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Una intuición desveladora

La tardecita de martes 30 de marzo de 2021, la escritora Luisa Valenzuela se reunió virtualmente con Libroclub Y, nuestro club de lectura, para charlar sobre una novela que acababa de reeditar, El Mañana. Para revivir el encuentro, compartimos la transcripción editada de la misma.

 

Al principio fueron los minicuentos. Cuando decidí ser escritor, dos décadas atrás, me volví un lector ávido de todos los libros. Pero el género que más buscaba en internet era el cuento. De Luisa Valenzuela, encontré algunos minicuentos que me asombraron por el ingenio y en especial por el lenguaje (tema-protagonista de esas narraciones breves y quizá del resto de su obra). En 2015, en una feria del libro, hallé la novela Cola de lagartija. Luego otra novela, La máscara sarda. En 2018, quisimos invitarla al Foro Internacional del Libro que organizamos en septiembre, pero ella tenía otra actividad acordada en Asunción. Cuando vino, en octubre, mantuvo algunas reuniones con escritoras/es locales. En una charló con Maybell Lebron, mi maestra, a quien le dedicó un ejemplar de El Mañana. La impresión que Luisa dejó en Maybell fue de autenticidad: parece ser una persona coherente entre lo piensa, dice y hace, una escritora que no se guarda nada. El ejemplar dedicado, Maybell terminó obsequiándome en 2019, año en que conocí en persona a Luisa Valenzuela, en un foro del libro en la Argentina. Entonces le obsequié un ejemplar de Paraguay cuenta, cuyas primeras páginas leyó en una siesta, y me devolvió la gentileza dedicándome palabras generosas en un ejemplar de la novela Cuidado con el tigre.

Durante la tarde de la dedicatoria, con el grupo que me acompañaba y con Luisa subimos al café del hotel donde nos hospedaba la organización del Foro. En la terraza, al lado de la piscina, bajo un azul opaco, con fresco de agosto, compartimos un espresso y charlamos. Recordé el discurso inaugural de la Feria del Libro de Buenos Aires que había dado y ella contó que le habían invitado para que diese el discurso inaugural de la Feria del Libro de Guadalajara (después le comunicarían que era la ganadora del Premio Internacional Carlos Fuentes a la creación literaria 2019). Cuando nos dispusimos a pagar la cuenta, Luisa nos detuvo: No, ella invitaba… o mejor dicho, aclaró, la organización invitaba… porque ella cargaría la cuenta a su cuarto.

Ese humor in/esperado y el lenguaje des/velado que la caracteriza también están presente El Mañana, historia de la escritora Elisa/Melissa que se había reunido con otras diecisiete escritoras en un barco para hablar justamente sobre el lenguaje, hasta que las detuvieron, acusaron de terroristas y condenaron al arresto domiciliario. La novela, editada en 2010, fue reeditada en 2020 con una separata, Carta de navegación, el proceso de escritura del libro. En enero de 2021, fundamos Libroclub Y, nuestro club de lectura, para leer un libro al mes y charlar con el/la autor/a. Cuando invité a Luisa, aceptó inmediatamente. La lectura de El Mañana animó al grupo y la charla con ella nos dejó una impresión de coherencia ingeniosa y lúdica entre persona y obra, y de escritora que dice lo que tiene decir. A continuación, la transcripción editada del encuentro virtual.

UN LECTOR: En la novela El proceso, al protagonista K le dicen, de golpe, que está detenido. Él pregunta por qué y solo le responden que no están autorizados a responderle y que regrese y espere en su habitación. La pregunta «por qué» atraviesa toda la novela. Una novela inconclusa, según algunas notas agregadas al libro, porque la propia idea del proceso es que nunca termine… En El Mañana hay una premisa similar: de golpe arrestan a dieciocho escritoras y la pregunta «por qué» atraviesa toda la novela, con muchas respuestas posibles y sin ninguna certeza, pero el final ya no se centra en eso, sino en el vínculo que se ha creado entre la protagonista Elisa/Melisa y el viejo Augusto y la posibilidad del reencuentro amoroso con Ómer. Es como si el porqué ya no tuviera importancia. Como si dijera: Bueno, la vida continúa. ¿Lo percibes así, Luisa?

