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Una persuasiva Evasiva

Rogelio Vallejo reseña Evasiva de Julio de Torres: «el título del libro de poemas es algo así como el nombre de un idioma personal e idiosincrático elaborado por el autor para comunicar la complejidad de una serie de sentimientos, así como  el tema o los temas que le afectan».

 

Cuando me acerco a la poesía lo hago como lo que no soy: un experto. De hecho, por lo general, me encuentro con un poema o un poemario, casi, casi por accidente. Quiero decir que no voy activamente en busca de la poesía. Pero la verdad es que cuando me encuentro leyendo un poema no puedo resistir entablar un diálogo activo con el texto que se describe o que tiene aspecto de tal. Esto es algo que me pasa también con la música, pero no necesariamente con lo que se escribe en prosa, sea lo que sea, y también con las artes visuales u otras expresiones artísticas. En estos casos puedo simplemente oír o leer las palabras o ver los objetos, como si estuviera en una conferencia donde no se dialoga inmediatamente con el conferenciante, y en el caso del teatro, la pintura o la escultura tengo la suerte de encontrar siempre a mi lado a alguien con quien compartir y conversar sobre lo que veo o experimento. La comparación de la poesía con la música o viceversa no es original, pero creo que la primera opción ayuda a entender cuando alguien como yo dice que «siente», o «no siente» algo, o que no siente nada al leer un poema. No tiene mucho que ver con gustar o no gustar, con entender o no entender, se trata más que nada de sentir.

Evasiva, del multifacético Julio de Torres, fue algo que cayó en mis manos con otros libros que me llegaron del Paraguay hace poco, y su título inmediatamente me llamó la atención. El DLE dice de evasivo, va: del lat. evāsus (part. pas. de evadĕre): ‘escaparse’, ‘eludir’, e + ivo. 1) adj. Que incluye evasiva o la favorece. Respuesta evasiva. 2) f. recurso para eludir una dificultad.

Así que el título mismo consiguió despertar mi curiosidad, porque generalmente la palabra evasiva o su plural evasivas me hacen pensar en el mundo de la política y sus personajes, o en quienes manipulan el mundo de los negocios. Particularmente cuando a los que pertenecen a esos grupos no les conviene decir la verdad, eligiendo evitar decir una mentira directa, que al final puede comprometerlos negativamente y revelar sus verdaderas intenciones. También me recuerdan a los médicos, cuando responden a las preguntas ansiosas del paciente con una evasiva para prepararlo poco a poco a hacer frente eventualmente lo que teme.

Cuando abrí las primeras páginas de Evasiva sentí como que Julio de Torres me pusiera una zancadilla, primero al leer su auto dedicación en una página de color negro, segundo con su Introitus «con eco de fondo», y que nos anuncia que es la «hora de cantar al vacío». Debo confesar que todo esto me empujó a seguir adelante pues me hizo sentir que el que me hablaba quería darse a conocer, quería abrirse a otros, haciéndose vulnerable a mi curiosidad o interés para revelarme algo muy personal, muy íntimo. Desconfiado como soy, acto seguido me pregunté si estos poemas no serían un ejercicio, como se dice en inglés, en self-indulgence, algo que se encuentra a menudo en la obra de poetas jóvenes y que, con generosidad, se puede considerar como natural en el desarrollo de un poeta.

Pero al continuar la lectura de las primeras composiciones me di cuenta de que en este caso no se trataba de una juvenil masturbación poética; que la evasiva del título era algo así como el nombre de un idioma personal e idiosincrático elaborado por el autor para comunicar la complejidad de una serie de sentimientos, así como también el tema o los temas que afectan al que las había escrito, y que de un modo o de otro nos tocan a todos nosotros.

Es evidente que de Torres tiene ya una gran capacidad para utilizar y manipular palabras con las que sabe despertar sentimientos en quien las lee; su manipulación no solamente consigue llevar a ver o comprender a lo que va, sino en mi caso también consigue hacerme sentir sensualmente lo que nos dice, hasta cuando a veces dice cosas con significados contradictorios o discordantes, y que por su complejidad o aparente contradicción pueden presentarse como difíciles de entender. En este sentido, para mí, él sabe crear una música que me dice algo. Su trabajo en el teatro quizá le haya sido de ayuda al hilvanar palabras, porque como los buenos actores, sabe usar tanto de un gesto expresivo como también suprimirlo para decir algo sin necesidad de darnos claras explicaciones de lo que quiere decir. Evidentemente, para muchos este modo de comunicar situaciones, ideas o sentimientos puede resultar difícil, inquietante o hasta molesto, en especial cuando la expresión o el gesto son muy sutiles. Y los textos de Julio de Torres tienen mucho de sutil.

