cerrar [x]

Roa Bastos en la suprema soledad

Esta crónica sobre la última noche del velorio del único premio Cervantes paraguayo, escrita por Rubén Velázquez y Zunny Echagüe tras amanecer al lado del ataúd de don Augusto Roa Bastos en el Centro Cultural de la República, fue publicada en el diario Crónica al día siguiente de su cremación, realizada el 29 de abril de 2005.

El salón del Cabildo pareció demasiado grande para el pequeño ataúd de don Augusto. Su cuerpo reposaba triste y solo, mientras afuera las coronas se recostaban como hombres sin alma. Solo los mozos, 4 guardias y el equipo de Crónica lo acompañaron en la fría y larga madrugada. Fotografía: cortesía del diario Crónica.

El salón del Cabildo pareció demasiado grande para el pequeño ataúd de don Augusto. Su cuerpo reposaba solo y triste, mientras afuera las coronas se recostaban como hombres sin alma. Solo los mozos, 4 guardias y el equipo de Crónica lo acompañaron en la fría y larga madrugada. Fotografía: cortesía del diario Crónica.

Son las 12 de la noche del jueves 28 de abril de 2005. Las paredes desnudas del salón del ex Cabildo nunca estuvieron más solas. El pequeño ataúd, la bandera tricolor que cubre los pies del poeta, las manos a los costados, la cruz de bronce, el vaso con agua debajo del féretro, cuatro coronas de familiares… Y las sillas vacías, como símbolos de abandono absoluto. La última nota del escritor paraguayo más laureado en el mundo es de una soledad infinita.

El viento frío abraza el sonido de las campanadas que provienen de la Catedral… Otra hora más y nadie asoma los pasos hacia la vieja estructura colonial. De repente, una voz perturba el silencio y pregunta: «¿Y el café, no hay café en este velorio?»

Los recepcionistas del Centro Cultural apuran movimientos y mandan hervir agua… Después el café está listo y controla el sueño que se hace pesado con el tic tac del reloj que se oye como un eco.

Afuera, dos soldados del batallón Akä Karaja, con sus trajes rojos y sus cascos de «colas de mono» impecables, montan guardia en la entrada.

Un vehículo estaciona frente al Cabildo que viste una larga tela negra en señal de luto. Susurran voces, y los ojos de los vigilantes miran perplejos a las tres personas que ingresan hasta el salón tan grande, tan vacío…

Afuera, la luna llena alumbra los ramos y las coronas que ahogan la garganta de estornudos. Y él, don Augusto, yace humilde, con su eterno y gastado traje oscuro, con su corbata roja de motas negras, con su rostro pálido manchado por un gris violeta, sus pies descalzos… El ataúd que lo cobija coincide con su humanismo y su grandeza: lejos del lujo, el premio Cervantes prefirió lo sencillo, siempre.

Entre las dos y las cinco de la mañana, 8 personas visitaron a don Augusto en su última despedida. «El jueves, como no había nadie, cerramos las puertas a las dos de la mañana y nos fuimos», cuenta uno de los encargados del Centro Cultural de la República.

Entre el miércoles y el viernes, 10 mil personas se despidieron en horas del día del laureado intelectual, en su mayoría estudiantes de distintos colegios.

Los políticos, los empresarios y la gente adicta a las páginas sociales de los diarios, solo aparecieron cuando las cámaras de TV y los flashes de fotógrafos estuvieron encendidos.

Son las 4 de la mañana cuando un hombre solitario se acerca al cajón, mira a don Augusto y llora. Nunca lo conoció personalmente, pero verlo en su inmensa soledad le conmovió el alma. Otros anónimos, como sus personajes de Yo el supremo, hacen lo mismo. El reloj marca las 5 de la mañana. Clarea sobre el viejo Cabildo y los guardias bostezan su relevo, tiritando de frío.

Y don Augusto sigue ahí, solo, como el viejo Macario deׂ Hijo de hombre, cuya vida solitaria lo condenó a ser un absoluto extraño en su propia tierra.

15 horas para despedir a su amigo

Llegó en un taxi a las 2 de la mañana. Bajó casi corriendo para encontrarse con una sorpresa dolorosa. Admite: Ver a don Augusto, solo como Penélope en el andén, esperando que llegue su último tren. Hans Kurz —exrepresentante de las Naciones Unidas en Paraguay— con el rostro crispado, lloró parado al lado del ataúd de su amigo.

«Lo conocí cuando regresó del exilio después de la caída del dictador Stroessner. Fuimos amigos muy especiales con Augusto. Fue una persona enorme que quise muchísimo», cuenta y se disculpa porque su voz se quiebra y las lágrimas se derraman sin poder contenerlas.

Don Hans voló 15 horas, de Costa Rica a Asunción, para despedirse del maestro. Roa incluyó en la Constitución los derechos de los indígenas, agrega Kurz. Y recuerda la anécdota: «Un día estaba con él asesorando sobre derechos humanos a militares y policías en el Comando en Jefe. Él estaba en el escenario. Irónico, les dijo a los uniformados: “Es la primera vez en mi vida que yo estoy arriba y ustedes abajo”.»

De coronas y una guerra muy desigual

Las coronas de los tres poderes y de la Municipalidad ocuparon los espacios de las flores enviadas por los amigos de don Augusto. Éstas pasaron a tercer plano.

Se contaron 40 coronas hasta las 5:30 de la mañana de ayer. Ni una más, ni una menos. Pero todas disputándose el sitio privilegiado en donde puedan verlas todos.

En este lugar ubicaron la que rezaba: «Dr. Nicanor Duarte Frutos, presidente de la República del Paraguay, y Sra.», en el lado derecho de la entrada misma al Cabildo.

A su lado, otra más pequeña decía:ׂ«Oscar Salomón, presidente de la Cámara de Diputados». Y una tercera: «Enrique Riera Escudero, intendente de la Municipalidad de Asunción».

Pero, según testigos, en ese mismo lugar estuvieron —desde el primer día— otras tres coronas, menos pomposas, más nativas: la de «José Luís Chilavert y Familia» y otra: «Al Maestro, asesor y amigo: El Lector», y la de Abc Color.

Según las fuentes de Crónica, la propia Margarita Moselli, directora del Centro Cultural de la República, ordenó que las ׂcoronas «políticas» ocupen el espacio de destaque, mientras que las tres primeras fueron a parar lejos, cerca de la zanja que lleva a la Chacarita.

El exportero Chilavert fue quien pagó la cirugía de by pass que se le hizo a Roa Bastos en la Clínica Favaloro de Buenos Aires. De ahí el gran cariño que el intelectual y el arquero se profesaban. Pero en la despedida al gran escritor no importaron amistades ni honores: la apariencia oficial pudo más. Y las coronas jugaron su interna, una vez más, como un símbolo del absurdo, a un costado del solitario ataúd de quien fuera el más laureado escritor paraguayo, en toda su historia.

¿Te gustó la nota?
  • ¡SÍ! 
  • MÁS O MENOS 
  • NO 
4
3 Comentarios
  • Paola cacace
    abril 29, 2017

    Excelente!!!

  • Dora Angelica Segovia
    abril 28, 2017

    Magnífico texto! Roa representa lo mejor del pueblo paraguayo, honrado, ético y de una humildad ejemplar.

  • Sandra Ronco
    abril 28, 2017

    Exquisito relato de una muerte. Repienso los valores que llegamos a nuestra sociedad. Un hombre que merecía un homenaje.
    Original relato para recordarlo y releer o leer su obra.

¿Qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *