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Rafael Barrett: escritor y pensador revolucionario

Breve biografía de un español paraguayo, puesto que en Paraguay avizoró la luz de un nuevo mundo y se encendió el fuego de su infinita esperanza de hombre entero.

Rafael Barrett, según Livio Abramo.

Rafael Barrett, según Livio Abramo.

El destino paraguayo de Rafael Barrett

El hombre que pisaba tierra paraguaya por primera vez, un día del mes de octubre de 1904, aún no sabía que había encontrado su lugar en el mundo.

Venía de Buenos Aires como corresponsal del diario El Tiempo para cubrir las alternativas de la guerra civil que se había iniciado unos meses antes en el país. Se llamaba Rafael Barrett y había nacido en España, pero por el ius sanguinis era ciudadano inglés.

En el campamento revolucionario de Villeta hizo amistad con algunos de los hombres que se habían levantado en armas contra el régimen «colorado» ―que se mantenía en el poder desde hacía tres décadas― y que le hablaron de sus proyectos políticos para superar los males del régimen todavía vigente. Barrett simpatizó con la causa y se unió al ejército rebelde en calidad de ingeniero.

Triunfante la revolución, se radicó en el país al que daría sus mejores afanes intelectuales y a cuyo pueblo dedicaría su pensamiento y su acción liberadora. Murió seis años después, admirado y querido por los humildes trabajadores cuyos derechos defendió, y con el tiempo sería considerado como uno de los escritores más importantes de su época y, en muchos aspectos, un precursor. En el Paraguay, hoy se empieza a reconocer el carácter fundador de su pensamiento y su escritura. Alguien diría de él, por su abnegada entrega al país donde se encontró a sí mismo, que fue el más paraguayo de los paraguayos.

Infancia y juventud

Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo nació en la villa de Torrelavega, en la Provincia de Santander, España, el 7 de enero de 1876. No se trata de un dato reiterativo. Otros han dicho que nació en Asturias, en Algeciras, en Madrid, en Cataluña. Jorge Luis Borges, que lo admiraba hasta las lágrimas, lo creía argentino. Sin embargo, ya Viriato Díaz Pérez, en un artículo de 1917, decía haberle escuchado a Barrett mencionar que Santander era su lugar de origen. Y en 1943, en la tirada de sus Obras completas hecha por la Editorial Tupac, con prólogo de Rodolfo González Pacheco, se reproduce la ficha de ingreso de Barrett al hospital Fermín Ferreira de Montevideo, de fecha 7 de enero de 1909, en la que consta su edad (33 años) y su lugar de nacimiento (Santander). También en el acta de defunción ―archivado en la Alcaldía de Arcachón, Francia―, en la que se precisa el lugar de origen, Torretaviga (pero se trata evidentemente de un error del escribiente, pues el topónimo es Torrelavega), y se da el año de 1877 como el de su nacimiento. Nos atenemos sin embargo a la primera fecha, conforme a los testimonios del propio Barrett, y de acuerdo con el acta de inscripción.

Era hijo de George Barrett, natural de Coventry (de origen escocés, según Panchita Barrett), muerto en Madrid el 25 de mayo de 1896, y de María del Carmen Álvarez de Toledo y Toraño, fallecida en Bilbao el 19 de marzo de 1900. Por línea materna, a juzgar  por el apellido, estaba efectivamente emparentado con una familia de la alta aristocracia española, la de los duques de Alba. En cambio, poco sabemos acerca del padre, excepto lo que dice Panchita en la introducción a las Cartas íntimas: que era caballero de la Corona británica, contador y matemático, y que cuidaba de intereses ingleses en España. En el acta de nacimiento de Rafael figura como de profesión «literato». Tales son los datos con que contamos para determinar el origen de clase de Rafael Barrett, quien fustigaría en sus escritos a las clases dominantes, adoptando una posición ideológica diametralmente opuesta a la de las mismas.

Aunque nacido en la península ibérica, el autor de El dolor paraguayo era ciudadano inglés por el ius sanguinis. También sobre este punto se han hecho afirmaciones dispares, a pesar de que en una carta abierta a Juan Silvano Godoi, del 6 de enero de 1906, Barrett ya ponía en claro la cuestión. Además, puede verse el acta matrimonial de Barrett, en el Registro Civil de Asunción, donde también consta su nacionalidad.

