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Yvy’a

Leiva se integró al ejército paraguayo cuando ya había iniciado la Guerra del Chaco. De su natal Aña Retãngue fue a Aña Retãite, a quedar abandonado a su suerte con unos pocos camaradas, quienes, para no morir de sed, se vieron obligados a buscar los yvy’a.

 

Si bien el hálito abrasador del mediodía caía del cielo, su omnipresencia daba la sensación de que brotaba de la tierra misma, de que atacaba desde imposibles flancos dimensionales, incendiando por igual a hombres, plantas y animales (en poco tiempo más lo harían también las bombas enemigas). En ese entonces, la guerra empezaba apenas a deshojar su segundo año y no se avizoraba un pronto final. Había calma en el campamento. El soldado de Infantería Leiva formaba la fila con sus compañeros de tropa, sin saber que pronto vería las imágenes que muchas veces más volverían a repetirse para embrionar pesadillas en su cabeza. Todos aguardaban el acceso a su «ración de hierro». Conversaban, reían, como si la guerra no fuera algo que los implicara sino solo un rumor lejano, algo que hacen los otros. Ignoraban que la alegre burbuja de esa calma estaba condenada a no durar.

Los aviones que se pintaron como aviesos puñales entre las nubes ruidosas convirtieron al campamento en epicentro del infierno. Cayeron las bombas y levantaron por los aires camiones aguateros, árboles, depósitos de víveres y cuerpos humanos, sin hacer distinción alguna de rangos militares. El ataque, en escuadrillas sucesivas, fue prolongado y con saña; no hubo tiempo de que alguien se pusiera al mando de los cañones antiaéreos Oerlikon tomados de los bolivianos. Las aeronaves desovaban su carga mortal y cuando volaban bajito dejaban oír el hu’u jagua tuberculoso de sus ametralladoras. El suelo se llenaba de zanjas y de humo el aire. Reacción en cadena de la desesperación. Alegría pretérita. Los prisioneros gritaban y sacaban sus extremidades por entre las hendijas del local en el que estaban hacinados; algunas manos agitaban pañuelos, trozos de mosquitero, cualquier fragmento de tela blanca, pero de nada les sirvió: fueron masacrados por sus propios compatriotas.

En confusión, los uniformes verde olivo corrían hacia todas las direcciones para intentar resguardarse. Imperio del polvo y del humo. Varios soldados buscaron el amparo del monte, Leiva entre ellos. El escudo verde dificultaba la visión desde el aire, pero de igual modo las bombas hicieron sentir su presencia metálica entre las ramas. Verde y fuego. Todo era polvareda y adrenalina. Fue un ataque sorpresivo. Menos de 15 minutos precisó el escuadrón enemigo para trasquilar el sosiego y regar el perímetro de caos y de muerte. Leiva se había integrado al ejército un mes atrás. De su natal Aña Retãngue fue transportado hasta el teatro de operaciones. Tuvo que ir de Aña Retãngue a Aña Retãite: de la antigua patria del diablo a la verdadera patria del diablo.

Cuando las aeronaves se marcharon, unos pocos soldados salieron de sus escondites en diversas partes del monte y fue allí que Leiva tuvo contacto por primera vez con las imágenes que después volvería a ver demasiadas veces en su cabeza. Devastación. Sembrado de cadáveres el campo de Marte. Se veían por todas partes heridos que gemían como cerdos degollados mientras sus anatomías eran recorridas por rojos y espesos ríos; soldados fragmentados clamaban por un tiro piadoso; pequeños incendios deglutían lo poco que había conseguido mantenerse en pie. Se respiraba pólvora, sangre y carne chamuscada. En un pestañeo, el árido suelo chaqueño había dado cuenta del agua atesorada por los volteados camiones Ford.

