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Areté Guasú a todo ritmo

Los nativos indígenas mantienen rituales que honran a la vida y los ancestros. Uno de ellos, el Areté Guasú de los guaraníes del Chaco paraguayo. Alicia Riquelme Crosa, una de las invitadas de este año, cuenta cómo fue vivir esa experiencia.

 

Este año fui parte de un grupo que vivenció uno de los tres días de una fiesta guaraní: el Areté Guasú (fiesta grande) o Kandaváre (palabra guaranizada de carnavales) que honra a la vida y los espíritus de los ancestros en los últimos días de febrero. Durante décadas, ya sea en las misiones católicas o las colonias menonitas donde los guaraníes vivían, estuvo prohibida. Sin embargo, nunca dejaron de practicarla, conscientes de que serían reprimidos.

Cuando llegamos a la ciudad chaqueña de Mariscal Estigarribia, a siete horas de Asunción, nos comunicamos con una de las líderes de la comunidad que nos había invitado, doña María, y coordinamos un punto de encuentro. La vimos esperándonos junto a una moto. Nos dio la bienvenida y nos pidió que la siguiésemos. Llegamos a una casa. Una construcción modesta que no había sido parte de las viviendas donadas por la Senavitat, sino construida por ellos mismos. No estaba dentro de los asentamientos, como Santa Teresita, sino en el pueblo. Era parte del territorio de «los latinos», como ellos nos nombraban, hecho que contaban con gran orgullo, resaltando que los niños iban a la misma escuela que el resto de los chicos de la zona.

Bajamos los víveres que donamos para el karu guasu que se realiza como parte de la fiesta y conversamos con doña Juana. Contó que era la encargada de preparar la chicha:

⸺Esta preparación pues tiene un secreto para que salga bien. Es rezarle a la preparación mientras vas haciendo, o sea, hablarle para que salga bien.

Luego fuimos a conocer el lugar donde se llevaría a cabo el encuentro. Un predio con un patio amplio, un tinglado y una pieza pequeña que se usaba como depósito y cocina. Allí nos reunimos con la segunda de las dos líderes, Lidia.

⸺Con mucho orgullo les digo que, después de mucho luchar, conseguimos que nos dieran este lugar como tierra comunal. Fueron años de pelear ⸺dijo.

En el Paraguay la propiedad comunal es casi inexistente. En 1848 Carlos Antonio López suprimió la institución del táva comunal y declaró como propiedades del Estado «los bienes, derechos y acciones de los pueblos de naturales de la República». Los gobiernos posteriores siguieron la misma política de exclusión. Posteriormente, las tierras estatales se vendieron. Así se dio origen a una realidad de tierras malhabidas y latifundio. Recién en la Constitución de 1992 se tuvo en cuenta los derechos de los pueblos originarios.

A las 9 de la mañana del día siguiente, volvimos para la gran celebración. Nos encontramos enfrente de la casa de uno de los integrantes que no podía movilizarse por enfermedad. Los músicos presentes estaban en círculo. Todos vestían camisetas iguales, color turquesa, en las que se leía «Comunidad Pueblo Guaraní Urbano». El tambor y la flauta se empezaban a oír, junto al sonido de las latas de cerveza que se abrían.

Se formó otro círculo de danzantes, en su mayoría mujeres. Nosotros los observábamos y sacábamos fotos, algo que no tardó en incomodarme, aunque habíamos pedido permiso y todos se mostraban contentos. Nos habían dicho que la difusión era lo que más les ayudaba. No pude evitar sentirme un poco extraña. Entonces, traté de integrarme a la fiesta. Varios de los invitados estuvimos en la misma sintonía. Nos aproximamos y entramos en el círculo donde, tomados de las manos, danzábamos con un paso de baile semejante al pycheche. Tomamos los primeros tragos de chicha. Sabor a maíz fermentado, sin gusto a alcohol.

Las mujeres vestían un atuendo hecho por ellas mismas para la ocasión. Todas las prendas eran iguales: remeras lisas con algunas líneas coloridas en la zona inferior. Los niños vestían disfraces confeccionados en comunidad, durante los meses previos, proceso que se considera parte de la tradición. Un niño tenía la máscara de V de Vendetta hecha de manera rústica. Otros tres niños también enmascarados, uno de ellos con la careta de la serie Casa de papel, encabezaban la procesión hacia el sitio oficial de la fiesta. Juntos sostenían un gran pasacalle con el nombre de la comunidad, mientras avanzaban bailando. Los demás los seguíamos en filas transversales, de un lado al otro del camino de tierra. Cada línea tenía unos diez miembros tomados de las manos, haciendo el mismo y único paso de baile. El viento levantaba el polvo de la tierra y nos pintaba la piel «latina». Tal vez ese componente era el que me hacía sentir más parte de la comunidad que de cualquier otro lugar en el mundo.

