cerrar [x]

Sebastian Ocampos: «Todo escritor que valga la pena es un gran lector»

Entrevista a Sebastian Ocampos sobre sus facetas de lector, escritor, editor y promotor de la lectura, en especial sobre su nuevo trabajo publicado: Paraguay cuenta. Cinco siglos en cuarenta ficciones.

Sebastian Ocampos (Asunción, 1984) es de una especie cada vez más rara en este tiempo en que las distracciones virtuales se han vuelto una amenaza contra la lectura prolongada y profunda, la que comenzamos a aprender con la invención de la imprenta, hace alrededor de 570 años. Lector a un mismo tiempo compulsivo y reflexivo, editor de libros, promotor de la lectura y escritor, en esta entrevista subraya que la literatura «es  el arte que nos salvará de la ignorancia supina, la incomprensión del otro, la desmemoria colectiva y la indiferencia que nos rodea».

Editor de ocho libros de ficción y no ficción con el sello de la Editorial Y; el último: Paraguay cuenta. Cinco siglos en cuarenta ficciones, de muy buena acogida. También es el fundador de la RevistaY.com y el Taller de Escritura Semiomnisciente (TES), cofundador de la Asociación Literaria Arandu (ALA), coordinador general del Foro Internacional del Libro de Asunción, promotor de clubes de lectura (él coordina el Libroclub Quijano) y organizador de charlas como «el libro detrás de la película», entre otras actividades culturales. También es jurado de concursos literarios y autor del libro de cuentos Espontaneidad y de diversos textos publicados en revistas y antologías literarias.

En las líneas que siguen, habla sobre la importancia de la lectura literaria en un país de escasos lectores como el Paraguay, donde el Estado casi no tiene políticas de edición de libros ni promoción de la lectura, y donde los jóvenes ―como en todo el planeta― están habituándose cada vez más al picoteo de palabras mal escritas en las redes virtuales y a la lectura superficial en internet.

―¿Cuál es el último libro que leíste?

―Entre los últimos que leí (leo varios libros en el día a día), dos merecen este espacio: la novela que Coetzee dedicó al Dostoievski en duelo tras la muerte de su hijastro: El maestro de Petersburgo, y la novela metabiográfica que Julian Barnes dedicó al autor que más lo influenció: El loro de Flaubert. ¡Dos genios contemporáneos escribiendo sobre dos clásicos vigentes! Son como manuales de lectura y escritura irresistibles para cualquier escritor.

―Hay más lectores en estos tiempos de internet, pero se lee menos cantidad de palabras, la lectura es muy superficial y la comprensión de la lectura es muy pobre. ¿Cómo hoy, con la invasión de las pantallas en nuestras vidas, podemos fijar la atención y concentrarnos en un libro impreso o digital de 400 o 500 páginas?

―No manejo estadísticas al respecto, por tanto, no sé si ahora se lee más que antes, ni cuál es la calidad de la lectura. Como hablas de pantallas, te cuento que, además de leer libros impresos, leo en el celular, el kindle o el televisor (en el que también veo mucha narrativa cinematográfica y televisiva, cuyos guiones considero géneros literarios). Gracias a las pantallas y al internet, puedo ser el lector que quiero ser.

Ah, ya que la revista y la editorial que dirijo tienen el nombre de Y, recuerdo que para los pitagóricos los brazos de la ypsilon (ípsilon, la i griega) representaban el camino fácil y el camino difícil. Si asumimos que cada uno de nosotros es una ypsilon, tenemos las opciones de seguir uno u otro camino. El camino fácil es consumir los productos de las corporaciones del entretenimiento masivo (que por cierto en las últimas décadas se han apropiado de la narrativa literaria, cinematográfica y televisiva para producir y vender historias banales y nocivas). El camino difícil es valorar el conocimiento y leer los libros que nos permitan comprender quiénes somos para que podamos cuestionarnos y transformarnos y a la vez transformar la realidad que nos impusieron. Y cuando eres lector, concentrarte en un buen libro, sin importar la cantidad de páginas, solo depende de que te hagas de tiempo entre las labores que te ves obligado a cumplir para pagar las cuentas.

Debo agregar que el entretenimiento masivo actúa como una droga contra la soledad y el aburrimiento (el sistema crea la demanda y luego oferta la droga): también tiene el fin de que evadamos nuestra realidad. Sin embargo, estas pandemias actuales tienen una cura: la lectura de libros literarios (no de entretenimiento best seller, lamento la aclaración necesaria). Ser lector implica aprender a hallarse (en los sentidos literal y paraguayo) y a crear vínculos genuinos con los demás.   