Era Barrett, sin embargo, español (un español europeo, habría que agregar) por su formación y por ciertos rasgos de su carácter. Pero en un sentido más hondo era sobre todo un español americano, y, por razones entrañables, un español paraguayo, puesto que aquí avizoró la luz de un nuevo mundo y se encendió el fuego de su infinita esperanza de hombre entero. «Paraguay mío ―escribió en una hora de angustia―, donde ha nacido mi hijo, donde nacieron mis sueños fraternales de ideas nuevas, de libertad, de arte y de ciencia que yo creía posibles ―y que creo aún, ¡sí!― en este pequeño jardín desolado, ¡no mueras!, ¡no sucumbas! Haz en tus entrañas, de un golpe, por una hora, por un minuto, la justicia plena, radiante, y resucitarás como Lázaro» (Bajo el terror, volante, 3―XI―1908). Y en una carta de 1909 le dice también a Panchita: «En el Paraguay y al lado tuyo me hice al fin hombre».

De sus primeros años y de su juventud no sabemos casi nada. De esa época sólo ha llegado hasta nosotros el mudo testimonio de algunas fotografías borrosas y amarillentas, indicios melancólicos de una existencia desahogada y amable. Sin duda recibió una excelente educación, y, según parece, pasó algunas temporadas en París, asistiendo quizás a cursos y conferencias. En Madrid hizo estudios en la Escuela de Caminos ―sin concluir la carrera―. Ello le permitiría, después, hacer trabajos de agrimensura en el Paraguay. El escritor Ramiro de Maeztu, que lo conoció en aquellos años, lo recuerda así:

Las gentes de mi tiempo recordarán que hacia 1900 cayó por Madrid un joven de porte y belleza inolvidables. Era un muchacho más bien demasiado alto, con ojos claros, grandes y rasgados; cara oval, rosada y suave, como una mujer, salvo el bigote; amplia frente, pelo castaño claro, con un mechón caído de un lado. Un poquito más ancho de pecho, y habría podido servir de modelo para un Apolo del romanticismo[1].

Un penoso incidente ―relatado por el mismo Maeztu― lo alejó para siempre de aquel ambiente, cuya inmoralidad y estulticia denunciaría después en diversos escritos.

Lo que más importa señalar acerca de este período de su vida acaso sea el hecho de haberse formado en la misma atmósfera conflictiva de los hombres de la generación del 98, que en su juventud, esto es, durante los últimos diez o quince años del siglo pasado, y aún a principios del XX, militaron, casi todos ellos, en tendencias políticas radicales. Pero a diferencia de estos escritores, que involucionaron hacia posiciones moderadas, tradicionalistas o incluso reaccionarias (con excepción de Antonio Machado y de Ramón del Valle Inclán), Barrett hizo el camino inverso. Partiendo de una situación de clase privilegiada ―lo que por lo demás le permitió acceder a  los instrumentos teóricos y de análisis de la realidad social―, en contacto con las dramáticas condiciones del Paraguay y de los demás países del Plata, llegaría a asumir plenamente la causa de las clases oprimidas y explotadas.

En Argentina

La ruptura existencial con el mundo en que se había desenvuelto su juventud lo indujo, probablemente, a dejar España. Barrett llegó a Buenos Aires, donde se había radicado una rama de los Álvarez de Toledo, el 3 de agosto de 1903.

Ya en agosto de ese año colaboraba en la revista Ideas, que dirigía Manuel Galvez en Buenos Aires. Se ha dicho que fue redactor de El Diario Español, pero se trata de un error, pues fue en El Correo Español en el que colaboró y quizás fue miembro de la redacción. En este periódico aparecen algunos artículos bajo su firma. Pasó después al diario El Tiempo, en cuyas páginas se encuentra por primera vez su nombre al pie de un comentario sobre una exposición pictórica, en abril de 1904.

