Primeras páginas del libro del escritor y director de cine Salvador Sáinz, en las que el autor afirma que pese a todos los cambios de humanidad, «resulta que aún interesan las historias de amor y pasión», llevadas al cine desde su inicio.
Introducción
En la última secuencia de El dormilón (The Sleeper, 1973), Woody Allen, desengañado por la evolución política de una hipotética sociedad futura, le decía escéptico a Diane Keaton: «Yo sólo creo en el sexo y en la muerte». Evidentemente la desconcertante evolución social y política de la última década del siglo XX parece confirmar tal aseveración.
Todos los principios éticos del filósofo alemán Hegel (1770—1831) que a lo largo de un siglo engendraron movimientos tan dispares como el anarquismo libertario, el comunismo autoritario y el fascismo se han desmoronado como un juego de naipes dejando un importante vacío ideológico que ha sumido en el estupor colectivo a nuestra desorientada generación.
Si el siglo XIX fue el siglo de las esperanzas, el XX ha sido el de los desengaños. Las creencias más firmes y más sólidas se han hundido en su propia rigidez. Por otra parte, la serie interminable de crisis económica, política y social de nuestra civilización parece no tener fin. Ante tanta decepción sólo dos principios han permanecido inalterables: el amor y la muerte. Eros y Tánatos, los polos opuestos de un mundo cada vez más neurótico y vacío.
De Tánatos tenemos sobrados ejemplos a cada cual más siniestro: odio, intolerancia, guerras civiles, nacionalismo exacerbado, xenofobia, racismo, conservadurismo a ultranza, intransigencia, fanatismo… El séptimo arte ha captado esa evolución social con unas películas cada vez más violentas, con espectaculares efectos especiales que no nos dejan perder detalle de los aspectos más sombríos de nuestro entorno. Los Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone y demás músculos de acero han llenado las plateas con primerísimos planos de la violencia más salvaje y brutal que se recuerda en nuestra memoria cinéfila.
Por otra parte, las últimas décadas han supuesto un importante avance en materia de libertad sexual mostrada con mayor frecuencia enterrando antiguos tabús y prejuicios ancestrales.
El sexo ha evolucionado evidentemente a partir de los setenta, siendo mostrado francamente sin tapujos en nuestras pantallas. Lo que antes era sugerido —a veces ni eso— actualmente aparece de forma explícita en salas comerciales por no citar aquellas dedicadas al cine porno que son un caso aparte en el género.
Si hasta hace poco un simple desnudo era motivo de un escándalo singular y, en consecuencia, de un gancho comercial importante, estamos llegando a la actualidad en que ya ha sido fagocitado por la nueva moral imperante, apareciendo incluso en filmes aptos sin que por ello provoque ningún sonrojo ni polémica.
Con la evolución de los tiempos el sexo, la sensualidad, ha sido recuperado —y completamente asumido— de forma natural por nuestra cultura no sólo en el cine sino en la vida cotidiana. Fijémonos, por ejemplo, en la escasa tela invertida en la confección de bañadores exhibidos en tanto playas como en ríos como en piscinas públicas.
Y lo más curioso de todo es que a pesar de la distensión social, el sexo atrae aún al público a las salas o a los videosclubes y un thriller erótico como es Instinto básico (Basic Instinct, 1991) de Paul Verhoeven ha reventado las taquillas de todo el mundo y ha convertido a su rubia musa en una estrella favorita de portadas de la prensa internacional.
Y ello nos lleva a pensar que Woody Allen tenía razón. Cuando todas las ideologías más importes del siglo XX se han disipado en la nada, cuando sólidos regímenes autoritarios se han hundido en su propio fango, cuando nuestra cínica generación carece de ideales, resulta que aún interesan las historias de amor y pasión.
Efectivamente resulta mucho más agradable disfrutar del espectáculo de las nalgas blandas y pimpantes de Sharon Stone, en el mencionado filme de Verhoeven, que todas las mongólicas atrocidades del energúmeno de Jasón en la nefasta serie Viernes 13 y derivados que tanto han ensombrecido la cinematografía de los años ochenta, y es que tal como diría el fallecido dibujante Ramón Tosas Ivà, en boca de su célebre Makinavaja: «En un mundo podrío y sin ética, sólo nos queda la estética».
