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Reivindicar a los postergados

La tarde del viernes 30 de julio de 2021, el prolífico escritor nicaragüense Sergio Ramírez, premio Cervantes 2017, se reunió virtualmente con Libroclub Y, nuestro club de lectura, para charlar sobre Todos los cuentos (2018), la antología que compilaba los ochos libros de cuentos que había publicado hasta entonces. Para revivir el encuentro, compartimos la transcripción editada de la charla.

 

PRESENTADOR: En la distancia, Sergio, eres un maestro para nosotros. Nos dijimos en el grupo, mientras te leíamos, que en las entrevistas siempre te tratan como la figura del político serio, el que formó parte de la revolución…

SERGIO: Desgraciadamente, sí.

PRESENTADOR: Sin embargo, en tu obra la presencia de la ironía es una constante. Entonces tratemos de reírnos en el Día Internacional de la Amistad y de disfrutar de la ironía…

SERGIO:  Muy buena idea, muy buena iniciativa.

UN LECTOR: Sergio, lo primero que me gustaría decirte es que leímos 825 páginas, ocho libros en una edición que llaman «de bolsillo». ¿Consideras que esta antología, esta compilación, podría ser como el libro que mejor te represente? Porque refleja al narrador incipiente que eras en la adolescencia hasta el escritor consagrado que publica un cuento sobre Judas en el año 2012.

SERGIO: Pienso que tienes razón, en el sentido de que, viéndolo bien, este conjunto de cuentos reunidos ⸺falta un libro inédito de cuentos que todavía no está ahí⸺ representa en muchos sentidos mi vida de escritor porque cuando yo empecé a escribir de adolescente, a comienzos de la década de los sesenta, cuando ninguno de ustedes había nacido ⸺parece⸺, escribí cuentos porque lo consideraba un género ⸺y sigo viéndolo así⸺ distinto de la novela. En aquellos tiempos se podía ser cuentista sin ser novelista. Ya hoy no existe esa posibilidad. Ahora está el novelista por encima del cuentista. Si un joven se presenta en una editorial con un libro de cuentos no le hacen muy buena cara. Tiene que ser una novela. En fin, cambiaron las reglas del juego después de tantos años. Entonces el cuento tenía muchísimo prestigio por sí mismo y yo no pensaba para nada en la novela porque creía que el cuento era un género que se bastaba a sí mismo y me entrené como cuentista. Empecé a leer a muchos cuentistas clásicos, como Chejov, Maupassant. Después los cuentos de Flaubert, que son magistrales, Hemingway, Faulkner, Mark Twain, Allan Poe, en fin, me formé como cuentista y aprendí que hay unas reglas muy estrictas en el cuento, muchas más estrictas que las que tiene la novela. La novela es una aventura de navegación con muchísimas posibilidades. El cuento tiene un marco que siempre hay que respetar. Entonces seguí escribiendo cuentos a lo largo de mi vida, no como descanso de la novela. Muchas veces se piensa que, mientras uno prepara una novela, en el entretanto uno se divierte escribiendo cuentos. La verdad es que escribir un cuento es una tarea muy difícil porque es muy riguroso. Hay que ponerle mucho empeño y eso es lo que yo he hecho. Por lo tanto, al primero que sorprende este libro es a mí, que tenga tantas páginas.

UN LECTOR: Muchísimas y entre las mismas se nota ⸺no sé si podría llamarla así⸺ la evolución de una persona que en sus primeros cuentos habla de su entorno inmediato y luego en una variedad de temas, con múltiples registros estilísticos. Muchos autores, lastimosamente, suelen encontrar un camino que recorren una y otra vez. Sin embargo, en tu caso, hay una intención de seguir buscando riesgos de estilo.

SERGIO: Cuando salí de mi pueblo para ir a la Universidad de León ⸺cuando comencé el oficio de escribir cuentos; había ido a estudiar Derecho a León; hice el tránsito de un pueblo pequeño a una ciudad grande, no es que León fuese una gran metrópoli, pero mi pueblo tenía tres mil habitantes y León setenta mil⸺, fue un cambio muy drástico de atmósfera, de ambiente. Era la ciudad universitaria de Nicaragua ⸺la única universidad del país estaba en León⸺. Entonces, lo que traía era el ambiente de un pueblo de origen náhuatl ⸺su nombre es de origen náhuatl; Masatepe quiere decir «cerro de los venados» en náhuatl⸺. Era un pueblo de mestizos que vivían en la planta alta del pueblo y de indígenas ⸺ya bastante mestizos también⸺ que vivían en la parte de abajo, aun topográficamente había una división entre ladinos e indígenas. Por lo tanto, en ese ambiente, lo que leía era literatura vernácula, folclórica, cuentos de campesinos. Con el tiempo fui descubriendo que esa visión era completamente falsa. Era la visión que los escritores académicos tenían sobre ese mundo que yo de verdad conocía tan bien. Llegué a reconocerme en ese mundo literariamente hasta que leí a Rulfo, porque él no era falso. Rulfo se bajaba del balcón académico y comenzaba a andar entre la gente, a meterse con la gente y hablar desde abajo.

