En Libroclub Y, nuestro club de lectura, leímos el libro Cuentos decentes (1987) y charlamos con el autor Guido Rodríguez Alcalá sobre el mismo para ahondar en los cuentos satíricos sobre la hipocresía paraguaya aún vigente, una charla de 2022 que transcribimos y ahora publicamos.
Guido Rodríguez Alcalá nació en Asunción en 1946 y se dedicó a la literatura, la historia, el periodismo y la crítica literaria, con diversos premios y reconocimientos nacionales e internacionales. En 1987, publicó su primer libro narrativo, Cuentos decentes, una colección de once relatos breves que hablan sobre la pretendida decencia de la sociedad paraguaya.
Un lector: ¿Puedes contarnos la génesis de este libro que nos convoca?
Guido: Yo había hecho crítica literaria, poesía y artículos periodísticos, pero no cuentos. Este fue mi primer volumen de cuentos. Mayormente se basa en mi experiencia. De hecho, hay un cuento que es totalmente imaginado, llamado «El beso al leproso», en que casi sería un caso de eutanasia. Los demás cuentos están inspirados en las experiencias, las anécdotas y las historias del gobierno de Stroessner, una dictadura represiva pero no tan sanguinaria, quizá porque Stroessner tenía el control del país. Entonces trataba de matar lo menos posible, talvez porque no lo necesitaba. Me parece que trataba de ser razonable en lugar de eliminar directamente como lo hacían los demás dictadores del continente. Por esa razón, quise que estos cuentos fuesen realistas o, mejor dicho, veraces y que de alguna manera expresaran la realidad del sistema represivo, opresivo, porque había una especie de represión que estaba y se sentía constantemente por medio de la policía, de los espías y del control en todas partes. Había un boicot social contra la persona que estaba en contra del régimen. Pero por otro lado había una relativa libertad de expresión. Por ese motivo, apareció este libro en 1987, porque en general no se reprimía tanto a la literatura. Los libros tenían poca circulación, a diferencia de las radios o los teatros que estaban controlados. Por ejemplo, la historia de la represión es la historia del Teatro Municipal, donde se destruyó una tradición de teatro popular. Por esa razón, este libro pasó desapercibido. Y las personas que leían no eran de las que crearían mayores problemas.
Un lector: En Cuentos decentes, veo por lo menos tres sentidos del título: por un lado, el género; por otro, el tema: la decencia, pero que tiene relación con la ironía, porque cuando leemos los cuentos reconocemos la indecencia institucionalizada en diversos aspectos de la sociedad paraguaya, en una época específica, de la que estabas hablando. El otro sentido es la manera en que la gente de ese tiempo da tanta importancia a la decencia. Para mi generación, la decencia no ha sido tan importante, pero por lo visto, hasta cierto momento histórico del país, a la sociedad le importaba mucho aparentar ser decente ante los demás cuando la indecencia era lo real.
Guido: Si, la hipocresía era lo normal. Fue así. Partiendo desde el lenguaje, por ejemplo, era muy condenable decir groserías. Hasta la forma de vestirse, pues había una manera y esa era la correcta. Había que ser educado, saber comportarse, al margen de lo que se hacía en la vida real, pero en la superficie era puro formalismo.
Un lector: Más que la palabra decente, en el libro está dicha sobre todo la palabra «indecente» como insulto: una persona es indecente, una actitud es indecente, una institución es indecente, un lugar es indecente… Como está presente, le da unidad temática al libro desde el inicio, por más de que haya diversos personajes, espacios, tiempos incluso. Es tu primer libro de cuentos, pero el título lo pensaste temáticamente como un libro total.
Guido: Sí, el tema predominante es la decencia o, en otras palabras, lo que se hacía y no se hacía. Tengo otro libro que se llama Narciso que narra los hechos de 1959, durante la represión a los homosexuales. En el mismo, cuento que los hombres tenían permitido usar solo dos colores de zapatos, el negro o el marrón. Usar de otro color ya era para ser tildado de marica, raro, etc. Todo se trataba «del qué dirán» como una presión política, pero si no era política era una presión social.
Una lectora: Me pareció que los cuentos son radiografías de situaciones cotidianas en el Paraguay de ese periodo. Me resultaron muy familiares porque yo soy de ese tiempo. Teniendo en cuenta los años que han pasado, ¿te parece que ha cambiado algo de esa realidad? Y si cambió algo, ¿fue para bien o para mal? ¿De qué manera un escritor observador ve las cosas en este momento?
Guido: Creo que de la represión directa se pasó a la represión indirecta. Recuerdo una frase de Herbert Marcuse —muy leído en la década del 60— que hablaba de desublimación represiva, lo cual está dentro de la línea de pensamiento de Freud, quien decía que la sublimación era lo que transformaba los impulsos básicos en obras culturales y que la sublimación mas allá de ciertos puntos se volvía neurotizante o patógeno. Marcuse decía, en palabras de Freud, que el superego es necesario o que la ausencia del superego lleva a la tontería. Como ejemplo, podríamos poner a los reality show; supuestamente, lo mas desinhibido que hay, pero que en realidad es mentira porque muestra máscaras frente a las cámaras: personas interpretando el papel de hacer lo que quieren hacer, pero en realidad no hacen lo que quieren porque están muy condicionadas por el ambiente. No hay argumentos; hay epítetos. Eso es desublimación represiva: la desinhibición absoluta, en el mal sentido de la palabra. Me parece que esencialmente esa es la transformación principal.
