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Una llave adentro

Cristóbal, su pareja, la espera en casa. En el camino, lee que una mujer lo denuncia por manipulación y violencia. No lo puede creer. Pero se hace tarde. Cuando llega, él está molesto y le dice que huele a perfume de tipo… Un cuento breve de la joven narradora paraguaya Alicia Riquelme Crosa, ilustrado por David Bueno Villafañe.  

 

—¿Por qué tenés una copia de la llave del auto dentro del auto? —se burla Martina. La miro e intento acomodar los músculos de mi rostro para lograr una sonrisa. La luz verde se refleja en el capó, acomodo los pies y acelero. Debo volver antes de las siete.

Dejo a Martina en su casa y elijo una canción para amortiguar la sensación de vacío que provoca ser parte del estancamiento de autos a esas horas. El solo de un saxofón acaricia la pesadez de mis pensamientos. Siento sus formas en la cabeza. Intentan encajar en un Tetris lleno de espacios incompletos.

Será que ya llegó y me está esperando en la mesa de la cocina sin nada qué comer y yo siempre tarde ya no llego a tiempo para pasar por el supermercado

Luz roja de nuevo. ¿Alguna vez lograrán sincronizar los semáforos?, me pregunto golpeando el volante con ambas manos. Miro el celular: varios mensajes sin leer, algunos de Cristóbal. Debo apresurarme. Me gustaría que la bandera blanca se mantenga izada esta noche. Avanzo nuevamente.

Debería haber cocinado algo antes de salir y así podría estar más tranquila ahora aunque realmente no es mi responsabilidad alimentar a Cristóbal con sus 35 años y es que lo amo tanto que quiero que coma bien y no se pase engullendo panchos y hamburguesas

Otro solo, esta vez de batería, invade mi mente algunos segundos. Adoro esta sensación. Giro la perilla y cierro los vidrios para potenciarla. Llega a su cumbre cuando acelero y, casi en sincronía, se enciende la luz de sobrecalentamiento en el tablero.

Ay no no no no puede ser que se haya vuelto a encender el barquito este lo odio tanto por qué no verifiqué el agua antes de salir si ya me lo había dicho Cristóbal incluso burlándose de que no lo haría pero la puta madre

Piso el pedal del acelerador, consciente de estar exigiendo de más al motor. Giro en una calle empedrada poco concurrida y estaciono. No puedo esperar a que se enfríe. Dejo el celular. Camino hasta una parada de colectivo. Entrecierro los ojos en un vano intento de anular mi miopía y divisar el número del bus antes de que esté tan cerca.

Subo las escaleras, paso el dinero y espero el vuelto. Percibo algunas miradas e intento ignorarlas, pero a la vez estoy alerta. Doy algunos pasos sobre el piso de metal. Tomo asiento en uno de los bancos de la fila izquierda. La ventanilla es ahora mi pantalla gigante. Veo pasar los cuadros de dejadez capitalina en un zapping acelerado y violento. Me peino una ceja y luego la otra, lo hago con frecuencia, aunque no siempre soy consciente de ello. Lo percibo como un hallazgo personal pero evito llevar hacia ahí mis pensamientos. Esos fugaces instantes de conciencia me llevan hacia las sombrías verdades mal posicionadas en mi Tetris mental.

Ubico el celular en un ángulo que considero seguro para no ser la primera opción si aparece un ladrón. Desbloqueo la pantalla mientras pienso en su demostrada resistencia: tuvo tantos golpes y, aunque un poco roto, sigue funcionando. Abro una de las redes virtuales y deslizo el dedo. Anuncios, fotos impostadas, anuncios, noticias, recuerdos, anuncios… una palabra capta mi atención y decido leer la publicación de una mujer que no conozco. El ómnibus pasa sobre un bache y todos los pasajeros damos un salto. Por la ventana abierta entran gotas de agua estancada. Me salpican la cara. Me seco con las manos. Me peino una ceja y luego la otra. Acomodo el teléfono y sigo con la lectura. No comprendo por qué está el nombre de Cristóbal ahí. La foto que acompaña el texto elimina toda posibilidad de duda: definitivamente habla de él.

«No suelo hacer este tipo de publicaciones, pero Cristóbal De La Fuente es un asqueroso manipulador y violento con las mujeres y estoy harta de que siga su vida como si nada»

Leo, releo, entro en el perfil de la mujer. Observo sus fotos una por una, pero no la reconozco. Las piezas de mi Tetris se mueven sin parar. Miro fijamente el aparato sin moverme.