Fueron cuatro los hombres que regresaron al campamento de entre el infierno verde, y cuando lo hicieron vieron a un enfermero que, en forzosa bilocación, atendía a los heridos. Buscaron al mayor. Estaba muerto. Fueron por el segundo al mando. Lo encontraron en el puesto de comando, horizontal bajo una puerta. El capitán parecía dormido. O muerto. Leiva se acercó a él y notó que respiraba. Lo sacudió con cuidadosa vehemencia. El capitán volvió en sí, con el rostro desencajado de quien abruptamente despierta de una pesadilla. Poco a poco, la realidad entró en su cabeza o su cabeza entró en la realidad. Lo ayudaron a incorporarse, tenía la mano izquierda destrozada. Su uniforme estaba empapado, pero muy poca de esa sangre era suya. Enseguida, al saberse el oficial sobreviviente de mayor rango, asumió su porte de superior, fingió indiferencia ante los trozos de carne y piel que colgaban de su brazo como los flecos de una pandorga y procedió a una rápida evaluación de daños.

Sin comida ni agua. Escasos sobrevivientes. Sin comunicación con el comando de Isla Po’i. Aislados. El capitán les dijo que la única solución era que los cuatro soldados fueran a buscar agua, porque no esperaba la visita de otros camiones hasta dentro de dos semanas. Que quizá en el camino pudieran dar con otra parte del ejército para enterarlos de lo que había pasado y solicitarles ayuda. Que el hambre se podía aguantar mucho tiempo pero que sin el agua no se dura casi nada. Uno de los soldados, hijo de tierra chaqueña, sugirió al capitán que emprendieran la búsqueda de yvy’a. Leiva miró a su camarada con curiosidad pero se guardó la pregunta. El capitán asintió con la cabeza, dijo que la idea era buena y que el agua de los yvy’a podía servir para que aguantaran hasta la llegada de apoyo. Ordenó entonces que tomaran las mejores armas, que las cargaran a pleno y que se hicieran también con unas bolsas en las cuales almacenarían los yvy’a. Recalcó que ellos eran la única posibilidad de salvación que tenían sus camaradas heridos. Luego del «a su orden, mi capitán», los soldados fueron a reunirse y el enfermero se enfrascó en la limpieza y el vendaje de la mano del jefe de campamento. Colocaron después, en improvisadas camas, a los pocos soldados que no estaban heridos de gravedad. El resto, con seguridad, no sobreviviría a la noche y no valía la pena darles atención, ni una bala siquiera. Solo los muertos descansaban, ya sin preocupaciones terrenales.

Los cuatro se alistaron. Limpiaron sus armas y las nutrieron de municiones. Tomaron prestadas las botas que los cadáveres ya no necesitarían y reemplazaron sus viejos calzados. Leiva se acercó al chaqueño, el que había hablado del yvy’a y le preguntó qué era aquello que irían a buscar. Su camarada, primeramente, lo miró a los ojos, clavó después la vista en el suelo y respondió con serenidad. Le contó que en el Chaco crece una planta a la que los lugareños conocen por yvy’a, «fruto de la tierra». El vegetal, en la superficie, no era más que unas ramitas piru’i, unos escuálidos tallos a los que les brotaban hojas pequeñas. Era bajo tierra, sin embargo, donde mostraba su grandeza, era allí donde almacenaba el testículo herniado, un tubérculo subterráneo, levemente esférico, usualmente más grande que una pelota de fútbol, y en su esponjoso interior almacenaba agua. Leiva jamás había oído hablar de ese fruto, pero enseguida se lo imaginó como una enorme papa de la que dependía su propia suerte y la de sus camaradas.

Salieron del campamento para internarse en el monte. A machetazos fueron abriéndose camino entre la espesura. El chaqueño iba siempre adelante, aguzando la vista en busca de las señales del anhelado yvy’a. Con energía atravesaron la maraña. Muralla vegetal. Caminaban con cautela, dando trabajo al brazo y al diente del machete. El cilicio involuntario de los caraguatás cobraba peaje por el atrevimiento: desgarraba el verde olivo y rayaba las extremidades inferiores.

El sol se sumergió en el horizonte y dio paso a la noche. Decidieron detener la marcha y descansar, cada uno se acomodó como pudo. Leiva observó porciones de cielo entre las ramas del árbol que le servía de techo; enviruelado de estrellas, podía apreciárselo hasta en los detalles más nimios. El cinturón tachonado de la Vía Láctea se le antojó como una esperanza, una señal de buen augurio. Pensó Leiva que ellos eran la esperanza de la gente que había quedado en el campamento destrozado. Era fuerza encontrar los yvy’a y regresar rápidamente junto a los camaradas. Las imágenes del bombardeo llenaron otra vez su mente hasta que se durmió y las transportó de la vigilia al sueño o a la pesadilla.