―A este problema global de distracciones que impiden la lectura en general, y la de la literatura en particular, se suman la ausencia de formación de lectores y la poca promoción de la lectura por parte del Estado paraguayo. ¿Cómo ves este problema?

― Un momento histórico para ilustrar el abismo que presento en Paraguay cuenta: en su nuevo libro, Recuerdos y comentarios, Guido Rodríguez Alcalá recuerda que en 1812 el doctor Francia renunció a la Junta. Entonces, Fernando de la Mora asumió el liderato ideológico y se promulgaron varios decretos para modernizar el Paraguay: «El primero [primer proyecto] que ha despertado nuestra vigilancia ha sido la mejora en la educación de la juventud. Esta es la base y el manantial de las virtudes morales. Todo pende en el hombre de la instrucción: poder, valor, heroísmo y cuanto pueda elevarlo en esta vida sobre el común de los demás mortales. Todo está inspirado, fomentado y promovido por la buena educación.» Fundaron una escuela primaria en la capital, instruyeron el modo de enseñanza acorde a la pedagogía ilustrada, mandaron traer libros y… la «reforma de la educación fracasó por falta de fondos». No podría ser más literal: el abismo es la eterna falta de fondos.

En la introducción de Paraguay cuenta, también menciono dos políticas de Estado para provocar la ignorancia general. La primera es el silencio como arma ejecutada por un gran aparato de represión para que los crímenes y los delitos de los ostentadores del poder pasen desapercibidos. También la omisión: nunca hubo políticas educativas que garantizasen a todos los habitantes el derecho a la lectura y la escritura en castellano, menos en guaraní, ni hablar en la veintena de idiomas nativos, algunos en peligro de extinción. Solo en casos excepcionales (como el de 1812), hubo proyectos para que la palabra fuese un derecho. En pleno 2019, a pesar del doliente porcentaje de analfabetismo y del alarmante porcentaje de analfabetismo funcional, las políticas educativas, sobre todo las de fomento de la lectura, carecen de presupuesto público y dependen de la caridad ciudadana.

Ahora está en proceso el anteproyecto de la nueva ley del fomento del libro y la lectura. Como fui parte de la comisión redactora, en representación de la Asociación Literaria Arandu (ALA), puedo decir que hicimos lo posible para que esta futura ley tenga presupuesto propio que le permita ejecutar políticas públicas de fomento de la lectura de libros en el sistema educativo, en todos los niveles e idiomas de los habitantes; en los medios de comunicación, públicos, privados y comunitarios, para divulgar la literatura paraguaya, latinoamericana y mundial; y en la red de bibliotecas que debe tener presencia y mantenerse actualizada en todos los distritos del país, además de contar con una gran biblioteca digital gratuita. También necesitamos urgentemente la formación constante de mediadores y promotores de la lectura, con asesoramiento de expertos extranjeros.

Si esta síntesis se volviese realidad, podríamos realmente transitar hacia la democracia. Sin embargo, con un Ejecutivo heredero del stronismo, un Ministerio de Educación causante del analfabetismo funcional, una Secretaría de Cultura insignificante y con proyectos simbólicos/publicitarios de fomento de la lectura que solicitan a la gente que done libros (¡la gente no tiene por qué donar libros a las instituciones públicas para que estas simulen cumplir con sus funciones culturales/educativas!), el futuro del Paraguay seguirá siendo el atraso.

―Ante tantos problemas, cualquiera podría renunciar a la literatura en este país. ¿Por qué una persona como vos sigue creyendo y promoviendo la literatura?

―Porque es el arte que nos salvará de la ignorancia supina, la incomprensión del otro, la desmemoria colectiva y la indiferencia que nos rodea. Porque sin literatura, no hay lectura; sin lectura, no hay ciudadanía; y sin ciudadanía, la minoría mediocre y criminal que ejerce el poder nos oprime, negándonos hasta los derechos básicos.

―Borges fue radical al convertir la literatura en la escritura de una lectura y en la lectura de la escritura. ¿Es más importante la lectura que la escritura en el proceso de invención literaria, o no?

―Más importante, no; la lectura es imprescindible. Todo escritor que valga la pena es un gran lector. La lectura literaria educa nuestra percepción, cultiva nuestra conciencia y alimenta nuestra imaginación. Por ejemplo, en El maestro de Petersburgo, a través de la lectura/escritura de Dostoievski, Coetzee cuenta que el alto costo de escribir es sumergirse en uno mismo y probar el sabor de la hiel. Y en El loro de Flaubert, Barnes se burla magníficamente contra los biógrafos de Flaubert y los biógrafos de escritores en general, tal como Cervantes en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha contra los novelistas de caballerías y Roa Bastos en Yo el Supremo contra los historiadores paraguayos; es decir, Cervantes, Roa y Barnes recurren a la ironía, heredada de Sócrates, como arma contundente contra los falsarios.

