Ponencia de Carla Daniela Benisz (Argentina), en la mesa 7: Un país sin crítica literaria, un país sin…, con Maribel Barreto, Osvaldo González Real y Alfredo Grieco y Bavio (Argentina), durante la tarde del viernes 7 de septiembre.
Grave error es en la crítica de arte aceptar o condenar según ley de similitudes.
Ramiro Domínguez
Esta mesa adelanta una hipótesis: Paraguay es un país sin crítica literaria. Pero esta hipótesis no es una reflexión suelta sino que se enmarca en una tradición, o más humildemente, en una serie de tópicos de la crítica literaria latinoamericana en torno a la negatividad: ausencia de un público (o de una relación entre el escritor y el público), ausencia de una tradición o de un canon, ausencia de una literatura latinoamericana, incluso de una literatura nacional según el caso. Esta negatividad, sin embargo, no debería entenderse de forma absoluta sino que, por el contrario, se planteaba como la base de un proyecto. En los años sesenta, críticos como Ángel Rama o Carlos Real de Azúa resaltaban este encadenado de ausencias desde un semanario que sería base de apoyo para ese proyecto, el semanario uruguayo Marcha.
Claro que, en los sesenta, ellos lo hacían desde cierto tipo de crítica literaria que intervenía en la sociedad especificando una función intelectual. Es decir, ser crítico implicaba posicionarse como intelectual a partir de instancias muy vinculadas al devenir político y social; se intervenía a través de una «institución» con fuerte peso específico en la época, justamente las revistas culturales, literarias o políticas pero que en su contenido nublaban estos límites disciplinares. Son las décadas en las que el oficio del crítico se construía en esos espacios que implicaba una escritura urgente y un vínculo más o menos inmediato con el público y con el mercado. Son las décadas, además, en que el mercado editorial tenía una escala regional, a diferencia de lo que podemos ver hoy cuando las multinacionales pretenden reponer la «fiambrera» española (según el chiste de la vanguardia martinfierrista) como meridiano intelectual.
Un par de décadas más tarde, en su prólogo a La novela en América Latina Rama, ya más asentado en ese proyecto crítico, enunciaría que es función justamente de la crítica la de proyectar y construir ante ese campo de ausencias: «Ocurre que si la crítica no constituye las obras, sí construye la literatura, entendida como corpus orgánico en que se expresa una cultura, una nación, el pueblo de un continente, pues la misma América Latina sigue siendo un proyecto intelectual vanguardista que espera su realización completa» (Rama, 1982). Esta función de la crítica se enmarca en ese panorama en el que el crítico es un intelectual que, parafraseando a Gramsci, organiza la cultura, en este caso organiza la literatura. De este modo, la «ausencia» o la falta es un leit motiv para posicionar el rol intelectual del crítico y su función.
En la literatura paraguaya también hubo, y evidentemente lo sigue habiendo, un conjunto de formulaciones críticas en torno a la «falta»: la «incógnita» del Paraguay de Luis Alberto Sánchez, la «literatura sin pasado» de Josefina Plá, la «literatura ausente» de Roa Bastos.
Y también hubo proyectos críticos-intelectuales que se abocaron a resolver esa ausencia, pero que sufrieron las condiciones históricas específicas del Paraguay de siglo XX, como la revista Alcor. Allí, para el caso que nos atañe, Roa Bastos publicó Problemas de nuestra novelística (Alcor, n° 7, marzo de 1967), uno de sus tantos artículos en los que trata la «falta», desde el eje de sus propias obsesiones: la novela. Este eje persiste a la largo de varios de sus artículos más célebres. En ellos Roa explícitamente situó su «literatura ausente» como corolario de una tradición crítica que conjuga a Josefina Plá y a Ángel Rama. Es decir, sitúa el «sin pasado» de la literatura paraguaya (tópico sobre el que hace una operación de «resalte») dentro de una problemática que no era solo paraguaya sino latinoamericana. Y que no implicaba la falta de obras literarias pero sí incluía la falta de una crítica literaria.
Claro que esa obsesión por la novela caracterizó el programa estrictamente moderno de los escritores y críticos sesentistas. La construcción de la literatura latinoamericana, a la que se refería Ángel Rama, tenía como motor a la novela; era sobre ésta sobre la que el crítico debía operar. Se conjugan así las dos ausencias: la de la crítica (el proyecto vanguardista) y la de la novela. Sin embargo, el mismo Rama terminó afirmando, polémicamente sí, cierta especificidad para la literatura latinoamericana: la preponderancia de la narrativa breve.
En ese género es donde han llegado más alto nuestros narradores, quienes inútilmente han procurado superarlo con largas y brillantes novelas: no valen los Cien años lo que El coronel no tiene quien le escriba; ni Terra nostra lo que Aura o Agua quemada; ni Gran sertão: veredas lo que Cara de bronce; ni Rayuela lo que El perseguidor; ni El siglo de las luces lo que El arpa y la sombra; ni La vida breve lo que Para una tumba sin nombre; ni La casa verde lo que Los cachorros. Pero vaya usted a convencer a los autores, en esta época tan institucionalizada, de que el arte no tiene que ver con las dimensiones ni con las ambiciones. (Rama, 1982, prólogo a La novela en América Latina).
Ahora bien, la postulación de esa falta prefigura un modelo al cual hay que parecerse o llegar, casi como destino de progreso; un modelo externo, por lo general, asociado al «espacio literario» (en términos de Maingueneau) profesionalizado de las metrópolis intelectuales y sus criterios de consagración, legitimación, sus valores literarios, instituciones, academias, etc. Desde esta perspectiva, el devenir de las literaturas latinoamericanas estará siempre en «falta».