Eso para mí fue un gran descubrimiento, pero no me bastó ese descubrimiento. Mis lecturas siguientes me metieron por ese camino que yo llamaría de la modernidad de los temas. No podría hablar en Nicaragua de un cuento urbano, de un cuento campesino, porque Nicaragua no tenía entonces una dimensión urbana. León, donde yo había llegado, era una gran provincia. No era una vida urbana como la podemos conocer hoy, pero sí era un cambio hacia la modernidad. Entonces, desde la lectura más bien, comencé a explorar otros temas. Creo que un escritor es como un músico que prueba distintas tonalidades, distintos ritmos, distintas melodías, al principio copia, obviamente, luego imita, después se reconoce a sí mismo en las influencias de lo que va leyendo hasta que logra encontrar su propia voz. Ese es un proceso al cual uno necesariamente se somete. Creo que si un escritor dice que cuando joven no ha imitado a alguien o no se ha dejado influenciar por alguien está mintiendo. Eso, además, es muy enriquecedor para una obra personal porque te va guiando por el camino de la literatura que es bastante azaroso.

UN LECTOR: La influencia es inevitable. Sergio, tú tienes una relación con el Paraguay. Conociste a Roa Bastos, prologaste Hijo de hombre y viniste al Congreso Centenario de Roa, cuando tuve la fortuna de saludarte, por cierto. Una de las cosas llamativas, cuando también era un adolescente encaminándome a la escritura, es que tu nombre aparecía entre los escritores capitales de Latinoamérica, pero tus libros no estaban en las librerías locales. Entonces, gracias a internet encontré cuentos de tu autoría. Uno me llamó la atención porque Paraguay está presente. Es «El pibe Cabriola». En ese momento yo pensaba que el cuento tenía relación con el colombiano asesinado. Ahora encontré un artículo en El País de España que dice que te basaste en esa historia pero que lo ubicaste como un uruguayo que mete un gol en contra a la selección paraguaya. ¿A qué se debieron esos cambios?

SERGIO: Primero, lo de Roa Bastos. Lo conocí en 1976, en Berlín, cuando se celebró la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, dedicada a América Latina. Tuve la suerte de encontrarme alrededor de una mesa en una comida a Augusto Roa Bastos, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa. Era una cantidad de luminarias para los novatos que estábamos ahí. Bastante impresionante. Estaba Manuel Puig también. Allí hablé por primera vez con Roa Bastos. Después nos encontramos en París, a principios de los noventa. Ya había caído Stroessner. Era una recepción bastante apretada. Tocamos algunos temas políticos, entre ellos el sectarismo del que se quejaba Roa Bastos en ese tiempo, que estaba siendo víctima del sectarismo porque él no sé por qué razón estaba metido en la política. Yo venía de la política y ya sabía lo que era eso. Cuando la editorial que publicó Hijo del hombre en Buenos Aires me pidió escribir el prólogo, no lo dudé en ningún momento. Quería escribir sobre la experiencia de escritura de Roa Bastos, sobre Hijo de hombre y luego, obviamente, sobre su gran tema del dictador, Yo el Supremo, que me parece una de las novelas de ese tema mejor logradas. Eso también lo he tocado en los ensayos que escribí sobre Roa Bastos. Y por supuesto me dio un gran gusto estar en la celebración de su centenario, en el descubrimiento de la escultura en la plaza [Uruguaya]. Es la única vez que he estado en Asunción.

Lo de «El pibe Cabriola»… Una de las fuentes que utilizo para escribir cuentos es el libro de recortes del periódico, antes era el libro de recortes, ahora le doy copy paste a las cosas que encuentro en los periódicos digitales o las fuentes digitales y las guardo. Esa historia de que en Colombia un futbolista había sido asesinado porque era culpable de la derrota de la selección ⸺que ya no pudo llegar a las últimas del Mundial⸺ a mí me impresionó muchísimo. Cómo el futbol que se supone que es un divertimento, un pasatiempo, se puede convertir en algo tan dramático, al punto de que una persona pueda ser asesinada por ese motivo. Entonces, para escribir ese cuento, quise componer un país sudamericano que no fuera ninguno y a la vez fuera todos. De los países suramericanos, de experiencias que yo tenía de Bolivia, de Ecuador, lo que yo había visto del ambiente, de la atmósfera, construí ese país que no tiene nombre pero es muchos países a la vez. No iba a usar Nicaragua porque acá el fútbol no tiene la característica que tiene el béisbol, que aquí es el deporte de la gente. El fútbol ha venido tomando cuerpo sobre todo gracias a la televisión y a las transmisiones de los grandes partidos en Europa. Pero para mí ese cuento tenía que estar fijado en Suramérica. Había ocurrido verdaderamente en Colombia. La exploración que yo hice fue no solo desde la perspectiva del futbol, del deporte, sino desde la perspectiva de la condición humana, del odio, de la venganza, de la sinrazón que es capaz de llevar a la muerte a alguien.

