que se consideran curvas de no retorno, abriéndose en este caso hacia el oeste y en la que mi casa ocuparía el lugar del sol. A veces doy vueltas de un lado para otro, incapaz de decidirme, durante un cuarto de hora, hasta que resuelvo, por milésima vez, caminar hacia el suroeste o el oeste. En dirección a levante sólo voy a la fuerza; pero hacia el oeste camino libremente. Ningún asunto me lleva allí. Me resulta difícil creer que pueda encontrar paisajes bellos o suficiente naturaleza salvaje y libertada tras el horizonte orienta. No me emociona la perspectiva de dirigirme hacia él; en cambio, me parece que el bosque que veo en el occidental se extiende sin interrupción hacia el sol poniente y que no alberga ciudades lo bastante grandes como para molestarme. Dejadme vivir donde quiera; aquí está la ciudad, allá la naturaleza; cada vez abandono más la primera para retirarme al estado salvaje. No haría tanto hincapié en ello si no creyese que algo similar constituye la tendencia predominante entre mis compatriotas. Debo caminar hacia Oregón, no hacia Europa. El país está moviéndose en la misma dirección; no cabría decir que la humanidad progresa de este a oeste. En unos pocos años hemos asistido, en la colonización de Australia, al fenómeno de una emigración hacia el sudeste; pero esto nos parece un movimiento retrógrado y, a juzgar por el carácter moral y físico de la primera generación de australianos, el experimento todavía no ha tenido éxito. Los tártaros orientales piensas que al oeste del Tíbet no hay nada. «El mundo acaba allí», dicen; «más allá solo hay un mar sin orillas». Habitan un oriente sin remedio.

Nosotros vamos al este a comprender la historia y a estudiar las obras del arte y de la literatura, rehaciendo los pasos de la raza; al oeste, nos dirigimos como hacia el futuro, con espíritu de iniciativa y aventura. El Atlántico es el río Leteo, al atravesar el cual hemos tenido la oportunidad de olvidar el Viejo Mundo y sus instituciones. Si esta vez no tenemos éxito, quizá haya a la izquierda otra posibilidad para la raza, antes de llegar a las orillas de la Estigio: en el Leteo del Pacífico, que es tres veces más ancho.

Ignoro si resulta muy significativo o hasta qué punto constituye una prueba de singularidad que un individuo coincida en sus paseos más insignificantes con el movimiento general de la raza, pero sé que algo semejante al instinto migratorio de aves y cuadrúpedos —que, como se sabe, en ciertos casos ha afectado a la familia de las ardillas, empujándolas a un desplazamiento generalizado y misterioso, durante el que se las ha visto, dicen cruzar los ríos más anchos, cada una en su rama, con la cola desplegada como una vela, y tender puentes sobre los arroyos más estrechos con los cadáveres de sus compañeras—; que algo así como el furor que ataca al ganado doméstico en primavera, y que se atribuye a un gusano que tienen en el rabo, afecta tanto a las naciones como a los individuos, de forma permanente o de cuando en cuando. No es que grazne sobre nuestra ciudad una bandada de gansos salvajes, pero hasta cierto punto trastorna el valor actual de los bienes inmuebles; y, si yo fuera agente de la propiedad, probablemente tomara en cuenta semejante perturbación.

Cuando muchos más parten en peregrinación

y viajan buscando costas desconocidas.

Cada anochecer al que asisto me inspira el deseo de marchar hacia un oeste tan lejano y hermoso como aquel en el que el sol se pone. Parece que el sol emigre cada día hacia occidente y nos invite a seguirlo. Es el gran pionero en camino al Oeste al que siguen las naciones. Soñamos toda la noche con aquellas cadenas montañosas del horizonte —aunque deben de ser sólo vapor—, las últimas que doraron sus rayos. Parece que la Atlántida y las islas y jardines de las Hespérides, algo así como un paraíso terrenal, fueron el gran Oeste de los antiguos, envuelto en misterio y poesía. ¿Quién no ha visto en su imaginación, al contemplar el cielo del ocaso, los jardines de las Hespérides y el fundamento de todas aquellas fábulas?

Colón sintió la querencia del oeste con más fuerza que nadie antes que él. La obedeció y halló el nuevo mundo para Castilla y León. El rebaño humano olió desde lejos verdes pastos, en aquellos días.

Y el sol se acostó ya detrás de las colinas,

y se hundió en la bahía occidental;

y se elevó otra vez, y arrastró su azul manto;

mañana, a verdes bosques y pastizales nuevos.

¿En qué lugar del mundo puede encontrarse una zona de extensión igual a la que ocupa el conjunto de nuestros estados, tan fértil, tan rica y variada en sus productos y al mismo tiempo tan habitable para los europeos?

Michaux, que la conocía en parte, dice que «las especies de árboles de gran tamaño son mucho más numerosas en Norteamérica que en Europa; en los Estados Unidos hay más de ciento cuarenta especies que sobrepasan los treinta pies de altura; en Francia no hay más que treinta que alcancen ese tamaño». Botánicos posteriores confirman sobradamente sus observaciones. Humboldt vino a América a verificar sus sueños juveniles sobre la vegetación tropical y la contempló en su mayor perfección en los bosques primitivos del Amazonas, la más gigantesca zona selvática de la Tierra, que tan elocuentemente describió. El geógrafo Guyot, que era europeo, fue más lejos, más de lo que estoy dispuesto a seguirle, aunque no cuando dice. «Así como la planta se hizo para el animal y el mundo vegetal para la fauna, América fue creada para el hombre del viejo mundo… El hombre del viejo mundo sigue su camino. Dejando las tierras altas de Asia, desciende, de etapa en etapa, hacia Europa. Cada uno de sus pasos viene señalado por una nueva civilización, superior a la precedente, por una mayor capacidad de desarrollo. Llegado al Atlántico, hace una pausa en la orilla de ese océano desconocido, cuyos límites ignora, y vuelve sobre sus pasos durante un momento». Cuando ha agotado el rico suelo europeo y se ha revigorizado, «reemprende su atrevida carrera hacia el oeste, como en las épocas anteriores». Hasta aquí, Guyot.

De esta toma de contacto del impulso hacia occidente con la barrera del Atlántico brotan el comercio y la iniciativa de los tiempos modernos. El joven Michaux, en su Viajes al oeste de los Alleghanies en 1802, dice que la pregunta común entre los recién asentados en el Oeste era: «¿De qué parte del mundo vienes?» Como si esas vastas y fértiles regiones fuesen por naturaleza el lugar de encuentro y la patria común de todos los habitantes del planeta.

