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Un fuego obsesivo

La tardecita del lunes 31 de mayo de 2021, el escritor y cineasta Guillermo Arriaga se reunió virtualmente con Libroclub Y, nuestro club de lectura, para charlar sobre el último libro que había publicado hasta entonces, Salvar el fuego, premio Alfaguara 2020. Para revivir el encuentro, compartimos la transcripción editada de la charla.

 

En la frontera entre los siglos XX y XXI, cuando aún era más cinéfilo que lector, un cinéfilo que iba a los videoclubes todos los días, alquilé una película que entonces ya se presentaba como de culto: Amores perros. Quedé tan impresionado que invité a mis amigos para volver a verla con ellos. Descreídos del cine latinoamericano, quería que también quedaran impresionados. Era la demostración de que el cine de la región podía contar una buena historia que atrajera y mantuviera atento al público. Magnífica recepción… opacada cuando uno de los amigos dijo que se parecía a Pulp Fiction. Amores perros no tenía nada que ver con Pulp Fiction, sino con la literatura. Lo vi claramente en 21 gramos, cuando el personaje de Sean Penn recitaba versos de un poeta a la personaje de Naomi Watts, con quien por cierto ya venía fantaseando desde Mulholland Drive. Entonces, el poemicida de mi adolescencia aún vivía en mí, y en una cita que tuve se me ocurrió actuar como el personaje de Sean Penn y me puse a hablar como poeta, pausada, sensiblemente, a la Naomi que tenía enfrente. Le dije, tal como en la película: «Hay un poema de un escritor venezolano que empieza:

La tierra giró para acercarnos,

giró sobre sí misma y en nosotros,

hasta juntarnos por fin en este sueño».

El efecto inmediato fue similar al de la película, pero por suerte no se encaminó ni mucho menos finalizó como en la película. En ese momento supe que detrás de 21 gramos y Amores perros, además de un buen director, estaba un buen escritor. Poco después, Babel se volvió una experiencia memorable en una sala de cine. En esos años, también vi Los tres entierros de Melquiades Estrada, película con la que reconocí el nombre y apellido del maestro antecesor, no solo de Guillermo Arriaga sino de la literatura latinoamericana: William Faulkner.   

Antes de poder leer los libros de Guillermo, vi la primera película que dirigió: The Burning Plain, Fuego, protagonizada por otra fantasía compartida: Charlize Theron. Luego, gracias a la literatura, pude viajar y comprar las novelas que no hallaba en el Paraguay (en internet, solo había podido leer algunos cuentos breves). En un viaje encontré Escuadrón Guillotina, hilarante. En otro, El búfalo de la noche, densa. Un dulce olor a muerte, violenta, me la obsequiaron. En estos últimos años, El Salvaje y Salvar el fuego, novela que primero leí en digital (y recomendamos en Revista Y) y para esta charla en papel.

En 2014, con el director de una carrera de cinematografía invitamos a Guillermo para que viniera al país. Entonces lo encontramos en plena escritura de El Salvaje. Este año, por fortuna, se dieron las circunstancias para contar con él en esta charla virtual.   

GUILLERMO: Muchas gracias, Sebastian. Solo quiero advertir algo: me van a invitar al Paraguay sí o sí. ¿Okay? No crean que esto les salva de que vaya yo al Paraguay.

UN LECTOR: Cervantes y el Quijote no suelen estar entre tus autores y obras citadas. Sin embargo, yo veo un tema fundamental del Quijote como el gran tema de Salvar el fuego. Es una de las frases más citadas del Quijote, cuando dice: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». La cita suele terminar ahí para simplificarla, pero el Quijote hablaba de la libertad en un contexto: «por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido». La cita tan citada habla específicamente de haberse liberado del castillo, de la abundancia, del cautiverio que toda esa riqueza se había vuelto. Y me parece que es el tema de Salvar el fuego. Lo digo por el manifiesto inicial y las tramas de Marina y JC: Marina, en el cautiverio de la riqueza; JC, en la libertad de la cárcel. Paradoja extrema que suele estar presente en tu obra. ¿El Quijote fue un antecedente consciente? ¿O tuviste otra fuente?

