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El corresponsal

En un baile pueblerino, dicen al corresponsal de los periódicos de la capital que escriba sobre el pueblo y él responde que si tal mercader hace alguna donación para el instituto escribirá sobre eso. El mercader acepta y el corresponsal escribe, pero… Cuento de Antón Chéjov publicado en 1882, ilustrado por David Bueno.  

 

Los músicos eran ocho. Al director, Guri Maximov se le dijo que si la orquestina no tocaba sin interrupción, los músicos no catarían ni una copa de vodka y se les regatearían los honorarios.

Comenzó el baile a las ocho en punto de la noche. A la una, las señoritas se enfadaron con los jóvenes caballeros; y los caballeros, medio embriagados, se enojaron también con las señoritas. Estropeose el baile. Los invitados se dividieron en dos grupos. Los viejos ocuparon el salón donde había una mesa con cuarenta y cuatro botellas y otros tantos platos; las señoritas se congregaron en un rincón, se pusieron a murmurar, criticando la incorrección de los caballeros; y trataron de hallar respuesta a una pregunta: ¿a qué se debía que la novia empezara a tutear al novio desde el principio mismo? Los jóvenes ocuparon otra mesa, hablando todos a un tiempo y cada cual de lo suyo. Guri, primer violín —mal violín, por cierto— y director, atacó, al mando de sus siete satélites, la marcha de Cherniaiev. Tocaba sin cesar, deteniéndose tan sólo para beber vodka o para subirse los pantalones. Estaba enfadado. El segundo violín —que era el peor—, borracho como una uva, desentonaba diabólicamente, y el clarinete, a quien se le caía el instrumento a cada instante, no miraba la partitura y se reía sin el menor motivo.

Se levantó un estruendo espantoso. De la mesa pequeña tiraban botellas. Alguien le acertó con una en las espaldas al alemán Karl Kárlovich Funf. Varios hombres de caras amoratadas salieron gritando y riendo del dormitorio, seguidos de un criado, inquieto y nervioso. El diácono Manafuilov, para dárselas de gracioso ante aquel público ebrio y respetable, le pisó el rabo a un gato y lo tuvo así hasta que un criado le sacó de debajo del pie al enronquecido animal, haciéndole saber que aquello era «una mentecatez». Al alcalde le pareció que se le había perdido el reloj; terriblemente asustado, sudando a chorros aseguraba que el reloj en cuestión valía cien rublos. A la novia le entró dolor de cabeza. En el recibidor acababan de tirar, con gran estrépito, alguna cosa pesada. Los viejos, en el salón, no se portaban muy a tono con su edad: recordando sus años mozos, decían un sinfín de barbaridades: contaban chistes, referían las aventuras amorosas del anfitrión, bromeaban y reían. Y el dueño de la casa, satisfecho, por lo visto, replicaba desde el sillón donde se había repantigado:

—También vosotros sois buenos, hijos de perra. Os conozco bien; y les he hecho más de cuatro regalos a vuestras queridas.

Dieron las dos. Gurí tocó por séptima vez la Serenata española. Los viejos se animaron.

—Oye, Yegori —masculló un vejete, dirigiéndose al dueño y señalando a un rincón—. ¿Quién es aquel mozuelo?

En el rincón, junto a un estante de libros, sentado sobre las piernas a la manera turca, estaba tranquilamente un anciano de levita verde oscura, bastante usada con botones claros, y quizá aburrido de no hacer nada, hojeaba un libro. El anfitrión miró al rincón, pensó un momento y sonrió.

—Es un periodista, hermanos —respondió—, ¿No le conocéis? Una persona admirable. Iván Nikitich —dijo al viejo de los botones claros—, ¿qué haces ahí? Acércate, hombre.

Iván Nikitich se estremeció, levantó los ojos azules, y se azaró, incomprensiblemente.

—Señores, se trata de un escritor, de un periodista —prosiguió el dueño—. Nosotros, aquí bebiendo, y él, ahí lo tenéis: acurrucado en un rincón, piensa que te piensa en cosas elevadas y mirándonos con soma. Avergüénzate, hermano. Ven a beber con nosotros. Cometes un pecado no haciéndolo.

Iván Nikitich se levantó, llegose reposadamente a la mesa y se sirvió una copa de vodka.

—Que Dios les… —murmuró, mientras apuraba lentamente la copa—, que todo… marche bien…, sin novedad…

—¡Un aperitivo, hermano! Come algo…

El viejo pestañeó y se comió una sardina en conserva. Un señor gordo, con una medalla de plata al cuello, se le acercó, por detrás, y le echó en la cabeza un puñado de sal, diciendo:

—Estará más salado y no le saldrán gusanos.

Una carcajada general apremió la ocurrencia. Iván Nikitich movió la cabeza y enrojeció intensamente.

—No te enfades —le acució el gordiflón— ¿Qué se gana con ello? Es una broma… No seas chusco. Fíjate yo también me echo…

Uniendo la acción a la palabra, agarró el salero y se vertió sal en la cabeza.

