La tarde del martes 30 de noviembre de 2021, la escritora boliviana Liliana Colanzi (Premio Ribera del Duero 2022), se reunió virtualmente con Libroclub Y, nuestro club de lectura, para hablar sobre su libro de cuentos Nuestro mundo muerto (2016). Para revivir el encuentro, compartimos la transcripción editada de la charla.
UN LECTOR: En el libro, el elemento fantástico, sobre todo lo sobrenatural, está muy presente. Desde el siglo pasado, hay muchos análisis acerca de cómo las ficciones que se narraban no tenían el fin fantástico como se solía tener en otras literaturas, sino que eran una transición de la oralidad a la narrativa, algo natural porque Latinoamérica tiene mucho de fantasía. Es común que la gente hable de historias que considera reales cuando más bien son mitos o leyendas. En tu caso, ¿tuviste en cuenta lo fantástico o simplemente se te fue dando de forma, digamos, natural?
LILIANA: No fue algo que haya tenido claro cuando empecé a escribir, pero sí recuerdo que había escrito ya un libro de cuentos que se llama Vacaciones permanentes. Se trataba de cuentos realistas de varias personas y se desarrollaba en diversas ciudades, con protagonistas jóvenes, adolescentes que están descubriendo el mundo adulto. Después traté de seguir escribiendo en esa misma línea, pero lo que escribía no iba a ninguna parte. Tuve como una suerte de cansancio de ese tipo de narrativa. Fue tanta mi crisis creativa que empecé a buscar en otras cosas, como la música, el cine, etc., lo que la escritura o la literatura no me estaba dando. Escribí un par de cuentos con esa vena realista similar a la que había usado en Vacaciones permanentes que no funcionaban del todo. De hecho, el primero que escribí de Nuestro mundo muerto, «El ojo», al principio fue un cuento realista a cerca de una chica universitaria que de pronto se fascina con un compañero de universidad que es integrante de una banda de música. Quería hablar un poco de la represión sexual de la protagonista, de ese ambiente católico opresivo. Publiqué ese cuento, que era bien cortito, en una versión realista, pero había algo ahí que no me convencía del todo y que no sabía qué era. Fue más o menos en ese año que publiqué esa versión de «El ojo» que empecé a releer los cuentos de un autor que se llama Fogwill y que tiene un cuento que es una reescritura de «El Aleph» de Borges, que es «Help a él». Es un anagrama del título y habla básicamente del encuentro con una amada muerta a través de la ingesta de un hongo alucinógeno. Ahí está la vacilación de si reamente está teniendo un encuentro con la muerta o es un efecto de la sustancia alucinógena. Ese desborde de los sentidos, esa calidad sensorial de la prosa de Fogwill, fue lo que me dio el camino a seguir para Nuestro mundo muerto. Entonces volví a ese cuento que había dejado por tanto tiempo, que no me gustaba, y lo empecé a escribir nuevamente, y de pronto llegó a mí esa imagen como de un ojo flotando en medio de un charco de vómito en el inodoro. El cuento se volvió un poco más zafado, surreal y onírico. Ese fue el tono o la vena que seguí en todos los demás cuentos. Porque me interesaba ese umbral hacia lo extraño, lo fantástico, pero que también estuviera sostenido por cierta vacilación. Es lo que pasa en todos los cuentos y creo que es también una marca de la fantasía latinoamericana. El hecho sobrenatural está pasando o puede haber una explicación para ese evento raro; ya depende del lector hacia qué lado quiere decantarse, por el lado fantástico o por la explicación realista del cuento.
UN LECTOR: En los cinco primeros cuentos del libro, «El ojo», «Meteorito», «Alfredito», «Caníbal» y «Chaco», hay personajes secundarios que están ausentes, pero todo gira en torno a ellos. Es como si hubiera una atmósfera de miedo e incertidumbre alrededor de los mismos. ¿Estas historias tratan de significar de cierta manera la forma en la que el miedo moldea las acciones de los personajes principales?
