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Quien es cruel con los animales no puede ser un buen hombre

Schopenhauer consideraba que los animales merecían ser sujetos de derechos. Lo reflexionó y argumentó en sus libros. En 1840, escribió Sobre el fundamento de la moral, ensayo del que ahora publicamos una parte, la dedicada a los animales, con el título de una de sus frases más conocidas, para el inicio de la serie #NoMásZoo.

El móvil moral que he establecido se acredita además como el auténtico, por el hecho de que también protege a los animales, que tan irresponsablemente mal contemplados están en los demás sistemas morales europeos. La pretendida ausencia de derechos de los animales, la ilusión de que nuestra conducta con ellos no tiene valor moral o, como se dice en el lenguaje de aquella moral, que no hay deberes con los animales, es una indignante brutalidad y barbarie del Occidente cuya fuente se encuentra en el judaísmo. Dentro de la filosofía, se basa en la total distinción, aceptada pese a toda evidencia, entre el hombre y el animal; distinción que, como es sabido, fue expresada de la forma más decidida y estridente por Descartes como una consecuencia necesaria de sus errores.

En efecto, cuando la filosofía cartesiano-leibniziano-wolffiana edificó la psicología racional a partir de conceptos abstractos y construyó un anima rationalis inmortal, entonces las naturales demandas del mundo animal se opusieron visiblemente a ese privilegio y patente de inmortalidad exclusivos de la especie humana; y la naturaleza, como en todas las ocasiones semejantes, presentó calladamente su protesta. Entonces los filósofos, angustiados por su conciencia moral intelectual, tuvieron que intentar apoyar la psicología racional con la empírica y esforzarse así en abrir entre el hombre y el animal un inmenso precipicio, un abismo insondable, para, pese a toda evidencia, presentarlos como radicalmente diferentes. De tales esfuerzos se burla ya Boileau:

Les animaux ont-ils des universites?

Voit-on fleurir chez eux des qua.tre facultes?[1]

¡Y al final los animales no serían capaces de distinguirse del mundo externo ni tendrían ninguna conciencia de sí mismos, ningún yo! Contra tales afirmaciones insulsas se puede simplemente aludir al egoísmo ilimitado que habita en cada animal, hasta el más pequeño y postrero, y que da testimonio suficiente de hasta qué punto los animales son conscientes de su yo frente al mundo o al no-yo. Si un cartesiano se encontrase entre las garras de un tigre, se percataría con la mayor claridad de que nítida distinción establece aquel entre yo y no-yo. En correspondencia con tales sofisticaciones de los filósofos, encontramos por la vía popular la peculiaridad de algunos lenguajes, en concreto del alemán, consistente en tener palabras totalmente particulares para comer, beber, estar embarazada, parir, morir y enterrar, a fin de no tener que utilizar las que designan aquellos actos en los animales, y así ocultar tras la diversidad de las palabras la completa identidad de las cosas. Dado que las lenguas antiguas no conocen una tal duplicidad de expresiones sino que designan imparcialmente la misma cosa con la misma palabra, es indudable que aquel miserable artificio es obra del clericalismo europeo que, en su secularidad, no cree poder llegar bastante lejos en el negar y renegar de la esencia eterna que vive en todos los animales; con lo que ha sentado la base de la malvada dureza y crueldad europea contra los animales, a la que un hombre de la alta Asia solo puede mirar con justificado horror. En la lengua inglesa no nos encontramos con aquel indigno artificio; sin duda, porque los sajones no eran todavía cristianos cuando conquistaron Inglaterra. No obstante, se encuentra un análogo de aquel en la particularidad de que en inglés todos los animales son generis neutrius y, por tanto, son representados por el pronombre it (ello), exactamente igual que las cosas inertes; lo cual resulta del todo indignante, sobre todo en el caso de los primates como los perros, los monos, etc., y es innegablemente un ardid clerical para degradar los animales a cosas.

