cerrar [x]

Para que el desengaño no sea terminal 

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha ha provocado tantas lecturas como lectores. Sebastian Ocampos ha ensayado una que escribió para el encuentro virtual sobre el Día del Libro 2021, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, filial Formosa, que publicamos en exclusiva.  

En el último capítulo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha leemos/escuchamos/vemos al protagonista, moribundo, que dice:

Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma.

Quien habla, aunque el narrador siga llamándolo don Quijote, es Alonso Quijano, El Bueno, identidad que desconocimos durante toda la novela, hasta este último capítulo. Aunque quizás lo comprendamos, desconocemos a Alonso Quijano. Con quien empatizamos es con don Quijote. Con él convivimos durante mil páginas. ¿Cómo podríamos dejar de verlo como lo conocimos y quisimos, y empezar a verlo como quien dice ser?

Entre tantas certezas sobre la identidad, esta novela nos ha legado una de las preguntas fundamentales del conocimiento humano: ¿quién soy?

Antes de seguir con esta reflexión, imaginemos que estamos en los últimos años del siglo XVI, en 1597, en la cárcel de Sevilla. La imaginación, como sabemos, no es partidaria del condescendiente detalle historicista: aunque no sepamos nada de ese tiempo, menos de esa cárcel, sabremos imaginarnos ahí. Vemos a un hombre encarcelado, cincuenta años, complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, que de pronto tiene una epifanía: ve a un hidalgo, un buen hombre, tan leído en libros de caballerías que ha decidido convertirse en caballero andante para deshacer agravios, enderezar tuertos, enmendar sinrazones, condenar abusos, satisfacer deudas, todo en nombre del amor que declara a la sin par Dulcinea del Toboso. El hombre ve a este hidalgo salir de su aldea una y otra vez, a caballo, en busca de aventuras para ganarse el renombre y el merecimiento del amor. Caballero a destiempo, ve cómo la gente con la que se topa de capítulo en capítulo se burla, lo humilla, lo golpea, lo manipula, hasta casi lo mata. A pesar o justamente por sus nobles propósitos, nadie lo toma en serio, aunque algunos, como su infaltable escudero, aprenden poco a poco a quererlo.   

La epifanía del hombre encarcelado no se trata solo de esa premisa visual, sino de la observación de una condición humana: ante la pregunta qué somos, él ve una respuesta: somos ficción. La ficción oficial ha hecho al hidalgo Alonso Quijano El Bueno. La ficción entretenida, al caballero andante don Quijote de la Mancha.

Este hombre comprende algo que quizás ya le ha estado rondando desde hacía tiempo: las ficciones pueden engañarnos: pueden hacernos creer en una idea (familia, religión, patria, entre otras ideas naturalizadas) hasta el punto de que estemos dispuestos a dar la vida por la misma.

Imagino al hombre en 1597, mutilado en la batalla de Lepanto, endeudado para que lo liberasen del cautiverio de Argel y encarcelado por la quiebra de un banco (donde depositaba el dinero de la recaudación de impuestos atrasados). En una palabra: desengañado. Ha creído en la ficción patria, en la ficción religión, en la ficción legal, en la ficción leída. Y con cincuenta años está en prisión. En ese espacio reducido, donde el pensamiento y la imaginación son los únicos ejercicios de libertad, percibe al protagonista de la novela que escribirá: saldrá de su hacienda para aventurarse en nombre de las ideas que cree y regresará desengañado. Una historia que, evidentemente, conoce.

Pero la novela transciende sus propósitos. Es más, trasciende hasta su autoría: luego de la publicación y el éxito de lectores, alguien se apropia de su obra y escribe una segunda parte. Semejante agravio lo obliga a retomar la pluma para rescatar a su caballero y escudero y princesa y a todos los personajes que él ha sabido crear. Esta vez, sin embargo, ya no piensa en sugerir las ideas que tenía, sino en decirlas claramente a través de los personajes y la propia pluma.  

Volvamos al capítulo final de El ingenioso hidalgo… Vemos al protagonista en la cama, moribundo, desengañado. Afirma que ya tiene el juicio que había perdido y que, por tanto, es Alonso Quijano, no don Quijote, de cuyos disparates y embelecos se lamenta.  

Confieso que este final me cuestiona en cada nueva lectura: entiendo todas las razones expuestas para culminar de esa manera explícita e inapelable, pero a la vez quiero, como en una película del cervantino Cantinflas, que don Quijote cabalgue de nuevo.

¿Por qué quiero que cabalgue de nuevo? No porque quiera que lo burlen, humillen, golpeen, manipulen y hasta casi maten, sino porque me siento como Sancho Panza que por supuesto no quería que don Quijote dejase de ser don Quijote, el amo que se había vuelto su amigo.  

Veamos una última vez al hombre en la cárcel de Sevilla en 1597. La epifanía que tiene es una observación de la condición humana. Una epifanía que ha hecho posible el Quijote y quizás toda la narrativa siguiente. Pero deduzco que en ese momento el hombre aún no imagina bien a Sancho Panza, el personaje que sigue el camino del aprendizaje: de aldeano afable, ignorante, crédulo y disparatero a escudero circunstancial, gobernador de ínsula, amigo y sabio.

Si la epifanía de don Quijote es sobre el engaño y el desengaño, la escritura de Sancho Panza es sobre la sensibilidad y la empatía. Si el hombre ya liberado de la cárcel solo hubiese escrito la historia del caballero andante anacrónico, hubiésemos leído nada más que una tesis. Gracias a la presencia in crescendo del escudero, leemos una novela.

Una novela que, como toda obra que enaltece la literatura, narra sentimientos contradictorios: por un lado, igual que a Sancho, el dolor provocado al Quijote de nobles propósitos nos sensibiliza hasta ponernos en su lugar; por otro, sabemos que cada cabalgata, montados en los leales y queridos Rocinante y Rucio, ha tenido severas consecuencias.

Aunque quiera que don Quijote cabalgue de nuevo, sé que la novela debía terminar como terminó. La narración literaria no es el arte del engaño, sino del desengaño: el acto de tomar conciencia de que sea cual sea el camino que elijamos, creyendo en tal o cual idea/ficción, la realidad, cuando no se cumpla lo que esperamos, nos dirá que estuvimos engañados.

Es una historia inevitable: cada uno hace el viaje del engaño al desengaño. La literatura no nos cuenta esto para que ni siquiera intentemos el viaje, sino para que seamos conscientes de que lo importante es el camino recorrido con otros, no el final: que la felicidad, si existe, está en las cabalgatas, las caminatas, los diálogos y los recuerdos entre don Quijote y Sancho, cuando ambos han aprendido juntos a liberarse: a convertirse de amo-escudero a amigos.  

Este es el legado del buen hombre que fue Miguel de Cervantes Saavedra: si nuestro viaje de vida es conjunto y está guiado por quijotescos ideales de amor, justicia y paz, aunque nos desilusionemos, y persistan la injusticia y la crueldad, sabremos que contaremos con quienes hemos viajado… para que el desengaño no sea terminal.

Y sabremos, sobre todo, que el viaje ha valido la pena.  

¿Te gustó la nota?
  • ¡SÍ! 
  • MÁS O MENOS 
  • NO 
0

Aún sin comentarios.

¿Qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.