¿Qué hizo Barrett en el año y medio, aproximadamente, que vivió en la Argentina, además de trabajar, posiblemente con desgano, en tareas periodísticas? Si tomamos como indicio su artículo Buenos Aires, incluido en Moralidades actuales, y según algunos publicado originalmente en dicha ciudad, colegiremos quizás que allí empezó a ver la realidad social y a percibir las profundas contradicciones que estremecían a una sociedad fundada en la miseria humana. Ese artículo es, ciertamente, uno de los textos más impresionantes y mejor escritos de Barrett. Debemos agregar, únicamente, que por nuestra parte lo hemos visto publicado por primera vez en Asunción en noviembre de 1906, esto es, en la época en que, precisamente, parecía abrirse Barrett a las ideas sociales más radicales. De cualquier manera, es indudable su valor como expresión de su actitud vital frente a una situación que su sensibilidad y su inteligencia no podían admitir ni silenciar. Lo cierto es que en Buenos Aires Barrett participó en actos políticos de la inmigración republicana española, y que a raíz de ello tuvo una disputa con un señor Juan de Urquía, que desembocó en un desafío a duelo que no se llevó a cabo, pues el mencionado Urquía decidió a última hora no batirse con Barrett, invocando el incidente madrileño de 1902. Los detalles pueden verse en El Correo español, de fines de abril de 1904.

Rafael Barrett (sentado), rodeado de los sindicalistas revolucionarios que lo visitaron en agosto de 1910 en San Bernardino, un mes antes de que partiera a Francia.

Rafael Barrett (sentado), rodeado de los sindicalistas revolucionarios que lo visitaron en agosto de 1910 en San Bernardino, un mes antes de que partiera a Francia.

En Paraguay

Sea como fuere, el hecho es que sus inquietudes no le dejaron echar raíces en la Argentina. Fue así como, en octubre de 1904, se vino al Paraguay como corresponsal de El Tiempo, con motivo de la revolución iniciada aquí en agosto de ese año. Barrett, que había llegado como periodista, simpatizó inmediatamente con los revolucionarios liberales, en cuyo campamento de Villeta desembarcó. Cuando envía su primera y única crónica de la «revolución» a El Tiempo, a principios de noviembre, ya se hallaba incorporado a sus filas. Ese texto, inédito hasta su inclusión en la edición paraguaya de sus Obras completas, es el primero de Barrett sobre el Paraguay y revela ya el punto de vista liberal―crítico de su autor frente a los problemas del país.

Barrett llegó a Asunción probablemente el 24 de diciembre junto con las fuerzas revolucionarias triunfantes. Su vida, aquí, en los primeros tiempos, nos ha sido referida sumariamente por su amigo José Rodríguez Alcalá en dos artículos, publicado el primero en 1911, recién fallecido Barrett, y el segundo treinta y un años después, en 1942. Lamentablemente, otros amigos de la primera hora, como Manuel Gondra y Modesto Guggiari, no han dejado nada escrito sobre Barrett en aquellos días. Volvamos, pues, a los documentos.

En el Registro Oficial de 1905 se encuentra un Decreto en que se nombra a Rafael Barrett auxiliar de la Oficina General de Estadística, con fecha 31 de enero de 1905. Meses después, el 26 de agosto, por otro Decreto se le nombra jefe de sección de la misma Oficina «en reemplazo de don Hérib Campos Cervera, que renunció». Pero Barrett no persistió en las tareas burocráticas, que sin duda se avenían poco con su carácter y su real capacidad intelectual, y menos de un mes después, el 15 de setiembre, aparece otro Decreto en el que se nombra un nuevo jefe de sección, dándose «las gracias al dimitente (Barrett) por los servicios prestados». Por ese tiempo también Barrett entra a trabajar en el Ferrocarril, como secretario general (según su viuda), cargo al que renunciaría en 1906, en desacuerdo con el trato que la empresa daba a sus trabajadores.

