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Tolstói, pensador religioso y social

Stefan Zweig recuerda al Tolstói religioso y social «como ejemplo moral que, en lugar de dominar gracias a su propia gloria, se convierte en servidor de la humanidad y, en su lucha por el verdadero “eros”, se somete únicamente a una sola de todas las autoridades del mundo terrenal: a su propia e incorruptible conciencia.»

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El 27 de junio de 1883, Turgueniev, con Tolstoi, el más importante de los escritores rusos de entonces, escribió al camarada amigo una carta estremecedora, dirigida a Jasnaia Poliana. Desde unos años atrás había estado observando con extrañeza que Tolstoi, a quien él veneraba como el artista máximo de su país, abandonando la literatura, se acercaba a una «ética mística» y amenazaba perderse en ella; que él, que sabía describir como nadie a la naturaleza y al ser humano, no tenía sobre su mesa más que la Biblia y tratados teológicos. Le acucia la preocupación de que Tolstoi, como Gogol, pueda perder sus años más decisivos de creador en especulaciones religiosas, sin sentido para el mundo.

Y por eso, enfermo de muerte, toma la pluma, más exactamente el lápiz —porque sus manos, mortalmente cansadas, ya no pueden manejar la pluma— y se dirige al genio máximo de su patria con un tembloroso pedido. «Es el pedido sincero, el último pedido, de un moribundo», le escribe. «¡Vuelva usted a la literatura! Este es su verdadero don. Gran escritor de nuestra patria rusa, ¡escuche mi ruego!»

Este grito conmovedor de un agonizante —la carta se interrumpe en la mitad y Turgueniev escribe que le faltan las fuerzas— no fue contestado en seguida por Tolstoi; cuando al fin quiere responder, es demasiado tarde. Turgueniev murió sin saber si su deseo había sido escuchado. Probablemente, sin embargo, le hubiera resultado difícil a Tolstoi contestar al amigo, porque no lo empujaron por ese camino de las cavilaciones y la búsqueda de Dios la vanidad y la curiosidad especulativa, sino que se sintió atraído a ello sin quererlo y aun contra su deseo. Tolstoi, que como nadie vio y percibió penetrantemente lo sensible, lo material, de este mundo, hombre de la tierra ligado a la tierra, nunca había mostrado antes, en toda su vida, inclinación a la metafísica. Nunca había sido pensador por elemental impulso o gusto de pensar; ante todo, en su arte épico le preocupó lo sensible de las cosas, no su sentido. No emprendió, pues, voluntariamente este cambio de rumbo hacia lo especulativo, sino que recibió de repente una impulsión, desde algún sitio de las tinieblas, que de pronto hace tambalear a este ser firme, fuerte y sano, que hasta ese momento ha ido por la vida erguido y dueño de sí, y le obliga a buscar, con las manos angustiosamente acalambradas, un punto de apoyo, un sostén.

Este choque interior, que Tolstoi experimentó alrededor de los cincuenta años, carece de nombre y, realmente, también de causa visible. Todo aquello que se puede llamar premisa o condición para una vida feliz, se cumplió maravillosamente en aquel mismo momento. Tolstoi está sano, físicamente fuerte como nunca, ágil de espíritu, artísticamente intacto. Como dueño de una gran posesión, no conoce cuitas materiales, goza de respeto como descendiente de una de las más nobles familias y más respeto aun como el más grande escritor en lengua rusa, famoso en todo el mundo. Su vida familiar —tiene mujer e hijos— es totalmente armoniosa, y no se puede descubrir ninguna causa externa para una disconformidad cualquiera con la existencia.

Y de repente llega ese empellón desde la tiniebla. Tolstoi siente que ha chocado con algo tremendo. «La vida se detuvo y se volvió fatal.» Tantea al mismo tiempo alrededor de él y pregunta qué le acaba de suceder, por qué le invade de repente esa melancolía, ese estado de angustia, por qué nada le alegra ya, nada le estremece. Siente solamente que el trabajo le repugna, que su mujer se le vuelve extraña, los hijos indiferentes. Acaba de caer sobre él un hastío de la vida, taedium vitae, y tiene que encerrar su fusil de caza en el armario para no emplearlo contra sí mismo en la desesperación. «Por primera vez reconoció claramente entonces —así describe este estado en su figura reflejada, el Lewin de Ana Karenina que en lo futuro solamente el dolor, la muerte, la eterna fatalidad esperan al hombre, a él también, y resolvió, pues, que no podría seguir viviendo así; que debía encontrar una explicación de la vida o matarse de un tiro».

No tiene sentido querer dar un nombre a esta sacudida interior, que hizo de Tolstoi un cavilador, un pensador, un maestro del vivir. Probablemente no fue más que un estado climatérico, la angustia ante la vejez, la ansiedad ante la muerte, una depresión neurasténica, que se transformaba en un estado pasajero de laxitud. Pero es connatural en el hombre de espíritu y, sobre todo, en el artista, que observe sus crisis íntimas y trate de superarlas. Al comienzo invade a Tolstoi solamente una inefable inquietud.

