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La falacia de la conquista

La épica de doña Mencía…, novela ganadora del Premio Nacional de Literatura 2025, relata el viaje de un grupo de conquistadores españoles al Paraguay como si fuera un manual escolar de historia que, en vez de cuestionar a los colonizadores, los eleva a héroes y sus acciones viles a hazañas.

La novela está repleta de contradicciones sin las cuales no es posible que sea entendida ni analizada. Desde la introducción hasta la última página, dice tratar sobre la responsabilidad histórica y la trascendencia de los actos, y sobre cómo el contacto entre pueblos de distintos continentes puede ser más beneficioso que perjudicial. Sin embargo, los hechos narrados son elocuentes por sí mismos: con el propósito de colonizar un territorio, los conquistadores llevan consigo a un grupo de adolescentes para que los colonos las posean y se arraiguen con ellas en el «nuevo mundo». En el transcurso de la empresa, se enfrentan a otro grupo de conquistadores que los despoja de las tierras que hubiesen dado al Paraguay costas frente al océano.

El narrador es un testigo del viaje de doña Mencía y sobre todo de don Hernando de Trejo, cuya semblanza inicia en la niñez. Al ser el personaje que más espacio ocupa en la historia y a quien más se desarrolla, don Hernando acaba siendo el verdadero protagonista. ¿Por qué entonces el título lo encabeza doña Mencía? No es posible adivinar las intenciones del autor ni anticipar sus razones, pero llama la atención este primer error o deshonestidad de la novela.

Al principio, el narrador se presenta como testigo, actor, biógrafo y cronista de las aventuras de don Hernando. Al final, revela su identidad: se trata de Albericio Díaz, el mestizo útil y leal a la causa conquistadora. Sea para despistar al lector o como parte de la tesis de la novela, el aparentemente modesto y cumplidor Albericio se vuelve el héroe de la expedición, quien supo ser intérprete y guía de los españoles durante la travesía. En la narración no se ahorra alabanzas para sí mismo. ¿Autoelogio constante de un humilde cristiano y servidor de la corona? Si el título confunde, esto es una abierta incoherencia: alguien que dice ser una cosa (modesto y práctico montaraz) y que actúa como si fuese otra (arrogante y letrado, quien se asignó el lugar de salvador).

La escritura incluye memoria, acción y diálogo. Sobre la primera ya está dicho algo: quien recuerda se encuentra oculto con el interés de desmentirse y darse un protagonismo impropio del título y la historia. En cuanto a la acción, es escasa y también confusa: aunque el autor cuenta con herramientas suficientes para brindar detalles de viajes, fundaciones y batallas —abundan los datos y las descripciones— no son claras las escenas de combate, los desenlaces ni las consecuencias. Las conversaciones son en realidad monólogos y discursos extensos, en los que cada participante expone sus ideas sobre diversos asuntos sin que estén coherentemente enlazados con los hechos. Quizá sea por esto que no se distinguen los acontecimientos: no es posible conectarlos con las ideas.

La prosa pretende imitar el lenguaje de la colonia, aunque sin ser de la época que narra. Numerosos pasajes recuerdan a los manuales de historia para la educación formal, donde abundan las fechas, las explicaciones, el abolengo de personajes importantes y los acontecimientos puntuales que resalta. Son datos inconducentes con los que se evade una historia donde sepamos algo de los protagonistas. Este es otro aspecto, uno de los más importantes, en que fracasa La épica de doña Mencía

Pero este no es el fracaso principal del libro. El autor es explícito en cuanto a su intención de presentar a la conquista hispánica como más beneficiosa que perjudicial. Una tesis de historiador que intenta sostener en la ficción porque es insostenible desde lo científico: es abrumadora la evidencia de lo que significó la llegada de los españoles a América para los nativos, desde los araucanos del sur hasta los mayas y aztecas, pasando por los guaraníes y otros pueblos que vivieron entre lo que hoy es la Argentina hasta el Brasil.

Jared Diamond lo narra ejemplarmente en Armas, gérmenes y acero cuando presenta el exterminio indígena mediante arcabuces, caballería y virus que se incubaron en los europeos por miles de años y encontraron desprotegidos a los indígenas. El resultado fue la muerte y la esclavitud de pueblos enteros en los que se impuso una religión, lengua y cultura, al punto de que hoy contamos con los testimonios de algunos españoles que se sensibilizaron con los nativos y se indignaron con la imagen que les devolvía la autodenominada civilización.

Nada de lo que pretende Rivarola es original. El diálogo entre pueblos es una falacia insertada en la educación oficial paraguaya. El resultado es una noción errada de nuestros orígenes como síntesis de lo mejor de dos mundos, como si se pudiera reducir la experiencia humana a acontecimientos puntuales ocurridos hace centurias. Mantener esta fantasía es imperdonable para un historiador, más aún cuando no se vale de medios historiográficos y verificables sino de la narración ficcional, arte que notoriamente desconoce, una carencia evidenciada en muchos aspectos: el título da protagonismo a quien no es protagonista, la épica resulta en la entrega de adolescentes como mercancías, el narrador permanece oculto hasta el final, la madurez masculina y la fundación de un «nuevo mundo» requieren el sometimiento de la mujer como rito de pasaje. Además, salvo Hernando de Trejo, ningún personaje es complejo, hasta el punto de que los nativos ni siquiera tienen nombres.

Resulta difícil encontrar algún mérito por el que este libro haya merecido el Premio Nacional de Literatura, sobre todo porque omite la misión más importante del arte: cuestionar la historia oficial, es decir, la propaganda. En vez de eso, La épica de doña Mencía… se une a la tradición de textos sobre historia que se acumulan en los anaqueles sin aportar nada nuevo.

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