Barrett se incorporó enseguida a la vida «social» de la ciudad. Fue electo secretario del Centro Español, que por entonces reunía a lo que se solía llamar la «gente bien». Allí conoció a Francisca López Maíz, su futura esposa. Y de esa época (1905) son estos tres encantadores versos, impregnados del espíritu galante de la «belle epoque», autografiados sobre el paisaje crepuscular de una postal dirigida a la joven Leonor Montero:

La mañana es azul, la tarde es roja,

Y es blanco el sol; pero en la noche augusta,

La sombra es del color de nuestros sueños…

Barrett no tardó tampoco en integrarse a las actividades intelectuales y periodísticas de Asunción. El 26 de enero de 1905 se publica su primer artículo en el Paraguay, bajo el título La verdadera política. Se trata de un texto particularmente interesante como índice de su manera de ver la actividad política y la función de los partidos políticos en general, y en particular de su visión de la situación paraguaya en esos momentos.

El optimismo de este artículo se desvanecería con el correr del tiempo, al observar Barrett más detenidamente los manejos de la vida política, que llegarían a repugnarle profundamente. En 1905, aunque resulte notorio el conocimiento que tiene de los movimientos sociales y políticos de la época, habla todavía como una conciencia liberal progresista, que confía en la acción política positiva para la solución de los problemas del país.

Pero las miserias de la vida política, precisamente, le producirían una honda conmoción poco más de un año después de su llegada al Paraguay, cuando, a raíz de una polémica periodística, se enfrentaron en un duelo dos jóvenes liberales, Gomes Freire  Esteves y Carlos García. Este último, que era miope, fue herido en el lance y falleció casi inmediatamente. Barrett, indignado, publicó el mismo día un artículo responsabilizando a los padrinos de García por el luctuoso hecho. Aquellos padrinos se llamaban Miguel Guanes y Albino Jara.

Algunos días después, Miguel Guanes encara airadamente a Barrett en el Centro Español. Según referencias periodísticas, Barrett adoptó una actitud serena, pero la gravedad de los insultos proferidos contra él lo obligaron a desafiar a Guanes a un duelo, que éste no aceptó. En esos hechos, que dejaron en posición desairada a los padrinos del difunto Carlos García, puede verse uno de los motivos (pero solamente uno de los motivos) del ensañamiento de Albino Jara contra Barrett, tiempo después, cuando se convirtió en el hombre fuerte del gobierno en 1908.

Tenía treinta años Barrett cuando se casó el 20 de abril de 1906 con Panchita. No se trata de un mero dato para su biografía, pues hay que decir que su matrimonio y el nacimiento de su hijo constituyeron para él acontecimientos entrañables, que sólo pueden compararse a su decisión de darse enteramente a la causa de la humanidad oprimida. Las huellas de su relación afectiva con su mujer y su hijo han quedado marcadas en su correspondencia con Panchita, llena de ternura, y a veces de dolor, y en algunos textos como el admirable artículo titulado Mi hijo. Si hubiera alguna duda sobre la nobleza y la sinceridad de este escritor, ahí están, para confirmarlas, sus cartas íntimas, en total correspondencia con las ideas y sentimientos que expresaba públicamente.

En cuanto a su lucha por la redención social, no fue por cierto una mera pose, como en tantos otros, sino una opción existencial plenamente consciente y responsable, con la cual comprometía no sólo su inteligencia sino su vida entera. Su decisión de asumir esa causa se gestó, posiblemente, entre 1906 y 1907, y se transparenta en diversos artículos de esos años. Pero es en 1908 cuando se dedica a dar conferencias para los obreros y hace la tremenda denuncia de Lo que son los yerbales. Ese trabajo, que se publicó originariamente como una serie de artículos entre el 15 y el 27 de junio de 1908, le costó la ruptura con la gente «respetable» y la opinión adversa de algunos periódicos.

Barrett no fundó el sindicalismo paraguayo, pero con sus escritos le aportó las razones de su existencia, la legitimidad de su acción liberadora. La Federación Obrera Regional del Paraguay ya existía y se inspiraba en la ideología anarcosindicalista. En la década del 20, las bases ideológicas del movimiento obrero paraguayo fueron tomando un sesgo socialista marxista. Barrett, cuyos escritos eran bandera del sindicalismo anarquista, siguió siendo un referente de las organizaciones obreras y del pensamiento socialista, como testimonia, por ejemplo, la admiración que guardaban por su obra y su pensamiento referentes históricos del Partido Comunista, en el Paraguay, como Obdulio Barte y Oscar Creydt.

