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El Paraguay, célebre bandido

En 1896, el editor rioplatense Santiago Rolleri publicó el libro Dramas campestres. Narraciones históricas de Nicolás Perez y Minero, que incluye el relato «El Paraguay, célebre bandido». Lo rescatamos como una curiosidad histórica y folclórica para compartirla con los lectores. 

 

En el paraje denominado Ceibos, a tres leguas de la Villa de Treinta y Tres, en 1860, existía una fuerte estancia conocida como de Fariña. En ese establecimiento, entre su peonada estaba un individuo como de treinta años de edad, bajito, flacucho, obediente y sumiso, en todas las condiciones. Un buen día, tuvo una disputa con el capataz de la estancia, por cuestión de falta de pago de sus haberes. La disputa tomó proporciones de pelea, que pudo evitarse por la intervención de muchos otros peones que tomaron hasta cierto punto la defensa de su superior.

Aquel peón, hasta entonces cumplidor en su trabajo, moderado y prudente, díjole al capataz, que él se vengaría de aquel ultraje que se le hacía, ¡y que le pagarían con creces sus haberes!

¿Quién iba a tomar en cuenta aquellas palabras salidas de la boca de un infeliz?

El Paraguay, que así llamaban al peoncito rubio, flacucho y pequeñito, ensilló su mejor caballo, tomó su maleta de ropas y siguió rumbo a la costa del Olimar, buscando la incorporación de dos o tres matreros, que huían de las autoridades, por delitos punibles, pero no se trataba de individuos de nombre ni de temor a ellos.

Tantos días estuvo en el monte de Olimar, el Paraguay, de centinela sobre algunos árboles más altos de las orillas, hasta que una tardecita logró divisar a dos hombres que salían del monte, a doce o quince cuadras del paraje donde aquel se encontraba, observó que iban despacio, y de esta marcha dedujo que eran los matreros, que aun no conociéndolos deseaba ligarse a ellos.

Montó su caballo que siempre tenía ensillado por el día, con el objeto de no perder tiempo ⸺siempre que lo creyese oportuno⸺, y dirigióse también despacio, pero no directamente, a los dos hombres que seguían costeándose el monte, pero al mismo rumbo, como quien pasaría a un costado de aquellos.

Fue siguiendo así el Paraguay, y observando los caballos y las ropas de los dos hombres que no cesaban de mirarle desconfiados, y creyó alegremente que ya tenía a tiros de pistola a sus dos futuros amigos y compañeros.

El Paraguay, a fin de demostrar a aquellos que no era ni matrero ni hombre de policía que caminan tomando toda clase de precauciones, bajóse del caballo, lo maneó, y dirijióse a pie hacia donde iban siguiendo los dos desconocidos. Les hizo señas con un pañuelo. Es claro, aquellos de a caballo, y en doble personal, ¿por qué podrían huir y ocultarse de un hombre a pie que los llama?

No tuvieron inconveniente en parar sus caballos y esperar que el hombre de a pie llegase hasta ellos.

⸺No hay duda ⸺dijo el Paraguay⸺, si no fuesen los matreros, no permitirían que yo les alcanzase a pie a ellos, estando ellos a caballo. Son prevenidos, pero al mismo tiempo son zonzos. ¡Qué lejos se irían estos pobres si yo fuese comisario de policía de la sección!

Al fin, el Paraguay, llegóse a ellos y les saludó diciéndoles:

⸺¡Buenas tardes amigos!

—¡Buenas tardes! ⸺contestaron los desconocidos⸺ ¿Y qué se le ofrece?….

—Amigos ⸺contestó el Paraguay⸺, ando en el mundo errante, y apenada mi alma. Hace cuatro días que no tomo más alimento que agua fría y ñangapiré. Cuando vi dos hombres por estos desiertos, me animé a llamarles para pedirles socorro, porque donde hombres hay no muere ningún hombre de hambre. Si algún día les puedo yo servir de algo, sabré corresponderles el servicio que les pido, como buen oriental y como hombre que sabe apreciar servicios como estos en el afligido caso que me encuentro, pues ni siquiera cuchillo tengo para carnear alguna res.

Mientras el Paraguay hablaba, los dos desconocidos lo filiaban y simpatizaban con el peticito, por su fisonomía franca y por su modo de expresarse tan resuelto y claramente.

