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¿Cuándo se tuvieron en cuenta los sentimientos…?

La semana que el Zoológico de Asunción reabrió sus puertas al público, a fines de 2021, luego de casi dos años pandémicos de cierre, José Bueno Villafañe lo visitó y recordó cómo había pasado el tiempo para él pero no para las condiciones crueles que padecen los animales, y escribió esta postal, la primera de la serie #NoMásZoo.  

 

La última vez que estuve en el Zoológico de Asunción era un niño pequeño. Había quedado fascinado con los animales: grandes, chicos, mamíferos, reptiles, aves, nativos, exóticos. Sobre todo con Maia, la elefanta. ¡Cómo me impresionó! Los elefantes eran los animales favoritos de mi abuela: los admiraba más allá de lo evidente ⸺seres grandes y poderosos⸺, resaltando su gran memoria y el matriarcado que los regía.

Ahora muchas cosas han cambiado. Mi abuela ya no está. Maia tampoco. Soy un adulto más o menos consciente. Pocas cosas me impresionan. El domingo 21 de noviembre pasado no tenía nada que hacer. Cuando leí la noticia sobre la reapertura del Zoológico, luego del drástico cierre por la pandemia, decidí visitarlo. En el camino pensé y discutí conmigo mismo por qué demonios había decidido eso.

Ya en la entrada, estaban las mismas jaulas pequeñas, sucias, con paredes enmohecidas que recordaba. Algunas parecían vacías. Luego vi a lechuzas y coatíes escondidos, tras observar los recovecos. Poca agua sumergía al único hipopótamo. Los tigres descansaban bajo la sombra. Los papagayos descendían parsimoniosos por las rejas. El oso hormiguero caminaba con agitación. Los taguas se encimaban en una pequeña parcela de barro. Un solitario jabalí los observaba sin curiosidad. Los animales, aunque no fueran los mismos, estaban tal cual los había visto de niño: buscaban ocultarse de la mirada humana.

Las jaulas tenían adheridos numerosos carteles con frases educadoras: desde la descripción técnica de los apresados hasta las normas de civilidad para los visitantes. No gritar a los karayás. Denunciar el tráfico de especies salvajes. No dar de comer ni tocar a los monos que andan libres. Al lado de este último mensaje, un afiche con la cara redonda de Osvaldo Domínguez Dibb, cuando era precandidato a presidente de la República por el partido colorado. Rostro rasgado y desmenuzado, aun así inconfundible. El sarcasmo también. Un reconocido oligarca local, con múltiples negocios, entre ellos la ganadería extensiva y el contrabando de cigarrillos, ocupaba un espacio público verde, uno de los pocos accesibles para los trabajadores.

Familias nucleares y extendidas, grupos de amigos, vendedores ambulantes y funcionarios completaban el cuadro de escenas aparentemente típicas. Digo aparente porque creí notar una ansiedad reprimida, producto de volver a un lugar cerrado irracionalmente por la pandemia: cuando más se promovía el disfrute del espacio público verde, aquí lo mandaron cerrar.

En 2014, un tribunal argentino reconoció a Sandra, la orangutana exhibida en el zoológico de Buenos Aires (cerrado en 2016), como persona no humana y ser sintiente. El primer concepto fue el que más llamó la atención: ser persona implica ser sujeto de derechos, no destinado exclusivamente a nuestra especie. ¿Por qué? Un animal es un ser sintiente, bio-psico-social, como el humano, que es al fin y al cabo otro animal. Siente hambre, calor y frío. Miedo y alegría. Tristeza. Soledad. Extrañeza ante el cambio, como le había sucedido a una osa aprisionada en un zoológico de Rumanía que recorría nada más que la misma distancia que le permitía la jaula donde la apresaron veinte años.

El hambre, el miedo y la extrañeza de los animales capturados por los humanos son milenarios. Los emperadores y reyes de Oriente y Occidente tenían colecciones privadas. Los ejércitos de Gengis Khan entrenaban formaciones de combate contra las manadas. La primera «casa de fieras» moderna es del siglo XVIII. Doscientos años después, en el Paraguay, fue fundado el Jardín Botánico y Zoológico de Asunción. Su actual directora, la ganadera Maris Llorens, se ha asociado con el ex presidente y empresario (investigado por contrabando de cigarrillos y lavado de dinero) Horacio Cartes para abrir un frigorífico, cuyas primeras estimaciones apuntaban a la faena de setecientos u ochocientos cabezas de ganado por día. Y esto solo fue el comienzo.

La agroganadería extensiva precisa de hectáreas de pastizales, monocultivo, tecnología en genética y veneno. Algunos de los bosques, los animales y las personas que habitan esas hectáreas han sido, en el mejor de los casos, comprados como «objetos clavados y plantados» en el terreno. Otros tuvieron peor suerte: sufrieron la quema de pastizales, la caza indiscriminada y el envenenamiento. La destrucción es proporcional a las ganancias y los Domínguez Dibb, Llorens y Cartes condicionan el destino de miles de seres vivos.

En el Zoológico y otros espacios similares alrededor del mundo son denunciadas las condiciones de vida de los animales, quienes pierden la alerta, la capacidad de reproducción y hasta la alegría. De allí la creación de reservas y santuarios como espacios aptos para el desarrollo vital. Podrá ser cierto que el costo y el esfuerzo por protegerlos sea mayor, pero como especie destructora, es tiempo de que iniciemos la reparación de nuestro planeta.

En la visita al Zoológico no reparé en medidas para mitigar la ansiedad de los seres sintientes aprisionados. Tampoco las hubo para los visitantes, sintientes también, al fin y al cabo. ¿Cuándo se tuvieron en cuenta los sentimientos en este país?

Aquí solo hay que trabajar y dar gracias a dios por tener un empleo o changa y estar bien de salud para seguir trabajando, aunque sea por lo justo para sobrevivir. Nos han vuelto un ente biológico cuyas dimensiones psicológicas y sociales no existen o han sido arrasadas incluso antes del nacimiento. Los recursos para cuidar de la vida están en manos de una élite que oculta, evade y traslada culpas, se dice ser provida pero mata para enriquecerse; que hasta en cumbres sobre el cambio climático, con evidencia implacable, lo niega.

La experiencia en el Zoológico de Asunción me entristeció. Tanto, que ya no tuve ganas de ver más animales y solo quería retirarme.

 

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1 Comentario
  • Isidro Britez
    marzo 11, 2022

    La doble moral es como un cáncer que se extendió en todos los estratos sociales. Mientras se cuida la vida de unos, se arrasa con la de otros. Se reforesta 1 hectárea y se queman mil. Cuando nos quedemos sin recursos tal vez sintamos algo.

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