cerrar [x]

Una vida desvelada

La tarde del miércoles 30 de junio de 2021, la escritora, gestora cultural y militante feminista Laura Freixas se reunió virtualmente con Libroclub Y, nuestro club de lectura, para charlar sobre el último libro que había publicado hasta entonces, A mí no me iba a pasar. Para revivir el encuentro, compartimos la transcripción editada de la charla.

 

Conocí a Laura Freixas en el Foro Internacional por el Fomento de la Lectura 2015, en Resistencia, Argentina. En esos encuentros, entre tantos escritores, conocidos o en busca de ser conocidos, en general solo te impresionan algunos. Laura fue una de las que me impresionó mucho. Primero, porque habló de una de sus investigaciones: cuando había quedado embarazada, en 1993, como lectora buscó orientación en la literatura. Pero la literatura le contó que el embarazo no era un tema de la literatura. Mi reflexión inmediata de entonces fue: Cómo podría ser un tema si la literatura fue escrita casi absolutamente por varones… ¿y nosotros qué carajo sabemos del embarazo? En las últimas décadas, gracias a las escritoras, el embarazo y la maternidad, temas centrales de la humanidad, están presentes en la literatura.

El otro tema que mencionó y me dejó reflexionando mucho tiempo fue el cuestionamiento a Lolita de Nabokov, sobre todo a las interpretaciones de esa novela tan famosa (Nabokov, desde mis inicios como lector hasta ahora, es uno de los autores que me provocan reticencia: intuitivamente desconfío y luego, al conocerlos/leerlos, entiendo las razones). Laura cuestionó específicamente cómo era posible que una novela sobre manipulación, acoso, rapto, abuso, maltrato, violación, de un adulto a una niña, haya sido considerada/presentada/vendida/instalada como una historia de amor.

En esta charla, hablaremos sobre A mí no me iba a pasar. Autobiografía con perspectiva de género. Íntimo, sincero, autocrítico y valiente (valores extraños en libros sobre el yo), que narra dos etapas centrales en su vida: el matrimonio y la maternidad, y que reflexiona sobre la vida que se suponía que no tendríamos, pero que terminamos teniendo.

PRESENTADOR: Laura, como ya te leímos, no te presentaré formalmente para no gastar el tiempo valioso que tenemos, sobre todo teniendo en cuenta que en Madrid son las once de la noche. Solo vuelvo a agradecerte que hayas aceptado la invitación y que estés conectada con nosotros.

LAURA: No, gracias a vosotras y vosotros por invitarme. Me hace mucha gracia. Ustedes ahí tomando mate y esas cosas tan exóticas. Empezamos cuando queráis.

UN LECTOR: He leído y visto en las últimas décadas un cuestionamiento a quienes escriben sobre su vida: ¿qué derecho tienen de contar la vida de otros? La vida de uno está vinculada a la vida de otros. En este libro, hay muchas personas/personajes y también parodias como las de la editorial. Al escribirlo, ¿hablaste previamente sobre el mismo con las personas involucradas? ¿Pensaste en las consecuencias? ¿La censura y/o la autocensura te rondó en algún momento? Si Número Uno, Número Dos y Número Tres, por ejemplo, tuvieran nombre y apellido, la narración sería distinta. En cambio, la única agente literaria que se menciona en el libro sí tiene nombre y apellido, Carmen Balcells. No como parodia, pero sí como crítica: ella no era la todopoderosa que se creía, hasta que tuvo la oportunidad de serlo.

