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Varoncitos

Un hombre cuenta la historia de su niñez, de sus miedos, en especial de la rebelión contra su padre, de la rebelión de otros contra sus padres, de cómo los varoncitos, de una generación a otra, se convierten en adultos.

 

para Camilo

 

A los 8 años me aterrorizaban dos cosas: la operación de apendicitis y rebelión contra mi padre.

A los 8 tenía una tricota lila estampada con rombos verdes. Rombos y rombitos verdes con fondo lila que jugaban con los rombos y rombitos lilas contra fondo verde de mis medias.

Tricota, medias y shorcito azul eléctrico era mi atuendo de fiestas. Un combinado eterno para una infancia psicodélica. Y las fiestas eran las de cumpleaños y los cumpleaños, los de Minú.

Cuando yo tenía 8 nadie más que Minú cumplía años. 8 contra 10. Me llevaba 2 de ventaja como una marca móvil que me incitaba a crecer y, algún día, ser igual a ella y superarla.

Yo quería ser inmenso como Minú. Y Minú era inmensa. Su inmensidad, imponderable, para mí era belleza. Largas trenzas, enormes manos y por, sobre todo, los pies… A los 10 calzaba 42.

42 a su edad, y a cualquier edad de cualquier mujer de mi pueblo y de cualquier pueblo del mundo, era una deformidad. Pero a mí me gustaba. Sus trenzas llegaban hasta sus pantorrillas y cuando pasaba cerca de la cárcel las hacía pendular como una cuerda. Reminiscencias de sábanas anudadas o de cuentos infantiles para la deleitosa salivación de los presos que desde sus atalayas con barrotes la veían pasar como el palote final del cumplimiento de sus penas.

Nadie más que yo iba a los cumpleaños de Minú. Nadie se animaba ingresar a la casa de la Niña de Siete Leguas. Nos sentábamos en las cabeceras de una mesa tan larga como ella y preparada para recibir a 20 niños. Mesa con impoluto mantel blanco y los vasos de aluminio y los platitos de cartón y las humeantes jarras de Toddy, y la torta decorada por la paciente doña Cesarina ―que ya entonces empezaba a tejer el futuro de su hija, en cuyo horizonte estaba yo y solamente yo―, y los globos anudados al cordel meciéndose al viento, y debajo de todo y en ambas puntas de la mesa, Minú y yo, y/o viceversa.

Su casa distaba a cinco cuadras de la mía, y para llegar debía atravesar en diagonal la plaza de la Bocha. Mientras mi madre me daba los últimos retoques ―untaba su dedo con saliva y me pegaba el jopo rebelde sobre la sien―, yo solía mirar de reojo hacia la plaza. Temía cruzarla a esas infernales horas de las tardecitas de mi pueblo. Horas del esparcimiento, del fútbol, del vóley y de la bocha. Retaceaba la partida.

―Vas a llegar tarde, hijito.

Esperaba que se cobrara un corner hacia el arco más lejano, que los ancianos se enfrascaran en sus eternas discusiones sobre la bocha para aprovechar y cruzar. Pero pasara lo que pasara en la plaza, mi aspecto solía suspender las actividades hasta tanto mi glamorosa figura fluogeométrica desaparecía del campo visual. Una lluvia de chanzas acompañaba mi travesía. Una procesión de niños en la que yo era el santo patrono de la burla.

No había forma de hacer comprender a mis padres ciertas ideas o sensaciones como la ridiculez o la humillación. Lila con fondo verde vs. verde con fondo lila era la idea gestáltica de lo complementario para mi madre, una pitagórica trasnochada que veía en lo geométrico la exaltación misma de la belleza. El pragmatismo era su lecho teórico y desde ahí fundaba el sentido del mundo. El suyo, el mío, el de toda la familia y que extendía sus tentáculos para anudarse con un sentido similar acunado por la madre de Minú. Un sentido, ni falta decirlo, que yo compartía plenamente. Porque, ¿si uno debía vestirse para congraciarse con los demás, a quién de todos esos demases habría que darle el gusto? Si un niño está creciendo, ¿para qué comprarle ropa al cuerpo si al cabo de unos días lo va a abandonar? La infancia es-era una transición incomprensible y redundante, una excusa para el derroche.

Mi madre veía en los zapatos 42 de Minú la expresión misma de la practicidad y la previsión. No pensaba que Minú tuviera pies grandes, sino zapatos proyectivos. La veía en perspectiva y en esa perspectiva ya estaban sus pies rellenando los grandes espacios vacíos del interior de sus zapatos. Si mi madre se hubiera ilustrado en la historia de las ideas, no dudaría en ubicar al infierno de los peripatéticos en los zapatos de Minú. Con gusto colocaría a Aristóteles entre los dedos de Minú para asfixiarlo de vacío.

Mi madre no ocultaba su simpatía por Minú. La madre de Minú no ocultaba su simpatía por mí. Mi madre y su madre eran madres de la anticipación y tejían juntas nuestro futuro. En cualquier caso y más allá de las apreciaciones sobre mi madre, por entonces yo prefería las humillaciones al simple hecho de afrontar la desaprobación, y por sobre todo, perder el aura de niño bueno.

A los 8 años tenía como orgullo supremo mi don de niño educado. Lo ostentaba con grandilocuencia. La retribución no se hacía esperar: ¡Qué niño más educado! ¡Ay, si mi Jaimito…! ¡Oh si… si… si fuera tan, tan, tan… poquitín quitín, quitín! El arrebolamiento de mejillas, el escozor aparecíanme como culebrillas alrededor de la cintura. Arrancaba suspiros… a las madres. Sentía entonces que no se hablaba más que de mí, y el mí que yo era, expedía una suerte de luz propia que podía servir de guía a los otros niños, incluso a los que se mofaban de mi uniforme romboidal de cumpleaños a través de cuadras y cuadras.

Un nuevo episodio de esos hubiera sucedido nuevamente a los 8 años, en el nuevo cumpleaños de Minú de no ser porque ese día cayó domingo y Minú decidió festejarlo a la mañana.