Por entonces ―1908― ya había contraído la tuberculosis, que le obliga a recluirse algunas veces en San Bernardino, otras en Laguna Porá. Pero sus fuerzas para la lucha no decaen. Poco tiempo después de iniciada su campaña contra la explotación del hombre en los yerbales, se produce el cruento golpe de Estado de julio, que depone al General Ferreira y convierte al Coronel Albino Jara en árbitro de la situación política. En medio de la lucha armada, Barrett y José Guillermo Bertotto, con riesgo de sus vidas, salen a recoger heridos y a prestarles los primeros auxilios. Saldo de la revolución: sesenta muertos y ciento cincuenta heridos; y, por supuesto, apresamientos, persecuciones, arbitrariedades… Barrett, que no podía hacerse cómplice callando, funda un quincenario, Germinal, desde el cual sigue denunciando, al margen de toda bandería política, las condiciones de vida del pueblo y sus causas reales. Demasiado enfermo ya, deja Germinal en manos de Bertotto y se va a San Bernardino. Pero al ser clausurado el periódico, que sólo alcanza el undécimo número, vuelve a la lucha, proclamando en volantes su resistencia al terror, actitud que le cuesta el apresamiento, igual que a Bertotto. Estos hechos son bastante conocidos, pues han sido relatados por Bertotto. No nos detendremos en ellos, ni en la deportación que sufrió Barrett casi inmediatamente, y que lo llevó a Puerto Murtinho y Corumbá primero, y a Montevideo después, entre octubre y noviembre de aquel año. Detalles sabrosos y patéticos se encontrarán en las cartas que escribía Barrett a Panchita en esos días.

La ciudad de Montevideo, en la que en un primer momento se siente desorientado, pronto se abre para él. Allí hace amistad con Frugoni, Herrera, Falco, y comienza un fecundo período de colaboraciones en el diario La Razón, que dirigía un hombre abierto y generoso, Samuel Blixen. Pero la tuberculosis, que apenas lo deja vivir, lo obliga a internarse en un hospital, desde donde sigue, sin embargo, escribiendo. No se quedó mucho tiempo en la capital uruguaya, en la que acaso por vez primera sintió una atmósfera intelectual verdaderamente fraternal, y donde las primeras inteligencias del país reconocieron de inmediato su excepcional talento.

Fiel a su vocación y a sus convicciones libertarias, después de tres meses y medio en Montevideo, decide volver al Paraguay a vivir confinado en una estancia de Yabebyry, inmerso en la naturaleza y la realidad campesina. Barrett, que, a raíz de su destierro, había sido invitado a hablar del Paraguay, y que se negó porque no quería «contribuir al descrédito de un país que tanto amo», y porque «los trapos sucios se lavan en casa», como le decía en una carta a Hérib Campos Cervera. Barrett, desde su confinamiento, levantará su voz para defenderlo cuando es ofendido gratuitamente desde un periódico de Corrientes.

Al cabo de un año, se le permite radicarse en San Bernardino, a cincuenta y tantos kilómetros de Asunción. Desde allí colabora en El Nacional, un diario fundado ese mismo año de 1910. Y en sus páginas publica una nueva denuncia de las condiciones de vida en el campo bajo el título de Lo que he visto, luego incorporado a El dolor paraguayo. En esta ocasión le salió al paso el doctor Manuel Domínguez, bajo el seudónimo de Juvenal, en un artículo titulado Lo que Barrett no ha visto, donde afirmaba, poco más o menos, que Barrett veía la realidad con ojos de enfermo. Este contestó, dolido y exasperado, con un desgarrador No mintáis.

Un poco más tarde entregaba a las prensas del mismo periódico los capítulos de su notable estudio sobre La cuestión social. Escrito como refutación de un extenso trabajo del Dr. Rodolfo Ritter ―en el cual éste niega la existencia de problemas sociales en el Paraguay, o los minimiza―, Barrett reafirma y refuerza, en su ensayo, sus juicios sobre la realidad paraguaya, además de subrayar las grandes direcciones ideológicas de las luchas sociales modernas.

