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Privación de la libertad en manos de un enemigo

El escritor Sebastian Ocampos ha visitado el Zoológico de Asunción y se ha preguntado por qué los animales cautivos en zoológicos y otras cárceles tienen conductas repetitivas, sin función inmediata aparente, y ha hallado una respuesta en la ciencia, la literatura y los testimonios, todo conjugado en esta crónica exclusiva para la serie #NoMásZoo.

 

Un hurón mayor corre hacia una esquina, se yergue e intenta, con las patas delanteras y el hocico, abrir esa parte del tejido. En vano. Corre hacia otra esquina y repite la acción. La jaula que lo aprisiona es de tres por tres metros. Tiene una casita (como la de los perros en las casas), algunos troncos y una pileta. El piso es de cemento. El techo, a dos metros de altura aprox., es de chapa. La sensación térmica es de 40 grados. En diciembre de 2012, el león Rubio murió, según los responsables, por una infección y el calor excesivo. Ahora acaba de iniciar 2022, heredando del año previo una ola de calor que ha roto récords y que se prolongará meses. Un guardia parque muy adulto se aproxima y habla al hurón mayor. ¿Hace calor?, le dice. El hurón mayor le responde. Parece un pedido de auxilio. El guardia parque abre una canilla cercana y recoge una manguera para dirigir el agua hacia la boca del animal. Se murmuran un rato. El guardia parque deja la manguera, cierra la canilla y pasa a la siguiente jaula, donde otro hurón corre de un extremo a otro.

En grupo de narradores y fotógrafas, visitamos el Zoológico de Asunción, cautiverio de más de 1.150 animales de 55 especies nativas y 15 exóticas (de otros países y continentes), entre donados, comprados y criados, enjaulados «para entretener y satisfacer la curiosidad humana», en un predio de 9 hectáreas, en medio del Jardín Botánico fundado en 1914 con más de 450 hectáreas que actualmente solo son 250, por cesiones, la mayoría durante la dictadura estronista, a instituciones públicas, empresas estatales y privadas como Asunción Golf Club – AGC (41 hectáreas, más 7 hectáreas y media de ocupación ilegal). Esta última concesión culminó en 2000, pero AGC demandó a la Municipalidad de Asunción por nulidad de título y usucapión. Tras década y media de que iniciara el juicio, el 30 de mayo de 2014, un juez sentenció no hacer lugar a la demanda y ordenó el desalojo del club «en el plazo de 10 días de ejecutoriada la presente sentencia». Ocho años después, AGC aún ocupa el predio.  

Desde 2013, por un convenio entre la Fundación Maris Llorens (FMLL) y la Municipalidad de Asunción, la dirección del Jardín Botánico y Zoológico (JByZ) ha quedado a cargo de Maris Llorens, viuda de Gilbert Llorens (uno de los capos de una organización que había contrabandeado mil toneladas de cigarrillos por mes en Europa; tuvo orden de captura por asociación mafiosa, contrabando de cigarrillos y lavado de dinero), coheredera multimillonaria del esposo muerto en 2000 (riqueza ligada a la Camorra), condenada en 2001 por producción de documentos públicos de contenido falso, ganadera considerada reina de la carne, una de las personas más ricas del Paraguay, amante mediática de ciertos animales desde 2012 (cuando fundó la FMLL), en los últimos años aliada de Horacio Cartes, coincidentemente también investigado por asociación criminal, contrabando de cigarrillos y lavado de dinero a escala internacional. Maris Llorens ha anunciado en 2021, con publicaciones en medios de Cartes, que el nuevo frigorífico de ambos mataría entre 700 y 800 animales por día, «y luego ir aumentando ese volu­men». Este año, tras hacerse con el convenio difícil de hallar entre la Municipalidad y la FMLL, la concejal Jazmín Galeano contó que hasta el control y la fiscalización del JByZ habían quedado a cargo de la dirección del JByZ: «Literalmente, es parte y juez esta señora. ¿Cómo podemos tener transparencia si no hay mecanismos de control reales?»  

En las jaulas, en la misma columna de los hurones mayores, sector viejo del Zoológico, también están algunos monos. Uno, agarrado al tejido, en la altura, está hecho un ovillo. Otro, solitario, acostado sobre una piedra plana, a centímetros del techo, entrevé a los visitantes que lo observan, fotografían y hablan. Percibo una tristeza desesperanzadora. Una niña, sin embargo, dice a su padre: «Mirá, el monito está posando para nosotros». Luego escuchamos graznidos que suenan a alaridos. Son las sarías. Escandalosas, dice C, una amiga fotógrafa, que sonríe cuando nos miramos. Antes, en el inicio del recorrido, vimos a un pavo real caminando de un lado a otro. ¿Por qué los animales cautivos en zoológicos y otras cárceles se comportan de esa manera? Son estereotipias, leo en el sitio web de Zoo Animal Welfare Education Centre, causadas por el estrés y la imposibilidad de llevar a cabo algunas conductas importantes de su especie. Más que importantes, esenciales.

