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Putois

La señora Bergeret, para excusar a su familia de una invitación insistente, dice que deberán aguardar a su jardinero, a quien nombra Putois sin saber que formaría parte de sus vidas y la sociedad. Este cuento de 1907 es una de las mejores narraciones breves de Anatole France.

Putois-AnatoleFrance_Y

Aquel jardín de nuestra infancia —dijo el señor Bergeret—, aquel jardín que recorrían de punta a punta en veinte zancadas, fue para nosotros un mundo inmenso, poblado de sonrisas y espantos.

—Luciano, ¿te acuerdas de Putois? —preguntó Zoé. Y sonreía con los labios apretados y sin levantar la nariz de su costura.

—¡Que si me acuerdo de Putois!… Entre todas las figuras que desfilaron ante mis ojos cuando yo era niño, la de Putois es la que recuerdo mejor. Los rasgos de su rostro y de su carácter están presentes en mi memoria. Tenía el cráneo puntiagudo…

—La frente muy estrecha —añadió la señorita Zoé.

Y el hermano y la hermana recitaron alternativamente, con voz monótona y gravedad extravagante, los artículos de una especie de filiación.

—La frente, estrecha.

—Los ojos, saltones.

—La mirada, desvanecida.

—Una pata de gallo en la sien.

—Los pómulos salientes, colorados y brillantes.

—Las orejas, planas.

—Los rasgos de su fisonomía, sin expresión.

—Solamente sus manos, que no dejaban de moverse un instante, permitían adivinar sus pensamientos.

—Flacucho, encorvado, y en apariencia débil.

—Pero, en realidad, forzudo como pocos.

—Rompía fácilmente una moneda de diez céntimos con el índice y el pulgar.

—Un pulgar enorme.

—Su voz era melosa.

—Sus palabras humildes.

De pronto, el señor Bergeret exclamó seriamente:

—Zoé, no dijimos que tenía el pelo amarillo y la barba rala. Volvamos a empezar.

Paulina, después de oír con sorpresa tan extraña relación, le preguntó por qué aprendieron aquellas frases y por qué las recitaban a manera de letanía.

El señor Bergeret respondió seriamente:

—Paulina, lo que acabas de oír es un texto sagrado, hasta litúrgico pudiera decirse, para uso de la familia Bergeret. Conviene que te sea trasmitido para que no perezca con tu tía y con tu padre. Tu abuelo, hija mía, tu abuelo Eloy Bergeret, a quien no agradaban las estupideces, estimaba esas frases en atención a su origen. Llamábalas «anatomía de Putois», y solía decir que le agradaba más, por varios conceptos, la anatomía de Putois que la anatomía de Quaresmeprenant. «La descripción de Xenomanes contiene más frases cultas y preciosas —decía—, pero la de Putois le lleva no poca ventaja por lo claro y puro de su estilo». Y opinaba de este modo porque el doctor Ledouble de Tours no había explicado aún los capítulos treinta, treinta y uno y treinta y dos del cuarto libro de Rabelais.

—No entiendo una palabra.

—Porque no conoces a Putois, hija mía. Zoé sabe tan bien como yo lo que fue la figura de Putois en nuestra infancia. Tu abuelo Bergeret y sus familiares hablaban constantemente de Putois. Y todos solían verlo de cuando en cuando.

Paulina preguntó:

—Ese Putois, ¿quién era?

Por toda respuesta, el señor Bergeret echóse a reír, y la señorita Zoé también reía, sin despegar los labios.

Paulina los miraba con extrañeza, porque la solterona jamás reía con tanto gusto, ni solía reír por los mismos pretextos que su hermano, porque la hermana y el hermano sustentaban de costumbre opiniones opuestas.

—Papá, dime quién era Putois. ¿No que quieres que yo lo conozca? Pues dime quién era.

—Putois era jardinero. Hijo de honrados campesinos, estableció un vivero de flores y de árboles de jardín de Saint‐Omer. Pero no supo agradar a su clientela, y sus negocios iban de mal en peor. Entonces abandonó su industria y se dedicó a trabajar como jornalero. Las personas que lo emplearon no siempre quedaban satisfechas.

Mientras su hermano pronunciaba estas palabras, Zoé Bergeret reía más y más. Al fin dijo:

—¿Recuerdas, Luciano? Cuando nuestro padre no encontraba en su escritorio el tintero, la pluma, las obleas o las tijeras, decía siempre: «Sospecho que Putois anduvo por aquí».