A diferencia de otros pensadores anarquistas, Barrett reivindica en este ensayo polémico la validez del aporte de Marx al pensamiento revolucionario, convirtiéndose así en precursor del anarcomarxismo que tiempo después, ya avanzada la década del 60, tomaría forma en los escritos de Daniel Guerin y Noam Chomsky. Barrett comprendió tempranamente y con meridiana lucidez que «el antagonismo entre anarquistas y socialistas es la última carta de la burguesía. La gran Internacional, que hizo vacilar a Europa, fracasó por la divergencia entre los discípulos de Marx y los de Bakunin. Si la actual Internacional lograra la unión de las dos ramas en el terreno relativamente neutro del sindicalismo, los minutos que le restan de vida a la sociedad capitalista, estarían contados».

El 21 de agosto del mismo año lo visitan en San Bernardino sus amigos sindicalistas, por quienes aparece rodeado en la penúltima fotografía que conocemos de él. Barrett, consumido por la tisis, era físicamente apenas «un fantasma de sí mismo», según dijo José Concepción Ortiz. No obstante, escribe con más pasión e inteligencia que nunca.

Moralidades actuales había sido editado en Montevideo, y casi al mismo tiempo se había publicado en Asunción su folleto El terror argentino. Y el 1 de setiembre parte hacia Francia en busca de un ilusorio alivio, llevando consigo los originales de El dolor paraguayo, que Bertani imprimirá después de su muerte, en 1911. En el Paraguay se habían quedado Panchita y su pequeño hijo, aguardando el milagro de una recuperación imposible.

En Montevideo se detiene sólo el tiempo que falta (menos de un día) para tomar el barco que ha de llevarlo a Europa. En ese lapso acuden junto a él sus amigos ―como cuenta él mismo en una carta a Panchita, escrita el 11 de setiembre en el Re Villoría, vapor italiano en el cual viajaba―, «y los que más me agradaron, obreros, tipógrafos, jornaleros que me llamaban ‘maestro’ y me estrujaban las manos entre las suyas callosas». Los periodistas le agasajan, los fotógrafos le retratan, los editores le piden originales de libros que no ha escrito aún, «en fin ―sigue diciendo Barrett―, la prosperidad al cabo…» Y en el muelle, «la despedida final… un desconocido me dio unos ramos de violetas, diciéndome: las últimas flores de Montevideo ―y lloré pensando en ti, en mi amor y en tu orgullo…»

No se olvida del Paraguay. «A bordo del Re Vittorio, setiembre de 1910», escribe la primera de sus Cartas de un viajero. Desde París, desde Arcachon ―una villa a la vera del mar Cantábrico, donde pasará los dos últimos meses―, Barrett sigue enviando sus artículos a los periódicos paraguayos y uruguayos. La muerte de Tolstoi, uno de los pocos contemporáneos que admira, motiva dos de sus más hermosos artículos, uno de ellos publicado ya póstumamente en Asunción.

El 13 de diciembre de 1910 Barrett sabe ya que la llama está a punto de apagarse. Sus manos trazan, entonces, para su mujer y su hijo, las últimas palabras «para decir que estoy demasiado bien cuidado, y que mi alma está serena y llena de confianza en la vida que os recompensará de vuestros dolores si los examináis y sufrís con lealtad y con valor». Y el día 17, a las cuatro de la tarde, su vida se extingue. Había muerto el hombre, no su palabra, fundida ya en la sangre y en la conciencia de la humanidad oprimida.

Nota: esta biografía es la primera parte de Rafael Barrett, escritor y pensador revolucionario, publicado por la editorial El Lector, en 2011.


[1] Publicado en el diario El Sol, de Madrid.

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2 Comentarios
  • alexlopezrolon@gmail.com
    enero 8, 2014

    Que interesante artículo y que buena revista. Por sí les sirve de alivio les comento que en mi tienen un lector de esta revista para lectores. Un abrazo fraterno, Alex (Múnich, Alemania)

    • Revista Y
      enero 8, 2014

      Gracias, Alex, de Múnich. Es verdaderamente un alivio saber que contamos con lectores, sobre todo con alguien que nos lee desde lejos. Un abrazo.

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