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Sobre el conocimiento

En el libro La gaya ciencia, Nietzsche reflexiona en varios pasajes sobre el conocimiento, en quiénes no están predestinados a él, en su origen, en el conocimiento como algo más que un medio, en el lamento de quienes lo buscan y en la arquitecta apropiada para la reflexión.

Friedrich Nietzsche, retrato de Carmelo Mendiz.

Friedrich Nietzsche, retrato de Carmelo Mendiz.

No predestinado al conocimiento

Hay una forma estúpida y bastante frecuente de humildad, de la que basta que se esté afectado para ser definitivamente inepto para aprehender el conocimiento. En el momento en que un hombre de esta clase percibe algo sorprendente, da media vuelta diciéndose: «Es un error. ¿Dónde tenía puestos mis sentidos? ¡Esto no puede ser verdad!» Y desde ese instante, en lugar de volver a mirar al objeto más de cerca y de escuchar con mayor detenimiento, escapa como intimidado por el objeto insólito y trata de desechar sus pensamientos. Pues persiste en él una ley interior que le hace decir: «No quiero ver nada que esté en contra del sentido común. ¿Estoy hecho yo para descubrir nuevas verdades? Demasiadas antiguas existen ya».

Origen del conocimiento

Durante mucho tiempo el intelecto no ha producido más que errores. Algunos de ellos resultaron útiles y acertados para la conservación de la especie, pues quien los adoptaba o los heredaba podía luchar con más ventaja por sí mismo y sus descendientes. Tales errores, que al igual que tantos artículos de fe no dejaron de transmitirse por herencia, hasta llegar a ser el fondo común de la especie humana, son, por ejemplo, los siguientes: hay cosas duraderas, cosas idénticas; existen efectivamente objetos, materias, cuerpos, las cosas son lo que parecen ser; nuestro querer es libre, lo que es bueno para mí tiene también una bondad intrínseca. Sólo muy tarde aparecieron quienes desmintieron y pusieron en duda semejantes opiniones; sólo muy tarde la verdad se reveló como la forma menos apremiante del conocimiento. Pareció que no se podía vivir con ella y que nuestro organismo estaba constituido para contradecirla, ya que todas sus funciones superiores, las percepciones sensibles y todo tipo de sensación en general actuaban con estos vetustos errores fundamentales desde los orígenes. Aún más, estas proposiciones, incluso en el interior del conocimiento, se habían convertido en normas a partir de las cuales se determinaba qué era lo «verdadero» y lo «no verdadero», incluso hasta en las regiones más alejadas de la lógica pura. De este modo, la fuerza de los conocimientos no reside en su grado de verdad, sino en su antigüedad, en su grado de asimilación, en su carácter de condición vital. Cuando parecían entrar en contradicción la vida y el conocimiento, no se libraba nunca una lucha seria; la negación y la duda se consideraban entonces una locura. Unos pensadores excepcionales como los eleatas, aunque establecieron y defendieron las antinomias de los errores naturales, creyeron que era posible vivir también esta antinomia; así, inventaron al sabio como al hombre de la inmutabilidad, de la impersonalidad, de la universalidad de la intuición, a la vez como uno y todo, y dotado de una particular facultad para ese conocimiento invertido. Creyeron, de esta forma, que su conocimiento era a la vez el principio de la vida. Pero para poder afirmar todo eso, fue preciso que se engañaran sobre su propia condición y que se atribuyeran impersonalidad y duración sin cambio alguno, ignorando la naturaleza del sujeto cognoscente, negando la violencia de los impulsos en el conocimiento, concibiendo de forma absoluta la razón como actividad perfectamente libre y engendradora de ella misma, y cerrando los ojos ante el hecho de que no habían llegado a sus tesis sino contradiciendo lo válido, aspirando al reposo, a la propiedad exclusiva, al dominio. El desarrollo más sutil de la probidad y del escepticismo hizo imposibles a tales hombres; se puso de manifiesto que sus vidas y sus juicios dependían de unos impulsos y unos errores fundamentales que desde los orígenes afectan a toda existencia sensible. Esta probidad y este escepticismo más sutiles se desarrollaron siempre que dos proposiciones contradictorias parecían aplicables a la vida, puesto que ambas eran compatibles con los errores fundamentales, cuando era posible discutir sobre el grado de utilidad mayor o menor parada vida; lo mismo sucedía cuando se formulaban nuevas proposiciones que, sin ser útiles para la vida, tampoco perjudicaban a ésta, como expresión de un instinto de juego intelectual que revelaba el carácter al mismo tiempo inocente y feliz de todo juego. Poco a poco se fue llenando el cerebro humano de convicciones y juicios de este tipo, y esta masa en fermentación engendró la lucha y el ansia de poder. Toda clase de impulsos, y no sólo el sentido de la utilidad y el placer, participaron y tomaron partido en la lucha por la «verdad»; la lucha intelectual se convirtió en ocupación, deleite, profesión, deber, dignidad; el acto de conocer y la aspiración a lo verdadero acabaron siendo una necesidad entre otras. A partir de aquí no sólo la creencia y la convicción, sino también el examen, la negación, la desconfianza y la contradicción constituyeron un poder; todos los «malos» instintos quedaron subordinados al conocimiento y puestos a su servicio, y adquirieron el prestigio de lo lícito, de lo venerado, de lo útil y, por último, el aspecto y la inocencia del Bien. El conocimiento llegó, entonces, a ser parte integrante de la propia vida y, como vida, fue adquiriendo un poder continuamente creciente, hasta que los conocimientos y aquellos antiguos errores fundamentales acabaron chocando entre sí, los unos con los otros, como vida y poder que eran, en el seno del mismo individuo. El pensador es ahora el ser en el que el impulso de aspiración a la verdad se ha revelado a su vez como poder que conserva la vida. En comparación con la gravedad de esta lucha, todo lo demás resulta indiferente. Lo que aquí se plantea es la cuestión última respecto a la condición vital y el primer intento a realizar para responder experimentalmente a esta pregunta: ¿en qué medida la verdad tolera ser asimilada? Ésta es la pregunta, ésta es la experiencia por realizar.