Quiere saber lo que le ocurrió y por qué la vida, que hasta ese momento le pareció tan repleta de significado, tan rica, lozana y múltiple, de pronto se tornó para él chata y hueca. Y como en la magnífica novela, su Iván Ilitch, cuando siente por primera vez la garra de la muerte en su propia carne, se pregunta asustado: «Tal vez no viví como debí vivir», así comienza Tolstoi, día tras día, a preguntarse ahora acerca de su vida, acerca del sentido de su vida; buscador de la verdad y filósofo no por primitivo placer de pensar o curiosidad espiritual, sino por el instinto de la propia conservación, por desesperanza.

Su pensar es, como en Pascal, filosofía ante el abismo o surgida del abismo, del gouffre, investigación de la vida por angustia ante la muerte, ante la nada. Hay una rara hoja de Tolstoi de aquellos días, una hoja de papel donde anotó las seis «desconocidas preguntas» que debe contestarse:

a) ¿Para qué vivir?

b) ¿Qué causa tiene mi existencia y la de todos?

c) ¿Qué fin tiene mi vivir y el de los demás?

d) ¿Qué significa la división, la separación entre el bien y el mal, que siento en mí, y para qué está?

e) ¿Cómo debo vivir?

f) ¿Qué es la muerte… y cómo puedo salvarme?

Durante los próximos treinta años —más que lo literario—, el contestar a estas preguntas de cómo él y los otros deben vivir «correctamente», es la razón de ser y obrar de Tolstoi.

La primera etapa de esta búsqueda del «sentido de la vida» resulta enteramente lógica. Tolstoi, que, a pesar de ocasionales posturas nihilistas, que encuentran expresión principalmente en la filosofía de la historia de Guerra y paz, nunca fue un escéptico; que pasó sus años libre de preocupaciones materiales y morales, gozoso, trabajando; como repentino adepto de la filosofía, se dirige ante todo a las autoridades para saber su opinión acerca de por qué y para qué vivimos. Comienza a estudiar libros filosóficos, a derecha e izquierda, Schopenhauer y Platón, Kant y Pascal, para que ellos le explicasen «la razón de la vida». Pero ni los filósofos ni las ciencias le contestan. Tolstoi encuentra con cierto malestar que las opiniones de estos sabios son exactas y claras solamente cuando no se refieren a «problemas inmediatos del vivir», que en cambio se reservan toda respuesta apenas se les pide un consejo decisivo, una ayuda, y que nadie entre ellos puede explicarle lo único importante: «¿qué importancia temporal, causal y espacial tiene mi vida?» Y —segunda fase— deja a los filósofos y acude a las religiones, para encontrar consuelo en ellas. El «saber» se lo negó, lo busca, por lo tanto, en una «fe» y reza: «Señor, dame una fe y deja luego que ayude a los demás a encontrarla».

En aquellos años de íntima perturbación, Tolstoi no corre detrás de ninguna doctrina suprapersonal, no es un iniciador, un revolucionario en sentido espiritual; sólo quiere encontrar para sí mismo, para el individuo León Tolstoi caído en la duda, un camino, una meta, quiere conquistar para sí mismo la paz del alma. Sólo quiere salvarse —según sus propias palabras— del nihilismo interior, encontrar una razón para la sinrazón del destino. No piensa entonces ni lejanamente en proclamar una nueva creencia, una nueva fe, y tampoco quiere abandonar la vieja religión heredada, alejarse del cristianismo ortodoxo. Por el contrario, se acerca de nuevo a la Iglesia, después de haber dejado de rezar, de frecuentar los templos y prepararse a comulgar, a los dieciséis años. Se esfuerza en ser un severo creyente, observa todos los mandamientos y las normas, ayuna, va en peregrinación a los monasterios, se arrodilla delante de los íconos, discute con obispos y popes sectarios y, sobre todo, estudia el Evangelio.

Y entonces ocurre lo que les pasa a los inquietos buscadores de la verdad. Entiende que el Evangelio, con sus leyes y mandamientos, ya no se observa y que lo que enseña la Iglesia ortodoxa rusa como doctrina «verdadera» de Cristo no es ya la original y «verdadera»; con ello descubre también su primer cometido: exponer el Evangelio en su sentido real, propio, y enseñar a todos los demás este cristianismo como «una nueva concepción de la vida, no como doctrina mística». Del buscador ha surgido un confesor, del confesor un profeta y del profeta será breve el paso para llegar al zelotes. Una desesperanza personal comienza a transformarse en una doctrina autoritaria, reforma de todo el pensamiento espiritual y moral y, además, en una nueva sociología. La pregunta primitiva, tan angustiosa, de un individuo: «¿Para qué vivo y có0mo debo vivir?», se convirtió en un postulado para la humanidad entera: «Así debéis vivir».