LAURA: A ver, eso justamente es un gran problema ético. Yo creo que la literatura tiene un compromiso ético y que debe asumirlo. De hecho, mi crítica a Lolita tiene que ver con eso. Creo que la literatura tiene un papel en la sociedad, le guste o no, y debe plantearse cuestiones éticas y políticas. Entonces, en una autobiografía, evidentemente se plantean problemas de los derechos de terceros. Hay quien piensa que los escritores y las escritoras no tenemos ningún derecho a contar la vida de otros. Otros, en el extremo opuesto, piensan que tenemos todos los derechos, y si no les gusta que escriban sus propias vidas. Yo no pienso ni lo uno ni lo otro. Pienso que no tenemos todos los derechos porque las otras personas tienen derecho a su intimidad. Pero tampoco podemos dejar de contar. Si no nos diéramos permiso para hablar en absoluto de la vida de terceros, no podríamos contar las nuestras. Nuestra vida está ligada con la vida de terceros. Además, me preocuparía principalmente de la vida de las mujeres, porque los hombres son socializados, educados en la idea de que sus propios proyectos, deseos e intereses tienen prioridad. De hecho, muchos escritores, ahora se me ocurre el caso de Philip Roth, han pasado incluso por una especie de iniciación que consiste en escribir una novela en la que exponen a las personas más cercanas a ellos y lo hacen sin ningún escrúpulo. En cambio las mujeres somos socializadas en la idea de que hay que mantener el pudor, de que tenemos que mantener la intimidad familiar y de que no podemos, bajo ningún concepto, dañar a otros. Lo cual tampoco me parece mal, pero si lo aplicamos a raja tabla… Los hombres se dan a sí mismos mucha más libertad que las mujeres para escribir sobre experiencias íntimas y sobre la intimidad de terceros. Entonces mi postura es que tengo derecho a contar mi vida y que esa vida tiene interés. Aunque solo sea porque me he dado cuenta de que sabemos muy poco sobre la vida de las mujeres, pues las mujeres hemos hablado poco, y lo poco que sabemos de ellas es porque los hombres nos lo han contado. Pero es algo positivo que las mujeres contemos nuestras vidas, que es la más íntima. Eso implica a terceros, sí, ¿qué hay que hacer ante eso? Tengo dos normas. Una es ser justa. O sea, inevitablemente somos juez y parte. No hay una ley. Cuando me divorcié ─cuando no sabía muy bien qué era justo y qué era ético─, decía: Bueno, esto ya lo ha decido la nación por mí. En este caso no hay una ley que diga qué tengo derecho a contar y qué no tengo derecho a contar. Es inevitable que sea juez y parte, y no me voy a amargar la vida por este hecho. Lo soy. Intento ser juez imparcial. No quiero cargar las tintas en los personajes que ahora me parecen negativos. No quiero presentarme como una víctima o una persona que tiene razón, etc. Porque eso literariamente es muy malo. Entonces mi primera norma es que intento ser justa y no convertir mi libro en un ajuste de cuentas. La segunda norma respecto a las personas que aparecen: las tomo una a una; no hay criterio general, sino que cada persona es un caso distinto. Puedo cambiar los nombres. Cambié el nombre de mi exmarido, mis hijas; cambié el nombre de todo el mundo. Pero yo no puedo cambiar el nombre de mis padres. Mis padres son mis padres. A mi exmarido le podía cambiar un nombre y se lo cambié, pero cualquier persona que nos conozca puede reconocernos. ¿Pero por qué se lo cambié? Bueno, para indicar que yo estaba dando mi propia lección de mi exmarido, que no estaba dando una información objetiva porque eso sería imposible. También hay personas a las que les cambio completamente el nombre. Ademaś, para que no sean reconocibles, les cambio el color de pelo, el lugar de nacimiento, etc. Porque no es un libro de historia. Es un libro literario. Y con esas personas que no son reconocibles, que creo que no son reconocibles en absoluto, tengo más libertad. La libertad no me la doy para inventar sino para revelar. Revelar cosas íntimas. Las puedo revelar porque nadie sabe a qué se les atribuyen. Luego, lo que me preguntabas, si he dado el libro a leer con antelación, pues sí, se lo he dado a mi madre y a mi hija. Mi padre ya había fallecido. Tanto mi madre como mi hija me dijeron lo mismo, que el libro estaba bueno, que les gustó mucho. Como ambas tienen criterio me gustó mucho oírlo. Las dos dijeron que les sabía mal la versión que yo daba de mi exmarido, pero reconocían que eran retratos fieles. Les sabía mal porque, bueno, no quedaba muy bien, pero que no había recargado las tintas. De hecho creo que lo he hecho muy bien. Lo muestro de una forma muy positiva en los primeros capítulos. En fin, por lo menos lo he intentado… En cuanto a la editorial, a ver, mi intención no era hablar de la editorial. Que les digo cuál es: la Editorial Grijalbo. No se trataba de una información fidedigna como en un libro de memorias o un libro biográfico, sino de mostrar un funcionamiento del mundo editorial y en general del mundo de la empresa. Entonces era irrelevante quiénes fueran esas personas. Luego, cuando aparece Carmen Balcells, lo que digo no es ninguna indiscreción, ¿no? Además, por cierto, había trabajado con ella, antes de trabajar en la editorial.

UNA LECTORA: Tu libro es maravilloso. Es lo que todas las mujeres querríamos escribir. Anoche estuve viendo tus conferencias. No sé si me gusta más cómo hablás o cómo escribís. Te felicito. Mi pregunta tiene mucha conexión con la anterior. En una de tus conferencias sobre Sylvia Plath, decías que ella disfrazaba todo lo posible, hasta ponía nombres de dioses griegos a su mamá, porque sentía culpa. Entonces me quedé pensando, me sentí identificada, porque yo estoy escribiendo cosas sobre gente que conozco, y también quiero hacer lo mismo que Sylvia, pero un escritor dice no, que no tengo nada que esconder. Entonces tengo esa disyuntiva. Mi pregunta es: ¿tuviste alguna pérdida, algún enfrentamiento? Con tu hija y tu madre, no, les cambiaste el nombre así que están súper protegidas. Pero Étienne… ¿te hizo alguna reclamación? ¿Por qué te lo pregunto? No por curiosidad, sino para saber cómo se enfrenta eso en caso de que suceda. Asunción es chiquita. En el Paraguay somos siete millones de personas, así que alguno va a saber de quién estoy hablando.

LAURA: De hecho, con otro libro, mi madre se enfadó mucho. No se me ocurrió hacer nada. Mi respuesta fue: Este libro es una novela. Contrariamente a A mí no me iba a pasar que presento como autobiografía. Teóricamente, existe lo que se llama el pacto de lectura, que si tú escribes un libro donde apareces con tu nombre y apellido como protagonista, ese libro se supone que es una autobiografía y que lo que cuentas es verdad, y si no es verdad, quien considera que no está de acuerdo con tu versión se puede enfadar. Si lo presentas como novela, todos los nombres y los acontecimientos son ficticios. El pacto de lectura es un pacto de ficción. En teoría, nadie se puede enfadar. Pero lo que pasa es que mi mamá se reconoció y se enfadó igual. Esto es una cosa que ha quedado así un poco sin resolver entre nosotras. No puedo dar una respuesta global. Cuando escribía A mí no me iba a pasar tenía miedo a la reacción de mi exmarido. Luego pensé que ese miedo era un poco exagerado. Después pensé que lo que yo decía de él no era nada. Ni estaba revelando un gran secreto. Voy con esa idea de justicia. Creo que lo que digo es cierto, equilibrado y bastante imparcial. Pero, bueno, mi exmarido detestaba cualquier indiscreción y siempre quiso dar una imagen de familia perfecta. Por otra parte, hace mucho que no vive en España y se ha casado otra vez. Creo que no tiene interés en enterarse. Puede muy bien no enterarse. Si es que no se quiere enterar. Creo muy bien que nadie se lo irá a decir. Además, su mundo no es el mundo de la literatura. De modo que yo le cambié el nombre y lo publiqué. Pensé: Si puede hacer algo, lo puede hacer, puede demandarme. En Francia ha pasado varias veces. Conozco casos de cerca. Autores, autoras que han publicado un libro, incluso llamándole novelas, pero en el cual se han reconocido personas y no les ha gustado nada y han puesto un juicio. En el caso que estoy pensando, la que lo puso era la exmujer del actual exmarido de la escritora. Ganó el juicio. Y bueno, esa autora ha seguido escribiendo lo que le ha parecido. En el caso de mi ex había tenido miedo pero no ha pasado nada. No sé si se ha enterado del libro. Evidentemente, supongo que no lo ha de haber querido leer. No sé si mi hija le dijo algo. Pero, ¿qué me puede hacer? Poner un juicio, que sería completamente absurdo. No tiene ningún sentido hacerlo. Además sería más escandaloso. No me siento culpable de lo que he contado. A veces siento curiosidad por saber que pensaba mi examante de lo que cuento de él. Pero bueno, como nunca más he sabido nada de él directamente, pues…

