cerrar [x]

Sobrevivir a una dosis de The Cure

Concierto maratónico. 38 canciones de más de tres décadas. Un poco más de tres horas. Pelea a puño limpio en campo. Y seres fríos en los diferentes sectores, que sólo querían escuchar Boys don’t cry.

The Cure en Asunción, durante la noche del martes 9 de abril de 2013. Fotografía: blogdeonda.com.

The Cure en Asunción, durante la noche del martes 9 de abril de 2013. Fotografía: blogdeonda.com.

Tras los conciertos en Brasil y la conferencia de prensa en Asunción, supimos que nos aguardaba un concierto maratónico, inaudito en el Paraguay de los últimos tiempos de rock internacional en vivo. Nos preparamos y llegamos a la hora de los teloneros, pero sólo pudimos ver a Deliverans, la banda formada en la década de los 80 con canciones de The Cure. Neine Heisecke repitió con fuerza que Robert Smith y los suyos estarían en vivo esa noche, como si aún, a esas horas y en ese lugar, fuera algo inverosímil.

Lo increíble para los fanáticos que realizan tributos musicales a The Cure desde hace décadas, se convirtió en realidad pasados unos minutos de las 21:30 horas, prometidas como inicio del concierto, cuando Robert Smith, Simon Gallup (bajo), Jason Cooper (batería), Roger O’Donnell (teclado) y Reeves Gabrels (guitarra) salieron al escenario vestidos de negro para el delirio general expresado con gritos desaforados y aplausos cerrados.

Open y High, al igual que en el álbum Wish, sonaron una tras otra, a la par de que el público reconocía de a poco las melodías. The end of the world, con un sonido distinto al de la grabación del disco homónimo de la banda, fue el preludio de Lovesong, la canción que nos hizo cantar a todos I will always love you…, coreando a Smith, quien sonaba igual a los primeros años de The Cure, mostrándonos que su voz no había sufrido los embates del tiempo.

Del sexto álbum (The head on the door) escuchamos Push e In between days, canciones con ritmos y tonos alegres, bailadas y saltadas mientras se gritaban las letras, sobre todo en el lapso de Entre días. Just like heaven aumentó el entusiasmo del público, que ya se encontraba totalmente metido en el concierto que todavía estaba en sus inicios.

From the edge of the deep geen sea devolvió un poco de calma a la gente, que respiró durante un rato, preparándose para el set de Disintegration que vendría a continuación. Pictures of you nos hizo vivir, con su melancolía poética, los amores rememorados sólo en imágenes; Lullaby nos hipnotizó con su sonido único y las arañas que recorrían la pantalla de fondo; y Fascination street, con el frenético bajo de Simon Gallup superponiéndose en el escenario, nos mantuvo con la cabeza agitada.

Sleep when I’m dead y Play for today dieron paso a la canción que resume —al decir de algunos críticos y de vuestro servidor musical— el sonido de The Cure. A forest, en su versión extendida, especial para las presentaciones en vivo, poseyó el Jockey Club. El humo y las pocas luces verdes dieron la atmósfera sombría necesaria para el trasfondo musical de la persecución.

Bananafishbones sonó casi desapercibida por el público. The walk y Mint car, en cambio, lograron que tanteáramos, a la par de Robert Smith, unos pasos y braceos, y que las cantásemos sin el acompañamiento general. Antes de la siguiente canción, Smith se acercó al micrófono y, como estábamos en martes, dijo algo así: Tuesday is grey, presentando por única vez en la noche un tema del repertorio. Y claro, Friday I’m in love sonó y la gente se adueñó de ella, mientras mi pareja y yo lidiábamos en campo con un sujeto de peinado similar al de Robert Smith, que con saltos y codazos se hizo camino para ubicarse a mi derecha, invitándome a devolverle la gentileza de la fuerza para alejarlo algunos metros.