Por experiencia de milenios, sin embargo, la Iglesia tiene una intuición muy especial para el peligro que trae aparejada toda arbitraria explicación de los libros sagrados. Sabe que aquél que una vez comienza por acomodar su modo de vivir a la letra de la Biblia, tiene que llegar necesariamente a un conflicto con las normas de la Iglesia oficial y las leyes del Estado. Ya el primer libro de principios de Tolstoi, Mi confesión, es prohibido por la censura, el segundo, Mi fe, por el Santo Sínodo, y aunque las autoridades eclesiásticas, por respeto, sientan miedo del gran escritor, deben concluir por aplicar a Tolstoi la condenación de la Iglesia y excomulgarlo. Porque Tolstoi, rebelde hasta lo más profundo de su ser, ha comenzado a socavar todos los cimientos sobre que descansan la Iglesia, el Estado y todo el orden valedero en la época; como los valdenses, los albigenses, los anabaptistas, los predicadores rústicos de la Revolución, como todos aquellos que quisieron llevar de nuevo el cristianismo a sus formas primitivas, originales, y trataron de vivir únicamente de acuerdo con la letra de la Biblia, Tolstoi está desde ese instante irresistiblemente en camino de ser el más decidido enemigo del Estado, el ácrata anticolectivista más apasionado que conoce la época moderna. De acuerdo con su energía, su resolución, su tenacidad y lo indomable de su coraje, avanza por una parte a la manera de los grandes reformadores, como Lutero y Calvino, por la otra, en sentido sociológico, cual los anarquistas más atrevidos, como Stirner y sus discípulos. Y de pronto, la cultura moderna, la sociedad contemporánea, con todas sus razones y sus sinrazones, no tiene en el siglo XIX adversario más rencoroso y peligroso que el autor máximo de sus días y nadie que obre tan destructivamente, en el sentido de la crítica social, como él, que antes fue artísticamente el más grande de los creadores de su época.

La Iglesia y el Estado, sin embargo, conocen el peligro de estos decididos francotiradores, de estos independientes; saben que aun las investigaciones más puramente ideológicas poco a poco invaden el terreno práctico y que justamente los más honestos, los más dotados entre los reformadores del mundo, provocan la mayor confusión sobre la tierra. Saben que el cristianismo primitivo, original, tiene por meta un reino de Dios y no uno terrenal; que sus mandamientos, sus leyes en el sentido político, estatal, son en parte subversivas, en parte niegan el Estado, porque el creyente está obligado a colocar a Cristo por encima del César, el reino de Dios sobre el terrenal, y por eso debe fatalmente chocar con los deberes de los «súbditos», con la ley y la organización del Estado.

Pero Tolstoi comprende paulatinamente a qué densos y complicados problemas lo llevarían su búsqueda y su investigación. Al principio, piensa solamente en poner orden en su propia vida privada, en poner paz en su alma, tratando de adaptar, en todo lo posible, su conducta personal, individual, a las normas del Evangelio; no tiene otra intención que vivir en paz con Dios, en paz consigo mismo. Pero inconscientemente el problema primitivo: «¿Qué había de falso en mi vida?», se amplía y abarca este otro: «¿Qué hay de falso en la vida de todos nosotros?» y con esto se convierte en crítica de la época, en crítica del presente. Comienza a mirar en su derredor y descubre —lo que de modo especial en la Rusia de aquellos años no era difícil descubrir— la desigualdad de las condiciones sociales, el contraste entre pobre y rico, entre lujo y miseria; ve al lado de sus errores privados, personales, la general injusticia de sus compañeros de clase, y reconoce como su primer deber el de oponerse con todas sus fuerzas a esa injusticia.

También en esto comienza muy lentamente; mucho antes de llegar —la senda llevará siempre más adelante a este ser encarnizadamente duro, amargamente claro en su visión— a ser anarquista, a ser revolucionario elemental; se transforma en filántropo y liberal. Un lapso ocasional de residencia en Moscú, en 1881, le pone en contacto por primera vez con el problema social; en su libro ¿Qué debemos hacer? describe en forma que estremece éste su primer encuentro con la miseria en masa de la gran ciudad. Naturalmente, en sus viajes y peregrinaciones había visto ya mil veces con sus claros ojos la pobreza; pero se trataba solamente de la pobreza aislada, individual, en los pueblos y en los campos, no de la miseria concentrada «proletarizada» de las ciudades industriales, la miseria como producto de la época, fatal fruto mecánico de una civilización mecánica: de acuerdo con su posición bíblica, Tolstoi trata de aliviar la miseria con regalos y ofrendas, con la organización de la beneficencia; mas comprende muy pronto la inutilidad de toda acción individual y que «solamente el dinero no puede bastar para transformar la trágica existencia de esta gente». Un cambio real puede lograrse únicamente con invertir por completo todo el sistema actual de la sociedad. Y así escribe en la pared de la época las ardientes palabras de admonición:

«Entre nosotros, los ricos y los pobres, se levanta un muro de falsa educación, y antes de poder ayudar a los pobres, debemos derribar este muro. Necesariamente, llegué a la conclusión de que nuestra riqueza es la verdadera causa de la miseria de los pobres».