Los antiguos egipcios, cuya vida estaba consagrada en su totalidad a fines religiosos, inhumaban en las mismas tumbas las momias de los hombres y las de los ibis, cocodrilos, etc.; pero en Europa es una atrocidad y un crimen que el perro fiel sea enterrado junto a la tumba de su amo, sobre la que a veces ha esperado su propia muerte en virtud de una fidelidad y apego que no se encuentra en el género humano. Nada conduce más decisivamente al conocimiento de la identidad de esencia en el fenómeno del animal y el del hombre, que la dedicación a la zoología y la anatomía: ¿Qué se ha de decir, por tanto, cuando hoy en día (1839), un zoótomo santurrón[2] se atreve a urgir a una distinción absoluta y radical entre hombre y animal, y llega hasta el punto de atacar y ultrajar a los zoólogos honrados que, lejos de todo clericalismo, servilismo y tartufianismo, siguen su camino de la mano de la naturaleza y de la verdad?

Hay que estar verdaderamente ciego de todos los sentidos o cloroformado de foetor judaicus, para no saber que lo esencial y principal en el hombre y el animal es lo mismo; y que lo que distingue a ambos no se encuentra en lo primario, en el principio, en el origen, en la esencia interna, en el núcleo de ambos fenómenos que es, tanto en el uno como en el otro, la voluntad del individuo; sino solo en lo secundario, en el intelecto, en el grado de la fuerza cognoscitiva, que en el hombre, por la facultad adicional del conocimiento abstracto, denominada Razón, es muy superior; aunque es notorio que ello se debe exclusivamente a un mayor desarrollo cerebral, o sea, a la diversidad somática de una única parte, el cerebro, según su cantidad. Pero no tiene comparación con la homogeneidad, tanto psíquica como somática, entre el animal y el hombre. Así pues, a un occidental y judaizado despreciador de los animales e idólatra de la Razón hay que recordarle que, al igual que él fue amamantado por su madre, también el perro lo fue por la suya. Ya antes he censurado el hecho de que incluso Kant cayera en aquella falta de sus coetáneos y compatriotas.

El que la moral del cristianismo no tenga en cuenta los animales es un defecto de la misma que es mejor admitir que perpetuar y del que uno se tiene que asombrar, tanto más cuanto que esa moral muestra en lo demás la máxima coincidencia con la del brahmanismo y el budismo, solo que esta expresada con menor fuerza y no es llevada hasta el extremo; por eso, apenas cabe dudar de que, al igual que la idea de un Dios hecho hombre (Avatar), aquella moral procede de la India y ha podido llegar a Judea a través de Egipto; de modo que el cristianismo sería el reflejo de una originaria luz hindú procedente de las ruinas de Egipto que, sin embargo, cayó desgraciadamente sobre suelo judío. Como símbolo amable del defecto de la moral cristiana censurado, dentro de su gran coincidencia con la hindú en todo lo demás, se podría interpretar la circunstancia de que Juan el Bautista se presenta totalmente al estilo de un saniaffi hindú, pero ¡vestido con pieles de animal!; lo cual es sabido que sería una atrocidad para cualquier hindú; pues hasta la Real Sociedad de Calcuta obtuvo su ejemplar de los Vedas solo bajo la promesa de que no lo encuadernaría, según el estilo europeo, en cuero. Por eso se encuentra en su biblioteca encuadernado en seda. Un contraste característico semejante lo ofrece la historia evangélica de Pedro el Pescador, a quien el Salvador bendice con un milagro, de suerte que las barcas se llenan de peces hasta hundirse (Lucas, 5), con la historia de Pitágoras, bendecido en la sabiduría egipcia, que compraba a los pescadores su redada mientras la red estaba aun en el agua, para luego regalar su libertad a todos los peces capturados (Apul. / de magia, p. 36 Bip[ontina]).

La compasión con los animales se conecta tan exactamente con la bondad del carácter, que se puede afirmar con seguridad que quien es cruel con los animales no puede ser un buen hombre. También se muestra esa compasión como surgida de la misma fuente que la virtud a ejercitar con los hombres. Así, por ejemplo, las personas de fina sensibilidad, al recordar que con mal humor, con ira o encendidos por el vino han maltratado a su perro, caballo o mono de forma inmerecida, innecesaria o excesiva, cuando les califique la voz de la conciencia moral reprensiva, sentirán el mismo arrepentimiento y la misma insatisfacción consigo mismos que la que sentirán con el recuerdo de una injusticia ejercida contra un hombre.