Ya entonces actuaba como una solícita esposa que auscultaba los quebrantos de un marido quisquilloso. Eso y esperar mi llegada en la puerta, con las pantuflas, el diario y el anuncio que la cena estaba servida serían parte del cumplimiento de un juramento que se sostendría a través de todos estos años. Aquella vez había pedido a su madre modificar el horario tradicional de la tarde y cambiar el menú de chocolate, las masitas y la torta para convertirlo en un frugal almuerzo con papas fritas, panchos y hamburguesas.

La decisión fue un acierto y, probablemente, el sello inconsciente de una alianza que aún perdura. Ese domingo no tuve cortejo. El mundo estaba despejado y sólo para mí. Un otoño prístino posibilitaba todo sin hacerse sentir. Y yo y mi tricota y mis medias y mi shorcito azul eléctrico refulgíamos seguramente como una vaquita de sanantonio radiactiva. La plaza una alfombra propiciatoria. A un costado el hospital. Los pacientes en el jardín o en la galería, con vista a la plaza, a los eucaliptos y los jacarandás. El viento, lo necesario para mecer las crestas de los chivatos y percutir las vainas secas. Un día con ritmo de languidez otoñal.

Apenas un hombre en medio de la plaza. Un solitario hombre parado frente a un caballete de pintura sobre el talud del monumento al Teodolito. El objetivo del hombre parecía claro: dominar el panorama de la ciudad. Mi sendero pasaba a metros del talud. Un simple obstáculo, pensé, pues, nada mío podría interesar a alguien dedicado a la pintura. Y arremetí para cruzarlo corriendo y excusarme así de cualquier saludo. Mi súper velocidad me ampararía de los deberes. Y a medida que aumentaba mi carrera iba aumentando también mi memoria, y recordé que el pintor se llamaba Pablo y que un día llegó al pueblo para pintar vacas descuartizadas en el matadero. Las pintaba como si en vez de ser despostadas hubieran sido bombardeadas. Detestaba a los niños porque necesitaba el silencio. De ahí su presencia a la mañana en la plaza. Y yo que la cruzaba. Desgracia para mí, se percató de mi corrida y giró. Su mirada fue frenándome hasta mermar mi velocidad al paso lento como una locomotora ingresando a la estación.

―Oye chaval ―me dijo.

Y yo sólo, en medio de la plaza, y los enfermos en la distancia, acostados, bajos sus blancas sábanas con olor a español y las enfermeras entrando y saliendo de las salas…

―Sí, señor ―le respondí, mirándole a los ojos y con las manos atrás, como me enseñaron.

Esos simples gestos ya solían granjearme consideraciones con los demás adultos, pero el hombre sólo me miraba, o miraba mi atuendo, sin reparar en mí o en mis muy queridos modales.

―Sí, señor ―le repetí como para sacarlo de su ensueño.

Seguía mirándome… y su mirada parecía despojarme de algo o más bien, destajarme en fragmentos y pedazos y sentía que iba haciéndome retazos al límite de lo intolerable; mis mejillas ardían extraviadas, como si estuviera en mi nuca, sentía el bullicio del vientito en la comisura de la boca como si mis orejas se hubieran mudado, y al restregar mi lengua, mis labios sabían amargo como la cera de mis oídos; mis ojos intercambiaban la información que no podían compaginarse en nada conocido o coherente, por lo que, arrebatado de miedo me di a la fuga. Hasta ahí no me había percatado, no podría haberlo hecho, que todo eso formó parte de una previa más desgarradora. Y empecé a correr y corrí. Corrí por el senderito escarbado, sobre las huellas lisas y escondidas por el pastizal con la mera memoria de mis pies. Una corrida larga y elástica, de la que no podía hablarle a nadie, salvo a Minú, quien me esperaba ya en la vereda con el portón abierto y sus enormes manos abiertas para sosegarme. No necesité mencionar más que el nombre del hombre para que ella me comprendiera.

Pasó la agitación y recién pude reparar que Minú estaba vestida de Arlequín. Era un enterizo en blanco y negro con el cuello abullonado como usaban las damas antiguas. En su cabeza un gran bonete negro. Nos reímos, pues yo no distaba de parecérmele con mi tricota y medias.

―¿Querés ver a Pelagio? ―me dijo.

―No ―le dije.

Pelagio era su hermano. Pelagio tenía 13 años. Una edad predadora para los que teníamos 8. No tenía ningún interés en ver al principal organizador de las mofas en la plaza.

―Está en la cama.

―¿Qué le paso?

―Se operó de apendicitis.

No me intrigaba en particular ni Pelagio ni su operación. Pero, yo el modelo, tenía que mostrar el flanco de cortesía. La casa familiar sobre mis espaldas. Y ahí estaba Pelagio, ostentando su dolor como último trofeo, y estaban sus compañeras y compañeros, y él descorriendo lentamente la tela adhesiva y luego la gasa, para que apareciera toda esa gran zona rapada y coloreada con mercurocromo y cloruro de yodo, y el enorme tajo oblicuo que nacía en su ingle y se desplazaba amenazante hacia su ombligo, o hacia el mío, y el tajo cocido con hilo que Pelagio decía que era para hacer matambre, y lo manipulaba, anudando y desanudándolo con displicencia morbosa, disfrutando de cada gesto, de cada impresión de sus compañeras, y más aun de mi palidez y de las bascas que me sacaron corriendo nuevamente hacia el patio ―rogándole a dios que no, que por favor nunca a mí eso, recordándole que yo, yo no pecado, yo no masturbación ni pensamientos, yo obediente, yo tareas, yo sí señor siempre, yo como no señora y todo eso…― hacia el destino final del vómito. Así me encontré de nuevo con Minú, con su Arlequín, que esperaba afuera, siempre receptiva, sin necesidad de explicaciones vanas.

***

Y mi madre dijo que lo de la apendicitis era impredecible, que a veces a los 15, otras a los 25 pero que conocía niños de 9 años que la habían padecido. En esa cuenta, sólo me quedaba un año de gracia para entrar en la órbita de la incertidumbre. Un tajo desgarrador en la ingle de esa integridad infantil que apenas se iba consolidando. Un tajo oblicuo que el posterior zurcido, lejos de taparlo, parecía exponer a la intemperie pliegos de eso que antes era el adentro tuyo.

