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Paseos nocturnos

Afectado por insomnio durante 1859, Charles Dickens aprovechó sus noches en vela para realizar paseos kilométricos por la ciudad. En este entorno desprovisto de distracciones, el escritor observó más de cerca la vida de los desfavorecidos  que tanto protagonismo adquirieron en su obra.

Dickens y sus fantasmas.

Dickens y sus fantasmas.

Hace algunos anos padecí de un insomnio pasajero, atribuible a una impresión dolorosa, y ese insomnio me obligó a salir a pasear por las calles durante toda la noche y por espacio de varias noches. Esa molestia habría tardado mucho tiempo en curarse si hubiese permanecido desmayadamente en cama; pero la dominé muy pronto, gracias al brioso tratamiento de volver a levantarme en cuanto me acostaba, saliendo a la calle para no regresar a casa hasta la salida del sol y completamente rendido de cansancio.

En el curso de aquellas noches completé mi educación con una experiencia de lo que es carecer de hogar por pura afición. Como la finalidad principal que entonces perseguía era la de pasar la noche, esta me hizo trabar simpáticas relaciones con gentes que durante todo el año no tienen sino esa misma finalidad por las noches.

La cosa ocurrió en el mes de marzo, con tiempo húmedo, nuboso y frío. Como el sol no salía hasta las cinco y media, las perspectivas de la noche se me presentaban suficientemente largas a eso de las doce y media, que era, aproximadamente, la hora en que me encaraba con ellas.

Las inquietudes de una gran ciudad y la manera como se revuelve y sobresalta antes de dormirse constituyen una de las primeras distracciones que se ofrecen a la contemplación de quienes carecemos de hogar. Duraba esa distracción cosa de dos horas. Cuando las últimas casas de bebidas apagaban sus luces, perdíamos una gran cantidad de camaradería, y cuando los muchachos de las tabernas ponían en la calle a los últimos borrachos alborotadores; pero los coches rezagados y las gentes rezagadas quedaban todavía a nuestra disposición. Si teníamos mucha suerte, se producía de pronto un taconeo de guardias que corrían hacia algún lugar en que se había armado una trifulca; pero, por lo general, esa clase de diversión era muy escasa; salvo en Haymarket, que es la zona de Londres peor cuidada, y en las cercanías de Kent Street, del Borough, y en un buen trecho de la línea de Old Kent Road, era raro que se turbase violentamente la paz. Pero todas las noches se daba el caso de que Londres, a imitación de los ciudadanos que en él viven, tuviese estertores de agonía y sobresaltos de desasosiego.

Cuando ya todo parecía tranquilo, bastaba que se oyese el traqueteo de un cabriole para que le siguiesen con toda seguridad media docena; llegábamos incluso los sin hogar a fijarnos en que los borrachos parecían sentirse atraídos uno hacia otro por alguna fuerza magnética, de manera que cuando veíamos a uno tambaleándose y buscando apoyo en los postigos de una tienda, sabíamos que antes de cinco minutos surgiría otro borracho tambaleante para confraternizar o pelearse con el primero.

Y si salíamos del tipo corriente de borrachos de brazos delgados, cara abotagada, labios plomizos, es decir, del borracho de ginebra, y tropezábamos con otro tipo más raro de borracho, de aspecto más decente, podíamos apostar cincuenta contra uno a que vestía de luto y que sus ropas estaban manchadas. A esta experiencia nocturna de las calles corresponde la experiencia diurna de las mismas; la gente pobre que de pronto se ve en posesión de algún dinero entra también de súbito a beber mucho alcohol.

Pero esos chisporroteos morían pronto y se apagaban —los últimos auténticos chisporroteos de la vida de vigilia brotaban de algún vendedor rezagado de pastel de carne o de patatas asadas—, y Londres volvía a hundirse en el sosiego. Entonces el anhelo del alma del sin hogar lo llevaba a buscar cualquier manifestación de gente despierta, cualquier lugar iluminado, cualquier movimiento, cualquier cosa que sugiriese la idea de alguien en vela, aunque estuviese despierto en su cama, porque los ojos del sin hogar buscaban luces en las ventanas.