―Tenés ocho libros editados. El último es la colección de relatos y cuentos Paraguay cuenta. Cinco siglos en cuarenta ficciones. La selección de obras de un editor es finalmente una elección subjetiva. ¿Cómo abordaste el proceso de selección de este libro? ¿Por qué estos treinta y ocho autores, y no los demás cuentistas paraguayos?

―En Paraguay cuenta, tuve dos criterios de selección: el rescate histórico de relatos y la calidad literaria de cuentos, explicados en la introducción del libro.

En cuanto a tu afirmación, sobre la elección subjetiva, debo decir que hay puntos objetivos que pueden verificarse. El primero es la herramienta del escritor: el idioma. En toda publicación, es común que a los escritores y los editores se nos cuelen algunas erratas; sin embargo, en los libros paraguayos hay muchos errores que podrían haberse evitado si el trabajo editorial fuese profesional. Otro punto es el desconocimiento de lo que se narra. Que un autor escriba ficción no significa que puede contar lo que se le antoje. La ficción, en cualquiera de sus géneros, tiene reglas implícitas. Y el último punto que menciono, para no extenderme, es el desconocimiento de cómo narrar: algunos conocen lo que cuentan (sobre todo cuando las historias se basan en experiencias personales) pero no saben cómo escribirlo. Ignoran las técnicas narrativas, las figuras literarias, el contexto histórico/lingüístico, etc. Escribir es una tarea exigente, solo posible si es respaldada por la lectura crítica.

En Paraguay cuenta, lo importante son las obras, no los autores, elementos extraliterarios en el proceso de lectura, análisis, crítica y selección. O sea, no es un canon de autores, sino tal como lo aclaro en el mismo libro: una antología de ficciones (relatos y cuentos cortos y largos) que abarcan los cinco siglos de la colonia y la república.

―Rulfo escribió dos novelas (Pedro Páramo y El gallo de oro) y una serie de cuentos en El llano en llamas. Su genialidad se expresó en una de sus novelas (Pedro Páramo) y los cuentos. ¿Cuánto importa para vos, como escritor, la cantidad de publicaciones, y cuánto la calidad, si se las puede separar?

―Lo único importante es la calidad literaria. Si estuviéramos en la época de Ruy Díaz de Guzmán, cuando no había escritores, sería valioso escribir lo que fuera y mandarlo copiar (la publicación de entonces). Ahora, cada autor debe ser autocrítico y publicar solo lo mejor de sí mismo, previa lectura y criba de lectores, escritores, críticos y editor en cuyos criterios confíe. Es decir, la literatura trasciende los caprichos personales y los intereses comerciales y/o institucionales.

―Tenés una importante cantidad de libros editados con mucha calidad. Pero hasta ahora solo publicaste un libro de cuentos: Espontaneidad. ¿Cómo estás en tu proceso de invención literaria?

―Si no tuviera obligaciones familiares ni ideales de un país con derechos por el que luchar, sería feliz en medio de un bosque en Yvyraty, leyendo y escribiendo, cultivando una huerta, rodeado de animales, y solo vendría a Asunción las veces financieramente necesarias.

Ya que mencionas Espontaneidad, en el epílogo del mismo había confesado que escribía a partir de epifanías: imaginaba los cuentos apenas un detalle de la realidad me llamaba la atención. Desde entonces, si bien a veces todavía escribo espontáneamente, me dedico más a la preproducción del texto: investigo, leo y archivo todo lo que encuentro sobre los temas que me interesan narrar. Ahora tengo culminado un libro de cuentos que espero publicar este año, si la fortuna lo permite. También un libro de minirrelatos para contagiar la (son)risa y una novela de formación, que seguirán descansando en carpetas virtuales. Y me encantaría contar con financiación para investigar, escribir y publicar algunas crónicas de largo aliento que me propongo desde hace años. Entre otros proyectos.

―Decime dos nombres de escritores de ficción en la historia de la literatura que para vos marcaron caminos grandes. Y por qué.