Para utilizar una obsoleta expresión latina, podría decir: Ex Oriente lux; ex Occidente FRUX. De Oriente, la luz; de Occidente, el fruto.

Sir Francis Head, viajero inglés y gobernador general de Canadá, nos dice que «en ambos hemisferios americanos, el septentrional y el meridional, la naturaleza no se ha limitado a diseñar sus obras a mayor escala, sino que ha pintado todo el cuadro con colores más intensos y suntuosos que los utilizados para bosquejar el viejo mundo… Los cielos de América parecen infinitamente más altos, más azules; el aire, más puro; el frío, más intenso; la luna, más grande; las estrellas, más brillantes; el trueno, más sonoro; el relámpago, más vivaz; el viento, más potente; la lluvia, más fuerte; las montañas, más elevadas; los ríos, más largos; los bosques, mayores; las llanuras, más extensas». Esta declaración servirá por lo menos para enfrentarla a la relación de Buffon acerca de esta parte del mundo y sus producciones.

Linneo dijo hace mucho: «Nescio quae facies laeta, glabra plantis americanis: Hay un no sé qué de alegre y suave en el aspecto de las plantas americanas»; y me parece que en esta tierra no existen africanae bestiae, animales africanos, como los llamaban los romanos, o a lo sumo hay muy pocos, y que también a este respecto resulta particularmente apta para la habitación humana. Nos han contado que, cada año, en tres millas a la redonda del centro de Singapur, una ciudad de las Indios Orientales, los tigres matan a alguno de sus habitantes; en cambio, en casi cualquier lugar de Norteamérica puede el viajero acostarse por la noche en los bosques sin temor a los animales salvajes.

Son éstos testimonios alentadores. Si la luna parece mayor aquí que en Europa, probablemente suceda lo mismo con el sol. Si los cielos de América parecen infinitamente más altos, y las estrellas más brillantes, confío en que simbolicen la elevación a la que la filosofía, la poesía y la religión de sus moradores pueden algún día remontarse. Quizá el cielo inmaterial llegue por fin a parecerle a la mentalidad americana mucho más elevado, y las insinuaciones que lo constelan mucho más rutilantes. Porque creo que el clima tiene ese efecto sobre el hombre, del mismo modo que hay algo en el aire de las montañas que alimenta el espíritu e inspira. Con tales influencias, ¿no alcanzará el hombre mayor perfección tanto física como intelectual? ¿O acaso no importa cuántos días brumosos haya en su vida? Espero que seamos más imaginativos, que nuestros pensamientos sean más claros, más frescos y más etéreos, como nuestro cielo; nuestros conocimientos más amplios, como nuestras praderas; nuestro intelecto, en términos generales, de una escala mayor, como nuestros truenos, nuestros relámpagos, nuestros ríos, montañas y bosques; e incluso que nuestros corazones se correspondan en amplitud, profundidad y grandeza con nuestros mares interiores. Tal vez el viajero llegue a percibir en nuestros mismos rostros algo, un no sé qué de laeta y glabra, de gozoso y sereno. ¿Con qué otro objeto se mueve el mundo y por qué se descubrió América? A los americanos huelga casi decirles:

La estrella del imperio sigue su camino hacia el oeste.

Como auténtico patriota, me avergonzaría pensar que Adán, en el Paraíso, tuviese una situación más favorable en términos generales que un rústico en este país.

En Massachusetts, nuestras simpatías no se limitan a Nueva Inglaterra; aunque podamos estar distanciados del Sur, simpatizamos con el Oeste. Ahí está el hogar de nuestros hijos más jóvenes; como entre los escandinavos, se hicieron a la mar en busca de su herencia. Es demasiado tarde para estar estudiando hebreo; es más importante entender incluso la jerga de hoy en día.

Hace algunos meses, acudí a ver un panorama del Rhin. Era como un sueño medieval. Me deslicé flotando, con algo más que con la imaginación, por su histórica corriente bajo puentes construidos por los romanos y reparados por héroes posteriores; ante ciudades y castillos cuyos mismos nombres eran música a mis oídos, y cada uno de ellos, el tema de una leyenda. Allí estaban Ehrenbreitstein, y Rolandseck y Coblenza, que sólo conocía por la historia. Me interesaron sobre todo las ruinas. Una música callada, como de cruzados partiendo a Tierra Santa, parecía elevarse de las aguas y las colinas y los valles revestidos de viñedos. Flotaba, hechizado por un ensalmo, como si me hubieran transportado a una edad heroica y respirase la atmósfera caballeresca.

Poco después, fui a ver un panorama del Mississippi y, mientras remontaba trabajosamente el río a la luz de hoy en día, veía los vapores que cargaban madera, contaba las ciudades que surgían, miraba las recientes ruinas de Nauvoo y a los indios desplazándose hacia el oeste a través de la corriente; y al contemplar ahora el Ohio y el Missouri, como antes el Mosela, y al escuchar las leyendas de Dubuque y del acantilado de Winona —pensando más en el futuro que en el pasado o el presente— advertí que aquella era la misma corriente que la del Rin, pero de un tipo distinto: que aún faltaban por poner los cimientos de los castillos y por tender puentes famosos sobre el río; y sentí que ésta es la auténtica edad heroica, aunque no la reconozcamos, porque el héroe es normalmente el más sencillo y oscuro de los hombres.

El Oeste del que hablo no es sino otro nombre de lo salvaje; y a lo que quería llegar es a que la naturaleza salvaje es lo que preserva el mundo. En busca de ella extienden los árboles sus fibras. Las ciudades la importan a cualquier precio. Los hombres aran y navegan por su causa. Desde el bosque y los territorios incultos llegan los tónicos y las cortezas que vigorizan a la humanidad. Nuestros antepasados eran salvajes. La historia de Rómulo y Remo amamantados por una loba no es una fábula sin sentido. Los fundadores de todos los estados que se han elevado hasta la eminencia extrajeron su alimento y su vigor de parecidas fuentes salvajes. Porque los hijos del Imperio no fueron amamantaos por la loba, acabaron conquistados y desplazados por los hijos de los bosques septentrionales, que sí lo habían sido.

Soy partidario del bosque y la pradera y la noche, cuando crece el maíz. Necesitamos una infusión del abeto del Canadá o arbor vitae (árbol de la vida) en nuestro té. Hay una diferencia entre comer y beber para fortalecerse y hacerlo por mera glotonería.