Un lector: El último cuento, sobre la embajada y la dictadura, es una narración atípica para la literatura paraguaya de ese tiempo, por el hecho de recurrir a las cartas y narrar la percepción de la personaje con respecto al país, primero creyendo que la dictadura no era tan mala porque no la perjudicaba, hasta que le tocó vivir la experiencia que ella decía que no sucedía mucho en el país. ¿Cómo se te ocurrió este abordaje?
Guido: Me había inspirado en un cuento de Joyce Carol Oates cuando escribía este libro. Leía mucho sus cuentos y novelas. A mi parecer, debería haber recibido el premio Nobel hace tiempo. Esta escritora tiene un cuento llamado «Cartas no necesariamente escritas» para llegar a un modo de expresión diferente, porque cuando uno piensa en escribir una carta se expresa de una manera diferente. Esa es la ficción que me permitió acceder a la técnica…
Un lector: Veo que todos los cuentos plantean el contradicción entre lo que se debe hacer versus lo que realmente es. En el país, sin embargo, no necesariamente quien sigue las normas de decencia es decente ni quien actúa fuera de ella es indecente, ¿no le parece?
Guido: Las normas eran en esa época una imposición social que facilitaba moverse dentro del régimen y el sistema. El hecho de acatar las reglas no significaba necesariamente ser decente ni violarla significaba ser indecente o inmoral, pero había mucho formalismo, hasta en el lenguaje. Por ejemplo, un artículo del diario Patria: El excelentísimo señor presidente de la República, general de ejército, don Alfredo Stroessner, acompañado de altas autoridades nacionales, ha procedido a la inauguración de tal cosa. Frases larguísimas que no decían nada, pero que eran parte de ese formalismo y de la pretendida decencia.
Un lector: Sobre el cuento «Diario de una adolescente»: por un lado, vemos a la madre sumisa, abnegada, sufrida; por otro, a la hija que no quiere seguir el mismo camino que la madre. ¿Esa representación de la narradora hablando a través del diario podría simbolizar la voz silenciada de la mujer a través de las generaciones?
Guido: En ese cuento, traté de asumir una voz femenina más que de las generaciones de esa generación en específico, teniendo en cuenta los casos de las mujeres que trabajaban en los supermercados, tremendamente explotadas. Tenían que estar todo el día sentadas, sin tiempo incluso para comer ni para ir al baño. El sistema mismo negaba la posibilidad de mejores trabajos a las mujeres con talento. En ese sentido, con respecto a tu pregunta, un hombre puede encarnar un personaje femenino y viceversa. Marguerite Yourcenar escribió Memorias de Adriano, en donde ella se pone en el lugar del emperador Adriano y lo hace muy bien. Así que el sexo del narrador no es algo definitivo en la literatura.
Una lectora: ¿Tus libros se leen en las colegios públicos? ¿Están incluidos en el plan escolar? Me parece que los temas abordados en los cuentos son muy interesantes para lograr el pensamiento crítico que tanto se quiere fomentar. Recurrir a la ficción para tocar temas de la realidad puede lograr una lectura mucho más crítica sobre lo que realmente está pasando, ya que ahora en la era del internet las noticias falsas distorsionan la realidad.
Guido: Hasta donde tengo información, algunos profesores han utilizado cuentos míos. Pero en realidad ningún cuento mío está en el programa de estudios oficial. Tampoco ningún libro mío ha sido recomendado por el Ministerio.
Un lector: Dijiste que casi todos los cuentos tiene relación con algún aspecto o momento de tu vida. ¿Eso significa que conociste de primera fuente una experiencia similar a la familia del cuento «La sesión de la OEA».
Guido: Efectivamente, es un hecho real. Si bien yo no estuve en la sesión de la OEA, pero me la comentaron detalladamente. Una persona que impulsaba la causa de los derechos humanos en Estados Unidos me comentó que había una señora que quería promover a su hijo en la carrera diplomática. En esa sesión, se criticó mucho al Paraguay. Estuvo Domingo Laíno. Lo que no recuerdo bien es el año de dicha sesión, 1976 o 1977. Stroessner no quería que nadie anticipara sus movimientos. El joven diplomático estaba ascendiendo en la carrera. Desgraciadamente para él, escucharon su conversación con la suegra y con la esposa. Por ese motivo, quedó condenado y su ascenso postergado. En el cuento, todo es cierto con algunos matices de la ficción. A mí, la historia real me divirtió mucho. A modo de referencia, para este cuento tomé la idea de Julio Cortazar. Tiene un cuento llamado «La señorita Cora», desarrollado en forma de diálogos o monólogos paralelos.