Entonces llegó un hombre de unos cincuenta años, a quien anunciaron como «el único que todavía habla nuestro idioma». Hablaba guaraní con un acento un poco diferente al que se escucha en otras ciudades del país. Luego me explicaron que se trataba de un tono boliviano. Me acerqué a una señora de tercera edad y me senté a su lado.

⸺¿Vos hablás guaraní? ⸺le pregunté.

⸺No, mi papá se casó con otra señora y a ella no le gustaba que hablen en guaraní. Entonces yo no aprendí…

⸺Ahh, ¿y quién habla por acá?

⸺Mi hija más o menos… pero ese señor que vino recién ya es el último que habla nuestro idioma original. Yo quisiera aprender…

⸺¡Yo también! ¿Dónde podemos hacerlo?

⸺Y hay todo ahora esos libros, diccionarios y eso…

Me paré y fui a buscar una cerveza. Crucé el patio, donde había una ronda de baile en curso a la que terminé uniéndome. Los músicos tocaban un ritmo repetitivo. Nosotros bailábamos desplazando los pies de la misma manera una y otra vez. Luego de algunos minutos, todo nos daba vueltas. No había partituras ni guías. Nos contaron que cada ritmo tenía un significado distinto. Cada pieza musical seguía hasta que los ejecutores se cansaban. Nosotros nos movíamos sin parar, en un trance conjunto sobre el que ellos tenían el poder.

Cuando terminó la música, decidí ir en busca del niño con la máscara de V de Vendetta, pero no lo encontré. Al menos no con la máscara puesta. Los chicos varones se encontraban al costado de la construcción, en donde se arreglaban los disfraces y jugaban, antes de volver a salir al patio. Me acerqué a uno que tenía una camisa pintada con dibujos de calaveras.

⸺¿Quién te hizo el dibujo? ⸺le dije.

⸺Yo hice, pero copié de mi primo… Él lo que más sabe estas cosas.

Las niñas, sin embargo, se encontraban con sus madres. No las dejaban alejarse demasiado y no tenían disfraces muy elaborados. Las adultas, en cambio, denotaban un aire de superioridad. Los hombres que más protagonismo tenían eran los de la banda musical. Del resto de los asistentes, la mayor parte de los adultos éramos mujeres.

Con la lata de cerveza número doce en mano, volví a participar del baile junto a dos señoras muy animadas. Las tres, tomadas de los brazos, rodeábamos la ronda principal moviéndonos en sincronía. Mientras lo hacíamos, me contaron que «los jóvenes» llegarían en cualquier momento. Se trataba de un gran grupo de adolescentes que se encontraban reunidos en un punto cercano, alistando sus disfraces para lo que sería el acto principal de ese día. Fuimos a esperarlos afuera. Al ritmo de los tambores, los vimos acercarse. Muchos llevaban sombreros de largas puntas, de las que salían tiras de colores. Cuando se aproximaron lo suficiente, pude distinguir que en la parte trasera de sus ropas blancas se leía ATR, una expresión acuñada por el cumbiero Pablito Lescano que significa «a todo ritmo». Una vez más quedé sorprendida. Pero, ¿qué era lo que me sorprendía? ¿Que consumieran música y películas occidentales? ¿Acaso me decepcionaba no verlos con plumas y taparrabos? Estas preguntas, entre otras reflexiones, me brotaban mientras veía al grupo bailar en una formación concéntrica de varias rondas, que giraban en direcciones opuestas de manera intercalada. El sol se ponía. La música se sentía más viva. Por momentos, gritaban e iban todos hacia el centro con los brazos arriba. Luego, volvían a la coreografía. Me ubiqué en medio del círculo para filmar y sentí que flotaba entre tanta energía circundante.

Mareada, salí y me senté a observar desde cierta distancia. Cuando vi el atuendo de un adolescente, terminé de perderme en el estado reflexivo en el que me había adentrado. La imagen de Bart Simpson fumando marihuana pintada en la espalda de ese disfraz quedó grabada en mis retinas. El chico conversaba con uno de los que vestía las siglas ATR.

Concluido el acto principal del día, nos despedimos de los presentes y agradecimos la invitación. Volvimos al hotel donde nos hospedábamos. En el pueblo, todas las calles tenían nombres en alemán. La influencia de los inmigrantes se notaba en cada detalle de la arquitectura. En el restaurante, uno se sentía extranjero al escuchar a la mayoría de las personas hablando en alemán. Mientras cenaba un plato a la carta, fui consciente del contraste, uno que en la capital del país parece tan lejano.

Fotografías: Alicia Riquelme Crosa.

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