UN LECTOR: Muchas gracias por esta charla, Laura. El libro del que estamos hablando es el primero que leí de vos, pero ya he escuchado muchas conferencias tuyas. También me impresionaron como varón y marido. Es como que me da mucho que pensar y eso está muy bueno. Puntualmente, quiero vincular A mí no me iba a pasar con tu conferencia sobre Sylvia Plath, en la que, tanto en su obra como en su relación con Ted Hughes, contás que ella hablaba del concepto del hombre como el titán, el gigante, esa figura protectora pero a la vez peligrosa. Esa idea está también aplicada en tu libro. ¿Pensás que está en la literatura escrita por mujeres esa idea del hombre poderoso que te puede dar pero que también te puede quitar?

LAURA: Sí. Bien visto el paralelismo. Creo que vivimos en una cultura absolutamente patriarcal, pero estamos tan acostumbrados a esta característica que no la vemos. Es invisible de puramente omnipresente. Por ejemplo, en la conferencia de Sylvia Plath dije una cosa que me sorprende que nadie lo haya dicho. Cuando Sylvia Plath quiso ser escritora, ella miró a su alrededor y lo que vio fue que todos los escritores consagrados eran hombres. Creo que pongo el caso de los premios Nobel de los años en los que ella iba creciendo. Todos eran hombres. Es posible que la propia Sylvia Plath no fuera consciente de eso abiertamente. Pero es algo que sabemos, que las mujeres vemos a nuestro alrededor. Lo que vemos son figuras de hombres poderosos y triunfadores. Esta figura tan omnipresente de los presidentes de las repúblicas, de los premios Nobel, de los Cervantes, de los mafiosos, de James Bond, es igual. Está en todas partes. Esa figura nos influye muchísimo. Como digo, es tan universal que a nadie le llama la atención. Pero es evidente que nosotras sabemos que es casi imposible que lleguemos a ese nivel. Un chico pobre en un país africano puede soñar con ser Maradona, con ser Messi, puede soñar con eso porque hay ejemplos. ¿Nosotras con qué podemos soñar? A no ser que sea, no sé, Melania Trump. Por Dios. Por favor. Pero como ambición propia, sabemos que eso está taponado, que está ahí. Creo que cuando vemos a un hombre no vemos a ese ser humano, sino que vemos a ese ser humano y a la vez todas las imágenes que la cultura nos transmite de los hombres. Por ejemplo, analizo así la victoria electoral de Trump. Es evidente que ese tipo es incompetente, ignorante, irresponsable, ¿pero por qué inspira esa confianza? Porque detrás están todas esas figuras masculinas, desde James Bond hasta el papa, pasando por todos los reyes de la historia, por las películas esas de aviones que están a punto de estrellarse pero que el piloto heroico salva, etc. En nuestra visión del hombre está eso. Yo me doy cuenta a posteriori. En mis relaciones con los hombres, creo y espero que ahora ya no. O mucho menos. Pero sin duda cuando veía a mi exmarido veía a esa figura idealizaba del hombre poderoso. Daba por supuesto que un hombre me iba proteger de una manera que yo sola no iba a poder. Un poder benéfico pero que se podía convertir en un poder maléfico y amenazador. Entonces, creo que toda esa iconografía, todas esas películas, todos esos escritos de historia, están muy presentes en la visión que las mujeres tenemos de los hombres y que los hombres tienen de las mujeres. Está muy presente en nuestras expectativas. Simone de Beauvoir decía que al hombre se le supone la valía, que no la tiene que desmentir. Tiene que preocuparse por no desmentirla. A priori se le supone. Creo que hice eso con mi exmarido. De hecho, mucho después me he preguntado cómo fue que me pasó lo que no me iba a pasar, a una feminista como yo. Mi respuesta fue: Que yo siempre he sido feminista en cuanto a las ideas, pero los relatos, las emociones, lo inconsciente, no eran feministas, sino que venían de esa tradición de películas maravillosas de un hombre tan atractivo y tan poderoso que yo solo había proyectado. Mi razón iba por un lado y mi inconsciente por otro.

UN LECTOR: En general, cuando leemos un libro y luego conocemos más al autor o la autora, nos damos cuenta de que el libro ha sido escrito durante mucho tiempo, aunque sin que sea explícitamente para el libro. ¿A qué me refiero? En tu libro encuentro textos que había escuchado o leído previamente. Por ejemplo, la ponencia que leíste en el Foro de Resistencia, en 2015, está reescrito en forma de narración en tu libro. Y también sabemos que escribes diarios. ¿Lo consideras así, que antes de escribir A mí no me iba a pasar ya lo estabas, de cierta manera, escribiendo? 

