cerrar [x]

En busca de la palabra propia

Claroscuro no se trata solo de leer ensayos y cuentos sobre la transición paraguaya, sino de ver cómo los claroscuros no cancelan la visión, sino que la vuelven más exigente donde lo nuevo arrastra vestigios de lo viejo y donde la democracia tendrá que seguir siendo deseada, imaginada y buscada.

Dos escenas del documental La piel donde me hallo (Moscato & Amarilla, 2024) me ayudaron a entrar en Claroscuro. En una, Humberto Rubín festeja la caída de Stroessner: está feliz, dice, por la posibilidad de ser libre, reafirmando el cambio sobre su propia duda también expuesta; en la otra, varias décadas después, Liz Paola Cortázar, una de las últimas sobrevivientes transexuales de la dictadura (CODEHUPY, 2024) responde con sequedad: «Democracia dice». Entre esas dos escenas se abre un campo de experiencia profundamente paraguayo: el de una libertad anunciada pero nunca asegurada totalmente, el de una transición que prometió ruptura y entregó una continuidad ambigua, desconfiada. Claroscuro es eso, no para resolver esa ambigüedad, sino para habitarla.

El año 1989 importa no solo porque el tirano fue derrocado, sino porque inauguró una frontera temporal incierta. Stroessner ya no estaba, pero no porque el pueblo lo hubiese expulsado en un acto nítido de soberanía democrática. Lo traicionaron los suyos. Se jubiló en el Brasil. Aquí, mientras el cuerpo del dictador desaparecía de escena, muchos de sus funcionarios permanecieron administrando instituciones, hábitos y temores. Así nació una desorientación generalizada: comunistas exiliados que tardaron en retornar, militantes de izquierda e intelectuales que se reconvirtieron en técnicos de organizaciones no gubernamentales, sindicatos que se volvieron asociaciones para sobrevivir en la ambigüedad, progresistas que celebraron entusiastas la llegada de la libertad, pyragues que esperaron nuevas señales para reingresar a la escena pública. Lo que se abrió entonces no fue una democracia transparente, sino una sociedad que aprendió a gobernarse en la desconfianza. Claroscuro nombra, rodea y dramatiza esa condición.

Esa ambigüedad histórica se volvió todavía más precisa a partir de una observación que Marco Castillo me dijo: el llamado Archivo del Terror no era en rigor un archivo cerrado cuando fue descubierto. No estaba simplemente escondido, como si se tratara de un resto muerto del pasado, sino que siguió funcionando después de la caída de Stroessner, talvez reubicado. Esa observación desplazó de manera decisiva la comprensión del problema. Ya no se trataba solo de encontrar los documentos de una maquinaria extinta, sino de advertir que ciertas funciones del terror seguían operando. El archivo dejó de ser únicamente el archivo del terror pasado para volverse también «el archivo de un Paraguay del terror todavía en funcionamiento», en palabras de Castillo. Bajo esa luz, 1989 ya no podía leerse como una línea divisoria limpia. Se parecía más a una redistribución de dispositivos: el tirano dejó de ser necesario pero cobró fuerza en el autogobierno en desconfianza.

Por eso, Claroscuro no debe leerse sólo como un conjunto de cuentos sobre la transición. Más radicalmente, es la intervención de una generación nacida en el tiempo abierto por 1989, una generación a la que rara vez se le ha reconocido densidad histórica propia, como si fuera apenas una traducción local de nombres foráneos (millennials, centennials, generación x) y no una producción paraguaya específica, hecha de herencias ambiguas, silencios familiares, autoritarismos persistentes y deseos todavía inarticulados. Lo que este libro pone en escena es el trabajo de esa generación por encontrar una palabra propia para decir lo que heredó sin haberlo vivido de primera mano: la tiranía, el miedo, la obediencia, así como el deseo de liberación. No se trata de una apropiación ilegítima del pasado, sino del derecho a pensar cómo ese pasado sigue ordenando nuestras vidas.

En ese punto, el libro se vuelve especialmente interesante porque no llega con un vocabulario político estabilizado ni con una doctrina acabada que le diga de antemano qué pensar. Llega con malestares, intuiciones, rabias, vergüenzas, desplazamientos, humillaciones y deseos. Lo que aparece en muchos de sus cuentos es el enojo en estado naciente, todavía íntimo, contradictorio, sin forma de organización, pero ya lo suficientemente intenso como para buscar lenguaje. Registra esa etapa previa, visceral del descontento, cuando algo todavía no es programa, consigna ni militancia, pero ya ha empezado a moverse en el cuerpo. Da señales de una gestación en vez de ofrecer respuestas cerradas. Algo quiere emerger, busca nombrarse, no se resigna a la normalidad.