Interpretaciones, claro, porque entonces todo el temor se veía bajo la amenaza del dolor, de la improbable anestesia, de las manos de los médicos que hurgaban buscando esa carnecita inflamada como huevo descalcificado. Y luego el eterno mes de convalecencia, el rengueo, el arquearse sobre sí mismo para que el zurcido no se desate, incluso esa esporádica muleta que ponía en pie de igualdad a un operado con un mutilado de guerra.

El único consuelo me llegaba del lado de la estadística. Mi madre que trabajaba de estadígrafa en el hospital, me decía que algunas personas nunca llegaban a operarse de la apendicitis. Y registraba la frase de algunas personas. Trataba de dimensionarla, cuantificarla, analizar la posibilidad de ingresar en ese conjunto. Pero no me extendía mucho sobre el tema porque sabía que esa frase no sería la última de mi madre, simplemente porque sus frases nunca terminan en consuelo. Habría, tenía que haber, una acotación como si su misión última fuera la de desovar un huevito de incordio en el almita de su hijo. Dicho y hecho.

―Aunque… ―decía mi madre.

―Aunque algunos, por no operarse terminan con peritonitis.

El consuelo de la estadística se evaporaba. La probabilidad que estaba al alcance de mis manos, se fugaba con el aleteo de un murciélago. Aleteo que seguramente desencadenaría una tormenta tropical en las lejanas islas de Fiji o de Indonesia. Pero nada de eso ya me importaría. Ni siquiera un tsunami que hiciera desaparecer a todas esas desperdigadas islas superaría a mi aflicción.

¡Había algo peor que la apendicitis!

―¿Y qué es la peritonitis, mamá?

―Cuando el apéndice inflamado se revienta y entonces para limpiar las tripas hay que abrir la panza e inclusive el pecho, y por lo general la gente se muere.

Mis conocimientos anatómicos escasos se las arreglaban para imaginarse el adentro y el lugar preciso del apéndice en ese adentro. Ya hablar de apéndice es una infidelidad de la memoria, caro Blas, porque la apendicitis era la apendicitis, un sustantivo eterno, no una afección momentánea de algo previo.

El pecho abierto era una puerta de frigorífico, tendría que haber alguna bisagra, un herraje articulado en el medio de mi pecho que hiciera posible esa abertura. Y me imaginaba una enorme puerta batiente abriéndose y dejando pasar la luz al lúgubre rincón del mundo donde la luz nunca ha entrado. Ante tamaña amenaza, prefería que la estadística no me favoreciera, el riesgo era demasiado como para aferrarme a ella. Mejor nomás, la apendicitis, total un mes pasa volando.

Por suerte, pasaron 30 años y nunca el temido dolor inguinal ha venido a perturbar mi flanco derecho. Y si viniera, quiero creer que ya estoy preparado para afrontar esa pequeña incisión láser que viene bien para ganarse unos días de reposo. Por supuesto, si la peritonitis no me apura, elegiría un miércoles para la cirugía… planificaría un lindo combo de días no laborables juntándolos con el fin de semana, por ejemplo.

II

El otro temor era más localizado temporalmente. Tenía que suceder a los 18 años. Es cuando, vaya a saber por qué, el hijo se rebela contra el padre, el padre se enoja y lo echa. Sólo si el hijo logra soportar un par de días esa expulsión, puede ser admitido de nuevo en la casa, pero ya con la categoría de hombre. Entonces en el hogar se vive una lenta mitosis, una célula que se divide en dos, manteniendo cada una sus núcleos y vacuolas, unidos aun por la membrana plasmática. Era tan claro el proceso. Tan sabia la naturaleza al replicar en lo social los fenómenos embrionarios. El mundo se abría una y otra vez en otros mundos en una réplica de sí mismo hasta el infinito. La ontogénesis supone la filogénesis…, o a la inversa.

A los 8 años no había leído a Levi Strauss ni a León Cadogan. A los 38 tampoco. Pero al vivir en un ámbito donde tales nombres forman hebritas de pilosidad vaporosa, hace que se pueda aprehender sus categorías antroposociológicas y comprender además que a los 8 años me estaba tejiendo una red de conceptos para comprender lo que estaba por acontecer con mi primo Ugo. Y que esa sabiduría de 8 años, no era más que el embrión correspondiente de una sabiduría más vasta, como la que tengo a los 38 años.

El mundo es un tejido.

Ugo a mis 8 años era una especie de James Dean en su versión divertida. Digo James ahora, no de antes. A los 8 años hubiera dicho que James Dean era como Ugo, pero más triste. Ugo era una estela de época en mi pueblo. El estandarte de la sensación colectiva. Ugo era el rock de los Beatles y de Credence Clearwater Revival. Ugo, el maestro, enseñaba que Credence Clearwater, significa Credence, o sea, un nombre, que como el agua clara revive. Ningún saber, conocimiento o enseñanza de maestra alguna me quedó tan cabalmente grabado en la memoria. Tom y John Fogerty eran hermanos, enseñaba Ugo, el que cantaba era John… John tenía patillas y usaba camisa leñadora de franela. Ugo tenía patillas y camisa leñadora de franela a cuadrillé. John y Tom se pelearon por celos, o por dinero, y se separaron. Se separaron como los Beatles, pero los Beatles por culpa de Yoko Ono, también por celos y por dinero. Ugo odiaba a las japonesas, excepto a Yuriko la hija de Ito, el heladero. Gracias a esa relación todos los primos teníamos helados gratis. Por culpa de esa relación Ito, el pobre y sacrificado y trabajador y siempre sonriente Ito quebró. Ito, que de verdulero ambulante devino empresario de helados, dueño de la heladería más grande del departamento, y de nuevo a verdulero ambulante, sin perder la sonrisa. Hija, puta, muy puta, ja, ja, decía por todo Ito, el de nuevo verdulero. Ninguna maestra me habló jamás de Yoko ni de John y Tom Fogerty, ni me enseñó a recitar de memoria John, Paul, George y Ringo. Yon, Pol, Yorchs y Ringo. Yon… pol…, yo repetía. Ugo, sí. Ugo que era además Elvis con el jopo engominado y los góticos cuellos de su camisa, era la moto y el cigarrillo, y fundamentalmente era un primo que sabía que yo era su primo. Y hasta me llamaba por mi nombre.