―Leí las obras completas de Milan Kundera y J. M. Coetzee, y de tanto en tanto vuelvo a algunos de sus libros y los releo asombrado de que aún me fascinen (ahora, por cierto, quiero que me obsequien la nueva novela de Coetzee: La muerte de Jesús). Además de la visión sobre la literatura, comparto con ambos la sensibilidad por todos los animales, por el derecho a la vida de todos. Kundera lo hizo a su manera: a través de la escritura, con conclusiones radicales; Coetzee, tanto en su obra como en la militancia.

Hasta el siglo de XIX, nuestro pequeño país pudo jactarse de la diversidad de su fauna y flora. De hecho, hasta 1982 contamos con una de las siete maravillas del mundo: los Saltos del Guairá. Pero el progreso capitalista arribó a nuestras aguas y tierras y explotó y explota cuanto encuentra en su camino, sin que la sociedad organizada ni mucho menos las instituciones públicas hagan lo necesario para detenerlo, juzgarlo y condenarlo. ¿Y quiénes son los responsables directos de que los bosques desaparezcan y de que la tierra y el agua sean contaminadas? Las industrias de la crueldad ganadera y del monocultivo transgénico (para alimentar a su vez ganado), causantes no solo del colapso local, sino mundial.

La literatura no puede mantenerse ciega y muda ante estas corporaciones del apocalipsis. Es tiempo de que cambiemos el paradigma de: nada humano me es ajeno, por: nada animal me es ajeno.

―¿Y dos escritores paraguayos en quienes te reflejás?

―En el Paraguay, es urgente leer y hablar de libros, de la mayor cantidad de libros que nos sea posible, no de continuar repitiendo escasos nombres. Los escritores deberíamos quedar ocultos entre nuestras obras. Pero trataré de responder tu pregunta: me considero parte de la tradición narrativa que presento en Paraguay cuenta, la que es capaz de irradiar el abismo.

 

Fotografía: Andrea Gamarra.

 


Fragmento de la introducción de Paraguay cuenta

¿Qué es el Paraguay? Muchos escritores connacionales y algunos extranjeros paraguayizados pretenden definirlo. La tópica idea del aislamiento también tuvo efecto en el contemporáneo narrador del cuento «La diatriba», tajantemente estadístico en su descripción: «ínsula rebosada de ganado vacuno, soja transgénica, marihuana ilegal y cigarrillo contrabandeado». Gracias a esta antología, supe que la metáfora más precisa para definir al Paraguay es el abismo.

Debemos esta metáfora a dos stronistas de primera fila: Mario Abdo Benítez (padre) y Mario Halley Mora. El primero es parte del humor político internacional (aunque cada país lo pone en boca de alguno de sus tiranos o secuaces): cuentan que en un discurso oficial, el entonces secretario de Stroessner dijo: «Antes de este gobierno, estábamos al borde del abismo; con este gobierno, dimos un paso adelante». El segundo es parte de la narrativa paraguaya: el director del diario Patria, vocero oficial de la tiranía más prolongada de Latinoamérica (1954-1989) y conocedor de la estructurada improductividad gubernamental, escribió «Los habitantes del abismo».

Al principio, no fue el abismo. Cuando me propuse esta antología, a inicios de 2017, ya tenía una primera lista de cuentos. De Mario Halley Mora, había alistado «La libreta de almacén», cuento breve que invita a la imaginación, en palabras de Rogelio Vallejo, quien me acompañó en el lento proceso de lectura y selección de Paraguay cuenta. Luego del índice avanzado, tuve la necesidad de releer los cuentos completos de muchos autores. Cuando releí «Los habitantes del abismo», supe que sería la ficción fundamental del conjunto: ya no se trataba de una compilación de relatos históricos y cuentos extraordinarios, sino del encuentro de las obras que, a través de la ficción, revelan las razones profundas del enamoramiento entre el infortunio y el Paraguay: nuestra tradición literaria.

Tradición literaria local vinculada, como todo arte transcendental, a la mundial, en especial a la creada por el escritor que Albert Camus retrató: «El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse.» «Por lo mismo el papel del escritor es inseparable de los deberes difíciles. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte.» «Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.» «(…) atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.»

Entre la ética del escritor (estar al servicio de quienes sufren la historia) y la función de la literatura (establecer un vínculo entre el sujeto y la humanidad), radica el poder de la tradición literaria paraguaya: irradiar el abismo.


 

Nota: la fotografía destacada fue tomada por Nicolás Arzamendia en el presentación de Paraguay cuenta, el lunes 6 de mayo de 2019, en el Centro Cultural Juan de Salazar.

¿Te gustó la nota?
  • ¡SÍ! 
  • NO 
  • MÁS O MENOS 
5

Aún sin comentarios.

¿Qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *