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Nabucco

Luis, encarcelado, silva el Nabucco de Verdi y putea por el frío patagónico, hasta que los guardias lo reprimen y sus compañeros de Infierno se vuelven el coro de esclavos. Un cuento de Mempo Giardinelli (publicado en el libro Chaco For Ever), ilustrado por David Bueno Villafañe.

 

Nadie que no haya estado preso sabe lo que es el frío. Nadie, ni un jodido esquimal. Nadie.

Piensa Luis, caminando y caminando, y caminando por enésima vez los dos metros con sesenta centímetros que tiene la celda de largo, desde el negro portón de hierro hasta la pared con la ventanita enrejada arriba por donde entra la única, miserable luz diurna. El foquito de cuarenta watts, en el alto techo, permanece encendido y roñoso las veinticuatro horas.

Aunque enésima vez no. Luis sabe exactamente la cantidad de veces que ha caminado esa pequeña distancia, tiene perfecta conciencia de ella porque lleva contadas setecientas sesenta y cinco veces esos dos metros sesenta. Con un frío de la gran puta, recalcula, hacen mil novecientos ochenta y nueve metros, o sea, casi dos kilómetros. Ya falta poco y así cumplo la mañana, y después a silbar y que se mueran esos hijos de puta, ¡vamos Luisito viejo y peludo!

Porque eso es lo bueno: ponerse a silbar. La música siempre fue mi mayor placer y acá me contiene y acompaña. Y además yo silbo muy bien y les gusta a los muchachos; a todo el Penal le gusta. Sobre todo el Va pensiero de Nabucco, que me lo sé de memoria, entero, perfecto, nota a nota y con las inflexiones de la Nana Mouskouri, qué no daría por escucharla una vez más el Nabucco de Verdi, qué bárbaro Verdi, el coro de los esclavos hebreos es perfecto. Va pensiero. Fiiiiii, fififiii… Fifiii… Enseguida paro y tomo agua, echo una meadita en el agujero y silbo un rato más. Que se caguen los tiras, guardias de este Infierno, hijos de sus reputísimas madres.

Faltan cuatro y paro. Últimos diez metros, agüita fresca y un cacho de gimnasia de cintura, veinte abdominales y me asomo a la ventana que no es ventana y les silbo. Hoy, señores y señores, incluso ustedes hijos de puta ratis, hoy Nabucco, de Giusseppe Verdi, en versión silbada por muá mém

Decían que Verdi era un fracasado, qué animales. Que estaba terminado, decían, aunque no tenía ni treinta años cuando compuso esta maravilla. Fiiiiii fi fi fiiiiii… fifiiiiii… fifufufufifiiii… fufuuu-fufifi… va pensiero con tu libertad, en la dicha y en el canto yo te amo… Fiiiiiiiiiiiii fi fi fi fiiiiii fiiiiiiiii fifififi… Libertad, libertad, fififiiiiiiiiiiiii… Joder, qué grande Verdi, el pensamiento va libre siempre, como ahora la meada, larga, en el rincón infecto.

El estreno fue un éxito, en parte por el impacto que produjo ese famoso coro, Va pensiero, que tan bien cuajaba con los ideales del Risorgimento. El tipo con esta obra devino símbolo del movimiento de independencia italiano. Y ese coro lo convirtió en uno de los capos de la unidad de Italia. Su fama fue tan grande que en las paredes, en las calles, se pintaban grafitis con el acróstico ¡VIVA VERDI! que además significaba VIVA Vittorio-Emmanuelle-Re-Di-Italia. Así se burlaba, de paso, la censura de la policía austríaca a Víctor Manuel de Saboya, quien después sería el rey de la Italia unificada.

Fiiiiiiiiii… fi fi fi… fifiiiiii… No, no es ventana, qué va a ser ventana, es un ventilador ese agujero cuadrado por el que entra este frío de mierda. No mira hacia ningún lado la jodida ventana, sólo deja ver un cacho de cielo chiquito y mugriento porque todo es mugriento aquí. La tapé, que tapar es más correcto que cerrar, la tapé con un calzoncillo pero igual entra el frío, todopoderoso el frío, y cuando hay viento, que aquí en la Patagonia y cerca del mar el viento sopla todo el tiempo, toda la eternidad que parece que estaremos aquí, nunca amaina el guacho viento. Y entonces se menea, el calzoncillo se agita como una bandera gastada y rota y el frío entra como para secarte el alma, que es lo que todos tenemos seco acá, el alma, el espíritu, la vida y lo que puta quieran, todo congelado como un mamut en la punta más Norte de Siberia.