LAURA: Sí. Sí, por supuesto. Conozco bastante bien la obra de André Gide. Traduje su diario. Hay un momento en que un amigo de André Gide dice que cuando lo ve como ausente, con los ojos cerrados y tal, dice: «Sé que está elaborando materia para un libro». Creo que nos pasa a todas las personas que tenemos una vocación literaria desde muy jóvenes, ¿no? Siempre estamos pensando cosas que luego se van plasmando en distintos libros y en distintas formas. No es que cada libro parta de cero, sino que es una reelaboración de unos temas que normalmente son los mismos. En algunos casos, por ejemplo en el mío, esto está todavía más acentuado. Hay una frase de Ernesto Sábato que me gusta mucho: «El escritor avanza en espiral». Me siento muy identificada con eso. Doy vueltas sobre los mismos temas, que voy tratando en conferencias, artículos, ensayos, novelas. Como tú dices, en esa ponencia presentada en el Foro de Mempo Giardinelli, lo presenté en forma de reflexión y aquí lo narro. Diría incluso que a veces tengo algo muy pensando que debo cuidar de no cogerlo en bloque y ponerlo en un libro. Tengo que adaptarlo. Cuando llegué a ese punto, digamos, que puse un poco el piloto automático, dije: Escribí algo que ya había contado en varias conferencias. Y me dije que no, que no podía meterlo así. No podía meter una reflexión en narrativa a palo seco. Entonces escribí que fui a mi biblioteca y busqué y encontré. Es un poco falso porque cito en mi biblioteca libros que no había leído en esa época. Pero bueno, no me acuerdo como tal pero tenía que ser una cosa narrativa y estar integrada dentro del libro. Noto que voy construyendo una obra a base de ir añadiendo cosas con pequeñas variaciones. Voy creando cosas a partir de esas pequeñas variaciones y no a partir de cero con cada libro.

UNA LECTORA: También soy tu fan, Laura. Estuve viendo tu conferencia de Sylvia Plath con los compañeros. En Twitter también veo qué estás recomendando. Tengo una pregunta sobre tu proceso. Me llamaron mucho la atención los elementos que parecen venir del inconsciente como las escenas con los padres. Como es una autobiografía, todos esos elementos parecen que no tienen un orden cronológico, sino que acontecen en la mente del protagonista al recordar eventos, frases, que le llevan hacia el pasado y le traen otra vez. ¿Se trata de una especie de artificio para emular la memoria? ¿O usás tus diarios o algún tipo de ayuda? Porque vi que te habían editado también algunos volúmenes de diarios.

LAURA: Pues, mira, cuando escribí A mí no me iba a pasar, no consulté nada. No me gusta nada el proceso de documentación. Hay escritores que se documentan mucho antes de escribir. Además dicen que les encanta, que es lo mejor del proceso y tal. A mí no me gusta. En cambio, lo que estoy escribiendo ahora… Estoy escribiendo un libro que está en la línea de A mí no me iba a pasar, una autobiografía escrita con técnicas de novela, pero de una época anterior. Como son cosas que sucedieron hace 40 o 45 años, sí que he consultado diarios o cartas de la época porque se me olvidaron los detalles. Y cuando se escribe, los detalles son muy importantes. Cuando se escribe narrativa, los detalles son fundamentales. Ese proceso de ordenar es bastante intuitivo. Yo parto de una idea de lo que quiero escribir. Me hago un poco de esquema de lo que hay en cada capítulo, pero luego quiero soltarme. Es algo que he aprendido con el tiempo. Cuando empecé, fui muy metódica, muy cartesiana. Me eduqué en un liceo francés. Entonces cuando escribía, escribía de una forma muy racional, con un horario y un plan, etc. Luego me di cuenta de que no, de que una parte de la escritura tiene que ser improvisada. Por ejemplo, no puedo escribir ocho horas al día. Podía. Pero luego me di cuenta de que el resultado no era bueno porque no había elaboración, sino piloto automático. Más o menos escribo cada mañana de diez a dos, luego lo dejo y hago otras cosas. Voy pensando de una forma medio inconsciente. Se me van ocurriendo más cosas. Las añado al capítulo que voy escribiendo. Cuando reviso el capítulo cambio cosas de sitio, etc. Es la mejor manera de escribir para mí, porque sentarte ante la página en blanco y pensar que de ahí tiene que salir el capítulo ya perfecto, eso paraliza completamente. Es un objetivo imposible. Entonces me engaño a mí y digo: Ahora voy a hacer un borrador estúpido y voy a escribir todo lo que me pase por la cabeza. O: Ahora voy simplemente voy a intentar recordar cosas y lo voy a apuntar tal cual. Luego, al día siguiente, como eso que escribí ayer no tenía ningún orden, pues me siento y procuro ordenarlo. Así, lo que me resulta imposible es partir de cero.

UNA LECTORA: Estoy muy emocionada de poder estar acá, compartiendo contigo. Me encantó tu libro. Creo que me vi reflejada en muchas cosas. Tengo cuarenta años, un hijo, también pasé por un divorcio, e intento escribir. Incluso viví sobre la calle Pizarro casi Calle del Pez. Me dio mucha gracia eso. Cuando estuve becada, viví en ese barrio. Esperemos que sea un guiño. Mi pregunta es si esta manera de narrar una racionalidad inundada de sentimientos, recuerdos, más que una dicotomía o una separación entre una racionalidad robot ─que es como pintás a Étienne o a tu padre a veces versus una racionalidad del niño que tira la cuchara─, ¿es como una descripción de una realidad sensible? Si la intención fue relatar y poner en evidencia la racionalización que tenemos las mujeres, de estar en cargos gerenciales y trabajos muy cerebrales, y que a la vez está con la crianza de niños y el cuidado. ¿Fue tu intención relatar eso o salió nomás?