—¡Ah! —exclamó Bergeret—. Putois no gozaba de buena reputación.

—Y ¿eso es todo? —preguntó Paulina.

—No, hija mía, eso no es todo. Lo notable de Putois es que le conocíamos todos perfectamente, y sin embargo… Y sin embargo… eso no es todo. Lo notable de Putois…

—No existía —dijo Zoé.

El señor Bergeret dirigió a su hermana una mirada de reproche.

—¡Qué indiscreción la tuya! ¿Por qué rompes el encanto? ¡Putois no existía! ¿Cómo te atreves a decirlo? ¿Podrías sostenerlo, Zoé? Para afirmar que Putois no existía, que Putois no existió nunca, ¿reflexionaste acerca de las condiciones de lo existente y las maneras de existir? Putois existía, hermana; pero es cierto que su existencia fue muy especial.

—Cada vez comprendo menos —dijo Paulina, desconcertada.

—Ahora lo comprenderás todo, hija mía.

Has de saber que Putois nació en la madurez de los años, cuando Zoé y yo éramos niños. Habitábamos en una casita de barrio de Saint Omer. Nuestros padres vivieron allí tranquilos y aislados, hasta que los descubrió la vieja señora Cornouiller, que vivía en su finca de Montplaisir, a cinco leguas de la ciudad, y resultó ser de la familia de mi madre. Valióse de su parentesco para exigir que todos los domingos nuestros padres fuesen a Montpiaisir, donde se aburrían atrozmente. Consideraba de buen tono comer en familia los domingos, y decía que solamente los pobretones desatienden tan antigua costumbre. Mi padre se moría de hastío en Montplaisir, y aun cuando él nunca se propuso disimularlo, no lo advertía la señora de Cornouiller. Mi madre era más valerosa, y a pesar de sentir un hastío tan enorme como el de mi padre, sonreía.

—Las mujeres han nacido para sufrir —dijo la solterona.

—Zoé, todos venimos al mundo para sufrir. En vano nuestros padres rechazaban tan funestas invitaciones: el coche de la señora de Cornouiller iba a buscarlos todos los domingos. Era inevitable ir a Montplaisir; era una obligación a la cual estaba terminantemente prohibido sustraerse; era un orden establecido que sólo una rebeldía pudo romper. Mi padre se rebeló al fin; retiróse para siempre del trato familiar de la señora de Cornouiller y dejó a mi madre que le disculpara con pretextos diferentes y razones atendibles, aun cuando tenía pocas aptitudes para el disimulo. Nuestra madre no

sabía fingir.

—Luciano, di que no quería fingir. Pudo hacerlo como los demás.

—Prefiero alegar buenas razones a inventar mentiras inconsistentes. ¡Recuerdo muy bien! —dijo Zoé.

—Te curaste al fin, hermana; y la señora Cornouiller le dijo a nuestra madre: «Hijita, el domingo no dejaréis de ir a Montplaisir». Nuestra madre, obligada entonces a darle una disculpa verosímil para salir del apuro, inventó una excusa: «Lo siento mucho, señora, pero este domingo esperamos al jardinero».

Ante aquella respuesta inesperada, la señora Cornouiller miró al jardincito abandonado, en donde los botoneros y los lilos crecían a su gusto sin haber conocido nunca la podadera.

—¡Esperan al jardinero! ¿Para qué?

—Para trabajar en el jardín.

Mi madre dirigió instintivamente sus ojos hacia los matorrales agrestes que poblaban su «jardín» y comprendió con espanto la inverosimilitud de su disculpa.

—El jardinero —adujo la señora Cornouiller— podría trabajar en el jardín los lunes o los martes; y sería preferible porque no se debe trabajar en domingo.

A lo que mi madre contestó:

—Está muy ocupado toda la semana.

He observado con frecuencia que las razones más absurdas y ridículas son las menos discutidas: desconciertan al adversario. La señora Cornouiller insistió mucho menos de lo que podía esperarse de persona tan poco dispuesta a ceder. Levantóse y preguntó:

—¿Cómo se llama ese jardinero, hijita?

—Putois —respondió mi madre sin vacilar.

Putois tenía ya nombre. Desde aquel momento existía. La señora Cornouiller mascullaba:

—Putois. Creo haber oído su nombre. ¿Putois? ¿Putois? Me parece que lo conozco bastante. Pero ahora no recuerdo… ¿Dónde vive?