UN LECTOR: Una pregunta relacionada a «El pibe Cabriola». El siguiente cuento es «La partida de caza». En este caso, el género narrativo es el thriller de espionaje en la guerra fría. En «El pibe Cabriola» hay un drama en el que uno se conduele con el desgraciado futbolista, sin embargo en «La partida de caza» uno queda maravillado más bien por la técnica literaria. ¿Estabas interesado no solo en involucrarnos con el personaje asesinado sino en la cabeza del asesino que le da ese final tan bueno?

SERGIO: Es un tema paralelo, por eso los puse juntos y les di continuidad. En «La partida de caza», son dos hojas de una puerta, una misma bisagra. Es otro caso real, el del presidente del equipo de Alemania Oriental que a la vez era el ministro del Interior, el poderoso Mielke que manejaba toda la Stasi. Entonces el futbolista que se pasaba al otro lado del muro era sentenciado a muerte, por eso de la alta traición. Esto de la alta traición es muy propio de los regímenes totalitarios, traición a la patria, traición al partido. Es un requisito legalista formal para eliminar a alguien por la mera venganza, por el mero despecho. En el cuento, ese hombre Mielke se siente traicionado, en lo personal, por la confianza que tenía en este muchacho. Es un tema que investigué para poder sacar adelante el cuento de todo lo que se había publicado en los diarios de Alemania y en otros países.

UN LECTOR: Hay un par de cuentos «De las propiedades de los sueños», el uno y el dos. En el dos, se cuenta la historia de Su Excelencia que quiere comprar una máquina de terremotos con la idea de destruir el país para después levantarlo desde cero, pero tomando la donación y los préstamos internacionales, y emitiendo ridículas leyes, como: una mujer adúltera será lapidada, una poesía mal recitada tendrá una multa… Creo que con este cuento realizaste una mirada crítica no solo a los regímenes totalitarios del pasado y del presente, sino también a los gobiernos democráticos… ¿Podrías comentar ese cuento, el contexto y el mensaje que querías comunicar? Es un cuento largo, exhaustivamente elaborado, en especial la parte de las leyes.

SERGIO: El libro de De tropeles y tropelías… Me he acordado de él en estos días porque Guillermo Sucre, el gran escritor venezolano que acaba de morir en estos días, era el director de la revista Imagen entonces, en Caracas, 1971. Él abrió el concurso de cuentos y yo mandé De tropeles y tropelías. Ese fue el primer premio literario que gané. Tiene cuentos que yo me propuse que no pasaran de una página y media. Tenían que ser cuentos muy breves, como fábulas. No hay duda de que estaba de por medio la idea de las fábulas escritas por Augusto Monterroso, que siguen siendo ejemplares en la literatura latinoamericana por su brevedad, por su concisión. Pero lo que yo quería era retratar al dictador de Nicaragua, Somoza. Y claro, para enfrentarse a un dictador como Somoza hay que utilizar métodos indirectos. Entonces convertí al personaje de Su Excelencia en uno arcaico, no moderno. El primer cuento es exactamente lo que de verdad hizo Somoza cuando vino el terremoto de Managua en diciembre de 1972. Obviamente no tenía una máquina para mandarlo provocar, pero cuando la ciudad quedó en ruinas, más de cuatrocientas manzanas fueron aplanadas con los tractores. La ciudad se quedó sin centros comerciales, sin infraestructura pública. El gran negocio de Somoza fue la reconstrucción de Managua. Fundó compañías de materiales de construcción, de ingeniería, de diseño, compañías constructoras, mandó al hijo a hacer un contrato a España (el famoso Paquete España de cincuenta millones de dólares que entonces era muchísimo dinero) en maquinaria para la reconstrucción. Él se adueñó del negocio de la reconstrucción de la ciudad. Fue su oportunidad de oro para enriquecerse. Entonces esa fábula no hace más que poner un espejo indirecto a esa situación.