Los hotentotes devoran con avidez el tuétano crudo del kudú y otros antílopes como cosa normal. Algunos de nuestros indios del norte se comen crudo el del reno ártico, así como otras partes, entre ellas las puntas de las cuernas, con tal de que estén tiernas. Y en este punto, quizá se hayan anticipado a los cocineros de París. Toman lo que habitualmente sirve para alimentar el fuego. Probablemente sea mejor para sacar adelante a un hombre que la carne de vaca estabulada y la de cerdo del matadero. Dadme una tierra inculta, cuya visión no pueda soportar civilización alguna… como si viviéramos de devorar crudo el tuétano de los kudús.

Hay ciertos claros, que ribetea el trino del zorzal, a los que yo emigraría: tierras salvajes donde ningún colono se ha asentado; para las cuales creo, ya estoy aclimatado.

El cazador africano. Cummings nos cuenta que la piel del eland, igual que la de la mayoría de los antílopes recién muertos, emite el más delicioso aroma a árboles y hierba. Desearía que todos los hombres fueran como antílopes salvaje, tan integrados en la naturaleza que su propio cuerpo advirtiese de su presencia a nuestros sentidos de modo tan encantador y nos evocase aquellas zonas de la naturaleza que más frecuentara. Ni se me ocurre ironizar cuando el chaquetón del trampero huele a rata almizclada; me resulta un olor más dulce que el que habitualmente exhalan las prendas de los comerciantes o las de los eruditos. Cuando entro en sus guardarropas y toco sus trajes, no me evocan las herbosas llanuras y las praderas floridas que han conocido, sino el polvo de las transacciones mercantiles y las bibliotecas.

Una piel bronceada es muy respetable, y quizás el aceitunado sea un color más adecuado que el blanco para un hombre… un habitante de los bosques. «¡El pálido hombre blanco!» No me extraña que el africano sintiese compasión por él. Dice Darwin, el naturalista: «Un hombre blanco bañándose al lado de un tahitiano era como una planta descolorida por el arte del jardinero, comparada con otra sana, verde oscuro, que creciera vigorosa en los campos abiertos.»

Ben Jonson exclama: ¡Cuán próximo a los bueno está lo bello!

De la misma manera, yo diría: ¡Cuán cercano a lo bueno es lo salvaje!

La vida está en armonía con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje. Aún no sometido al hombre, su presencia lo reconforta. Alguien que avanzara incesantemente, sin descansar nunca de sus tareas, que creciese deprisa y plantease infinitas exigencias a la vida, siempre se encontraría en un nuevo país o un nuevo despoblado, rodeado de las materias primas de la vida. Treparía sobre los abatidos troncos de los árboles del bosque primitivo.

No hallo esperanza ni futuro para mí en los céspedes y los campos cultivados, ni en pueblos y ciudades, sino en los marjales impenetrables y movedizos. Cuando, antaño, analizaba mi predilección por alguna granja que había pensado comprar, descubría con frecuencia que lo único que me atraía era una pequeña extensión de unas pocas pérticas cuadradas de pantano impenetrable e insondable: un sumidero natural en un rincón. Era la joya que me deslumbraba. Obtengo más sustento de las marismas que rodean mi pueblo natal que de los jardines cultivados en su interior. No hay arriates más espléndidos a mis ojos que los densos macizos de andrómeda enana (Cassandra calyculata) que cubren esas zonas tiernas de la superficie de la tierra. La botánica no puede ir más allá de decirme los nombres de los arbustos que en ellas crecen: arándano, andrómeda paniculada, andrómeda marina, azalea y rododendro, erguidos en la trémula turba. A menudo pienso que me gustaría tener mi casa frente a esa masa de arbustos de un rojo apagado, sin otro macizo ni arriate de flores, sin el abeto trasplantado ni el elegante boj, incluso sin paseos de grava. (Poseer esta fértil parcela requeriría traer de fuera no pocas carretilla de tierra sólo para cubrir la arena que se extraería la excavar el sótano) ¿Por qué no situar mi casa, mi sala de estar, detrás de este terreno, en lugar de tras esa exigua colección de curiosidades, ese pobre intento de naturaleza y arte al que llamo patio delantero? Cuesta mucho limpiar y adecentar cuando se van el albañil y el carpintero, aunque si se hace es tanto por el transeúnte como por el morador de la casa. Y ni siquiera el vallado de mejor gusto me ha parecido nunca un objeto de estudio agradable; los adornos más elaborados, los remates en bellota, o en lo que sea, me cansan y me repugnan enseguida. Adelantad, pues, vuestros alféizares hasta el límite mismo del marjal (aunque no sea lo mejor para mantener seco el sótano), y así los vecinos no podrían acceder por ese lado. Los patios delanteros no se han hecho para pasear, sino, en todo caso, para cruzarlos; podéis entrar por la parte posterior.

Sí. Aunque me consideréis un pervertido, si alguien me diese a elegir entre vivir en las proximidades del más bello jardín que ha conseguido el arte de los hombres o cerca de una lóbrega marisma, optaría sin duda por la marisma. ¡Cuán vamos, pues, en lo que a mí respecta, han sido todos vuestros trabajos, ciudadanos!

Mi ánimo se eleva en proporción exacta con la monotonía exterior. ¡Dadme el océano, el desierto o las tierras incultas! La soledad y el aire puro compensan en el desierto la falta de humedad y fertilidad. El viajero Burton, dice de él: «Tu moral mejora, te vuelves franco y cordial, hospitalario y resuelto… En el desierto, los licores espirituosos sólo provocan asco. Hay un mero placer en la mera existencia animal». Los que han pasado mucho tiempo viajando por las estepas de la Tartaria dicen: «Al volver a tierras cultivadas, nos agobiaba y nos sofocaba la agitación, el aturdimiento y el tumulto de la civilización; el aire nos parecía insuficiente y nos sentíamos a cada momento a punto de morir de asfixia». Cuando quiero esparcimiento, busco el bosque más oscuro, la más densa, interminable y —para el ciudadano— triste marisma. Entro en un marjal como en un lugar sagrado, un sanctasanctórum. Ahí está la fuerza, el ápice de la naturaleza. El bosque silvestre cubre el suelo virgen y la misma tierra es buena para hombres y árboles. La salud de un hombre requiere tantos acres de prado a la vista como cargas de estiércol una granja. Una ciudad se salva tanto por sus hombres dignos como por los bosques y los pantanos que la rodean. Un municipio con un bosque primitivo meciéndose a un lado, y otro pudriéndose al lado contrario está en condiciones de producir no sólo maíz y patatas, sino también poetas y filósofos para las épocas venideras. En tierras así crecieron Homero, Confucio y los demás, y de una zona inculta semejante llegó el reformador que se alimentaba de langostas y miel silvestre.

