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Una derrota esperanzadora

La tarde de sábado 27 de febrero de 2021, el escritor Mempo Giardinelli se reunió virtualmente con Libroclub Y, nuestro club de lectura, para charlar sobre su primera novela publicada, La revolución en bicicleta (1980). Compartimos la transcripción editada de la misma y un fragmento del video para revivir el encuentro.

 

En 2003, con 19 años, me convertí en vendedor de libros por una razón: con la venta de algunos ejemplares al mes podría pagar los que me interesaban. Entonces aún leía mucha filosofía europea de los siglos XIX y XX, y literatura del boom latinoamericano. Pero entre visita y visita a una de las librerías céntricas, de las que más vendía, observaba todos los libros que quería, como si les murmurara: Más pronto que tarde estarán en mi biblioteca. Entre ellos, uno solía llamarme la atención: en portada veía la silueta del Quijote y una minúscula bicicleta, conectados con una cuerda. El título: La revolución en bicicleta. El autor: Mempo Giardinelli. El libro estaba en un estante a la vista de los caminantes de la vereda. Lo veía y lo veía y a veces lo hojeaba y lo leía, pero no lo compraba. No sé por qué. Seguramente aún destinaba los escasos ingresos que recibía a los autores del boom. Años después, un amigo me prestó el libro, otra edición, y lo leí preguntándome por qué había tardado tanto en leerlo. ¿Por qué nadie me había dicho que debía leer sí o sí esa novela tan buena y tan valiosa para la literatura y la historia paraguayas y latinoamericanas?   

Esa lectura fue el inicio de una amistad entre un escritor consagrado y un autor incipiente que leía mucho. En 2014, tras publicar el primer libro de la colección monotemática de Revista Y: Pelota jára. Cuentos fútbol, habíamos decidido que el segundo tema de la colección sería el erotismo, siguiendo los criterios que nos habíamos propuesto: cuentos seleccionados de una convocatoria abierta a todo autor en castellano, cuentos de autores del equipo de Revista Y y cuentos de escritores invitados. El autor invitado para Pelota jára fue Roa Bastos (gracias a Mirta, su hija, tuvimos el permiso para publicar «El crack»). Los autores invitados para el segundo libro eran Gabriela Wiener y Mempo Giardinelli. La comunicación con ella fue a través de una red virtual. La comunicación con él, luego de que viajara, como invitado de un mercado de industrias culturales, a Resistencia. Entonces visité la Fundación Mempo Giardinelli (FMG) para entregar un ejemplar dedicado de Pelota jára y solicitar a M. G. que nos permitiera publicar «Sentimental journey» en Lascivia textual. Cuentos eróticos.  

La respuesta fue positiva. Presentamos la edición local de Lascivia textual en octubre y la coedición con la editorial argentina Punto de Encuentro en noviembre, con un éxito esperado, quizá gracias al erotismo. Al año siguiente, tuvimos una charla abierta al público con Mempo en la Libroferia Asunción 2015. Luego, tuve la fortuna de que me invitara para el Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura que organizaba la FMG desde hacía veinte años. Un foro que me impresionó tanto (escritores de diversos países ¡y miles y miles de lectores/as participando de todas las actividades!) que regresé y reuní a un grupo de alumnos/as de escritura para fundar la Asociación Literaria Arandu (ALA) y organizar el Foro Internacional del Libro de Asunción 2018, con Mempo como invitado para inaugurarlo con una conferencia magistral. En 2019, volví como invitado al Foro de Resistencia.

Entre visita y visita, hemos mantenido una comunicación amena con Mempo. Es un escritor internacional predispuesto a leer y comentar algunos libros de autores jóvenes e incluso a apadrinar sus actividades de fomento de la lectura, tan necesarias en un país como el Paraguay, una de sus patrias, según nos contó con afecto. No en vano dedicó su primera novela publicada a quien encabezó la revolución de 1947, pervertida en guerra civil y tragedia nacional. La novela de Bartolo es, a diferencia del axioma de Hemingway, la historia de un hombre y un país derrotados, pero no destruidos. Una historia que ha transcendido a través de la literatura, con final esperanzador. Por estas razones, Mempo Giardinelli ha sido el primer escritor invitado de Libroclub Y, fundado a inicios de 2021, para charlar sobre uno de los libros más épicos y a la vez más entrañables de la región: La revolución en bicicleta.   

