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Amarga cosecha

En un pueblo, los agricultores trabajan, los extranjeros los embaucan y las autoridades lo permiten; los primeros sudan y los otros ganan. Pero un agricultor se cansa de la estafa público-privada y se rebela. Cuento de Carlos Garcete, ilustrado por David Bueno.

 

Sábado a la noche —aguardiente y naipes— en el boliche del turco Abraham. El juego se adornaba con las risas y los comentarios de los mirones agrupados alrededor de la mesa. Ese sábado el pueblo estaba sin baile, y las veces que esto acaecía el boliche se poblaba de una clientela bullanguera hasta bien pasada la noche. Dos lámparas de pared, a kerosene, pendían de los pilares de madera ennegrecidos por el humo y las manos de los parroquianos. El turco Abraham aprovechó el momento en que Antonio barajaba las cartas para decir:

—Y… muchachos… hay que blandar algodón, este año, van a ver buenos brecios… 90 el kilo, buen brecio; ¡van a ganar mucha plata!

—Si salimos empatados nomás, ya vamos a estar contentos —respondió Antonio con una risita burlona que dejaba ver varios huecos en su dentadura.

El turco insistió:

—Nada de embatados, se va a ganar mucha blata este año.

—Eso es cuento viejo, nunca ganamos con nuestro trabajo, siempre promesas… y cuando se va a entregar el producto, el precio baja de golpe —murmuró un viejo que hasta ese momento bebía en silencio su vaso de caña.

—Yo no sé nada de antes, este año el brecio es bueno, 90 el kilo de algodón, buen brecio…

—Ya van a ver… —dijo el viejo y bebió un trago.

—Callate, viejo imbécil, qué vas a saber, ¡viejo borracho! —estalló el turco al verse desmentido y al advertir que podía tomar por mal camino su propaganda.

—Claro que tiene razón, turco mentiroso —gritó Ramón, levantándose.

—Bueno, que blante el que quiera blantar —dijo el turco tratando de suavizar las cosas.

—Eso es —dijo Antonio y comenzó a repartir los naipes.

A medianoche se cansaron del juego; Juan resultó el perdedor y pagó los gastos.

—Después de esta diversión viene bien una serenata —insinuó Antonio—. Total tenemos aquí a nuestro guitarrero y cantor —agregó, y le palmeó la espalda a Juan.

La idea, que estaba en todos los ánimos, fue recibida con alborozo y exclamaciones de aprobación. El grupo salió del boliche y la luna les dio de lleno en el rostro. Era tan clara la noche —casi una noche blanca— que daba a las cosas un toque de sugestión. Juan comenzó a pulsar las cuerdas de su guitarra para afinarla. La serenata y las figuras iban a desvanecerse con las primeras luces del alba.

Era cerca del mediodía y el sol convertía en brasa el techo de zinc del pequeño galpón. Sentado sobre un banco de costaneras, Ramón arrancaba largas tiras a un pedazo de cuero de potro con el filo de su cuchillo. La ejecución de su tarea era casi mecánica y durante ese tiempo pensaba en lo ocurrido la otra noche en el boliche del turco Abraham. Personalmente no tenía confianza en la promesa del bolichero y acopiador de frutos del pueblo; le sobraban antecedentes para ello, sin embargo, estaba arrepentido de su intervención en el altercado, asegurando una cosa basada en hechos que si bien habían sucedido podían esta vez no repetirse, y si fuera así, perdería lustre su prestigio de hombre serio y prudente. «¿Qué iba a plantar —pensaba— ese año en sus pocas hectáreas?» El tabaco, la caña de azúcar y el maíz no tenían precio rentable. No le restaba otra alternativa que sembrar lo que ordenaban los acopiadores de frutos.

Esa tarde fue al boliche del turco Abraham y trajo las semillas de algodón, un machete Barcelona, una camisa y un calzoncillo de lienzo. Le abrieron una cuenta corriente en el almacén con la condición de que la cosecha debería ser vendida únicamente a su acreedor.