LAURA: Yo me di cuenta. Este libro lo escribí muchos años después de divorciarme. Como diez años. Necesitaba todo ese tiempo para entender lo que había pasado, y también para distanciarme. Las primeras versiones fueron demasiado cerebrales. Pero una de las cosas que entendí que son fundamentales en este libro es que yo, cuando me casé con Étienne, y empecé a amargarme con él, o a adoptar sus valores, opté por un tipo de valores que significaba renunciar a las emociones, que eran algo confuso y peligroso que se escapaba a nuestro control. Creí en ese espejismo que se puede vivir de una manera distante, puramente racional, y que así se puede vivir más tranquilo. Eso es lo que explico de la época en la que yo le llamo el Yeti, como un cazador solitario, etc. Luego me di cuenta, no sé, de una forma personal y la vez de una forma teórica, de que era un tipo de actitud con la que yo no me sentía a gusto ni feliz. También me di cuenta de que esa actitud masculina (la parte teórica, para la cual me ayudó mucho un libro, lo recomiendo, se llama La fantasía de la individualidad, lo cito en conferencias, de Almudena Hernando) que yo llamo del Yeti, aunque se presenta autónoma y universalmente válida, de hecho tiene un reverso que oculta la necesidad de que haya una familia y una mujer al lado, que se ocupa no solo de una intendencia ─que era lo que yo creía con mi feminismo puramente racional─ sino de las emociones. Es insoportable vivir una vida puramente racional y de ejercicio de poder y de distanciamiento y de frialdad. Nadie lo soporta. Los hombres que hacen eso ─casi siempre son hombres─ necesitan tener a una mujer, unos niños, un calor de hogar, etc. Entonces eso es lo que explico en el libro. Me di cuenta en un momento dado de que él podía ser un yeti y yo podía ser la mujer del yeti, pero que ser yeti los dos ─que era lo que yo pensaba al principio─ era insostenible, no solo desde el punto de vista práctico ─porque es demencial una pareja en la que una vive en New York y otro vive en Frankfurt, y que se ven de vez en cuando en Londres─. Esa pareja no puede funcionar porque no hay compromiso, no hay emoción. Nuestra vida era horriblemente fría, desapegada, para mí eso era insostenible, y eso me empujó a querer ser madre y también me empujó a psicoanalizarme y a intentar entender mi malestar. A través de la maternidad y del psicoanálisis fui integrando mejor, como tú has dicho, las emociones. Dejé de separar la vida racional de las emociones negadas. Asumí las relaciones personales. Me encontré muy a gusto con ello. Lo integré con mi parte racional. Así como yo había tomado un camino, y cada vez más avanzaba en ese camino, él había tomado el camino del yeti hasta sus últimas consecuencias. Entonces era una persona cada vez más distante, fría, silenciosa, encerrada en su mundo, cada vez más utilitario en sus relaciones personales. Además, a mí me parecía que él adoptaba, total y absolutamente y de una forma acrítica, los valores imperantes patriarcales y capitalistas, el éxito y el dinero, hay que tener un coche que sea Mercedes o BMW, hay que tener chalet adosado y si puede ser una casa individual. Hay que tener una familia. Pero igual que se tiene el coche, se tiene la casa, se tiene la familia, como si la compraras. Recuerdo una cosa que no la llego a contar en el libro, no me acuerdo, pero que a mí me llamaba mucho la atención. Él volaba muchísimo. Entonces tenía una de esas tarjetas de Iberia Plus o lo que sea, que era vip, oro, diamante o lo que sea. Sí, creo que sí lo cuento. Para él esa tarjeta era súper importante. Cuando nos íbamos al aeropuerto porque nos íbamos de vacaciones, él insistía que fuéramos a la sala de espera vip. A mí me parecía una estupidez. Por qué no íbamos a la cafetería a esperar como todo el mundo. Que él le diera tanta importancia a eso me hacía pensar mucho porque me parecía que tenía unos valores muy esnobs, muy despreciables. Era como la demostración práctica de que yo no compartía los valores de él. Lo que pasa es que también a mí me resultaba muy cómodo ese tipo de vida en que yo no me tenía que ocupar de la parte económica. Tenía una casa, seguros, hipoteca, toda la peste. Parecía que yo salía ganando, porque ganaba tiempo para escribir y ganaba, pues, irresponsabilidad, pero luego me di cuenta de que pagaba un precio muy alto. Un precio de falta de autenticidad.

Fotografía: Tony Galán.

 

UNA LECTORA: Me gustó mucho también que hayas metido el caso del tío que regresó a vivir en la casa de su madre, porque eso saca de contexto a la relación meramente de pareja. También los hijos adultos quieren que la mamá o la hermana los cuiden, digamos.

UN LECTOR: ¡Pobre abuela Mercedes! Me compadecí mucho con ella, no por una cuestión individual, sino porque reconocí a tantas mujeres que en algún momento logran autonomía ─porque ha fallecido el exmarido o se fueron los hijos─ pero que terminan con alguna responsabilidad que les ha impuesto la familia, usando la culpa como método de manipulación.

LAURA: Me da mucha rabia recordar eso y pensar que nadie hizo nada. Yo era muy joven, tenía 15 años o 17. Mi madre decía a veces que mi abuela le decía: «Oye, dile a tu hermano que eso que hace de ponerse a leer cuando está sentado encima de…» Y él decía: «Oye, y mamá por qué te cuenta tal, y tú no te metas». Me da una rabia. Pienso: Si fuera ahora… hago lo que sea, le prendo fuego; eso es escandaloso y no dejo que pase. Pero lo soportábamos. Todo el mundo en la familia se resignaba. Nos parecía mal. Por lo menos ahora somos conscientes. Yo soy consciente, bueno, en mi generación no lo permitiríamos que pasase. Mi madre lo permitió. Yo no lo permitiría. Imagínate que me venga mi hijo divorciado a que le haga yo la tortilla de patatas, por favor.

UN LECTOR: Siguiendo la línea de un compañero, el libro, realmente, como esposo y como padre de una hija, me abrió la mente. Laura: en esta época neoliberal se dicta que la mujer debe ser parte activa de la fuerza productiva del sistema y que también cumplir el rol de mujer y ama de casa, dos puntos que chocan entre sí. ¿Hasta qué punto es recomendable, desde tu perspectiva, equilibrar la balanza entre el éxito laboral y todo lo que tiene que soportar la mujer y ama de casa?