Frase ésta que define claramente la filosofía imperante en la nueva sociedad surgida tras el crepúsculo de todas las ideologías. Los estados y las naciones pasan, las más sólidas creencias se disipan en el olvido colectivo, pero tanto el amor o el sexo como la muerte sobreviven a nuestra evolución. Tal vez sean éstas las únicas verdades que han interesado a la humanidad a lo largo de los siglos y que, en definitiva, sean la base de nuestras religiones.
Mitología e historia
El arte erótico se inició prácticamente con el alba de nuestra historia. No hace falta remitirnos hasta las pinturas rupestres aparecidas en cuevas del cuaternario, ya en la Grecia clásica aparecieron las primeras estatuas con desnudos masculinos y femeninos que glosaban la belleza del cuerpo humano.
Si nos remitimos a las obras teatrales del comediógrafo Aristófanes (¿445—386? a. de J. C.) nos encontramos ya con elementos de carácter erótico, incluso pornográfico. Veamos si no la célebre Lisístrata con su delirante huelga vaginal o más concretamente La república de las mujeres con actores que aparecían en escena con el falo en erección.
El episodio Lisístrata de Christian Jacques con Martine Carol, perteneciente al filme de episodios Destinos de mujer (Destinées, 1952), y Gelobt sei was hart macht (1972) de Rolf Thile, de marcado contenido sexual, son sendas versiones cinematográficas de la celebrada comedia de Aristófanes que tanto éxito ha tenido en los escenarios de todo el mundo desde su redacción hace ya 25 siglos.
Y hablando de la tan cacareada pornografía pocos saben que no se ha inventado en nuestra civilización, como vulgarmente se cree, sino que ya existía en los antiguos teatros romanos en la época de los césares donde los actores y las actrices copulaban delante de los espectadores cuando el argumento de la obra así lo exigía.
La palabra erotismo, de procedencia griega, es un derivado de erós, que quiere decir amor. Los diccionarios de nuestra casta Academia de la Lengua lo definen textualmente como Amor enfermizo o Afición desmedida y desmedida a todo lo que concierne el amor (sic), demostrando el puritanismo galopante de nuestros sabios patriarcas de la gramática.
Según el Diccionario de la Mitología Clásica (1980) de Constantino Falcon Martínez, Emilio Fernández—Galiano y Raquel López Melero, Eros es el dios del amor. Su origen resulta poco claro, ya que sobre él se han sustentado un enorme número de leyendas y teorías. Lo más antiguo es considerar a Eros después del Caos primitivo, nacido junto a la Tierra y el Tártaro. Gracias a su influencia se unen el Érebo y Nicte (la Noche), por lo que nacen el Éter y el Día. Otras versiones hacen a Eros nacido del huevo original engendrado por la Noche, huevo cuyas mitades formaron la Tierra y el Cielo. Es Eros una de las fuerzas fundamentales del mundo. Asegura la continuidad de las especies y el orden interno del Cosmos.
Tánatos es la personalidad opuesta a Eros. Hijo de la Noche y hermano gemelo del Sueño, es la personificación de la muerte. En muchos pasajes, más que la muerte en sí es su mensajero. Es imaginado normalmente como un joven provisto de alas, con una espada al costado y las piernas cruzadas. Alguna vez aparece como personificación del genio de la Muerte en la tragedia griega.
Conocido en la cultura romana con el nombre de Cupido, la leyenda de Eros nos lo presenta como un niño con alas armado de un arco y sus flechas. Según algunas fuentes, Eros era hijo de Afrodita, la diosa del amor, y el omnipotente Zeus, temiendo el daño que pudiera causar a los mortales ordenó que le hicieran desaparecer. Pero su madre le ocultó en el más denso de los bosques y allí el infante fue amamantado por leones y tigres. Cuando creció construyó un arco de fresno y con madera de ciprés hizo sus flechas ejercitándose en el tiro con los animales que le amamantaron y así aprendió a lanzar sus dardos a los hombres.
Ya adolescente, Eros se enamoró de Psique (el Alma) la hija menor del rey de Asia. El escritor romano Lucio Apuleyo, del siglo II, en sus Metamorfosis nos cuenta que Afrodita, celosa de la belleza de la joven ordenó a su hijo que le lanzara sus dardos para enamorarla de un hombre. Pero cuando Eros la vio quedó prendado de su belleza y ordenó al viento Céfiro que se la llevara a un palacio donde fue servida por numerosas criadas imponiéndola la condición de que jamás viera su rostro.