Al otro día ató al yugo sus bueyes y se puso a roturar la tierra, bajo un sol candente que encendía el metal del arado y empapaba de sudor su camisa nueva, retirada a cuenta. Con un dejo de rabia en la boca seca iba recordando otras ilusorias buenas cosechas de tabaco, maíz, caña de azúcar y… algodón. Mientras avanzaba miraba distraídamente la tierra lanzada por la vertedera. Un pitogüé planeó en el aire y vino a posarse sobre la testuz del buey barcino.

Apenas habían pasado dos meses desde que Ramón esparciera las semillas en el surco, y en el boliche del turco Abraham comenzó a hablarse de una probable baja del precio del algodón. Trató de averiguar el origen de la noticia, pero no pudo llegar al extremo del ovillo y optó por abandonar esa tarea inútil y se encaró con el turco:

—Decime, Turco, ¿es cierto que está bajando el precio del algodón?

El acopiador, sorprendido por la pregunta, no encontró rápida respuesta para salir del aprieto. Intuyó que detrás de la simple indagación se ocultaban otras intenciones.

—Se comenta, nada más, Ramón; es buro comentario…

—Siempre creí que iba a pasar alguna novedad con el precio —contestó con acritud Ramón.

—Todavía no sabemos nada, comentarios, nada más; no es bara armar tanto lío y asustar a los amigos —respondió el turco tratando de calmar las cosas.

—Bueno, Ramón, vamos a tomar un trago, va a ser mejor; parece que te gusta pelear nomás —bromeó Juan.

—No, no, Juan; me da rabia cuando los gringos nos embaucan y las autoridades permiten. Nosotros sudamos y ellos ganan la plata sin trabajar.

—Claro que a mí también me da rabia; ¿pero qué vamos a hacer? Trabajar y nada más —dijo Antonio.

A Ramón le brillaron los ojos de ira ante la actitud resignada del amigo. Trató de dominar su indignación, pero no pudo.

—Muchas cosas podemos hacer, Antonio, de nosotros nomás depende… Si nos unimos… —Quiso seguir Ramón, pero el recuerdo vivo de aquel compañero de la conscripción que le enseñó eso de la unión… y muchas otras cosas más, le hizo perder el hilo de sus pensamientos.

—Eso del precio no ha de ser verdad; es para asustarnos —dijo Antonio sin convicción.
Ramón bebió el resto de su caña y salió al corredor del boliche.

Atardecía. En el horizonte un gran anillo rojo y violáceo ceñía la cintura de la tierra; un anaranjado violento teñía todas las cosas. Algunas sombras comenzaban a insinuarse. Ramón montó en su caballo moro de un salto y se alejó hacia su rancho.

El sol maduró los capullos que asomaban arrogantes y blanquísimos entre las hojas que empezaban a secarse. Ramón había ayudado a sus vecinos en las tareas de la cosecha y, hoy, ellos lo ayudaban. El trabajo que demanda enfardar bien prensado, se realizaba en el galponcito, entre mate y mate y bulliciosa charla. Ramón trabajaba en silencio, sin participar de las chanzas.

—¡Eh, Ramón, qué te pasa hoy; serio el hombre! —gritó en broma Juan.

—¡Sinvergüenza, turco de mierda! Pero a mí no me va a robar… —explotó Ramón encolerizado.

—Lo feo del asunto es que nos comprometimos a venderle a él… —recordó Antonio.

—¡Claro, nos tiene agarrado de las bolas ese hijo de puta!

—A mí me anoticiaron que el turco Elías, de Bella Vista, pagaba a 70 el kilo —dijo Ramón, y observó atentamente los rostros de sus amigos para estudiar la reacción que les producía la noticia.

—No podemos venderle al turco Elías, no está bien eso. Nosotros, los campesinos, debemos tener una sola palabra —apuntó Juan.

—¿Y por eso nos va a robar? Si el turco Abraham no tiene palabra sobre el precio, yo estoy libre de obligación. Mañana llevo mi algodón a Bella Vista, al turco Elías; después le voy a pagar a ese ladrón mi cuenta por las provistas, por la camisa y el calzoncillo. Si va a ganar lo mismo… ¿Acaso no nos cobra la mercadería que nos fía más cara que a los otros?

—¡Qué van a decir de nosotros! —insistió Juan.