—Y si quieres, también le echo a él. Para que no te enfades —continuó el gordo, espolvoreando de sal la cabeza del anfitrión, entre las carcajadas de la concurrencia. Iván Nikitich sonrió también y se comió otra sardina.

—¿Qué haces que no bebes, politicastro? —le acució el dueño—, ¡A beber! ¡Conmigo! ¡No, conmigo solo, no; con todos!

Los viejos se levantaron y rodearon la mesa. Llenáronse de coñac las copas. Iván Nikitich tosió y cogió una copa cuidadosamente.

—A mí me basta con esto —profirió, dirigiéndose al dueño—. Me basta, porque ya estoy medio borracho. Bueno, que Dios le dé, Yegor Nikífovich…, que todo…, que todo… le salga bien y a pedir de boca. ¿Por qué me miran así? ¿Tan raro me encuentran? ¡Ji, ji, ji! ¡Que Dios los ampare! Yegor Nikiforich, tenga la bondad de ordenar a Guri que Grigori deje de tocar el tambor. Me tiene atormentado el muy tuno. Con ese redoble hasta le revuelve a uno las tripas… ¡A la salud de ustedes!

—Que siga tocando —objetó el anfitrión—, ¿Tú has visto alguna vez tocar la música sin el tambor? No comprendes ni eso, y te metes a escribir. Bueno, ahora bebe conmigo.

Iván Nikitich eructó y removió las piernecillas. El dueño llenó dos vasos:

—Bebe, amigo, y no escurras el bulto. Si se te ocurre escribir que en casa de L. todos los invitados estaban borrachos, tendrás que incluirte a ti mismo. A tu salud. ¡Venga, venga, talentudo! ¡No te achiques, hombre! ¡A beber!

Iván Nikitich tosió, se sonó y chocó su vaso con el del dueño.

—Les deseo que tengan todas las desgracias del mundo… lo más lejos posible —bromeó un comerciante. El hijo mayor del amo de la casa soltó la carcajada.

—¡Viva el periodista! —gritó el gordiflón, abrazando a Iván Nikitich y levantándolo en vilo. Los otros carcamales acudieron, y el pobre Iván Nikitich se vio sobre las cabezas y los hombros de los respetables y ebrios intelectuales de T***.

—¡Tiradlo por alto! ¡Tirad al tuno! ¡Llevaos al truhán! —gritaron los vejestorios, llevándose a Iván Nikitich a la sala, donde se les unieron los caballeros jóvenes; y entre todos se pusieron a lanzar al periodista hasta el propio techo una y otra vez. Las señoritas hicieron palmas; callaron los músicos, colocando los instrumentos en el suelo; y los lacayos, traídos del club para dar bombo a la fiesta, se asombraron de la «incorrección» y rieron de un modo estúpido ahogando la risa en sus retocadas manos. A Iván Nikitich se le cayeron dos botones de la levita y se le desató el cinturón. El viejo jadeaba, carraspeaba, chillaba y sufría, pero… sonreía satisfecho: no esperaba tanto honor para «un gusano, apenas visible entre las personas», según se expresaba él.

—¡Ja, ja, ja! —soltó el novio una risotada estruendosa; y, borracho como una cuba, asió de las piernas a Iván Nikitich. Éste se balanceó, escapó de las manos de la intelectualidad de T*** y se agarró al cuello del gordinflón de la medalla de plata.

—¡Que me mato! —suplicó—. ¡Qué me estrello contra el suelo! ¡Déjenme! Un momento… así… ¡No, así no!

El novio soltó de pronto las piernas de Iván Nikitich, que quedó colgado del cuello del gordinflón. Pero el gordiflón sacudió la cabeza, y nuestro periodista cayó al suelo, exhaló un quejido y se levantó con una risilla falsa. Las carcajadas eran generales. Incluso los civilizados lacayos de club incivil arrugaron, condescendientes, la nariz, en una sonrisa contrahecha. La cara de Iván Nikitich resplandeció de felicidad; sus húmedos ojos azules centellearon, y toda su boca se ladeó, siendo de notar que el labio superior se torció hacia la derecha y el inferior hacia la izquierda.

—Respetables señores —comenzó a hablar con débil acento de tenor, abrochándose el cinturón y abriendo los brazos—. Respetables señores: ojalá Dios se digne concederles todo cuanto de Dios esperan. Quiero dar las gracias a mi bienhechor…, a Yegor Nikíforich… No ha tenido reparo en invitar a un hombrecillo insignificante. Nos encontramos anteayer en el callejón Griazni y me dice: «Ven a la boda, Iván Nikitich. No dejes de venir. Estará la ciudad entera. Así que acude también tú, murmurador de todas las Rusias». No lo ha tenido a menos, Dios le dé salud. Usted, Yegor Nikíforich, me ha hecho feliz con su sincera amabilidad; no se ha olvidado de este periodista, de este viejo desharrapado. Gracias. Y ustedes, respetables caballeros, no se olviden de los de mi gremio. Somos seres minúsculos, es cierto; mas nuestras almas no son maliciosas. No desprecien al periodista, no le desdeñen, porque lo notará. Entre los hombres, parecemos pequeños y pobres, pero somos la sal de la tierra; Dios nos ha creado para utilidad de la patria; a todos enseñamos, enaltecemos el bien y condenamos el mal…

—¿Qué bobadas estás diciendo? —le gritó Yegor Nikíforich—. ¡Menudo embrollo nos has colocado, payaso Ivanovich! ¡Mejor será que pronuncies un discurso!