GUILLERMO: La verdad, las influencias vienen de muchos lados. Quizá la que me empujó a hacer esta novela fue una carta que recibí de un preso de una cárcel brasileña. Él había crecido en la región gaucha del Brasil, entonces hablaba portuñol. Me dijo que era el encargado de la biblioteca de la cárcel. Recuerdo que me puso: «De la pacífica población carcelaria de São Paulo» y que estaba condenado a cincuenta años de cárcel. Dijo: «Aunque nosotros estamos aquí en cautiverio, nuestras almas son libres, y lo que nos permite la libertad es la lectura. Los libros son los que nos han enseñado a nosotros a ser libres aquí en la cárcel. Casualmente su libro, El búfalo de la noche, es el favorito de los presos. Y como solo tenemos uno, nos empezamos a pelear. ¿Podría mandarnos más?» Me impresionó mucho eso que decía que los libros les permitían ser libres. Que el libro es un acto de libertad. No sé quién me relató de una mujer de clase de alta que se relacionó con un preso. Y un tipo que yo conocí colgaba a sus hijos de jaulas cuando eran chicos. Uno de ellos acabó como asesino. Así voy juntando las piezas. Quizás mi mayor influencia sea Shakespeare más que Cervantes. Cuando yo era adolescente, a los doce años, en la escuela la materia de teatro era obligatoria y había que leer y montar a Shakespeare. También a Eurípides, Esquilo, Sófocles y a todos los dramaturgos griegos. Si hay alguna influencia por supuesto también es Faulkner, Juan Rulfo, Borges, Martínez Guzmán, Pío Baroja, Hemingway. Casi siempre las influencias que tengo son de autores americanos y latinoamericanos. Soy muy desconocedor de la obra de Cervantes. Leí el Quijote de muy joven, cuando no tenía la capacidad de entenderlo. No he estudiado a fondo las influencias de Roa Bastos, pero creo que Faulkner también tuvo algo que ver.

UN LECTOR: Escuché que hablás que uno, en su obra, en su arte, tiene que arriesgarse. Y que vos jugás a eso. Incluso dijiste que en tu próxima novela te vas a arriesgar tanto que será un fracaso. ¿Cuál fue el riesgo con Salvar el fuego? ¿Con qué te arriesgaste en esta novela?

GUILLERMO: Ya al empezar. Escribir una novela es un riesgo. Aún más escribir una de ese volumen. Pero sobre todo tratar de hacer creer que la parte de una mujer la escribió una mujer; que la parte de un malandro, un malandro; que la parte del hijo de un indígena, un indígena; y que los cuentos de los presos, pues los presos. Ese fue el riesgo, que no me creyeran. Quería que sintieran que los escritos fueran reales. Me gustaría que pensaran que lo escrito como mujer ha sido escrito por una mujer. Es chistoso. He leído varias novelas de mujeres escritas en primera persona como hombres y nadie les ha dicho nada. Pero si un hombre escribe una novela como mujer, puta, se nos pone la lupa: así si son las mujeres, así no son, dicen. Nunca una novela escrita por mujeres como si fueran hombres ha sido juzgada con tanta dureza como la que ha escrito un hombre. Entonces, ese es uno de los riesgos. Luego, una novela tan larga, porque es un cuarenta por ciento más larga que El Salvaje. Mantener el ritmo también es un riesgo. Otro, no saber para dónde iba la novela. No investigué. Todo lo inventé. Nunca he estado en una cárcel mexicana ni me puse a entrevistar a reos. Ni hago todas esas cosas que hacen los escritores serios. Simplemente me puse a inventar y creo que funcionó. Todos los cuentos de los presos son inventados, todas las descripciones de la cárcel son inventadas. Ni siquiera me puse a ver fotos de dentro de una cárcel. En la descripción del cuartucho donde los personajes van a hacer el amor, hay una cobijita de Walt Disney. Era la cobija con la que yo me tapaba en un rancho donde estaba de cacería. Puse cosas que me pasaban en la vida a esa cárcel. Además, donde crecí me tocó conocer a algunos cuantos malandros.

UN LECTOR: Me lo creí tanto que tomé algunas frases del libro para citarlas en redes y las cité como José Cuauhtémoc.