Aquí entra una distinción decisiva: no la autobiografía, sino lo autobiográfico. La autobiografía, entendida como relato lineal, cronológico, inventario de fechas y hechos ordenados, queda corta para capturar la textura del malestar. Lo autobiográfico, en cambio, es una zona mucho más abierta. La emoción, la metáfora, la confusión corporal, la experiencia fragmentaria, la intuición y los sueños esos que tenemos al dormir pueden decir más verdad que la fidelidad mecánica del dato, como en el psicoanálisis.

Claroscuro no contiene manuales de memoria ni pedagogías cerradas de la transición. Propone que nuestras experiencias de vida sean un primer insumo para pensar la sociedad. Eso resulta más radical de lo que parece porque rompe con una larga tradición de silenciamiento: la de las instituciones que alfabetizan enseñando letras, pero que no enseñan a comunicar lo incómodo, a nombrar el malestar, a articular el pensamiento ni a conectar la singularidad íntima con la historia común. La alfabetización, en ese sentido, es mito y trampa: mito porque promete acceso a la palabra sin garantizar la capacidad de decirnos, y trampa porque en esa no-enseñanza se esconden las barreras que nos impiden vincular nuestra singularidad y malestar con una historia política más amplia.

Eso le da al libro un espesor que no conviene subestimar. Los cuentos no solo tratan sobre la transición, sino que trabajan a partir de una insuficiencia del lenguaje heredado para nombrarla. En eso radica buena parte de su fuerza. Estamos frente a una generación que tantea, balbucea, prueba, se equivoca, vuelve a empezar. Ese balbuceo no es un defecto; es una forma honesta de intervención. En una sociedad organizada durante décadas por la desconfianza, la subordinación, la autocensura y el adultocentrismo, encontrar una palabra propia es una pequeña rebelión.

Por eso Claroscuro puede leerse también como una respuesta al principio elitista e informal que organizó buena parte de la llamada transición: la inconveniencia del otro (Berlant, 2022). Ese principio que rechaza el pluralismo en la política, en la academia, en las familias y hasta en la sensibilidad, impone silencio, miedo y disciplinamiento. Contra eso, el libro no ofrece una línea homogénea de interpretación, sino una pluralidad de voces, historias y trayectorias. Su apuesta no consiste en fabricar unanimidad, sino en abrir un espacio donde distintas experiencias puedan intervenir sobre los relatos heredados. Intervenir sobre la desconfianza que reguló la sociedad, sobre un horizonte que no se resignan a perder.

Esa búsqueda no se presenta de manera ingenua. En Claroscuro, no solo se critica el estronismo o el Estado; también se ponen en cuestión los límites de nuestras tradiciones críticas, transformando esa tristeza lúcida o melancolía paralizante frente a ciertos intelectuales que, en nombre del compromiso político, terminan confundiendo análisis con fabricación de escenarios o administración de expectativas.

Después de las últimas elecciones generales, en uno de los grupos organizados para pensar la coyuntura, pregunté a una intelectual: ¿Por qué las encuestas publicadas por La Nación se acercaron mucho más a los resultados finales? ¿Por qué esforzarnos tanto en crear un escenario y un sentimiento de victoria cuando estábamos perdiendo? La respuesta llegó sin vacilaciones: «Porque no se les podía conceder todavía la victoria». Más que esclarecer la realidad, esa respuesta la administraba. Más que pensar, defendía una trinchera.

Salí muy entristecido de esa reunión, no entendí cuál es el rol de los intelectuales y creo que los intelectuales tampoco lo entienden. Pero sólo lo pensé, no lo dije. Salir de una reunión así, dice algo sobre la dificultad de construir lenguajes emancipatorios que no repitan, en su forma, las clausuras que dicen combatir. Claroscuro importa también porque se mueve en ese borde: busca palabra propia no solo contra la herencia autoritaria, sino también contra los automatismos de cierta crítica que ya no escucha lo que la realidad tiene de incómodo, contradictorio o singular.

En ese sentido, el libro retoma una agenda intelectual interrumpida en la primera década de la transición, cuando hubo una proliferación de análisis y nombres para la transición —atípica (Rivarola, 1991), circular (Morínigo, 2002), otorgada (Galeano, 1991), pactada (Lezcano & Martini, 1991), y piensa la sociedad desde la experiencia vivida sin caer en el solipsismo ni en la clausura identitaria. Entiende que cuando las periodizaciones fracasan (la transición terminó en 1998, empezó con el golpe de 1989 golpe y terminó con el del 2012; nunca empezó del todo, aún no termina) talvez el problema no sea simplemente encontrar la fecha correcta, sino abandonar la ilusión de que la historia se deja domesticar por un calendario. A veces avanzamos, a veces retrocedemos. Lo viejo persiste en lo nuevo; lo nuevo reconfigura lo viejo; el pasado no termina de pasar porque sigue administrando el presente. Claroscuro parece entender esa dificultad temporal. No intenta fijar una periodización definitiva. Registra la experiencia de vivir en un tiempo mezclado.

Talvez por eso una de las ideas más fértiles que deja este libro es que el enojo es algo que nos debemos. No como pose moral ni como descarga fácil, sino como reconocimiento de que algo sigue latiendo debajo de una democracia insuficiente. Algo quiere emerger, algo no termina de aceptar la versión oficial del presente. Y si ese algo todavía no tiene programa ni nombre definitivo, eso no lo vuelve menos real. Claroscuro capta justamente ese momento: cuando una generación empieza a devolverse agencia, a reconocerse tomando decisiones, correctas o equivocadas, en condiciones adversas casi siempre o siempre, y a ensayar la posibilidad de escucharse fuera de la trinchera cavada por la desconfianza. ¿Qué pasa si nos devolvemos ese reconocimiento? ¿Qué pasa si dejamos de relatarnos solo como víctimas pasivas de una historia escrita y nos pensamos como sujetos que deciden? Ese experimento recorre el libro de manera subterránea.

Leer este libro no es solo leer ensayos y cuentos sobre la transición paraguaya. Es ver cómo los claroscuros no cancelan la visión, sino que la vuelven más exigente. Es advertir que la transición no fue una salida limpia, sino un territorio lleno de confusiones, donde lo nuevo arrastra vestigios de lo viejo y donde la democracia, si quiere ser algo más que una palabra dicha con ironía, tendrá que seguir siendo deseada, imaginada y buscada. Ese es quizás el mayor mérito del libro: devolver el lugar a la experiencia en la tarea intelectual de pensar el país. No como refugio intimista, sino como punto de partida para volver a preguntarnos qué hacemos con esta historia, quiénes somos en ella y qué palabra queremos poner en circulación antes de que otros vuelvan a nombrarnos por nosotros.

Bibliografía

Berlant, L. (2022). Sobre la inconveniencia de otras personas (T. Tenenbaum, Trad.). Duke University Press.

CODEHUPY. (2024, febrero 6). Liz Paola Cortázar fue galardonada con el Premio Dignidad a la Trayectoria por Memoria Histórica 3n 2023. https://www.codehupy.org.py/liz-paola-cortazar-fue-galardonada-con-el-premio-dignidad-a-la-trayectoria-por-memoria-historica-en-2023/

Costa, R. (Director). (2010). Cuchillo de palo [Documental]. https://www.youtube.com/watch?v=z9HfBlRigms

Galeano, L. A. (1991). ¿De la apertura otorgada a la transición pactada? En Militares y políticos en una transición atípica. CLACSO.

Lezcano, C. M., & Martini, C. (1991). ¿Es posible la transición pactada en el Paraguay? Fuerzas armadas y partidos políticos en la coyuntura. En Militares y políticos en una transición atípica. CLACSO.

Morínigo, J. N. (2002). La transición circular. Novapolis. Revista de estudios políticos contemporáneos, Paraguay 1989-2002. La transición que nunca acaba, (1), 4-20.

Moscato, A., & Amarilla, N. (Directores). (2024, octubre 17). La piel donde me hallo [Documental]. Amnistía Internacional Paraguay. https://www.imdb.com/es/title/tt28703349/

Rivarola, D., Cavarozzi, M., & Garretón, M. A. (Eds.). (1991). Militares y políticos en una transición atípica. CLACSO.

¿Te gustó la nota?
  • ¡SÍ! 
  • MÁS O MENOS 
  • NO 
0

Aún sin comentarios.

¿Qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.