Recuerdo haber leído que un inglés que había matado un mono en una cacería en la India, no pudo olvidar la mirada que este le lanzo al morir, y desde entonces no volvió a matar un mono. Igual que Wilhelm Harris, un verdadero Nemrod que, simplemente para disfrutar del placer de la caza, viajó por el interior de África en los años 1836 y 1837. En sus Viajes, publicados en Bombay en 1838, cuenta que, después que hubo matado el primer elefante, que era una hembra, y cuando a la mañana siguiente buscaba el animal abatido, todos los demás elefantes de los alrededores habían huido: solo el hijo del abatido había pasado la noche junto a la madre muerta; entonces, olvidando todo temor, salió al encuentro de los cazadores con las más vivas y claras muestras de su aflicción inconsolable y les rodeó con su pequeña trompa para pedir su ayuda. Entonces, dice Harris, le conmovió un verdadero arrepentimiento por su acción y tuvo la sensación de que había cometido un asesinato.

A esa nación inglesa de fina sensibilidad, la vemos caracterizada ante todas las demás por una destacada compasión por los animales que se manifiesta a cada ocasión y que ha tenido el poder de, pese a la «fría superstición» que por lo demás la degrada, moverla a rellenar con la legislación los huecos dejados por la religión en la moral. Pues precisamente esos huecos son la causa de que en Europa y América se precise de sociedades protectoras de animales que incluso no pueden actuar más que con la ayuda de la Justicia y la policía. En Asia, las religiones garantizan protección suficiente a los animales; por eso allá ningún hombre piensa en tales asociaciones. Con todo, también en Europa despierta cada vez más el sentido para los derechos de los animales, a medida que se desvanecen y desaparecen poco a poco los extraños conceptos de un mundo animal venido a la existencia solo para el uso y deleite del hombre, conceptos a resultas de los cuales se trata a los animales como cosas. Pues ellos son la fuente del brutal y desconsiderado trato a los animales en Europa; y ya en el segundo volumen de los Parerga, § 177, he demostrado su origen en el Antiguo Testamento. Sea, pues, dicho en honor de los ingleses, que entre ellos por primera vez la ley ha tomado seriamente a los animales bajo su protección contra el trato cruel; y el malvado tiene que expiar el haber cometido un delito contra los animales, aunque le pertenezcan. E incluso, no contentos con esto, en Londres existe una sociedad para la protección de los animales voluntariamente constituida, la Society for the Prevention o f Cruelty to Animals que, con medios privados y con significativas inversiones, hace mucho para trabajar contra el tormento de los animales. Sus emisarios acechan ocultos para luego presentarse como denunciantes de los tormentos a seres sensibles sin lenguaje, y en todas partes es de temer su presencia.[3]

En los empinados puentes de Londres, la Sociedad mantiene un tiro de caballos que es colocado gratuitamente delante de todos los coches pesadamente cargados. ¿No es esto bello? ¿No provoca nuestro aplauso igual que una buena acción con un hombre? También la Philanthropic Society de Londres ofreció por su parte, en el año 1837, un premio de 30 libras para la mejor exposición de los fundamentos morales contra el tormento a los animales; exposición que, sin embargo, debía estar tomada principalmente del cristianismo, con lo que la tarea era, desde luego, difícil: el premio fue otorgado en 1839 al señor Macnamara.