ARRIAGA: Inventé a un tipo que se llama Mark Voller, que es el que escribe todo eso de administración y liderazgo carismático y eso, y hay gente que busca los libros de Mark Voller. Inventé un poeta que se llama Edmund Duvignac, que todo el mundo cree que existe. La gente cita a Duvignac, pero Duvignac soy yo… Eso de «Lobos rondan tu cama en espera de que sueñes con ovejas» o «Águilas picotean los ojos de los ciegos hasta obligarlos a ver». Bueno, todo eso me lo inventé yo. Los pobres traductores de países donde son muy serios me están pidiendo autorización de los autores para citarlos…

UNA LECTORA: Me obsesioné con tu libro. Enloquecí a tal punto que dije en un grupo: Todos los hombres tienen que leer este libro. Éramos puras amigas al principio. Empezamos a marcar este libro. El personaje del hermano de José, Francisco, me llegó tanto. Si rescato un personaje, ese es el que me dejó así…

GUILLERMO: Yo, la verdad, no sabía que existía ese personaje. Cuando empecé a escribir la novela, quería hacer una cortita para aprovechar que El Salvaje le estaba yendo bien. Entonces aprovecho la ola, y bye. Pero cuando estaba escribiendo, dije: No, aquí no voy a poder contarlo desde un punto de vista. ¿De dónde salió? No tengo idea. ¿Por qué tiene un papá indígena? Tampoco tengo idea. Lo empecé a escribir así, como venía. Se me ocurrió y lo empecé a desarrollar. No me preguntes mucho de dónde viene. Sí he usado cosas de la vida. Obviamente. Desde el tipo que colgaba a sus hijos en jaulas hasta el padre indígena que les daba una golpiza a sus hijos. Cuando le dio un derrame cerebral, los hijos lo dejaban ahí, en la lluvia, o le daban de golpes. También conocí a alguien que se casó con un indígena, con todas las cuestiones de besarle la mano y el patriarcado que traía, que no sucede en todas las etnias nacionales. Pero pertenecía a una de esas etnias donde había que vanagloriar la figura paterna.

UN LECTOR: Héctor dice que en el arte y sobre todo en el cine no debe haber consideración. Si precisa maltratar actores, queda como anécdota. El arte trasciende. ¿Reafirmarías eso, o solo es una manera de crear conciencia, cuestionar, confrontar a una parte de la sociedad clasista y conservadora?

GUILLERMO: Yo me intento diferenciar de cierta gente con la que no comulgo. Es la gente que cree que maltratando a sus compañeros de trabajo son mejores directores. No creo que haya que maltratar a nadie, en ningún tipo de trabajo. Creo que hay que tratarlos como seres humanos y como son, compañeros. El maltrato de alguien en el set, a mí me parece espantoso. No voy a decir en quién basé ese personaje de Héctor. Pero sí está basado en gente que conozco que maltrata y dice: A mí no me importa; lo que va a quedar es lo que está en pantalla. Hay directores que hablaron en contra de eso, como Orson Welles y John Huston. Huston era alguien que se ofendía mucho por los directores maltratadores. No tiene nada que ver con la sociedad clasista y explotadora. Tiene que ver con la personalidad del que le encanta ejercer poder y control. Abusan de quienes tienen como subordinados. Lo he vivo varias veces en set de cines. Me avergüenzan esos directores que tienen que humillar a los demás.

UNA LECTORA: Sobre Francisco y su monólogo con el padre. Me resultó sorprendente esa búsqueda, esa comunicación con él. ¿Por qué buscaba una respuesta en la muerte?

GUILLERMO: Pues porque lo tiene al lado. Si tienes a tu papá al lado y no está en estado terminal, pregúntale. Creo que siempre hay preguntas que hacer a tu padre. Pero si vas a tenerlo a tu lado el resto de la eternidad, pues más vale que le preguntes.

UN LECTOR: Hay una premisa alrededor de la que giramos en un taller de escritura: es necesario ser lector de buena literatura para poder ser escritor, en lo posible bueno también. A José Cuauhtémoc desde pequeño su papá le obligaba a leer todo tipo de libros, desde diccionarios enciclopédicos hasta tomos de filosofía, autores americanos, de todo un poco. Y cuando tuvo la oportunidad de escribir en la cárcel, lo hizo bien. ¿Podrías ampliarnos esto de ser un buen lector para poder escribir buena literatura?