Amaneció y reiniciaron la marcha. Desde muy temprano, el calor los sumergía en su aliento. El sol los quemaba por fuera y la sed por dentro. La sed, reverberante fantasma que recorre el Chaco. El agua de sus caramañolas se había agotado. Necesitaban encontrar la planta para poder salvarse y salvar también a quienes quedaron en el campamento. Páramo inconmovible. Solo imágenes resecas por doquier. Se oyó, de pronto, un disparo. Todos se pusieron en guardia y empuñaron sus fusiles. Parapetados contra los árboles y con el dedo en el gatillo, aguardaron para dar un rostro al bulto que se movía entre la vegetación y que venía hacia ellos. Alivio. Era el chaqueño el que llegaba y traía sobre los hombros un tagua al que había dado muerte de un certero disparo entre los ojos. Unánime celebración de la puntería del camarada. La carne asada ayudó a que olvidaran el hambre pero a la vez les hizo acordarse todavía más de la sed.

Tal como lo planificaron, se movían casi en línea recta al campamento, para facilitar el regreso con las bolsas cargadas de yvy’a. Avanzaban bajo la afiebrada temperatura solar. El paisaje era complementado por insectos y gritos de aves. La marcha era lenta, pero sin pausas. No aparecía ni un sosias de la deseable planta; a uno el yvy’a tantálico se les antojó como una leyenda. Leiva se cuestionó sobre la posibilidad real de que existiera un vegetal cuya raíz fuera una cápsula de salvación para un hombre sediento. Todos anhelaban oír pronto el grito del chaqueño informando que la había hallado y esperaban poder ayudarlo a extraer el tesoro, sacar ese jugoso tubérculo que para ellos, en esos momentos, valía más que una exhumación de plata yvyguy, con sus ollas atiborradas de oro.

Los cuatro soldados estaban ya exhaustos y sedientos. Cayó otra vez la noche. Acordaron un orden para la vigilancia. A Leiva le tocó el segundo turno, por lo que se echó enseguida bajo un árbol y durmió. Paraguayos y bolivianos se enfrentaban en esa guerra, pero a la vez ambos enfrentaban al monte y al calor que tiene manos que estrangulan. El monte era el enemigo omnipresente, con sus víboras, sus insectos y animales salvajes. Pero el calor tenía un instrumento devastador e infinitamente más eficaz: la sed intolerable. Con el fusil al hombro, el soldado al que le tocó el primer turno de guardia observaba tranquilo lo poco que podía verse en esa obscuridad primigenia, mientras sus compañeros dormían.

De repente, percibió el suave levitar de unas luces amarillas entre la maleza, eran como luminosos dientes de león que arañaban socarronamente la tiniebla. El soldado se erizó de extrañeza primero y de terror después. Las luces cambiaban de forma, se movían entre las hojas como burbujas incandescentes, sin consumirlas. Creyendo que se trataba de algún artilugio del enemigo, el soldado gritó y las atravesó de balas. Con el ruido, los demás despertaron y de inmediato se pusieron a disparar también, llenando los árboles con el odioso plomo. Las luces desaparecieron tan rápido como llegaron. No pudieron explicarse el origen. Se trataba tal vez de la pálida luz de los fuegos fatuos o quizá fuera la bioluminiscencia fraguada en las diminutas usinas químicas de los hongos. Luego de conversar un rato, volvieron a dormir. Todos menos Leiva, que mientras se preparaba para asumir la guardia, reflexionó sobre la naturaleza de esas luces y sobre las tantas cosas desconocidas que había en el mundo.