 

UN LECTOR: Muchas gracias, querido Mempo, por conectarte con nuestro club de lectura. Para empezar, sería estupendo escuchar de ti mismo la historia detrás de la novela que nos reúne esta tarde: La revolución en bicicleta.

MEMPO: En esos años, en los setenta, ya venía soñando la idea de escribir una novela. Quería escribir una y me frenaba mucho el haber conocido a don Bartolo. Me frenaban los vínculos afectivos, la posible y segura autocensura que yo iba a sentir. Además, yo no estaba entonces en contacto con don Bartolo. Se decía que se había ido de acá, que se había ido a Asunción. Me jugué. Fui haciendo la novela. Se fue haciendo sola, mezclando la realidad. Bah. La realidad… la que yo tenía como versión de la realidad que me había contado don Bartolo, más todo lo que investigué. Me puse a investigar mucho en México, en hemerotecas, en revistas de la época, en diarios. Los diarios mejicanos del año 47. El diario La Nación de la Argentina, del 47. Es decir, me empecé a nutrir de todo eso para tratar de componer una versión, por un lado, bastante fidedigna de lo militar y lo político, pero al mismo tiempo, me di cuenta, me daba cuenta de que estaba escribiendo una novela, cosa que defendí, defiendo y sigo insistiendo: yo escribí una novela.

Alguna vez se lo expliqué, años después, a don Bartolo, cuando tuve la fortuna de volver a encontrarlo en una feria del libro, ya en la democracia. Yo presenté el libro. Él vino. Estaba sentado en primera fila, con su señora. La verdad, fue muy emotivo para mí. Sabía que había quedado un poco molesto por algunas cosas que yo había inventado en la novela. Ahí tuve la ocasión de poder hablar con él. Le dije: Mirá, Bartolo… yo escribí una novela, no escribí tu biografía, así que acá hay muchas cosas inventadas. ¡Claro que está inventado!, me dijo. Y bueno. La literatura inventa, no se abstiene a la realidad. Pero muy bien. Fue muy amoroso. Él ya estaba grande y sé que falleció dos o tres años después…

UNA LECTORA: Yo había leído que durante ese período que Mempo vivió en México, había sido amigo de Juan Rulfo. Quería preguntarle cómo fue. De hecho, Juan Rulfo sigue siendo un hito de lo que es la literatura nuestra.

MEMPO: Decir que fui amigo, a mí me honra mucho. Creo que sí fui un joven amigo de él. Pero por sobre todo él fue un maestro. En México, el magisterio cultural, artístico, de los escritores, pintores, músicos, se practica mucho con un maestro. Maestro que tiene discípulos. La concepción griega, de alguna manera, de la transmisión de la cultura. Muy hermosa. En Argentina no la tenemos así. No sé en Paraguay. En México es muy hermosa esa concepción. Tuve la fortuna de estar muy cerca de él, por casualidad. Porque yo trabajaba en una revista que publicaba su amigo Edmundo Valadés, que era mi maestro. Él sí era mi amigo y maestro. Fue mi protector de alguna manera, mi padrino en el exilio mejicano. Y él era íntimo de Juan. Entonces Juan iba a la casa de él y editaba una revista que se llamaba El cuento, revista de la que también formé parte. Yo era un poco el secretario de ellos. Sí tuve una relación muy cercana con Juan durante varios años. Cuando volví del exilio seguí en contacto con él. Lo acompañé en un momento cuando enfermó. Fui a México y estuve en las últimas dos semanas con él. La verdad que para mí fue un hombre muy querido. Gran maestro. Además era esa clase de maestro que no era de esos que te dicen: Tenés que hacer esto o aquello, sino que era su vida, su ejemplo, su literatura, lo que lo hacía magíster. Así que, sí, esa fue una de mis suertes en México.

UNA LECTORA: Parece que la novela ubica a Bartolo joven en lo alto mientras que Bartolo viejo está en lo bajo, pero en un punto se van encontrando. Me gustó que la voz del personaje sea clara. Está muy presente. ¿Esos sucesos cotidianos, como lo que le pasó al loro o la pérdida de la carterita, pasaron? ¿O son aportes del escritor para darle personalidad al protagonista?

MEMPO: Para mí, la concepción de una novela es la construcción de un relato que, por su extensión, necesita lo que llamamos color, pintura, ritmo, sonido. Un montón de cosas. Todo eso se va dando con hechos. Porque uno tiene que delinear la personalidad de cada personaje. No solamente del protagónico. En este caso, Bartolo.

