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Pronosticar un anacronismo

En 2007, el polifacético escritor Luis María Martínez publicó Esperar la tormenta (2003-2005), un volumen de 69 poemas que indagaba sobre la desigualdad social del Paraguay y auguraba el deseo anacrónico de un cambio que no ha llegado y que tampoco se vislumbra.

 

El libro cuenta con cuatro partes: «La tormenta», «Realidades», «Más padecimientos» y «La esperanza del cambio». Las tres primeras incluyen 17 poemas y la última 18. La sencillez del registro se puede percibir ya en la forma, pues, además de los versos libres, abundan los poemas de arte menor como los hexasílabos, los heptasílabos y las octavas, a veces combinadas con endecasílabos o alejandrinos como en una búsqueda de afirmar la tradición popular y la oralidad de la obra, bajo aquello de la «estética subordinada al contenido».

Tres ejes articulan la alegoría de la tormenta en una forma de desdoblamiento semántico constante: la metaforización del pueblo campesino en rumor de tormenta; la constatación de la injusticia social; y, finalmente, el trino como fuerza liberadora. Esta clasificación, para nada deliberada, responde esencialmente a la organización estructural del poemario.

El escritor aborda la necesidad de un cambio, que podría entenderse como «revolución» dentro del contexto de la poesía social de inspiración marxista. Ese cambio se enuncia a partir de la metaforización de la lucha social como una tormenta que daría paso a un nuevo día, una nueva patria, representado por el trino. A lo largo de la obra, de tono nacionalista, se puede percibir una musicalidad que va desde los ayes provocados por las injusticias históricas, el rumor del alzamiento popular, hasta el canto esperanzador de los pájaros y la misma poesía como símbolo de liberación. De esta forma, observamos un yo lírico atento y activo, que no solo contempla sino denuncia, interpela, arenga y conforta. El dios de este poeta no es el Dios cristiano, sino la poesía social misma. En los poemas de corte metaliterario, como «Ruego» y «Un trino», el yo lírico se refiere al papel revolucionario que debe tener la poesía:

que el verbo aceche a mi vida,

que el rumor, que la poesía,

tenga un rumbo de tormenta.

El desdoblamiento semántico opera en diferentes niveles. Por ejemplo, el poema «País de maravillas» se articula en un entramado intertextual con la frase pronunciada en 2004 por el entonces presidente de la ANR, Herminio Cáceres: «Es el país de maravillas que estamos viviendo. Estoy seguro que es un país de maravillas». El poema de Martínez contrasta esa frase con el otro Paraguay de las injusticias a través del condicional.

Sería, sí, sería

país de maravillas,

si cesaran los robos numerosos,

la enorme corrupción que ahoga al pueblo.

Los temas abordados desde la épica popular son los del mal gobierno, la corrupción, el bipartidismo, el imperialismo estadounidense y el exilio. El yo poético asume la posición de azuzar voluntades, exponiendo y reaccionando ante las injusticias, tal como ocurre en «La patria está triste», «¡Qué lástima!», «Ya todo está viejo», «¡Qué torpeza!», «Asqueado», entre otros.

Donde la obra parece cojear es en la representación de los sujetos colectivos, pues insiste en los tópicos recurrentes del siglo XX. Si bien en el poema «Hijo de la tormenta» se hable de grupos «campesinos» y «obreros» ⸺sugerencia de un espacio lírico⸺, a lo largo del volumen el pueblo es presentado sobre todo como campesino; el paisaje, rural; el trabajo, agrícola. De esta forma, el espacio urbano queda completamente ausente en la representación poética de lo social en el poemario de Martínez.

Aun cuando los problemas enunciados son de larga data, la obra intenta inscribirse en su tiempo. Los poemas fueron escritos entre 2003 y 2005, durante el gobierno del colorado Nicanor Duarte Frutos, y pretende reflejar los aires de ese momento. El poema «Este gobierno será un fracaso» augura una crisis que permitiría la llegada de la tormenta. Martínez retrabaja el tópico del «pueblo sometido y sumiso» desde el optimismo del cambio, ya que la docilidad es enunciada como «paciencia». La espera aparece como un convencimiento del autor, influenciado por un posible despertar de las masas, pero no sin riesgos, pues, esa tormenta aún no ha llegado como lo evidencia nuestra historia reciente.

Aunque Esperar la tormenta procure erigirse en la voz de una época, talvez en la intuición de la alternancia de 2008 o la desgarrada plegaria por un cambio radical de corte socialista, no logra despojarse completamente de algunos anacronismos. No nos referimos a la crisis del campo, siempre actual desde un punto de vista sociológico, sino a la representación del sujeto social literario. La poetización de la historia propuesta por Martínez se inclina a favor del campesinado pobre, ese pueblo que, en la obra, iniciaría la tormenta anhelada por el yo lírico. Esa insistencia hace aún más evidente la ausencia del contexto urbano, donde se ha desarrollado, sobre todo desde los 80 y con más insistencia desde los años 2000, una poética periférica, suburbana, que explora el mundo de la calle, las carencias, las drogas y la perversión, jugando incluso con el lenguaje como proponen los referentes de «portunhol selvagem» alejándose así de todo nacionalismo.

El lector que se sumerja en la obra de Martínez accederá a la reflexión de un poeta maduro, de ese obrero de la palabra, según Casola, y quizá al final se interrogue no solo sobre el devenir de la tormenta, sino, desde un panorama más amplio, sobre la trayectoria actual de la poesía social en nuestro país.

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