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Desembarco a sí mismo

En Mis desembarcos. Memorias, Dionisio Borda quiere inspirar a otros a prepararse para asumir puestos de decisión que hagan del Paraguay un país mejor, un texto que podría resumirse con la frase «Sí, se puede», más como aliento pedagógico que intelectual.

El título del libro hace referencia a la vida agitada del autor, llena de mudanzas, decisiones trascendentales y ocupación de espacios que representaron el viaje y arribo de un Dionisio a otro: de estudiante del interior a capitalino, de universitario nacional a internacional, de asesor privado a autoridad pública.

En la introducción, Dionisio Borda reflexiona sobre el porqué escribió estas memorias. Confrontado por la certeza de la finitud, consideró importante dejar, además de los trabajos político y académico, un texto personal que instase a la juventud a seguir su camino. En él rinde homenaje a «los compatriotas que sacrificaron su vida por la libertad, la democracia y la justicia social».

Las memorias están narradas en orden cronológico. El autor proviene de una numerosa familia de Misiones, trabajadora y guaraní hablante, condición que lo marcó en las primeras interacciones con la educación formal. La dedicación del joven Dionisio, heredada sobre todo de la madre, le permitió acceder a becas, obtenidas con gestiones y sacrificio familiares. A su vez, experimentó el trabajo y la militancia en los grupos católicos con mirada social, cuya opción por los pobres era mal vista por la dictadura estronista, que luego lo detendría e interrogaría.

Dicha experiencia, más o menos común entre los disidentes de la época, pasó a ser uno de los momentos que lo perfilaron. Al sufrir la desigualdad y la dictadura en carne propia y contar con conciencia social y ética de trabajo, el camino de Borda parecía lógico y necesario: ¿cómo combatiría a una dictadura sanguinaria, hambreadora y alienante, si no era con el conocimiento y la dedicación por los demás? Las buenas calificaciones y el reconocimiento de los maestros y pares lo llevaron a optar por estudios en el extranjero, donde ampl su mirada, ideas y proyectos.

A partir de esa visión, fundó lo que talvez fuese su mayor legado: el Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (Cadep), entre otras iniciativas que han permitido a varias generaciones de estudiantes, intelectuales y ciudadanos saber más de su país, cuestión difícil dada la histórica opacidad de lo público y la reserva interesada de lo privado. Gracias a esos trabajos, asesoró al Congreso Nacional en los inicios de la transición (1993-1998) con ideas que proponían una nueva cultura, en contraposición de la autoritaria que había naturalizado la pobreza y las jerarquías.

El estudio, la militancia, la prisión, la especialización y la academia lograron que fuese nombrado ministro de Hacienda por el gobierno de Nicanor Duarte Frutos (2003 – 2008) y el de Fernando Lugo (2008 – 2012). Los momentos fueron tan distintos como los presidentes: el primero le pidió que rescatase la economía tras una profunda crisis sistémica, en los inicios del siglo XXI, cuando emergieron figuras latinoamericanas como las de Chávez, Lula, Kirchner, Morales, Correa, Mujica, Bachelet, etc. Algunos políticos entendieron que debían adaptarse a esos nuevos tiempos que auguraban un mayor bienestar para los pueblos.

Lugo formó parte de esos políticos, pero en un contexto diferente, ya cuando la derecha continental estaba reagrupándose. Aunque ese periodo de 2008 a 2011 haya sido el de mayor bonanza económica de la región en general y del Paraguay en particular, los patrones paraguayos anticomunistas frustraron esa experiencia democrática. En la misma, Borda fue protagonista de la formalización y la profesionalización del Ministerio de Hacienda, el más importante del país. A través del dinero que supo administrar, varios proyectos sociales dirigidos a los más necesitados se hicieron realidad.

Los desencuentros con Duarte Frutos y otros colorados, así como la crisis del gobierno de Lugo tras la masacre de Marina Kué, en Kuruguaty, son los momentos más interesantes del libro. La prosa de Borda no está hecha para contar historias, pero transmite la tensión de quien vivió instantes decisivos de la historia reciente.

Un detalle no menor es el recuerdo de Liz Cramer, exministra de Turismo, contado en sus propias memorias, ¡Le mienten, presidente! Borda señala la falta de ética de Cramer por trabajar en un gobierno cuya «ideología izquierdista» le repelía. En Mis desembarcos, la ética siempre está presente, una condición sine qua non del autor en la buena conducción de la propia vida.

Los últimos capítulos presentan comentarios y reflexiones de alguien que observa el panorama desde cierta distancia, indignado ante los gobiernos de Federico Franco, Horacio Cartes, Mario Abdo y Santiago Peña. Acorde con las publicaciones académicas y las entrevistas periodísticas, critica a esos presidentes por haber descuidado la economía interior, la administración de los recursos públicos y la obtención de capital para el desarrollo, provocando el aumento del malestar de la población, la corrupción extendida y el endeudamiento drástico del país que no ha representado mejor salud, educación y seguridad para las mayorías.

En general, escrito entre el lenguaje anecdótico y el lenguaje académico, quiere orientar al lector hacia una vida mejor, como si el autor, experto en economía del desarrollo, desconociera que no basta la voluntad personal para superar un destino aciago. Es decir, Mis desembarcos contiene memorias valiosas por el testimonio personal y los hechos políticos que cuenta, mas no por el mensaje.

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