La otra parte viene de mi formación de abogado. Estudié el reglamento de policía que estaba en vigencia en Nicaragua, que databa del año 1876. Estamos hablando del año 1961, 1962, esa ley seguía vigente como muchas leyes arcaicas en América Latina siguen vigentes. A mí me divertía mucho encontrar en los artículos de esa ley las disposiciones que tenía, es decir, cuántos metros de profundidad debería medir una letrina, la prohibición de tirar bacines de orina a las calles. Todo ese tramado arcaico de la ley yo lo fui combinando con las situaciones de hecho que se vivían América Latina, que no estaban en las leyes pero se ejecutaban. Por ejemplo, la tortura. Ninguna ley dice aplíquese la tortura, pero se hace. Ni dice que se aplique la picana eléctrica en los genitales durante tres minutos, pero sucede. O la tortura del submarino hasta reventarle los pulmones para obtener confesiones. Todo eso va revuelto en la ley: lo arcaico con la represión reglamentada y todas las demás cosas absurdas que se pueden encontrar, porque la ley termina siendo un absurdo en la medida en que hay una distancia entre lo que se legisla y lo que no se ejecuta, entre la ley y la realidad. Se trata de un absurdo. Eso fue lo primero que aprendí en la Escuela de Derecho en León. Lo que los profesores nos enseñaban en el aula se desvanecía cuando uno salía a la calle. Si uno se quedaba encerrado en el aula vivía en un país ficticio. La Constitución, con todos sus programas de libertad, ordenamiento jurídico, garantías constitucionales, las leyes penales, los procesos, que afuera la dictadura no respetaba.

Lo mismo sucede ahora en Nicaragua. Casi estoy tentado de escribir una segunda parte de De tropeles y tropelías porque hoy en día se ha aprobado acá una ley que yo podría incluir íntegra, sin quitarle un punto, en una fábula y sería un cuento. Es la ley de defensa de la soberanía nacional.  Un artículo largo como el de mi cuento en el que se va enumerando cosas, dirigido contra las personas que realicen atentados contra la soberanía nacional y cometan actos de traición a la patria, así como aquellos que pidan a la potencia enemiga que es EE. UU. sancionar a los funcionarios de gobierno, sancionar a las instituciones de gobierno. La ley dice los que promuevan, dirijan, ejecuten, incentiven y aplaudan… Es la primera ley seria que yo veo en el mundo ⸺seria, digo, porque ha sido pasada por Cámara de Diputados y firmada por el presidente⸺ que castigue el delito de aplaudir. Aquí veo que la realidad regresa a la ficción o la realidad me pone en bandeja de plata los elementos de la ficción, es decir, una ley que prohíbe aplaudir o que pena el hecho de aplaudir.

MODERADOR: Si no supiéramos que es cierto, en el futuro lo leeríamos como algo totalmente ficticio. Paso la palabra a otro lector que ya me explicó que aplaudir es su forma de levantar la mano.

SERGIO: Cuidado, puedes ir a prisión en Nicaragua por aplaudir…

UN LECTOR: Ja, ja, ja… Un gusto, Sergio. Sobre el cuento «Charles Atlas también muere». Me da la impresión que el protagonista siente una especie de admiración por el capitán Hatfield, que a todas luces es un invasor del país que entra para matar gente. Siente admiración por lo que el capitán le cuenta de la cultura estadounidense. Hoy día, todavía hay personas de ese tipo en Latinoamérica, por ejemplo, admiradores de Donald Trump, de personajes que discriminan todo lo diferente, especialmente a los latinoamericanos. No sé si estoy interpretando bien el cuento, pero si es así, ¿qué te parece que es lo que provoca ese tipo de admiración o fe hacia esas personas?

SERGIO: A mí lo que más me llena de gusto es que estos cuentos se puedan leer hoy, por ustedes, que pertenecen a una generación muy distinta, con ojos contemporáneos, es decir, que no se vea como una pieza de museo, porque «Charles Atlas…» es un cuento de hace cincuenta años. Que pueda leerse proyectado hacia lo presente, hacia lo contemporáneo, me parece que eso es lo que hace que este cuento me llene a mí de satisfacción. Creo que la admiración por el invasor o la admiración por ese tipo de persona es la otra cara de la moneda del que resiste a esa figura. En Nicaragua, cuando sucedió la intervención norteamericana, hubo un grupo de campesinos artesanos que se levantó en armas, con el general Sandino a la cabeza, pero la verdad es que ellos no eran la mayoría del país. Eran una minoría. El país como tal, la clase media, el establishment en las ciudades del Pacífico, estaba a favor de los invasores. Es decir, les parecía que la intervención de los Estados Unidos venía a poner fin la anarquía política, las guerras civiles que habían asolado a Nicaragua durante tanto tiempo, que le traía estabilidad a Nicaragua. Fueron los Estados Unidos los que realizaron las elecciones de 1928. Fueron los marines norteamericanos los que integraron las mesas electorales, los que contaron los votos. La ley electoral era la famosa Ley McCoy, hecha por un técnico norteamericano, y no era una ley electoral mala. Buscaba que no hubiera fraudes electorales ⸺que era la tradición en el país⸺, que se le entregara el poder al que legítimamente hubiera ganado. Ese era el sentido de la estabilidad que los norteamericanos buscaban. Eso fue lo que ocurrió, hicieron las elecciones y dijeron este es el ganador. En eso muchísimos estuvieron de acuerdo. Luego, cuando Somoza asesinó a Sandino a mansalva, también el país se dividió y hubo muchísima gente que aplaudió a Somoza por haber liquidado a Sandino, por haber acabado con un bandido, un bandolero que ponía en peligro la estabilidad de Nicaragua.