LUISA: No sé… Pero gracias, me resulta muy interesante eso de conectar a El Mañana con Kafka y El proceso. Fascinante lo que proponés, porque… ¡qué gran escritor y qué maravillosa novela! De alguna manera algo kafkiano surge en El Mañana porque a las escritoras les plantan material incriminatorio en el barco donde ellas estaban reunidas en un inocente simposio flotante. La protagonista, Elisa/Melisa, quiere saber si en verdad algo encontraron dentro del lenguaje que resulte amenazador para el poder central. Con la relectura que tuve que hacer para las pruebas de la nueva edición, me di cuenta de cómo se podía detectar ciertas premoniciones que se fueron cumpliendo bajo el gobierno de Macri, cuando encarcelaban a sus opositores sin juicio alguno, con acusaciones que solían ser falsas (un verdadero lawfare). Entonces entendí que en la novela aparecida en 2010 había diversos elementos premonitorios. Acordate que aparece tardíamente un personaje al que a posteriori reconocí como «personaje intruso» porque me llegó sin previo aviso. Yo escribo sin mapa, y avanzado a ciegas de golpe las historias avanzan y los personajes se van armando, uno tras otro, hasta que en ciertos casos como éste aparece uno que va a cambiar el derrotero. Yo, autora, no sé de qué recovecos de mi conciencia ha surgido. En El Mañana se trata del Negro Saldívar. Él descubre que en última instancia ⸺puede ser, es una de las propuestas⸺ el golpe fue dado por uno de esos grupos paramilitares que reciben subsidios para arrestar terroristas. En este caso los paramilitares no se toman la molestia de buscar terroristas sino que los crean, y es así las inocentes escritoras de simposio quedan expuestas como terroristas y ellos, tranquilos, cobran el subsidio. Esa era una de las posibilidades, pero por otra parte puede que ellas sin notarlo, hayan develado algo en el lenguaje femenino que les resulte amenazador a los poderes de turno. Como era una novela digamos distópica, la acción sucede en futuro que fue remoto mientras la escribía, pero que se cumplió de alguna manera durante el gobierno neoliberal entre 2025 y 2019.

UN LECTOR: Hay una línea de la novela que es muy interesante: «Hay que desaplicar las grandes certezas.» Algo así más o menos dice. La pregunta «por qué» está presente en toda la novela justamente por eso, porque cuestiona todas las certezas dadas o impuestas.

LUISA: Porque no hay certezas en la vida. La única es la muerte que por su parte te impide toda certidumbre. Y toda novela es siempre un campo de reflexión y, en este preciso caso, de conjeturas.

UN LECTOR: La interrogante que tengo es: ¿con cuál de los personajes te identificás más o cuál de los personajes tiene más cosas tuyas? Si es que ese es el caso.

LUISA: Creo que una reparte un poco sus ideas y anécdotas personales en todos sus personajes. Pero por lógica la protagonista quizá sea el personaje con quien más me identifico. Porque es una escritora que se plantea preguntas que son las mías. Y se enreda en temas que no son míos pero que podrían serlo. Lo que sí pienso es que tengo personajes masculinos muy queribles en esta novela. Son personajes masculinos con sus trampas, aunque no tanto. Ómer el protagonista me encanta. Y casi tanto como Ómer me encanta el Viejo de los Siglos. Es lindo escribir sobre gente que a una le cae muy bien sin proponérselo. Y el Negro Saldívar, que entra de refilón, prepotente, y machirulo como decimos en mi país, también tiene lo suyo. Me divertí mucho con él. Pero hasta ahí llego en materia de identificaciones, porque mis novelas nunca son autobiográficas.

UN LECTOR: Sí, Ómer es un personaje entrañable, y Augusto el Viejo de los Siglos también. Pero un personaje no tan entrañable es Estaban, el hacker. Es un personaje poco querible.

LUISA: Pero simpático. Es un pícaro, sí. Tenés razón. A él no lo consideraba entre mis personajes entrañables. Aunque tiene su humor y a mí me parece un personaje simpático.

UN LECTOR: Un humor muy porteño y provocador. Por ejemplo, cuando Rosalba le cuenta que encontró algo de George Steiner «que quizá encierre una clave», él le responde: «Nada de lo que haya dicho ese viejo petulante puede ser útil…»

LUISA: Pero quiere a Rosalba, la cuida. Y tiene esa obsesión. Es un hacker, se quiere meter en todo. No me pregunten de dónde vienen esos personajes, porque eso es lo que yo no sabría contestar. Salvo Ómer: tuve un alumno israelí que fue militante, no creo que del Mosad, pero estuvo en la guerra de Israel. Un poco tomé de él la historia del amigo muerto y el personaje del filósofo. Pero después no sé por qué me salió tan amoroso Ómer, tan linda persona.

