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Primeros días en el Paraguay de 1872

El francés M. L. Forgues recorrió Asunción, el Chaco y los pueblos de las vías ferroviarias, entre otros. Registró el viaje en un diario y en dibujos, traducidos por Margarita Balansa y publicados por la Editorial Y. Aquí, compartimos un capítulo del libro El viaje por el Paraguay de 1872.

 

1 de septiembre

Hemos por fin llegado a la Asunción. Una numerosa flotilla de embarcaciones aborda nuestro steamer, todos gritan y se agitan. La encabeza el patache del capitán del puerto que viene a dar permiso de entrada al barco. El aspecto de la rada es singularmente pintoresco, y la vemos en buenas condiciones, ya que la altura de la cala nos impide aproximarnos al muelle. Estamos anclados a 200 metros de la orilla.

El encargado de negocios de Francia en Buenos Aires, el Conde A. de C…, se encuentra actualmente en la Asunción y nuestro cónsul me ha encomendado remitirle la valija de la legación. Bajo a tierra con este encargo precioso. Es de noche, las calles son obscuras y arenosas, muy mal niveladas; una vereda de ladrillos las bordea, verdadero peligro que me hace trastrabillar a cada paso. Con el capitán del República, vamos al club El Progreso a pasar la velada. Maldigo la valija de la legación, muy pesada, que no me atrevo a dejar un segundo. El club está bastante bien cuidado, es la casa que habitaba López antes de la ocupación de la Asunción por los ejércitos aliados. De ahí partió para hacerse matar en el Cerro Corá. Desde entonces, un gran espejo de muy mal gusto, sobrecargado de molduras doradas ocupa el salón. Las paredes del comedor están revestidas de un empapelado que representa, con ingenuidad, diversas escenas de la historia de Francia, según lo deduzco del traje de los personajes. En un rincón, creo distinguir la ejecución de De Thou y de Cinq-Mars. Los mosqueteros tienen trajes dorados sobre las costuras y los cañones de los fusiles fueron plateados por el artista. Los trajes de los oficiales y del Cardenal de Richelieu están igualmente pintados para impresionar a los paraguayos, haciéndoles ver qué rico país es Francia.

Mucha gente acá admira a López; él pertenece, evidentemente, a la categoría de los ambiciosos sin escrúpulos y de los soberanos que hacen masacrar hasta al último súbdito; tiene pues derecho a la admiración de muchedumbres ignorantes.

En la sala de billar, me muestran al ministro de Finanzas que juega una partida con el ministro del Interior; mientras empujan la bola, estos altos funcionarios no creen deber abstenerse de beber un porrón de cerveza; no parecen, les aseguro, apesadumbrados por la carga de su responsabilidad. Son corteses, amables, no tienen ninguna pretensión y no, por ello, administran peor los asuntos del Estado… ni mejor tampoco.

Dejamos esa numerosa reunión del estado mayor administrativo y, como nuestro encargado de negocios vive a dos leguas de la ciudad, no puedo ir a verlo esta noche, ya que faltan absolutamente los coches de alquiler y vuelvo a llevar mi valija cada vez más pesada. Nunca más haré el papel de correo del gabinete ministerial.

Volvemos a bordo con el capitán. La temperatura es suave, y quedamos sobre el puente charlando, fumando y tomando tragos. Frente a nosotros, sobre la orilla derecha del río, un cuarto del horizonte está en llamas; son los fuegos de varias tribus de indios, a solo dos leguas de nosotros. Singular país donde uno bebe licores de fabricación francesa en un club, al lado de un billar, mientras que, atravesando un río de quinientos metros de ancho y caminando dos leguas más, se expondría uno a ser masacrado por los indios. Estos señores han matado a golpes, últimamente a un pionero francés que habitaba en una pequeña quinta[1], a solo 4 kilómetros de la orilla derecha del río. Eran indios nómadas del Alto Pilcomayo.

Otro francés, de nombre Berchon Des Essarts, de profesión usurero, ha sido asesinado en el centro de la ciudad, de noche, por unos ladrones, cómplices de una mujer que dice ser la esposa refractaria[2] de un profesor de historia del Liceo de Lyon. Esta amable persona fue a abrir la puerta a los asesinos después de haber descargado la pistola de Berchon Des Essarts. El desgraciado se batió con coraje y murió después de haber recibido catorce cuchilladas. Un inglés de apellido Mac Adam ha sido muerto también de una puñalada en pleno pecho, en el momento de subir al ferrocarril en la Asunción. El interlocutor que me cuenta todas estas historias añade que, después de todo, el Paraguay es un país seguro donde no hay nada que temer. ¡Qué bien!