—Trabaja siempre a jornal, de jardín en jardín, y cuando se le necesita le avisamos de unos a otros.

—¡Ah! me lo figuraba; es un holgazán, un vagabundo, un… cualquier cosa. Desconfía de tu jardinero. En lo sucesivo, Putois ya tuvo su carácter especial.

II

Llegaron los señores Goubin y Juan Marteau; el señor Bergeret los puso al corriente del asunto.

—Hablábamos de aquel a quien un día mi madre hizo nacer de pronto jardinero de Saint‐Omer y le llamó por su nombre. Desde entonces existe.

—¿Quiere usted aclararnos esto, querido maestro? —dijo el señor Goubin mientras limpiaba sus lentes.

—Con mucho gusto —respondió el señor Bergeret—. No había tal jardinero, no existía. Mi madre dijo: «Espero al jardinero», y desde entonces existió el jardinero, como un personaje real.

—Querido maestro —preguntó el señor Goubin—, ¿es posible que se presentara el jardinero como un personaje real, si no existía?

—Tuvo una especie de existencia —respondió el señor Bergeret.

—Querrá usted decir una existencia imaginaria —replicó desdeñosamente el señor Goubin.

—Y una existencia imaginaria, ¿no es nada? —exclamó el maestro—. Los personajes mitológicos, ¿no pueden influir en los hombres? Reflexione usted acerca de la mitología, señor Goubin, y advertirá que no son los personajes mitológicos, seres reales, sino seres imaginarios que ejercieron en las almas acciones profundas y duraderas. En todas partes y siempre, seres que no tuvieron más realidad que Putois han inspirado a los pueblos odio y amor, terror y esperanza; han aconsejado crímenes, han recibido ofrendas, han establecido las costumbres y las leyes. Señor Goubin, reflexione acerca de la eterna mitología. Putois es un personaje mítico de los más confusos, lo reconozco, y de la especie más humilde. Un sátiro grosero, sentado en tiempos remotos a la mesa de nuestros campesinos del norte, fue digno de aparecer en un cuadro de Jordaens y en una fábula de La Fontaine. El velludo hijo de Sicorax formó parte del mundo sublime de Shakespeare; Putois menos feliz, será siempre despreciado por los artistas y los poetas. Le faltan altura y originalidad, estilo y carácter; es fruto de inteligencias razonables y sencillas, y no intervino en su nacimiento la imaginación fecunda, creadora de mitos. Con eso basta, señores, para comprender la verdadera naturaleza de Putois.

—Yo la comprendo perfectamente —dijo el señor Goubin.

Y el señor Bergeret prosiguió su discurso:

—Putois existía; puedo asegurarlo. Existía. Fíjense bien, señores, y se cerciorarán de que existir no implica en modo alguno la sustancia, y que sólo significa el lazo que une al atributo con el sujeto; expresa una relación, y nada más.

—No lo niego —dijo Marteau—; pero ser sin atributo es lo menos que se puede ser. Alguien, cuyo nombre ahora no recuerdo, ha dicho: «Yo soy el que soy». Perdone lo frágil de mi memoria; no es posible acordarse de todo; pero el desconocido que así hablaba cometió una grave imprudencia. En esta frase dio a entender que se hallaba desprovisto de atributos y privado de relaciones, proclamó que no existía, se suprimió aturdidamente. Apuesto a que ya no se habla nunca de él.

—Pierde usted su apuesta —repuso el señor Bergeret—, porque borró el mal efecto de aquella parábola egoísta, aplicándose en un cúmulo de adjetivos, y se habló mucho de él, sin sentido común la mayor parte de las veces.

—No lo entiendo —dijo el señor Goubin.

—No hace falta entenderlo —respondió Juan Marteau.

Y rogó al señor Bergeret que hablara de Putois.

—Es usted muy amable al pedirme referencias de aquel hombre —dijo el maestro—. Putois nació a mediados del siglo XIX en Saint‐Omer, y mejor le hubiera sido venir al mundo siglos antes en el bosque de los Ardennes o en el de Brocelianda. Entonces alcanzaría reputación de genio maligno y habilidoso.

—¿Le sirvo una taza de té, señor Goubin? —dijo Paulina.

—Pero ese Putois, ¿era una mala persona? —preguntó Juan Marteau.