—A mí no me importa la gente; la gente no vino a transpirar conmigo cuando araba bajo el sol, sudando con los bueyes. Si ustedes son cobardes y no saben defender sus derechos, pueden llevarle su algodón a ese turco sinvergüenza.

—A mí me parece que tiene razón; si don Abraham no paga como el turco Elías, no le vendemos a él nuestra cosecha —dijo Antonio, alentado por la decisión de Ramón.

—Es cierto, esta noche le planteamos a 70 el kilo, y si no quiere pagar, yo también voy a llevar mi algodón a Bella Vista —apoyó resueltamente Juan.

Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Ramón; estaba satisfecho de sus compañeros. Fue hasta la piecita y trajo una botella de caña. Todos festejaron con regocijo y alboroto la inesperada aparición de la bebida. La botella fue pasando de mano en mano, y cuando le llegó el turno a Antonio, gritó:

—¡A la salud del turco Elías!

—¡Qué turco Elías ni qué carajo! ¡A la salud de 70 el kilo! —exclamó Ramón entusiasmado y bebió un largo trago.

Siete carretas avanzaban lentamente por el camino de tierra en la apacible madrugada. El lucero del alba aún pestañeaba con picardía en el cielo sin nubes. Las sombras se iban desvaneciendo mágicamente y daban al paisaje una aureola de irrealidad y belleza. La voz de Ramón —primero en la fila— se oía en el silencio del amanecer sosegado: «¡Barcino!» «¡Paloma!»

El sol asomó de pronto su rostro detrás de los cerros y sus rayos se filtraron a través de la tenue polvareda que levantaban las carretas o su andar. El día había estallado como una flor en toda su magnificencia y las cosas iban adquiriendo sus colores propios.

Cuando la carreta de Ramón llegó a la orilla del arroyo Itapé, el sol mordía las espaldas. A pesar del poco caudal del arroyo, las carretas tuvieron que ser ayudadas por los brazos de los arrieros, en medio de gritos e interjecciones.

Estarían a mitad de camino cuando oyeron disparos de fusil y luego el galope de caballos. Envuelta en una nube de polvo se acercaba una patrulla policial.

—¡Alto! —gritó el sargento García que llegaba a todo galope, revólver en mano.

—¡Alto! ¡Alto! —vociferaban los demás policías.

Ramón descendió rápidamente de la carreta y se puso delante de sus bueyes para detenerlos. El sargento García, sin dejar de empuñar el revólver, se paró en los estribos y dijo a gritos:

—¡Por orden del comisario están todos presos!

—Pero, ¿por qué? —preguntó Ramón.

—Eso les va a explicar el comisario —respondió el sargento.

—Es que ahora vamos a Bella Vista a vender nuestro algodón —se atrevió a decir Antonio.

—¡Tengo orden de llevarlos presos a todos! Con carreta y carga hasta la comisaría. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡A dar vuelta las carretas!

Los campesinos se cruzaron miradas de sorpresa. Ramón comprendió que este asunto era cosa del turco Abraham en complicidad con el comisario. Había barajado ese riesgo, pero era necesario correrlo.

—¡Vamos! ¡Vamos…! —ordenaron los integrantes de la patrulla policial, haciendo caracolear a sus caballos.

Antonio quiso resistirse y arengó a sus compañeros. Ramón les explicó la inutilidad de una resistencia. Los policías estaban fuertemente armados, y la negativa de acatar la orden tenía serios peligros y derivaciones imprevisibles. Se dirigieron a sus carretas y emprendieron el regreso, contritos, mascando rabia.

Silenciosamente las siete carretas entraron por la calle principal del pueblo y se detuvieron frente a la comisaría. Todo el pueblo salió a presenciar la vuelta de los campesinos escoltados por la patrulla policial. El comisario los esperaba colérico, de pie en el último escalón del edificio, con las piernas abiertas para controlar el equilibrio de su cuerpo desproporcionado, con los dos pulgares metidos en el ancho cinturón de cuero, cargado de balas, del cual pendían dos revólveres. Cada vez que se enfurecía le atacaba una especie de fatiga respiratoria, y su pecho subía y bajaba como un fuelle, respirando con dificultad. Ramón se acercó a las gradas y con los ojos constelados de indignación se dirigió al comisario:

—¡Queremos saber por qué estamos presos! ¡Esto es un abuso!