Caminando por las calles bajo el tamborileo de la lluvia, el sin hogar avanzaba, avanzaba y avanzaba, sin ver otra cosa que la interminable maraña de calles, salvo en alguna esquina, aquí y allá, en que había dos policías conversando, o un sargento o un inspector pasando revista a sus hombres. De tiempo en tiempo, aunque muy rara vez, el sin hogar advertía durante la noche la presencia de una cabeza furtiva que miraba desde el portal de una casa unos cuantos metros más adelante de él, y al llegar a la altura de la cabeza descubría a un hombre, muy tieso y pegado a la puerta, para mantenerse dentro de la sombra del portal, acechando con toda evidencia la ocasión de rendir a la sociedad algún servicio especial. El sin hogar y el caballero en cuestión mirábanse uno a otro de la cabeza a los pies, como si sufriesen una especie de fascinación, dentro del silencio fantasmal que convenía a aquella hora, y se separaban sin cambiar entre ellos una sola palabra, pero recelando el uno del otro. Drid, drip, drip, goteaban los salientes de las fachadas; de las tuberías y bajadas de agua salía ésta salpicando, y por fin la sombra sin hogar llegaba a las piedras del pavimento que conduce al puente de Waterloo, porque se le antojaba disponer de medio penique de excusa para dar las buenas noches al cobrador del peaje y para tener un atisbo de la hoguera en que este se calentaba. Ver al cobrador del peaje suponía contemplar varias cosas confortables: un buen fuego, un buen gabán y una buena bufanda de lana; era asimismo una compañía excelente su despierta actividad cuando devolvía el cambio del medio penique echándolo sobre su mesa de metal, con el gesto de un hombre que se ríe de la noche y de todos sus dolorosos pensamientos, y que no se preocupa de que llegue pronto el alba. Hacía falta algo que animase a cruzar el umbral del puente, porque este era siempre lúgubre. En aquellas noches a que me refiero, todavía no habían descolgado con una cuerda por encima del pretil el cadáver del hombre asesinado y partido en pedazos; ese hombre estaba aún con vida, y es muy probable que durmiese tranquilo, sin que perturbase sus sueños la pesadilla de lo que iba a ocurrir. Pero el río presentaba un aspecto espantoso, los edificios de las orillas se hallaban envueltos en negras mortajas y las luces que se reflejaban en el agua parecían dar a ésta una profundidad mayor, como si los espectros de los suicidas las tuviesen encendidas allá en el fondo para mostrar donde habían ido a parar. La luna solitaria y las nubes parecían tan inquietas como una conciencia pecadora en una cama desarreglada, y hasta la misma sombra de la inmensidad de Londres dormía oprimida encima del río.

Desde el puente hasta los dos grandes teatros solo había una distancia de algunos centenares de pasos, de modo que eran los teatros quienes venían a continuación. Estos grandes pozos secos eran hoscos y negros por la noche, y se presentaban desiertos ante la imaginación cuando ya se habían borrado sus hileras de caras, apagado las luces y quedádose vacíos los asientos.