He trabajado con personas que para mí eran emblemáticas, importantes en la vida, el mismo Rulfo, Osvaldo Soriano, que fue un gran amigo, Angélica Gorodischer, una escritora que admiro mucho. El mismo Augusto Roa Bastos, a quien conocí. Helio Vera, con quien también tuve una relación amistosa. ¿Uno qué toma de todos ellos? Rasgos, matices. En mi manera de construir literatura, es como si tuviera distintas arcillas o plastilinas en distintas índoles. El ritmo del relato, cuando tengo una idea, cuando tengo un norte, cuando sé más o menos hacia dónde voy o quiero ir, me impone trabajar de tal o cual forma a esos personajes, no pensando en la vida verdadera de cada uno, si son así o si son ficcionales, no siendo un dictador para ellos. Sino que me parece que el buen personaje de novela ⸺no digo bueno en términos morales⸺, el buen personaje es el que es creíble. El personaje que la gente que lee, ve.

Hay grandes maestros en la literatura. Los personajes de Faulkner, por ejemplo, son los que veo cuando leo. Están ahí. Los personajes de Raymond Chandler han sido grandes maestros. Los personajes de Osvaldo Soriano. Cuando uno lee cualquier personaje de Osvaldo, los ve. Ahora, cómo los construyó, de dónde sacó el barro, el bigote, los ojos, la conducta, etc., bueno, ese es el trabajo del autor. Creo que así es cómo se hace literatura. Por lo menos así es como hago la mía. Lo que procuro fundamentalmente es que cada personaje tenga entidad propia, sea creíble, visible, humano. Si logro esa humanidad, el trabajo está bien hecho.

¿Y de dónde lo tomé? Y lo tomé de todos lados. La lectora preguntó por la pérdida de la carterita. Y qué sé yo… Conocí a alguien que era maniático de su carterita. Por ahí se lo puse a don Bartolo. Qué sé yo, no me acuerdo… Tengo una novela que escribí en México, Qué sólo se quedan los muertos, en donde hay una escena en que el personaje protagonista está evocando a la personaje que amó. Recuerda que esa mujer tenía la hermosa, fascinante, costumbre de pintarse las uñas escuchando el Bolero de Ravel. No sé de dónde se me ocurrió esa idea. Cuando le di ese matiz, le di humanidad a esa mujer, a esa relación que tenía. El personaje la evoca amorosamente, pero ella ya dejó de ser su amor. Por lo bello que era verla desnuda saliendo de la ducha. Él la recuerda así. De esa manera se hace la literatura, creo yo.

Cuando uno piensa en esos personajes tremendos de Dostoyevski… A lo mejor El jugador era él. Algunos dicen que sí. Se fue, se pasó veintiocho días jugando en el casino porque tenía que pagar una deuda por la que lo iban a matar, o algo por el estilo. De ahí sale El jugador, una novela excepcional, maravillosa. Ahora no sé si eso es cierto. O simplemente era una persona que se detuvo a observar a la gente en los casinos. No sé si fui claro, pero la literatura se hace de todas estas pequeñas cosas.

 

UN LECTOR: Muy claro, Mempo. Me llama la atención esta escena erótica que acabas de contarnos de Qué sólo se quedan los muertos, porque en La revolución en bicicleta hay una escena erótica, pero es todo lo opuesto de algo evocador.

MEMPO: En realidad, yo creo que el erotismo, en mi literatura, nunca es principal. Nunca es el eje central. Pero como en la vida se construyen relaciones eróticas, los personajes también deben de tener vida como tienen sexualidad. Algunos dicen que yo también escribí chanchadas, incluso. Creo que no. Escribo desde una perspectiva meramente literaria. A ver, dicho con sinceridad: nunca escribí para calentar a nadie. Si se calentaron, es problema de ellos. En ese sentido, describir un orgasmo, unas características o una cualidad sexual, es tan importante como describir un peinado, un modo de comer, de actuar, de delinquir. Me parece que son cualidades humanas que aparecen en todos mis libros. Pero no porque yo me proponga… Resulta que si son seres humanos, es inevitable que tengan estas cualidades humanas.