La conservación de la fauna salvaje exige, por lo general, la creación de un bosque en el que pueda vivir o que frecuente. Lo mismo sucede con el hombre. Hace cien años se vendía en nuestras calles la corteza arrancada en los bosques. En el aspecto mismo de esos árboles primitivos y robustos había, creo, un principio curtidor que endurecía y consolidaba la fibra de los pensamientos humanos. ¡Ay! Me estremece el presente de mi pueblo natal, degenerado en comparación, en el que hoy no se puede conseguir una carga de corteza de buen grosor, ni producimos ya brea ni aguarrás.

Las naciones civilizadas —Grecia, Roma, Inglaterra— han sido sustentadas por los bosques primitivos, que antiguamente se pudrían donde se levantaban. Sobreviven mientras no se agote la tierra. ¡Ay, el cultivo humano! Poco se puede esperar de una nación cuando agota el suelo vegetal y se ve obligada a hacer abono con los huesos de sus padres. Entonces, el poeta sólo se mantiene de sus grasas sobrantes y el filósofo se queda en los huesos.

Dicen que la labor del americano es «trabajar la tierra virgen» y que «aquí, la agricultura alcanza ya proporciones desconocidas en ningún otro lugar». Pienso que el granjero desplaza al indio precisamente porque protege la pradera y se hace así más fuerte, y en algunos aspectos, más natural. El otro día, estuve midiendo para un hombre una sencilla línea recta de 132 pérticas, a través de un marjal en cuya entrada podrían haberse escrito las palabras que Dante leyó sobre la de las regiones infernales: «Abandonad toda esperanza los que entráis» (de volver a salir alguna vez, se entiende); allí, en su propiedad, vi en una ocasión a mi patrón, aunque todavía era invierno, hundido literalmente hasta el cuello y nadando para salvar la vida. Tenía otra marisma similar que era imposible medir, porque estaba completamente sumergida; y, a pesar de todo, fiel a sus instintos, me comentó respecto a un tercer marjal que sí medí, desde lejos, que por nada del mundo se desharía de él, a causa del cieno que contenía. Y pretende hacer en su derredor una zanja, en lo que invertirá cuarenta meses, y salvarlo de esta forma con la magia de su pala. Me refiero a él sólo como ejemplo de un tipo de hombre.

Las armas con las que hemos ganado nuestras más importantes victorias, y que deberían legarse de padre a hijo como reliquias familiares, no son la espada y la lanza, sino la guadaña, el cortador de turba, la pala y la azada para cieno, herrumbrados con la sangre de muchos prados y ennegrecidos por el polvo de muchos campos de dura batalla. Los propios vientos llevaron el maizal a la pradera e indicaron un camino que el indio no tuvo habilidad para seguir. Carecía de mejor herramienta con que aferrarse a la tierra que una concha de almeja. Pero el granjero está armado de arado y pala.

En literatura, sólo lo salvaje nos atrae. El aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación. Lo que nos deleita de Hamlet y La Iliada, de todas las Escrituras y las mitologías, es la visión del mundo incivilizada, libre y natural, que no se aprende en las escuelas. Así como el ganso silvestre es más rápido y más bello que el doméstico, también lo es el pensamiento salvaje, pato real que vuela sobre los pantanos mientras cae el rocío. Un libro verdaderamente bueno es algo tan natural y tan inesperada e inexplicablemente bello y perfecto como una flor silvestre descubierta en las praderas del Oeste o en las junglas orientales. El genio es una luz que hace visible la oscuridad, como el resplandor del relámpago, que tal vez haga añicos el templo mismo de la sabiduría, no de una vela encendida en el hogar de la raza que empalidece ante la luz del día ordinario.

La literatura inglesa, desde los tiempos de los juglares hasta los poetas de la región de los Lagos —entre ellos, Chaucer, Spenser, Milton e incluso Shakespeare—, crece prácticamente, en este sentido, de aliento fresco y salvaje. Es, esencialmente, una literatura domesticada y civilizada, reflejo de Grecia y Roma. Sus parajes desérticos son un bosque lozano; su salvaje, un Robin Hood. Abunda en amor cordial por la naturaleza, pero falta naturaleza propiamente dicha. Sus crónicas nos informan sobre cuándo se extinguieron los animales salvajes, pero no de cuándo se extinguieron los hombres salvajes que la habitaban.

La ciencia de Humboldt es una cosa, la poesía otra. El poeta de hoy en día, pese a todos los descubrimientos científicos y la sabiduría acumulada por la humanidad, no disfruta de ventaja alguna sobre Homero.

¿Dónde está la literatura que dé expresión a la naturaleza? Tendría que haber un poeta que pudiera someter los vientos y los ríos a su servicio, para que hablasen por él, que clavara las palabras a sus significados primitivos, como clavan los granjeros en primavera las estacas que los hielos afloraron; que rastreara el origen de los términos tan a menudo como los utilizase, que los trasplantase a sus páginas con la tierra adherida a las raíces; cuyas palabras fueran tan auténticas, frescas y naturales que parecieran desarrollarse como los brotes cuando se acerca la primavera, aunque quedaran medio asfixiadas entre dos hojas mohosas, en una biblioteca, sí, para allí florecer y dar fruto anualmente, de acuerdo con su género, al lector fiel, en armonía con la naturaleza circundante.

No sabría citar poema alguno que exprese adecuadamente este ansia por lo salvaje. Desde ese punto de vista, la mejor poesía resulta mansa. No sé en qué literatura, antigua o moderna, hallar un texto que me satisfaga respecto a esa naturaleza que me es familiar. Advertiréis que pido algo que ninguna época, ni neoclásica ni isabelina, que ninguna cultura, en una palabra, puede ofrecer. La mitología es lo que más se le aproxima. ¡Cuánto más fertilmente ha hundido, al menos, sus raíces en la naturaleza la mitología griega, en comparación con la literatura inglesa! La mitología es la cosecha que produjo el viejo mundo antes de que su suelo quedase exhausto, antes de que la creatividad y la imaginación se marchitasen; y que sigue dando frutos allí donde su vigor prístino permanece constante. Las demás literaturas perduran sólo como los olmos que dan sombra a nuestras casas; pero ésta es como el gran árbol—dragón de las islas occidentales escocesas, tan viejo como la humanidad y, prospere o no, perdurará tanto como ella; porque la putrefacción de otras literaturas compone el humus en que crece.