Hay algo equivocado y falaz en el orden social presente; esto se le tornó dolorosamente claro en lo más hondo del alma y, desde este momento, Tolstoi tiene una sola meta: instruir, prevenir, educar a los hombres, para que se esfuercen en reparar voluntariamente la monstruosa injusticia que nace de la separación de los seres humanos en clases arbitrariamente diversas.

Voluntariamente y por una convicción puramente moral —aquí tiene sus comienzos el «tolstoianismo»—, porque Tolstoi no tiende a una revolución violenta, sino a una moral, que debe realizar esa nivelación lo más pronto que sea posible y ahorrar con ello a la humanidad la otra rebelión, la sangrienta. Una revolución desde la conciencia, una revolución por la renuncia voluntaria del rico a su riqueza, del ocioso a su ocio, y la pronta renovación de una división del trabajo en el sentido natural que Dios fija, para que nadie pueda tener una excesiva participación en el trabajo ajeno, y todos solamente iguales necesidades; desde ese instante, el lujo es para él apenas una flor venenosa en el pantano de la riqueza, y debe eliminarse en razón de la igualdad entre los seres humanos. Por esta convicción, Tolstoi inicia su lucha contra la propiedad, cien veces más encarnizado que Carlos Marx y Proudhon.

«La propiedad es hoy en día la raíz de todo el mal. Es la causa del sufrimiento de aquellos que poseen y de aquellos que no poseen. Y es inevitable el choque entre aquellos que tienen por demás y aquellos que viven en la miseria».

Todo el mal comienza con la propiedad, y mientras el Estado reconozca todavía el principio de la propiedad, obra, en el sentir de Tolstoi, en forma tan anticristiana como antisocial y se torna cómplice y aun principal culpable, por cuanto, para Tolstoi, la propiedad representa una culpa frente a otros.

«Estados y gobiernos están intrigando y van a la guerra por la propiedad, ora en las orillas del Rin, en las tierras africanas, ora en la China y los Balcanes; los banqueros, los comerciantes, los industriales y los terratenientes trabajan, proyectan y se atormentan y atormentan a los demás en holocausto de la propiedad. Nuestros tribunales, nuestra policía, defienden la propiedad. Nuestras colonias penales y nuestras cárceles, todos los horrores de lo que llamamos represión del delito, existen solamente para la protección de la propiedad».

En el concepto de Tolstoi, no hay más que un encubridor único y poderoso, que apaña toda la injusticia del presente orden social, y este delincuente es el Estado. Ha sido inventado exclusivamente, en su opinión, para proteger la propiedad; sólo para este fin supo erigir su complicado sistema de fuerza, con leyes, jueces, prisiones, abogados, policías, ejércitos. Pero Tolstoi considera como la culpa más tremenda y anticristiana del Estado el alistamiento militar general y obligatorio, apenas inventado en nuestro siglo. Ninguna otra cosa le parece mayor desafío del hombre «cristiano» a los dogmas de Cristo, a los mandamientos evangélicos, que el hecho de que se adapte a la orden del Estado, acepte que le pongan un instrumento en las manos para matar a un hombre completamente desconocido, por amor de una palabra ocasional —patria, libertad, Estado—, de una palabra que, como Tolstoi sigue insistiendo siempre, sólo oculta el deliberado deseo de proteger la propiedad que no le pertenece, elevando así violentamente la idea de posesión a la de un derecho más elevado y moral. Tolstoi escribió cientos y cientos de páginas para explicar la contradicción que hay en eso de que, en el estado actual de la así llamada civilización, en la cual él sólo ve un pretexto de íntima inmoralidad se obligue a los hombres a matarse mutuamente por orden estatal —contra los mandamientos de Dios y contra el íntimo mandamiento moral—, porque con ello «un hombre es colocado contra su propia voluntad en una situación que repugna a su conciencia».

De esta manera, Tolstoi —del estudioso del Evangelio ha nacido finalmente el ácrata radical— llega a la conclusión de que es deber de todo hombre que piensa moralmente, oponerse al Estado cuando le exige algo «anticristiano», el servicio militar, pues, y precisamente oponerse no con la violencia, sino con la resistencia pasiva; y llega además a la otra conclusión: que debe negarse voluntariamente a toda actividad que se funde en la utilización y explotación del trabajo ajeno. El honesto no debe pensar ni obrar patrióticamente, sino humanamente; sin cesar insiste Tolstoi en el más sagrado derecho del individuo para rechazar cosas por su íntima convicción aunque sean permitidas o aun ordenadas por la ley, para resistirse a todas las disposiciones del Estado que no reconozca como morales. Por eso aconseja al «cristiano» rehuir en todo lo posible cualquier organización e institución, no prestar servicio judicial, no aceptar ningún cargo de funcionario público, para mantener pura su alma. Constantemente incita al individuo a no dejarse intimidar por el principio antimoral y falso de la fuerza, aunque se llame fuerza del Estado, porque el Estado, en su forma actual, no es en sí más que el defensor, el abogado, el alguacil de una injusticia latente; y aún los crímenes de los anarquistas, cometidos individualmente, no le parecen tan moralmente perjudiciales como las instituciones aparentemente bien ordenadas y pretendidamente humanas de ese supremo enemigo.