Doing the unstuck también pasó desapercibida por la mayoría, al igual que las melódicas Trust y Want, canciones que disminuyeron la potencia del bajo. The hungry ghost, Wrong number, One hundred years y End cerraron el primer tramo del concierto, con el público escuchando, aplaudiendo y sintiendo en las piernas la suma de las horas de mantenerse en pie.

Unos minutos de descanso sirvieron para que la banda retomara el escenario. Cold, A strange day y The hanging garden, al decir de un amigo, fueron una prolongación de la parte oscura de The Cure de las últimas pistas del primer tramo. Sólo unos pocos conocíamos las canciones y seguíamos atentos el desarrollo musical de la noche.

En ese lapso, mientras la banda inglesa tocaba su selección dark, en el sector izquierdo del frente de campo, dos buscapleitos drogados, que desde hacía un buen rato molestaban a todos, sacaron de quicio a uno de los espectadores, un joven con cuerpo de rugbista neozelandés. La pelea fue a puño limpio, y bastaron tres golpes directo al rostro del personaje más problemático —el otro se había mezclado con la gente, luego de cruzarse a golpes con el amigo del rugbista— para que la situación se calmara, pues el golpeado había caído al suelo con sangre en la cara. Cuando se puso de pie, una chica lo detuvo, ante la mirada del rugbista, que lo desafiaba a que volviera a acercársele, pero la gente no permitió que hubiera un segundo round, ocupando el espacio que se había dejado libre apenas inició la riña, por temor a recibir unos golpes por error.

Así, con The hanging garden y la calma en campo, culminó el segundo tramo del concierto. Los miembros de The Cure fueron al camerino, bebieron agua y conversaron sobre la reacción del público en las últimas canciones. En un momento pensé que se nos durmieron, dijo Robert, un poco preocupado. Lo único que se me ocurrió decir fue Hello. Por suerte, devolvieron el saludo, agregó sonriendo, y unos minutos después regresaron al escenario para el trecho final.

Dressing up precedió a The lovecats, The Caterpillar y Close to me, tres muestras musicales reconocidas por el público, que las cantó, aplaudió, saltó y, al igual que Robert Smith, tanteó unos pasos de baile. Hot hot hot!, Let’s go to bed y Why can’t I be you?, mantuvieron el buen ritmo y el tono alegre retomado en el último encore.

Las primeras notas de Boys don’t cry calmaron, por fin, a esos seres fríos de los diferentes sectores que sólo habían asistido al encuentro para escuchar, vociferar y corear el estribillo de esa canción de los inicios de la banda, sucedidos a finales de la década de los 70. De esos tiempos vendrían las dos últimas pistas… para cerrar un repertorio de 38 canciones que resumieron tres décadas de una discografía invaluable.

10:15 saturday night contó con el apoyo completo de los cerca de 25.000 espectadores, que acompañaron el ritmo del bajo predominante con aplausos sostenidos. Sin pérdida de tiempo, ya transitados las tres horas del concierto, se pasó al homenaje de Smith a la novela El extranjero de Albert Camus, el primer sencillo de la banda y la única canción que faltaba en el repertorio inigualable de la noche otoñal asuncena. Killing an arab, a puro rock, movió y removió la tierra del Jockey Club, a la vez que todos, sudados y excitados, rompíamos la escasa brisa gritando el coro existencial e indiferente del título, y sobrevivíamos impresionados como nunca a una dosis única, esencial y de seguro irrepetible de The Cure, que se nos terminó cuando Robert Smith se despidió, diciendo solamente Thank you very much. Good night! See you again, mientras las palmas se nos deshacían de agradecimiento y los veíamos salir del escenario.

Nota: esta crónica fue publicada originalmente el 13 de abril de 2013 en el periódico digital E’a (www.ea.com.py).

¿Te gustó la nota?
  • NO 
  • MÁS O MENOS 
  • ¡SÍ! 
0

Aún sin comentarios.

¿Qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *