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Un intelectual en el Paraguay, ¿qué es eso?, ¿para qué sirve?

Si ser intelectual es pensar, todos pensamos. Pero en las condiciones en que sobrevive, ¿la mayoría puede pensar? ¿Es vicio sólo paraguayo pensar «por cabeza de otro»? Bartomeu Melià reflexiona sobre el rol de los intelectuales, a partir de dos clásicos y uno contemporáneo: Sócrates, el cacique Pablo Vera y el francés Dominique Temple.

 

Le pregunté en una ocasión a la esposa de un buen amigo francés, Dominique Temple, con quien tuve la suerte de escribir el libro El don, la venganza y otras formas de economía guaraní, qué hacía su marido, a quien sabía encerrado por horas y horas en su escritorio. En qué se ocupaba. Con un toque de ternura y algo de sorna me contestó: Lui, il elargie sa pensée. De hecho, mi amigo responde a la figura de un sabio que ha renunciado a su vida profesional, vive sobriamente de renta, de vez en cuando caza algún que otro jabalí ―que los hay en donde vive―, lo prepara y convida a sus amigos. ¿Es un intelectual? Y si lo es, ¿por qué y cómo? Se verá al final.

En un momento dado fue un referente de moda lo que dijo Jean Paul Sartre en una entrevista que todavía se puede consultar en esta web:

«El intelectual no tiene poder, porque es un hombre que vive su contradicción en su interior y en lo exterior. El intelectual no tiene ningún poder real, ninguna eficacia real. Sin embargo, por ser ineficaz es que puede servir. Hay que pedirle que se comprometa totalmente en tanto tiene un trabajo real y tiene una eficacia en ese plano, porque ahí es contradictorio.»

Tener qué hablar sobre «el rol del intelectual en el Paraguay» es un desafío porque nadie con dos dedos de frente va a dar a entender que él lo es; en mi pueblo te dirían con desdén: Y éste qué se ha creído.

Y sin embargo, si ser intelectual es pensar, todos pensamos, creo. Pienso, luego soy. Pero, dirá alguno, ¿en esas condiciones en que vive, la mayoría de nuestros prójimos puede pensar? ¿Le es permitido al arquitecto, al funcionario, al médico, al obrero, al policía, al carpintero, al campesino, al indígena que pide limosna en la calle de la ciudad el espacio y el gozo del pensar? ¿Tiene tiempo y humor para pensar? Y quién debería pensar por su tarea y cargo de responsabilidad, se niega a sí mismo esa tarea a la que está obligado. ¿Ha pensado en pensar el diputado y el senador, el honorable diputado, el honorable senador? ¿Es vicio sólo paraguayo pensar «por cabeza de otro»? Los enlatados de pensamiento son productos de distribución global, y no llama la atención que también lleguen al Paraguay, a la casa, a la calle, a la universidad incluso.

Pero hay que precisar. El intelectual no es el que piensa, mejor dicho no sólo piensa, sino que vive y relaciona experiencias de vida, piensa relaciones y procura expresarlas. Por otra parte, estas relaciones del pensar no obedecen a una lógica mecánica de combinaciones previsibles. Y es esta imprevisibilidad una de las características del intelectual, si se quiere. ¿Cómo encerrar en una fórmula o en un discurso lo imprevisible? ¿Cómo darle aire lógico a esa actividad es por esencia contradictoria, según Sartre? Así no es raro que el intelectual desconcierte.

Sea tal vez la primera propiedad del intelectual tal como lo imagino su capacidad de escuchar. El intelectual es un oyente que procura entender lo que escucha. Así también va en busca del lugar donde pueda escuchar algo. Y donde pueda escuchar incluso los grandes silencios, donde parece que no ha tenido todavía lugar ninguna palabra anterior. Su inquietud viajera no es un acaso; ningún encuentro de situaciones y de personas le es desechable. «Nada humano me es ajeno», decía Horacio. El intelectual es un peregrino que necesita renovar horizontes continuamente, no puede quedarse parado. Y aunque no camine ni llegue a las fronteras, se las inventa como un paisaje de gracia, porque es ahí donde surgen las preguntas, las dudas, las contradicciones.