El Oeste se está preparando para añadir fábulas a las de Oriente. Los valles del Ganges, el Nilo y el Rhin, han dado su cosecha; queda por ver lo que producirán los del Amazonas, el Plata, o el Orinoco, el San Lorenzo y el Mississippi. Tal vez cuando, en el curso de los siglos, la libertad americana se haya convertido en una ficción del pasado —como es, hasta cierto punto, una ficción del presente— los poetas del mundo se inspiren en la mitología americana.

Ni siquiera los sueños más extravagantes de los salvajes son menos verdaderos, aunque puedan no resultar presentables para la sensibilidad común entre los ingleses y los americanos de hoy. No todas las verdades son aceptables para el sentido común. La naturaleza tiene un lugar tanto para la clemátide silvestre como para la col. Algunas expresiones de la verdad son reminiscentes; otras simplemente sensatas, como suele decirse; otras, proféticas. Ciertas formas de enfermedad pueden, incluso, profetizar formas de la salud. El geólogo ha descubierto que las figuras de serpientes, grifos, dragones voladores y otros adornos extravagantes de la heráldica, tienen su modelo en formas de especímenes fósiles que se extinguieron antes de la creación del hombre y, por tanto, «indican un vago y oscuro conocimiento de un estadio anterior de la existencia orgánica». Los hindúes soñaron que la tierra descansaba sobre un elefante, y el elefante sobre una tortuga, y la tortuga sobre una serpiente; y aunque puede ser una coincidencia sin importancia, no estaría fuera de lugar decir que aquí que se ha descubierto recientemente en Asia un fósil de tortuga lo bastante grande como para sostener a un elefante. Confieso que soy aficionado a estas fantasías estrambóticas que trascienden el orden del tiempo y la evolución. Constituyen el más sublime esparcimiento del intelecto. La perdiz adora los guisantes, pero no los que la acompañan en la cazuela.

En una palabra, todas las cosas buenas son salvajes y libres. Hay algo en unos acordes musicales, sean producidos por un instrumento o por la voz humana —por ejemplo, el sonido de una corneta en una noche de verano— que por su salvajismo, hablando sin ánimo de ironizar, me recuerda a las voces que profieren los animales salvajes en sus bosques originarios. Puedo entender mucha de su naturalidad. Dadme por amigos y vecinos hombres salvajes, no hombres domesticados. La naturaleza de un salvaje no es sino un pálido símbolo de la terrible ferocidad que conocen los hombres buenos y los amantes.

Me encanta, incluso, ver a los animales domésticos reafirmar sus derechos innatos, cualquier evidencia de que no han perdido del todo sus hábitos originarios y salvajes ni su vigor; como cuando la vaca de mi vecino se escapa del pastizal a principios de primavera y nada alegremente por el río, una corriente fría y gris de unas veinticinco o treinta pérticas de anchura, crecida por el deshielo. Es el bisonte cruzando el Mississippi. A mis ojos, esta hazaña confiere cierta dignidad al rebaño… Tan digno de por sí. Las semillas del instinto se conservan bajo los gruesos cueros de las reses y los caballos, como la simiente en las entrañas de la tierra durante un periodo indefinido.

No sabemos esperar que las reses tengan espíritu juguetón. Un día vi a una docena de novillos y vacas corriendo y retozando de un lado a otro, divirtiéndose torpemente, como ratas enormes, como gatitos. Agitaban la cabeza, levantaban el rabo, y corrían por una colina, arriba y abajo; y me di cuenta, tanto por sus cuernos como por lo que hacían, de su relación con la tribu de los ciervos. Pero ¡ay!: un «¡so!» fuerte y repentino habría apagado al instante su ardor, les habría reducido de carne de venado a carne de vaca y habría congelado sus flancos y sus nervios, así como su movilidad. ¡Quién sino el maligno habría gritado «¡so!» a la humanidad? De hecho, la vida del ganado, como la de muchos hombres, no es sino una forma de locomoción; mueven un flanco cada vez y el hombre, con su maquinaria, está encontrando el punto medio entre el caballo y el buey. Cualquier parte que haya tocado el látigo, queda a partir de entonces paralizada. ¿A quién se le ocurriría hablar de un flanco refiriéndose a la flexible tribu de los gatos como hablamos del flanco de una vaca?

Me alegro de que los caballos y los novillos tengan que ser domados antes de poder convertirlos en esclavos del hombre y de que los hombres mismos posean aún algún gramo de locura que gastar antes de volverse miembros sumisos de la sociedad. Indudablemente, no todos los hombres resultan igual de aptos para la civilización; y aunque la mayoría son, como los perros y las ovejas, mansos por disposición hereditaria, no por eso deberían los demás aceptar que se doblegue su idiosincrasia para poder rebajarlos al mismo nivel. Los hombres, en líneas generales, son parecidos; pero fueron creados distintos de modo que pudieran ser diferentes. Si hay que realizar una tarea vulgar, cualquier hombre servirá igual que otro, o casi; si la tarea es importante, habrá que tener en cuenta la excelencia individual. Cualquiera puede tapar un agujero para evitar que entre el viento, pero ningún otro podría realizar un trabajo tan poco común como pintar mi retrato. Dice Confucio: «Cuando están curtidas, las pieles de los tigres y los leopardos son semejantes a las de los perros y las ovejas». Pero no es la función de una cultura auténtica amansar a los tigres, como no lo es convertir a las ovejas en seres feroces; y curtir las pieles de aquellos para hacer zapatos no constituye la mejor utilidad que puede dárseles.

Al echar un vistazo a una lista de nombres propios en un lengua extranjera, como la de los oficiales del ejército o la de los autores que han escrito sobre un tema determinado, recuerdo una vez más que en un nombre no hay nada. Menschikoff, por ejemplo, no me suena más humano que los bigotes de un roedor, y podría ser el nombre de una rata. A los polacos y a los rusos, nuestros nombres les suenan igual que los suyos a nosotros. Es como si los nombres se adjudicaran de acuerdo con un galimatías infantil: «Iery wiery ichery van, tittle.tol.tan (pinto pinto gorgorito)». Me viene a la mente un rebaño de criaturas salvajes que pulularan por la tierra y a cada una de las cuales hubiese adjudicado el pastor algún sonido bárbaro en su propio dialecto. Los nombres de los hombres son, por supuesto, tan vulgares y desprovistos de significado como Base o Tray, los nombres de perro.