Se le ocurría a uno pensar que dentro de ellos no había nada a esa hora que se conociese a sí mismo, fuera de la calavera de Yorick. En uno de mis paseos nocturnos, y cuando las campanas de las iglesias hacían vibrar los vientos y la lluvia de marzo con las campanadas de las cuatro, crucé el límite exterior de uno de esos grandes desiertos y penetré en el mismo. Provisto de una linterna fui tanteando el camino bien conocido hasta llegar al escenario y miré desde éste hacia la platea, que se parecía a una fosa inmensa abierta para tiempos de peste; mire también hacia el vacio que había más allá. Aquello era una caverna temerosa que daba una sensación de inmensidad, con su araña central muerta como todo lo demás, y sin que a través de la neblina y de la bruma se viese otra cosa que hileras de mortajas. El escenario en que se asentaban mis pies, y en el que la última vez que había estado allí tuve ocasión de ver a los campesinos napolitanos bailando entre las vinas, sin preocuparse en modo alguno de la montaña ardiente que amenazaba con destruirlos, hallábase ahora en poder de una gruesa serpiente: la manga de la bomba de incendios que yacía vigilante al acecho de la serpiente de fuego, dispuesta a arrojarse sobre la misma si dejaba ver su lengua ahorquillada. Un fantasma de sereno, portador de una moribunda vela, se paseaba por la lejana galería superior y desaparecía en ella. Me retiré dentro del proscenio, y alzando la luz por encima de mi cabeza hacia el telón enrollado en lo alto, y que ya no era verde, sino negro, como el ébano, se perdió mi vista en la bóveda sombría, que mostraba débiles síntomas de un naufragio de lonas y jarcias. Me sentí, poco más o menos, como un buzo pudiera sentirse en el fondo del mar.

En aquellas horas de la madrugada en que no había en las calles el menor movimiento, ofrecía materia de reflexiones el pasar por cerca de la cárcel de Newgate y, tocando la áspera piedra de sus muros, pensar en los presos que dormían, mirar luego hacia el interior del pabellón por encima del postigo coronado de picas, y ver reflejados sobre el blanco muro el fuego y la luz de los guardianes que vigilaban. Tampoco era aquel un momento adecuado para detenerse junto a la pequeña y malvada puerta de la cárcel de deudores —que se cierra más apretadamente que ninguna otra de las puertas que han existido— y que fue para muchos la puerta de la muerte. En los tiempos en que se engaño a personas del campo con billetes falsos de una libra, !cuantos centenares de desdichados de uno y otro sexo —muchos de ellos, totalmente inocentes—, salieron para la horca de un mundo despiadado y falto de razón, teniendo ante sus ojos aquella torre de la iglesia cristiana del Santo Sepulcro!

Ello constituía una monstruosidad. ¿No vagan por la sala del Banco de Inglaterra las almas llenas de remordimientos de sus antiguos directores durante las noches de estos tiempos de ahora, o es que permanece aquella tan tranquila, como este degenerado Aceldama (Campo de la Sangre) de Old Bailey?

El caminar desde aquí hasta el Banco de Inglaterra, lamentando la ausencia de aquellos viejos tiempos, y gimiendo por la maldad de los actuales, sería una etapa fácil para hacerla a continuación; la iniciaría, pues, y daría mi vuelta de sin hogar alrededor del Banco, dedicando un pensamiento al tesoro que éste contiene en su interior; y también lo dedicaría al retén de soldados que pasan allí la noche, cabeceando junto al fuego. Marché después a Billingsgate con la esperanza de encontrar allí a los concurrentes de los mercados; pero era todavía demasiado temprano; crucé el puente de Londres y bajé por la orilla del río, en la margen de Surrey, por entre los edificios de la gran cervecería. Allí dentro se notaba mucha vida; el humo, el olor de los cereales y el ruido de los gordos caballos de tiro al rozar sus pesebres constituían una magnífica compañía. Muy aliviado por haber permanecido en tan buena sociedad, emprendí de nuevo la caminata con el corazón rejuvenecido, proponiéndome llegar a continuación hasta la cárcel del Tribunal Supremo, resuelto, cuando llegase hasta sus muros, a meditar en el pobre Horace Kinch y en la carcoma que ataca a los hombres.