—Sí: era mala persona —respondió el señor Bergeret—. Malo en cierto modo, no completamente. Era como esos diablos con fama de perversos, en los que se descubren buenas cualidades cuando se les trata. Y me atrevo a decir que han calumniado mucho a Putois. La señora Cornouiller, recelosa contra él, tachóle de holgazán, de borracho y hasta de ladrón; pero no tardó en reflexionar que sólo el hecho de servir a mis padres, personas de modesta posición, acreditaba de humildes las pretensiones de Putois, y al punto discurrió si le resultaría más económico que su jardinero, el cual estaba mejor considerado pero tenía muchas exigencias. Acercábase la época de recortar los bojes, y dedujo que si para la señora Bergeret, cuya posición era humilde, trabajaba Putois por muy poco dinero, trabajaría para ella en condiciones aún más económicas, ateniéndose a la costumbre de que a los ricos todo les cuesta menos que a los pobres. Ya veía sus bojes recortados en forma de murallas, de bolas, de pirámides, y todo por muy poco dinero. «Tendré mucho cuidado —se decía— para que Putois no esté ocioso ni me robe. Sin exponerme a ningún riesgo, puedo conseguir muchas ventajas. Esos vagabundos algunas veces son más habilidosos que los obreros honrados». Resuelta a probarlo, dijo a mi madre: «Hijita, envíame a Putois. Le haré trabajar en Montplaisir.» Mi madre se lo prometió, y lo hubiera hecho con gusto; pero era verdaderamente imposible. La señora Cornouiller esperó a Putois en Montplaisir, y lo esperó en vano. Firme en sus convicciones y obstinada en sus propósitos, cuando volvió a verse con mi madre, lamentóse por no haber tenido noticias de Putois. «¿No le dijiste que yo le aguardaba?» «Sí; pero es tan huraño, tan chocante…» «Ah, conozco esa clase de gente. Me sé de memoria la extravagancia de vuestro Putois. Pero ningún obrero, por más estrafalario que sea, puede negarse a trabajar en Montplaisir. Mi casa es muy conocida, y Putois obedecerá mis órdenes sin rebelarse lo más mínimo, te lo aseguro. Dime dónde vive y yo misma iré a buscarlo.» Mi madre respondió que no sabía las señas de Putois, que su domicilio no era conocido, que no tenía casa ni hogar. «No he vuelto a verlo, y hasta creo que se esconde.»

¿Podía ocurrírsele algo más oportuno? Sin embargo, la señora Cornouiller la escuchaba recelosa, y concibió la sospecha de que mi madre se negase a declarar el paradero de Putois por el temor de perderlo o de que aumentara el precio de su trabajo cuando le solicitasen más, y la juzgó egoísta. Muchos juicios aceptados por todo el mundo y consagrados por la Historia no tienen mejor fundamento.

—Es indudable —dijo Paulina.

—¿A qué te refieres? —preguntó Zoé, que dormitaba.

—Es indudable que los juicios de la Historia, generalmente, son erróneos. Recuerdo, papá, unas palabras tuyas: «La señora Rolland —dijiste— demostraba mucha candidez cuando apeló a la justicia de la posteridad, sin comprender que si sus contemporáneos eran unos monos de mala índole, también la posteridad se compondría de la misma clase de monos perversos.»

—Paulina —preguntó severamente la señorita Zoé—, ¿qué relación existe entre la historia de Putois y lo que acabas de recordarnos?

—Tía Zoé, son dos ideas que se relacionan mucho.

—No comprendo.

El señor Bergeret, que se complacía en las digresiones, respondió a su hija:

—Si todas las injusticias fuesen reparadas en este mundo, no se hubiera imaginado nunca otro para repararlas. ¿Cómo es posible que la posteridad juzgue equitativamente a todos los muertos? ¿Cómo interrogarlos en la sombra donde se hallan sumergidos? A la hora de la justicia los olvidamos. ¿Se puede ser justo alguna vez? ¿Qué es la justicia? La señora Cornouiller se convenció, al fin, de que mi madre no la engañaba y de que Putois era inasequible.

Sin embargo, no renunció a dar con sus trazas, para lo cual preguntaba a todos los parientes, amigos, criados y abastecedores si conocían a Putois. Sólo dos o tres respondieron que jamás habían oído nada referente a tal hombre, pero los más aseguraban que le vieron alguna vez en alguna parte. «Me suena ese nombre —dijo la

cocinera—; sin embargo, no puedo recordar a quién llaman así». «¡Putois! Pero, ¡si no hay nombre más conocido! —exclamó el peón cocinero, mientras se rascaba la oreja—; sin embargo, ahora no acierto a decir quién es».