Esa era la realidad. Por eso es que hoy esas opiniones y esos sentimientos no en pocos casos deciden las elecciones en América Latina. Ahí está el caso de Bolsonaro. Esa es una realidad que tenemos que enfrentar todos los días. Entonces, estos grupos no son precisamente extremistas. Claro, hay extremistas, activistas de bandera oscura, pero hay mucha gente pasiva que es conservadora por naturaleza que no quiere cambio, no quiere ninguna clase de aventuras políticas, y lo expresa cuando va a votar. Antes era un sector silencioso de la sociedad. Hoy no lo es porque existen las redes sociales. Los sentimos, los oímos por eso. Si uno se sienta a leer en las redes sociales, los sitios web, lo que opina la gente puede acabar con el hígado enfermo al final del día, si uno se dedicara a eso. Lo que se dice, las atrocidades, las estupideces que se dicen, pero bueno, eso es lo que piensa mucha gente. Si no, Bolsonaro no hubiera llegado al poder. Quizás ⸺para no irnos tan lejos con Trump⸺ ese es el ejemplo que en América Latina tenemos más directo, de manera que, en aquellos tiempos de la ocupación norteamericana, ese muchacho que admira al capitán Hatfield es una representación de ese sector de la sociedad y del encantamiento que tienen los símbolos extranjeros, los que vienen de los EE. UU. sobre todo, porque hablamos de la globalización hoy en día. Pero la verdad es que no existe globalización. Existe una globalización de los símbolos de Estados Unidos igual que en el tiempo en el que se desarrolla el cuento. La pizza fue inventada en Italia, pero la marca global es norteamericana. Las marcas de ropa, los coches, los alimentos, la tecnología, Netflix, todo lo que alimenta la vida moderna viene de los Estados Unidos. Eso es un hecho, un hecho cultural que está presente y con el cual convivimos todos los días.

UN LECTOR: Uno de los libros compilados en Todos los cuentos es El reino animal, atípico en cuanto a la forma, a la presentación, y más sensible. La ironía está muy presente. Es casi imposible no leer sonriendo y hasta riéndose en muchos de los textos como el del tigre y el lagarto. Me gustaría que hables sobre un cuento en especial, «Treblinka», y el libro en general porque es uno que no suele mencionarse mucho entre todos tus libros.

SERGIO: Comencé a recopilar esos cuentos leyendo historias de relaciones asimétricas entre animales y gente. Fui a mi álbum de recortes donde fui anotando esos temas, algunos me ⸺voy a usar la palabra⸺ me divertían. Otra vez los hechos reales pueden parecer tan fantásticos, como el hecho de que un hombre tuviera en su apartamento un tigre y un lagarto. Eso estaba en las noticias. Yo dije: Bueno, a esto hay que sacarle partido como el tigre albino que agrede a su domador, eso ocurrió en Las Vegas también. En cuanto a «Treblinka», una vez leí sobre un hombre en Nicaragua que se había vuelto psicótico luego de cortar todo el día cabezas de pollo. Su papel en la línea de producción era empuñar una navaja y cortar la cabeza a los pollos que iban pasando. Mataba por hora, no sé, doscientos pollos, y al día había matado miles. Esto me pareció verdaderamente atroz como oficio. Entonces cuál era la relación de ese hombre con los animales, una relación capaz de llevarlo a la locura. No dejaba yo de tener cierto temor de que alguien dijera cómo va a comparar un campo de exterminio de seres humanos con una planta productora de pollos, pero, bueno, no dudé que el nombre de ese cuento me decía que era «Treblinka».

UN LECTOR: Mi pregunta es sobre el cuento «Nicaragua es blanca». Una de las cosas que conversamos es la relación del poder político con los sabios, los expertos, que advierten al presidente: Señor, va a nevar. Al principio los menosprecia, pero al final toma eso y utiliza esa situación para su beneficio, algo que se puede ver ahora. Me permito comparar ese cuento con lo que pasa en la pandemia. Los expertos advierten desde hace mucho tiempo qué provoca las pandemias y qué es lo que los Estados deben hacer y no terminan haciendo. ¿Es posible leer a partir de ese cuento esa situación de esa manera?