UNA LECTORA: Me acerqué a tu libro a través de un manuscrito que encontré de mi abuelo. Él fue compañero de Bartolomé Araujo en la Revolución del 47. De hecho, creo que hubo un conflicto entre ambos. En sus respectivas memorias, no se tiran rosas, sino todo lo contrario. Entonces me pareció sumamente interesante leer tu libro. Para mí fue un viaje personal muy enriquecedor. Mi pregunta es sobre la estructuración de la obra. ¿Cómo tomaste la decisión de partir la narración en mañana, siesta, tarde y noche? Funciona tan bien porque, personalmente, diría que en el fondo la novela no es sobre la revolución, sino que es una excusa para el drama humano que puede ser extendido a otros hechos históricos. Me gustaría saber eso.

MEMPO: Interesante la pregunta. Lo primero que tengo que decir es que la respuesta más sincera a tu pregunta es: no sé. Ahora estoy pensando en la teoría de la novela… Yo tuve un gran maestro aquí, Oscar Taca, catedrático de la Universidad del Noreste. Él tiene uno de los libros más famosos que hay sobre el tema, publicado por Gredos hace algunos años en España, que se llama Teoría de la novela. Taca enseñaba que la problemática estructural en un texto es tan importante como el argumento. Generalmente, uno cuando empieza se va por la finta de lo argumental. El argumento fascinante, novedoso, es lo que te lleva… Y no es así. Porque toda buena novela, más allá de la belleza, del interés, de lo bien que escribe uno, está montada en una estructura. Cien años de soledad no es una novela que salió nomás del fluir de la conciencia de don Gabriel. Ahí hay una estructura perfectamente pensada. Como en todas las grandes obras. A mí me parece que la cuestión estructural unos lo pueden manejar mejor que otros.

Yo no soy un teórico. Pero sí recuerdo, cuando empecé esta novela, que era muy jovencito. Tuve que organizarla en distintos momentos. ¿Por qué? Cada momento le da una temperatura al texto, cada momento tiene un modo de fusionarse, cada momento requiere participaciones de algunos personajes, de otros no. La mañana en La revolución en bicicleta es un contexto familiar donde están los hijos, el ambiente. En donde empieza a aparecer como nostálgico el exilio y la necesidad de volver al Paraguay. Sentimientos hipotéticos, deseos. Encontré que la manera de empezar la novela era a la mañana, a orillas del río, cuando Bolito y los demás se van despertando. La tarde es el momento caliente de la guerra. Es el tiempo más caliente del día. La Guerra del 47 no fue una guerra civil más, en donde se ponían tanques para asustar a los demás. Fue una de las guerras más duras. Me atrevería a decir que una de las guerras civiles más bravas que tuvo el Paraguay. Hubo lucha, tiros, cañonazos, aviones. Esa guerra se me fue dando como un relato vespertino. Pienso ahora, recuerdo que a la tarde solía hablar con Bartolo.

Él, por cierto, tampoco contaba todo. Era muy cuidadoso de hablar mal de nadie. Salvo de Morínigo y Stroessner, de quienes no había manera de no hablar mal… Pero con sus propios colegas, compañeros, camaradas, creo recordar que había discusiones de distintas posiciones estratégicas.

El final es la esperanza porque yo sabía que la novela tenía momentos duros, dolorosos. Es una tragedia. Digamos, la Guerra del 47 del Paraguay es una tragedia. La historia del Paraguay es una tragedia. Si hay algo que ennoblece y al mismo tiempo ha sido una desgracia para el Paraguay, es su propia historia dramática, una historia sangrienta, tremenda. Entonces yo sí fui consciente de eso, por todo lo que quiero al Paraguay. por mi familia, mis vecinos, que eran paraguayos. Me crie en Resistencia. En esa parte debía estar la esperanza. Yo quería hacer una novela de esperanza. Creo que la esperanza es fuerte en esta novela. No creo que sea una novela derrotista. No es una novela amarga. Es dolorosa, pero es muy esperanzadora. Vence mucho esa última frase. No la voy a olvidar jamás: «Mañana será otro día». Es un momento estimulante, de optimismo, que abre una esperanza. Esa es al menos mi concepción.

UNA LECTORA: Me genera conflicto escribir sobre alguien que conozco y agregar hechos ficticios. ¿Considerás que existe un punto límite para esto, o siempre que se justifique como parte de la creación de la personalidad del personaje está permitido? ¿Cómo encaraste esto en el caso de Bartolo?