Los más categóricos informes fueron aportados por el señor Blaise, recaudador de contribuciones, quien declaró haber empleado a Putois para cortar leña en su patio, desde el 19 hasta el 23 de octubre del año del Cometa.

Una mañana, la señora Cornouiller entró jadeante en el despacho de mi padre. «Acabo de ver a Putois». «¡Ah!» «Lo he visto». «¿Usted cree?» «Estoy segura; iba pegado a la tapia del jardín del señor Tenchar; luego ha doblado la esquina de la calle de las abadesas; llevaba un paso muy ligero y no le pude seguir. Se me escapó». «Pero, ¿era él?» «¡Indudablemente! Un hombre de unos cincuenta años, flacucho, encorvado, con una blusa vieja y renegrida, con trazas de vagabundo». «Es cierto —dijo mi padre—: las señas coinciden con las de Putois». «Ya ve usted si lo habré visto. Además lo llamé; grité: ¡Putois!, y volvió la cabeza.» «Ese es —dijo mi padre— el procedimiento que emplean los agentes de Policía para identificar a los malhechores a quienes persiguen.»

«¡Cuando yo aseguro que era él!… Yo sí que pude encontrarlo. ¡Por fin he visto a Putois! Es un hombre de mal aspecto. Cometisteis una imprudencia enorme cuando le hacíais trabajar en vuestro jardín. Tengo muy buen ojo, y aun cuando sólo pude verlo de espaldas, juraría que es un ladrón… y tal vez un asesino. Tiene las orejas muy planas, y ésa es una señal infalible». «¡Hola! ¿Reparó usted en que sus orejas eran planas?»

«A mí no se me escapa ningún detalle. Amigo Bergeret, si no quiere morir asesinado con su mujer y sus hijos, no consienta en que Putois entre jamás en su casa. Me permito darle un consejo; cambie todas las cerraduras.»

Y aconteció que, al cabo de algunos días, faltaron tres melones en el huerto de la señora Cornouiller. Como no había dejado ningún rastro el astuto ladrón, sospechó de Putois. Los gendarmes, llamados a Montplaisir, confirmaron con sus noticias la sospecha de la señora Cornouiller. Pandillas de merodeadores devastaban los jardines de la comarca; pero en aquella ocasión había indicios bastantes para suponer que cometió el robo un solo individuo extraordinariamente habilidoso. Ninguna señal de fractura, ningún rastro sobre la tierra humedecida. El ladrón no podía ser otro que Putois, a juzgar por las referencias. Tal fue la opinión del sargento, que tenía reunidos muchos informes acerca de Putois y estaba decidido a coger en el garlito a ese granuja.

El Diario de Saint‐Omer publicó una columna entera con interesantes noticias acerca del robo de tres melones de la señora Cornouiller, y las ilustró con rasgos de la fisonomía de Putois que no dejaban lugar a dudas, porque describían minuciosamente al atrevido personaje. «Tiene —decía el periódico— la frente muy estrecha; los ojos, muy saltones; la mirada, insegura; pata de gallo en las sienes; los pómulos, abultados, enrojecidos y relucientes; las orejas, muy planas. Flacucho, encorvado, débil en apariencia, es, en realidad, de una fuerza nada común; dobla fácilmente una moneda de plata sin más que oprimirla con el pulgar entre el índice y el dedo del corazón. Hay muchas razones —añadía el periódico— para atribuirle una serie de robos cometidos con sorprendente destreza.

Todo el mundo hablaba de Putois. Más adelante llegó a decirse que lo habían detenido y que se hallaba encarcelado; pero se averiguó que el detenido no era Putois, sino un vendedor de almanaques llamado Rigoberto; y como no había cargo alguno contra él, después de catorce meses de prisión preventiva, lo dejaron libre. A Putois, nadie lo encontraba. La señora Cornouiller fue víctima de un nuevo robo, mucho más audaz que el primero: faltaron de su aparador tres cucharitas de plata.

Segura de que sólo Putois pudo atreverse a cometer aquel escandaloso latrocinio, mandó poner una fuerte barra de hierro en la puerta de su aposento y no volvió a dormir tranquila.