Pero un discurso sobre la entelequia de intelectualidad no parece poder llevar muy lejos. Existen, existen sin embargo biografías de intelectuales y los roles que han cumplido en su mundo; más difícil es encontrar métodos de intelectualidad; la intelectualidad creo que no se puede enseñar, aunque sí se puede aprender.

Quisiera referirme a dos intelectuales clásicos, y a un tercero contemporáneo: Sócrates y el cacique Pablo Vera. Ninguno de los dos primeros escribió, pero tuvieron discípulos que se impregnaron como esponja de sus palabras y enseñanzas; el primero tuvo a Platón (siglo V a.C.), el segundo a León Cadogan (siglo XX). Ambos llevaron el pensamiento de sus maestros, a quienes escucharon atentamente, a un segundo nivel, no más alto, pero de otro orden: lo dejaron por escrito. El tercero (siglo XXI) con quien me fue dado trabajar y con quien mantengo afinidad y amistad actualizadas y no dejo de buscarlo y encontrarme con él, cuando puedo, aunque poder ir a Francia no es de cada día; lo he citado al principio: Dominique Temple.

 

La ironía socrática

El primero de ellos habla de una experiencia fundamental: Sólo sé que no sé nada, como principio y fundamento de conocimiento y sabiduría. Sócrates es el maestro de la pregunta. La intelectualidad no comienza con él, pero tiene en él un señalado maestro. Desde la ignorancia asumida y desde la pregunta nace la posibilidad de relacionar experiencias. La pregunta concibe y revela lo todavía desconocido, es la semilla depositada en el seno de la experiencia propia: cada uno será partero de sí mismo, de su palabra, una palabra más escuchada que propia. Preguntar es disponerse a escuchar. Pensar es saber hacer y hacerse preguntas y que estas lleguen a la luz. La finura de este método es que no hay que tomarlo en serio, hay que atreverse a preguntarse con fina burla sobre las propias convicciones; es la burla metódica sobre uno mismo, más alegre que la duda metódica. Hay que asumir que saldrán a luz cosas antes no pensadas, no dichas, no aceptadas, pero tampoco definitivas, que serán sujetas a nuevas preguntas en una rueda sin fin. En Sócrates, la ironía es un preguntar fingiendo ignorancia para reírse de los otros, pero es el camino del que sabe reírse de sí mismo, rasgo esencial del socratismo que le lleva a saber que no sabe nada. Preguntarse sobre la propia ignorancia es un buen camino para percatarse de la incongruencia de los propios pensamientos y las afirmaciones; y de pregunta en pregunta, no tener miedo de llegar al ridículo y a la risa humilde consigo mismo cuando uno se ve caído del burro, ha upéi levantarse y seguir el camino de nuevas preguntas que puedan tener un final más feliz. Muchos de nosotros no les tenemos miedo a las respuestas, más aún buscamos respuestas hechas, ni siquiera desconfiamos de ellas, pero no soportamos las preguntas. Leemos el periódico, vemos la televisión, aceptamos las respuestas dadas, pero no salimos con ninguna pregunta. Yo diría que uno de los problemas en el Paraguay es el miedo a la pregunta, a la ironía, a la astuta ironía; se sospecha en ella una trampa, y en realidad lo es para nuestras convicciones sin fundamento. En ciertas ocasiones, debemos encerrar una discusión con un «no me hagas reír». A la sociedad paraguaya no le faltan respuestas, le faltan preguntas. Demasiadas respuestas a preguntas no hechas, y falta de respuestas a preguntas que se deberían haber hecho.

Sócrates no escribió, pero es la voz escuchada, aunque no simplemente repetida, por Platón. La palabra escuchada es llevada a sus últimas consecuencias al quedar escrita, queda hibernada y momificada hasta que llegue un nuevo lector, que le devolverá la vida. También ahí hay ironía. Fue la ironía que dejó Platón en sus Diálogos y un Aristóteles en su ética a Nicómaco, por ejemplo. Buena parte de la filosofía llamada occidental se desarrolla a partir de la ironía socrática, tan divertida como mortal.