—¡Un discurso, un discurso! —pidieron, alborotando, los huéspedes.

—¿Un discurso? Bueno… ¡Ejem!… Déjenme pensar un poco…

Iván Nikitich quedó en actitud pensativa. Alguien le puso en la mano una copa de champaña. Después de una breve meditación, el periodista levantó la copa y dejó oír el flautín de su voz, dirigiéndose al dueño de la casa:

—Mis palabras, señoras y señores míos, serán breves; y su brevedad no concordará con la grandeza del acontecimiento que celebramos, verdaderamente emotivo para todos nosotros. ¡Ejem!… Un gran poeta dijo: «Bienaventurado el que fue joven en su juventud». No pongo en duda el acierto de estas palabras; es más: creo que no me equivoco si a ellas añado mentalmente y reproduzco oralmente un llamamiento a los jóvenes culpables de la presente ceremonia. Sed jóvenes no sólo ahora, cuando lo sois por imperativo físico y natural, sino también en vuestra vejez, pues bienaventurado el que fue joven en su juventud, pero cien veces más bienaventurado el que conserva su juventud hasta la tumba. Que los culpables de mi actual efluvio oral sean, en su ancianidad, viejos de cuerpo y jóvenes de alma, es decir, de espíritu. Que hasta la propia tumba se mantengan vivos sus ideales, auténtica dicha de los humanos. Que sus vidas se fundan en un todo puro, generoso y elevado. Que la amantísima esposa sea…, ¡ji, ji, ji!, por así decirlo, la octava de su marido, de ese marido tan fuerte en ideas, y que ambos compongan una melodiosa armonía. ¡Hurra, hurra, hurra!

Iván Nikitich apuró el champaña, dio un taconazo en el suelo y miró con aire de triunfo a los circunstantes.

—¡Muy bien, muy bien! —aplaudieron todos.

El novio, haciendo eses, se aproximó al orador y trató de hacerle una reverencia, pero estuvo a punto de caerse. Agarrando de la mano a Iván Nikitich, le dijo:

Beaucoup…, beaucoup merci. Su discurso ha sido… muy bueno… y hasta con… cierta tendencia…

Iván Nikitich dio un salto, abrazó al novio y le besó en el cuello. El novio se turbó, y, para ocultar su confusión, se puso a abrazar al suegro.

—Se da usted buena maña para expresar sus sentimientos —felicitó al orador el gordiflón de la medalla—. Tiene usted una figura que… no lo esperaba… Discúlpeme…

—¿Maña? —chilló el periodista—, ¿Maña? ¡Je, je, je! Ya lo sé. Lo que me falta es fuego; pero ¿de dónde voy a sacarlo? Ahora los tiempos son otros, respetables señores. Antes decía uno o escribía cualquier cosa, y se enternecía admirado de su propio talento. ¡Ay, qué tiempos aquéllos! ¡Bebamos, fra Diavolo, por aquellos tiempos! ¡Bebamos, amigos! ¡Qué delicia de tiempos!

Los huéspedes se acercaron a la mesa y cogieron una copa cada uno. Iván Nikitich, transformado, no se llenó una copa, sino un vaso.

—Bebamos, honorables caballeros —continuó—. Ya que han sido tan amables conmigo, rindan tributo también a la época en que yo era un personaje. ¡Glorioso período! Mesdames, hermosas señoras, brinden ustedes con este áspid, con este basilisco que admira su belleza. ¡Chok! ¡Je, je, je! Amorcitos míos: ¡hubo otros tiempos, sacramento! Amé y sufrí, vencí y fui vencido muchas veces… ¡Hurraaa!

Todos corearon.