Pienso que sería filosóficamente provechoso que a los hombres se les llamara en conjunto, como se los conoce. Solo sería necesario saber el género, y quizás la raza o la variedad, para conocer al individuo. No estamos preparados para admitir que cada soldado raso de un ejército romano tuviera su nombre propio… porque no se nos ha ocurrido que tuviera un carácter propio.

Hasta el presente, nuestros únicos nombres auténticos son los apodos. Conocí a un chico al que sus compañeros de juego apodaban, por su fuerza inusitada, Destrozón, y el apodo llegó a suplantar al nombre de pila. Cuentan algunos viajeros que un indio no recibía un nombre desde el principio, sino que lo ganaba, y que el nombre era su fama; en algunas tribus adquiría un nuevo nombre con cada nueva hazaña. Resulta patético que alguien lleve un nombre sólo por comodidad, que no haya ganado ni su nombre si su fama.

No voy a permitir que los simples nombres me impongan distinciones: seguiré viendo a todos los hombres en rebaños. Un nombre familiar no puede hacerme menos extraña a una persona. Puede que se le haya otorgado a un salvaje que mantiene en secreto su propio título salvaje, el que ganara en los bosques. Tenemos en nuestro interior un salvaje natural; y quizá en algún un nombre salvaje esté registrado como nuestro. Observo que mi vecino, que lleva el epíteto familiar de William. O Edwin, se lo quita junto con su chaqueta. No se le queda adherido cuando duerme ni cuando está encolerizado, ni cuando lo arrebata la pasión o la inspiración. Me parece haber oído pronunciar por alguno de los suyos, en momentos así, su nombre originario en una lengua enrevesada, aunque melodiosa.

He aquí nuestra inmensa, salvaje, aulladora madre, la naturaleza, presente por doquier con tanta belleza y tanto afecto hacia sus hijos como el leopardo; y sin embargo, qué pronto hemos abandonado su pecho para entregarnos a la sociedad, a esa cultura que es no es más que una interacción entre hombres, una especie de apareamiento que, con mucho, produce la vulgar nobleza inglesa, una civilización destinada a un pronto fin.

En la sociedad, en las mejores instituciones humanas, es fácil detectar cierta precocidad. Cuando aún deberíamos ser niños en edad de crecer, somos ya hombrecitos. Dadme una cultura que traiga mucho estiércol de las praderas y profundice en la tierra, ¡no ésta que sólo confía en abonos que queman y en utensilios y métodos de cultivo mejorados!

Cuantos pobres estudiantes con vista cansada de los que he oído hablar, crecerían más rápido, tanto intelectual como físicamente si, en vez de quedarse despiertos hasta tan tarde, se permitieran el sueño honrado de los tontos.

Puede darse un exceso hasta de luz formativa. Niepce, un francés, descubrió el «actinismo», esa energía de los rayos del sol que produce un efecto químico; que actúa sobre las rocas de granito, las estructuras pétreas y las estructuras metálicas «de forma igualmente destructiva durante las horas de sol y, si no fuera por ciertas disposiciones de la naturaleza no menos maravillosas, pronto perecerían bajo el delicado toque del más sutil de los agentes del universo». Pero observo que «los cuerpos sometidos a este cambio durante las horas diurnas poseían la facultad de restituirse a sus condiciones originales durante las nocturnas, cuando ya no los afectaba aquella excitación». De ahí se ha inferido que «las horas de oscuridad son tan necesarias para el universo inorgánico». Ni siquiera la luna brilla todas las noches, sino que cede su lugar a la oscuridad.

No me gustaría ver cultivados a todos los hombres, ni cada parte del hombre, como tampoco quisiera que lo fuese cada acre de tierra: una parte ha de destinarse al cultivo, pero la parte mayor ha de consistir en praderas y bosque, que no sólo tienen una utilidad inmediata, sino que además preparan el suelo con vistas al futuro mediante la putrefacción anual de su vegetación.

Un niño puede aprender otras letras, aparte de las que inventó Cadmo. Los españoles tienen un buen término para expresar esta sabiduría salvaje y oscura: gramática parda, una forma de sentido común que proviene del mismo leopardo al que he hecho referencia.

Hemos oído hablar de una Sociedad para la Difusión de Conocimientos Útiles. Se dice que saber es poder y cosas por el estilo. Me parece que tenemos igual necesidad de una Sociedad para la Difusión de la Ignorancia Útil, a la que llamaremos Conocimiento Bello, una sabiduría provechosa en un sentido más elevado: pues, ¿qué es la mayor parte de nuestra llamada sabiduría, tan cacareada, más que la presunción de que sabemos algo, lo que nos roba la ventaja de nuestra ignorancia real? Lo que llamamos sabiduría es a menudo nuestra ignorancia positiva; la ignorancia, nuestra sabiduría negativa. Gracias a muchos años de trabajo paciente y lectura de la prensa —¿ porque qué otra cosa son las bibliotecas científicas sino archivos de periódicos?— un hombre acumula una mirada de datos, los almacena en su memoria, y luego, cuando en alguna primavera de su vida deambula fuera de casa, por los grandes campos del pensamiento, se lanza hacia la hierba como un caballo, por decirlo de alguna manera, y deja todos los arreos atrás, en el establo. A veces les diría a los de la Sociedad para la Difusión de Conocimientos Útiles: «Láncese a la hierba. Ya han comido heno demasiado tiempo. Llegó la primavera con su verde cosecha». Hasta a las vacas las llevan a pastar en el campo antes de finales de mayo; aunque he oído hablar de un granjero desnaturalizado que encerraba a su vaca en la cuadra y la alimentaba con heno todo el año. Así trata con frecuencia la Sociedad para la Difusión de Conocimientos Útiles a su ganado.

A veces, la ignorancia de un hombre no sólo es útil, sino también bella, mientras que su pretendida sabiduría resulta a menudo, además de desagradable, peor que inútil. ¿Con quién es mejor tratar? ¿Con quién no sabe nada de un tema y, lo que es enormemente raro, sabe que no sabe nada, o con quien sabe algo del asunto, en efecto, pero cree que lo sabe todo?

Mi deseo de conocimiento es intermitente; pero el de bañar mi mente en atmósferas ignoradas por mis pies es perenne y constante. Lo más alto a lo que podemos aspirar no es a la sabiduría, sino la simpatía con la inteligencia. No tengo constancia de que esta sabiduría más elevada alcance algo más definitivo que una nueva y enorme sorpresa ante la súbita revelación de la insuficiencia de cuanto hemos llamado hasta el momento sabiduría: el descubrimiento de que hay más cosas en los cielos y la tierra de las que sueña nuestra filosofía. Es la iluminación de la neblina por el sol. El hombre no puede saber en ningún sentido más alto que éste, de la misma manera que no puede mirar tranquila e impunemente al sol: «Lo que percibas, no lo percibirás como algo concreto», dicen los oráculos caldeos.