UN LECTOR: Muy reflexivo, con semejante historia. Y también las mujeres, sus amantes, lo enaltecen como un tigre… Es un hombre completo.

OTRO LECTOR: En una parte donde están tratando de deducir por qué fueron arrestadas, el portero dice que ha de ser por algo que escribieron y que, por suerte, «yo en mi casa no dejo que entre ningún libro». Qué es lo que hacen los libros. Porque realmente, en tiempos de dictaduras, ¿quiénes son los exiliados? Los escritores. ¿Qué tanto poder puede tener un libro?

LUISA: Tenés razón, el poder del libro es hacerte pensar. Te cuestiona. Yo creo que ahora es un momento muy importante para defender el libro. Con todos los tuits y todas las mentiras que circulan libremente y la gente las cree porque no han aprendido a reflexionar. No han aprendido a sopesar el lenguaje. Un buen libro te enseña a sopesar el lenguaje. A tener empatía. Te identificás con personajes que a veces no tienen nada que ver con vos pero te interpelan. Tu espíritu se enaltece. Cuando aprendés a leer, cuestionás a quienes te dicen que son dueños de la verdad. Sabés que hay decenas de preguntas. Que hay un montón de matices para ver las cosas. Que el lenguaje dice mucho más de lo que creés. Que a menudo cuando te están diciendo una cosa en realidad piensan inconscientemente otra… Si vos no te dedicaste a los libros y a la buena literatura, vas a creer aquello que reafirma tus convicciones aunque sean erradas. Toda esa gente que reproduce noticias indemostrables no se cuestiona si son verdaderas o no. Sin ir más lejos, hay quienes afirman que con la vacuna rusa te inyectan un chip para conocer todos tus secretos. Es una cosa de locos. Pero no se dan cuentan que el chip ya existe. Está en tu tarjeta de crédito, en tu tarjeta del subterráneo, en todos lados. Eso lo entendés si reflexionás un poco, cosa que los buenos libros te enseñan. Un buen libro te abre la cabeza, te permite sopesar los temas desde diversos ángulos. Por eso los personajes de mi novela se preguntan, esa es su función: indagar desde distintos puntos de vista para llegar a una conclusión. En cambio, los grandes poderes no quieren que pienses por cuenta propia. Pretenden llenarte la cabeza con lo que ellos quieren que sepas. Así que sí, el libro es peligroso, no hay duda. Por eso aliento y aplaudo este club de lectura. Cada uno tendrá su opinión y lo verá desde otro ángulo. El libro revive cada vez que es leído.

UN LECTOR: Somos lectores, somos peligrosos, Luisa.

LUISA: Sí, somos peligrosos. Adelante con el peligro.

UNA LECTORA: Todo lo que leí de vos es tan orgánico, fluido, una prosa tan trabajada, que parece que El Mañana es el barco que se va yendo. Pero al leer la Carta de navegación me doy cuenta de todo el trabajo que implicó el desarrollo de esta novela. Y tengo una consulta. En un momento, decís que tenés un bloqueo y que la historia que empezó siendo de una escritora en el encierro se convirtió en otra, con más personajes que se fueron uniendo. Y hablás de las imposiciones caprichosas. Entonces, mi pregunta es: ¿cuál es el límite entre el proceso de los personajes que van hacia cierto destino y las imposiciones caprichosas?