El intelectual despierta cada día con una nueva pregunta y se desayuna de ignorancia; eso le mantendrá vivo todo el día.

El intelectual lee. Sí, pero para cuestionarse desde diversos ángulos. Un libro es una bolsa de preguntas para el lector. El mucho leer no satisface el alma ni hace acumular pensamiento si no lleva a preguntar y a preguntarse.

 

Las palabras de Los de Arriba y el silencio

Nda ch’ayvu rapéi

De la filosofía del mar Egeo pasemos a la sabiduría de la selva paraguaya, de islas de monte rodeadas de tierra. Los habitantes de esas selvas han hecho conocer dos dimensiones de la intelectualidad, ambas relativas al tiempo espacio, ára. Alguien se preguntaba si los guaraníes tienen la palabra pensar; por desgracia en guaraní paraguayo no se usa una palabra guaraní para pensar, aunque se dice ajepy’amongeta, en este sentido, y otros compuestos sinónimos, y no están del todo mal. Sin embargo, está en uso desde tiempos prehistóricos el arakuaa en el sentido de entendimiento, comprensión, incluso de doma; adquiere entendimiento el caballo domado; entendimiento, comprensión, doma de los días, del espacio tiempo. En el niño, ese entendimiento empieza con el uso de razón, del discernimiento, que es casi al mismo tiempo en que comienza el uso de la lengua.

Pero hay otra forma de saber más profunda y entrañable, más simpática, ya que hay en ella una conjunción de pasiones; arandu, es sentir el día, es visitar el espacio tiempo, sentirle el pulso, es la visita al enfermo y llevarle la voluntad de vivir, la cura. Arandu es también entendimiento y juicio, y juicio es coloquio de contrarios en vistas a un discernimiento. Arandu, siempre según Montoya (1639), es capacidad. ¿Capacidad de qué? De abrirse camino entre contrarios. La sabiduría es atravesar un estero traicionero, sin perder de vista el horizonte, y teniendo firme el pie aún en suelo movedizo.

León Cadogan, en las selvas de Guairá, encontró sin buscarlo, pero con méritos para hallarlo, a un sabio que ningún otro paraguayo había encontrado jamás. Su nombre para fuera de la selva era Pablo Vera. Su figura, casi desnuda, apenas con su tambe ao (taparrabos), sus cordones de cabello humano atados debajo de las rodillas, y una vieja y desgastada corona de algodón y largos flecos en la cabeza, remite al sabio de Pedro Calderón de la Barca:

Cuentan de un sabio, que un día

tan pobre y mísero estaba,

que sólo se sustentaba

de unas yerbas que cogía.

¿Habrá otro, entre sí decía,

más pobre y triste que yo?

Y cuando el rostro volvió,

halló la respuesta, viendo

que iba otro sabio cogiendo

las hojas que él arrojó.

Este es el sabio y místico que pudo encontrar y escuchar Cadogan y registrar sus palabras buenas hermosas. De ahí salió la compilación de textos míticos de los mbyá guaraní del Guairá, el Ayvu Rapyta, que con Roa Bastos no dudo en calificar de cumbre de la poesía mística y de la filosofía en el Paraguay. Pablo Vera y otros mbyá, cuyos textos figuran en el libro, son marcas y claves de intelectualidad en Paraguay, pues en ellos se da la suprema escucha de las buenas hermosas palabras, ñe’ẽ porãngue i, comunicadas a la comunidad. Es el Popol Vuh de la América Meridional, desconocido en su propia tierra, pero que tendría que ser un modelo de conocimiento, de sabiduría, que incluye también el modo de decirla, libro intelectual por excelencia por su poesía mística y su narrativa mítica. Es un libro que nunca estará cerrado en cuanto haya un chamán mbyá que lo reinvente con las palabras que no aprendió de nadie pero que espera incansablemente de Los de Arriba, sobre todo en el sueño fecundo. El fundamento de la palabra, es el Verbo inicial que se encarna en cada nueva existencia. Cada mbyá será la historia de su palabra irreductible e irrepetible; este es un aspecto esencial del intelectual: persona de preguntas siempre nuevas y respuestas siempre provisorias e interinas y vive en condiciones de recibir respuestas adecuadas.