MEMPO: La novela es una mentira, en una forma de decirlo brutalmente. Toda novela es una mentira que se lee como representación de la verdad, la realidad, del devenir de los seres humanos. Pero la novela no tiene por misión ni ser fiel ni decir la verdad. La novela podría ser definida como la historia paralela de la Historia, si se trata de una novela histórica. Por lo cual, no es que yo tenga que hacer una consideración o justificación. Vos me preguntás si está permitido como parte de la creación de la personalidad del personaje. Yo no sé si está permitido o no está.  Juanito Rulfo decía que la literatura siempre es mentira, pero no es falsedad. Este detalle es fundamental: uno puede mentir en la novela. No pasa nada. La mentira literaria está perdonada por Dios y María santísima. Quién sabe si las novelas o los cuentos de Augusto [Roa Bastos] eran la verdad o eran fantasía de él. No importa. Pero lo que no hay en Augusto o en Rulfo, en ninguno, es falsedad respecto, digamos, de la composición de un tiempo, de una sociedad, de tipo de personaje, de un modo de pensamiento. No hay falsedad. Sí podemos tener disidencias en determinados hechos. Por ejemplo, nunca me acuerdo de los aviones que bombardearon Concepción. No sé si eran dos o tres o quince. No sé el número de pilotos que murieron. No saber eso no quiere decir que mienta. Lo que hay en esa épica no es falso. Eso sucedió. Ahora, ¿cómo sucedió? Bueno, si hay historiadores pueden contarlo. Porque los historiadores son los que se encargan de decir eso. En la novela, no tiene importancia eso. En la novela existe otro tipo de concepción. Para mí, encarar un personaje es pintarlo, dibujarlo. Lo que no va a tener es falsedad.

UN LECTOR: Tengo un tío que también formó parte de esa guerra civil. Al igual que Juan Bartolomé Araujo, mi tío escribió sus memorias. intentó novelar sus memorias. Pero lo que pasa con las memorias de Araujo y con las memorias de mi tío, que se llama Celso Ávalos Ocampos, es que son testimonios que buscan pontificar sobre lo que hicieron, su vida y la época. En cambio, la narrativa, La revolución en bicicleta, no busca pontificar nada. Busca presentar como lo consideraste, como lo percibiste.

MEMPO: Busca conmover, de alguna manera moral, y dejar pensando. De alguna manera, movilizar. Movilizar no sólo neuronas, sino los latidos del corazón. Yo creo que eso hace la literatura. Está bien lo otro, tiene que ver con acciones. Supongamos que hay ocho libros sobre la Revolución del 47 y que cada uno está escrito por un protagonista de la época. Ninguno sería el verdadero, pero entre todos compondría un fresco. Creo yo. Compondrían la visión más o menos cercana a los acontecimientos que sucedieron. Esto pasa en la literatura.

Sobre uno de los libros más leídos de los últimos años, El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura, un libro extraordinario, podría decirse: es la historia de Trotsky, pero no es la biografía de Trotsky. Es la historia de cómo se degrada la revolución rusa del 17, sí. Pero a la vez no es eso. Es la historia de un pueblo extraordinario, sufriente, como ha sido el pueblo ruso. Es decir, qué es lo que hace la novela. Compone un fresco de la época, en el cual entra a jugar la figura de Trotsky que se va exiliando, que luego muere en México. En el que aparece la figura del que lo va matar, la figura de la mujer que era la espía, la figura de los republicanos españoles. Aparecen montones de figuras. Entre todos componen el fresco. Posiblemente, cada uno de esos personajes hubiera merecido ⸺y a lo mejor mereció y yo ignoro⸺ su propia novela, su propia historia. Está bien.

No busquen la verdad histórica en la literatura. La literatura no está para la verdad histórica. La verdad es una narración de la historia que pudo ser y a lo mejor no fue y la mintieron. ¿Quieren conocer la verdad histórica? Ahí está la academia de la historia. Esta es la gran ventaja de la literatura, porque estamos menos restringidos. Ahí entra a jugar el valor de la fantasía. Si yo quiero escribir una novela, un cuento, en donde invento un disparate, qué sé yo…, Pancho Villa salió de México y apareció en Venezuela, etc.  Puedo hacer literatura y nadie me lo impide.

UN LECTOR: Aparte de las memorias de Bartolomé Araujo, ¿te inspiraste en algún otro personaje histórico o ficticio para hacer real capitán Bartolomé?