Fusil al hombro, Leiva trepó a un árbol para empezar su turno. Apenas había acabado de ubicarse sobre la rama más gruesa cuando oyó múltiples pisadas: otra vez algo se movía hacia ellos. Descendió apresuradamente y alertó a sus camaradas. Una patrulla boliviana de exploración había oído los disparos y se dirigía hacia el epicentro de los mismos. No tardó el monte en perder sus sonidos característicos. Como breves luciérnagas, de entre las hojas y ramas se dejaba ver el pestañeo luminoso de las armas enemigas. Los soldados guaraníes respondieron al ataque. Era un intercambio de disparos entre lo obscuro. Ciegos contra ciegos. Escasa y descalcificada era la iluminación provista por la luna. La muerte y su aliento de pólvora. Pocos minutos duró el intercambio de plomo, pero ambos bandos lo percibieron como una eternidad.

Tan súbitamente como había iniciado, la lluvia de proyectiles cesó. En la refriega, dos soldados paraguayos se habían librado para siempre de la sed. Leiva y el chaqueño, sin dejar de apuntar sus armas hacia el frente, comprobaron la muerte de sus compañeros. En un arranque de rabia, el chaqueño volvió a barrer el perímetro con sus disparos, como si en sus manos tuviera una ametralladora y no un fusil. Leiva le pidió calma, lo tranquilizó. Ahora quedaban solo ellos: dos fantasmas enfrentando la realidad. Amaneció. La demoledora luz solar iluminó el escenario de la escaramuza nocturna. A una treintena de metros pudieron ver los uniformes bolivianos manchados de muerte, cadáveres insepultos, uno de ellos tenía en la boca su hoja de coca a medio masticar; algunos intestinos abandonaron su reclusión añosa. Eran cinco los soldados que con la furia de sus fusiles habían arrancado la vida de sus dos camaradas. Con sus escasas fuerzas, Leiva y el chaqueño cavaron malamente unas tumbas y allí depositaron los cuerpos envueltos en verde olivo.

Caminaron unos pocos minutos y alcanzaron una aguada que rayaba los veinte centímetros de profundidad. Habían dormido no muy lejos de ella, sin darse cuenta. Pero el agua no la podían beber porque estaba llena de cadáveres en putrefacción. Una carnicería se había desatado allí hacía al menos una semana. Uniformes paraguayos y bolivianos cohabitaban esa aguada igualadora, sangre mediterránea y sudamericana era la que la teñía. Por más que la sed era para ellos, a esa altura, como una soga en llamas alrededor del cuello, cruzaron de largo. Sabían que beber allí significaría una muerte dolorosamente lenta.

Siguieron marchando. Sobre ellos gravitaba la angustia. Iban cortados por las ramas de árboles raquíticos, rayados por la esgrima traicionera de las espinas. Estaban sedientos. Agua, obsesión vital. El dolor de cabeza, los calambres, el hormigueo en las piernas, la dificultad en la visión y otros efectos de la sed los trabajaban desde hacía ya rato. Ante la inclemencia del calor y la ausencia de agua, quebraban a machetazos la corteza de los árboles y les bebían la savia urgente. La sed era un subconjunto de esa guerra. Era una tragedia metida dentro de otra, como una muñeca rusa. Llegaron a beberse sus propios efluvios. En sus caramañolas repletas de orina colocaban porciones macheteadas de palo santo, para atenuar el olor a amoniaco y camuflar mínimamente el mal sabor.

La noche los cubrió con sus alas obscuras. Leiva intentó dormir, pero no lo consiguió; lanzaba torpes manotazos contra los mosquitos que orbitaban su cabeza. Se preguntaba por qué al chaqueño ya no le afectaba el intolerable Doppler de los zancudos que, descarados, hundían sus lanzas hipodérmicas en la carne guerrera. Al chaqueño ya nada le importaba. Ambos estaban exhaustos. La guerra hace que uno pierda su categoría de humano, anula, despersonaliza y convierte al hombre, paulatinamente, en bestia. Antes de dormirse, Leiva vio un pequeño bulto negro sobre el brazo de su compañero. Pensó que estaba sangrando, al acercársele entendió lo que pasaba. Era un murciélago que, conectado a su compatriota, lamía la sangre que brotaba merced a la labor de sus pequeños incisivos. Leiva tomó el bulto obscuro con ambas manos y apretó enloquecido, los dedos transmitieron su furia. Se oyó entonces un chillido y llegó después el silencio.