LAURA: Esa es una pregunta muy amplia y compleja. Es una de las preguntas fundamentales que están latentes en el libro. En primer lugar, yo creo que este problema se entiende mal en la sociedad. Porque se entiende como un problema puramente de organización. Eso que las madres escuchamos mucho, ¿no?, «es cuestión de organizarse». Como si se tratara puramente de horarios. Si la guardería de tu hija, hijo, qué tan cerca lo tienes, y si coges el autobús… No es eso. Es que es una cuestión de absoluta incompatibilidad entre dos sistemas de valores que se dan de bofetadas, que obedecen a lógicas completamente antagónicas y distintas. Por eso es tan difícil ser trabajadora y madre, porque no están integradas. Es decir, lo que sería deseable es que el mundo público y profesional y laboral fuera un mundo que no diera tan radicalmente la espalda a la familia, a las relaciones personales, al compromiso de cuidar. Realmente es un mundo montado, concebido y organizado para no ocuparse en absoluto de eso. Recuerdo que, en España, hace algunos años, hubo una pequeña polémica porque se cambió el código o estatuto del trabajo. No sé qué norma se cambió. Era por la baja de duelo, de tres días a un día. Recuerdo que se cambió y un jefe decía medio riéndose: Es que eso fue concebido en el siglo XIX cuando había que ir en diligencia al entierro, pero bueno, ahora se puede ir en avión. O sea, la cuestión es que se trata de la mentalidad de alguien que sabe que para todo lo que implica una muerte, desde el duelo emocional propio y de los demás, de los niños, hasta desmontar toda una casa, para todo eso ya hay personas, cuya profesión es esa, profesión no pagada, que es de las mujeres. Es muy difícil combinar estas dos cosas porque cada una de ellas fue diseñada no por ninguna mente maquiavélica sino por la sociedad, por la costumbre, etc., como si la otra no existiera. Es un mundo pensado para que los hombres se ocupen únicamente de trabajar. Mi exmarido salía de casa a las 9 de la mañana y no se sabía si iba llegar a la 7 de la tarde, a las 11 o si se iba para todo el mes. Pero daba igual, porque él tenía toda la libertad y toda la responsabilidad de eso, y yo tenía toda la libertad de no ocuparme de ganar dinero y toda la responsabilidad de todo lo demás, desde si había un problema con la alarma o con el riego hasta si el niño tenía fiebre o pesadillas por la noche. Entonces lo que hay que hacer es integrar estos dos mundos. He leído hace poco un libro americano que se llama Las contradicciones culturales de la maternidad. Es interesantísimo porque justamente muestra cómo las madres entran en un sistema de valores completamente incompatible y casi incompresible, y al mismo tiempo están asumiendo cada vez más esos valores… En fin, el sistema capitalista patriarcal es el sistema de la utilidad, de la frialdad. Cuanto más inhumano, más individualista, más competitivo, más mecánico, se hace este sistema. Por ejemplo, a través de este modelo Tinder, como lo llama una amiga escritora y psicoanalista… No sé hasta qué punto sucede en Paraguay, pero veo que la juventud española usa mucho eso que se llama el modelo Tinder, que a través de una aplicación del móvil conoce constantemente gente del sexo opuesto para pasar una noche. Es un modelo muy deshumanizado que yo creo debe crear mucha angustia. A medida que se desarrolla todo eso es necesario que haya madres absolutamente dedicadas, esposas y eso, porque de otra manera es invivible. Es una cosa que hay que resolver. Otra cosa a resolver es que yo veo que cuando se habla de la maternidad, de las bajas por maternidad, del permiso por cuidados, etc., no se está entendiendo que la maternidad o la paternidad, o sea, la responsabilidad hacia los hijos y las hijas y hacia los cuidados, no es algo que dure dieciséis semanas. Ahora en España se ha igualado los servicios de maternidad y paternidad. Tanto madres y padres tienen las mismas semanas que son dieciséis. Pero eso no es nada. De un hijo se debe de cuidar hasta que tiene 18 años. Si me apuras, hasta que tiene 34. Y si no, te tienes ocupar de madre que tiene alzhéimer. O sea, veo que se sigue sin entender y que se sigue aplicando una mentalidad patriarcal que no se da cuenta de todo lo que implica la responsabilidad del cuidado, una responsabilidad para toda la vida y que puede ocuparte además el cien por ciento de tu tiempo, si coincide que tienes una hermana enferma y un padre que no sé qué y que tu hijo… Eso no se entiende. Tampoco se entiende, es obvio pero lo digo, que esto no tiene que recaer exclusivamente en las mujeres. Los cuidados son a la vez una carga y un placer. Depende un poco del azar. O sea, mi maternidad fue estupenda y fue un placer pero también una carga. Hay maternidades mucho más carga que placer. Pero si es un placer lo tenemos que compartir. Los hombres también tienen derechos. Si es una carga, la tenemos que compartir. Los hombres también tienen obligaciones, ¿no?

UN LECTOR: Además de leer y disfrutar y sentirme fuertemente interpelado por tu libro, también estuve escuchando y disfrutando de tus conferencias. La de Neruda escuché en estos días. Yo vivo a 30 km de la capital, en una ciudad que se llama Itauguá. Desde hace apenas algunos meses tenemos una librería de libros ─aquí en Paraguay llamamos librería a la tienda que vende artículos escolares─. En esta librería, luego de ver tu conferencia, casualmente me topé con un libro de Neruda. Al día siguiente, casualmente me encontré con un libro tuyo, Cuentos a los cuarenta. Una extraña casualidad. Algo me está diciendo Laura, pensé. Noté a Étienne muy estresado, descontento, siguiendo ese papel del yeti, y quiero hacerte una pregunta sobre él. En un momento cuentas que dejó de practicar su deporte favorito, el alpinismo. Desde tu visión, ¿eso fue algo consciente o inconsciente para él? Él también tuvo algún conflicto con su autonomía, con su libertad, ¿no?