GUILLERMO: Para empezar, no necesariamente se tiene que ser un gran lector para ser un gran escritor. Hay grandes escritores que no han sido grandes lectores y hay grandes lectores que han sido muy malos escritores. Lo que termina por decidir lo que es un buen escritor no es que escriba bien sino que tenga un mundo. Un escritor se convierte en una especie de filtro por donde pasa la realidad, y esa realidad es reinterpretada de cierta manera. Eso es lo que hace que un escritor sea grande o no. No que escriba bien. Porque si fuera a escribir bien, cualquiera con un doctorado en literatura o corrector de estilo sería un gran escritor. Alguna vez, en una feria de libro en Bucaramanga, una maestra decía a sus alumnos: Es que no pueden escribir si no viven, si no tienen aventuras. Con lo cual no estoy de acuerdo. Se puede escribir obras maestras desde la aburrición. Jane Austen escribía obras maestras desde lo aburrida que era su vida esperando al príncipe azul. Borges no era precisamente el hombre más aventurero del planeta. Al tipo le decían Georgie de niño. Y trabajó por primera vez a los 39 años. No sé si alguien conoce bien a Borges, pero creo que perdió la virginidad también cerca de los 39. Aventurero aventurero, no era. Entonces ni la aventura ni el libro garantizan que uno pueda ser un buen escritor. Creo que es simplemente un pasaje natural de las historias por el filtro de lo que es un escritor. A Hemingway lo fue a visitar una vez un muchacho joven que quería ser escritor. Tenía muchas aventuras que contar, vida tenía, lo que no tenía era un mundo que reflejar. Ya en un ensayo de Ortega y Gasset sobre la obra de Pío Baroja, reconocía su falta de sintaxis y ortografía. Decían cómo podría ser un escritor Pío Baroja si no sabía sintaxis. Me acuerdo que decía Ortega y Gasset: No sabe si baja de zapatillas, en zapatillas, con zapatillas. Pero Ortega y Gasset dijo: Corrección gramatical la tienen todos. Un mundo lo tienen pocos. A veces ese mundo viene de las experiencias de la lectura, otras veces de las experiencias de vida. Creo que tiene que ser una combinación de muchas cosas. Uno no puede escribir a voluntad. No puedes decir: Voy a escribir una obra maestra. Puedes intentar y poner todo tu rigor, todo tu tiempo, e intentar una obra maestra. Pero nada va a garantizar que hagas una obra maestra. En ninguna de las artes. Lo he dicho siempre. Lo dije en la mañana en una conferencia para Italia. Es como un tigre, un tigre en una selva, y tienes que meterlo en una jaula. Si eres un genio, puedes llevar al tigre con la varita, pero por lo general el tigre te va a comer. O sea, va para donde quiere. Si pudiéramos controlar el arte, te prometo que hubiera ganado el Nobel hace rato. No solamente eso: vendería tantos libros como J. K. Rowling. O ser como García Márquez, que tenía quinientos millones de dólares y un premio Nobel. Todo el mundo aspira a eso. Pero no se puede controlar el arte. Entones, es algo de lo que se da cuenta Julián. Julián se da cuenta de JC tiene un mundo. Es un filtro de varias cosas. Ahora, otro de los riesgos, como hace rato me preguntaban sobre los riesgos, otro de los riesgos que tomé fue intentar que los textos de JC parecieran buenos.

UN LECTOR: Es espectacular cómo los distintos narradores lo van perfilando a través de sus acciones y pensamientos. También las cartas de Francisco hablan de él y de la historia de su familia. Al hablar del padre, perfila también a JC. Lo que creo haber encontrado es por lo menos a dos narradores concentrados en detallar lo mejor posible a ese extraordinario personaje que es JC. Y mi pregunta es: ¿esa decisión narrativa fue consciente, voluntaria, o más o menos se fue dando con el proceso de escritura de esta novela?

GUILLERMO: Se fue dando de una manera que la verdad escapa de mi entendimiento. No sé cómo la hice. Dicen que no vale la pena hablar con los escritores porque decepcionan o porque creen que tienen todas las respuestas, o porque somos muy elegantes y tenemos una organización. Lo que se me ocurría iba agregándolo sobre la marcha y lo que me pasaba en el diálogo iba metiéndolo en la novela. Tengo un perro al que le encanta el drama. Cada vez que me voy me hace un drama. Entonces me pregunté: ¿Qué pasa si se queda solo? Y escribí el cuento del perro que se queda solo y que se muere. Así es como la fui construyendo. No creo haber sabido perfectamente a dónde iba. Ni siquiera lo saben los escritores que tienen perfectamente decidido cómo van a ser sus novelas. No sé si les ha tocado charlar con escritores que tienen posters y dibujos, y que dicen así y aquí pasa esto o aquello. No se controla al tigre. Entonces para qué perder el tiempo haciendo eso.