—Hubo otros tiempos —prosiguió Iván Nikitich, sudoroso y alterado—, ¡Hubo otros tiempos, señores! Ahora tampoco son malos; pero los de entonces eran mejores tiempos para nosotros, los periodistas, por la sencilla razón de que los hombres poseían más fuego y más verdad. Antes cualquier escritorzuelo era un paladín, un caballero sin miedo y sin tacha, un mártir, una criatura sufrida y verdadera, ¿y ahora? ¡Tierra de Rusia, mira a tus hijos escritores y sonrójate! ¿Dónde estáis vosotros, los literatos genuinos, los publicistas y otros combatientes y trabajadores de la… —ej…, ejem…—, de la divulgación? ¡¡En ninguna parte!! Hoy escribe todo el mundo. Al primero que se le antoja se pone a escribir. Aquellos que tienen el alma más sucia y más negra que mis botas, aquéllos cuyo corazón no se creó en las entrañas de su madre, sino en una fragua, aquellos que tienen tanta verdad como yo casas, se atreven a penetrar en el camino de los elegidos, en la senda exclusiva de los profetas, de los que aman la verdad y de los que odian el dinero. Queridos señores míos: este camino es hoy más ancho, pero no hay quien pase por él. ¿Dónde están los verdaderos talentos? Por más que uno los busque, no los encuentra. Todo se ha vuelto caduco y mísero. Si queda vivo alguno de los bravos de antaño, se ha convertido en un pobre de espíritu y en un fracasado. Antes se luchaba por la verdad; hoy no se busca sino la grandilocuencia y el kopek, que Dios confunda. Reina un espíritu extraño. ¡Maldición, amigos míos! También yo, condenado de mí, busco la palabra altisonante, sin respeto para mis propias canas. Apenas veo una rendija, meto algún gazapo en la crónica. Gracias al Señor, creador del cielo y de la tierra, no soy avaricioso ni me atrevo a escribir por hambre. Hoy, todo aquel que tiene el estómago vacío agarra la pluma y escribe lo que le viene en gana, con tal de que tenga algún viso de verdad. ¿Quiere usted sacarle el dinero a la redacción? ¿Sí? Pues escriba que tal y tal día hubo un terremoto en nuestra ciudad de T*** y que la aldeana Akulina…, y perdonen ustedes, mesdames, a este libertino…, parió seis chiquillos de una sola vez… Se han sonrojado ustedes hermosas señoras. ¡Disculpen generosamente a este ignorante! Soy doctor en maledicencia, y en otros tiempos defendí mi tesis de esta asignatura en tabernas y posadas, y vencí en mil controversias a los truhanes más distinguidos. ¡Perdónenme, amigos! ¡Jo, jo, jo, jo! De modo que ya se sabe: escribe lo que se te antoje que tendrá aplicación. Antes no era así. Si soltábamos una mentira, lo hacíamos por simpleza o estupidez; pero no esgrimíamos la falsedad como arma, porque considerábamos nuestra profesión un sacerdocio y la venerábamos como una reliquia.

—¿Por qué usa usted botones claros? —le interrumpió un pisaverde con cuatro pelos en la cabeza.

—¿Botones claros? En efecto, son claros… Pues los uso por costumbre… En la antigüedad o sea, hace veinte años, encargué a un sastre una levita. Y el sastre, por equivocación, le puso los botones blancos en lugar de ponérselos negros. Me acostumbré a los botones claros porque llevé la levita en cuestión siete años seguidos… De modo que ya ven, señores míos, cómo era la vida de entonces… Me están oyendo estas guapas señoritas. Son tan simpáticas que se ponen a oír a un viejo como yo… ¡Ji, ji, ji! Que Dios les dé salud, lindas muñecas sobrenaturales. De haber vivido ustedes hace cuarenta años, cuando yo era joven y capaz de encender el fuego del amor en los corazones, sería su esclavo, hermosas doncellas, y de tanto estar arrodillado me haría agujeros en las rodillas… ¡Se ríen, los capullitos! ¡Oh, mis…! Gracias por haber honrado a este viejo con su atención.

—¿Está usted escribiendo algo ahora? —preguntó una señorita de nariz respingona, animada por la desenvoltura de Iván Nikitich.