En Filadelfia existe, con fines análogos, una Animais Friends Society. A su presidente ha dedicado T. Forster (un inglés) su libro Philozoia, Moral Reflections on the Actual Condition of Animals and the Means of Improving the Same (Bruselas, 1839). El libro es original y está bien escrito. Como inglés, el autor intenta también, naturalmente, apoyar en la Biblia sus exhortaciones al trato humanitario a los animales, aunque resbala por todas partes; de modo que al final se agarra al argumento de que Jesucristo nació en un pesebre entre un buey y una mula, con lo que se indicaba simbólicamente que teníamos que considerar a los animales como nuestros hermanos y tratarlos de acuerdo con ello. Todo lo alegado aquí da fe de que el tono moral de que aquí se habla comienza poco a poco a sonar también en el mundo occidental. El que, por lo demás, la adhesión a los animales no tenga que llegar tan lejos que, al igual que los brahamanes, tengamos que abstenernos de la alimentación animal, se basa en que en la naturaleza la capacidad de sufrir mantiene la misma marcha que la inteligencia; por eso, sufriría más el hombre por la carencia de la alimentación animal, sobre todo en el Norte, que el animal por una muerte rápida y siempre imprevista que, no obstante, se debería aliviar aún más por medio del cloroformo. En cambio, sin la alimentacion animal el género humano en el Norte no podría siquiera subsistir. En la misma medida, también el hombre hace que el animal trabaje para él, y solamente el exceso del esfuerzo impuesto se convierte en crueldad.

Si prescindimos de toda posible investigación metafísica del fundamento último de aquella compasión, única de la que pueden proceder las acciones no egoístas; y si la consideramos desde el punto de vista empírico, solo como una disposición natural, entonces será obvio para todos que, para el mayor alivio posible de los sufrimientos innumerables y multiformes a los que nuestra vida nos expone y de los que ninguno puede escapar del todo, y al mismo tiempo como contrapeso del egoísmo ardiente que llena a todos los seres y a menudo se convierte en maldad, la naturaleza no podía hacer nada más efectivo que implantar en el corazón humano aquella admirable disposición en virtud de la cual el sufrimiento de uno es sentido también por el otro, y de la que surge la voz que grita fuerte y clara, según sea la ocasión, en este «¡Ya voy!», en aquel «¡Socorro!» De cara a la prosperidad de todos se podría, ciertamente, esperar más de la ayuda mutua que de ahí surge que de un severo mandato debido general, abstracto y resultante de ciertas consideraciones racionales y combinaciones conceptuales, del que era de esperar tanto menos éxito cuanto que para el hombre rudo los principios generales y las verdades abstractas son totalmente incomprensibles, ya que para él solo lo concreto es algo; pero toda la Humanidad, con excepción de una parte manifiestamente pequeña, fue siempre y tiene que seguir siendo ruda, ya que los numerosos trabajos corporales, ineludiblemente necesarios para el conjunto, no permiten el cultivo del espíritu. En cambio, para el descubrimiento de la compasión, mostrada como la única fuente de las acciones desinteresadas y, por tanto, como la verdadera base de la moralidad, no se precisa de ningún conocimiento abstracto sino solo del intuitivo, de la mera captación del caso concreto a la que se reacciona inmediatamente sin ninguna mediación ulterior del pensamiento.

En total concordancia con esta última consideración encontramos la siguiente circunstancia: la fundamentación que he dado a la ética me deja, ciertamente, sin precedentes dentro de los filósofos escolásticos y hasta es paradójica en relación a sus doctrinas, ya que algunos de ellos, por ejemplo, los estoicos (Sen., De clem., II, 5), Spinoza (Eth., IV, prop. 50), Kant (Crítica de la razón práctica, p. 213; R., p. 257), rechazan y censuran directamente la compasión. Sin embargo, mi fundamentación tiene a su favor la autoridad del mayor moralista de toda la época moderna: pues tal es, sin duda, J. J. Rousseau, el profundo conocedor del corazón humano, que no sacó su sabiduría de los libros sino de la vida, y que no destinó su doctrina a la cátedra sino a la Humanidad; él, el enemigo de los prejuicios, el pupilo de la naturaleza, el único al que esta había otorgado el don de poder moralizar sin ser aburrido, porque alcanzó la verdad y conmovió el corazón. Así pues, me permitiré traer a colación algunos pasajes suyos como confirmación de mi opinion, tras haber sido hasta ahora todo lo ahorrativo posible en las citas.