Esta carcoma de los hombres es una enfermedad curiosa y difícil de descubrir al principio. Ella había conducido a Horace Kinch al interior de aquel muro de la vieja cárcel del Tribunal Supremo y lo había sacado al exterior con los pies por delante. En sus años mozos había sido un hombre de buena presencia, de buena posición, todo lo inteligente que necesitaba ser, gozando además de mucha popularidad entre gran número de amigos. Hizo una boda muy buena y tuvo hijos sanos y hermosos. Pero, al igual que muchas casas y barcos de hermosa apariencia, se vio atacado de la carcoma. El primer fuerte síntoma exterior de la carcoma en el hombre es cierta tendencia a estar al acecho sin hacer nada; a situarse en las esquinas sin ninguna razón aparente; a ir lo mismo a un sitio que a otro cuando algún conocido se tropieza con ellos; a encontrarse en muchos lugares más bien que en ninguna parte; a no ocuparse de nada tangible, aunque viviendo con el propósito de realizar mañana o pasado mañana una cantidad de obligaciones inconcretas. Cuando alguien advierte estos síntomas de la enfermedad, suele relacionarlos con una vaga impresión que formó o recibió en otro tiempo de que el enfermo llevaba una vida un poco demasiado dura. Apenas habrá tenido tiempo para meditar en ello y formarse la terrible sospecha de carcoma, cuando advierte un empeoramiento en el aspecto exterior del enfermo: cierto abandono y deterioro, que no es pobreza, ni suciedad, ni borrachera habitual, ni mala salud, sino simplemente carcoma.

Sucede a esta etapa otra en que el paciente despide por la mañana un olor a aguas fuertes; después muestra despreocupación en asuntos de dinero; viene más tarde un olor más penetrante aun, como de aguas fuertes a todas horas; a continuación el paciente se despreocupa de todo, hasta que muestra temblor de miembros, somnolencia, deterioro completo y sucumbe destrozado. Lo que ocurre en la madera, ocurre en el hombre. La carcoma se propaga a un interés compuesto usurario imposible de calcular. Se descubre una tabla infectada de carcoma, y con ello ya está condenado el total de la construcción. Así le ocurrió al desdichado Horace Kinch, enterrado últimamente gracias a una pequeña suscripción. Quienes lo conocían no habían acabado de decir «¡Un hombre de tan buena posición, tan bien casado, con tales esperanzas por delante, y a pesar de todo ello, se sospecha que está levemente infectado de carcoma!», cuando he ahí que el hombre ya estaba totalmente carcomido y reducido a polvo.

Desde el muro inanimado que en aquellas noches sin hogar asociaba yo a un caso tan corriente como el anterior, me decidí a caminar hasta el Hospital Bethlehem; en parte, porque me quedaba de camino para Westminster; en parte, porque se me había subido a la cabeza una fantástica idea nocturna en la que yo podía meditar mejor a la vista de sus muros y de su cúpula. La idea era ésta: ¿No son, acaso, los cuerdos y los locos iguales por la noche cuando los cuerdos ensueñan? ¿No estamos todos nosotros, los que ensoñamos fuera de los manicomios, durante todas las noches de nuestra vida, más o menos en la misma situación de los que se hallan dentro? ¿No nos imaginamos nosotros por la noche, de la misma manera que ellos durante el día, que estamos absurdamente relacionados con reyes y reinas, emperadores y emperatrices y con personas notables de toda categoría? ¿No hacemos nosotros por la noche una mezcolanza de acontecimientos y personajes, tiempos y lugares que ellos mezclan durante el día? ¿No nos sentimos a veces turbados por la inconsistencia de algunos de nuestros ensueños y no intentamos, muy molestos, explicarlos y disculparlos, exactamente igual que lo hacen ellos en ocasiones en relación a sus engañosas ilusiones cuando están despiertos?