¿Puede un miembro de nuestra sociedad acceder a esa forma de sabiduría? Pablo Vera, viendo el sincero intento de León Cadogan para seguirle y escucharlo, le decía:

Para aprender esas cosas deberás permanecer un año conmigo en la selva. Comerás miel, maíz y frutas, y de vez en cuando un trozo de carne de pecarí. Dejarás de leer, pues la sabiduría que viene de los papeles te impedirá comprender la sabiduría que nosotros recibimos, que viene de Arriba y que no permite entender entre otras cosas los mensajes que nos trae el Pájaro Azul acerca de los niños… (León Cadogan, Extranjero, campesino y científico; memorias. Asunción, 1990. 186).

Por supuesto, que éste es el relato del discípulo que hace autobiografía crítica de su quehacer intelectual. Ser intelectual es vivir una experiencia individual y llevarla a una expresión que a su vez pueda ser experimentada por una sociedad de individuos en comunidad. En una sociedad sin experiencia no hay pensamiento. Como en poesía.

Es bueno en un país como el Paraguay donde hay tantas culturas nacionales hacerse preguntas que broten de paisajes extraños, no habituales ni hegemónicos. La revitalización del pensamiento paraguayo hay que bucearlo también en lo profundo de otros modos de ser y vivir, como son los indígenas. Una veta sumamente descuidada, porque supinamente ignorada; ahí es donde hay que buscar la plata yvyguy.

Las biografías de algunos intelectuales en el Paraguay también enseñan tanto o más que sus escritos; sus actos son palabras sin palabras.

Fue, sin embargo, el mismo Pablo Vera quien frente a un caso de homicidio, decía: Nda ch’ayvu rapéi: «No hay camino para mi palabra» ―me llamo a silencio, porque qué voy a decir―. Hay situaciones en que los pueblos prefieren callar y optan por callar definitivamente. La lengua se seca y los labios se marchitan.

Con frecuencia del silencio se pasa a la vergüenza y a renegar de la propia lengua como si ella fuera la causante de un estado social, económico y político adverso. La lengua se vuelve vergonzante, y se esconde en espacios clandestinos, en lugares poco prestigiosos. Los pueblos indígenas educados en sus malditas escuelas a lo paraguay son enseñados a tener vergüenza de hablar lo que hablan, cuando probablemente son los que manejan todavía una palabra libre que no está ceñida a lo que todos dicen. Es la virtud del silencio al que se ve obligado el intelectual en muchos casos.

Pero frente a este silencio digno y pensado está otro silencio: el de no decir nada cuando hay que levantar la voz con preguntas y más preguntas. Curuguaty y la matanza de Marina Kue nos dejó estupefactos con las afirmaciones que nos endilgaron ya preparadas por los mismos que habían provocado la matanza; ahí sí hay demasiadas respuestas a falsas preguntas y ninguna a las verdaderas. La medida de la intelectualidad paraguaya estará dada en nuestros días por su capacidad de preguntar y escuchar a los que pueden decir lo ocurrido desde la experiencia, comenzando por los mismos policías, víctimas también de los mismos asesinos de los campesinos; de ambos grupos la muerte estaba anunciada desde las letrinas del poder de facto.

Que la crónica más inmediata sea materia para preguntas no debe escandalizar a nadie. En cierto modo el comienzo de lo que llamamos actividad intelectual se da al explotar en 1894 el affaire Dreyfus. El caso Dreyfus que divide a los pensadores de Francia, que confrontan las preguntas irreductibles con las respuestas indiscutibles y accesorias. En el Paraguay, el caso Curuguaty no sólo es caso a ser esclarecido por la justicia, sino línea roja de posiciones sobre la visión misma de lo que somos y lo que queremos ser. Su lugar desborda la justicia y la política, está en la vida de cada día. Curuguaty es Paraguay entero. En este largo periodo del día después, desde el 15 de junio, la palabra sensata y firme busca todavía su camino. Los intelectuales no pueden escamotearla. Las preguntas no pueden cesar. Ni un minuto más de silencio.