Sin embargo, para no perderse en esta cadena de ausencias autocumplidas, la crítica literaria latinoamericana debió crearse sus propios atajos. Y ello la llevó a algunas de sus elaboraciones más interesantes. Por ejemplo, los estudios latinoamericanos, y el mismo Rama es ejemplo de ello, debieron ampliar la concepción de lo literario más allá de lo letrado. Para ampliar ese horizonte, la crítica literaria se valió de distintos tipos de saberes, entre ellos, el de la antropología. Eso habilitó, a veces con fortuna, a veces sin ella, a entender la literatura dentro lo cultural en un amplio espectro.
En mi propio recorrido, intento estudiar la literatura paraguaya desde esa perspectiva ampliada. En consecuencia, bajo esa famosa premisa de que el punto de vista construye el objeto, la «falta» pasa de ser un problema a un tópico que caracteriza cierto corpus crítico, compuesto incluso por las mismas reflexiones que los escritores realizaron sobre su propia obra. Personalmente, en mi investigación, me centré en Augusto Roa Bastos, pero, como ya dije, también Josefina Plá, Carlos Villagra Marsal o Juan Bautista Rivarola Matto reflexionaron y polemizaron al respecto.
Pero además, y creo que esto tiene mucho potencial para estudiar la literatura paraguaya, esa perspectiva ampliada que entiende la literatura en el seno de una producción cultural heterogénea, nos permite ver con otros ojos el conjunto de los estudios sociales y antropológicos sobre el Paraguay. Yo quisiera rescatar, en este sentido, la obra de Ramiro Domínguez, pero desde su lado menos «específico» en cuanto a la crítica.
En un ensayo de 1967, Gloria y miseria de la crítica, él contestó de forma rotundamente afirmativa y con cierto tono de barricada, la existencia de la crítica literaria en Paraguay. Al plagueo por la inexistencia le opone entonces el plagueo por el no reconocimiento. Si bien pregona ciertos valores desde esa idea complicada y artificiosa de lo «nuestro» (nación, identidad), también apunta un par de elementos centrales para constituir el proyecto de la crítica: el problema del público y la refutación al paradigma de lo universal que esconde, en realidad, el modelo de las metrópolis intelectuales como norte (simbólico y no):
Si admitimos al arte una destinación –no una mera utilidad, en el dudoso arte de compromiso–, si lo queremos por encima de una autismo enfermizo y autosatisfecho, hemos de reparar en los destinatarios de la creación artística, que por cierto no son en el caso nuestro, ni los críticos de extramuros –y vaya todo nuestro humilde acatamiento y devoción hacia ellos–, ni los cien lectores extravagantes que en Europa han de procurar ver y saber qué se cuece por aquí, sino el lector medio de estas latitudes.
[…]
Para que la crítica sea orientadora, y sea al mismo tiempo capaz de descubrir lo perdurable en lo inédito, no ha de proceder según cánones o esquemas presuntamente universales –otros como Saint-Beuve con Baudelaire, han dado de narices por esa vía–, sino detenerse en cada obra como individuo, procurando instaurar a partir de la misma su propia ley estructural y su propia constelación de valores. Solo después convendrá ponderar lo demás o lo de menos en la obra creada, pero siempre a partir de las pautas que ella misma nos ofrezca, juzgando la mayor o menor congruencia de sus momentos formales y el acierto o distorsión de sus recursos expresivos. (Ramiro Domínguez, 1967)
Un año antes, Ramiro Domínguez había publicado una importante contribución a la crítica literaria para la literatura paraguaya, aunque no haya sido éste el objetivo de esa publicación. Me refiero al ensayo El valle y la loma, que como sabrán, se trata de un estudio de antropología rural y no de un estudio literario, pero que me resultó uno de los libros más estimulantes para entender la literatura paraguaya.
En primer lugar, su tipificación de sujetos «valle» y «loma» es también susceptible de ser aplicada a personajes clásicos de la narrativa paraguaya (y de la región también). El ciclo de los yerbales, por ejemplo, desde Barrett y Horacio Quiroga a José María Rivarola Matto y Roa Bastos está repleto de ellos. La breve-narrativa-breve de Carlos Villagra Marsal se basa en este tipo de sujetos, bandidos del compuesto popular y campesinos esperando la «liberación» mesiánica de su valle. El ensayo de Domínguez además procede por el análisis de casos y testimonios policiales que son plenos «casos» (káso ñemombe’u) del anecdotario popular.
Esta licencia crítica que me permito llevar del terreno de la investigación social a la literatura de ficción una serie de conceptos y tipologías, se sostiene sobre la hipótesis –ya bastante recurrida, por cierto– de que la literatura paraguaya, en especial, podría decirse, la narrativa breve, está vinculada al universo de mítico de lo oral, al que ha usado como acervo y como tradición. Mito, comunidad y relato son entonces fuerzas vivas tanto en la literatura y, en consecuencia, en la crítica literaria, como en los estudios sociológicos o antropológicos paraguayos. En este sentido, es pertinente incluir los géneros de lo que Bartomeu Melià llama oratura a nuestro campo de estudios y ello tal vez nos ayude a entender que la problemática de la novela no es tanto su ausencia/falta como su presente obsesión, la que impide ver el florecimiento de otras formas de relato, breves, orales, no inmediatamente librescas.

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