La última vez que visité uno de esos establecimientos, uno de los enfermos me dijo algo parecido a esto: «Señor, yo vuelo muchas veces». Yo me quedé medio avergonzado pensando en que a mí me ocurría lo mismo, de noche. Durante la misma visita me dijo una mujer: «La reina Victoria suele venir con frecuencia a comer conmigo, y su majestad y yo comemos melocotones y macarrones, vestidas con nuestras camisas de noche, y su alteza real el príncipe consorte nos hace el honor de acompañarnos, montado a caballo y con su uniforme de mariscal de campo». ¿Pude yo evitar un sonrojo, teniendo como tenía la conciencia de haber asistido yo mismo (en sueños) a estupendas reuniones dadas por mí y a las que había invitado a familias reales, sirviendo una cantidad incalculable de viandas y conduciéndome de la manera más extraordinaria en ocasiones tan magnificas?

Y todo eso me hace pensar en que quizá el Gran Maestro que lo sabía todo debió haber llamado sueños a las locuras de la cordura diaria, puesto que llamó sueño a la muerte de la vida diaria.

Pensando todas estas cosas, había dejado a mis espaldas el manicomio y me dirigía nuevamente hacia el río; un momento más y me hallaba en el puente de Westminster recreando mis ojos de sin hogar en los muros exteriores del Parlamento británico, en esa cúspide perfecta de una institución estupenda, como a mí me consta que lo es, admiración de todas las naciones que nos rodean y de todas las épocas que se sucedan —de ello no tengo duda alguna—; pero que, sin embargo, no le viene mal de cuando en cuando que lo estimulen en su tarea. Entrando luego en Old Palace Yard, me hicieron compañía durante un cuarto de hora los tribunales de Justicia, susurrándome al oído el número de personas a quienes ellos mantenían en constante vigilia y hasta qué punto de dolor y espanto estaban reduciendo en las altas horas de la noche a los desdichados pleiteantes. La abadía de Westminster me sirvió de compañía distinguida y tétrica por espacio de otro cuarto de hora, haciéndome pensar en un maravilloso cortejo de sus muertos por entre los negros arcos y las columnas, cortejo en el que cada siglo se asombraba de ver al que le seguía mucho más que de ver a todos los siglos que le habían precedido. Desde luego, en aquellos paseos nocturnos de personas sin hogar, en los que incluí hasta cementerios en que los vigilantes hacían su ronda por entre las tumbas a una hora determinada y movían la manecilla indicadora de un reloj que registraba el minuto en que ellos lo habían tocado, pensaba solemnemente en las incontables huestes de difuntos que contiene una gran ciudad antigua y en cómo, si ellos se alzaran mientras los vivos duermen, no quedaría en todas las calles y vías de comunicación el espacio de una punta de alfiler para que pudieran ocuparlo sus actuales habitantes. No solo eso, sino que los enormes ejércitos de muertos rebasarían las colinas y los valles de más allá de la ciudad y se extenderían alrededor de la misma, Dios sabe hasta dónde.

Cuando el reloj de una iglesia da la hora en lo profundo de la noche, resonando en los oídos de un sin hogar, cabe que éste lo confunda al principio, tomándolo por alguien que viene a hacerle compañía, y que lo salude como tal. Pero, a medida que las ondas vibratorias, que el sin hogar puede distinguir a esa hora con gran claridad, van ensanchándose cada vez más y más, quizá para siempre (como ha sugerido cierto filosofo), por el espacio eterno, puede que rectifique su equivocación y le resulte más profunda todavía la sensación de soledad.