LAURA: Sí. En eso he pensado menos. Pero creo que, efectivamente, él tuvo unos sueños juveniles que yo compartí. Hizo alpinismo. Luego se fue encontrando con una vida muy convencional, de ejecutivo agresivo, ejecutivo bien pagado, y yo creo que se encontró con la disyuntiva, con la cual yo también me encontré, por cierto. Creo que en un momento dado de la vida tienes que elegir entre el éxito y lo que tú quieres. Es un poco como lo que decía sobre el modelo de vida más masculino, profesional, y el más femenino, de los cuidados. Es muy difícil integrarlos. Tienes que elegir cuál es tu prioridad y cuál tienes que arriesgar. Para mí, la literatura. Eso se ve en mi diario, cómo yo me di cuenta. O bien decir: Yo lo que quiero es vender muchos libros, ganar premios, ser famosa, y entonces escribiré lo que haga falta para eso. Por ejemplo, un caso típico que sucede, leo novelas premiadas y digo: Esta novela ─una novela que he leído hace poco─ está muy por debajo de lo que esta autora ha hecho; me parece que la han ido a buscar y le han dicho: «Mira, te podemos dar este premio pero tienes que escribir la novela en seis meses». Entonces ella se ha encerrado y en seis meses se ha escrito este bodrio que la ha propulsado a la fama. Bueno, si tu prioridad es el éxito debes estar dispuesto a hacer eso, dedicarle mucho más tiempo a la promoción, a los viajes, a las relaciones públicas que a la escritura. Hasta a lo mejor haces una buena obra. Pero a lo mejor no, porque esa no es tu prioridad y vas a arriesgar la calidad de tu obra. Luego está el otro extremo, que es: yo quiero escribir una obra determinada, tomándome todo el tiempo que haga falta, no dedicándome a ir a cócteles, sino a quedarme en casa escribiendo. Entonces lo que arriesgo es el éxito. Pero no puedes las hacer dos cosas a la vez. Creo que mi exmarido se encontró también con esa disyuntiva. Si él se preparaba a encontrar la ascensión del pico que fuera, pues no iba estar disponible. Hay un momento en que ─lo cuento en el libro─ a él le han contado que el consejo directivo de su empresa se ha reunido y el presidente ha dicho: «La próxima reunión será tal día». Alguien se levantó y dijo: «Pero si es domingo». Todos se le quedaron mirando como diciendo: «Pero cómo estás diciéndonos que si es domingo no asistirás a la reunión». Entonces ya todos sabemos que se acaba la carrera en el banco a ese porque no está dispuesto a dar prioridad absoluta al trabajo. Creo que mi exmarido se encontró con esa disyuntiva, que si él quería tener éxito debía estar dispuesto a sacrificar lo que hiciera falta. El alpinismo o lo que fuera. Porque la prioridad absoluta es eso. Lo hizo, pero ese sacrificio le amargó y le costó mucho. Eso que al principio yo veía como una fortaleza de él ─le veía como un triunfador─, al final terminé viéndolo al revés, como alguien sumiso a los valores imperantes, alguien que no se atrevía a decir que necesitaba unos días de baja o de vacaciones. O no lo decía porque no podía dar prioridad a un hijo que a su trabajo. Tenía que mantener la ficción de que solo era un trabajador y que jamás pondría algo por encima de su trabajo. Eso le creaba conflictos internos. Y yo creo que le convertía en esa persona malhumorada, amargada y distante, etc.

UN LECTOR: El libro tiene diversos capítulos. El de Rusia es el capítulo más extenso. A mi parecer, cuando lo planteaste ya sabías que era un capítulo en sí mismo. Narrativamente hermoso, pero muy doloroso. Vuelvo a lo que intento elaborar: diversos capítulos, diversas emociones, todo tiene sentido porque se está narrando una vida compleja. El tema del libro, el título, en cambio, es una constante; todo parece narrado desde esa desilusión: cómo es posible que esto me haya pasado a mí. ¿Es un enfoque que tuviste en cuenta desde el inicio o lo notaste durante la escritura?

LAURA: El título y la idea estaban desde el principio. Lo que me costó… Este libro tuvo varias versiones. Fue escrito a lo largo de años, muy reescrito. Creo que en las primeras versiones yo estaba muy distante de lo que contaba. De hecho, estaba como más ensayístico, incluso como una reflexión más que una narración. Luego me di cuenta, por una parte, de que era aburrido, de que necesitaba usar técnicas de novela, necesitaba que hubiera intriga, diálogo, más proximidad emocional, más compromiso emocional de lo que estaba contando, ¿no? Y las emociones se transmiten con el relato. Le quité mucha reflexión y mucha teoría. La reflexión está entre líneas. El texto es un texto, vamos, narrativo. En forma de novela.

UNA LECTORA:  En varios momentos de la lectura noté que la brecha con el grupo que la excluye se define por acciones de quién es diferente y por palabras de quiénes están cómodos con el estatus quo. La frase «La cara que va poner tu padre cuando le cuente» lo resume. ¿Es el entendimiento o conocimiento de esas diferencias de cosmovisiones entre ambos la acción más importante? ¿Será posible que el reconocimiento, mediante tu libro, que una persona se diga «A mí me está pasando» para que en algún momento, por culpa, no se diga: «A mí no me iba a pasar»?