Con el ruido, el chaqueño despertó, se tocó la herida del brazo y lamentó su suerte. El murciélago le había sacado sangre, sabía que le esperaban la debilidad y la anemia. Leiva lo miró, mas no cruzaron palabras. Ya no harían guardias, ambos se rindieron al sueño. El cansancio vencía a la cautela. Al amanecer continuó la pesada marcha en busca de la planta que guardaba en su raíz un refrescante y vivificador cántaro de agua. El monte, un tatakua sin paredes. El sol, que no les brindaba siquiera la esperanza falaz de los espejismos, exhalaba un aliento en combustión que al tocar el suelo volvía a ascender en espirales asfixiadas. Llamaradas tácitas. Había viento y arenas en el viento. Hasta los elementos parecían estar en contra de ellos.

Con un rictus amargo, el chaqueño dijo que habían ya marchado demasiado lejos del campamento y que era mejor regresar. Leiva no contestó y continuó avanzando. Resignado, el chaqueño le siguió. Caminaron un poco más y dieron con un descampado. Muchos soldados bolivianos estaban allí y venían hacia ellos. Se movían a duras penas, roídos también por la sed y la fatiga. Suplicaban «agüita, pila, agüita». Otros, más decididos, se acercaron y trataron de quitarles sus caramañolas, pensando que estaban repletas de agua. La lucha que se entabló allí fue en cámara lenta, una pelea entre lánguidos fantasmas. Todos los contendientes eran menos hombres que espectros; exhaustos y afiebrados, quebrados, embrutecidos por la sed. Piltrafas de uniforme verde olivo luchando contra andrajosos uniformes caqui. Leiva disparaba y tumbaba marionetas estólidas; el chaqueño abría fuego pero, de cuando en cuando, también hacía volar el zumbido acéfalo del machete.

El duelo de sombras prosiguió con lentitud exasperante. En un lance de la lucha, al chaqueño le dispararon en la cabeza y cayó muerto. Tres soldados bolivianos se disputaron su caramañola reseca. A Leiva no le costó hacer blanco tres veces. Avanzaba hacia donde había caído su compañero cuando llegó la mordedura a su espalda: un balazo que partió de uno de los bolivianos desparramados en el suelo. Leiva giró con dificultad y despachó al tirador. Un tendal de muertos fue el saldo de ese encuentro. Con trabajo, Leiva se acercó al cadáver de su compañero, vio el agujero en su frente y recordó perfectamente la cabeza del chancho montés que habían comido días atrás, cuando todos estaban todavía vivos y tenían la convicción de que iban a regresar al campamento con las bolsas repletas del fruto de la tierra, del yvy’a miserable que no aparecía por ninguna parte. Miró una vez más a su camarada y le envidió su descanso.

La herida en su espalda parecía no haber comprometido ningún órgano vital, pero lo desangraba a cuentagotas. Cortó un uniforme boliviano y se envolvió horizontalmente el torso, en un intento por detener la hemorragia. Entendió que no valía la pena desperdiciar las escasas fuerzas que le quedaban en sepultar al chaqueño. Decidió desandar el camino y regresar al campamento, con las manos vacías, pero vivo. Tal vez ya habían recibido refuerzos. Volvió sobre sus pasos, fatigosamente, descansando a ratos. La tortura de la sed era como una condena exagerada. Masticó las hojas de una planta, chupó algunas raíces, mordió un cactus diarreico. Pernoctó. Se soñó al mando de un camión rebosante de agua exprimida de yvy’a, con una entrada triunfal al campamento. El crepúsculo de la mañana le dio fuerzas para continuar el retorno. Cruzó cerca de la aguada de los cadáveres y tuvo la tentación de hundir la cara en ese líquido sanguinolento y terroso.

Resistió, bloqueó sus oídos al canto de esa sirena de pantano. Continuó caminando. A lo lejos, como bajo tierra, se escuchaba el diálogo de los morteros y el crepitar de las ametralladoras. Le dolía la herida. Sus pasos hollaron el rubio y seco espartillo, con lánguida firmeza se enfrentó a la aridez del paisaje que ya había visto en su camino de ida. Déjà vu de la amargura. La deshidratación, el cansancio, la insolación, la herida de bala o todo ello junto empañaban ya su sentido de la realidad. Le parecía ver las cosas como a través de un vidrio, como si esas cosas no le estuvieran sucediendo a él sino a un actor y donde él no era más que un cómodo espectador en busca de catarsis. Le dolía hondamente la herida, pero más le dolía el tener que regresar al campamento con las bolsas vacías, el defraudar la confianza de su superior. Caminó. Durmió. Despertó. Perdió la cuenta de los días y las noches. Su consigna era avanzar en línea recta para retornar al punto de partida.