Hay algo de servil en la costumbre de buscar una ley a la que obedecer. Podemos estudiar las leyes de la materia cuando nos sea posible y para lo que nos interese, pero una vida lograda no conoce ley ninguna. Es, sin duda, un desafortunado descubrimiento el de una ley que nos ata cuando antes no sabíamos que estábamos atados. ¡Vive libre, hijo de la niebla!… y respecto a la sabiduría, todos somos hijos de la niebla. El hombre que se permite la libertad de vivir es superior a todas las leyes, en virtud a su relación con el legislador. «Es servicio activo», dice el Vishnu Purana, «el que no se convierte en servidumbre; es sabiduría la que sirve a nuestra liberación: todos los demás servicios sólo valen para agorarnos; todas las demás sabidurías sólo son habilidades de artista».

Resulta notable cuán pocos acontecimientos o crisis hay en nuestras historias; qué poco hemos ejercitado nuestras mentes; cuán pocas experiencias hemos tenido. Me encantaría estar seguro de que crezco deprisa y con exuberancia, aunque mi mismo crecimiento perturbe esta aburrida ecuanimidad; aunque sea luchando durante las largas, oscuras y bochornosas noches o temporadas de tristeza. Estaría bien, aunque todas nuestras vidas fueran una divina tragedia en lugar de estas comedias o farsas triviales. Dante, Bunyan y demás, por lo visto, habían ejercitado sus mentes más que nosotros: estaban sometidos a un tipo de cultura que nuestras escuelas y universidades locales no prevén. Incluso Mahoma, aunque muchos pueden poner el grito en el cielo por mencionarlo, tenía mucho más por que vivir, sí, y por qué morir, que lo que tienen, por lo general, los que protestan.

Cuando, muy de vez en vez, algún pensamiento nos visita, quizá como dando un paseo por la vía del tren, pasan los vagones sin que los oigamos siquiera. Pero al cabo de poco, por alguna ley inexorable, nuestra vida sigue y los vagones vuelven.

Dulce brisa, que invisible vagas,

y doblas los cardos en torno del Loira tormentoso,

viajera de valles expuestos al viento,

¿por qué abandonaste mi oído tan pronto?

Aunque casi todos los hombres se sienten atraídos por la sociedad, a pocos les ocurre lo propio con la naturaleza. Dada su reacción frente a ella, la mayoría de los hombres me parecen, a pesar de sus artes, inferiores a los animales. Por lo general, no hay una relación hermosa, como en el caso de estos. ¡Qué poco aprecio por la belleza del paisaje se da entre nosotros! Tienen que decirnos que los griegos llamaban al mundo (cosmos), belleza u orden, y aún no vemos con claridad por qué lo hacían; como mucho, lo consideramos un curioso dato filosófico.

Por mi parte, siento que, con respecto a la naturaleza, llevo una especie de vida fronteriza en los confines de un mundo en el que me limito a realizar entradas ocasionales y fugaces incursiones, y que mi patriotismo y mi lealtad para con el Estado a cuyos territorios parezco replegarme son los de un merodeador. Para alcanzar la vida que llamo natural, seguiría alegremente hasta a un fuego fatuo por los pantanos y lodazales más inimaginables, pero ni luna ni luciérnaga alguna me han mostrado el camino hacia ella. La naturaleza es un personaje tan vasto y universal que nunca hemos visto uno siquiera de sus rasgos. Quien pasea por los conocidos campos que se extienden en torno a mi pueblo natal se encuentra a veces en un territorio distinto del descrito en las escrituras de propiedad, como si se hallase en algún lejano sector de los confines de Concord, donde acaba su jurisdicción y la idea que evoca la palabra concord (concordia) dejase también de inspirarnos. Esas granjas que yo mismo he medido, esos mojones que he levantado, aparecen confusos, como a través de una neblina; pero no hay química que los fije; se desvanecen de la superficie del cristal y el cuadro que pintó el artista surge vagamente por debajo. El mundo con el que estamos familiarizados no deja rastro y no tendrá aniversarios.

La otra tarde, di un paseo por la granja de Spaulding. Vi como el sol poniente iluminaba el lado opuesto de un pinar majestuoso. Sus rayos dorados se dispersaban por los corredores del bosque como por los de un palacio. Tuve la impresión de que en esta parte de la tierra llamada Concord se hubiese establecido una familia antigua, admirable e ilustre en todos los conceptos, que yo no conocía… con el sol como sirviente… ajena a la sociedad del pueblo… a la que nadie visitaba. Vi su parque, su jardín de recreo, bosque adentro, en el campo de arándonos de Spaulding. Los pinos les proporcionaban techo mientras echaban raíces. La casa no saltaba a la vista; los árboles crecían a través de ella. Dudo si oí o no sonidos de una hilaridad contenida. Parecían apoyados en los rayos del sol. Tenían hijos e hijas. Y buena salud. El camino carretero de la granja, que cruza por medio el salón, no los incomodaba en absoluto; era como el fondo cenagoso de un estanque que a veces se vislumbra a través de los cielos reflejados. Jamás habían oído hablar de Spaulding e ignoraban que es su vecino… aunque le oí silbar mientras conducía su tiro por la casa. Nada puede igualar la serenidad de sus vidas. Su escudo de armas es un simple liquen. Lo vi pintado en los pinos y los robles. Sus desvanes estaban en las copas de los árboles. Desconocían la política. No había ruidos de trabajo. No advertí que estuviesen tejiendo o hilando. Pero si detecté, cuando el viento se calmaba y podía oír desde lejos, el dulce arrullo de la música más delicada que pueda imaginarse —como el de una colmena distante, en mayo—, que tal vez fuera el sonido de sus ideas. No tenían pensamientos ociosos y ningún extraño podía ver su obra, porque no rodeaban su diligencia de nudos y excrecencias.

Pero encuentro difícil recordarlos. Se desvanecen sin remedio de mi mente incluso ahora, mientras hablo y me empeño en evocarlos. Sólo después de un esfuerzo duro y prolongado para reunir mis mejores recuerdos, vuelve a ser consciente de su vecindad. Si no fuera por familias como esta, creo que me marcharía de Concord.