SERGIO: Creo que sí. Vuelvo a alegrarme de que este cuento pueda tener una proyección contemporánea. Estoy reflexionando sobre estos temas gracias a que ustedes me los plantean. Este es un cuento que me gustó mucho escribir porque pertenece a la época de «Charles Atlas también muere» y «A Jackie, con nuestro corazón». Esos tres cuentos que están mejor emparentados pertenecen al libro Charles Atlas… El resorte que mueve esos cuentos es la confrontación de la cultura agresiva que se impone sobre un país pequeño y de los símbolos de esta cultura. Charles Atlas era el símbolo de una cultura que a mí me llegó desde niño porque encontraba siempre los cursos de tensión dinámica de Charles Atlas en las contratapas de las revistas de historietas cómicas. Ofrecían por treinta dólares el curso completo de tensión dinámica para dejar de ser un alfeñique y volverse un fortachón. Un chaval de 12 o 13 años quiere tener músculo. Esa era la manera perfecta, solo que valía 30 dólares, que yo no tenía para este curso.  Luego, la figura de Jackie Kennedy. Mi reflexión era qué pasaría si la burguesía local enfrentara la visita de ella en su country club, en sus lugares elegantes. Por eso lo llevé a la exageración de que la gente ⸺enriquecida por el algodón, la gran industria de Nicaragua de entonces, la agroindustria⸺ contratase el Queen Elizabeth para que trajera a Jackie Kennedy a las costas de Nicaragua. También, ¿qué pasaría con la gente que ama la cultura de los Estados Unidos si en Nicaragua nevara? La posibilidad de lucir abrigos, de tener trineo, de ver nevar desde su ventana, como que eso era la civilización, eso era entrar en el primer mundo, el hecho de que cayera una nevada. Luego, el desprecio a ese pobre hombre que, de acuerdo con sus cálculos hechos a mano y los pocos instrumentos que él tenía ⸺no había computadoras⸺, hizo un cálculo y determinó que nevaría en Nicaragua. Por último, cierro el cuento con una imagen bien poética: el hecho de que de verdad estaba nevando en Nicaragua, pero no sobre la capital sino sobre las montañas, sobre los ríos, sobre la selva. Por eso escogí esa imagen para cerrar el cuento.

UN LECTOR: Lo que contaste me recuerda algo que hablamos en el grupo: cómo Paraguay parece a un país centroamericano. Debería estar entre Nicaragua, Honduras, El Salvador, deberíamos ser todos vecinos porque lo que ustedes viven allá lo vivimos acá. De hecho, cuando iniciamos la lectura de Todos los cuentos, el comentario era: Es como si Sergio Ramírez estuviera narrando el Paraguay.

SERGIO: Bueno, Asunción es muy parecida a Managua, solo que nos hace falta el río. Nosotros tenemos un lago.

UNA LECTORA: Me encantó el libro. A medida que leía iba viendo cosas que yo conocía, por ejemplo, el almanaque Bristol y el jabón Camay, que era lo más delicioso que había. Las chicas no comíamos en los recreos para comprarnos un jabón Camay. Me vi realmente reflejada. Toda esa ironía que se palpa en tus cuentos, nosotros la teníamos contra el padre del actual presidente, que fue la mano derecha de Stroessner. Realmente hay similitudes tan grandes. Fue un placer leer. También los cuentos finales, el de la tía Angela, el de la foto familiar. Gracias, Sergio. Encantada.

SERGIO: Muchas gracias por llegar hasta el final.

UN LECTOR: Un gusto conocerte. Algo que me costó un poco fue lo del béisbol, en unos cuentos que me gustaron mucho: «Juego perfecto», «Tarde de sol». Tuve que revisar las reglas del béisbol para entenderlo. A mí me gusta mucho esa frase de Albert Camus que dice que mucho de lo que él conocía sobre la humanidad lo conoció en una cancha de fútbol. Me gustaría escuchar cómo tu experiencia como persona y beisbolista desembocó en la escritura de esos relatos.