LILIANA: Efectivamente, la mayoría de los personajes de este libro se sienten acosados por algún tipo de fuerza sobre la cual no tienen control. El miedo a esa situación incontrolable viene de diferentes lugares, miedo a la muerte o, como en el caso del gordo que le tenía pavor a su peón, miedo al otro. Está también el miedo a volverse loco. Hay una serie de situaciones límite que empujan a los personajes a confrontar esas experiencias. Me interesaba explorar esas situaciones extremas porque en ese momento yo también estaba pasando por una situación extrema, como fue una crisis de insomnio que me persiguió durante varios meses. No sé si alguno de ustedes ha pasado por una experiencia similar, pero hay un momento en la crisis del insomnio que es como una lucidez extrema en el que no se puede apagar la conciencia, un estado de alerta máxima se vuelve doloroso física y mentalmente. En mí, ese estado de híper lucidez provocado por el insomnio, en algún momento se acercaba al desvarío o la locura. Entonces, como que estaba escribiendo en un estado de extrema fragilidad. El hecho es que soy bastante supersticiosa. Una de las cosas que pedía cuando pensaba en este libro era poder terminarlo como una manera de sanarme o de sanar ese momento de enfermedad y de inquietud espiritual por el cual estaba atravesando. Creo que algo permeó en este libro que es también un libro de fantasmas que vuelven una y otra vez a perseguir a los protagonistas. Me interesaba mucho la metáfora del fantasma como aquello que está reprimido, lo que no se le ha dado un entierro adecuado y que por lo tanto vuelve y vuelve a molestar a los vivos hasta que se le dé el lugar que merece. Ese fantasma me sirvió como símbolo para muchas cosas, por ejemplo, una de las cuestiones que no las planeé de antemano pero que fueron saliendo en los cuentos fue la manera en que toda la historia indígena de Bolivia ha sido clausurada, reprimida, olvidada, pero que se niega a desaparecer, entonces retorna como una vocecita molesta que va a atormentar a quienes están tratando de negarla. Eso es lo que se ve en «Meteorito» y «Chaco». Algunos de los recuerdos más vívidos que tengo son de nanas indígenas contando historias relacionadas con el diablo o seres fantásticos de tradiciones indígenas. Han formado de niños nuestra sensibilidad y han sido parte importante de la forma en que entendemos la muerte, el más allá y una serie de cuestiones, pero son olvidadas fácilmente por una cultura que reprime lo indígena porque es pura superstición o porque no contiene ningún valor, cuando hay ahí una poesía que encuentro muy potente, otra manera de entender el mundo, una cosmovisión que está llena de fuerza. Fueron estas historias que están presentes por ejemplo en «Alfredito» las que me fueron mandando en esa dirección.
UN LECTOR: En el libro, la colonización es un trasfondo presente. ¿Es una condición que ha formado parte de tu vida o es algo que notaste al momento de escribir los cuentos? Porque si bien en el libro no está como denuncia, cuando hablas al respecto sí se nota cierta indignación de tu parte.
LILIANA: Son cosas que van saliendo, que no puedo anticipar, generalmente no me siento a escribir pensando en lo que voy a escribir sobre un tema en particular, pero sí hay cosas que me rondan, sobre todo imágenes que me dan vuelta y que no sé muy bien qué significan. Son la base o la semilla de lo que escribo. Creo que en ningún momento dije que escribiría cuentos sobre la colonización, pero sí es el trasfondo de lo que estaba escribiendo, porque estaba conectando con todo ese lado indígena de Bolivia y porque también me interesó mucho volver al campo después de haber escrito un libro que estaba enteramente situado en ciudades. Tenía el deseo de volver a explorar cuentos o situaciones que suceden en el campo. Es en las áreas rurales en Bolivia donde están ocurriendo algunos de los mayores ecocidios. Tienen un trasfondo colonial, relacionados al extractivismo y la manera de cómo se explota la naturaleza. Se abren campos supuestamente para priorizar una idea de progreso que en realidad está fundamentada en la explotación de ciertos grupos de personas y en una distribución muy desigual de la riqueza. Sí, está la cuestión de la colonización como el fondo en el cual se iban dibujando esas historias. En algunos, como «Cuentos con pájaros», que sucede en el campo, en algún lugar donde se está explotando a indígenas para la zafra, se hace referencia a ese tema de manera directa.