—¿Que si estoy escribiendo algo? ¿Cómo no? Reina de mi alma; no voy a enterrar mi talento hasta la propia tumba… ¡Claro que escribo! ¿No ha leído usted nada mío? ¿De quién era la crónica que se publicó en Golos el año setenta y seis? ¿De quién? ¿No la leyó usted? ¡Pues menuda crónica! El setenta y siete volví a escribir para Golos; pero la redacción del respetable periódico encontró violento publicar mi artículo… ¡Je, je, je! Violento… Pero así fue. Y es que el articulejo tenía su poco de pimienta, tiraba a dar. «Hay entre nosotros —decía— patriotas insignes; mas lo difícil está en saber si su patriotismo se asienta en el corazón o en el bolsillo». ¡Je, je, je! Había intención… Y seguía: «Ayer se celebró un funeral religioso por el alma de los caídos en Plevna. Asistieron todas las autoridades y ciudadanos excepto el señor jefe de Policía de T***, que brilló por su ausencia, debido a que consideró más interesante terminar su partida de naipes que compartir el sentimiento de los ciudadanos de Rusia». ¡Una buena estocada! ¡Ja, ja, ja! No lo publicaron. ¡Y anda que no bregué yo por conseguirlo, amigos! El pasado año setenta y nueve mandé una información al diario Russki Kurier, de Moscú. Hablaba, amigos míos, de las escuelas de nuestro distrito. El periódico la publicó, y desde entonces recibo gratis el Russki Kurier. ¡Para que vean! ¿Los admira? A los genios deben admirar, y no a las nulidades. Yo soy una nulidad. ¡Je, je! Escribo muy de tarde en tarde, respetables señores muy de tarde en tarde. Nuestra humilde ciudad de T*** es pobre en acontecimientos dignos de que se relaten, y no quiero ponerme a publicar menudencias por amor propio y por miedo a los remordimientos de mi conciencia. Los periódicos son leídos en toda Rusia, y ¿para qué necesita Rusia a T***? ¿Para qué vamos a fastidiarla con las trivialidades de aquí? ¿Qué necesidad tiene de saber que en nuestra posada encontraron a un hombre muerto? Pero antes, ¡cómo escribía yo antes, en otros tiempos! Colaboraba en la Severnaia Pchelá, en Syn Otechestva, en Moskovskie… Fui contemporáneo de Belinski, y una vez dediqué un paréntesis punzante a Bulgarin… ¡Je, je, je! ¿No lo creen? Pues lo juro. Compuse unos versos sobre la bravura militar. Lo que tuve que aguantar en aquellos tiempos, sólo Jehová lo sabe. Al acordarme de mi situación de entonces, no puedo por menos de enternecerme. ¡Qué intrépido y qué bizarro era! Sufrí y fui perseguido por mis ideas. Padecí martirios por defender el trabajo noble y generoso. El año cuarenta y seis, por una crónica publicada en Moskovskie Viedomosti, me dieron tal paliza unos cuantos vecinos de T***, que me pasé tres meses en el hospital, casi a pan y agua. Es de suponer que mi enemigo pagase bien a los desalmados que me apalearon. Lo hicieron de modo que hasta hoy puedo mostrar las huellas. Otra vez, en el año cincuenta y tres, me llama el alcalde, Sisoi Petrovich… Ustedes no se acuerdan de él, y más vale así. El recuerdo de aquel hombre es el más amargo de todos los recuerdos. Me llama y me dice: «¿Qué calumnias son esas que has publicado en la Pchela?». ¿Y cuáles eran las calumnias? Yo denunciaba que se había formado una banda de malhechores cuya guarida estaba en la fonda de Guskov. Hoy no existe ya la tal fonda. La quitaron en el año sesenta y cinco; y en ella puso su tienda de ultramarinos el señor Lubtsovatski. Al final de la crónica se me ocurrió tirar una puntada: «No estaría de más, por consiguiente, que la Policía prestase atención a la fonda del señor Guskov». Sisoi Petrovich me dio mil gritos, pataleando furiosamente en el suelo: «¿Acaso no sé yo lo que conviene hacer? ¿Vas a permitirte darme indicaciones, mamarracho? ¿Quieres meterte a mentor mío?». Después de mucho vociferar ordenó encerrarme en el calabozo. Yo estaba tiritando. Me pasé recluido tres días con sus noches. Me acordé de Jonás y de la ballena. Aguanté las mayores humillaciones… No lo olvidaré hasta que se me nuble la memoria. Ni una chinche, ni un piojo…, y perdonen ustedes…, ni un insecto apenas visible habrá sufrido jamás las ofensas que me infirió a mí Sisoi Petrovich, a quien Dios tenga en su gloria. ¿Pues y lo que me sucedió con el reverendo padre Pankrati, a quien yo llamaba mentalmente padre de vía estrecha? No sé dónde leyó ciertas alusiones a un reverendo; y se le metió en la cabeza que el aludido era él y que el autor del escrito era yo, aunque en verdad ni se aludía a él ni yo había escrito aquello. Pues bien: voy una vez andando junto a una valla, cuando alguien me empuja por la espalda y me suelta un garrotazo en la cabeza, seguido de otro y de un tercero… ¡Qué espanto! ¿Por qué me lloverían aquellos palos? Me vuelvo y veo al padre Pankratov, a mi confesor… ¡Públicamente! ¿Por qué? ¿Cuál era mi delito? Pues todo lo soporté con resignación… Hube de padecer mucho, queridos amigos…

El comerciante Grízhev, que se hallaba al lado, sonrió y dio una palmada en un hombro a Iván Nikitich.

—Escribe —le dijo— Escribe. ¿Por qué no vas a escribir, si puedes hacerlo? ¿Y en qué periódico escribirás?

—En Golos, Iván Petrovich.

—¿Me lo darás a leer?

—¡Je, je, je! Sin falta.

—Veremos qué milagros eres capaz de hacer. Dime: ¿de qué piensas escribir?

—Pues si Iván Stepanovich hace alguna donación para el instituto, escribiré una crónica sobre eso.

Iván Stepanovich, un mercader rasurado, sin la larga levita típica, sonrió y enrojeció:

—Bueno, escribe. Haré la donación. ¿Por qué no? Daré mil rublos…

—¿Mil?

—Sí, hombre. Puedo darlos.

—¡Qué va!

—¿Que no? Claro que puedo.

—¿No es broma, Iván Stepanovich?

—Es en serio… Pero… Mmm… ¿Y si entrego el dinero y después no escribes nada?

—¿Cómo podría hacer eso? ¿Palabra de honor, Iván Stepanovich?

—¡Pues sí…! ¡Ejem!… ¿Y cuándo lo escribirás?