En el Discours sur l’origine de l’inegalite, dice:

«Hay otro principio, del que Hobbes no se ha percatado y que, habiendo sido dado al hombre para dulcificar en ciertas circunstancias la ferocidad de su amor propio, suaviza el ardor que él tiene por su bienestar en virtud de una repugnancia innata a ver sufrir a su semejante. No creo que haya de temer ninguna contradicción al conceder al hombre la única virtud natural que se ha visto obligado a reconocer el más exacerbado detractor de las virtudes humanas. Hablo de la compasión». «Mandeville ha notado bien que los hombres, con toda su moral, no habrían sido nunca más que monstruos si la naturaleza no les hubiera dado la compasión en apoyo de la Razón: pero no ha visto que de esta sola cualidad derivan todas las virtudes sociales que él quiere negar a los hombres. En efecto, ¿qué es la generosidad, la clemencia, la humanidad, más que la compasión aplicada a los débiles, a los culpables o a la especie humana en general? La benevolencia e incluso la amistad son, bien entendidas, producciones de una compasión constante fijada sobre un objeto particular, ¿pues qué es desear que otro no sufra, sino desear que sea feliz? La conmiseración será tanto más enérgica cuanto más íntimamente se identifique el animal espectador con el animal que sufre». «Es, pues, bien cierto que la compasión es un sentimiento natural que, moderando en cada individuo el amor a sí mismo, colabora en la conservación mutua de toda la especie. Es ella la que en el estado de naturaleza sustituye a leyes, costumbres y virtudes, con esta ventaja: que nadie estará tentado de desobedecer su dulce voz: es ella la que alejará a todo salvaje robusto de arrebatar a un débil niño o a un viejo enfermo su sustento adquirido con penalidad, si el mismo espera poder encontrar el suyo por otra parte: es ella la que, en lugar de esa máxima sublime de justicia razonada «Haz a los demás lo que tú quieres que te hagan», inspira a todos los hombres esta otra máxima de bondad natural, si bien menos perfecta, quizá más útil que la precedente: «Haz tu bien con el menor mal ajeno que sea posible». En una palabra, es en ese sentimiento natural más que en los argumentos sutiles, donde hay que buscar la causa de la repugnancia a hacer el mal que experimentaría todo hombre, incluso independientemente de las máximas de la educación».

Compárese con esto lo que dice en Emile, L. IV, donde, entre otras cosas, se dice:

«En efecto, ¿cómo nos podemos mover a la compasión si no es desplazándonos fuera de nosotros e identificándonos con el animal que sufre; dejando, por así decirlo, nuestro ser para tomar el suyo? No sufrimos en la medida en que juzgamos que el sufre: no es en nosotros, es en él donde sufrimos. […] presentar al joven objetos sobre los que pueda obrar la fuerza expansiva de su corazón, que lo dilaten, que lo extiendan sobre los demás seres, que siempre le hagan reencontrarse fuera de sí; evitar con cuidado los que lo estrechan, lo concentran y tensan el resorte del yo humano», etcétera.

Desprovisto, como dije, de la autoridad de las escuelas, arguyo todavía que los chinos admiten cinco virtudes cardinales (Tschang), entre las cuales la compasión (Sin) figura a la cabeza. Las cuatro restantes son: justicia, cortesía, sabiduría y sinceridad.[4] En consonancia con esto, vemos también que entre los hindúes, en las lápidas conmemorativas erigidas en recuerdo de los príncipes muertos, la compasión con los hombres y los animales ocupa el primer puesto de entre las virtudes que se hacen constar en su honor. En Atenas, la compasión tenía un altar en el Foro: «Los atenienses tienen en el foro un altar de la compasión, dios principal al que solo los atenienses de entre los griegos veneran, por ser beneficioso en la vida humana y en las variaciones de las cosas». [Pausanias, I, 17, 1.] También Luciano menciona ese altar en el Timon, § 99. Un aforismo de Foción, transmitido por Stobeo, presenta la compasión como lo más sagrado del hombre: «No se debe quitar el altar del templo ni la compasión de la vida humana». [Stobeo, Floril., I, 31.] En la Sapientia Indorum, que es la traducción griega del Pansha Tantra, se dice (Sect. 3, p. 220): «Que se cuente la compasión como la primera de las virtudes».  