Claro que ventana, también, por la que sale mi silbo en libertad, que aquí es como una esperanza voladora que anda, vuela, camina, recorre los pabellones como una luciérnaga llevando luz. Chiquita, una esperancita: Fiiiiiiiiiiiii fi fi fi fiiiiii fiiiiiiiii fifi fifi fifiiiii… Una mini esperancita de mierda, bueno, pero que los hace recagar de odio a los hijos de puta porque también les gusta, yo sé que les gusta porque sé silbar muy bien, hijos de puta, y ellos han de decirse que no debería gustarles pero cómo les gusta, guachos, putos, cómo no les va a gustar Nabucco aunque tengan atrofiados los oídos por cumbias berretas y las boludeces en inglés que escuchan por la radio.

¡Nabucco, Luis, dale!, grita uno en el Pabellón 4, y sí, ya voy, enseguida muchachos, piensa Luis, y ahí les va, y también para los hijueputa ratis, y empieza de nuevo: Fiiiiiiiiiiiii fi fi fi fi-fiiiiii… fififi fi-fiiiiiiiii… y se interrumpe y grita ¡Nabucco otra vez, turros, putos, soretes, colonizados, ahí les vaaaaa!, grita Luis y recomienza: Fiiiiiiiiiiiii fi fi fi fi-fiiiiii… fififi fi-fiiiiiiiii… y la silba entera, o casi, y cuando termina algunos aplauden, los ñeris, los carnales aplauden desde todos los pabellones, cada vez son más y entonces ahí les va otra, compañeros, y les zampa I have a dream, y después Cielito lindo, y un cacho de la Serenata de Schubert y todo lo que canta la Nana Mouskouri Luis lo silba bien silbado, qué voz la Griega, qué maravilla, tiene el alma en la garganta, sino no se explica, y en cualquier idioma y todos bien pronunciados, grandiosa, debe andar por los ochentitantos y seguro todavía canta, los dioses no tienen edad y además no importa porque es inmortal y Fiiiii, fii fii fii… fiiiiiiiiiiiii fiuuuuu-fufu… Y ahí viene el coro con el Va pensiero: fummmm, fummmm, fum-fufiiiiiii… fiiiiiuuuu….

—¡¡Y no, carajo, no me callo nada!! —grita Luis cuando escucha las órdenes, los gritos de los guardias para que se calle, haga silencio y deje dormir, pero él nada, los guachos quieren que pare, que me silencie, pero la garcha con el silencio y Fiiiiii-fififiiiiiiiiiiiii fiuuuuu… fifufufi…. Fu Fuuuu…

Y qué final. Lo sostengo en un calderón imaginario que suspende el compás y es como que lo dejo estampado en las paredes. Y mudos, se quedan todos, los ñeris y los mierdas. Caprioli aplaude desde el Pabellón 7, un fenómeno, Caprioli, sabe de música un montón, tocaba en la Camerata Bariloche hasta que mató a la jermu y al amante.

Y otro es el Rulo Tasca que chifla como un barrabrava, con firuletes y dibujos en el aire, pareciera, y acto seguido el respetable, la masa anónima del penal tararea la melodía y después aplaude, respetuosa, yo digo que de pie y agradecida, no a mí que no valgo nada sino a la Griega que es un fenómeno, yo les conté a todos de su voz perfecta, les silbaba y explicaba cuando estuve en la celda grande y comíamos todos juntos y de postre me pedían que les chiflara alguna cosa, un tanguito, dale Luis, una zamba, una ranchera, una milonga…

Cuando salga de este Infierno, porque un día voy a salir y la puta que los parió, ese día lo primero que haré es comprarme la obra completa grabada de la Nana. Con Teodorakis, sin Teodorakis y en todas las lenguas del mundo, que ella las canta en todas. Y después compro un equipo de música de esos de cincuenta mil guás de potencia, y lo cargo en la chata del Gringo, que seguro todavía tiene la chata, o si no alquilo una, lo que sea, y vengo y estaciono la chata frente a la puerta del Penal y les pongo el Nabucco a toda potencia. ¡Qué grande! Los dejo sordos a nabuccazos a los tiras hijos de puta y además sin escapatoria, otra que mi silbido que ya bastante los jode, les reviento las orejas con cincuenta lucas guás.