⸺Bueno, amigo ⸺le dijo uno de los que estaba a caballo, un indio feo y arrogante, que le llamaban el matrero Paulino⸺, bueno, vaya a buscar a su caballo, monte y venga que le daremos de comer por esta noche, si es que quiere dormir donde nosotros lo hagamos.

⸺¿Cómo no, amigazo? Basta su buena voluntad para que los sirva en todo terreno que pueda y me den mis fuerzas.

Diciendo esto, salió el Paraguay en dirección a donde había dejado su caballo; llegóse a él, lo desmaneó, montó y se vino donde los esperaban los otros dos.

Tan luego llegó a ellos, le dije Paulino:

⸺¿Y cómo se llama usted, amiguito?

⸺El Paraguay ⸺le dio su nombre.

⸺¿Y de dónde es y en qué se emplea?

El Paraguay le contestó diciéndole la verdad de lo que le había sucedido en la estancia de Fariña. El indio Paulino era un hombre muy desconfiado, y como conocía a varios peones de la estancia que le nombraba el Paraguay y al mismo capataz de ella, empezó por preguntarle los nombres de los peones y del capataz. El Paraguay, por su parte, mucho más lince que Paulino, no solamente le dio los nombres de los peones si no que disimuladamente le hizo una descripción del establecimiento, los vecinos del contorno, el pelo de los caballos parejeros de Fariña. Esto convenció a Paulino de que se trataba de un hombre que hablaba la verdad y del cual no creía recibir ninguna traición.

⸺Pero con todo eso ⸺le dijo Paulino al Paraguay⸺, amiguito, esta noche lo llevaremos con nosotros a dormir muy al centro del monte y a lo gallo, porque nuestras camas las tenemos arregladas arriba de unos árboles bastante altos. Si usted se cae de allí, mañana pescaremos bagres en el arroyo con las pulpas de sus pantorrillas, como lo mismo sucedería si llegamos a descubrir que usted viene con la idea de vendernos o traicionarnos. Si hay algo de eso, es mejor que se retire, ¡y no nos siga! No hace muchos días que le dimos el vuelto en el monte a un negro que quería venderse como compañero y amigo de confianza pero estaba pagado para por señales indicar a la Policía nuestro escondite.

⸺Oh, señores ⸺dijo el Paraguay⸺, yo mañana que les acompañe en todas sus vueltas y peligrosas correrías, sería el primero en aconsejarles de que antes de admitir un compañero desconocido o traidor o zonzo o cobarde, deberíamos preferir ser menos, ¡pero como el acero que se rompe pero no se dobla!

⸺Así me gusta —dijo Paulino⸺. Puede ser que seamos compañeros y veremos si ese acero queda como cera cuando las papas quemen. Si usted no conoce este oficio, es fácil que le quede el corazón, en muchos casos, como garganta de sapo.

—Yo no les digo a ustedes que no pueda asustarme ⸺dijo el Paraguay⸺, pero lo que es hasta hoy no he conocido miedo.

—Por aquí es por donde tenemos que entrar al monte ⸺Se trataba de un pajonal tupido, con mucha arboleda suelta que se hallaba a orillas y antes de entrar al monte⸺. No debemos de seguir unos detrás de los otros ⸺observó el Paraguay⸺ porque se quiebra la paja y vamos a dejar el rastro.

—Es cierto ⸺dijo el otro compañero de Paulino, llamado Contreras⸺, me gusta el paisanito porque es previsor en las cosas.

⸺En el camino se hacen bueyes, y despacito y siempre se va lejos ⸺dijo Paulino.

Paulino siguió delante introduciéndose en el espeso monte de Olimar, por un paraje que revelaba bien a las claras de que allí jamás había puesto los pies persona viviente. Los gigantescos árboles, tejidos de malezas, cipóes, zarzaparrilla y otras enredaderas, formaban un tejido que impedía seguir a caballo, y tuvieron que bajarse y continuar entrando de a pie con las bestias de tiro.

Así caminaron unas seis cuadras por dentro del monte, hasta llegar a un punto donde Paulino dio dos silbidos que fueron contestados por otros dos. Nuevamente dio otros dos silbidos y entonces oyéronse cuatro, en contestación.

⸺No hay novedad —le dijo Paulino a Contreras.

⸺Me alegro —contestó este último.