Pero influenciada por sus celosas hermanas, Psique violó su pacto. Una noche encendió una lámpara para ver a su enamorado y una gota de aceite cayó sobre Eros, quien indignado la abandonó.
Perseguida por Afrodita, la joven vagó por la tierra y fue castigada a realizar humillantes trabajos como llenar una vasija defendida por dragones, juntar montones de semillas diferentes para luego clasificarlas, etc… hasta que un día la diosa la obligó a bajar a los Infiernos para pedirle un frasco a Perséfone, pero curiosa lo abrió y quedó sumida en un sueño eterno hasta que Eros, aún enamorado de ella, la despertó de un flechazo y volando al Olimpo consiguió permiso de Zeus para casarse con la bella joven, el cual le fue concedido, y finalmente Psique se reconcilió con su suegra consiguiendo así la inmortalidad. El escritor francés Jean de La Fontaine (1621—1695), se inspiró en esta fábula, para escribir una novela de corte romántico titulada Psiquis.
Eros era un genio alado porque la pasión que despierta no es duradera, sus ojos están tapados por una venda porque ningún mortal ve los defectos de la persona que ama.
En las religiones paganas eran frecuentes las fiestas del solsticio de primavera consistente en celebrar orgías a base de vino, baile, sexo y toda clase de desenfrenos. Estas fiestas semilitúrgicas pervivieron a lo largo de los siglos hasta la llegada del cristianismo y, después de él, continuaron en la clandestinidad perseguidos por la Iglesia de Roma.
Recordemos, por ejemplo, el filme Akelarre (1983) del bilbaíno Pedro Olea, con Patxi Bisquert y Silvia Munt, basado en la confrontación de la Iglesia contra los antiguos cultos paganos, confundidos incorrectamente con la brujería y el satanismo, mostrando auténticos akelarres que en realidad no eran más que alegres fiestas alrededor del fuego con baile, vino y algo de sexo.
El Génesis del sexo
Según la religión judeocristiana Dios, Jehová según los hebreos, creó el mundo en siete días. Esta aseveración, de hecho, no es más que una metáfora de Moisés para explicar, en su tiempo, la creación del universo y que en cierto modo recuerda la reciente teoría del Big Bang, la gran explosión, con la cual la materia se fue formando hace quince mil millones de años a partir de un mundo de partículas y antipartículas que se aniquilaban mutuamente.
Evidentemente Moisés no era un hombre científico. En aquel tiempo ni siquiera existía la ciencia tal como la entendemos actualmente. A pesar de que la cultura egipcia de la época estaba muy desarrollada, la astrofísica era completamente desconocida.
Las sagradas escrituras, de hecho, estaban dirigidas a un pueblo de pastores nómadas, de muy bajo nivel cultural y, a pesar de que Moisés haya recibido la educación rigurosa de un príncipe de Egipto, la nación más poderosa de aquellos tiempos remotos, su pueblo, el hebreo, estaba hundido en la ignorancia tras su largo periodo de esclavitud. De ahí que todas las teorías bíblicas, más que verdades científicas —que no lo son en absoluto— son narraciones cuyo único objetivo era explicar a un pueblo atrasado cual era su origen y cual su destino.
La teoría de que la raza humana fue creada a partir de una pareja procede ya de los primeros patriarcas judíos. Adán, el primer hombre, fue creado a partir de un muñeco de barro al que Jehová dio vida con su aliento. Eva, su mujer, fue construida a partir de una costilla del primer varón. Así se explicaba en nuestros libros de texto la aparición de la humanidad en nuestro planeta, aunque empero en el mismo Levítico esta teoría (en realidad otra metáfora) es desmentida por la leyenda de Lilith, la primera hembra creada después de Adán a partir de un limón.
Repudiada por su marido, Lilith vagó por el Edén fornicando con los diablos. Jehová encolerizado la expulsó del paraíso, convirtiéndola en la reina de los espíritus maléficos a cuya influencia, los hebreos, culpaban de toda clase de maldiciones. Su alma errante vagaba por la noche bebiendo la sangre de los niños, por lo cual era costumbre que los judíos colocaran un amuleto al cuello de los recién nacidos para protegerles de tan siniestra hembra.