—Muy pronto, señor, muy pronto… ¿No lo dice usted en broma, Iván Stepanovich?

—¿Qué necesidad tengo de bromear, si no vas a pagarme nada por las bromas? ¡Ejem!… ¿Y si luego no escribes?

—Escribiré, Iván Stepanovich. Que Dios me castigue si no cumplo mi palabra.

Iván Stepanovich amigó la frente, ancha y brillante, y quedó pensativo. El corresponsal movió las piernecillas, exhaló un eructo y clavó los resplandecientes ojillos en el comerciante. Éste insistió:

—Verás, Nikita… Nikitich… ¿O es Iván como te llamas? Verás: estoy dispuesto a dar…, a dar dos mil rublos de plata y después… quizá algo por el estilo… Pero a condición, hermano, de que escribas de verdad… un artículo…

—¡Por Dios le juro que sí! —cacareó Iván Nikitich.

—Lo escribes, y antes de mandarlo al periódico me lo enseñas. Entonces daré los dos mil rublos si está bien escrito…

—Muy bien. ¡Ek!… ¡Ek-ejem!… Acepto y comprendo, señor generoso y magnánimo. Iván Stepanovich: sea usted lo bastante amable y condescendiente para no dejar incumplida su promesa, permitiendo que se convierta en papel mojado. ¡Iván Stepanovich, bienhechor del prójimo! Respetables caballeros: aunque borracho, mi entendimiento se hace cargo de todo. ¡Tenemos ante nosotros al más humano de los filántropos! ¡Lo juro! ¡Sigan su ejemplo! ¡Cooperen a la instrucción del pueblo, demuestren su generosidad! ¡Oh Dios mío!

—Bueno, bueno… Ya me verás…

Iván Nikitich se agarró al faldón de Iván Stepanovich:

—¡Oh señor magnánimo! —soltó la trompetilla de su voz—. Una su mano a las manos de los grandes… Vierta aceite, en el fuego que ilumina al universo… Permítame que brinde por su salud, ¡Voy a brindar, caballero, voy a brindar! ¡Viva!…

Tras sufrir un golpe de tos, apuró la copa de vodka. Iván Stepanovich miró a los que lo rodeaban, hizo un guiño, indicando a Iván Nikitich y se fue al salón. El periodista permaneció meditativo unos segundos; se pasó la mano por la calva y, con grave continente, se dirigió a la sala, pasando entre las parejas que bailaban.

—Que usted siga bien —dijo al anfitrión con una reverencia—. Gracias por su amabilidad, Yegor Nikiforovich. Nunca lo olvidaré.

—Adiós, hermano. Llégate por aquí de cuando en cuando. O pasa por la tienda, si tienes tiempo: tomarás té con algunos buenos mozos. Si quieres venir, estás invitado al santo de mi mujer. Ven y pronuncia un discurso. Bueno, adiós, amigo.

Iván Nikitich, emocionado, estrechó la mano que se le tendía, hizo una profunda reverencia y se fue presuroso hacia el vestíbulo, donde, entre tanto abrigo de piel y de paño, se perdía el suyo, pequeño y raído.

—¡Una propina, caballero! —le rogó, servicial y amable, el lacayo encargado del guardarropa.

—¡Para mí la quisiera, amigo mío…!

—Aquí tiene su abrigo. ¿Es el suyo, semicaballero? ¡Está como para sembrar trigo en él! No es un abrigo para acudir a fiestas, sino para meterse en una zahúrda.

Confuso y aturdido, Iván Nikitich se puso el abrigo, se subió los pantalones salió de la casa del ricachón L*** y se dirigió, chapoteando en el fango, a su domicilio.

Vivía en la calle principal, en una buhardilla, por la que pagaba sesenta rublos anuales a los herederos de una tendera. Estaba su tugurio en un rincón de un enorme patio cubierto de cardos borriqueros, y se asomaba entre los árboles con la misma timidez con que únicamente pudiera asomarse Iván Nikitich. Después de echar el cerrojo al portalón del patio, y sorteando hábilmente los cardos, nuestro hombre se encaminó a su morada, gris y triste. Un perro le gruñó y le ladró, no se sabe desde dónde.

—¡Stameska, soy yo, Stameska! —murmuró Tván Nikítioh.

La puerta de la casilla estaba abierta. Limpiándose las botas con un cepillo que allí había, Iván Nikitich penetró en su guarida. Una vez dentro, carraspeó se quitó el abrigo, musitó una oración ante el icono y atravesó sus apartamentos. En la segunda y última habitación volvió a orar ante el icono y, andando de puntillas, se dirigió a una cama. En ella dormía una joven agraciada, de unos veinticinco años.

—¡Manechka! ¡Manechka! —se puso a despertarla Iván Nikitich.

—Beeee…

—Despierta, hijita…

—Yo…, yo…, a mí…

—¡Manechka, Manechka, despierta!

—¿Qué pasa? ¿Eh?…

—Despiértate, ángel mío. Levántate, bien de mi vida, alegría de tu padre. Manechka, hija mía…

Maneohka dio la vuelta y abrió los ojos:

—¿Qué pasa?