III

A eso de las diez de la noche, y después de retirarse Paulina a su alcoba, la señorita Bergeret dijo a su hermano:

—No te olvides de contarles cómo sedujo Putois a la cocinera de la señora Cornouiller.

—Pensaba en ello, hermana —respondió el señor Bergeret—; omitirlo será suprimir lo más hermoso de la historia; pero hay que proceder con método. Putois fue tenazmente perseguido por la justicia, que no logró dar con él. Cuando comprendieron hasta qué punto era difícil hallarlo, todos cifraban su amor propio en descubrirlo y reconocerlo; así, las personas maliciosas lo consiguieron. Y como había muchas personas en los alrededores, aparecía Putois al mismo tiempo en las calles, en los campos y en los bosques. Fue añadido a su carácter un rasgo más. Le concedieron ese don de ubicuidad que poseen tantos héroes populares. Un ser que puede salvar en un momento enormes distancias y que de pronto aparece donde menos se le espera, asusta con razón. Putois fue el terror de Saint‐Omer. La señora Cornouiller, persuadida de que Putois le había robado tres melones y tres cucharitas, vivió aterrada y recluida en Montplaisir. Los cerrojos, las verjas y las cerraduras no la tranquilizaban. Putois era para ella un ser extraordinariamente sutil que se filtraba por las paredes. Un acontecimiento doméstico aumentó el espanto. Víctima su cocinera de una seducción amorosa, llegó un momento en que no le fue posible disimular su falta; pero se negó obstinadamente a decir el nombre de su amante.

—La muchacha se llamaba Godula —dijo la señorita Zoé.

—Llamábase Godula y la creían protegida contra los peligros del amor, porque tenía barba poblada, como un hombre. También una barba milagrosa protegió la virginidad de aquella sana hija del rey que se venera en Praga; pero la barba de Godula no bastó para defender su virtud. La señora Cornouiller instó a su criada para que le dijera el nombre de quien la abandonara después de haberla deshonrado. Godula se deshacía en llanto y guardaba silencio. Como eran igualmente inútiles con ella las amenazas y las súplicas, la señora Cornouiller hizo una minuciosa investigación. Interrogó hábilmente a sus vecinos y vecinas, a sus abastecedores, al carnicero, al peón camionero, a los gendarmes. Ninguno consiguió ponerla sobre la pista del culpable. Una vez más quiso que Godula confesase de plano. «Por tu propio interés, Godula, dime su nombre.» Godula continuaba silenciosa. De pronto, un rayo de luz cruzó por la imaginación de la señora Cornouiller: «¡Ha sido Putois!» La cocinera lloraba, pero no respondía. «¡Putois!, ¡Putois! ¿Cómo es posible que no se me haya ocurrido antes? ¡Putois!, desdichada, desdichada, desdichada».

La señora Cornouiller quedóse persuadida de que Putois engendró un hijo de su cocinera. Todos los vecinos de Saint‐Omer, desde el presidente del Tribunal hasta el farolero, conocían a Godula, inseparable de su cesta de la compra; y al enterarse de que Putois burló su honestidad, todo el mundo quedóse atónito, sorprendido y regocijado. Putois adquirió entonces la celebridad propia de un terrible matón y de un amante de las once mil vírgenes. Le colgaron, por algunos indicios triviales, la paternidad de otros cinco o seis niños que vinieron al mundo en pocos meses, y que mejor hubieran hecho en quedarse por allá, según la suerte que aquí les aguardaba y el trastorno que ocasionaron a sus madres. Designaban, entre otras, a la criada del señor Marechal, dueño de la tienda que se rotula La unión de pescadores; a una panadera y a la jorobadita de Pont Biquet, que, por haber escuchado a Putois, dieron a luz un niño. ¡Es un monstruo!, exclamaban las comadres.

Y Putois, el sátiro invisible, amenazaba con accidentes irreparables a todas las jóvenes de la ciudad, donde, según los viejos afirmaban, las mozas fueron siempre pacíficas y honestas.