Un lector: Publicaste el libro en 1987. Es extraño que no haya habido algún tipo de represalia. ¿Por qué crees que no hubo reacción ante semejante sátira?
Guido: Lo que sucedió es que este libro pasó desapercibido. No tuvo ni ventas ni comentarios, a excepción de un amigo que hizo una breve reseña. Para los demás, pasó absolutamente desapercibido. Quizá por suerte, pues de otro modo lo habrían prohibido.
Un lector: Los cuentos están escritos en primera persona. A tu consideración, ¿esa es la mejor manera de exponer tanto las contradicciones de los personajes y los acontecimientos que viven?
Guido: Para ser sincero, lo escribí así porque me salieron así a medida que los iba escribiendo. No es que tuviese un propósito determinado. Soy lo que se dice un escritor intuitivo.
Un lector: Con relación a esa pregunta, me parece que tu experiencia en Estados Unidos y Alemania, el hecho de haber leído mucha de su literatura contemporánea, influyó en tu estilo de escritura, ya que la primera persona tardó en llegar a la literatura paraguaya. Los once cuentos, con sus diversos personajes, están escritos en primera persona, en la mayoría de los casos con un castellano paraguayo de asunceno medio, con alguna presencia del guaraní; en el último cuento, con la del inglés.
Guido: La verdad es que no había pensado en eso, pero podría ser una posibilidad. Además, la gramática incorrecta. Me han dicho que debería revisar la sintaxis. Pero yo traté de escribir así como se expresa la gente, con errores, modismos, etc. Es decir, con errores que te permitan entender los que se quiere decir, explicar. En otras palabras, usé el lenguaje coloquial, excepto en donde está el estadounidense y hay transposiciones del inglés al castellano, y burlas de por medio.
Un lector: Según el libro en su conjunto, ¿es la decencia una herramienta de los poderosos para conservar sus privilegios o más bien es una condición que también los afecta a tal punto de que es capaz de evidenciarlos ante los oprimidos?
Guido: Generalmente el concepto de decencia es una imposición que viene de arriba. El problema es que los oprimidos se identifican con esos valores que se les imponen. Por eso, se complica el asunto, porque no solo es eso que te mandan hacer sino que te sentís obligado a comportarte de esa manera. Está internalizado, como dicen los psicólogos.
Un lector: La ironía, el sarcasmo, el cinismo, la parodia, la sátira están muy presentes en tus primeros libros narrativos. Sin embargo, en los últimos ya no están muy presentes. ¿A qué se debió este cambio de enfoque?
Guido: Sí, porque ejemplo en la novela El peluquero francés tenía que situarme en el siglo 19. Como no podía utilizar el castellano de ese tiempo —porque hubiera sido ilegible—, entonces utilicé un castellano arcaico. No se hablaba así, pero la idea era que sonara más o menos de esa manera.
Un lector: Estudiaste y trabajaste en universidades de otros países, y retornaste al Paraguay. ¿Cómo percibiste al país luego de años de estar fuera?
Guido: Me parece que siempre exige un readaptación el hecho de cambiar de país. Para mí no fue tan grave porque en la universidad tenía que hacer cosas que no me gustaban. Cuando volví al Paraguay, llegué con la convicción de dedicarme a escribir, de la manera en que no lo había podido hacer estando en el exterior por falta de recursos económicos, pues tenía que trabajar para sobrevivir, y escribía solo cuando tenía dinero. Lo que hice y aún sigo escribiendo es una novela sobre Stroessner. Lo hice con algunos aspectos de la dictadura, pero en forma de novela, algo parecido a la novela de Vázquez Montalbán llamada Autobiografía del general Franco, que me parece una novela muy interesante. El problema con el que te encontrás aquí es la falta de investigación histórica, porque aquí cuando se habla de historia retrocede muchísimo en el pasado, a los tiempos de Francia, de los López, a la guerra de triple alianza, etc. Un obsesivo culto a ese pasado. Sin embargo, hay muy poca información sobre la vida cotidiana del siglo 20. Hay mucho testimonio, pero muy poco trabajo de investigación histórica.
Un lector: Te has dedicado a la poesía, el ensayo, el cuento, la novela, la historia, el periodismo, la docencia, la investigación sobe literatura paraguaya… Con base de todo ese conocimiento, ¿cómo percibes a la literatura local? ¿Notas alguna diferencia entre el momento en el que saliste del país y la actualidad?
Guido: Hay gente joven talentosa. Eso no ha variado. A mi regreso me encontré con mucha gente joven que escribía bien. Lastimosamente muchos de ellos no pudieron dedicarse a la literatura porque tenían que trabajar para sobrevivir. Pero ahora, por ejemplo, en los concursos de cuentos leemos cuentos muy buenos, ya que se reciben cuentos de todo el país. Lo interesante sería que esos escritores reciban apoyo para que continúen con la labor de la literatura. En toda América, desde Argentina hasta Canadá, hay becas para la creación literaria. De acuerdo al compromiso, se le apoya financieramente para terminar y publicar su obra. Eso es lo que falta acá en Paraguay, el fomento de las residencias literarias.









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