UN LECTOR: ¿Cómo ves a un corrector y a un editor? ¿Crees que eso ayuda al escritor?

GUILLERMO: Por supuesto que sí. Uno de mis mayores placeres es el trabajo con las editoras. Cuando gané el premio Alfaguara, tuve la oportunidad de trabajar la jefa jefa, que es Pilar Reyes, y con Mayra González, en México. Me encanta la discusión con ellas porque se dieron cuenta de algunas contradicciones. Por ejemplo, Mayra, que es muy acuciosa, me dijo: En la historia que cuenta Marina, pasa primero esto y luego esto, y en la de JC está a la inversa; decídete. Yo no me había fijado en eso. Como toma un período de tiempo tan largo la escritura de una novela, a veces pierdes la perspectiva. Pero a mi libro trato de editarlo yo solo. Por eso lo reescribo varias veces. El Salvaje reescribí ocho veces. Salvar el fuego reescribí completo seis veces. Cuando digo que lo reescribí completo, me refiero a que fui copiando palabra por palabra, y mientras iba transcribiendo iba corrigiendo, veía dónde faltaba una coma, etc. Lo he dicho y se lo he comentado a varios escritores: cuando promueves tu libro, no estás promoviendo solo tu trabajo, sino que estás promoviendo al equipo que hay detrás de ti. Desde el que va a los almacenes a llevar tus libros hasta el que se tomó el tiempo de hacer la tipografía, el que lo distribuyó, los editores, las editoras. Uno no promueve un libro por sí mismo, sino por toda la gente que está detrás de él. Por eso nunca me he negado a la promoción. Hay escritores que dicen: Yo no soy vendedor de libro, yo hago esto solamente un mes, y bye. He aprendido también que los lectores se ganan uno por uno. Punto. Entonces el trabajo de edición es un trabajo que a mí me gusta. Pilar me dijo: Quítale tanto. Y le quité como cincuenta páginas. Ya había ganado el premio, pero seguía escribiendo la novela. Y después Pilar me dijo: Quítale cincuenta o sesenta páginas más. Y después Karina me dijo: Hay unas cuestiones tramposas en la segunda voz, pues es una tercera voz escondida; haz una segunda completa. Para mí es un placer trabajar con estas editoras.

UN LECTOR: Considero que para ser escritor, artista, uno tiene que tener un ego muy saludable, pero el problema está cuando el ego ciega al creador. Es una realidad. Tú conservas todavía una cierta modestia. Es lo que a mí me gustó mucho de tu libro, porque tu libro a mí me habló de una cosa que aprecio mucho: la honradez. Sé que es un juego de artificio también, pero tiene fundamentalmente honradez. Ceferino representa algo inmenso. Cuando el hijo describe la política del padre, para mí es algo relevantísimo. Quisiera que los jóvenes leyeran simplemente esa parte para que sepan el mundo en que viven. Leer libros te libera. Leyendo libros cuando era joven en el Paraguay, me salvé de volverme loco. Vivía en un mundo opresivo. Los libros fueron la conexión para ver que había otro mundo. Ha sido estupendo leerte y continuaré leyéndote. Te has ganado un lector más.

GUILLERMO: Muchas gracias. Haré dos anotaciones de lo que dijiste. Creo que el mayor error de un creador es pensar que lo que está creando es muy bueno. Más sano para un creador es vivir con lo que vivo todos los días, que es el síndrome del impostor. Creo que algún día descubriré lo malo que soy y no volveré a escribir jamás. Porque conozco a gente que dice: Escribí algo buenísimo. Increíble. Y no pasa nada con sus libros y se frustran. Mejor decir: Hice mi mejor esfuerzo; es lo que puedo entregar. La soberbia en políticos y en creadores es el defecto más grande que pueden tener. En la política conduce a las dictaduras y en la literatura a amar tus libros. Ahora, no sé en Paraguay, pero México es un país bien racista. Como dicen, racismo por goteo. Tenemos supuestamente un gobierno de izquierda, aunque sin ningún ministro indígena. No hay escritores, no hay directores, no hay actores de orígenes indígenas. Espero que de alguna manera mi libro permita reflexionar en este país sobre el racismo.