Entonces Ugo fumaba, desde siempre, pero a los 18 tuvo la osadía de pretender prender un cigarrillo en la mesa, como hacía su padre, mi tío. Aquello era innecesario, ahora lo comprendo, pues, Ugo podía seguir fumando todos los cigarrillos que quisiera. Viviendo como vivían en la granja de Kilekué, a 1 legua del pueblo, tenía la libertad y el espacio para desplazarse y ejercitar todos sus vicios libremente. Pero seguramente Ugo sabía que su deber era enfrentarse a esa situación, una prueba íntima que necesitaba para darse a sí mismo el estatuto que ya todos le daban. Y en la sobremesa su padre prendió el cigarrillo, y su padre no era sólo su padre, es decir, una persona cuya autoridad en la casa era indiscutible, sino una autoridad que en el pueblo era indiscutible. Era una institución mayor metida dentro de una institución menor. Y el humo del cigarrillo de su padre seguramente viboreó en volutas frente a sus enormes y rojas narices con huequitos, esos pocitos arqueológicos que dejó la pubertad en el rostro de mi tío, frente a sus increíbles ojos verdes de serpiente encantadora… y prende el cigarrillo, pita profundo, exhala y abandona el encendedor a su lado, y Ugo saca del bolsillo de la camisa su cajita de Kent… con el despropósito o agravante de ser la misma marca que el que fuma su padre, cigarrillos Kent… y la hierática figura de ese jinete con sombrero y el sobeo enroscado en el anca de su caballo y mirando en la lejanía desde un promontorio rocoso hacia otro promontorio rocoso, y en el medio el abismo…, mientras apaciblemente fumaba y el humo era el puente inmaterial sobre esa nada, ¿Así fumaba Zaratustra?, fumando, porque fumar era un encuentro cumbre con el sí-mismo… y el cigarrillo en la camisa de Ugo estaba a la vista, siempre estuvo a la vista, y nunca fue el problema, y va, extrae uno, golpetea sobre la mesa con la mesura de los sabedores, y salta un solo cigarrillo pese a que en la boca del paquete cabían 4 filtros apretados… y solo uno se separa de los demás, y Ugo, con un movimiento seco, sacude una vez más la cajetilla y salta el cigarrillo, el cigarrillo hace una pirueta en el aire, quizá dos o tres saltos mortales, yo le agregaría cinco más ya que estamos en plena fiesta de los sentidos y la ocasión amerita … y tras el salto, el cigarrillo, o más precisamente el filtro del cigarrillo se clava en la boca de Ugo, en la misma comisura, en el borde curvo donde la lengua no ha llegado últimamente y la piel se mantiene seca, y en esa sequedad a mediatintas, suficiente para no mojar y suficiente para adherir, el cigarrillo se mantiene como un gajo caído que se balancea inquietante, y todo eso ante la mirada atónita, atónita, o cualquier otra clase de mirada o de adjetivo de mirada que pueda dar cuenta del hecho que a mi tío, su padre, la operación le llegaba también como una señal de una ceremonia que tenía que enfrentar o padecer y que tenía que estar presto para abordarlo como un trámite ancestral… y esa mirada es la que se conforma en el rostro de su padre o de mi tío, que es lo mismo…, y se configura el instante cuando todas las potencias de la memoria y de la tradición tensan sus resortes de acción para ponerse a operar, a cumplir misiones… y en ese instante que parecía que la provocación ya era suficiente para hacer rodar el andamiaje ancestral, Ugo tiene la extrema osadía de tomar el encendedor de mi tío… no sé qué encendedor ha de haber sido, ni si tenía pintitas rojas en el lomo, ni si era con kerosén o gasolina o a gas, gas seguro que no, porque por entonces aún no… pero a los fines de la narración y un deber ser de la buena narración, pondremos que el encendedor era una Zippo, pues las Zippo son las únicas literaturizables… y que la mecha se alimentaba de una tamborcito con bencina y el yesquero con esa piedrita o pedernal… he aquí entonces un encendedor romántico, con los afeites necesarios para ser digno de un relato… y la Zippo de mi tío, pongamos una Döbereiner, estaba en la mano de mi primo Ugo, y Ugo que se agacha sobre el encendedor, tapando con el cuenco de su mano cualquier eventual vientito que osara dispersar la llama, incluso comentando algo, porque el cigarrillo se bamboleaba, y en el silencio solemne de la tensión se sentía el ruido de la bracita del papel y del tabaco, y la aspiración de Ugo, profunda y falsamente serena, y la exhalación final, larga y fina, humo sin remolinos ni vorticidades, puro flujo ideal, y ya todo aquel despliegue osado que era para mi tío la esperada bofetada del desafío, venía con la intolerable yapa de un escupitajo… y se convierte su padre en pura voz ronca y paciente… inflexible y medular.

―Apague ese cigarrillo.

―Por qué.

―Porque se lo digo yo.

―Pero usted también fuma.

―No voy a discutir con usted.

―.

―.

―.

―Apague ese cigarrillo.

―No lo voy a apagar, señor.

Aun en el desafío sonaba el timbre del temor. Señor, le decía. La forma, el último bastión de la reacción en el mismosisísimo corazón de la rebeldía.

Y mi tío que se para, y se toma la hebilla del cinturón, con la oculta esperanza de que mi primo, que, de qué o qué, con el mero amague desista de ir más allá… Pero mi primo se para. Se para y no da un par de pasos hacia atrás, sino que lo espera. Entonces mi tío, o sea, su padre, se ve en la trabajosa situación o en la desgracia de tener que llevar esa actuación hasta el límite no deseado… y desabrocha la hebilla… y tironea del cinto… la esperanza, la esperanza, mi tío no perdía la esperanza, de que aquella especie de farsa obligatoria terminara cuanto antes sin más agravios. Y mi primo que no se mueve, que no se movía, que seguía pitando el cigarrillo, no se reía, claro está, sería faltar más aún a la verdad, pues estaba tieso, nervioso, estaqueado entre la amenaza de mi tío a su frente y todas las miradas invisibles de sus amigos, novias y demás congéneres sobre su espalda. Como si debiera hacer ese paso como una gran gesta, una hazaña o nada. Y el cinto que empieza a correrse por el pasacinto y extiende su coleta sobre el suelo, y el ultimátum, con una voz ya rotunda de su padre.