Lilith fue, en cierto modo, un antecedente del vampirismo tal como lo entendemos en la actualidad. Pero también de la misoginia, la mujer es la culpable de la caída del hombre. Eva, al comer la manzana, así lo ratificó. La sexualidad de Lilith es perversa, pero sin embargo pocos títulos cinematográficos nos hacen referencia a su infinita voracidad erótica.
Tenemos, cosa rara, un título español de Imanol Uribe, La luna negra (1990), con el personaje de Lilith (una demacrada Amparo Muñoz) en el mundo moderno. Su espíritu vaga hasta llegar a nuestros días, cometiendo sacrilegios y maldades. De paso vemos algunas secuencias eróticas y, sobretodo, una escena de lesbianismo entre la mencionada Amparo Muñoz y Lydia Bosch nada desdeñable. Sin embargo, debemos lamentar el desaprovechamiento que el séptimo arte ha hecho de tan pérfida mujer cuya existencia ha sido ignorada sistemáticamente por nuestros creadores.
En cambio, la pareja formada por Adán y Eva, sí que han tenido mayor fortuna cinematográfica. La sacra Bibbia (1920) de Pier Antonio Gariazzo, rodada con más de 5.000 metros, fue la primera superproducción del tema que nos mostró el mítico Edén. De nacionalidad mejicana Adán y Eva (1956) de Alberto Gout, con Carlos Baena (Adán) y Christinne Martell (Eva) estaba dedicado íntegramente a nuestros primeros padres, al igual que The Private Lives of Adam and Eve (1960) de Albert Zugsmith, con Mamie Van Doren como Eva. En la monumental La Biblia… en su principio (The Bible… in the Beginning, 1965) de John Huston bajo la escusa de un filme bíblico nos fueron mostradas una vez más las desnudeces de nuestros primeros padres. Teniendo en cuenta que en aquella época, la censura franquista, dejó pasar estos insólitos planos no es de extrañar que dicho título tuviera un éxito tan poco corriente. El filme mejicano antes aludido tuvo que esperar a 1974 (y al asesinato de Carrero Blanco) para llegar a nuestras pantallas.
Tan poca fortuna tuvo el ballet de Adán y Eva en el paraíso del musical Can Can (Can Can, 1960) de Walter Lang, con la excelente Shirley McLaine, que fue amputada por la voraz tijera del censor, y que no fue vista hasta la llegada de la democracia en las pantallas de nuestro televisor. Se dio la anécdota de que a la filmación de dicha secuencia fue invitado el entonces secretario general del PCUS, presidente de la Unión Soviética, Nikita Sergueievich Jrushchov (1894—1971) en su visita a los USA. Aquellos dos cuerpos de los bailarines entrelazados con sus respectivas mallas de color carne sonrojaron al alto dignatario soviético, quién se quedó completamente atónito ante lo que veían sus castos ojos.
El andaluz Manuel Summers, quiso realizar una parodia del filme de Huston, aunque aderezado con un humor zafio e insultante, La Biblia en pasta (1984) fue el resultado, y su visión del Edén no podía faltar. Dos años antes, John Wilder rodó en Méjico Adán y Eva, la primera historia de amor (1982), ambientada en el Edén, para de paso poder mostrar durante hora y medio los cuerpos desnudos de ambos protagonistas, realizando así un suculento negocio basado en el voyeurismo del espectador que en realidad es lo único que se pretendía sin el menor recato.
Destaquemos también un filme checo de animación, La Création du Monde (1958) de Eduard Hofman, con dibujos del francés Jean Effel. Se trata de una visión simpática de la creación del mundo, hasta llegar a la primera pareja. A un Dios anciano y bonachón se le cae la baba literalmente al ver las nalgas pimpantes de Eva, sonriendo satisfecho del evidente éxito de su labor.
En El eroticón (Every home should have one) de Jim Clark, filme compuesto por diversas secuencias oníricas, había una del paraíso terrenal con Marty Feldman como Adán y Julie Ege como Eva en la que ambos exhibían sus respectivos traseros.
A título de curiosidad, cabe reseñar que el debut cinematográfico del más famoso Tarzán de todos los tiempos, Johnny Weissmuller, fue precisamente en el papel de Adán en Glorifing the American Girl (1929), y digo que es curioso porque precisamente el tema del hombre mono entronca con la añoranza del paraíso perdido, origen de las películas de Tarzán, derivada de las consecuencias del pecado original y la consiguiente expulsión de la primera pareja del mítico Edén.