Continuaron entrando y llegaron hasta un albardón, una especie de isla o pequeño campito, donde se bajaron, y después de desensillar los caballos, estos fueron atados, presentándose allí un moreno joven, alto, sonriente siempre que hablaba, dejando ver sus blanquísimos dientes y su roja lengua. Paulino, dirigiéndose al negro, le preguntó si la muchacha seguía mejor.

⸺Sí ⸺le dijo el negro⸺, ya no tiene fiebre ninguna, pero ha estado llorando siempre, desde que ustedes salieron. La he tratado de consolar, pero extraña mucho.

—¡Oh! Ya se acostumbrará. Debemos de traerle compañera, y esa será para Contreras…

Contreras reía… y el Paraguay también…

⸺Bueno ⸺dijo Paulino dirigiéndose al negro y a Contreras⸺, les recomiendo este mozo que viene con nosotros, y trataremos de ver primero cómo se porta…

El indio Paulino dirigióse a una pequeña carpa o toldito de lona, donde se hallaba Josefina, joven de 18 años, alta, cabellos negros como el azabache, bastante bien parecida, a quien saludó Paulino con mucha amabilidad y cariñosas maneras. Ambos se introdujeron al improvisado aposento.

Creemos perder el tiempo en dar todos los detalles del escondite de los matreros, pero sí diremos que allí había y sobraba la carne de reses robadas, yerba, azúcar y demás alimentos; y no le faltaba dinero a ninguno de los propietarios y poseedores de aquel albardón.

Al día siguiente muy temprano, Paulino, reunió a toda su gente, y en presencia de Josefina, les dio la orden de que se preparasen, que tenían que ir a pocas leguas de distancia a buscar o sacar de una casa otra muchacha que sería la esposa de Contreras y que serviría para hacerle compañía a Josefa, cuando ellos se hallasen ausentes.

Y dirigiéndose a Josefina, le dijo:

⸺Tú, querida, tendrás paciencia, quedarás sola mientras nosotros vamos y venimos; te subirás arriba del árbol, allí estarás sin ningún peligro y con toda comodidad. Podrás entretenerte en hacerme los calzoncillos y dormir si te da sueño.

Se comprende perfectamente que todas las órdenes de Paulino debían ser no solo aceptadas si no aprobadas sin observación alguna.

Pronto y a caballo Paulino, Contreras, el negro y el Paraguay, a quien se le iba a probar e iniciar en el oficio, salieron del monte y dirigiéronse á los Corrales, entonces departamento de Minas, a un rancho construido de terrón y paja, situado casi sobre la costa de este arroyo, y previas las órdenes que impartió a sus compañeros Paulino llegaron a él. Con la ligereza del tigre bajáronse de sus caballos, entraron en el rancho, donde los recibieron a balazos por el propietario y dos de los peones que allí se encontraban. Pero los hombres de casa fueron tomados, fuertemente atados codo con codo, sobresaliendo en esa atrevida empresa el neófito Paraguay, y después de violentada la puerta del dormitorio de la familia, en donde se hicieron de todo el dinero que estaba enterrado en uno de los rincones de la pieza. Una confesión el Paraguay arrancó de la señora con amenazas de muerte y, previa martirización que hizo con ella despegándole las uñas de los dedos de las manos, con la punta de su puñal, tomó a la señorita de la casa y la ató. Se la llevó uno de ellos por delante, sobre su caballo, completamente desmayada.

El robo de la muchacha fue la causa de que no quisiesen matar a ninguno de la familia asaltada. No deseaban disgustarla hasta ese punto.

Regresaron al monte y a su escondite, conduciendo la preciosa niña que continuaba desmayada. Cuando ya llegaron e hicieron bajar del árbol a Josefina, esta se encargó del cuidado de su futura y desdichada compañera, que era observada por Contreras, el que no podía menos que pasarle la mano por la frente y alisarle los desordenados cabellos. El tigre de antemano saboreaba la humilde paloma que tenía entre sus terribles garras. Volvió en sí la desmayada y su dolor y sus lágrimas fueron poco a poco aplacadas por Josefina, especialmente, y por los consuelos, consejos y atenciones de Contreras…

El indio Paulino llamó aparte al negro y a Contreras, y no pudo menos que decirles:

⸺¿Qué les pareció a ustedes el valor y la comportación del Paraguay en el avance de hoy?

⸺Es un tigre ⸺dijeron los otros⸺, y ligero como un gato.