«Ladrones, asaltantes, asesinos y estafadores son un ejemplo de lo que no se debe hacer y ellos despiertan en el ser humano el miedo ante el mal. Pero los hombres que efectúan actos de robo, asalto, asesinato y deshonestidad y se escudan en justificaciones religiosas, científicas, liberales, que lo hacen como terratenientes, comerciantes, industriales, invitan a los demás a imitar sus acciones y no hacen daño sólo a los que sufren directamente por esos actos, sino a miles y millones de seres humanos que ellos pervierten, al destruir en esos seres la diferencia entre el bien y el mal… Una sola sentencia capital, ejecutada por hombres que no se hallan bajo la influencia de la pasión, por hombres cultos y en buena situación, con el consentimiento y la participación de pastores de almas, desmoraliza, pervierte y bestializa a los seres humanos más que cientos y miles de asesinatos cometidos por hombres incultos de trabajo, casi siempre en los excesos de la pasión… Toda guerra, hasta la más breve, con todas las pérdidas que acompañan a la guerra, los robos, los desmanes tolerados, las depredaciones, las matanzas, con la supuesta justificación de su necesidad y justicia, con la alabanza y la magnificación de las hazañas bélicas y la simulación del cuidado por los heridos, pervierte moralmente en un año a los hombres más que los millones de robos, incendios y asesinatos que se cometen en el curso de cientos de años individualmente, bajo el influjo de la pasión».

El Estado, pues, la actual organización de la sociedad, es el responsable principal, el verdadero Anticristo, la personificación del mal, y Tolstoi lanza contra él su más enconado Ecrasez l’infâme[1]. Ahora bien, cuando el Estado como campeón de la humana vida en común es sin más el «mal», la más sensible forma del Anticristo sobre la tierra, según Tolstoi, el deber más natural y lógico del «hombre cristiano» es el de huir tanto de las imposiciones como de las seducciones de este diabólico fantasma. Rusia debe ser para el cristiano libre tan indiferente como Francia o Inglaterra; no se debe pensar en naciones sino solamente desde el punto de vista estrictamente humano. Y así como Tolstoi se aparta de la Iglesia ortodoxa, se retira también espiritualmente de la sociedad estatal, cuando declara:

«No puedo reconocer a Estados o Naciones, ni tomar parte en conflictos entre ellos, ni intervenir con escritos, ni servir a uno de ellos. No puedo tomar parte en ninguna de las cosas que se fundan en la distinción entre Estados, como aduanas, receptorías de rentas, fábricas de explosivos y armas o cualquier preparación para la guerra».

El «hombre cristiano» no debe tratar de obtener beneficios o ventajas de instituciones estatales; no debe intentar enriquecerse bajo la protección del Estado o hacer carrera gracias a su protección. No debe invocar tribunales, utilizar productos de la industria, emplear en su vida alguna cosa que proviene del trabajo ajeno. No debe poseer bienes, debe evitar tomar dinero en sus manos, no puede usar trenes ni vehículos, ni tomar parte en elecciones o investir cargos públicos. No debe prestar juramento alguno de fidelidad ni al zar ni a otra entidad análoga cualquiera, porque debe su obediencia exclusivamente a Dios y a su palabra, como lo dicen claramente los Evangelios, y no debe admitir ningún otro juez fuera de su conciencia.

El «hombre cristiano», según piensa Tolstoi —en realidad se podría escribir siempre en ese caso «el anarquista puro»—, debe negar el Estado y vivir moralmente fuera de esta institución inmoral; solamente esta actitud o conducta meramente pasiva, puramente negativa, apática, que acepta voluntariamente todos los sufrimientos, lo distingue básicamente del revolucionario político, que odia la organización estatal en lugar de ignorarla.