Hay también algún otro juego con ese tema como «Nuestro mundo muerto». Aunque ocurre en una colonia en Marte, es también sobre la colonización. Lo que me hizo pensar y me disparó la idea para ese cuento fue un anuncio que hubo hace unos años acerca de un programa llamado Mars One, el cual estaba buscando reclutar a personas para que fueran los primeros colonizadores en Marte. Entre los reclutados estaba una joven boliviana de dieciocho años, a la que se entrevistó en la prensa en Bolivia. Le preguntaron cuál era su intención para estar en un proyecto así. Ella dijo que estaba consciente de que los riegos eran altos y de que probablemente iba a morir en el intento, pero que valía la pena dar la vida para tener una aventura espacial. Empecé a pensar en este personaje, una jovencita en una situación tan radical y tan extrema me hizo soñar sobre esa colonia en Marte. Más o menos en esa misma época estaba leyendo bastante acerca de los esfuerzos de las empresas millonarias por explorar la posibilidad de una colonia humana en Marte, en el caso de que en la Tierra pasase algo, de que se hiciese invivible, y tuviéramos que buscar vida en otros planetas. Me pareció un poco irónico que la solución a problemas medioambientales en este planeta fuera: Bueno, ok, creemos una colonia en Marte en lugar de tratar de solucionar los problemas que tenemos acá, el calentamiento global, las emisiones de gases de efecto invernadero o la deforestación, etc. Son soluciones economicistas o soluciones muy ligadas a la tecnología. Como si dijeran: Este problema lo hemos creado debido a un avance capitalista frenético y un mal uso de la tecnología, y la solución viene también desde el capitalismo y la tecnología. Todas esas cuestiones que estaban flotando ahí en el aire sirvieron de inspiración para ese cuento.
UN LECTOR: El horror cósmico y la ciencia ficción mezclados con elementos de literatura latinoamericana fue lo que llamó mi atención. En el cuento «La ola», ¿es la identidad el tema o la referencia principal? ¿O hay otro?
LILIANA: Ese cuento creo que fue el más onírico que escribí, casi completamente guiada por imágenes. Nació de un par de pedidos. Por un lado, lo escribí en 2012, año del fin del mundo maya. Se hablaba bastante del tema y entonces mi editor en Bolivia me dijo que quería sacar una antología sobre el fin del mundo. Por otro lado, una editora chilena me invitó a formar parte de una colección en la que mi tarea era escribir un cuento que estuviera relacionado con Chile. En esta segunda tarea fracasé estrepitosamente porque la idea del cuento era que la niña indígena que corre en el desierto, en la frontera con Chile, va a buscar a su padre que está del otro lado, pero el cuento se queda antes de que cruce la frontera porque tiene el encuentro con un hongo alucinógeno. Cuando mandé este cuento para la antología me lo rechazaron porque finalmente no iba por ahí la historia. A partir de esos dos pedidos, mi imaginación/subconsciente empezó a trabajar cosas. En esa época estaba haciendo el doctorado y tenía una crisis muy intensa con respecto a cómo conciliar el lado creativo con el otro lado más racional que exige la academia, otra forma de leer y de relacionarte con la literatura. Tuve muchos momentos en los que me frustraba porque no encontraba el tiempo para escribir en una onda creativa, y este cuento, «La ola», fue también como una suerte de reflexión ⸺ahora que miro atrás⸺ sobre la naturaleza de la escritura. En este cuento hay un personaje que está pensado cómo evocar su casa, esa casa que está al otro lado del mundo, que no es frío ni nevado. La manera de convocar a esos fantasmas, a lo que le recuerda a la casa, a lo verdadero, al territorio nostálgico y mágico de la infancia, es a través de una fruta que es el achachairú. Son esas imágenes las que se me fueron cruzando y que las fui plasmando sin pensar mucho en la estructura ni en lo que el mismo cuento estaba contando. Creo que este es mi cuento más desorganizado o que tiene una estructura más aleatoria. Es como que una imagen me mandaba a otra imagen y a otra. Después, leyendo lo que salió, puedo ver cómo algunos temas aparecen ahí, por ejemplo, el tema de la escritura, el regreso a casa. También, intuitivamente, algo que me interesaba en ese cuento, que era equilibrar una parte oscura representada por esa figura de la ola, como una fuerza capaz de arrastrar y llevar a la locura, con otra fuerza que fuera luminosa y positiva, que para mí era la de la cholita que encuentra esta conexión con el universo en el desierto.