—Haz el favor de darme dos pliegos de papel, hijita.

—¡Acuéstese a dormir!

—¡Hija mía no me los niegues!

—¿Para qué los quiere?

—Para enviar una crónica a Golos.

—Déjeme en paz y acuéstese a dormir. Allí tiene la comida que le he guardado.

—¡Amiga mía única!

—¿Está borracho? Estupendo… Déjeme dormir.

—Dame papel. ¿Qué te cuesta levantarte y hacer caso a tu padre? Amiga mía, ¿quieres que te lo pida de rodillas?

—¡Oh, qué diablo! ¡Vayase de aquí!

—Ahora mismo.

Iván Nikitich dio dos pasos atrás y ocultó la cabeza tras un biombo. Manechka saltó de la cama cuidadosamente envuelta en la manta.

—¡Siempre vagando! —gruñó—, ¡Vaya un castigo! Madre de Dios, ¿cuándo se acabará todo esto? No me deja tranquila ni de día ni de noche. ¡No tiene usted conciencia!

—¡Hija, no insultes a tu padre!

—Nadie le está insultando. Tome.

Manechka sacó de su cartera dos pliegos de papel y los tiró sobre la mesa.

Merci, Manechka. Perdona por la molestia.

—Bueno, bueno…

La joven cayó en la cama, tapose con la manta, se encogió y se durmió inmediatamente.

Iván Nikitich encendió una vela y se sentó a la mesa. Después de meditar un instante, mojó la pluma, se persignó y comenzó a escribir.

A las ocho de la mañana del día siguiente, Iván Nikitich estaba ya a la puerta de la casa de Iván Stepanovich, tirando de la campanilla con mano temblorosa. Tiró cosa de diez minutos, y en este espacio de tiempo le faltó poco para morirse de miedo por su atrevimiento.

—¿Qué quieres? ¿Por qué llamas así? —le preguntó un lacayo, abriendo la puerta y restregándose con el faldón de la vieja levita, de color marrón, los ojos soñolientos e hinchados.

—¿Está en casa Iván Stepanovich?

—¿El señor? ¿Pues dónde va a estar? ¿Qué quieres?

—Quiero… verle.

—¿De Correos? Pues está durmiendo.

—No, no vengo de Correos, sino por mí mismo… Propiamente hablando…

—¿Eres funcionario?

—No, pero… ¿podría esperar?

—Claro que sí. Ahí, en el recibidor…

Iván Nikitich penetró, cohibido, en el recibidor, y tomó asiento en un diván sobre el que se veían todos los arreos del lacayo.

—¡Aukrrrmm! ¡Kgmbrrr! ¿Quién anda por ahí? —llegó un rugido desde el dormitorio de Iván Stepanovich—. ¡Seriozhka, ven aquí!

El lacayo pegó un salto y corrió como un desesperado hacia el dormitorio del amo, mientras Iván Nikitich, aterrado, se abrochaba y desabrochaba, nervioso, los botones del abrigo.

—¿Cómo? ¿Quién? —oyó vociferar en el dormitorio—. ¿A quién? ¿Es que no tienes lengua, so bestia? ¿Cómo? ¿Del banco? ¡Pero habla de una vez! ¿Un viejo, dices?

A Iván Nikitich le martilleó el corazón. Sus ojos se nublaron y se le enfriaron los pies. ¡Se aproximaba el momento crucial!

—Llámalo —resonó en el dormitorio.

Apareció Seriozhka sudoroso, con una mano en la cara, y condujo al visitante al dormitorio del señor. Iván Stepanovich acaba de despertarse. Acostado en la ancha cama, sacaba la cabeza desde debajo de la manta. Junto a él, cubierto con la misma manta, roncaba el gordiflón de la noche anterior. Éste, al acostarse, no había considerado necesario desnudarse. Las puntas de sus botas asomaban entre las sábanas, y la medalla de plata, desprendida del cuello, yacía sobre la almohada. En el aposento, lleno de humo de tabaco, hacía calor y bochorno. Trozos de un quinqué roto, un reguero de petróleo y jirones de una falda de mujer cubrían el suelo.

—¿Qué te trae por aquí? —inquirió Iván Stepanovich, mirando fijamente a Iván Nikitich y arrugando el ceño.

—Perdone la molestia —redondeó el periodista las palabras, extrayendo el papel del bolsillo— Respetabilísimo Iván Stepanovich, permita…

—Oye, oye, no me vengas con cuentos, que en esta casa no se leen. Dime qué es lo que quieres.

—Pues he venido con el fin de…, ¡ejem!…, con el fin de presentarle, de la manera más respetuosa…

—Pero, bueno, ¿quién eres tú?

—¿Yooo? Pues…, verá…, ¡ejem!… ¿Se ha olvidado de mí? Soy el corresponsal…

—¿Cómo? ¡Ah, ya caigo! ¿Y a qué has venido?

—Deseaba presentarle la crónica que le prometí, para que la lea…

—¿Ya la has escrito?