Es necesario advertir el antagonismo de principios entre Tolstoi y Lenin: con la misma severidad y decisión con que combate la organización social presente, el tolstoianismo condena también toda rebelión violenta contra la organización social, porque la revolución tiene que emplear el mal —la violencia, la fuerza— contra el mal. No se debe ni se puede combatir al demonio con Belcebú. De acuerdo con el principio íntimo y supremo de «No oponerse al mal con la fuerza», la doctrina de Tolstoi establece la resistencia pasiva e individual como la única forma permitida de lucha frente a la resistencia activa, revolucionaria. El «hombre cristiano» debe padecer y aceptar toda injusticia que le impone el Estado, sin por ello reconocerla nunca. Jamás puede emplear la violencia para combatir a la violencia, porque con su acción agresiva reconocería como válido el principio del mal y de la fuerza: el revolucionario tolstoiano nunca golpea, se deja golpear, no aspira a ninguna situación exterior de poder, pero no se deja eliminar de su íntima posición de no violencia por violencia alguna. Tiene el «poder», la facultad, no de conquistar el «Estado», sino de dejarlo a un lado como algo indiferente, insignificante, al que no pertenece moralmente y del cual nadie puede obligarle contra su conciencia a ser «súbdito».

Tolstoi, pues, traza muy claramente la línea divisoria entre su rebelión religiosa contra toda autoridad y la lucha de clases, profesional y activa.

«Cuando nos encontramos los revolucionarios, a menudo nos engañamos creyendo que tenemos puntos de contacto. Ambos gritamos: Ni Estado, ni propiedad, ni injusticia, y muchas otras ideas más. Pero hay una gran diferencia: para el cristiano no existe Estado; aquéllos, en cambio, quieren aniquilar al Estado. Para el cristiano no existe la propiedad; aquéllos quieren eliminarla. Para el cristiano todos somos iguales; aquéllos quieren destruir la desigualdad. Los revolucionarios luchan contra los gobiernos desde afuera, el cristianismo, en cambio, no lucha en absoluto, destruye los fundamentos del Estado desde dentro».

Si millares y cada vez más millares, cada uno individualmente y por convicción, no se dejan someter y prefieren dejarse exilar a Siberia, flagelar con el «knut» y echar en una cárcel, consiguen más —según Tolstoi— con su heroica pasividad que los revolucionarios con su violencia solidaria. Por esta razón, la rebelión religiosa, mediante el exacto cumplimiento de la no resistencia, se torna a la larga más peligrosa y desbaratadora para el Estado que la sedición y las conspiraciones. Para cambiar la organización del mundo, hay que transformar antes a los hombres.

Lo que Tolstoi sueña, pues, es la revolución desde adentro, no la de las armas, sino la de las conciencias inconmovibles y preparadas a cualquier sufrimiento: una revolución de las almas y no de los puños.

Esta «doctrina antiestatal» de Tolstoi —se remonta uno con el pensamiento al tratado de Lutero sobre la Libertad del hombre cristiano es en sí misma de una poderosa fuerza impulsiva. La quiebra dentro de este sistema comienza sólo cuando Tolstoi trata de invertir su postulado de autodeterminación transformándola en una doctrina positiva del Estado.

Después de todo, el hombre no vive en el vacío y más allá de su siglo; donde se acumulan en capas o clases millones de seres humanos, y profesiones, oficios y cualidades se cruzan en las relaciones cotidianas, debe encontrarse —aun eliminando al delincuente que sería el Estado— una forma de regulación en el orden existencial y con ello oponerse lo «justo» a lo que hasta ahora fue y es «injusto», el bien al mal. Y por milésima vez en la historia de la humanidad, se demuestra que en lo sociológico es mucho más difícil la construcción que la crítica. Desde el instante en que Tolstoi pasa del diagnóstico a la terapia, en que proyecta una futura comunidad humana mejor, en lugar de negar y condenar la organización social presente, sus conceptos se tornan completamente nebulosos, sus ideas, confusas. Porque en lugar de un orden estatal fijo, estable, regulado, con autoridades y leyes y órganos ejecutivos, Tolstoi recomienda —es asombroso oír esto en labios de un conocedor de hombres, que como nadie supo investigar todos los abismos del alma terrena como recurso de cohesión para todos los encontrados intereses—, muy simplemente, «el» amor, «la» fraternidad, «la» fe, «la vida en Cristo». El enorme abismo, cavado entre las clases poseedoras, culturalmente mimadas, y las carentes de bienes, puede salvarse, según Tolstoi, solamente si las clases ricas renuncian voluntariamente a sus privilegios y no siguen planteando a la vida exigencias tan grandes como hasta hoy. Los ricos deben ceder su riqueza, el intelectual perder su ambición, el artista mirar en sus obras exclusivamente a la comprensión de parte de las grandes masas, cada uno vivir solamente de su propio trabajo, sin recibir por el mismo nada más que lo necesario para esta forma primitiva de existencia.

La nivelación social —esta idea nuclear de Tolstoi— no debe realizarse desde abajo, como quieren los revolucionarios, quitando por la fuerza la propiedad a quienes la posean, sino de arriba abajo, por una concesión espontánea de los que poseen.