Cuando haya una voluntad de revitalización habrá que conquistar de nuevo los grandes y nobles espacios de la cultura, de la religión y tal vez del poder político de pueblos indígenas y campesinos hoy marginados y arrinconados, expulsados y desplazados de sus tekoha, de los lugares donde son lo que son.

En este capítulo se puede citar a una gran intelectual transterrado al Paraguay. Hace más de un siglo, Rafael Barrett autor de la crónica Lo que son los yerbales, decía: «Es fácil volcar un gobierno, pero difícil cambiar las costumbres de gobernar. Fácil es cortar cabezas; difícil que retoñen». Él mismo hizo un relato sobre el poder que tenían en el país los latifundistas de la yerba. «Paraguay es la negrera de sus hijos», apuntaba. Hoy, esa estructura económica, social y política se entrelaza de manera casi feudal ya no entre los arbolillos de yerba mate sino entre la soja. Así se ha podido decir: «El golpe de Estado del 22 de junio de este triste 2012 es el de Monsanto para asegurar un modelo de país atrasado para beneficio de la soja». Ojalá no se le tenga que añadir pronto Río Tinto Alcán; hay que comenzar a preguntar.

 

Comunidad de palabras

Jopói

Después del intelectual a la manera socrática, partero de preguntas irónicas, pasando por la dimensión mística de la palabra guaraní y sus terribles silencios, se puede llegar a la función del intelectual público.

Una de las funciones que los intelectuales públicos deben desarrollar es, según Amitai Etzioni, tenido como fundador del comunitarismo moderno, «cuidar de las communities of assumptions (suposiciones colectivas) que sostienen los ciudadanos. Además de ello, renovar, recrear, rehacer, reconstruir, abrir, imaginar o transformar esas asunciones sociales compartidas que, resistentes al cambio, tienden a rutinizar su existencia en términos de tradiciones establecidas. El intelectual, al abrirse a las interpretaciones alternativas de la realidad, amplía la perspectiva de los ciudadanos y trata de transformar el mundo mediante la palabra».

Esta perspectiva occidental ―judía y norteamericana que tuvo gran influencia en la década de los 90― se encuentra preanunciada en el sistema de reciprocidad de palabras ejercido desde que se conoce a la sociedad guaraní. Palabra y reciprocidad pueden colocarse como principio y fundamento de la sociedad guaraní, retenida en gran parte por una parte de la sociedad paraguaya, si bien en franco retroceso dada su evolución moderna de caída libre en el consumismo colonial.

Aquí entra la función intelectual, como la percibe claramente Dominque Temple, en el libro que con él escribí: El don, la venganza y tras formas de economía (Asunción, 2008). En el capítulo 1.3. Mborayhu: amor y reciprocidad, Dominque Temple muestra, a partir de dos palabras guaraníes el jopói y el potirõ, cómo se puede pensar la comunicación total en una sociedad sin la cual ya no hay libertad ni bienestar posibles. El jopói significa la reciprocidad mutua la singularidad de la mano extendida y abierta al otro, y el otro conmigo. El potirõ ―que curiosamente se disfrazó bajo la palabra minga― representa una reciprocidad colectiva de todas las manos, todas juntas, todas a una. Cada una de estas palabras despliega en su propia etimología imágenes que al ser evocadas sugieren un sentimiento de gozo y alegría, de aliento y esperanza, un sentimiento de apertura a lo que se llamará amistad y confianza.

No se trata de dar un resumen de las conclusiones del intelectual para repetirlas, sino ver cómo se ha preguntado sobre un modelo de comunicación de dones, que no son bienes materiales, sino la comunicación amplia y total de palabras. La reciprocidad es absolutamente lo contrario de la venganza, que sin embargo es la que se instala con el mercado: sociedades del don y sociedades del precio y el rescate.