LUISA: Lo que me pasó, por eso las llamé imposiciones caprichosas, es que interrumpí demasiado la novela. No sabía por dónde ir, porque en ese período (que duró inconcebibles siete años) escribí otros textos y me ocupé de mil otras cosas, y viajé mucho. Me resultaba arduo tratar de recuperar el hilo de la historia cada vez que volvía a ella. El hilo se me escapaba. Para pescarlo fui escribiendo distintos acercamientos que después no me sirvieron, pero resultaron ser una forma de ejercicio, como quien hace escalas en el piano para ir ablandando la mano en busca del camino. Creo que este es el drama de escribir sin mapas. Si tenés un mapa no te perdés: en el primer capítulo va esto, en el siguiente tal otra cosa. Pero te morís de tedio. Yo no sé escribir así. Muchos escritores lo hacen y lo hacen maravillosamente bien. Yo me aburro. Entonces tengo que dejar que la historia fluya y se manifieste por cuenta propia. Hay una pregunta que me vengo haciendo desde hace años… Aunque encuentro teorías, respuestas, ninguna es demasiado convincente. La pregunta es ¿de dónde vienen las historias? Cuando estás escribiendo bien, cuando no entran esas «imposiciones caprichosas», sentís que te la están dictando, o que la estás viendo, y no puede suceder de otra manera, aunque no te guste lo que va aflorando. Es eso lo que vale. En ese momento no son caprichosas, sino imposiciones necesarias. Ahí es donde está la valentía de seguir y dejarte llevar y ver dónde se destraba el nudo en el que te has metido. Porque te vas metiendo en un nudo tras otro. Cuando escribí Cola de lagartija, mi novela más barroca, me metí en cada lío que asustaba: Ya no salgo más de esto, me decía. Pero seguí escribiendo y fui saliendo de cada uno de esos líos. Nunca corté el hilo. Seguí escribiendo. Escribí en los colectivos, en los ascensores, en cualquier cuaderno, y así iba fluyendo la novela. En El Mañana corté tanto el fluir que tenía que encontrar de nuevo ese cause, ese curso de agua que es la historia. Y sentís que es una imposición caprichosa cuando la respiración de la novela no responde. Yo sigo un ritmo. Tengo que encontrar ese ritmo que a veces varía, se modifica de acuerdo con los personajes. Pero es el ritmo que quiere ser narrado a través de mí. Es muy raro. Lamento tener que ser tan abstracta. Por ahora no tengo una respuesta más clara.

UN LECTOR: En una novela que publicaste en el año 77, Como en la guerra, narraste una sesión de tortura, tristemente una constante de aquella oscura época de Latinoamérica. Esa parte fue censurada. ¿Cómo influyó ese acontecimiento en tu vida y tus posteriores escritos?

LUISA: Había escrito esa experiencia de tortura, titulada Página Cero, pero estábamos en plena dictadura y resultó prudente suprimirla.  Yo acepté. No fue algo que hiciera la editorial ⸺que había contratado el libro más de un año antes⸺ a mis espaldas. Poco después del aciago golpe de 1976 había aparecido mi libro de cuentos Aquí pasan cosas raras, sobre la época de López Rega y su Triple A. Pero cuando iba a salir Como en la guerra, ya la dictadura estaba instalada y se tenía miedo. Entonces un gran poeta, Alberto Girri, y Enrique Pezzoni, estupendo crítico, director literario de Editorial Sudamericana, a quienes yo respetaba mucho me aconsejaron hacer pequeños cambios, sobre todo retirar la Pagina Cero que oficiaba como especie de epílogo puesto al principio. Yo acepté. Lo curioso fue que quedó en el índice, pero nadie lo notó. Total, con ese nombre… Después pulimos ciertas palabras urticantes, los gendarmes se transformaron en guardias, pongo por caso. 

Pero esa experiencia de autocensura posteriori no hizo más que acicatearme para escribir a fondo sobre la tortura. Fue así como nació el largo cuento «Cambio de armas» que una vez completado no me animé a mostrar ni a mis mejores amigos por miedo de meterlos en peligro. Un conocimiento prohibido, de eso no se hablaba…  por eso decidí radicarme por un tiempo, que acabó siendo más de diez años, en Nueva York cuando me invitaron como escritora en residencia en la Universidad de Columbia.  Allí pude seguir explorando esa veta y completé el libro que lleva el mismo título y que apareció primero en USA en castellano y en México, y tardó muchos años en ser publicado acá [Argentina]. Por lo tanto la censura no me detuvo, me acicateó, pero me llevó a otras latitudes concretas.

UNA LECTORA: En un taller de escritura, comparábamos a la autora de la novela, a usted, con una compositora de sinfonías, en cuanto al uso de los recursos metalingüísticos, porque logra tanto, como marcar el ritmo y la intensidad de las emociones… ¿Esto es posible en textos breves, como en cuentos?