⸺Mucho me admiró ⸺dijo Contreras⸺ cuando se ladeó con rapidez en el momento que el viejo le descerrajaba uno de los tiros a poca distancia, y bajo el humo de la pistola se le fue encima y lo desarmó.

⸺Casi, casi que a él se le debe la brevedad del asalto ⸺dijo el negro.

⸺Bueno ⸺dijo Paulino⸺, téngale alguna consideración, porque creo que es un compañero excelente.

Cuando esta conversación sostenían los viejos malevos, Josefina a su vez le preguntaba a la recién traída:

⸺¿Cómo te llamas?

—Juana ⸺le contestó⸺.

⸺¿Han muerto algunos de los de tu casa?

⸺Lastimaron a mi madre en los dedos de las manos.

—Me alegro de que no haya sucedido nada de grave ⸺dijo Josefina.

—¿Cuánto tiempo hace que te tienen aquí esos hombres? ⸺le preguntó Juana.

—Un mes y tres días.

—¿Te castigan o maltratan?

—No, al contrario, más bien me animan y consuelan cuando me pongo triste y afligida.

Ambas se abrazaron y prorrumpieron en amargo llanto.

⸺¡Muchachos! ⸺dijo Paulino⸺, apróntense para mañana de madrugada. Hay que traerle compañera a Paraguay para que se aquerencie, y bien merecida la tendrá.

⸺Pero algo que sirva —dijo el negro.

⸺No te aflijas ⸺dijo Paulino⸺. Nos queda un poco distante y es de arriesgar el pellejo, pero se dónde hay una cosa buena, que mañana a estas horas ya la tendremos aquí, si es que no nos atajan el resuello.

Contreras ya había formado otra carpita separada de la de Paulino, porque el casado casa quiere…

Cenaron los hombres y fuéronse a dormir.

El Paraguay y el negro ya se querían como dos hermanos. Estos, como quedaban separados de los matrimonios, dormían casi juntos y allí hablaban de varias cosas, entre las que no olvidaban de buscarse compañera.

⸺Yo también quiero una ⸺decía el negro⸺. Eso es necesario hasta para que conservemos confianza y armonía entre todos. No habrá celos y desconfianzas que podrían producir un trastorno grande a la buena amistad y mejor marcha de nuestras cosas.

⸺Tienes razón ⸺díjole el Paraguay⸺, pero esta vida con estas mujeres no puede ni conviene que dure muchos meses. Ten presente que vendrán los hijos, y los niños gritan y lloran y lo denuncian a uno. Primero nosotros, que las mujeres…

⸺No ⸺dijo el negro⸺, eso tiene remedio. Cuando convenga, estas muchachas se las lleva a casa de los padres, o por lo menos se les larga a poca distancia de los ranchos, y se traen otras.

⸺Únicamente de ese modo ⸺dijo el Paraguay⸺, ¡cambio cada cinco meses!

Dieron por resuelto el plan y quedáronse dormidos.

Al día siguiente, subieron en sus caballos, poniéndose en marcha para el Yerbal, a una legua del pueblo Treinta y Tres. Llegaron a la casa objeto de sus designios, siendo aún muy temprano, en ocasión de que la familia toda se encontraba en el Corral ordeñando las lecheras, donde también se encontraba la muchacha deseada y su padre. Rodearon el corral con el espanto de los sorprendidos y el grito y lloro de los niños que habían ido allí a tomar leche.

Bajáronse de los caballos, echaron mano a sus armas, diciendo:

⸺Nadie se mueva.

El Paraguay abalanzose sobre la muchacha y tomándola por la cintura dijo:

⸺Esta es la mía.

Al mismo tiempo que la conducía y la subía sobre su caballo.

El pobre padre y la madre pediánle de rodillas y por Dios que no le llevasen la hija.

⸺Elijan ⸺dijo el Paraguay⸺ entre llevarles las muchachas o que todos ustedes sean degollados.

Allí dieron su malón sin resistencia alguna. El Paraguay pidió a los compañeros que se les respetase la vida y el dinero de aquellos viejos, por cuanto ya los tenía en la categoría de suegros y cuñados respectivos. Llegó la osadía de aquellos bandoleros de despedirse de todos, estrechándoles la mano.