―Apague ―le dije.

Y mi primo da ahí, justo ahí, la pitada más profunda y el rescoldo ceniciento de la braza se vuelve incandescente y la mano de su padre que se levanta y el cinto que le sigue y a cierta altura, cuando tenía que empezar a descender, la otra osadía, la más grande de todas las osadías… mi primo salta y le toma del brazo. Detiene el brazo de su padre, el brazo no puede descender, el cinto no alcanza el chicotazo, y el brazo comprueba in situ que tampoco puede contra el otro brazo, ya era una medida de fuerza bruta contra otra fuerza bruta… y Ugo pareciera estar esperando tan sólo ese dato… saber que puede, que podía, y sabiendo que pudo, Ugo, lo suelta, y la mano colérica de mi tío se flexa nuevamente para arremeter, cuando Ugo sale disparando, atraviesa el jardín, la quinta, salta el alambrado, y el piquete del tambo, pasa por el galpón de las herramientas, otro piquete, a su lado la John Deere verde arrumbado con el hocico contra el suelo, arremete entre las chircas, toma al petiso malacara que estaba en pelo, que lo ve correr y se acerca solícito, el petiso de fidelidad caballuna sólo comparable con la caniana, y se deja montar y sin aperos y en pelo, y ya Ugo se perdía por el campo, allá por la lomada, dejando a un costado el trigal, el tajamar, el montecito de eucaliptos, la olería donde Tanza y su mujer estaban horneando los ladrillos y se sentía el olor penetrante como cuando don Borda incineraba los residuos patológicos del hospital… y mi tío mirando sobre el alambrado… y todos mirándole, esperando que el tiempo pase sin que su corazón explote.

Así estuvo dos días mi primo, acorralado en el bosque, manteniéndose con yuyos y frutos, bebiendo de las aguas acumuladas en los huequitos de los árboles caídos…, quizá con la ayuda a escondidas de algún peón… y en el pueblo, en tanto, la expectación. No se hablaba más que de Ugo y de mi tío, cuya autoridad social caía en barrena. Y ya no sé cómo ni cuándo, ni quién diligenció el encuentro para que Ugo volviera de su exilio. Pero volvió, volvió, volvió hecho un hombre, dejando sobre mis espaldas la responsabilidad de hacer, como mínimo, una actuación tan estelar como la suya.

III

Y en la inminencia de los años, iba acercándome al aciago 18. Yo no era yo sino el primo de Ugo. No fumaba porque no fumaba. Porque fumar hubiera sido disolverme en esa masa informe de rebeldías masivas. O simplemente no fumaba porque no fumar hacía la diferencia. Mi padre, sí. Fumaba sus tres cigarrillos por día. Como una receta médica, un cigarrillo después de cada comida. El de la cama, nunca supe si formaba parte de su menú.

En el cajón de su cómoda el atado de Kent. Mi pueblo era el condado de Kent. De ahí salían los paquetes, los paquetes en el bolsillo de su camisa. Yo no fumaba, tampoco tenía el espacio para esconder mi vicio. Vivía en el corazón del pueblo. Mi madre trabajaba en el hospital, ya lo dije. El hospital quedaba a media cuadra de mi casa. Frente a mi casa pasaban todos los convalecientes de la apendicitis. Sea como sea se sabría si fumaba. Y me iba preparando para la ocasión. En cada almuerzo registraba el modo en que mi padre prendía el cigarrillo. El modo que abandonaba su Zippo. La razón de aparecer acá una Zippo ya se sabe. Salvo pedido explícito, no repetiremos aclaraciones. Y también estudiaba sus facciones. Mi padre no tenía huequitos en la nariz, ni la nariz roja, ni los ojos verdes, como mi tío. Tenía, o mejor, tiene un escueto y bien cincelado bigote. La nariz de mi padre era una nariz de actor italiano. Me daba cuenta, no por verlo cotidianamente, sino por verlo en la foto en la que está dándole de comer a las palomas en la plaza Miserere. Y estudiaba la vía de escape. Tenía la puerta que daba a la cocina, la otra a la sala. Por la cocina tenía el patio, en el patio la quintita, los pomelos, los guayabos, el paltero y el mamón. Por la sala, el hall, el portón y la calle. Luego de la calle, la plaza y las casas, las casas y más casas. Pensaba en cuánto tendría que correr para alcanzar un bosque. Pensaba además que el bosque en el que se escondió Ugo me quedaba más lejos aún, que me convendría uno más cercano, como el que quedaba detrás del barrio Santo Ángel. Para eso tendría que pasar corriendo frente a las casas de mis otros tíos y primos, y frente a la canchita del club, y frente a la villa cariño, desde la ventana me estaría mirando Francisca, la prostituta que cuando me encontraba me tomaba suavemente del mentón y me decía, nene, ¿cuándo me vas a visitar? También frente a la casa de Noelia, mi maestra de catecismo. Mi panorama era la de una fuga en un callejón de públicos que estarían evaluando el nivel de mi valentía. Y a diferencia de Ugo, yo era un bicho más de pueblo, más habituado a la Biblia y a las lecturas en la biblioteca de la parroquia, estaba más al tanto de los padecimientos de los santos que de la realidad del mundo natural en los bosques. ¿De qué viviría, cómo haría para soportar dos días de ayuno? Miraba a mi padre. ¿Se compadecerá de mí? ¿Tendré la valentía de atravesar el bloqueo que mi padre impondrá sobre mi posición? Me contentaba pensando que no me iban a dejar morir. Investigaba en los libros el nivel de tolerancia del cuerpo humano a la falta de alimentos y de agua. Sin agua tres días. ¡¿Aha?!, pensé, ahí estaba el chiste de la farsa de los dos días. Ponían dos días porque todo era un juego macabro… una ceremonia cruenta, heredera sublimada de las más arcaicas y violentas en la que los jóvenes de la tribu pasaban por siniestras experiencias que culminaban con el corte del prepucio mediante una piedra afilada, obsidiana, en el mejor de los casos. La única anestesia era una rama de liana, y no por sus dotes soporíferas, sino porque cabía en el espacio de una boca abierta y se dejaba morder. Tranquilizador análisis. Todo aquello no era más que un juego. Pero habría que pasarlo, como la apendicitis.

