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Orgullo de familia

Una mujer encuentra a su esposo herido y quiere llamar al médico y a la policía, pero él la detiene: acaba de matar a uno. De golpe ella se entera de las actividades criminales de él y rápidamente debe decidir qué hacer. Un cuento de Maybell Lebron, ilustrado por Lorena Riego.

 

Noche a noche, sola en la cama enorme, con los ojos abiertos fijos en el techo de sombra, me acosan los recuerdos.

Y lo veo en mis brazos como un fardo palpitante, deshecho. Ellos se habían ido; sólo encontré su mirada implorante y las manos aferradas al marco de la puerta. En el pecho dos agujeros, su sangre espesa resbalando, resbalando. Abrazado a mí, lo arrastré al dormitorio. La voz me salió ronca de miedo y desesperación. Voy a llamar al médico y a la patrulla. No te mueras, por favor. Un estertor acompañó al susurro. No lo hagas, acabo de matar a un policía.

El sonido del reloj salpicaba el aire quieto mientras la mancha roja iba devorando la blancura de la camisa. Lo vi encogerse al oír mi grito ahogado; acaricié su frente: Tranquilo, no te agites, escucho. Nos descubrieron. Tráfico de drogas.

Reculé. Miré su cara contraída, grasienta de sudor, las pupilas espiando desde la rajadura de los párpados. El rechazo y la lástima me aguaron los ojos. Algo estalló muy adentro: dejé de funcionar. De pronto, ese desconocido. Nuestros hijos, hijos de un rostro de primera plana. Intenté olvidar, estrecharlo entre mis brazos como antes. Ya no. Dolor, vergüenza, domingos al otro lado de la reja y él dentro, pudriéndose. Desgraciado, todo fue engaño. El rompecabezas iba tomando forma, se volvía insoluble: entregarlo o perdonar. Me faltaba coraje. ¡Dios mío! Droga, brazos acribillados, rostros enloquecidos. Eran hijos de otros padres. Los dejaba morir de sobredosis, o de sida, o amanecían tirados en un callejón. Me vi como la amante estúpida. Lo habían herido por lo que era: un asesino, y yo, sin saberlo, dormía a su lado. La saliva pegada a la garganta me impedía respirar. Vi mi rostro descompuesto en el espejo, con la boca incrédula y los brazos colgantes. Su olor subía a las narices con un cosquilleo dulzón: olor a parto o muerte. Contemplé mis manos pringadas de sangre, de su sangre; el cuerpo perforado de prolijos redondeles desbordando su savia. Debía cegar esos ojos diabólicos para que los suyos continuaran abiertos. Presioné los algodones sobre su pecho, y así contener la hemorragia.

No quería huir del pasado como de un monstruo deforme y repelente. Ese amor era auténtico. No pudo ser chatarra. Nuestra casa, nuestros hijos, nuestro orgullo de familia. El galope desbocado en las sienes me llenaba el cerebro de destellos lacerantes; todo mi cuerpo latía en un temblor que se fue aquietando. Mi mente comenzó a funcionar: un minucioso horror como única salida. Y se lo dije.

No hay nada que esconder, ni la chaqueta llevabas puesta cuando te tiraron en la puerta; tampoco tenías armas. Haré pedazos la corbata manchada de sangre, así correrá en el inodoro. Es lo único que puede delatarte. Diré que estábamos viendo televisión. Yo sí estaba allí. ¡Qué ironía! Pasaban El Padrino. Las balas quedaron dentro de tu cuerpo, no podrán encontrar marcas en la pared. Esos bandidos se llevaron hasta la manta en la que te trajeron envuelto. La vereda está sin manchas, bien se cuidaron de no dejar huellas.

Será nuestro secreto, tuyo y mío. Lloraré disfrazando mi espanto, sin mostrarles la hondura de mi pena y mi asco por quererte. Seguirás siendo el digno señor Monte. Una foto en el living, siempre con flores. En la mesa: Pobre papá, ¡tan bueno! Y yo, con los ojos en el plato, asintiendo. ¿Lo hago por vos, por ellos o por mí? Llevaré la máscara hasta que la muerte me empuje a no sé dónde, con un único confidente, sin conocer su respuesta. Y cuando ella llegue será apenas una ráfaga errante camino del cielo… o del infierno. Todo por tu culpa. Tu infamia me salpica con su podredumbre. Por salvar a mis hijos quedaré manchada. Yo haré que puedan llevar la frente alta; firmarán tu apellido injustamente; el mío, el de la madre, quedará relegado a los archivos. No importa. Yo lo sé. La dignidad es mía.

Has perdido mucha sangre. Quiero creer que estás arrepentido. Pediré perdón por los dos: me has hecho pecar con tu pecado. He arrancado las compresas y el dulce fluir crece de nuevo. No duele ¿verdad? Has comprendido. Tu convulso «Gracias» lo atestigua. Palideces, tus labios tiemblan bajo los míos, se te acaba el aliento. Perdóname.

Oía mis sollozos desgajando el silencio. Con la yema de los dedos presioné los párpados aún dóciles hasta borrar el fulgor opaco. Busqué a tientas el teléfono. Disqué. Por favor, estoy desesperada. Unos desconocidos balearon a mi marido al atender la puerta. Está perdiendo mucha sangre. Apúrese, doctor.

Desde el vestíbulo llega la risa de los muchachos. Vienen de una fiesta, como aquella noche.

Dicen que debo volver a sonreír.

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