La colonia es el continuo proceso que viene desarrollándose en el Paraguay desde la malhadada entrada de la sociedad de mercado en esa tierra en 1537, en el cual la misma independencia tan celebrada no es sino un estornudo alérgico, para continuar con el mismo cuadro anterior, insiste e insiste en crear pobreza, desequilibrio, desigualdad e inequidad. Por esto, hacer preguntas desde otro horizonte todavía real en este país que es el del jopói debería ser una tarea del intelectual. ¿No vivimos cada vez más en la reciprocidad el jopói negado, por la continua venganza, el hepy, el precio de las cosas? La pregunta irónica sobre el sistema de nuestra sociedad es cada día más urgente e inaplazable, incluso si nos hacemos otras tímidas y temerosas preguntas sobre una validez dudosa del modelo de una comunidad de iguales, sin la venganza de precio y de la usurpación descarada. Eso es lo que dicen con una transparencia teórica inesperada, los fabulosos textos fundadores del génesis de los guaraní: Ñamandu Ru Ete tenondegua (Ñamandu Padre Verdadero el primero) oyvára peteïgui (de una parte de su propia divinidad) oyvárapy mba‘ekuaágui (de la sabiduría que está en su divinidad) okuaararávyma (y en virtud de su sabiduría creadora) tataendy, tatachina (llamas y tenue neblina) ogueromoñemoña (hizo que fueran engendradas)[1].

Este origen del pensamiento viene señalado primero por una intensa emoción que se puede llamar gracia, e inmediatamente por una iluminación de la conciencia por sí misma en tanto y cuanto es sabiduría; es lo que se expresa a través de la hermosa metáfora de la tenue neblina y las llamas. «Es la sabiduría que nace, con aquel sentimiento de alegría comparable al del investigador que descubre una nueva idea, como cuando la tenue neblina es penetrada e iluminada por el sol; es una sabiduría que sabe que está generándose como la verdad. El sentimiento de esa alegría iluminada y la sabiduría van juntos y después de poco ya entrarán por la puerta de la casa del hombre…» Esto es lo que atina a proyectar un intelectual, en este caso Dominique Temple, que viene a sentarse aunque sea de paso en un corto viaje, junto a los fogones de los guaraníes. Razón de más para que nosotros, como nativos, no salgamos del ámbito de esa luz y del resplandor de esas llamas. «Cuando el equilibrio entre acción y pasión es riguroso, esta conciencia de conciencia tiene como resultado una perfecta conciencia de sí mismo sin que pueda ser la conciencia de cualquier cosa sin más. Se reduce a un sentimiento que es pura afectividad; lo que Aristóteles llamaba la charis (gracia y agradecimiento, alegría y belleza) y que, dentro de la reciprocidad total de una comunidad humana primitiva, es el sentimiento de una presencia divina, una conciencia de sí mismo y una iluminación de su sabiduría, de la cual el corazón expresa una afectividad perfecta».

La invención de la palabra, o mejor su fundamento, es la capacidad de comunicarse y de formar comunidad, esta es una de las funciones principales del intelectual; pues el intelectual es él mismo, como decía Roa Bastos de la palabra, de uno en más; sin comunidad de comunicación no hay conocimiento y menos sabiduría.

La función del intelectual consiste en no permitir que queden cabos sueltos, y en el Paraguay tenemos demasiados cabos sueltos en la vida social, la cultura, la historia, la economía, la justicia, la política.

Me llegó ayer el video de una entrevista a Vidal Vega en la que habla él, pocos días antes de su muerte en la criminal confusión creada a propósito de las tierras de Marina Kue. Ahí está la explicación de por qué murió ese intelectual campesino; lo veo como la persona que era capaz de atar cabos, y comunicarse con quienes pudieran atarlos. En este sentido, le ajustaron cuentas, sí, porque él sabía ajustar palabras verdaderas. Ahí estaba el peligro. Por esto, ijukapyrãma, era el que ya tenía que morir, que ser matado. Ha quedado como testigo y mártir del que tiene que vivir en nuestro Paraguay. Oikove jevy va’erã.

18 diciembre 2012

 

[1] León Cadogan, Ayvu Rapyta. Asunción, 1992; capítulo II, p. 32.

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