A las nueve de la mañana, regresaban los bandidos pasando a dos cuadras del pueblo de Treinta y Tres, llevando a la muchacha por delante, en ocasión de que era comisario de Policía del mismo el referido don Domingo Ferreira, sin que aquellos tuvieran obstáculo ni persecución alguna por parte de la autoridad ni de los vecinos, que se consideraban impotentes para pelearlos.

Llegados a su albardón, el Paraguay, presentó su esposa Juana y Josefina, pidiéndoles por favor de que la atendieran y considerasen como una amiguita a quien llamaremos Carmen.

El Paraguay trató como los demás de hacer un ranchito, con la ayuda del negro.

Cuando lo terminaron, el Paraguay le dijo al negro:

⸺Vamos a hacer otro para ti.

El negro reía de gozo, enseñando sus blancos dientes y roja lengua.

⸺Pero si no tengo todavía el pájaro, ¿para qué quiero jaula?

—Mañana tendrás la pájara ⸺dijo el Paraguay⸺. Ten confianza en  lo que te digo.

⸺Bueno ⸺dijo el negro⸺, pues vamos a trabajar un poquito…

El Paraguay habló con Paulino para pedirle permiso para ir al día siguiente a buscar otra muchacha para el negro. Paulino le dijo:

—Está bien, iremos.

—No hay necesidad de que vayan ustedes —díjole el Paraguay⸺. Me basta el negro.

⸺No ⸺dijo Paulino⸺, es indispensable que yo vaya también.

Efectivamente, al día siguiente el negro conducía una hermosa rubia por delante y sobre su picazo al ya preparado aposento.

⸺Bueno ⸺se dijeron⸺, ahora lo que precisamos es mucha onza de oro.

⸺Sí ⸺dijo el Paraguay⸺, vámonos a la estancia de Fariña y a casa del juez de Paz Ramos que vive allí cerca, y traeremos onzas y de paso un anteojo de esos largos que tiene el juez de Paz. Nos va ser muy útil para descubrir a los policías que nos persigan: Ese anteojo se lo he visto cuando yo estaba de peón en la estancia de Fariña.

⸺Perfectamente ⸺dijo Paulino⸺, ese anteojo nos hace más falta que las mismas onzas de oro. Pues mañana de madrugada debemos de dar el golpe allá. A media noche nos pondremos en movimiento.

Eran las cuatro de la mañana cuando el Paraguay dio caza a uno de los peones de la estancia de Fariña que había salido al campo. Después de haberlo atado fuertemente le hizo confesar todo lo que se le antojó saber, respecto de los hombres que había en la Estancia. Por ese peón supo de que tanto Fariña como el capataz hacía ya dos días que habían emprendido viaje con sus familias para Yaguarón.

⸺Porque temían un asalto de usted.

⸺¡Qué maulas! ⸺dijo el Paraguay, demostrando disgusto.

⸺No me mate. Usted no ha tenido nunca queja ni motivos de mí, pues antes hemos sido compañeros de trabajo en la estancia —le dijo el peón maniatado⸺. Si usted me admite en su compañía lo seguiré en todo el tiempo que quiera que lo sirva.

⸺No te mato ni tampoco te quiero a mi lado. ¡Debes ser muy cobarde!

El peón insistió en que aceptara sus servicios, que le sería fiel y que en caso contrario que lo degollase cuando viera que procedía de otro modo.

⸺Bueno —le dijo el Paraguay⸺, pero ten entendido de que estás libre, que yo no te hago mal, y quedas a tu voluntad. Si quieres seguirme bien, y si no que Dios te ayude, que yo te sirviré siempre donde quiera que nos encontremos. Soy tu amigo. ¡Adiós!

El Paraguay estaba solo allí. Los demás compañeros rodeaban la casa del juez de Paz Ramos. Este se había fortificado en su casa con varios hombres armados una vez vio a los bandidos su actitud.

El Paraguay dirigió el ataque. Asaltaron la casa después de sostener un tiroteo. El peón que había quedado suelto y despedido por el Paraguay vino en ayuda de este. Del combate resultaron muertos, por el mismo Paraguay, el juez de Paz Ramos, pariente de los Uriartes, Regules y Piñeirúas de Montevideo, y otro vecino más de los que defendían la casa de Ramos.

Después de practicado un registro minucioso en todas las habitaciones, fue robado el dinero, las alhajas, el deseado anteojo, sin que ninguno de los salteadores hubieran recibido herida alguna.