En cierta ocasión, después de abandonar la abadía y volver la cara hacia el norte, llegué a la gran escalinata de la iglesia de Saint Martin cuando el reloj daba las tres. De pronto, un ser, al que de haber dado yo un paso más habría pisado sin querer, se puso en pie con un grito de desamparo y de falta de hogar como yo no lo oí nunca; el grito se lo había arrancado la campana. Permanecimos los dos mirándonos cara a cara, asustados el uno del otro. Aquella criatura parecía un joven de unos veinte años, de frente abultada y labios cubiertos de bozo; llevaba encima un montón de harapos sueltos que mantenía alrededor de su cuerpo con una de las manos. Temblaba de la cabeza a los pies, le castañeteaban los dientes y se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, ya me tomase por un perseguidor, por un demonio, fantasma o lo que fuese; esbozó con su boca quejumbrosa una especie de mordisco dirigido a mí, como podría hacerlo un perro al que se ha molestado. Alargué mi mano, con el propósito de dar algún dinero a aquel ser horrendo para hacer que se estuviese quieto, porque retrocedía a medida que dejaba escapar un lamento y esbozaba zarpazos, y le puse la mano encima del hombro. Se retorció instantáneamente saliéndose de sus ropas, como aquel joven del que habla el Nuevo Testamento, y me dejó allí, solo y en pie, con sus harapos en mi mano.

El mercado de Covent Garden constituía una admirable compañía cuando era mercado mañanero. Los grandes camiones de repollos, con los hombres y muchachos de los cultivadores tumbados a dormir debajo de los mismos, mientras los despiertos perros de las zonas hortícolas cuidaban de todo, eran para el sin hogar tan buenos como una reunión.

Pero uno de los peores espectáculos nocturnos que conozco en Londres viene a ser el de los niños que merodean por aquel lugar; duermen dentro de los canastos, se pelean por las piltrafas, se lanzan sobre cualquier cosa en la que creen poder poner sus manos ladronzuelas, se meten debajo de los carros y las carretillas, esquivan a los guardias y levantan constantemente en la acera de la Piazza un apagado tamborileo que parece la lluvia de sus pies descalzos. Uno se ve forzado a establecer un parangón doloroso y antinatural comparando el desarrollo de la podredumbre, tal como se manifiesta en aquellos frutos de la tierra, tan perfectos y bien cuidados, con el crecimiento de la corrupción tal como se manifiesta en aquellos muchachos salvajes a los que ningún cuidado se dedica, salvo el de la caza constante a que se los somete.

En los alrededores del mercado de Covent Garden establecíanse muy temprano los vendedores de café, y aquello significaba un compañerismo más, compañerismo caluroso, lo cual era todavía mejor. Podía comprarse asimismo pan tostado de muy buena calidad, aunque los desgreñados hombres que lo preparaban en un compartimiento interior, dentro de la sala del café, no se habían echado todavía encima la chaqueta y estaban aún tan adormilados que en el intervalo entre café y tostada y café y tostada volvían a meterse detrás de la mampara por complicadas callejuelas de ronquidos y de ahogos, perdiendo inmediatamente el camino. A uno de esos establecimientos próximo a Bow Street, que era uno de los primeros en abrir, llegó una mañana, mientras yo tomaba sentado mi taza de sin hogar pensando adónde iría después, un hombre vestido con levita larga color rape y zapato bajo, que no llevaba, según me pareció después de mirarlo bien, ninguna otra prenda de vestir, salvo el sombrero, del que sacó un gran trozo frío de budín; un trozo de budín tan grande que había tenido que meterlo muy apretadamente dentro del sombrero, y que al sacarlo de éste arrastró con él su forro.

Al misterioso hombre en cuestión lo conocían por su budín, porque en cuanto entró, el hombre medio dormido le trajo un tazón de té caliente, un panecillo, un cuchillo grande, con el tenedor y un plato. El cliente, sentado a solas en su compartimento, colocó el budín sobre la mesa desnuda, y en lugar de cortarlo, lo apuñaló alzando el cuchillo por encima del hombro, como si fuese su mortal enemigo; acto continuo arrancó el cuchillo, lo limpió en la manga, partió el budín en pedazos con los dedos y se lo comió todo. El recuerdo de aquel hombre con su budín queda todavía en mi recuerdo como el personaje más fantasmal que encontré en mis noches sin hogar. Solo dos veces estuve en aquel establecimiento y las dos veces lo vi entrar (yo diría que acababa de levantarse de la cama y que iba a volver a ella inmediatamente), sacar su budín de dentro del sombrero, apuñalarlo, enjugar el puñal y comérselo todo. Era un hombre cuyo aspecto prometía livideces de cadáver, pero que tenía una cara extraordinariamente rubicunda, aunque de conformación caballuna.