El cuento también está inspirado en algunas circunstancias de mi vida. Cuando me mudé a Ithaca [Nueva York] para hacer el doctorado, hubo una epidemia de suicidios en la universidad que fue muy perturbadora. En cuestión de cuatro meses, muchos estudiantes, chicos de 18 y 21 años, se arrojaron de los puentes que dan a unos acantilados impresionantes y hermosos, y también terroríficos, si es que estás en cierto estado mental inestable. Esas circunstancias salieron en los periódicos. Se decía que Cornell era la universidad de los suicidios. Cuando yo entré, eso acababa de suceder y había teñido todo el campus universitario de una atmósfera melancólica. No se hablaba mucho del suicidio, pero todos sabíamos que había pasado algo muy trágico. Mi experiencia con este invierno profundo y tan largo, y con esos fantasmas de algo muy trágico que había pasado, es parte de la atmosfera de «La ola» y también de los otros cuentos.
UNA LECTORA: Me llamó mucho la atención la manera en que lográs plasmar una cierta incomodidad en tus cuentos. Por ejemplo, en «Letanías» las imágenes de las varices del abuelo o en «Alfredito» que inicia con el cerdo degollado, o la madre que huele la bombacha de su hija en el «El ojo». ¿Por qué escogés este camino narrativo de incomodar bastante al lector?
LILIANA: No pienso demasiado en tratar de incomodar al lector. Para mí la escritura es una forma de indagar en aquello que me perturba o incomoda a mí. No sé escribir sobre algo que no me desafía. Las situaciones de vergüenza, incomodidad, terror, las que no comprendo, son las que quiero entender cómo funcionan, conocer el mecanismo detrás de eso. Digamos que esos detalles que mencionas, detalles perturbadores e inquietantes, para mí no son solamente trucos para impactar sino que tienen algo que habla de los personajes y de su estado mental o de un orden de cosas que a mí me resulta interesante explorar. Sobre la madre que huele la bombacha de su hija, yo estaba pensando en ese tipo de represión sexual y también de alienación de nuestro propio cuerpo que impone el catolicismo, y que lo tengo muy presente porque fui a un colegio católico donde todo lo que estaba relacionado con el cuerpo era pecado. Estaba primero la prohibición del sexo. Si una chica se embarazaba que ni se le ocurriera abortar y que tampoco se le ocurriera continuar con sus estudios porque era un mal ejemplo para las demás. Entonces la expulsaban. Ese tipo de horror al infierno, de la presencia de Dios como un ojo que te está todo el tiempo mirando y juzgando porque siempre estás en falta, esa sensación como paranoica que tiene cierto lado del cristianismo, me interesaba. Hay toda una estética que tiene que ver con la sangre de cristo, el sacrificio, la muerte, etc. Con esos pequeños detalles estaba tratando de evocar esa atmosfera represiva que asocio mucho a cierto periodo de mi formación. Ese cuento tiene su lado histérico, pero finalmente cuando le agarré la vuelta me divirtió mucho escribirlo porque, así como en «La ola», quería que tuviese una parte luminosa y otra oscura. Ese cuento, que quizá sea uno de los más asociados con el horror, tiene un lado cómico para mí. Me reía mucho también cuando lo escribía. Le rindo culto a mi fascinación con las películas de horror. Fíjense que, cuando los chicos van al cine, están pasando una película de horror, donde sale la sangre y demás, todo eso era un tributo a las referencias de la cultura pop, parte de mi formación y que trato de integrar en lo que escribo. Pero, en fin, yo conocí una chica a la que su madre no le olía la bombacha, pero sí le controlaba el kilometraje del auto para ver si ella en lugar de ir a la universidad iba a otro lado antes de volver a la casa. Eso me pareció un gesto psicópata. Todo eso también entró en el cuento.