Ya en los días previos a mis 18, notaba una disposición distinta en mi padre. Se acercaba, estaba más abierto al diálogo. Una noche, tras unas copas de caña me dijo que se acercaba… no dijo qué. Exactamente dijo, hijo, se está acercando. Había en la palabra acercando una insinuación hacia algo innombrable. Sin necesidad de mucha explicación supe que mi padre estaba cumpliendo un deber. Debía hablarme de sexo. Todo lo que me dijo es que, si necesitaba dinero para algo, cualquier cosa, lo que sea, contara con él. Aliviados, más él que yo, terminamos hablando de cualquier otra cosa. Íbamos quemando etapas. Parecíamos un equipo solidario que sabía que en poco más tendrían que pasar por la prueba crítica.

Ya no quedaba nada más que el momento. En la casa se vivía pura tensión. Mis hermanos me miraban con mezcla de rencor y compadecimiento. La extrañeza se respiraba. Mi madre, quería ver yo en sus ojos, me miraba con pura compasión. Mis pasos cerca de ella eran acompañados por suspiros. Contabilizaba la población de mi pueblo y la multiplicaba por dos. Esa era la cantidad de ojos que sentía sobre mis espaldas. Sería un héroe o un fraude. ¿Dejaría de ser el primo de Ugo para, por fin, tener mi propio nombre?

Y nos sentamos a la mesa. Puedo recordar hasta el olor de los tallarines de ese domingo, la cantidad de presas del pollo que han carneado, el plumaje azabache del pollo que se inmoló por la causa. El vino rosado con el cogote fino y largo que me hacía recordar al cuento de una cigüeña; ahora le agregaría una asociación diferente; una botella de Modigliani, por ejemplo. Pero seamos fieles al momento, no traspasemos épocas irresponsablemente.

Hubo consenso en el hacer de cuenta. Alegre el almuerzo, charlas cotidianas… discurrirse por temas banales para disolver la tensión. Hacíamos cuentas. Hacíamos de cuenta que no tenía por qué pasar nada ese día. La cosa podría darse en cualquier otro momento. Y así, mi padre recargó la garrafa de soda con el sifón, mis hermanos tomaban gaseosa. Guaraná, recuerdo. Un punto intermedio a lo que podría pasar era el vino. Un punto de moderación; me serví, no una copa, un vaso. Hasta ahí, tolerable. Lo diluí son suficiente soda. No por el vino, ni por la soda, por mí y por mi padre. Todos estábamos colaborando para que el momento sea lo menos fatídico.

Y en eso mi padre saca el paquete de Kent y toma su Zippo. Veía en él a mi primo Ugo. Cuatro filtros asomaban en la apertura del paquete, y me padre que ya lo golpeaba para que saltara uno. Silencio en la mesa, todas las miradas de mi casa y del pueblo que asomaban sobre mis hombros posaron sobre ese hueco, de ahí saldría la conflagración de esa primavera… y toc, toc, dos taconeos y de repente, no uno, sino dos, dos cigarrillos asomaron por el orificio. Dos cigarrillos diferenciados, uno asomaba más que el otro, y el más extenso es el que se acerca a mí, acompañado por la voz de mi padre:

―Ya es hora, mi hijo ―y me convida el cigarrillo.

Por toda respuesta le digo, gracias papá, pero yo no fumo. De cualquier modo, como si tal cosa, mi padre se sirve el otro y con un golpe de dedo vuelve a introducir el cigarrillo rechazado en el paquete.

Así me hice hombre, apaciblemente.

IV

Pero mi terror en el futuro a mis 8 años nunca pudo prever que yo también sería padre. Que un día quizá me tocara estar en la cabecera de una mesa, pitando un Kent ceremonioso. Tampoco prever, que, ya siendo padre, no sería padre completamente, en ese sentido trágico en el que se anudaba mi historia, hasta que no tuviera un hijo. Un varón, un machito, una réplica de un Ugo o de un yo que tuviera que montar sobre sus espaldas estas pequeñas fatalidades de la que vengo hablando.

Si hay una posibilidad de manipulación psíquica sobre el sistema endocrino, esa posibilidad se dio en mí. Tuvimos cinco hijas como si la procreación fuera un corretear por el prado de la vida a pura felicidad. Otros miedos, otras fragilidades implicaban el tener hijas… miedos traslúcidos por ser miedos inaugurales y sin memoria. Y el discurrir sobre esos temores futuros, los probables celos por mis hijas cuando llegare la pubertad, subsumidos todos en chistes triviales, hizo que alejara de mí el boicot íntimo a tener el varón. Y fui yo quien explícitamente una noche expuso a mi mujer sobre el asunto.

―Ya es hora ―le dije.

Minú entendió mi lacónico pedido, y como todo reparo, reparo entre retórico y maternal, me dijo:

―¿Estás seguro?

Parecía tan segura de que yo estaba seguro que, mientras me preguntaba, se levantaba la falda del camisón.

Minú no desperdiciaba gestos, ni tiempo en estériles maniobras coitales. Su premisa era simple como pragmática: cuando se procrea se procrea y cuando se coge se coge. Funcionalidad y placer por andariveles separados. Mi mujer es mi mujer porque es la única que hace que no extrañe a mi madre. Sin dudas que aquella misma noche quedamos pregnados, y cuarenta semanas después, con los más y los menos que suelen tener estas vicisitudes, nació nuestro hijo.

Como es de prever, y sin intencionalidad de conjuros, le pusimos el nombre de Ugo.

Ugo, Uguito, hijo, hijito.

Uguito, muñeco articulado de sus hermanas, expresión viviente del pináculo de nuestra felicidad matrimonial. Uguito balbuceaba, gateaba, se enderezaba, se asía de las sillas y de las mesas, trastrabillaba, mantenía el equilibrio brevemente. Uguito se sentaba cuando el equilibrio precario lo amenazaba con una caída más contundente, Uguito se paraba sin asirse, se mantenía erguido sin necesidad de soporte, Uguito daba pasos decididos sin necesidad de tener una meta concreta, como otro sillón u otra mesa. Uguito se enfermaba, se curaba, abandonaba la teta, entraba al biberón. Uguito abandonaba los pañales con el pedagógico acompañamiento nuestro al control de esfínter. Uguito era el tema nuestro de cada momento en nuestra familia, y absolutamente nada de Uguito me remitía a ninguno de esos temores que hizo que su ingreso a este mundo se prorrogara por un lapso de cinco hermanas.