LUISA: En lo que respecta al cuento, se podría pensar en un concierto de cámara, un cuarteto. O, si es muy breve, vendría a ser como un solo de guitarra o de piano. La comparación musical es muy atinada porque todo es cuestión de ritmo y de la respiración, que en la escritura son absolutamente necesarios para llegar más allá de lo que se está contando. El ritmo crea un clima, te lleva a otro lado, te da el sabor de las cosas, la musicalidad de la escritura. Es lo que yo sigo y persigo cuando estoy escribiendo. Cuando pierdo ese ritmo pierdo la historia. Me hiciste asociar con un caso que narra este gran neurocientífico, Oliver Sacks, en un libro maravilloso titulado El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Precisamente ese caso neurológico es el de un hombre que perdió totalmente el contacto con la realidad. Ve todo, oye todo, tiene las palabras pero no entiende nada, mira los objetos pero no sabe para qué sirven. Está totalmente ido. Ha perdido la capacidad de simbolización. En la consulta, ese genio bonachón que supo ser Oliver Sacks le propone a la mujer del paciente ir a tomar el té a su casa. Al llegar, Sacks le muestra al hombre una rosa. ¿Qué es esto? le pregunta. Es un tallo verde largo con una cosa roja espiralaza en la punta, responde. El paciente no logra identificar objeto alguno. Frente a la mesa, observa todo sin entender, hasta que de golpe empieza a tararear en voz baja y entra en contacto con el mundo circundante, toma una tostada, le pone manteca, le pone mermelada, se sirve el té, le pone azúcar. Impecable. Él supo ser músico, le explica a Sacks la señora; cuando encuentra un ritmo toma contacto con la realidad y actúa normalmente. Cuando pierde el ritmo, se pierde… Yo siento que me pasa algo similar en la escritura. Pierdo el ritmo, me voy desorganizando. Pierdo el ritmo y no avanzo. Invento escenas, pero suenan falsas, no son las escenas que la historia reclama.

UN LECTOR: Onetti hablaba de eso. Si por alguna razón debía pausar la escritura de una novela, le costaba mucho retomarla porque el tono y el ritmo iniciales ya no eran iguales.

LUISA: Georges Simenon, el famoso escritor de policiales, creador del célebre comisario Maigret, cuando tenía un argumento se encerraba en su taller durante diez días y escribía de corrido. Si le agarraba un resfrío o algo lo obligaba a interrumpir el flujo, no le quedaba más remedio que tirar todo a la papelera porque ya no sabía más cómo seguir. Las suyas son novelas de misterio perfectamente estructuradas. Como si hubieran sido largamente pensadas. Ese fenómeno extremo lo entiendo, pero es muy difícil de explicar. ¿Dónde yacen esas complejas historias que van aflorando sin el más mínimo plan previo?

 

 

UNA LECTORA: Leí Cartas de navegación. En una parte dice: «Estar en novela». Tu estado en novela, ¿verdad? Hablás de las falsas propuestas para retomar el hilo. Cuando perdés el hilo de la novela, ¿cómo reconocés esas falsas propuestas? Porque mencionás que cuando hay una solución venida de afuera, por más que sea ingeniosa o poética, hay que descartarla sin piedad porque es falsa. ¿Cómo reconocés una falsa propuesta cuando querés retomar el hilo?

LUISA: Lo falso rechina aunque sea una idea inteligente. Suena desafinado. En primera instancia los párrafos parecen impecables, pero a releer lo escrito al día siguiente ya no me gusta más. Es como si se colara algo que no pertenece a esa trama secreta que vamos pescando paso a paso. No sabría explicártelo pero lo capto, lo percibo casi como una incomodidad física, un sonido extemporáneo. Son percepciones que van más allá de las palabras. Hay un metalenguaje que estuvo circulando y corresponde retomarlo, sin trampas.

UNA LECTORA: En el trayecto de escribir este libro, siete años, ¿tenías gente de confianza, compañeros, compañeras, que leían tus escritos y que te ayudaban a descartar esas falsas soluciones? ¿O fue un trabajo solitario?

LUISA: Fue un trabajo en solitario. Generalmente trabajo en solitario porque no sé depender de otros. Pero hubo una breve excepción cuando escribí La travesía. La protagonista no tiene nombre, lo recupera recién al final de la novela porque se trata, en el fondo y tras múltiples y variados acontecimientos, de una travesía hacia la propia identidad. Y el nombre que le puse es el primer nombre de una escritora amiga y el apellido de otra; escritoras que me alentaron en ese proceso. A veces el simple hecho de leerle a alguien unas páginas, de leer en voz alta, actúa como tabla de resonancia para retomar el ritmo. A La travesía la llamo mi autobiografía apócrifa. La historia de la protagonista no tiene nada que ver conmigo, pero los personajes de artistas que la acompañan en su recorrido tienen nombre y obras reales. Pero generalmente para mí escribir es un trabajo solitario. Así me gusta, porque estoy hurgando en algo que desconozco. Hay un consejo que le repito a quienes empiezan a escribir ficción. Lo daba la brillante y muy original escritora norteamericana Grace Paley a sus participantes del taller: «Escribe sobre lo que no sabes que sabes». Partiendo de esa base, podés avanzar por zonas remotas, desconocidas y maravillosas.