Para continuar estaba por decir que los temas que encara este poeta están claramente presentes detrás o debajo de sus líneas, pero me doy cuenta de que no: de ese modo temas como la vida, la muerte, el vacío, el tedio, el placer, el deseo, la brutalidad, la sensualidad o la ternura hacen más: respiran muy naturalmente en cada una de ellas, consiguiendo despertar ecos en el subconsciente, y pueden hacernos «sentir» esos temas ―que son parte de nuestra realidad―, casi sin darnos cuenta. Un poco como cuando la música nos lleva a movernos a su compás inconscientemente, o nos empuja a marcar su ritmo con un pie. Aunque a veces, con humor o ironía de Torres sabe revelarse en contra de algo que pasa a su lado o que le hiere, como cuando en un cierto momento rezongue hasta de la música, como por ejemplo cuando en medio de su soledad en un octavo piso dice que

mientras el vacío brilla

al retener a King Crimson

en el tímpano

es odiar el sexo

que me insinúa el saxo.

Creo que este libro de poemas está diseñado y producido con mucho esmero, aunque en realidad los textos del autor podrían conseguir su objetivo sin diagramación alguna. Pero puedo entender que las imágenes, junto con el arreglo visual de los poemas, y la sobria y elegante cubierta hacen de este libro un objeto deseable por sí mismo. Un ejemplo de esto se puede ver en el poema Influenza en el que el poeta pregunta:

¿Acaso no me podés dejar ver

un poco de ese rostro (hermoso quizás)

que se esconde bajo un artificio

de la lucha contra las infecciones?

Allí nos vemos obligados a separar físicamente las páginas para poder descubrir esas líneas del poema que se esconden entre ellas, un poco como esa máscara a la que el poeta se refiere, y que esconde un rostro adivinado, pero no conocido.

Hacia el final del tomo, y en plena danza, Julio de Torres me sorprendió con otra zancadilla, poniendo frente a mis ojos y en mis oídos un nuevo ritmo con nuevos sonidos, otras imágenes con que esas sus Crónicas de cuchitril que parecen abrir otras puertas, o que quizá solo abran el ojo de una cerradura, pero que a veces nos invitan a revivir escenas que no sé por qué me hicieron recordar de ciertos pasajes de lo mejor y más sutil del erotismo clásico cuando dice:

Me molesta la ausencia del algo que me regala el nubarrón de destellos de sol apestoso. El calor derrite el deseo mientras la noche empieza a sodomizar a la claridad que se entrega, altiva y cargada de anhelos. Todo se pasa y sigo esperando volver a verla.

Antes de terminar, no puedo dejar de mencionar la página que cierra este poemario: un texto en forma de carta dirigida a Julio de Torres por Vladimir Velázquez Moreira, quien con pocas pero acertadas palabras dice mucho sobre lo que se lee en este libro. Para quienes comienzan a acercarse a la poesía recomiendo su lectura, quizás antes de aproximarse a los poemas.

En fin, a Julio de Torres no le falta coraje para revelar deseos y sentimientos que a muchos les resultarían difíciles admitir, pero lo hace con tranquilidad, hasta con inocencia se podría decir, y haciéndolo creo que lo lleva a cabo sin deseos de ofender, como el que sabe que no es el único en desear o sentir lo que es en realidad universal, porque todos esos elementos que forman su obra son parte de lo que nos humaniza.  Supongo, una vez más, que ese evidente conocimiento de la vida, de los seres humanos, y ese elemento de sofisticación que se discierne en sus textos se deben a su proximidad con el teatro y con otras prácticas creativas, además de haber vivido con los oídos y los ojos abiertos, así como a su sensibilidad de hombre contemporáneo.

 

Julio de 2019.

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