Tolstoi comprende perfectamente que con este descenso a una vida rústica y primitiva se perderán muchos valores de nuestra civilización; trató, por lo tanto, en su obra, sobre el arte de aliviar para nosotros esa renuncia, esa pérdida, desvalorizando la labor literaria y musical de nuestros más grandes artistas, incluyendo aún a Shakespeare y Beethoven, porque no resultan lo bastante comprensibles para el pueblo. Nada le parece más importante que destruir el terrible contraste entre ricos y pobres que hoy envenena al mundo. Porque apenas se reconstituya la unidad entre los hombres mediante necesidades iguales o, más bien, mediante igual carencia de necesidades, a su entender, los malos instintos de la envidia y del odio no pueden encontrar ya su blanco. Será superfluo crear autoridades especiales y emplear la fuerza para combatirlos. El verdadero reino de Dios sobre la tierra comenzará apenas se eliminen todas las subordinaciones hacia arriba y hacia abajo, y apenas los hombres hayan aprendido otra vez a formar una sola comunidad fraternal.

Tan seductoras fueron estas teorías en un país de extremos contrastes sociales y tan poderosa era la autoridad de Tolstoi en su época, que despertaron en muchos hombres el deseo de dar realidad concreta a esta nueva doctrina tolstoiana de la sociedad. En algunos lugares hubo gente que quiso poner a prueba la doctrina en la práctica y se fundaron colonias sobre el principio de la no-propiedad y de la eliminación de la fuerza. Pero fatalmente, estos intentos concluyeron en la desilusión y ni siquiera en su propia casa, en su propia familia, pudo imponer Tolstoi los postulados básicos del tolstoianismo.

Durante años se esforzó para hacer concordar su vida privada en forma armónica con sus teorías: renunció a la caza, que le agradaba, para no matar animales; evitó en lo posible utilizar el ferrocarril; destinó el producto de sus obras a su familia o a fines de beneficencia; rechazó toda alimentación con carnes, porque presupone la muerte violenta de seres vivos. Aró él mismo los campos, vistió toscas ropas de campesino y con sus propias manos aplicó nuevas suelas a sus zapatos.

Pero no pudo vencer la oposición de la realidad contra sus ideas, y —ésta fue la más honda tragedia de su vida— donde menos lo consiguió fue justamente entre los seres humanos que estaban más cerca de él, sus familiares. Su mujer se alejó de él, sus hijos no comprendieron por qué ellos justamente, por las doctrinas de su padre, debían ser educados como mozas de establo e hijos de campesinos, sus secretarios y traductores se pelearon como cocheros borrachos por la «propiedad» de las obras de Tolstoi; ni uno solo alrededor de él consideró la vida de este magnífico pagano como algo verdaderamente cristiano y, al final, el contraste entre su convicción y la mala voluntad de su ambiente se tornó tan doloroso para él, que huyó de su casa y murió en una pequeña estación de ferrocarril, en un lecho ajeno, solitario y desengañado en sus más santas intenciones.

Precisamente por la inflexibilidad de su convencimiento, por la falta de concesiones a sus ideas, su tentativa debió fracasar, esa tentativa de cambiar de golpe la organización del mundo, como siempre ocurre al pensamiento ideal en el mundo terrenal.

Con todo, sería repetición intranscendente establecer con arrogancia que el sistema conceptual religioso y social de Tolstoi era irrealizable en nuestro mundo real en conjunto, como la utopía política de Platón o el orden social de Juan Jacobo Rousseau. Y también sería ridículamente fácil descubrir que sus escritos teóricos solamente en contados pasajes aislados irradian el esplendor y la fuerza de persuasión de sus obras literarias; bastaría cotejar uno o dos de sus cuentos populares, donde desarrolla las mismas ideas, con el grito caldeado de sus escritos doctrinarios, para advertir la diferencia. En las narraciones populares, las más bellas de las cuales podrían estar al lado de las leyendas bíblicas de Job y de Ruth, es sobrio, estricto, «magnífico», ocurrente, mientras en su filosofía cae fácilmente en la vaguedad y el énfasis y, además, a menudo causa pena por su pretensión dictatorial, como si él, León Tolstoi, en 1880 años, hubiera sido el primero en leer «correctamente» el Evangelio y nadie más antes que él hubiese meditado críticamente los problemas de la comunidad humana.

A menudo nos sentimos llevados a dar razón a la invocación de Turgueniev, que quiso arrancar a Tolstoi de los vagos tratados ¿Qué debemos hacer? y El reino de Dios está en nosotros, y de la inútil exégesis de la Biblia, para devolverlo al reino de la creación literaria, donde él no es meramente uno de tantos pensadores, sino el maestro indiscutido, el más respetable pintor de su pueblo y aun de su siglo.