Las palabras de Ramón tuvieron el efecto de un latigazo. Nadie en el pueblo se había atrevido a hablarle de esa «manera insolente» al comisario.

—¡Porque son unos ladrones y sinvergüenzas!

—¡Usted no puede decir eso, somos agricultores honrados!

—Esos fardos de algodón no les pertenecen; don Abraham les adelantó dinero, provisiones y ropas a cuenta de la entrega, y ustedes iban a vender a otra parte. Eso es ser ¡ladrones y sinvergüenzas!

—Nunca pensamos quedarnos con todo el dinero; vamos a pagarle nuestras cuentas después de vender a mejor precio el fruto de nuestro trabajo —respondió Ramón.

—¡Qué van a pagar! Yo les voy a enseñar a ser hombres de palabra. Unos cuantos días de calabozo les va a venir bien. ¡Después no van a tener ganas de jorobar!

—Si nos paga a 70 el kilo, como en Bella Vista, le vamos a entregar el algodón.

—Don Abraham —se apresuró a decir el comisario —tiene orden de pagar a 50 el kilo, y a ese precio van a entregar el algodón.

—¿Cómo el turco Elías, de Bella Vista, puede pagar 70?

—A mí no me importa lo que pague don Elías; ustedes tienen trato con don Abraham, y les voy a hacer cumplir, ¡carajo!

—¡A ese precio no vamos a entregar! ¡Usted no tiene derecho a obligarnos! —gritó desafiante Ramón.

—¡Sargento, lleve a estos individuos al calabozo, y las carretas al depósito de don Abraham, rápido! —ordenó el comisario.

A culatazos fueron introducidos en los calabozos.

Al día siguiente el comisario dispuso que los soltaran a todos, menos a Ramón. Al séptimo día lo hizo traer a su oficina y le dijo:

—Así que ya sabe; el que impone respeto y orden aquí soy yo, y el que está disconforme lo amanso en el calabozo, y si hacen falta algunos latigazos, se los damos. Bueno, puede irse. Ah, pase por el depósito de don Abraham a cobrar su saldo…

Ramón hizo un gran esfuerzo para contenerse; estuvo a punto de gritarle en la cara que era miserable sirviente del turco. Lo miró con desprecio y salió. El comisario percibió con claridad el significado de su mirada preñada de rabia, y antes de que pudiera decir algo, sus ojos se encontraron con la espalda de Ramón.

En la liquidación de su cuenta comprobó que le faltaban 120 kilos. «¡Hijo de puta!» «¡Y me trataron de ladrón!» «¿Cuánto le diste al comisario por este trabajito?» «Y todavía lo llaman don, ¡turco de mierda!»

El año próximo el turco ya no le adelantaría las provisiones ni las semillas y, en consecuencia, no podría cultivar sus pocas hectáreas. No contaba con los medios para subsistir hasta la venta de la cosecha. Irse del pueblo era la única solución. Dentro de unas semanas, en ocasión de la fiesta patronal del pueblo, vendrían los conchabadores de braceros para los yerbales, y, entonces, aprovecharía para engancharse.

En la plazoleta ubicada frente a la iglesia se organizó el baile popular en homenaje a San Blas, patrono del pueblo. La pista desbordaba de parejas que bailaban entusiasmadas al compás de una banda traída del pueblo vecino.

En una esquina de la pista de baile estaban reunidas las personalidades del pueblo. El comisario presidía el grupo que conversaba animadamente. En medio de la estridencia de la banda y del murmullo, se podían oír las risotadas del turco Abraham que festejaba los cuentos verdes del comisario.

De pronto, hacia el norte, una luz rojiza comenzó a iluminar la noche. Unas llamas gigantescas se elevaban hacia el cielo.

La banda dejó de ejecutar y las parejas se soltaron. Toda la gente corrió hacia el lugar del incendio. Lo fardos de algodón ardían como paja seca. El fuego necesitó apenas una hora para reducir a cenizas el depósito del turco Abraham.

 

Fuente: libro La muerte tiene color (1958) de Carlos Garcete.

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