Bueno y seguro es una de sus ex de las que nunca me quiso hablar convencido de que nuestras vidas pasadas no importaban porque a partir de conocernos iniciaba nuestra vida de verdad y lo único que sé de sus anteriores relaciones es que todas estaban locas y yo sé que soy diferente porque no soy como las demás mujeres claro que no si nuestra relación es diferente porque yo soy diferente y él no es conmigo como era con las otras por eso luego terminaron y por eso me eligió a mí y qué gua’u se creen para andar publicando esas cosas sin pruebas y es que son esas las acciones que me molestan del feminismo y seguro las otras chicas no sabían ni lo que querían y por eso él se comportaba mal con ellas y quién sabe qué le habrá hecho esta chica para llegar a eso pobrecito qué mucho sufrió y yo acá pensando cosas malas de él en vez de agradecer todo lo que me da el amor de mi vida que encima es tan tierno y tan bueno en la cama y me encanta su forma de ver la vida siempre tan positivamente

El chofer atropella otro bache sin frenar. Volvemos a rebotar en el asiento. Miro la hora. Se me ocurre comprar empanadas del copetín de la esquina para cenar. No es muy saludable pero Cristóbal me espera con hambre. ¿Será que vio la publicación? ¿Qué pasaría si se lo digo? Veo la ferretería que suelo usar de referencia para explicar cómo llegar a casa. Me levanto y aprieto el botón. No suena. «¡Parada, amigo!», grito. Me bajo saboreando de antemano la clásica receta de Doña Mami.

El portón emite un sonido al abrirse, como de un maullido. Entro repitiendo internamente mi discurso sobre todo lo que pasó para explicar a Cristóbal el porqué de mi tardanza. Crujen algunas hojas secas que piso al cruzar el jardín. Siento la tensión en el pecho cuando mi mano hace contacto con la curvatura de la manija fría. Debería poder estar tranquila, me digo. Haber formulado una oración con tres verbos seguidos me deja una sensación aún más incómoda. Creo que lo hago con frecuencia. Cristóbal me recibe con un abrazo. Qué tonta fui para dudar de esta persona tan maravillosa. Siento sus labios en el cuello y su nariz en la nuca.

—Tenés un olor raro… ¿Qué onda pio?

—Sí, bebé, es que vine en colectivo porque el auto…

—No vayas a creer que yo soy imbécil… Ese es olor a perfume de tipo. ¿Dónde carajo estabas?

Con esa pregunta entiendo que es una causa perdida. Mis pensamientos toman un camino; mis palabras, otro. Sigo dando explicaciones, cada vez más detalladas: horas, calles, pruebas, salen de mi boca automatizadas. Me sobresalta el sonido abrupto de un objeto que choca contra el suelo. Salgo del trance, me incorporo y comprendo que se trata de mi celular. Lo tiró Cristóbal a propósito. No era si qué tan resistente la pantalla, pienso en un tonto intento de sosiego.

La escena se hace más nítida. Noto sangre en mis labios. ¿Cómo mierda pasó esto? La mirada de Cristóbal está encendida, siento que me quema. Veo los nudillos ensangrentados acercarse… Reaccioná, boluda, qué te pasa, ¡movete! Corro. Agarro el teléfono roto. Voy al baño y cierro la puerta con llave. No logro ver casi nada, pero el celular funciona. Marco el número de Martina de memoria.

—Boluda, ayudame, Cristóbal me va a matar, dejé el auto sobre la calle Corral Kue, rompé nomás el vidrio, hay una llave adentro, tenés que cargarle…

Logra entrar Cristóbal y se escuchan sus gritos en la llamada. Me saca el celular y lo tira al inodoro. Se burla de mí por haber llamado a Martina en vez de al 911. Me defiendo con las uñas, con los dientes, con los pies. Le tiro una botella de champú. Me agarra de ambos brazos y me empuja tan fuerte que choco contra la pared y caigo al suelo. Me quedo sentada. Lo veo venir. Mi cuerpo no responde.

Intento recordar aquel solo de saxofón que siempre me transporta, pero ya no es posible huir de la realidad. Pobre Martina, con lo que se va a encontrar. Siento cómo mi Tetris mental queda sin espacio. Recuerdo ese instante en que me peiné las cejas, desearía hacerlo ahora, pero no puedo mover los brazos.

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