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Un guerrero del Paraguay

En la revista Fray Mocho N.° 268, del 15 de junio de 1917, en la sección «Personajes populares argentinos», fue publicada esta postal sobre don Solano Herrera, «tal vez el penúltimo guerrero del Paraguay que ha quedado en la Rioja».

Don Solano Herrera, tal vez el penúltimo guerrero del Paraguay que ha quedado en la Rioja, ha venido «traído por las máquinas» desde el departamento de Aimogasta, la patria de las aceitunas y el patay, perseguido por la crisis y, por cierto, en venturas procurando. Pero como el destino se entretiene en cambiar nuestras esperanzas, al llegar a la capital de la provincia le ha sucedido lo que a «Luz del día» de Alberdi, quien encontró a la América inundada de ciertos caracteres de que venía huyendo del viejo mundo, pues don Solano fue sorprendido por la crisis que le esperaba ufana hacia largo raro. Cargó de nuevo su lingeria en el paciente asinello con gran resignación —que al fin y al cabo quien va tras del asno se habitúa a su paso— para dirigirse a Buenos Aires y exigirle al presidente que se encargue de su menguante humanidad, ya que fue un servidor de la patria en grado heroico y hoy pasa la vida con un estoicismo en grado superlativo; no siendo difícil le vaya bien, por aquello de que más vale llegar a tiempo que rondar un año.

Don Solano pacede de una sordera completa a causa del estruendo del cañón y no tiene pensión nacional, viviendo como Dios le ayuda, pobre pero honrado, si acaso el pobre puede ser honrado, según el desconfiado Cervantes. La provincia le da una pensión de quince pesos que en el año pasado fue disminuido a doce por un secreto de economías, pero este año no recibe nada. La disminución, sin que haya un sínque ni pórque, como dice don Solano, le produjo el derrumbe de la paz de su hogar, porque él pensó que se trataba de un derroche de la Martina, su esposa, quien murió negando el perdón a su marido por semejante ofensa.

Don Solano viste algo así como el «castellano viejo»: con una chaquetilla no muy al cuerpo, unos pantalones no muy negros y una camisa no muy blanca. Tiene más de ochenta y cinco años de edad y a pesar de esta gran perfomance, refiere todavía con alguna precisión las penurias de la guerra —como que la letra con sangre entra—, pero para conocer algún episodio de su vida, es necesario dejarlo referir todo, desde el principio hasta el último detalle, ni más ni menos que seguir el desarrollo de una cinta cinematográfica y secar después el fragmento desnudo, porque es imposible hacerle entender una pregunta.

Como el loro de la historia, conserva todavía algunas posturas del arte militar, sobre todo cuando don Solano quema la yerba con sarmientos encendidos… Repite voces de mando, manejos de fusil o se cuadra la mano a la altura de la visera, exclamando al mismo tiempo: «¡Cúagrese, que están tocando el hino

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