En Nueva Inglaterra acostumbramos a decir que cada año nos visitan menos pichones. Nuestros bosques no les proporcionan perchas. Diríase que, de la misma manera, cada año visitan menos pensamientos a los hombres en edad de crecer, pues la arboleda de nuestras mentes ha sido devastada, vendida para alimentar innecesarias hogueras de ambición, o envidia a la serrería, y apenas queda una ramita en que posarse. Ya no anidan ni crían entre nosotros. Quizá en las épocas más clementes pase volando a través del paisaje mental una ligera sombra, proyectada por las alas de aluna idea en su migración primaveral o otoñal pero, mirando hacia arriba, somos incapaces de descubrir la sustancia del pensamiento mismo. Nuestras aladas ideas se han convertido en aves de corral. Ya no se remontan y sólo alcanzan la magnificencia al nivel de los pollos de Shangai o de Cochinchina. ¡Aquellas gra—an—des ideas, aquellos gra—an—des hombres de los que habréis oído hablar!

Nos pegamos a la tierra, ¡que pocas veces ascendemos! Pienso que sería factible elevarnos un poco más. Podríamos trepar a un árbol por lo menos. Una vez, hallé mi propia estimación subiéndome a uno. Era un alto pino blanco, en la cima de un cerro; aunque me llené de resina, mereció la pena, porque descubrí en el horizonte nuevas montañas que nunca había visto, mucha más tierra y mucho más cielo. A buen seguro, podría haber pasado junto al pie del árbol durante toda mi vida sin haberlas visto nunca. Pero lo más importante es que descubrí a mí alrededor —era a finales de junio—, en el extremo de las ramas superiores, nada más, unos diminutos y delicados brotes rojos en forma de cono, la flor fecunda del pino blanco, que miraba hacia el cielo. Llevé enseguida al pueblo la rama más alta y se la enseñe a los forasteros miembros del jurado que paseaban por las calles, porque era semana de juicios, a los granjeros, a los comerciantes de madera, a los leñadores y a los cazadores; ninguno de ellos había visto nunca algo parecido y se maravillaban como si se tratase una estrella caída del cielo. ¡Y hablan de los antiguos arquitectos, que remataban su trabajo en lo más alto de las columnas con la misma perfección que en las partes más bajas y visibles! La naturaleza, desde el principio, desplegó los diminutos brotes del bosque sólo hacia los cielos, por encima de las cabezas de los hombres y sin que éstos los percibiesen. No vemos más que las flores que hay bajo nuestros pies, en los prados. Los pinos vienen desarrollando sus delicados brotes cada verano, desde hace una eternidad, en las ramas más altas del bosque, sobre las cabezas tanto de los hijos rojos de la naturaleza como de sus hijos blancos; sin embargo, casi ningún granjero ni cazador del territorio los ha visto nunca.

Sobre todo, no podemos permitirnos el lujo de no vivir en el presente. Bendito entre todos los mortales quien no pierda un instante de su fugaz vida en recordar el pasado. Nuestra filosofía envejecerá a menos que escuche el canto del gallo de cada corral que haya en nuestro horizonte. Un sonido que suele recordarnos que nuestras actividades y formas de pensar se están enmoheciendo y quedando obsoletas. Su filosofía se ciñe a un tiempo más reciente que el nuestro. Sugiere un novísimo testamento, el evangelio según este momento, acorde con él. No se ha quedado atrás; se ha levantado temprano y se ha mantenido en vela; y estar donde está es ser oportuno, encontrarse en la primera fila del tiempo. Es la expresión de la salud y la robustez de la naturaleza, un alarde dirigido a todo el mundo: salud como cuando brota a chorro un manantial, una nueva fuente de las musas para celebrar el último instante del tiempo. Donde vive, no se aprueban leyes contra los esclavos fugitivos. ¿Quién no ha traicionado mil veces a su maestro desde la última vez que oyó ese canto?

El mérito de la voz de esta ave consiste en estar libre de cualquier quejumbre. Un cantante puede, con facilidad, provocarnos lágrimas o risa, pero ¿dónde está el que sepa excitar en nosotros el puro regocijo matutino? Cuando, en medio de una lúgubre depresión, rompiendo un domingo el terrible silencio de nuestras aceras de tablas, o quizá velando en la funeraria, oigo cantar al gallo, cerca o lejos, pienso para mí: «Al menos, uno de nosotros se encuentra bien»… y, con una repentina efusión, vuelvo a mi ser.

Un día del pasado noviembre, presenciamos un atardecer extraordinario. Estaba yo paseando por un prado en el que nace un arroyuelo, cuando el sol, justo antes de ponerse, tras un día frío y gris, llegó a un estrato claro del horizonte y derramó la más dulce y brillante luz matinal sobre la hierba seca, sobre las ramas de los árboles del horizonte opuesto y sobre las hojas de las carrascas de la colina, mientras nuestras sombras se alargan hacía el este sobre el prado, como si fuéramos las únicas tachas en sus rayos. Había una luz como no podíamos imaginar momentos antes y el aire era tan cálido y sereno que nada faltaba al prado para ser un paraíso. Si pensábamos que aquello no era un fenómeno aislado que nunca más iba a ocurrir, sino que se repetiría una y otra vez, un número infinito de atardeceres, y confortaría y sosegaría hasta al último niño que andaba por allí, resultaba todavía más glorioso.

El sol se pone sobre un prado retirado, en el que no se ve casa alguna, con toda la gloria y esplendor que derrocha sobre las ciudades, y quizá más que nunca; no hay sino un solitario halcón de los pantanos, con las alas doradas por sus rayos; o bien, sólo una rata almizclada que observa desde su madriguera; y un arroyuelo jaspeado en negro, en medio del marjal, comienza su vagabundeo serpenteando lentamente en torno a un tocón podrido. Caminábamos envueltos en una luz pura y brillante que doraba la hierba y las hojas marchitas; tan dulce y serenamente viva, que pensé que nunca me había bañado en un torrente dorado que se le asemejase, sin una onda o un murmullo. El lado occidental de los bosques y las elevaciones resplandecía como los confines del Elíseo y el sol, a nuestras espaldas, semejaba un pastor que nos llevara a casa al atardecer.

Así deambulamos hacía Tierra Santa, hasta que un día el sol brille más que nunca, tal vez en nuestras mentes y nuestros corazones, e ilumine la totalidad de nuestras vidas con una intensa luz que nos despierte, tan cálida, serena y dorada como la de una ribera en otoño.

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