Pero un día Uguito dijo papá, y su balbuceo remitió el temor.

Empecé a mirarlo como si quisiera rastrear en él lo que era yo cuando entonces. Especulo, especulo, especulito. Una proto escisión. Uguito se fue haciendo Ugo. Una enteridad que vagaba por la casa como esperando que el mundo se acomode alrededor suyo naturalmente. Por eso el llanto cuando de pronto una cosa no cumplía con su capricho y le abría una herida en la pierna o un chichón en la cabeza. Pero todo lo arreglaba con un reproche y castigo, malo, malo, malo, y cacheteaba el esquinero de la mesa, la escalera, o la piedra que no salió a tiempo de su camino. Y Ugo aprendió a tomar el picaporte, entornarlo, acoplar ese movimiento con el de palanca para abrir la puerta y mirar la calle y ver en todo eso una invitación a jugar en el amplio mundo sideral. Y bajaba las escaleritas del jardín, abría el portón, y se paraba en la vereda, un ta te ti de los sentidos para ver hacia qué lado había más ofertas de aventuras. Y tomaba hacia la derecha, el lado de mi temor. Dos cuadras más adelante la avenida. Y yo, un dios en miniatura, contemplativo y condescendiente lo seguía. Mi mano estaba siempre al alcance de su cuello, pero silencioso. Quería conocer la frontera de su miedo. Ese miedo que supongo que yo traía almacenado en algún hueco de mi recuerdo. ¿Cuándo volteará para ver cuánto se ha alejado de su casa, de su hogar de sus padres, de sus hermanas? Pero Ugo no volteaba. Una angurria de caminos… sólo adelante, bajando de la vereda, tomando una piedrita, piedra a la boca, una bostita de perro, lo miraba… yo a punto por si llegara a su boca, lo tiraba… cruzaba la calle, impune… a la otra vereda, doblaba en la esquina, seguía, iba, iba e iba, Ugo, Uguito, por momentos, porque me enternecía, pero recordaba que había dicho papá, y volvía a ser Ugo, Ugo, Ugo… iba… camina, camina… camina… sin espaldas, sin pasado, sin regreso… y yo, qué es esto, quién es éste, tomaba su intemperancia como un desafío a quién sabe qué de mí, una afrenta… un ser sin miedo… hasta que cansado, ya a diez cuadras o más lo tomaba de las axilas, lo subía a cococho, sólo para que él me tomara del pelo y lo tironeara como señal de su disconformidad.

Dos, tres años, Ugo crecía sin miedo. Sí, rabietas, enojos, pero nada que le hiciera parpadear los ojos. Nada que pudiera servir de chantaje afectivo. Nada de él me remitía a mí, a lo que suponía que fui yo en cada una de esas etapas por las que pasaba. Y se aproximaba el momento de la primera prueba de fuego, los ocho años.

¿Cuál será su miedo en el futuro? Las apendicitis pasaron de la moda del temor a casi un juego cotidiano de los médicos. La cirugía duraba 10 minutos con o sin inflamación del apéndice. Lo mismo que las muelas del juicio. La extirpación era un entretenimiento, lo mismo que el aborto y las costillas flotantes y los implantes. ¿Qué podría aterrorizar a mi Ugo a sus ochos años? ¿De qué rebeldía emancipatoria fue testigo para que aquello formara parte de su amenazante futuro? No hallaba nada, y en ese no hallar nada también encontraba una autocomplacencia. Somos padres que lograron hacer a sus hijos sin miedo al futuro, le comentaba a mi mujer y nos arrebujábamos en el orgullo.

Y así llegó la fiesta de cumpleaños, el de los 8 años. Un gran despliegue organizativo para invitar a los amigos del barrio como a los compañeritos de la escuela. A Minú se le ocurrió que Ugo tendría que estar disfrazado. Extrajo del baúl de los viejos trastos el bonete llamativo y su viejo traje de Arlequín. El disfraz formaría parte de la sorpresa en La Máquina de Jugar, el salón de juegos que alquilamos para la ocasión.

―Abrí tu regalo, Uguito.

Y todas las miradas atentas. Desgarro de envoltorio, ta, ta, tan… y zas: el disfraz.

―¿Qué es esto? ―preguntó Ugo Uguito.

―Un disfraz, hijo.

―¿Y para qué? ―pregunta recelosa de Ugo.

―Para que te lo pongas ahora, amorcito.

Mi mujer intentaba entusiasmarle con el cuento de que cuando papi y mami eran niñitos, todos los niñitos que cumplían años se disfrazaban de algo, para que los otros niñitos que eran invitados supieran a quién entregarle el regalito. No sé si los diminutivos empleados por Minú, o la tontería de pretender hacerle creer que un invitado podría entregar el regalo a otro que no sea él, disfrazado o no, fue lo que sublevó a Uguito.

Uguito callado y mirando. Ese silencio premonitorio que parecía cargar presión interna. Uguito mirando a sus compañeros. Miraba las miradas y sabía por esas miradas, yo no, yo no, yo no sabría ver lo que él veía en las miradas de sus congéneres, que ese acto de ponerse el disfraz sería el acabóse de su entidad uguitiana tanto en la escuela como en el barrio… si al menos hubiera sido alguno de sus superhéroes, Mc Conandoyle, Maxime’s SuperStellar… pero no un arlequín con bonete de arlequín. Y Ugo dijo lo que nunca espere escuchar.

―Ni en pedo.

―¿Qué?

―Ni en pedo me pongo esto.

La frase estaba dada, expresada, extendida frente a todos, padres, tíos, abuelos, abuelas, maestras, compañeritos, compañeritas, y estaba dirigida a mí… y yo, ¿qué?, ¿cómo?, ¿repetís eso…?

Y él, suelto.

―Ni en pedo me pongo eso.