Una prehistoria de revista
La prehistoria cinematográfica nada tiene que ver con la real evidentemente. De hecho no son más que espectáculos más o menos divertidos donde, lo único importante, es mostrar una galería de efectos especiales y los cuerpos atléticos de bellos hombres y bellas mujeres tapados lo mínimo que permite la llamada decencia, según la concepción que de esta palabra tiene nuestra cultura.
David Wark Griffith fue el pionero en mostrarnos una Edad de Piedra muy sui generis en dos cortos, El origen del hombre (Man’s Genesis, 1912) y La vida del hombre primitivo (Wars of the Primal Tribes, 1913). Pero no fue hasta Hace un millón de años (One Millions Years B. C., 1940), codirigida entre Hal Roach sr. y Hal Roach jr, con el atlético Victor Mature (Tumak) y la rubia Carole Landis (Loana), que el cine prehistórico adquirió carta de nobleza, exceptuando las parodias que de esa época hicieran gentes del cine mudo como Buster Keaton, Charles Chaplin, Stan Laurel y Oliver Hardy.
Así, no es de extrañar que cuando las técnicas cinematográficas avanzaran, el célebre Ray Harryhausen, auxiliado por la productora Hammer, rodó un remake en color de dicho filme, Hace un millón de años (One Millions Years B. C., 1966), dirigida por Don Chaffey, que sirvió de lanzamiento a Raquel Welch como Luanda y a John Richardson como Tumak, aunque la estrella de tan prehistórico galán se eclipsara inmediatamente.
Desgraciadamente para ellos, la bella tigresa Martine Beswick, como Nupondi, los eclipsaba a ambos a pesar de ser la rival de Loanda, y queda para el recuerdo su antológica lucha cuerpo a cuerpo con Raquel, tal vez lo más afortunado —a excepción de los efectos del mago Harryhausen— de esta revista bastante divertida de ver pero ingenua de contenido.
El éxito obligó a la Hammer a repetir en dos producciones similares, pero de menor acogida, como Cuando los dinosaurios dominaban la tierra (When Dinosaurs Ruled the Earth, 1970) de Val Guest y Criaturas olvidadas del mundo (Creatures of World Forgot, 1971) de Don Chaffey, exhibiendo generosamente los cuerpos no menos estilizados de Victoria Vetri y Magda Konopka en el primer título y, más explícitamente, el de Julie Ege en el segundo.
Todos estos filmes solían tratar de conflictos tribales entre pueblos rubios o morenos, con un molesto maniqueísmo que ha justificado la etiqueta de racista otorgadas por varios críticos. Los rubios son muy buenos, civilizados, conocen las herramientas y la pintura rupestre, en cambio los morenos son muy violentos, zoquetes y atrasados.
Un caso aparte fue Mujeres prehistóricas (Slave Girls, 1966) de Michael Carreras, un viaje a través del tiempo lleva un cazador a una extraña jungla amazónica con crueles amazonas y la genial Martine Beswick en el papel de la reina Kari, tan sádica como lujuriosa.
Este argumento de hecho, con algunas variantes, ya había sido utilizado en otros títulos menores como Prehistoric Women (1950) de Gregg C. Tallas y Women of the Prehistoric Planet (1965) de Arthur C. Pierce, entroncando ya con el tema del matriarcado y de las amazonas ya tratados en los apartados correspondientes.
1.000.000 AD (1972) de Allen Baron, también fue un viaje por el tiempo hacia una prehistoria increíble y chapucera. Este filme ha quedado catalogado como uno de los peores de la historia del cine, aunque ello no impidió que su realizador años después obtuviera un gran éxito en televisión rodando multitud de episodios de la serie Los ángeles de Charly (Charlie’s Angels, 1977).
Cuando las mujeres perdieron la cola (Quando le donne avvevano la coda, 1970) de Pasquale Festa Campanile, con Senta Berger y Giuliano Gemma, es ya un filme descaradamente erótico, con abundantes desnudos y escenas de sexo. El discreto éxito comercial motivó serie de tres títulos más, Quando le donne persero la coda (1971), del mismo realizador, Cuando los hombres usaban cachiporra y con las mujeres hacían «ding—dong» (Quando gliuomini armarono la clava e con le donne fecero din—don, 1972) de Bruno Corbucci, con Antonio Sabato y Lucretia Love, cuya leve trama gira sobre un pueblo de hombres y otro de mujeres quienes, al encontrarse, copulan en masa, y, finalmente Cuando las mujeres se llamaban madonas (Quando le donne si chiamano Madonne, 1972) de Arnaldo Grimaldi, con la escultural Edwige Fenech, último eslabón de una serie que ha pasado con más pena que gloria.