LAURA: Sí. A mí me encantaría que leyendo este libro alguien pudiera decirlo, y no forzosamente una mujer. Es más fácil reconocer la situación de una mujer como yo, pero más en general me encantaría que alguien pudiera decir: «¿A mí me está pasando lo que no me iba pasar?» Retomando lo que estábamos diciendo, a Étienne le pasa lo que no le iba a pasar, que es convertirse en un señor que tiene una vida muy convencional, ¿no? Desde luego, el tema de la desigualdad y la inclusión o la exclusión de un grupo, está muy presente en el libro y en general en toda mi narrativa. El día que me di cuenta, vi que en mis novelas y cuentos siempre aparecen dos personajes que tienen una diferencia. Puede ser diferencia de generación, sexo, nacionalidad, lengua. Vivir en el país que se ha nacido o ser un migrante. El día que me di cuenta de eso, la respuesta cayó por su propio peso: esa es la situación de mi familia. Soy hija por parte de padre de una familia burguesa de Cataluña. Empresarios, fabricantes, que llevan en Cataluña no sé cuántas generaciones. De parte de mi madre, una familia castellana, desclasada además porque mi abuelo no era de la misma clase social que de mi abuela. Migraron a Cataluña hacia 1930 y allí fueron muy pobres. Hablaban castellano. Mi padre hablaba catalán. De eso me viene esa situación que voy reproduciendo en lo que escribo. También de eso viene algo de lo que al final aprecio mucho, que es mi conciencia crítica. Yo no me siento nunca integrada a un grupo. Si acaso puedo dirigir un grupo, pero no ser una más de ese grupo. O estoy fuera o lo dirijo. En mi familia nunca estaban del todo integrados. Entonces, esa diferencia de poder ─el hecho de que mi familia pertenezca a dos clases sociales distintas, de que mi madre haya ascendido socialmente pero que nunca haya perdido esa visión exterior y crítica respecto a la burguesía catalana─ me fijó mucho, por ejemplo, en la manera de que una persona que ha sido siempre rica le haba a un camarero en un restaurante y cómo le habla una persona que está en ese mismo restaurante pero que le ha costado llegar ahí, ¿no?

UN LECTOR: Lo que estás contando es muy notorio en tu libro y en otros textos. Es algo que compartimos, por cierto, esa conciencia crítica de percibir cómo se comporta cada uno de acuerdo a su backgroung, historia, contexto. La mayoría absoluta de las personas aprende algo a lo largo de los años: a sobrevivir. En tu caso, ¿consideras que has sobrevivo al matrimonio y la maternidad? O en una frase tópica: ¿Que sobreviviste para contarlo?

LAURA: Ja, ja, ja, tampoco es para tanto. Soy muy consciente de que pertenezco a un background privilegiado que me da mucha seguridad. Para mí, salir del matrimonio fue dar un triple salto mortal pero con red. El otro día lo decía en una entrevista, yo siempre he sabido que nunca me tendría que prostituir ni vender zapatos en una zapatería. Eso da mucha tranquilidad y seguridad. Diría simplemente que he controlado bastante mi vida. Perdí el control hasta cierto punto con el matrimonio y la maternidad. Lo conseguí recuperar. Me costó un esfuerzo. Pero que no me quiero dar más mérito del que tengo, porque soy muy consciente de esos privilegios de clase. Creo que lo soy precisamente porque no soy cien por ciento de esa clase. Es que dice la gente: «A mí no me han regalado nada, yo me lo he trabajado». Sí, yo también me lo he trabajado pero partiendo de esas situaciones, ¿no?

UN LECTOR: Laura, un tema que he visto en tu libro y que he visto en muchas personas es la cuestión de la soledad. Por un lado, la productividad el éxito; por otro lado, muchas veces hacemos cosas por miedo a quedarnos solos. ¿Cómo te llevas con la cuestión de la soledad?

LAURA: No me siento nada sola. No exactamente sola, porque me siento muy acompañada por mis hijos, mi madre ─mi padre ya falleció─, mis amigas, mis compañeras de militancia, por mis lectoras, lectores. Pero es verdad que en los años en que no tuve pareja ─que no fueron muchos en realidad, dos o tres─, en esos años después del divorcio, no me sentía sola pero sí que había un vacío que no llenaban todas esas relaciones. La relación de pareja me gusta mucho si funciona bien. No soy de esas feministas que dicen que una mujer puede estar perfectamente sola. Podrán. Pero desde luego no es mi caso. Disfruto mucho de tener pareja. Estoy estupendamente. No me siento sola. Tampoco me sentí sola cuando estuve casada. Más sola que otras veces que no he tenido pareja sí, en el sentido de que tenía una pareja, pero esa pareja se estaba vaciando de contenido ─porque era más apariencia que realidad─ y no llenaba mi vida afectiva en absoluto. También tuve hijo por eso, para que me dieran ese calor y afecto que mi exmarido no me daba. Mi situación actual en que tengo pareja y lectoras y lectores que me acompañan mucho, compañeras de militancia y amigos y amigas, para mí es estupenda.

UN LECTOR: Quiero leer una partecita del libro: «¡Rusia! No un país cualquiera, un paisito de tres al cuarto del que nadie sabe nada (¿qué sabes de Paraguay?, ¿del Congo?, ¿de Bulgaria)». En el libro mencionas las cataratas del Yguasú, hasta hace pocas décadas soberanamente del Paraguay. Y cuando te escribí, dijiste que habías visto la película Las herederas. Sé que antes, cuando te invitaban a un país, leías libros sobre ese país. En este mes, ¿despertamos tu curiosidad literaria?

LAURA: Sí, sí. Tengo muchas ganas de conocer Paraguay. Es uno de los pocos países de Latinoamérica que no conozco. Conozco Brasil, Argentina, Chile, México. Me siento muy a gusto en América Latina porque es como tener un grupo de primos muy numerosos que los conoces más o menos, algunos mucho, otros poco o nada, que no son tu familia directa pero con los que tienes mucho en común y con mucha variedad. Es una cosa de América Latina que me gusta mucho, y los envidio, ¿no? El hecho de que estéis tan próximos y al mismo tiempo seáis tan distintos. Cosa que en Europa no nos pasa porque además está la barrera de la lengua. Estamos más apretados, pero estamos más distantes. No compartimos tanto como vosotros. Y sí me gustaría conocer Paraguay de alguna manera. Entonces en la próxima edición de mi libro corregiré y pondré otro porque ya conoceré Paraguay.

¿Te gustó la nota?
  • ¡SÍ! 
  • MÁS O MENOS 
  • NO 
0

Aún sin comentarios.

¿Qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.