UN LECTOR: ¿Cómo construiste los personajes de El mañana y las escenografías? Me llamó la atención el caso de Rosalba que se va volviendo ciega y que en un momento que está en una charla con otras mujeres, el narrador textualmente dice: «Ella trata de descifrar texturas en las voces, inflexiones». Cuando lo leí me dije: Pero esto es algo tan íntimo de una persona ciega. ¿La escritora conoció a una persona ciega o salió de su imaginación?

LUISA: Tuve una amiga ciega, una antigua compañera de colegio con quien me reencontré mil años después. En su infancia había sido perfectamente vidente… Voy a contar una anécdota. Cuando Carlos Fuentes venía a Buenos Aires con Silvia Lemus, su mujer, solía pedirme que fuéramos a una milonga. Yo averiguaba dónde se bailaba en serio, lugares medio secretos, sin turistas. Suele ser en algún club de barrio donde la cancha de básquetbol se adapta a las circunstancias. Allí se encuentran los y las tangueras de alma. Cierta noche, en una de estas milongas, se nos acercó un hombre para ponernos en ambiente. ¿Ven esa muchacha allá, muy mona, impasible? Es ciega. No la podemos cabecear como sacamos a bailar a las otras, de lejos, para no correr el riesgo del rechazo evidente. A la cieguita no la podemos cabecear, pero ella es muy amable y siempre acepta. Baila con todos y baila muy bien…Yo olvidé el asunto, pero años más tarde recibí una llamada sorprendente. La interlocutora me preguntó si yo era la escritora, dijo llamar para agradecerme, no entendí nada. Vos llevaste a Carlos Fuentes a la milonga y él escribió de manera amorosa sobre la cieguita, agregó. La cieguita de la milonga soy yo, tengo retinitis pigmentosa como Borges, me fui quedando ciega con los años, bailar el tango me devuelve mi noción de espacio. Fuentes lo captó y escribió al respecto en su último libro titulado En esto creo. Un matutino había reproducido un fragmento y allí se encontró ella, y me encontró a mí que había llevado al gran escritor a esa precisa milonga. La cieguita se llamaba Rosalía Fuentes (todo está interconectado), escribía muy buenos cuentos eróticos, murió varios años atrás sin saber que me había inspirado un personaje muy especial, valiente como ella.

UN LECTOR: Me gustó muchísimo la novela, sobre todo los diálogos y las interacciones entre los personajes. Más de una vez me arrancaron una sonrisa por el ingenio, por la inteligencia. Me encantaron. Te quiero preguntar si tenés algún proceso o consejo para lograr diálogos o interacciones así.

LUISA: Ojalá lo tuviera. Te lo daría con todo gusto. Sólo te puedo recomendar que leas mucho, que afines el oído, que escribas con toda libertad. Yo creo que lo único es vale es el coraje.  Animarse al gran salto y sentirse libre de trabas. En lo personal soy mucho más inteligente escribiendo que hablando. Soy bromista, tengo un sentido natural del humor, pero dar conferencias… eso me liquida. No me gusta nada. Los diálogos los oigo, me los invento. No tengo fórmulas. No fui a la universidad. No estudié literatura. Me crié con escritores, es cierto. Escuché muchas conferencias y en Nueva York fui profesora universitaria, por sorprendente que parezca. Pero fórmulas no tengo. Además, si las tuviera y las compartiera no te servirían. Te pediría que no las siguieras. Porque cada uno tiene que encontrar su diálogo propio, su forma de interactuar por escrito.

Pienso en los Mandamientos de Borges, recuerdo un par que pueden resultarles útiles: 16. No hay mandamiento que no pueda ser infringido, y también los que digo y los que los profetas dijeron. 34. Busca por el agrado de buscar, no el de encontrar.

UN LECTOR: Cómo ingeniarse, cómo contagiar el humor… ¿Es posible?