En la misma línea, Cavernícola (Caveman, 1981) de Carl Gottielb, con Ringo Star y Barbara Bach, no es más que una comedia más o menos graciosa ambientada en la Edad de Piedra con algunos tonos jocosos.
Muchos críticos e historiadores, no muy duchos en el significado de la palabra tolerancia, suelen atacar estas películas por su escaso rigor científico, ignorando que en realidad está fuera de sus pretensiones. Este cine, es cine de evasión y no una lección de paleontología ajena a sus objetivos.
Así Cavergirl (1985) de David Olivier es un viaje por el tiempo de un estudiante (Daniel Roebruck) que le lleva a la prehistoria fílmica, es decir de ficción, para encontrarse con una chica de su edad (Cynthia Thompson) que vive en las cavernas y así tener unas aventuritas para mayor diversión de los quinceañeros americanos, amantes de estas historietas juveniles.
Tygra, hielo y fuego (Fire and Ice, 1982) de Ralph Bakshi, basado en los comics de Frank Frazetta, es un dibujo animado adulto ambientado en la Edad Glacial repleto de acción y erotismo. Nekron, el diabólico Maestro del Hielo, intentará aniquilar al poblado Guarda Fuego y a su rey Jarol, cuya bella hija Tygra vivirá una serie de emocionantes aventuras.
Más cerca de la fantasía heroica que de la Prehistoria, Bakshi nos ofrece un relato de trepidantes peripecias, luchas cuerpo a cuerpo con la presencia de una atlética heroína de generosa anatomía. En este sentido es un filme logrado y agradable de ver.
El clan del oso cavernario (The Clan of the Cave Bear, 1985) de Michael Chapman, está basado en una novela de Jean M. Auel sobre el declive del hombre de Neandertal y el ascenso del de Cromañón provocando infinidad de luchas, no es muy diferente de los Tumak ya conocidos. Después de un terremoto, Ayla (Daryl Hannah), superviviente de una tribu de Cromañón es recogida por unos poblados de Neandertal. Al crecer será consciente de su superioridad intelectual por lo que será marginada, maldita, hasta que los avatares la llevarán a encontrarse con gente de su especie.
La saga de Ayla es muy popular en las bibliotecas americanas, donde este género tiene mayor salida que en España, y se completa con dos títulos más, El valle de los caballos y Los cazadores de mamuts.
En cuanto al filme de Chapman, algo más serio que los títulos anteriores, tiene como principal atractivo el físico de Daryl Hannah, célebre en la prensa del corazón por sus amoríos con Joseph Kennedy, hijo del llorado presidente de los USA, y protagonista de diversas cintas del género que la han convertido en una perfecta musa del cine de la década de los ochenta y los noventa.
En busca del fuego (La guerre du feu, 1981) de Jean—Jacques Annaud, con Everett McGill y Rae Dawn Chang, es tal vez la única ocasión en que la prehistoria ha sido mostrada de forma seria y científica, y, al mismo tiempo, mucho más explícita sobre las costumbres sexuales de aquel remoto tiempo gracias a la franqueza de su realizador y a su material literario, la novela de J. H. Rosny Ainé (1856—1940).
La acción describe a tres Ulam, miembros de una tribu muy primitiva, en busca del fuego, que conocen de referencias, pero ignoran su naturaleza. Conocerán en su periplo a los Ivaka, ya mucho más evolucionados… Ese argumento, en cierto modo, no se diferencia demasiado de los Tumak o Ayala, ya conocidos. Los anacronismos son evidentes porque los hombres de Neandertal jamás convivieron con los de Cromañón.
La diferencia está en que los anteriores títulos pretenden ser una sana diversión, y lo consiguen, pero el realizador galo intenta reflexionar sobre el progreso de la humanidad y su lucha contra el estancamiento.
En este caso, lo más significativo es la presencia de Ika (Rae Dawn Chang), una mujer Ivaka, que enseñará a los Ulam el secreto de la risa y también un sexo mucho más humano y más placentero.










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