Reconoció el lugar donde pasaron la primera noche. Se supo muy cerca ya del campamento. Caminó con dificultad y a la distancia vio varios bultos exangües sobre la epidermis reseca del suelo. Se aproximó, sacó el fusil del hombro y lo empuñó. No podía creerlo. Sus ojos le mostraron desparramados entre la hierba numerosos yvy’a, algunos de ellos orbitados de insectos. Corrió hacia allí, enloquecido de alegría, miró a los pulposos frutos y le pareció que algunos le devolvían la mirada. Tomó una de las hirsutas esferas y con un golpe de machete la abrió como a un coco, el líquido vital brotó a presión y le empapó el raído uniforme, Leiva extrajo el contenido esponjoso y bebió de él, para llenar luego su caramañola con el preciado líquido. Uno a uno, fue decapitando a machetazos los yvy’a y los cargó en la bolsa.

Orgullo y gozo. Tenía la preciada carga y estaba demasiado próximo al campamento. Fue marchando, cada vez más despacio, víctima del cansancio y de la herida en la espalda. Iba arrastrando la bolsa con el utilísimo contenido, cuidadosamente, sabedor de su importancia. Siguió moviéndose a trancos dolorosos y torpes. Estaba cada vez más cerca. Avanzó esquivando los abrazos del monte y a corta distancia pudo ver la entrada del campamento. Una vez más, volvieron a su cabeza las imágenes del bombardeo sorpresivo de la aviación boliviana. Luego, la cabeza del chaqueño con el certero disparo en la frente se le superpuso a la del tagua, al que el primero había dado muerte. Se arrastró, llegó al campamento y con un tiro de fusil se derrumbó anunciando su retorno: victoria pírrica, victoria al fin.

El capitán y el enfermero oyeron el disparo. Eran también unas pálidas piltrafas en las que la vida se apagaba con prontitud. Vieron a Leiva y se le acercaron. El primero en llegar fue el capitán, se aproximó al cuerpo tendido y le sacó la desesperada caramañola. La sopesó y se alegró al encontrarla llena. La abrió y con ansias bebió dos grandes tragos. Instante tan esperado. De inmediato, escupió un líquido negro y espeso. Sin prestarle atención, el enfermero agarró la bolsa que Leiva había traído a rastras y la volteó. En estampida, varias cabezas de recorte militar rodaron sobre las arenas mustias. Furia. Decepción. Resignación. Pavor ante lo ya inevitable. El enfermero y el capitán se miraron con amargura. Este último tomó a Leiva por el cuello del uniforme y le reclamó su fracaso con toda la vehemencia de la que era capaz un muñeco exangüe. Lo agitó con rabia, lo amenazó con descuereos sin fin, con degradación y consejos de guerra que le recetarían el fusilamiento inapelable. Pero el soldado Leiva, cuya boca portaba una tenue sonrisa triunfal, ya no lo podía oír.

Nota: la ilustración es de Charles Da Ponte. Este cuento forma parte del libro Fantasmario, que Javier Viveros, miembro de nuestro consejo editorial, acaba de publicar.

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3 Comentarios
  • Javier Viveros
    febrero 10, 2016

    Hola, Pablo. No, el nombre científico es Jacaratia corumbensis.

    Saludos.

  • Pablo Torres
    septiembre 21, 2015

    Excelente ficción. Buscando sobre el fruto que da nombre a la obra encontré en Vikipedia que se trata de la papa, es a este tubérculo al cual se refiere el autor como YVY´A?
    Gracias

  • Pablo Torres
    septiembre 21, 2015

    Exelente cuento. Buscando sobre el fruto que da nombre a la obra encontré en Vikipeta que se trata de la papa. Es eso el yvy´a a que hace referencia el autor?
    Desde ya, gracias.

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