UN LECTOR: Ya que la novela transcurre con voces distintas y tiempos distintos, mi pregunta es: ¿eso se te ocurrió mientras estabas escribiendo o se te dio por ordenar los capítulos a posteriori? ¿Fuiste metiendo algunos personajes para ir completando la historia o en un principio la fuiste narrando así, en ese orden que juega con la confusión pero que termina aclarando muchas cosas?

GUILLERMO: Como la leíste la escribí. La fui descubriendo en ese orden en que la viste. Me saltaba de uno a otro personaje y tiempo, pero eso lo he hecho toda mi vida. Solamente moví algunos de los cuentos de los presos. Quité capítulos. La mayor parte es como la viste. No se puede escribir una novela así con el copy paste. La organicidad de la novela tiene que venir desde la estructura que estás creando. Si empiezas a pegar así, rompes el ritmo, rompes la coherencia de la obra. Por lo tanto, hay que escribirla así. El gran error de muchos escritores es creer que su primer tratamiento es perfecto. La palabra clave para un  escritor debe de ser rigor. Reescribir, reescribir, reescribir. Yo reescribo completa la obra y luego la reescribo entre doce y quince veces, y aun así me queda mal.

UN LECTOR: El narrador en tercera persona, en este caso, es muy cómico. Tiene partes hilarantes donde te matas de risa. A la hora de escribir, ¿lo disfrutaste tanto como nosotros presumimos o imaginamos que lo hiciste?

GUILLERMO: Claro, la paso re bien. Sé que hay temas que son difíciles. Por ejemplo, el asesinato de Esmeralda, la tortura que le hacen, sí pesa. Pero la mayor parte me divierto mucho. Si no, ¿para qué escribo? Esos escritores que dicen que escriben para exorcizar sus demonios… Ya no puedo más con esa frase… «Exorcizo mis demonios», pues, no seas mamón. Por favor, sé un poco más humilde. «Estoy torturado, soy un alma torturada». ¿Saben quiénes son las almas torturadas? Los que escriben comedia. Esos sí son almas torturadas. Pobrecitos. Por eso escriben comedia. Obviamente hay temas difíciles que también me conmueven, como el asesinato, el racismo. Todo el dolor que tiene el padre, ¿no?, dentro de sí, que diga: Tú no sabes lo que es que no te dejen entrar en un restaurante por indio, que no te den trabajo por indio, que no puedas subir a un transporte público por indio. Esa es una realidad muy dolorosa.

UN LECTOR: ¿Cuánto y cómo está lo inconsciente en tu creación?

GUILLERMO: Todo el tiempo. Se escribe con el inconsciente. Por eso es un tigre difícil de controlar, porque es el inconsciente. No hay un trabajo consciente, aunque parezca que puedas ser consciente y racional. La lógica no entra en la creación literaria. Es el inconsciente el que termina por escribir las obras. En este sentido, es la intuición la que rige, no la lógica.

UN LECTOR: En las entrevistas, cuando te preguntan una y otra vez sobre tu proceso, respondes lo mismo que en este diálogo. Pero sí hay temas que a mi parecer te obsesionan, pues son una constante en tu obra. Como, por ejemplo, la burla contra los cineastas como Héctor. En tus libros anteriores, incluso en la biografía de solapa decías claramente qué tipo de literatura te interesa y qué tipo odias. Cada vez que hablas del arte, tienes ideas que expresas tanto por medio de tus personajes como en los diálogos, las entrevistas que das. O sea, ciertos temas emergen una y otra vez en tus libros y en ti mismo.

GUILLERMO: Pero no soy consciente de ellos. Escribí una trilogía que se llama Cielo abierto, que es la original de la trilogía de Amores perros, 21 gramos y Babel. Vendí los derechos por veinte años y la van a dirigir mis hijos. Estaba buscando yo las primeras versiones ⸺tengo ocho o diez cajas con mis guiones, notas⸺ y me encontré un libro que escribí a mis 23, 24 años, y que yo no recordaba. Y fue chistoso: tiene una estructura de cuatro voces. O sea, desde los 23 años estuve yo obsesionado con eso. Como dice Sábato: Uno no elige las obsesiones; las obsesiones lo eligen a uno. Un tipo que hizo su doctorado sobre mi obra en Bélgica, dijo: ¿Por qué estaba tan obsesionado con las amputaciones, los hospitales y los moteles? Hija, sí, cierto. No me había dado cuenta. Entonces, sí, las obsesiones se van filtrando en lo que escribes.

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