Y después también Zorba, ésa sí en la versión de Teodorakis, que es la más vibrante, digo yo, que no soy experto ni ahí, pero cómo me gusta Teodorakis. Tres millones de visitas en el iutúb llevaba cuando me encanaron. Tres millones, fiiuuu, eso sí que no es moco ‘e pavo y la puta madre cómo me dejé agarrar, me vendió el Pájaro para quedarse con todo aunque después la pagó, el gil, la cana lo estampó a balazos contra un muro de Techín.

—¡Hey, mogólicos insensibles, sordos hijos de puta, un día les hago escuchar a Teodorakis un montón de horas seguidas! ¡Palabra de Luis el Griego, cabrones y la reputísima madre que los remilparió!

Y al toque suelta una carcajada, que se oye amarga, y enseguida dice, Luis, para sí, que Zorba es a la modernidad lo que Nabucco fue al Diecinueve. No sé, no estoy seguro, pero digamos que suena bien. Y hoy puedo cualquier conjetura porque los guachos ratis están desconcertados y eso no es poco, cada vez que les zampo un Nabucco completo vienen y putean y me bañan a manguerazos pero yo sigo, no les doy ni cinco de bola, bestias brutas con perdón de las bestias, la música, la belleza de la música los desequilibra, eso sí que los desconcierta, los desconcentra, los descentra, vamos, y entonces grita, Luis, impostando como un locutor de Radio Nacional:

—¡Manga de animales, tiras putos, hijos de sus reputísimas madres, la obra escuchada se titula Nabucco y su autor fue el venerable Giusseppe Fortunino Francesco Verdi, el más grande compositor de ópera romántica del siglo diecinueve, animalitos míos, burros de mierda, y obra que acaba de ser interpretada en Silbo Traverso por el interno número 217 Pabellón 3 de este lugar de mierda, el Señor Luis Alberto Roque Laporongalatienenadentro!

Y se ríe, Luis, a carcajadas, mientras estalla nuevamente el aplauso de la afición carcelaria, que parece llegar hasta él desde todos los pabellones, sudada y caliente como el pis que impregna las paredes, y entonces Luis se inclina con el antebrazo sobre el ombligo, como un artista en el escenario pero para nadie, o más bien para todos los representados en los muros y los hierros y también para los palcos imaginarios a los lados, y da unos pasos cortitos como remedando a Anthony Quinn en Zorba el Griego, como lo vio en iutúb justo la noche que lo entregó el Pájaro en la casa del Moro y tres días después del afano al Banco de la Costa, y como las maldades nunca vienen solas justo en ese instante ve venir a cuatro animales con el manguerón para soltarle el chorro que lo va a silenciar.

Y la verdad es que se caga de frío con los manguerazos, el agua helada y el viento que entra por el ventanuco. Literalmente se caga encima, Luis, que a la vez tirita como un mono tropical en la Antártida mientras se esfuerza por evocar las mandolinas griegas y cerrando los ojos se mece, temblando incontenible y sintiendo bajo la lluvia helada, y aunque sin escuchar, esa especie de crescendo que le llena el corazón y que pareciera que lo eleva unos centímetros sobre el piso asqueroso de la celda, si hasta parece que trota en el aire y mueve los brazos y las piernas como siguiendo un ritmo que escucha, claro que escucha, y lo siente en las alpargatas y la ropa empapadas y en las palmas de las manos y en el culo asqueroso, a la vez que se impone soportarlo todo obligándose a pensar en el sonido latoso de una cítara que imagina tocada por Mikis Teodorakis, y entonces y contra el agua aplaude, Luis aplaude y salta, para un lado y para el otro, y se ríe de su dolor, de su mierda en el culo y se jura que no le duele nada, nada, no son ciertos el sufrimiento ni la humillación, ni el súbito silencio de su silbo, estos son incapaces de doblegarme, se jura y se promete, pueden taparme la boca pero no van a enmudecerme, tiras hijos de puta, pobresdellos, patita parriba, patita pabajo y pal otro lado, y fifiii – fifiii – fifiiififi – fifi – fifi – fifiiiiiiiii – fifuuu-fifufafifu fu-fuuu, fifufafifu, fifi – fifi – fifufuuuuu y la reputa madre que

Todo el Penal escucha y grita, reclama y ríe, putea y llora y sueña, vamomuchachi que soñar no cuesta nada y los sueños sueños son, grita Poroto el cordobés por sobre el estampido del chorro que vuelve a estampar a Luis contra la pared, atenti mis valientes, grita Ruiz el jefe del Pabellón 4, hay que volverlos locos a estos guachos y entonces se escucha un chiflido, un grito agudo que parece que es de Aguirre y suena como una orden que desata una rechifla generalizada que se ha de escuchar hasta en Trelew, y reconoce que ese otro que grita es Lorenzo, del Pabellón 3, y ése que chifla es Parmigiani y ése que canta es Barboza, carrerito sanjuanino que está en el Pabellón 5 porque mató a la vieja, el loco envenenó a su puta madre, y ahora Luis silba un Nabucco raro pero genuino.