UN LECTOR: Yo entendí «El ojo» como una irresponsabilidad afectiva varonil. Como no aparece la figura del marido/padre, imaginé que la madre había pasado por ese tipo de malas experiencias con algún varón. Por lo tanto, estaba temerosa de que su hija pasase por esas mismas experiencias. Y entendí el papel de lo sobrenatural como una idea que amortigua o que funciona como una especie de tranquilizante para sobrellevar esta situación difícil del papel de la mujer en las relaciones. En general, entiendo así lo sobrenatural, como una manera de sobrellevar la muerte u otro momento doloroso, cuando te inventas una historia de que ese ser está todavía entre nosotros o de que podría volver. ¿Puede ser una interpretación válida?
LILIANA: Es interesante lo que decís. Me parece muy acertado tu comentario acerca de la figura masculina ausente o irresponsable en ese cuento, porque a pesar de que la figura masculina no está de alguna manera vive a través del rol de la madre, una madre machista que impone esas represiones a la hija. La que está trasmitiendo el patriarcado es la madre, a pesar de que el padre no está, igual se perpetua esa dinámica toxica de relación interpersonal. No sé si aquí lo fantástico aparece en un momento límite o extremo cuando algo se rompe finalmente en la chica protagonista. En «Alfredito», creo que lo fantástico actúa de una manera diferente, en el sentido de que la infancia está mostrada como un territorio más cercano a lo fantástico/mágico. Los niños tienen una relación más natural con la muerte. Son capaces de ver seres que nadie más ve, de hablar con criaturas imaginarias sin que se alteren tanto, como nos pasaría a nosotros si de pronto creemos que estamos viendo algo que en realidad no está ahí o que está muerto. Quería evocar esa relación más fluida con la muerte que tenemos en la infancia, a partir también de una experiencia mía. Cuando tenía unos diez años, un compañero al que está dedicado el cuento se murió por un ataque de asma. A mí no me había quedado muy clara la radicalidad de la muerte. Cuando veía el banco vacío que pertenecía a ese compañero, pensaba que en algún momento él podría volver. Esa finitud total de la muerte era nueva para mí. A partir de esa imagen del muerto que vuelve es que se va estructurando la parte fantástica de «Alfredito». Por eso es que me interesaba convocar esa relación más espontánea y fluida que tenemos de niños con lo sobrenatural, lo extraño, lo mágico y también con la muerte.
UN LECTOR: Hablaste de la manera en que no encontrabas el camino a seguir para la escritura de los cuentos, que te estancaste y tuviste que recurrir a otras artes. Eso es lo que me está pasando a mí. Quería escribir, pero no sabía qué. Cuando leí tu libro creo que encontré una pequeña veta.
LILIANA: Me parece que enfrentar bloqueos es algo que forma parte del proceso de escritura porque todos los escritores pasamos por esos momentos frustrantes y desesperantes, pero que a la vez son señales de que estamos queriendo encontrar un camino que todavía no nos ha sido revelado, un camino nuevo. Hay que tener confianza en que esa magia que se ha producido antes y que nos ha permitido acabar un cuento con el que estamos satisfechos, en algún momento va a volver a suceder. Hay que persistir. Lo complicado es cuando intentamos y no sale, o suena muy parecido a otras cosas que hemos hecho o simplemente no consigue tener la forma que proyectamos en nuestra imaginación. Es un momento con el que me enfrento a menudo y que exige de toda nuestra paciencia y fe para salir del embrollo. Pero eso es la escritura, la manera de tratar de encontrar y perseguir una luz en la oscuridad. Vamos siempre caminando entre las tinieblas.
UNA LECTORA: A medida que iba leyendo tus cuentos sentía esa oscuridad que rodeaba a cada uno de ellos, había un toque de miedo y de susto muy profundo. Como a los demás, también me impresionó «El ojo», esa madre omnipresente, con su manera de ser acosadora. Yo interpreté que la madre pudo haber sido víctima de una violación porque ella le decía la hija: Tú tienes la marca del nacimiento impresa en la frente. En fin, tu libro está muy bien logrado.
LILIANA: Muchas gracias a todos por leer mi libro. Gracias por sus comentarios y preguntas tan interesantes, muchas veces iluminan cosas que yo misma no he pensado sobre el cuento, como lo de la madre que podría haber sido víctima de una situación traumática y que me suena bastante. Así que les agradezco el espacio y ojalá que la próxima vez sea en persona.










¿Qué opinas?