Se ve que todas las épocas y todos los países han conocido muy bien la fuente de la moralidad; solo Europa no, de lo cual tiene la culpa únicamente el foetor judaicus que aquí penetra absolutamente todo: porque entonces tiene que existir, sin duda, un mandato debido, una ley moral, un imperativo, en suma, una orden y mandamiento que obedecer: no se apartan de eso, ni quieren ver que algo semejante tiene siempre como único fundamento el egoísmo. En individuos aislados y superiores se ha sentido esa verdad: es el caso de Rousseau, como antes se mencionó; y también Lessing, en una carta de 1756, dice: «El hombre más compasivo es el mejor hombre, el más dispuesto a todas las virtudes sociales y a todas las clases de magnanimidad».[5]

[1] «Los animales, ¿tienen universidades?

¿se ve aflorar en ellos las cuatro facultades?»

Boileau, Satire, V III, 165.

[2] Se refiere a Rudolf Wagner. Véase la carta de Schopenhauer a Frauenstadt de 12 de septiembre de 1852, en A. Schopenhauer, Gesammelte Briefe, p. 294, ed. de A. Hubscher, Bonn, Bouvier, 1987, 2.a ed.

[3] Hasta qué punto se toma la cosa en serio, lo muestra el siguiente ejemplo, muy reciente, que traduzco del Birmmgham-Journal de diciembre de 1839, «Apresamiento de una banda de 84 acosadores de perros»: «Habiéndose sabido que ayer estaba planeado que tuviese lugar en la Calle del Zorro de Birmingham un acoso de perros, la Sociedad de Amigos de los Animales adoptó medidas de precaución para asegurarse la ayuda de la policía; un fuerte destacamento de la misma marcho hacia el lugar de la lucha y, tan pronto como se le permitió entrar, arrestó a toda la banda presente. Los participantes fueron maniatados de dos en dos y luego unidos todos con una gran soga por el medio: así fueron conducidos a la oficina de la policía, donde el alcalde celebraba sesión con el magistrado. Las dos personas principales fueron condenadas a una multa de una libra esterlina más 8 1/2 chelines de costas y, en caso de impago, a 14 días de trabajos forzados en presidio. Los demás fueron dejados en libertad». Los dandtes, que no suelen faltar nunca a tales nobles placeres, habrán tenido un aspecto muy incómodo en la procesión. Pero un ejemplo todavía más severo de época reciente, lo encontramos en el Times del 6 de abril de 1855, p. 6, y por cierto sentado en realidad por ese mismo periódico. En concreto, informa del caso, llevado a juicio, de la hija de un barón escocés muy acaudalado, que con gran crueldad había atormentado a su caballo con palos y cuchillos, por lo que había sido condenada a 5 libras esterlinas de multa. Pero eso no le importó nada a semejante muchacha; y habría saltado impunemente sobre ello, si el Times no hubiera seguido con el justo y delicado castigo, al continuar, poniendo por dos veces con grandes letras el nombre y apellido de la muchacha: «No podemos por menos que decir que algunos meses de prisión, junto con algunos azotes aplicados en Hampshire en privado pero por mujeres de mano firme, habrían sido un castigo muy adecuado para Miss N. N. Una miserable de esa clase se ha hecho indigna de todas las consideraciones y privilegios que se han de conceder a su sexo: no podemos considerarla ya como una mujer». Dedico en especial esta noticia periodística a las asociaciones contra la tortura de los animales instituidas ahora en Alemania, para que vean cuánto hay que atacar si ha de resultar algo; si bien rindo todo mi reconocimiento al loable celo del señor Hofrath Perner, de Munich, que se ha dedicado plenamente a esa rama de la beneficencia y ha extendido la iniciativa a toda Alemania.

[4] Journ. Asiatique, vol. 9, p. 62; compárese con Meng-Tseu, ed. Stan. Julien, 1824, L. I, § 45; también con Meng-Tseu en los Livres sacrés de l’Orient par Pauthier, p. 281.

[5] Lessings Werke, vol. X , p. 249, Leipzig, Goschen, 1867.

Fuente del ensayo: Los dos problemas fundamentales de la ética de Arthur Schopenhauer, a cargo de Pilar López de Santa María (traducción, introducción y notas), editado por Siglo XXI.

Nota del editor: la imagen que acompaña el texto se titula Arthur Schopenhauer con su caniche, por Wilhelm Busch.

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