Esta noticia aterrorizó a los vecinos de campaña, que huyeron precipitadamente con sus familias, refugiándose en los pueblos más inmediatos o en casas fuerte de material que contenían ocho o diez familias y cuarenta o cincuenta hombres reunidos.

A los pocos días fue asaltada la casa de comercio de don Joaquín Lapido y robada por los mismos individuos; situada en la costa de Olimar, próxima al Paso real, a poco más de media legua del pueblo de los Treinta y Tres.

Lapido era hombre que se le ha dado pruebas de valiente. Estaba prevenido, fortificado y con hombres armados en su casa, pero el Paraguay, hombre de arrojo, llegó solito a la casa de Lapido, entróse por el guarda patio, allí entretuvo a Lapido y a todos sus compañeros que no conocían al Paraguay, y cuando llegaron los demás gavilleros, este ya estaba en el interior de la casa diciéndole:

⸺No tengan ningún miedo del Paraguay, ¡que soy yo!

Al mismo tiempo entraban las demás fieras, haciendo relucir sus trabucos naranjeros y sus largos facones. ¡Estaba tomada la Plaza! Ataron a algunos de los que acompañaban al señor Lapido, a quien después de alivianarle la bolsa en absoluto no le hicieron daño material porque entre los de la gavilla había un amigo de Lapido.

En esa época, el pueblo de Treinta y Tres era todavía una aldea; sin embargo, contaba ya con muchas casas de azotea y de comercio, como lo eran las de don Miguel Palacios, don Marcos Zubiri (hoy de don Lucas Urrutia), Rivas, Marcelo Barreto, Manuel María Ramos, Domingo Dutra y otras que no recordamos. Ya existían seis u ocho tiendas y almacenes, fondas, billares, confiterías, herrerías, carpinterías, zapaterías.

El comisario de Policía era el mencionado don Domingo Ferreira, que para su mayor garantía se había refugiado con su piquete de policial en la fuerte azotea de don Miguel Palacios, fundador del pueblo.

Un mes después del asalto a la casa de Lapido, el Paraguay se propuso hacerle un toreada no solo al comisario Ferreira, a quien el Paraguay no quería nada, sino al mismo pueblo.

Un día, siendo las diez de la mañana, se presentó el Paraguay y su gente, recorriendo las calles de Treinta y Tres, colocándose al alcance de los tiros de las carabinas del comisario Ferreira. El Paraguay mandó hacer alto a su gente y se bajaron y entraron a la tienda almacén de don Felipe Goyhenetche (suegro del escribano Urrutia), situado a una cuadra de la azotea de Palacios, desde donde observaban el comisario de Policía y su piquete. El Paraguay y su gente hicieron su agosto llevándose las ropas que quisieron de la casa de comercio de Goyhenetche. Montaron a caballo y siguieron al tranco con dirección al Paso de Olimar, cruzando después por la casa de don Joaquín Lapido, a la que no quisieron llegar porque ya no tenían para qué. Como no hacía mucho tiempo allí habían estado, no creían los malévolos prudente perder su tiempo inútilmente. En la ida esa, el Paraguay, por vía de prueba al nuevo compañero, o sea, el peón aquel de la atadura, le llamó y le dijo:

⸺Che ¿ves aquella estancia que está allá?

⸺Sí ⸺le contestó el recién iniciado.

⸺Pues bien, anda allí, y dile al dueño de la estancia que le manda decir el Paraguay que me mande veinte onzas de oro, y si no que yo mañana voy a buscarlas. Nosotros seguimos este rumbo, y te vamos a esperar en los tres ombuces que hay en el campo, a mano izquierda, y que se hallan como a dos leguas de aquí.

El peón o compañero nuevo bajó la mano a su caballo y siguió a la estancia que se le indicó. El Paraguay y sus compañeros siguieron también su camino cargándose por casi la costa de Olimar, bajándose de sus caballos al pie del monte y como a diez cuadras de los tres ombuces, observando cuando a ellos viniese el peón u otras personas o policías en su persecución, por si los hubiese vendido o traicionado el hombre aquel, debido a la fuerte atadura que le dieron.

No pasaron dos horas cuando vieron un hombre de a caballo venía en dirección a los ombuces. Entonces el Paraguay fue hacia él y lo reconoció diciéndole al mismo tiempo:

⸺¿Te dio la plata, el portugués?