MEMPO: No. En realidad, como contaba al comienzo, posiblemente estuve muy influido, porque era joven, inexperto, por esta relación aleatoria. Fue una casualidad histórica que yo haya estado en la ciudad Resistencia, que mi papá conociera a Bartolo, que yo lo haya visitado de chico dos o tres veces y que mi papá le encargarse algún trabajo y tomasen mate. En realidad, no hubo nada. La verdad que siempre fracasé en la medida que me tenía que quedar vinculado a los hechos. Me puede interesar muchísimo, pero si no tengo la libertad, el dios creador, el demiurgo griego… En la novela es otra lógica la que impera. Incluso he conocido a autores que sostenían que la literatura debía ser inmoral. No voy a decir quiénes, pero son muy famosos. No hay moralidad acá, decían. Fuera todo. No es mi caso, pero defiendo esas concepciones.

UN LECTOR: Juan Manuel Marcos tiene una tesis sobre el postboom latinoamericano. Diferencia el boom del postboom en justamente eso que mencionaste sobre el final: desesperanzador y esperanzador. El boom latinoamericano fue una corriente sin esperanza. El ejemplo que da es Cien años de soledad, que termina con la familia Buendía de una manera trágica. Sin embargo, en La revolución en bicicleta está ese afán de, a pesar de la tragedia y la derrota, dejar una última línea esperanzadora. ¿Concuerdas con Juan Manuel?

MEMPO: Sí. Lo hemos charlado en una ocasión con él. Lo conocí en Estados Unidos. Él estaba en la Universidad de Oklahoma. Ahí nos encontramos con otros colegas. Siempre fue un poco el padre de una teoría literaria y una corriente literaria muy latinoamericana. Eso tenía que ver con la posición que él tenía. Creo que la compartí un tiempo. La del cuestionamiento de cierta concepción o visión esquemática pesimista. Nihilista.

Cuando nosotros éramos muchachos, veíamos con adoración a los maestros del boom. Si uno piensa en el primer Vargas Llosa, José Donoso, García Márquez, Carpentier, tenían obras maravillosas. Eran escritores excepcionales, con un conocimiento y una libertad frente a la historia. Fueron ejemplares. Pero también es cierto lo que decía Juan Manuel. Tenían una visión muy pesimista, en ese sentido. Fue una posición literaria que, de alguna manera, maniató a toda una generación. Yo me acuerdo que a veces me preguntaba o lo hablábamos: Después de Cien años de soledad, ¿qué vamos a escribir? ¿Qué se escribe? Cállate la boca o dedícate a la pintura o al baile. ¿Qué cubano iba a escribir algo después de Carpentier o Lezama Lima? Era como el cementerio de la futura generación de escritores.

Acompañé un tiempo a Juan Manuel. Era una mirada juvenil que entonces nos preocupaba. También había gente en esa época, recuerdo cuando era chico, que decía: ¿Qué poeta va a salir después de Neruda? ¿Cómo va a ver un poeta después de Neruda si es uno de los más grandes que hay? Sin embargo, la vida continúa… Juan Manuel fue muy valiente. Yo creo que él hizo una buena carrera. Aunque la política siempre fastidia a los escritores. Pero a veces es importante tener una posición pública. Eso puede afectar tu obra. Yo estoy en ese conflicto desde hace varios años. Porque tengo una posición política aquí en Argentina. Soy conocido. Escribo en un diario importante todas las semanas sobre lo que está pasando. Pero en realidad, yo lo que tengo ganas de escribir los domingos es sobre mis fantasías, mis cosas, que también lo hago. Pero obliga a dividirme…

UNA LECTORA: En la novela hay muchas referencias a ser perdedor, tener mala suerte, el resultado de la guerra, el espejo que se rompe cuando era pequeño, la esposa que reprocha a Bartolo que pierda las cosas… ¿Esas comparaciones con la revolución son adrede? ¿Son para reforzar la personalidad de Bartolo que no se rinde?

MEMPO: De alguna manera, porque Bartolo es un luchador. Los luchadores son gente tozuda. Yo creo que eso está presente en la vida de Bartolo. No se imagina a sí mismo de otra manera.  En la lucha general, por su país y por los demás. Yo creo que esto no es ni bueno ni malo. Es como es. Le pasó ser así y le pasó. Me es imposible hacer un juicio de valor sobre eso. Respeto la tragedia de cada quien. Cada uno de nosotros vivimos una vida maravillosa y al mismo tiempo vivimos una tragedia. Por lo menos es lo que yo como escritor creo.

 

 

 

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1 Comentario
  • Fernando
    enero 30, 2022

    ¡Qué genial! Volver a repasar lo que fue esa charla, en mi opinión, es una caricia a mi memoria. Por más episodios de este capítulo memorable.

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