El conocimiento es más que un medio

El progreso de la ciencia se vería favorecido sin esta nueva pasión por el conocimiento. Es más, hasta ahora ha podido desarrollarse y crecer sin dicha pasión. La buena fe en la ciencia, el prejuicio que la favorece y que domina ahora en nuestros Estados (como antes dominó incluso en la Iglesia) se funda básicamente en el hecho de que esta tendencia absoluta e irresistible se ha manifestado muy raras veces en la ciencia y que la ciencia no pasa por ser precisamente una pasión, sino un estado, un ethos.  A menudo basta el amor—placer del conocimiento (la curiosidad), basta el amor—vanidad, el hábito de la actividad científica, con la segunda intención de los honores y de la seguridad material, basta incluso para muchos que no sepan hacer otra cosa con su abundante ocio sino leer, coleccionar, clasificar, observar, y seguir relatando, pues su «impulso científico» es su aburrimiento. El papa León X (en el Breve a Beroaldo) cantó las alabanzas de la ciencia, calificándola como el más bello adorno, el mayor motivo de orgullo de nuestra vida, de noble ocupación en la felicidad y en la desgracia; «sin ella —dice finalmente— ninguna empresa humana tendría un punto sólido de apoyo, y aún con ella tales empresas quedan confiadas a una suerte demasiado cambiante e insegura». Pero este Papa suficientemente escéptico sabe silenciar, como los demás eclesiásticos que han alabado la ciencia, su forma sincera de juzgarla. Cabe entrever en sus palabras que sitúa a la ciencia por encima del arte, lo que es bastante singular en un amigo de las musas como él; a fin de cuentas, sólo por pura cortesía, no habla de lo que a su vez coloca por encima de toda ciencia: la «verdad revelada» y la «salvación eterna del alma»; a su lado, ¿qué son el adorno, el orgullo, el entretenimiento, la seguridad de la vida? La ciencia no es más que algo secundario, no es ni lo último ni lo absoluto, no es nada que sea digno de la pasión. Este juicio quedó oculto en el alma de León, ¡pero es el juicio que, a fin de cuentas, le merece la ciencia al cristianismo! En la Antigüedad, la dignidad y la consideración de la ciencia se hallaban disminuidas hasta el punto de que sus más celosos discípulos daban prioridad a la aspiración a la virtud y de que se creía que tributaban el mayor elogio al conocimiento cuando lo encomiaban como el mejor medio de la virtud. Pues bien, lo históricamente nuevo es que el conocimiento pretenda ser algo más que un medio.

El lamento del que busca el conocimiento

«¡Ay, maldita ambición! En esta alma no existe el modo alguno la renuncia al yo, sino que mora un yo que ansía todas las cosas, que quisiera tomar con sus propias manos y ver tanto a través de muchos individuos como de sus propios ojos; un yo que recuperase también todo el pasado, que no quisiera perder nada de lo que pudiese pertenecerle. ¡Ay, llama maldita de mi ambición! ¡Si ludiera renacer en cien seres!» Quien no conozca por experiencia este lamento, no conoce tampoco la pasión del que busca el conocimiento.

Arquitectura para los que buscan el conocimiento

Sería necesario entender un día —y probablemente ese día esté cerca— qué es lo que falta en nuestras ciudades; lugares silenciosos, espaciosos y amplios, dedicados a la meditación, provistos de altas y largas galerías para evitar la intemperie o el sol demasiado ardiente, donde no penetre rumor alguno de coches ni de gritos y donde, por una sutil urbanidad, se prohíba incluso que el sacerdote rece en voz alta; en definitiva, faltan edificios y jardines que expresen en conjunto el carácter sublime de la reflexión y de la vida meditada. Ya ha pasado el tiempo en el que la Iglesia poseía el monopolio de la meditación, en el que la vida contemplativa era siempre vida religiosa; todo lo que la Iglesia ha construido dentro de este género expresa este pensamiento. No sabría decir cómo podrían satisfacernos esos edificios aunque se los despojase de su destino eclesiástico, pues hablan un lenguaje demasiado patético y sobrecogedor en tanto casas de Dios y lugares suntuosos de un comercio con el más allá. Nosotros, los sin Dios, no podemos tener en ellos nuestros propios pensamientos. Nuestro deseo sería vernos nosotros mismos traducidos en la piedra y en las plantas, paseamos por el interior de nosotros mismos, de un lado hacia el otro por esas galerías y esos jardines.

Nota: los textos compilados son los números 25, 110, 123, 249 y 280 del libro La gaya ciencia, publicado en 1882.

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