⸺¡Ya lo creo! ⸺dijo el otro⸺. Vienen veinte y dos onzas, y le manda decir que espera a usted lo favorezca en cuanto pueda, a su compadre don Guillermo Santos, vecino del Sauce de Olimar Chico, porque lo quiere mucho y son muy amigos.

⸺¡Y cómo no! ⸺dijo el Paraguay⸺, si el otro es también portugués, pero está bueno, ya sé lo que me quiere decir con eso, que no le saque la plata; le robé la hija que es buena moza. Dime, Cornelio ⸺siguió el Paraguay⸺, ¿tú tienes plata?

⸺Alguna ⸺dijo Cornelio.

⸺Agarra ⸺dijo el Paraguay⸺, ahí tienes tres chatas de las que me entregas.

⸺Gracias ⸺le dijo Cornelio

Paulino llamó a un lado al Paraguay y preguntole cómo se había portado Cornelio.

—Bien ⸺le contestó aquel⸺, trajo la plata, pero eso no debe bastarnos; es necesario probarlo de otra manera más clara.

Cuando concluían de hablar, le dijo el Paraguay a Paulino:

⸺Mira, allá vienen partidas en nuestro seguimiento; vamos a vicharlos desde arriba de los árboles, a ver si cruzan o si saben que estamos por aquí.

Se internaron un poco al monte. Dejaron allí sus caballos. Y de a pie, Paulino y el Paraguay observaban las dos partidas de hombres lanceros y tiradores que los perseguían.

Cornelio ignoraba el peligro que hubiese corrido, si dichas fuerzas no hubiesen cruzado hasta que las perdieron de vista.

⸺¡Es inocente! ⸺se dijo el Paraguay⸺. Son esos zonzos, los comisarios Segóvia y Silvera. A este último le tengo ganas por lo que se ha dejado decir varias veces respecto de mí.

Los malhechores fueron a su guarida, donde estaban aquellas cuatro infelices, deseando la llegada de los bandidos por temor a los tigres y a la soledad triste y funeraria de los espesos montes silvestres.

Esa noche la pasó el Paraguay pensando cómo le daría muerte al comisario de Policía Silvera.

⸺Yo le perseguiré a él, en vez de que el me persiga a mí.

No demoró un mes sin que el Paraguay tuviese un encuentro en el departamento de Minas, no lejos de Cebollati, donde efectivamente dio muerte al comisario Silvera y a dos de sus militares, después de una lucha heroica por parte de los malevos, que eran menos que los soldados que componían la partida del valiente comisario acompañado de militares cobardes en su mayoría.

En otra ocasión, tuvo otro encuentro y pelea con el comisario Segóbia, hombre de reconocido valor, pero tuvo que huir con su policía después de haber sufrido un gran desengaño.

Estos hechos aumentaron el espanto del vecindario de toda la campaña, ya que los policías eran impotentes para apresar o matar a los salteadores y asesinos.

Y finalmente, para dar termino a nuestra narración, referente al famoso bandido conocido con el título de «el Paraguay», diremos que después de cometer innumerables robos, asaltos, peleas y asesinatos, fue muerto por un comisario de Policía, pereciendo este también en la lucha, puesto que ambos murieron abrazados entre un monte, acribillados a puñaladas. También fueron muertos de una manera parecida algunos de los de la gavilla, que después de haber sido capitaneada por Paulino fue mandada por el Paraguay como hombre más astuto, más valiente, el más respetado entre aquellas fieras humanas de triste recordación.

Para hacer la historia de el Paraguay cual correspondería, sería necesario escribir un volumen como el de un diccionario de la lengua española; y aun así mismo quedaría mucho que decirse, preciosos e interesantísimos detalles que narrarse.

Quizás podamos algún día continuar nuestras narraciones, respecto al mayor y más audaz ladrón y asesino que se ha conocido en la Penblica. Por hoy, cortamos y las dejamos en nuestros apuntes con la idea de continuarlas en otra forma que sea minuciosa y mas explicativa.

El Paraguay fue en su época, su persona y su nombre, el terror del vecindario de los departamentos de Cerro-Largo, Minas y parte del de la Florida. Su campo de acción fue el pueblo de los Treinta y Tres y sus cercanías, donde merodeó aproximadamente dos años.

Se conoce que en aquellos tiempos no existían el Wuincher, Remington, ni siquiera el fusil de fulminante. Se acabaron ya los paraguayos, y también las onzas de oro que abundaban entonces.

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