La imposibilidad conductual es evidente a los ojos de cualquier observador, aunque sea negacionista. En el trayecto de las jaulas de aves, M, compañero de C, ha contado que alguna vez, cuando enseñaba en un colegio privado, los alumnos promovieron una campaña para recaudar fondos en beneficio del águila del Zoológico. Entonces, tenían al águila en una jaula tan pequeña que ni siquiera podía desplegar las alas. La campaña tuvo éxito: recaudaron millones. En esta tarde, vemos a un águila coronada y a otra, un águila mora, en una jaula donde pueden desplegar las alas.

La historia de M. me recuerda los relatos que tanto explota el capitalismo: algunos personajes se conduelen ante el sufrimiento injusto de cierta víctima y se movilizan para salvarla; cuando logran lo que se proponen, celebran sonrientes su final feliz. Pero la víctima sigue siendo víctima. En la narrativa capitalista ni siquiera se pretende solucionar los problemas de fondo (el zoológico en sí mismo) sino mitigar el sufrimiento extremo (en caso de que consideren que la víctima lo merezca). A esto llaman bienestar animal: los alumnos no se organizaron para realmente salvar al águila, liberándola en un santuario o una reserva, de acuerdo a las condiciones del animal, sino para agrandar la jaula. Lo inaceptable solo era que esa ave magnífica no pudiera desplegar las alas.

Si la imposibilidad conductual es evidente, ¿cómo podemos percibir el estrés de los animales cautivos toda o gran parte de su vida? Al grupo se ha unido A, narradora. Caminamos por los senderos. Vemos a una niña llorar. La madre, joven, intenta calmarla. El padre, metros adelante, le grita: «¡Dejale nomás ahí que llore todo lo que quiera!» Digo a A: Por este tipo de trato nos volvemos insensibles… pues nacemos sensibles. Recuerdo un video compartido en redes virtuales: un niño pequeño llora ante un cerdo muerto, despellejado, destripado. Grita en guaraní a una mujer, talvez su madre, que él era su amigo, y lo recoge para llevarlo nuevamente al patio. Otro video: un cerdo grande, en un camión de ganado en movimiento, logra trepar la carrocería y salta a la ruta. Cae de cara, doblándose el espinazo, pero se recupera y corre tambaleante hacia los árboles. La reacción de los que ven, en cambio, es de risa por la caída que en el video se repite una y otra vez, en cámara lenta. Son adultos. El padre insiste a la madre que deje a la niña.

¿Es posible empatizar con los animales? Podemos sensibilizarnos ante el dolor y el sufrimiento, ¿pero identificarnos con ellos en esas condiciones que desconocemos? Recuerdo a Kafka. En el cuento Informe para una academia, el mono Pedro el Rojo cuenta su historia: cómo lo cazaron, capturaron, traficaron, enjaularon y amaestraron. ¿Cómo Kafka pudo escribir esa ficción? A través del montaje, digo a A. Aunque algunas narraciones de Hoffmann y la historia de Mr. Crowley lo hayan influenciado, es posible que Kafka también haya leído el testimonio de algún nativo cazado, capturado, traficado, enjaulado y civilizado por antropólogos europeos, y que lo haya imaginado en voz de un mono. ¿Kafka escribió algo sobre eso?, pregunta A. No, digo, lo deduzco: sé que leyó literatura oriental (de otra manera no se hubiera identificado/metamorfoseado incluso con un insecto) y publicaciones de antropología que entonces estaban en auge.

En el documental Apenas el sol, vemos a José Iquebi, el primer ayoreo cazado y capturado por hombres blancos a mediados del siglo pasado en el Chaco paraguayo. Era un niño. Lo enlazaron con una piola, enjaularon y exhibieron con fines de lucro. Es uno de muchos casos locales, regionales y mundiales de nativos que terminaron hasta en zoológicos.

Aunque la empatía quizá sea imposible, la narración de Kafka y el testimonio de José Iquebi pueden crear conciencia del sufrimiento que padecen los seres cautivos en manos de personas que, por la razón que sea, se han apropiado de ellos. Es posible entender el estrés caracterizado por las «conductas repetitivas, sin función inmediata aparente», como ahora vemos en el sector de los felinos grandes, creado en 2013: algunos pumas, tigres y jaguaretés yendo y viniendo, recorriendo el perímetro o solo un lado de la jaula de doble vallado. Son los efectos del cautiverio, cuyo significado primario y preciso en todas las circunstancias es: privación de la libertad en manos de un enemigo.

 

Posdata: otra vida, en beneficio exclusivo de los animales, es probable. En diversos países han cerrado zoológicos y enviado a los animales a santuarios o reservas. Esta nota, El largo camino a casa, cuenta la historia de la elefanta Mara que, tras abandonar el cautiverio y vivir en un santuario, se ha curado de las estereotipias.

 

Fotografía: Zuca Malky.

 

Algunas fuentes:

El Botánico, nuestro jardín. Un siglo de vida (1914-2014).

Breve historia de la Camorra de Fernando Bermejo Marcos.

Mary Llorens: una historia de dinero, poder y guerra familiar.

Direzione Investigativa Antimafia. Centro Operativo Di Bari.

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