—Sí, señor.

—¿Tan pronto?

—¿Pronto? Si he estado escribiendo hasta ahora mismo…

—¡Ejem!… Pues no… No me parece bien… Tenías que tardar más tiempo. ¿Para qué las prisas? Anda, hermano, vete y escribe más.

—Iván Stepanovich: ni el lugar ni el tiempo pueden coaccionar el talento. Aunque me dé usted un año entero, no escribiré nada mejor. ¡Por Dios que no!

—A ver, a ver, trae para acá.

Iván Nikitich desdobló el pliego y, con las dos manos, lo acercó a la cara de Iván Stepanovich.

Cogió el comerciante el papel, entornó los ojos y se puso a leer:

—«En nuestra ciudad de T*** se construyen anualmente varios edificios, a cuyo fin se contratan arquitectos en la capital, se encargan al extranjero materiales de construcción y se invierten enormes capitales. Todo ello —hay que reconocerlo— con fines mercantiles… Y es una lástima. T*** tiene más de veinte mil habitantes, existe desde hace varios siglos y erige nuevos y nuevos edificios. Pero no hay ni una mala cabaña donde pueda albergarse esa fuerza que corta las hondas raíces de la ignorancia. La ignorancia…» ¿Qué dice aquí?

—¿A ver? ¡Ah!, dice horribile dictu.[91]

—¿Y qué significa eso?

—Dios sabrá lo que significa, Iván Stepanovich. Yo sólo sé que cuando se escribe algo malo o espantoso, se pone al lado, entre paréntesis, esa expresión.

—«La ignorancia…». ¡Ejem!… «va depositándose en gruesas capas y goza de pleno derecho de ciudadanía en todos los sectores de nuestra sociedad. Pero ¡por fin!, nos ha llegado el aire que respira toda nuestra Rusia instruida. Hace un mes nos concedió el ministro autorización para abrir en nuestra ciudad un Instituto de segunda enseñanza. La noticia fue acogida aquí con júbilo sincero. Y ha habido personas que no se han limitado a expresar su satisfacción, sino que han querido demostrar prácticamente su amor a la cultura. Nuestros comerciantes, que nunca rehúsan colaborar en cualquier empresa noble, tampoco ahora han negado su óbolo…». ¡Diablo de hombre! ¡Aunque lo ha escrito a la carrera, qué bien le ha salido! Vaya, vaya, te felicito… «Me creo en el deber de citar los nombres de los que más han contribuido. Helos aquí: Gurí Petróvich Grízhev, 2000 rublos; Piotr Semionovich Alebastrov, 1500; Aviv Inokentievich Petroshílov, 1000; Iván Stepanovich Trambonov, 2000. El último ha prometido…». Oye, tú, ¿quién es el último?

—¿El último? Pues usted…

—¿De manera que a mí me tienes por el último?

—El último… Quiero decir… ¡ej…, ejem!…, en el sentido de…

—¿Así que yo soy el último?

Iván Stepanovich se levantó rojo de cólera:

—¿Quién es el último? ¿Yo?

—Usted, señor; pero sólo en el sentido de…

—¡En el sentido de que eres un idiota! ¿Me entiendes? ¡Un idiota! Toma tu crónica.

—Excelen… Señor… Padrecito Iván… Iván…

—¡De modo que yo soy el último! ¡Sanguijuela, ganso!

De la boca de Iván Stepanovich salió un raudal de expresiones gruesas, a cual menos adecuada para la publicación. Iván Nikitich, loco de terror, cayó sobre una silla temblando convulsivamente.

—¡Cerdo inmundo! ¿Yo el último? ¡Iván Stepanovich Trambonov nunca ha sido ni será el último! ¡El último eres tú! ¡Fuera de aquí, y que no vuelva a verte ni en pintura!

El comerciante estrujó enfurecido la crónica y, hecha una bola, se la arrojó a la cara al corresponsal de los periódicos de Moscú y de San Petersburgo. Iván Nikitich, colorado hasta las orejas, se levantó de la silla y, braceando para darse prisa, huyó del dormitorio. Al llegar al recibidor encontró a Seriozhka que, con una sonrisa estúpida en la estúpida cara, le abrió la puerta. Ya en la calle, Iván Nikitich, pálido como la cera, echó a andar por el barro en dirección de su casa. Dos horas después Iván Stepanovich, al salir de su casa, vio en la ventana del recibidor la gorra olvidada por Iván Nikitich.

—¿De quién es esto? —preguntó a Seriozhka.

—De aquel pobre diablo que usted echó antes a la calle.

—Pues tíralo. No va a quedarse aquí emporcándolo todo.

Seriozhka cogió la gorra y, saliendo a la calle, la arrojó al lugar más fangoso.

Nota: El corresponsal (Корреспондент) se publicó en los números 20 y 21 de la revista El despertador, en mayo de 1882, con el seudónimo de Antosha Chejonté.

Fuente: Cuentos completos [1880-1885] de Antón P. Chéjov. Edición de Paul Viejo. Editorial Páginas de Espuma.

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