SERGIO: Mi experiencia vital es con el béisbol. Con el fútbol mi relación es bastante esporádica, bastante lejana. Creo que solo una vez he estado en el Santiago Bernabeu de Madrid. Me invitaron a un palco. Estaba haciendo un frío tremendo. Estaba jugando me parece que el Real Madrid contra el Sevilla, y yo estaba tiritando dentro del abrigo, viendo a jugadores semidesnudos que no se inmutaban con el frío. Esa es mi experiencia con el fútbol, pero lo veo por la televisión y me gusta mucho el sentido estético que tiene. Un partido de fútbol muy bien jugado es un espectáculo estético. Sin embargo, el béisbol es algo que viene de lo hondo, de la infancia. Era un verdadero fanático del béisbol. Se usa mucho la palabra fanático en los deportes. Yo lo era. Me quedaba escuchando los partidos de la liga de Cuba, a la medianoche con la luz apagada de noche, en bajo volumen, en mi casa en Masatepe, y las transmisiones de las series mundiales cuando jugaban los Yankees contra los Dodgers, que era mítico, tanto que recuerdo toda la alineación de esos equipos en 1955 y 56, y la liga profesional de béisbol de Nicaragua, donde llegaban estrellas de segunda que habían pasado por las grandes ligas u otros que eran prospectos para ir a las grandes ligas, cuando se inauguró el béisbol profesional. De manera que todo lo que escribo sobre el béisbol viene de mis propias vivencias, pero, otra vez, el deporte, el béisbol, no es sino un pretexto para entrar en la condición humana. Por mucho que las reglas sean complicadas, para quien no está acostumbrado es un juego aburridísimo. A veces en el béisbol no pasa nada. No es como el fútbol que la bola siempre está en acción. El momento en que la bola se para en el fútbol no hay nada en el terreno. En el béisbol sí puede ser que los nueve jugadores estén tendidos en el terreno y que todo se resuelva en un duelo entre el que lanza la bola y el que la está bateando. Todo lo demás es pasividad. A muchos les puede parecer aburrido eso si no lo está viendo desde dentro. He llegado a ver el béisbol como el único deporte donde se puede filosofar. Calcular todas las salidas alternativas. Una sola jugada puede desencadenar una serie de acontecimientos imprevistos. «Juego perfecto» para mí es una historia de derrota. Es la historia del muchacho al que por fin le dan la bola para que abra un juego. Comienza a tirar lo que en béisbol es la cumbre, el juego perfecto. Quiere decir que nadie le llegó a la primera base, que no le dieron ningún patazo, que sacó los 27 out seguidos, eso muy poco lo han logrado. El gran héroe deportivo de Nicaragua, Dennis Martínez como pitcher de las grandes ligas, lo consiguió para los Expos de Montreal. Pero llegar al final y ver al padre que ha venido desde lejos, trayéndole la comida desde Masatepe, y de repente, cuando está por llegar a la perfección, todo se derrumba… Eso es un arquetipo de la historia del país, donde todo al final termina derrumbándose tras muchas ilusiones. Estamos a punto de llegar y… como la piedra de Sísifo que rueda hasta el fondo del abismo después de haberla llevado hasta la cumbre, esa para mí es la historia de «Juego perfecto».

UN LECTOR: Un final de derrota, pero un final muy conmovedor. Debo decir que también tuve que buscar cómo se juega ese juego para tratar de entender las emociones de los cuentos porque el béisbol está presente en varios de tus cuentos.

SERGIO: Me pasó lo mismo con el libro de John Carlin, que es sobre el rugby en Sudáfrica. Es la historia de un equipo de blancos de las familias racistas. El presidente Mandela sabía la importancia que para el país tenía el orgullo de ganar ese campeonato mundial. Los convocó y ellos estuvieron muy extrañados de que el presidente negro los apoyara. Yo no entiendo nada de rugby. He estado en juegos de fútbol americano, ahí sí que no entiendo nada, aunque es muy parecido al rugby. Pero la historia que está detrás es la historia importante. Es la que yo les estoy contando: la contradicción de ese presidente negro que apoyó al equipo blanco para que ganase el campeonato.

UNA LECTORA: Disfruté mucho de tus cuentos. Me gusta que tengas muchos estilos. Me llamó la atención, en el libro De tropeles y tropelías, que los cuentos parezcan parábolas súper cortas, como si fuesen adrede, algo de lo ya hablaste. También quería saber más sobre la concepción de esa antología que es tan redonda.

SERGIO: Concebí esos cuentos muy breves, como fábulas. Extenderse en esos cuentos es matarlos, matar la intención sintética que tienen y el mensaje a veces sorpresivo, como el cuento de los serviles que deciden jugar con el dictador el juego de Guillermo Tell, cuando uno de ellos se pone la manzana en la cabeza porque el presidente está aburrido. Obviamente el presidente lo mata de un balazo. Para mí, la frase con la que terminé es clave. Si yo me pongo a describir las honras fúnebres ya el cuento sería otra cosa. En la brevedad está la eficacia de esas fábulas. Cuidé de no pasarme de dos páginas.  Quizás el cuento donde enumero las riquezas de Su Excelencia sea un poquito más largo, ahorita no lo tengo en la mente. Esa era la intención. Era una época en que en América Latina estaban muy de moda las novelas de los dictadores como Yo el Supremo, la novela de García Márquez El otoño del patriarca, había salido la de Carpentier. Teníamos grandes novelas sobre dictadores. Yo quería hacer lo contrario: elaborar fábulas muy breves, muy sintéticas y muy efectivas. La verdad es que ese es un librito muy breve.