LUISA: Yo nací con eso. Hice un juego de palabras cuando tenía dos años y medio. Mi madre era escritora y tenía mucho humor. Es decir, también lo mamé desde chica. Pero tiene sus riesgos, te puede llevar a abismos increíbles. De golpe, mientras estoy describiendo situaciones atroces, sobre la tortura para poner un ejemplo, me pesco anotando un chiste. Muchas veces debo borrarlo por estar tan fuera de lugar, pero otras veces lo dejo. Es el alivio cómico que te permite seguir buceando en las profundidades del horror. 

UN LECTOR: Una de las cosas que noto es que tu lenguaje es como una simbiosis entre lo culto, lo coloquial y también lo académico, que está presente ocasionalmente para aclarar que sí sabes de lo que estás hablando. Esto sí está en El Mañana. En el caso de la primera persona de Elisa/Melisa es muy notorio. Da una sensación de oralidad. Esa simbiosis y esas frases, esas fórmulas coloquiales que aparecen en algún que otro momento. También la dosis de humor que es una constante en gran parte de la novela. ¿Eso es algo que naturalmente fuiste pensando? ¿Usas lo coloquial de forma adrede, como dijiste, para que no sea tan densa la narración? Sé que tuviste un vínculo especial con Cortázar. Lo menciono porque es algo que he notado también en él.

LUISA: En ese sentido Cortázar es maestro. Pienso que nos unió la Patafísica. Esa digamos escuela de pensamiento me resulta muy familiar, y más aún debe de haberle resultado a Cortázar. No tomar lo serio en serio es una de las principales consignas de esa «ciencia de las soluciones imaginarias». Cuando algún personaje avanza con un discurso muy serio siento la necesidad de darle aire. Es cosa de la personalidad de cada cual. Pero les recomiendo echarle un vistazo a la Patafísica, esa invención de Alfred Jarry quien a principios del siglo pasado escribió Gestos y opiniones del doctor Faustroll, patafísico. La Patafísica le abrió las puertas al movimiento Dadá y más adelante al famoso Surrealismo. La Patafísica, a decir de Faustroll, va más allá de la metafísica así como la metafísica va más allá de la física. Es la ciencia que invita a percibir el mundo complementario, las excepciones en lugar de las reglas y que sobre todo (repito) no toma lo serio en serio. Es el gran salvavidas, estimula el pensamiento lateral y es la apertura a ese invalorable remedio, la risa

UN LECTOR: Permite una lectura más ágil, también.

LUISA: Permite meterte en temas muy duros, muy pesados, porque tuviste un respiro. El teatro Noh de Japón, por ejemplo, es un teatro densísimo. De gestos súper lentos, forzados, hieráticos. Los músicos están ahí con los tambores, taaan taaan… Y dura horas. De repente viene una interrupción y aparece una breve pieza de teatro cómico, el Kyogen. Es un respiro, un interludio. Como una limpieza de la cabeza para volver a lo hondo.

UNA LECTORA: Me llamó la atención que en un momento la protagonista dice: «Yo no soy feminista». Sin embargo, tiene algunos discursos interesantes. Por ejemplo, Ómer está colocando algunas cosas y ella le pregunta qué estás haciendo, y él le dice: «No, mejor que no sepas». Es como si le dijera: Calladita te ves más bonita, una cosa así. ¿Por qué esta personaje no se asumió como feminista? ¿No pensaste en presentarla como tal?

LUISA: Esto debo confesar: El mañana es sin lugar a dudas una novela feminista. Pero yo no quiero el encasillamiento. Ningún encasillamiento. Soy de izquierda, pero no quiero que me digan izquierdista. Soy feminista, pero no quiero que me encasillen. Sí creo en el feminismo. Peleé y peleo desde el feminismo. También es cierto que ahora hay muchos feminismos, un reconocimiento de la multiplicidad que alienta el acercamiento a las diversidades, cosa que también me resulta muy importante. Muchas feministas no quieren saber nada con las diversidades. No quieren saber nada con las travestis, las transexuales. A mí me parece que eso es irse encerrando. Nada que cierre puertas me interesa. Creo que hay que abrirlas. En ese sentido sí soy feminista. Feminista de la apertura. No creo que el hombre sea un rival ni que debemos igualarnos a él. Aspiro a la equivalencia. El hombre es una persona con la que quiero dialogar a la misma altura. Cuando alguien me dice que es mejor no saber, lo mando al carajo.