Pero sería injusto no admitir los poderosos efectos, hasta históricamente universales, que el mundo debe a las teorías existenciales de Tolstoi, y no se exagera en absoluto estableciendo que ninguna obra de pensamiento de sus contemporáneos, sin excluir las de Carlos Marx y Nietzsche, lanzó sacudimientos parecidos para millones de seres humanos, aunque en direcciones completamente distintas. Como del corazón del paraíso las corrientes fluyeron en línea precisamente opuesta, las ideas de Tolstoi fecundaron justamente las más opuestas reacciones espirituales del siglo XX. Probablemente, nada le hubiera resultado tan ajeno como el bolchevismo sistemático, que plantea como primer postulado la destrucción del adversario —mientras que él exigía la igualdad por el amor—, que otorgó al Estado —el Belcebú de Tolstoi— una autoridad nunca soñada sobre el individuo, y con su concentración de toda la fuerza, su ateísmo, su colectivización e industrialización, su voluntad de elevar a las masas fuera de su insensibilidad, justamente lo contrario del tolstoiano ¡Así debéis vivir! A pesar de todo, nadie allanó más el camino entre los revolucionarios rusos del siglo XIX a Lenin y Trotzki que este conde antirrevolucionario, que fue el primero en ponerse frente al zar y, perseguido por el anatema del Santo Sínodo, abandonó la Iglesia; que a golpes de hacha hizo pedazos toda autoridad constituida y colocó la igualdad social como condición previa de una nueva y mejor organización del mundo; prohibidas por la censura, sus obras, copiadas, llegaron a manos de cientos de miles de ciudadanos y convirtieron el postulado de la abolición de la propiedad en concepto universal ya en una época en que los más rencorosos revolucionarios sociales se conformaban modestamente con reformas y mejoras liberales.

Ningún libro, ningún hombre, contribuyó tanto a «radicalizar» a Rusia como el radicalismo ideológico de Tolstoi, nadie supo como él incitar a sus compatriotas a no retroceder ante la osadía, la temeridad.

A pesar de toda íntima oposición, le correspondería un monumento en la Plaza Roja. Porque así como Rousseau fue el vocero de la Revolución francesa, Tolstoi —probablemente contra su voluntad, como aquél otro individualista sumo— fue el prodromos, el verdadero apóstol, de la Revolución rusa y aun de la mundial.

Pero, de curiosa manera, su doctrina influyó contemporáneamente en millones de otros seres humanos en un sentido totalmente opuesto. Mientras los rusos toman lo radical de la teoría tolstoiana, en otro rincón del mundo, en la India, Gandhi, no cristiano, extrae el apostolado del cristianismo primitivo, la teoría de la resistencia pasiva, y organiza por primera vez la técnica de esa resistencia con sus trescientos millones de seres humanos. En esta lucha emplea también todas las demás armas incruentas de Tolstoi, las únicas que éste recomendó como aceptables: el abandono de la industria, el trabajo casero, la conquista de la libertad moral y política con la extremada limitación de las necesidades materiales. Cientos de millones, pues —unos en la revolución activa de Rusia, otros en la pasiva de la India—, hicieron propias las ideas de este revolucionario de la reacción o reaccionario de la revolución y las convirtieron en realidad, aunque en un sentido que su creador hubiera rechazado o renegado.

Pero las ideas no tienen ninguna dirección en sí mismas. Sólo cuando las aferra la época, el tiempo, son arrastradas lejos, como las velas por el viento. En sí mismas, las ideas son simplemente fuerzas motoras que producen movimiento, sin saber en qué dirección lleva este movimiento, esta excitación. Es indiferente cuánto de ellas sea discutible; como, sin duda alguna, las ideas de Tolstoi maduraron la historia de la época y del mundo en las dimensiones más vastas, sus escritos teóricos, con todas sus contradicciones, pertenecen para siempre al patrimonio espiritual y social de nuestros días y pueden dar hoy todavía mucho de sí al individuo. Aquel que lucha por el pacifismo y por el pacífico entendimiento entre los hombres, difícilmente encontrará otro arsenal tan rico y sistemático de armas contra la guerra. Aquel que se rebela íntimamente contra el endiosamiento hoy en boga del Estado como la dirección supuestamente única y valedera de nuestro pensar y obrar y se niega a prestar a esta idolatría el total sacrificio de sí, se sentirá robustecido por este fuoruscito[2] de todas las patrioterías. Cualquier estadista, cualquier sociólogo, descubrirá en la crítica fundamental de Tolstoi sobre nuestra época nociones proféticamente anticipadas; cualquier artista se sentirá estimulado por la acción ejemplar de ese vigoroso escritor que atormentó su alma para pensar para todos y por todos y luchar con la fuerza de su verbo contra la injusticia en la tierra. Es siempre un deleite el poder sentir a un artista sobresaliente como ejemplo moral también, como un ser que, en lugar de dominar gracias a su propia gloria, se convierte en servidor de la humanidad y, en su lucha por el verdadero «eros», se somete únicamente a una sola de todas las autoridades del mundo terrenal: a su propia e incorruptible conciencia.

1937



[1] Brutal frase de Voltaire (Aplastad a la infame, dirigida contra la Iglesia), con la cual firmó a menudo notas polémicas y cartas, aun abreviándola así: «Ecrlinf».

[2] En italiano en el original, por «desterrado voluntario».

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