UN LECTOR: En «Un lecho de bauxita en Weipa», los temas como la religiosidad, la prostitución, la moralidad burguesa y el racismo están narrados de manera muy sugerente, más bien poético, a través de Walter el licenciado y cursillista, quien escribe larga y apasionadamente a Marylin. Con el correr de la lectura se nos va descubriendo que Marylin es una prostituta. Detrás de la moralidad y las buenas costumbres simbolizadas por el cursillismo cristiano ⸺del cual creo que fuiste partícipe porque lo describes con propiedad⸺ hay un lado oscuro y perverso en cada personaje y también en la sociedad. ¿Nos puedes comentar sobre este cuento que a la mayoría nos costó entender?

SERGIO: Ese cuento nació cuando yo vivía en San José de Costa Rica, donde se desarrolla la historia. Viví doce años en San José. En las mañanas pasaba una avioneta con un parlante sobre la ciudad, con esta canción «de colores se visten los campos de la primavera», la canción oficial de los cursillistas. Yo escuchaba cómo esa canción se iba alejando en el aire y cómo volvía. Ese fue el pie musical para escribir el cuento que combina eso, la doble vida del hombre cursillista ⸺que se supone con una moralidad intachable⸺ y la relación con Marylin. Él venía de una clase social acomodada y ella era una inmigrante nicaragüense que venía de la pobreza. Esa es la historia.  

UNA LECTORA: Disfruté mucho experimentar las emociones de los personajes a través del ritmo. Creo que hubo intención porque a través de los signos de puntuación uno podía sentirse exhausto, emocionado, en una persecución o en una enumeración de situaciones. En un cuento, «Kalimán el magnífico y la pérfida Mesalina», la persecución es interior, a través de voces que escucha el personaje. Podrías hablarnos un poco sobre ese tipo de historias en que la mente juega un papel tan importante.

SERGIO: Una de las cosas que uno tiene que resolver al escribir un cuento es el ritmo que le va a dar. Toda prosa tiene un ritmo y tiene necesariamente una melodía que el lector, al leer, está escuchando. Si el cuento tiene tropiezos, si pierde el ritmo, si pierde el pie musical, ya entramos en problemas. En ese sentido, la aliteración de la frase, la sintaxis, la puntuación, juegan un papel esencial. Hay un cuento, no recuerdo el nombre, que trata de un baile donde al final el dictador llega a sacar a bailar a la esposa de uno de sus funcionarios, que sabe que cuando el dictador saca a bailar a una mujer es porque la quiere para él. En ese cuento traté de imprimir el ritmo de una música tropical, que mientras se está desarrollando el baile se oiga la música en la prosa. En lo que se refiere a «Kalimán el magnífico», pues también es sacado de la realidad, de estos programas de radio de adivinaciones e historias amorosas que se dan en este y en todos los ambientes. Ese hombre termina escuchando voces y perdiendo a la mujer. Son historias donde los protagonistas son lo que Antón Chejov llamaba los pequeños seres, la gente mínima de la sociedad, la gente sin nombre, la que yo prefiero como personajes de mis cuentos. Meterse en la vida de la gente humilde, de la gente sencilla, la gente de la calle, la gente que brega todos los días, esa para mí es la mayor atracción de la literatura.

UN LECTOR: En el último libro, vuelvo a encontrar la reivindicación de ciertos personajes asesinados en trágicas condiciones. Es el caso de «Las alas de la gloria». Me recordó mucho al libro que ya mencionamos, Hijo del hombre, sobre todo al último capítulo, «Excombatientes», a esos personajes que fueron consecuentes con sus ideales y que fueron a la lucha, ya sea la guerrilla revolucionaria o una guerra internacional. Pero luego terminaron marginados por el gobierno que asumió el poder. Lo que encuentro tanto en ti como en Roa y muchos autores es lo que en tu cuento llamas personaje postergado. Me parece que la literatura es el único espacio quizá de reivindicación de estos personajes.

SERGIO: Sí, para mí los personajes postergados entran en esa categoría de la gente común que vive un sueño junto con muchos más y que a la hora de la verdad se cae del vehículo al pavimento y ahí lo dejan, lo dejan lisiado, lo dejan arruinado, no le vuelven a prestar atención, y tiene que ganarse la vida en la rebusca. Todas las guerras están llenas de esas consecuencias, pero es más notable cuando se trata de una guerra revolucionaria que se propone idealmente reivindicar a los más pobres y comienza por abandonar en la vera del camino a los más pobres que lucharon por ese sueño. Eso es trágico. Conozco a mucha gente que vivió esa tragedia. No solo se quedaron en la marginalidad, habiendo perdido una pierna, un brazo, un ojo, en la pobreza, sino gente que se volvió alcohólica por esa decepción profunda de sus vidas. Es lo que yo busco tratar en esos cuentos.

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