La segunda vez que coincidí con él le preguntó con voz ronca al hombre medio dormido:

—¿Estoy colorado esta noche?

Y él le contestó de manera rotunda:

—Lo estáis.

Entonces el espectro dijo:

—Mi madre era una mujer muy colorada de cara, y a la que le gustaba beber; cuando estaba ya dentro de su caja mortuoria clavé muy fijamente en ella la mirada y me apropié de su cutis.

No sé por qué, pero, después de oír aquello, me resultó aquel budín repugnante, y ya no volví a cruzarme en su camino.

Cuando no disponía del mercado, o cuando quería variar, encontraba en la estación terminal del ferrocarril, con sus trenes correos de llegada por la mañana, una compañía provechosa. Pero, al igual que casi toda la camaradería que encontramos en este mundo, aquella duraba muy poco. Encendíanse de pronto todas las lámparas de la estación, los mozos de cordel surgían de los sitios en que estaban ocultos, los cabrioles y camiones se movían retumbando hasta sus lugares (los coches del correo lo habían hecho ya) y, por último, resonaba la campana y el tren penetraba en la estación con estrépito retumbante. Pero los viajeros eran pocos y el equipaje escaso, de modo que todo y todos se largaban de allí rápidamente. La oficina de correos del tren, con sus grandes redes, que hacían pensar en que dragaba el campo en busca de cadáveres, abría de par en par sus puertas, dejando salir un olor fuerte de lámpara de aceite, un oficial de correos muerto de fatiga, un guarda de casaca roja y sus sacas de cartas; la locomotora empezaba a dar resoplidos, aspiraba profundamente y sudaba igual que si estuviese enjugándose la frente y diciendo: «¡Vaya carrera que me he dado!» Diez minutos después se habían apagado sus luces, y yo me encontraba sin hogar y solo otra vez.

Pero entonces tenía el recurso de las manadas de ganado vacuno que eran conducidas por la carretera próxima y que se empeñaban, como suele hacer siempre el ganado vacuno, en querer meterse por las paredes de piedras, en filtrarse a través de una verja de hierro de seis pulgadas de grosor y en agachar las cabezas (como también hace siempre el ganado vacuno), para acometer a perros imaginarios, tomándose (y dando a todos los seres abnegados que tenían relación con ellos) una cantidad extraordinaria por todos conceptos de molestias inútiles.

Entonces también el gas, que sabía lo que se hacía, empezaba a empalidecer con la certidumbre de que iba llegando la luz del día; gentes obreras aisladas iban y venían ya por las calles, y, de la misma manera que la vida se había extinguido antes, durmiéndose con las últimas chispas del fuego que llevaba el vendedor de pastel de carne, así empezaba ahora a encenderse de nuevo con las hogueras de los primeros vendedores de desayunos que se colocaban en las esquinas. De ese modo gradualmente acelerado, hasta alcanzar una gran rapidez, llegaba el día, y al fin me sentía cansado y lograba conciliar el sueño. En esas ocasiones solía pensar, volviendo a casa a semejantes horas, que no resultaba menos asombroso que el vagabundo sin hogar se encuentre en Londres tan solitario como lo estaría en una región auténticamente desierta durante la noche. Yo, de haberlo querido, sabía perfectamente en qué lugares podía encontrar al vicio y la desgracia en todas sus formas; pero el vicio y la desgracia se ocultaban a la vista, y mi condición de persona sin hogar disponía de millas y millas de calles en las que podía ir y venir solitaria y a su gusto. Y eso era lo que yo hacía.

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