No decía pedo. Decía, ni en pepe. No por eso de mantener forma, simplemente para Ugo era más expresivo pepe que pedo, por ser pepe de ellos y el pedo, nuestro.

Y lo miré, miraba a lo profundo de sus ojos para ver si mi mirada lograba introducirse en algún lugar donde anidara el miedo. Él, ni siquiera el pestañeo. Un desafío a mi autoridad frente a testigos. ¿Lo podría tolerar? Y le dije;

―Usted se me pone esto.

―Ni en pepe.

―Le dije que se lo ponga.

―Y yo te dije que ni en pepe.

Lo tomo del brazo y lo zarandeo modosamente. Modosamente porque tenía testigos, pero lo suficientemente fuerte para que registrara que su padre estaba hablando en serio. Pero él sólo:

―Soltame, soltame, no me agarrés.

―Póngase eso.

―No me lo voy a poner.

―Ugo, mirame, escuchame, si vos no te ponés eso, no sabés lo que te puede pasar.

―¡Qué!

―¿¡Que, qué!?

―¿Qué me puede pasar?

―Primero que nada, te quedás sin cumple.

―Y qué, me quedo sin cumple y listo.

―Se van a ir todos tus amiguitos.

―Que se vayan.

―Van a llevar todos los regalos.

―Que se los lleven.

Y yo, ¿por dónde entro a este bastión inexpugnable al miedo? ¿Cuál es su flanco? Mi furia in crescendo. Más cuando volcaba mi recuerdo hacia mi tiempo y me comparaba, tete a tete, 8 años él, 8 años yo, y yo, a mi padre, nunca, y yo la apendicitis, y el miedo a la rebeldía… no podía ser… se me caía una certeza antidiluviana, una verdad que se repetía de generación a generación, me dejaba solo con una verdad que no era verdad que sólo era una contingencia particular mía y de mi primo Ugo.

―Se me pone, le dije, último aviso.

Y ya perdía la compostura y ya señalaba mi mano amenazadora hacia él. Y Uguito ni la pestaña, como invocando en mí a la violencia… a ver, a ver qué podés hacerme, y lo tomo del brazo, lo llevo hacia el fondo, no quería testigo, supuestamente por él, pero era por mí, mi desaliño de pobre tipo con la autoridad en el charco, y luego del brazo, de la patilla, ay, me hacés doler, largame, si te ponés el disfraz, no me lo voy… ay, ay ay… callate, no me voy a callar, ¿no te vas a callar?, no…, y un tirón más fuerte, ay, aaay, aaay… callate te dije, y cómo me voy a callar si me estás haciendo doler, te dije que te calles, y yo te dije que no me pegues, te dije que te pongas el disfraz, te dije que no me lo voy a poner…, y no, ¿no te lo vas a poner?, no, no me lo voy a poner…, y un coscorrón, aaaayyy, otro coscorrón.. aaaaaayyyyyy, más fuerte, ¿y ahora?, ¿no te lo vas a poner?, no, nunca, nunca…, y del coscorrón a una bofetada medida, contenida aún con la secreta esperanza que alcance, pero nada, y más fuerte y sólo más fuerte el AAAaaayyy…, sin importar la gente que se agolpaba afuera del baño, casi como un público que, quería creer yo, apostaba por mí, por mi triunfo, por el triunfo de la autoridad… y cada vez más fuerte, hasta que estériles mis intentos de doblegarlo, vino a mi memoria el recurso del cinto. Tomo la hebilla y se lo muestro.

―¿Qué?, ¡qué me vas hacer!

―Te voy a dar cintarazos.

Y después de un breve silencio, de un silencio durante el cual creí que por fin se reducía hacia el temor, Ugo me dijo, modulando parsimoniosamente sus palabras:

―No te tengo miedo.

Y ahí perdí toda compostura, y me puse ante la puerta para que no escapara hacia el campo, hacia el monte, hacia el petiso malacara, y saqué el cinto…y no paré hasta que mi mujer, que no sé cómo entró, me sujetó del brazo y me dijo, basta ya.

Lo miré… no había lágrimas, apenas una mirada de rencor sin fondo hacia mí y nada más.

Volvimos a casa, y por todo le dije, que no saliera de su habitación por una semana. Silencioso, aceptando estoicamente la sanción, Ugo subió a su cuarto. Lo sigo para corroborar que la sanción se cumpla fehacientemente.

―Nada de televisión ―le digo.

―Y qué ―me responde.

―Nada de play station ―le digo.

―Y qué ―vuelve a responder.

―Nada de responderme ―le digo.

Y hace el mohín de qué me importa con los hombros.

Y salgo, cuidando de cerrar la puerta. Y entonces siento el salto desde la cucheta, y la corrida hacia la puerta, el tironeo del picaporte y la puerta que se abre.

―Qué sucede ―pregunto.

―Nada ―responde.

Vuelvo a cerrar la puerta.

La vuelve a abrir.

―Deje cerrada la puerta ―ordeno.

―No ―me responde.

―Le dije que cierre la puerta.

―No.

―Me estás desafiando.

―No.

Cierro, abre, cierro, abre, cierro, abre. Y de nuevo estamos entrando a la intemperancia de la violencia y la amenaza del cinto, cuando veo asomar en su rostro un cansancio, y detrás de su cansancio una tímidas lágrimas, y con sus lágrimas sus ojos rojos, un moquito, y en mí, una suerte de sosiego, lo estoy logrando, lo estoy logrando, y le pregunto, ¿qué pasa?, no quiero la puerta cerrada… ¿no?, ¡no!, ¿por qué no? Y silencio, excusas de mocos que se traga… y va saliendo desde el fondo lo tan largamente esperado, el quiebre y se quiebra, y azuzo, azuzo.

―¿Por qué no?

―Porque no…

¡Ajá! Lo tenía ahí, estaba asomando, una trucha que se pesca y el temor que se desenganche, y lo voy trayendo paciente, lento sin forzar.

―¿Por qué, eh? ¿Por qué no la puerta cerrada, eh…?

Y la boca que se abría… parsimoniosamente, y la frase que estaba esperando desde hace una eternidad…

―Tengo miedo, papi.

Nota: la imagen y el cuento pertenecen al libro de cuentos Varoncitos (2014).

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