Así, al diseminarse por la población y sus alrededores, permanecía unido a nuestra casa con muchos lazos sutiles, pasaba por delante de nuestra puerta y hasta escaló alguna vez la tapia de nuestro jardín. Nunca se le veía de frente; pero a cada momento reconocíamos su voz, su sombra y la huella de sus pasos. Más de una vez creímos adivinar su espalda en la revuelta de un camino, mientras anochecía. Con mi hermano y conmigo variaba un poco de carácter. También era maligno, perverso, cándido, menos real y hasta, si me atrevo a decirlo, más poético. Formaba parte del ciclo inocente de las tradiciones infantiles. Convertíase en «el Coco» y en «el Trapero» que se llevaban a los niños desvelados y llorones. No era el duende que, por la noche y en la cuadra, enreda la cola de los potros; menos rústico y menos encantador, pero igualmente ingenuo y travieso, pintaba bigotes de tinta a las muñecas de Zoé. Al meternos en la cama, y antes de dormirnos, le oíamos maullar como los gatos en los tejados, ladrar como los perros, llenar con sus gemidos las tolvas del molino, imitar en la calle las voces de los borrachos trasnochadores.

Evocábamos a Putois constantemente, y logró interesarnos como un ser familiar, porque su recuerdo iba unido a todos los objetos que nos rodeaban. Las muñecas de Zoé, mis cartapacios, cuyas páginas había revuelto y emborronado con frecuencia; las tapias del jardín, sobre las cuales vimos relucir muchas veces en la oscuridad sus ojos encandilados; el jarrón de porcelana resquebrajado por él, sin duda, en una noche de invierno (aunque bien pudo ser la helada quien lo hizo); los árboles, las calles, los bancos, todo nos recordaba a Putois, a nuestro Putois, al Putois de los niños, ser local y mítico. Sin igualar en gracioso atrevimiento ni en poética emoción al más burdo silvano, al fauno más grotesco de Sicilia o de Tesalia, no dejaba de ser un semidiós.

Para nuestro padre ofrecía otro aspecto emblemático y filosófico. A nuestro padre los hombres le inspiraban compasión.

No los creía muy razonables, y sus errores, cuando no eran crueles, le divertían y le hacían sonreír. La creencia en Putois le interesaba como un resumen y un compendio de todas las creencias humanas. De carácter irónico y burlón, hablaba de Putois como de un ser real, con tanta insistencia y con tal cúmulo de circunstancias, que mi madre se quedaba atónita y le decía con ingenuidad: «Parece que hablas en serio; sin embargo, sabes muy bien…»

Nuestro padre le replicaba suavemente: «Nadie duda en Saint‐Omer de la existencia de Putois. ¿Sería yo un buen ciudadano si lo negara? Antes de suprimir un artículo de fe común es preciso meditarlo mucho».

Sólo un espíritu de honradez extraordinaria tiene semejantes escrúpulos. En el fondo, nuestro padre era partidario de Gassendi. Armonizaba su sentir con el sentir común, y confirmaba, como todos los habitantes de Saint‐Omer, la existencia de Putois, pero sin admitir su intervención directa en el robo de los melones ni en la seducción de las cocineras. Sólo creía en la existencia de Putois, para mostrarse buen ciudadano, a la vez que prescindía por completo de semejante figura para darse una explicación de los acontecimientos en que Putois intervenía. En aquella ocasión, como siempre, fue un hombre galante y un espíritu recto.

En cuanto a nuestra madre, se reprochaba la invención de Putois, y no sin motivo. Porque, al fin, Putois había nacido de una mentira, como Calibán de una mentira del poeta, si bien sus culpas no fueron iguales, porque Shakespeare tenía más intención que mi madre. Sin embargo, se intranquilizó al observar que su mentira insignificante se agigantaba y su trivial impostura obtenía un éxito extraordinario, se propalaba desmesuradamente por toda la ciudad y amenazaba invadir el mundo. Un día llegó a horrorizarse al ver que su invención tomaba forma y cuerpo real. Una criada campesina, recién llegada a la ciudad y nueva en el servicio de nuestra casa, le dijo que un hombre deseaba verla. «¿Quién es ese hombre?» «Un hombre con blusa; parece un hortelano.» «¿Ha dicho cómo se llama?» «Sí, señora.» «Pues ¿cómo se llama?» «Putois.» «¿Dices que se llama…?» «Putois.» «¿Dices que se llama…?» «Putois, señora.» «¿Espera?» «Sí, señora.» «¿Qué quiere?» «No me lo ha dicho; sólo quiere hablar a la señora.» «Vete a preguntarle qué desea.»

Cuando la criada volvió a la cocina, el hombre había desaparecido. Nunca fue posible aclarar aquella entrevista de la nueva criada con Putois; pero desde entonces mi madre creyó posible que Putois existiese y que, al nombrarlo por primera vez, acaso ella no había mentido.

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