UN LECTOR: Hay algo que me ha llamado la atención en muchos escritores: cómo personifican al personaje que están narrando. En un capítulo de la novela, Elisa delira. Habla ella, habla Juana [Azurduy], habla ella, habla Juana, el pasado [de Juana] y el presente [de Elisa] se mezclan. ¿Es algo que consideras que pasa? ¿Que te involucras tanto en el personaje hasta el punto de delirar como Elisa-autora/Juana-personaje?

LUISA: Yo creo que Elisa llega a un delirio más agudo, digamos, porque sus circunstancias de encierro y despersonalización son extremas. Nunca he experimentado algo parecido. La verdad que en los años 80 yo estaba investigando para escribir una sólida novela sobre Juana Azurduy, personaje para nada conocido en ese entonces, pero Pacho O’Donnell me ganó de mano. Creo que en El Mañana lo fui colando para que la protagonista tomase la decisión de salir. No sé por qué me metí en ese delirio. Es interesante tu pregunta. ¿En qué medida se queda una como medio atrapada en un personaje?

UN LECTOR: En el Paraguay, una de las anécdotas que más se repiten en nuestro mundillo literario es cómo Roa Bastos, mientras escribía Yo el Supremo, se convertía en el Supremo, según la gente que entonces lo conocía.

LUISA: Puede ser. Lo que pasa es que no se puede saber en qué medida… Es muy probable que los de afuera lo hayan percibido y Roa no. ¿En qué medida lo percibió él? Debe haber habido algo así como una identificación maléfica. Son riesgos que se corren, pueden resultar estimulantes.

UN LECTOR: Sobre la cuestión de la literatura antes de las redes virtuales, antes de esta adicción loca que tenemos con los celulares, y hoy. ¿Hay una diferencia en la recepción de las novelas?

LUISA: No sabría qué decir. La pandemia cambió bastante esa ecuación porque nos dio tiempo para leer, para escribir. Pero las cosas del celular, las historias inmediatas y las boludeces que te mandan por esas vías, te atrapan, ¿no? Hay un gran peligro en esa inmediatez. Por eso yo creo que es tan importante la conciencia de la lectura. La lectura de verdad. No una cosa inmediata que te llega por teléfono, colmada de noticias falsas y de espurias manipulaciones políticas.  Lo que disfruto en las redes en este momento son los toques de humor, canciones como las de RS Positivo o las de Ignacio Copani.

UN LECTOR: Noto un simbolismo en los espacios donde sucede la novela. Primero está el barco: en el agua, alejado de la tierra. Luego el piso trece: la altura. Y al final, el bajo, como decimos en Asunción, la Villa Indemnización. Cuando está ahí, la protagonista se pone a trabajar como los demás. La labor intelectual ha quedado en el piso trece. En la villa tiene que colaborar, ser parte de la comunidad. Esto me recordó a Loa a la tierra de Byung-Chul Han. En algún momento, él se puso a trabajar la tierra y escribió el libro como un recordatorio de que necesitamos volver a la tierra. Parece haber una asociación entre lo que pasa al final de la novela y lo que propone el filósofo. La vida no se trata solamente del mundo intelectual desapegado, en un alejado barco o en la altura de un piso 13, sino de compartir con la gente, trabajar con las manos. ¿Es algo que tuviste en cuenta?

LUISA: Qué buena pregunta. Pensá que escribí este libro hace más de doce años. No lo tuve en cuenta. No tuve nada en cuenta. Porque no pensé en la diferencia de los espacios, arriba, abajo. Se dio. Así que me encantaría que escribieran un breve paper sobre eso, y lo de El proceso, sobre todo lo que ustedes fueron deduciendo. De eso se trata la lectura. Ustedes van a descubrir elementos simbólicos que el autor o la autora ni pensó, pero que están en el trasfondo. A veces una descifra el subtexto, pero no debe engolosinarse con eso ni intentar reforzarlo. Yo si me propongo algo así arruino mi texto. Pero me encanta la devolución que me están brindando, mirando el libro desde otras perspectivas, dándole nueva vida. Y les agradezco de alma.

Dos días después del encuentro virtual, recibí un mensaje de Luisa Valenzuela en el correo electrónico, que considero pertinente agregar: «Me encantó la charla. Tienen ustedes un grupo estupendo. Bravo. Acá les mando una cita del escritor y pensador francés Edmond Jabès que resume, crípticamente, lo siento, lo que yo intenté decirles: “No es el escritor quien posee la clave del texto, tampoco la posee el texto tal y como se ofrece en su lectura, sino aquello que no se ha dejado encerrar en la palabra”.» 

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