—¡Escuchen ratis, guachos! —grita uno.

—¡Todos a la una por el chaqueño Luis! —grita otro—. ¡Escuchá Luis!

Y Luis escucha cómo crecen en todo el Penal el silbo y el tarareo confusos, grotescos y algo borrosos de un Nabucco legítimo, confuso pero verdadero, audible y creciente: fiiiiifi – fifi – fifuuuu -fafifuuufu- fifuuuuuuuu – fifufafifufuuuu… tarareado por decenas, cientos de voces llenas de resentimiento y puteadas. Y es claro, se comprende porque él les ha silbado tanto el Nabucco que ahora sabe que todos sonríen, se emocionan, lloran y se abrazan, los que pueden, los locos, los ñeris, carajo, a soltar la emoción y las lágrimas que esto es una miserable, puta y asquerosa cárcel, y entre todos corean tarareando hasta llenar el aire: Fiiiii fifaaaaa faaaa… fifuuuu… fiiiii-fufufafufiiiii… fufuuuu, fufuuu, fufi, fufiiii fu-fu=fi-fuuu=fi faaaaa…

Y el Coro:

Fuuuuummmm… Fuuuuummmm… Fuuuuummmm…

Y vaaaa pensieeeeeerooooo… fifiiiii… fifufufufufiiiiiii, fufu, fu, fu, fu, fufaaaa… Es tan libre el pensamiento, mierdas, piensa Luis en el tumulto, es tan libre como yo ahora, tan pájaro y tan todos, y tararea mental, pensamientalmente y todo el Penal es un rumor intenso, una masa de sonidos que se mece y es como que murmurara, algunos se demoran en entrar, otros desafinan, aquel de más allá grita y alguno llora, pero es un Nabucco cabal el que se impregna en todas las paredes del penal.

Y ya ni frío hace, o no se siente.

—¡Le calentamo’ el culo a la vida, hijos de puta! —grita Luis y en el acto vuelve a silbar, a cantar aunque no le sale nada porque a manguerazos lo mantienen estampado contra el muro, y entonces le grita a los guardias que son unos mierdas y guachos y putos y métanle compañeros, grita lo más que puede, griten y silben el Nabucco libertario, hermanos, y que vivan los Griegos, vivan Zorba y la Nana Mouskouri que así los dejamos chatos como babosas arrastradas incapaces de un puto Do en clave de Sol, que eso es lo que son, menos que babosas, y todo eso piensa para sí, Luis, mientras no cesa su tarareo bajo el torrente de agua y fiuuu fiuuu fiuuu fiuuu…

Mudos los dejamos, piensa y es como si se le pasara el frío y vuelve a silbar. No pifio ni una nota, loco, ni una; me sale un Nabucco impecable, otra que estudio de grabación, aunque sea en el balero me sale perfecta y es entonces cuando entran a la celda dos guardias, dos animales, dos bestias, uno es Sánchez, el otro Ojeda y Luis los conoce y les teme, por eso se acurruca bajo el agua y el frío y se queda chatito, aplastado y blando como un mantel estirado, viendo que vienen hacia él igual que el chorro que sale de la boca de la manguera que vomita esa agua que lo estampa contra la pared y lo congela justo en el momento en que el silbo generalizado del Penal se hace macizo y es un canto que sube al cielo, nomás, al menos Luis cree verlos a todos desde arriba, desde el cielo todos cantando, del lado de la libertad, va pensiero ahí arriba y para arriba, por encima del taconeo de la tropa, el pelotón de guardiacárceles que añade más mangueras de alta presión y lanza agua para todos lados mientras Sánchez y Ojeda y otros dos que también entran a la celda empiezan a patearlo en la boca y en los huevos y en el alma, y es claro que lo callan, lo silencian porque la paliza es absoluta, le rompen la boca a patadas, los dientes, los labios, la lengua como si estuviesen matando al mismísimo Nabucco y a Verdi y a la Nana para siempre.

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