 

2 de septiembre

Me despierto tempranito con el sonido de la diana de las tropas brasileras que aturde mis oídos. Subo sobre el puente; frente a mí, la aduana alarga su columnata de pilares blancos. Se parece a un claustro; a la izquierda, el Palacio de López eleva su torre desmantelada; a la derecha, está el arsenal del cual no quedan más que los edificios, que sirven de cuartel a los brasileros. Al lado, una construcción se cubre con tejas rojas: es la estación del tranvía que comenzará a circular por las calles de la Asunción. Sobre la ribera, el casco metálico de un barco que López construía en el momento de estallar la guerra, descansa su armazón retorcido semejante al esqueleto de algún animal gigantesco. Los aliados no han terminado siquiera ese trabajo. Los brasileros se apuraron, por lo demás, en desvalijar el arsenal con las herramientas del cual, en parte, han montado los talleres del gobierno en Río. Dos o tres esqueletos de barcos de madera y varios pontones acaban de dar a la rada un aspecto desolador. El espectáculo, sin embargo, es muy pintoresco. Una pequeña estacada de madera de quebracho[3] sirve de embarcadero. Está provista de grúas a vapor instaladas en tiempos de López que todavía sirven. Sobre los muelles circulan lentamente vagones arrastrados por caballos; la vía férrea une el arsenal y la aduana a la estación del ferrocarril de la Asunción a Paraguarí, trayecto de más o menos veinticinco leguas.

Las huellas de una industria floreciente y perfeccionada hace ya diez años en una época en que nada igual existía en ninguno de los países del Plata, dan lugar a muros reventados por obuses, a ranchos incendiados por los invasores. Todo eso da a la Asunción el aspecto más triste. Es una ciudad ocupada cuyos estragos nadie quiso reparar; sin embargo, era una capital con toda la fuerza del término: era la cabeza del Paraguay, mucho más de lo que Buenos Aires era cabeza de la Confederación Argentina o Montevideo, de la Banda Oriental.

Me recibe de mil maravillas un señor al cual llevo una carta de presentación de su hermano, y acá van a ver ustedes lo que es la hospitalidad sudamericana. Mi huésped me ofrece no solo su dormitorio sino también su cama. Para él, se hace colgar una hamaca en cualquier lugar y, a pesar de todas mis súplicas, me he visto forzado a aceptar el sacrificio, ofrecido tan amablemente.

Apenas terminados los primeros arreglos y mi montaña de equipaje almacenado en la casa de mi nuevo amigo, este último me toma por el brazo y me conduce a lo del general Vedia, al cual me presento.

El general Vedia es el comandante de las fuerzas argentinas que ocupan el Paraguay. Es, además, el gobernador de la provincia del Gran Chaco, situada frente a la Asunción, sobre la otra orilla del río. Es un hombre grande de larga barba gris, cuyos ojos negros son muy vivos e inteligentes. Muy amable, hombre de mundo hasta la extremidad de las uñas, habla el francés con bastante fluidez. Gracias a la situación que ocupa aquí, pienso que podrá serme muy útil. Los tres juntos volvemos a bordo del República para almorzar con el capitán que nos hizo una amable invitación colectiva.

Llegando a bordo, encuentro al encargado de negocios de Francia, quien, muy amablemente, viene a ofrecerme los frutos de la experiencia que pudo adquirir en el país donde está instalado desde hace quince días. Le entrego su valija, lo que me alivia de un gran peso. Él me recomienda calurosamente al general Vedia, quien me propone al instante ir con él hasta Villa Occidental, capital de la nueva provincia del Gran Chaco.

Acepto con entusiasmo y henos aquí a bordo de la pequeña cañonera argentina de madera, la Chuele-Chuele. Hace un calor terrible. Este barquito lleva treinta soldados argentinos vestidos con una tela gris con pasamanería verde y armados de carabinas Minié. Alrededor de ellos se agrupan paraguayas vestidas con la camisa del país y el reboso blanco que les da cierto aire de estatuas. Tres horas más tarde estamos en Villa Occidental. Y voy a ver, en su cuna, la futura capital de una gran provincia.

El comandante de la plaza de Villa Occidental se adelanta; tres soldados salen de un rancho vecino y nos presentan armas; yo piso el suelo del Gran Chaco. En diez minutos de marcha, alcanzamos la colonia propiamente dicha, defendida de la gran aproximación de los indios por más o menos treinta hombres. No es solo desde hoy cuando este lugar ha sido elegido como centro de colonización; es en Villa Occidental que llevaba entonces el nombre de Nueva Burdeos donde el dictador Carlos Antonio López (padre del último dictador del Paraguay) reunió a los inmigrantes que su hijo le mandaba desde Francia. El padre había pedido agricultores, y el hijo, que hacía entonces su tour por Europa, había reclutado sobre los muelles de Burdeos y en los suburbios de la capital doscientos a trescientos limpiabotas, organilleros, vagabundos, etc. Grande fue la desilusión de López I cuando vio el tipo de inmigrantes que le mandaba López II. No menor fue su ira cuando se dio cuenta de que los susodichos inmigrantes habían importado gustos de independencia y, sobre todo, un apetito desordenado de libertad que podía poner en peligro el sistema político del gobierno paraguayo. En esas condiciones, la suerte de los colonos no podía ser más que crítica: se trataba de no dejarlos volver para que no pudiesen criticar al Paraguay en el extranjero y también de confinarlos en un lugar lejano para impedirles comunicarse con los paraguayos e infectarlos de ideas subversivas. En consecuencia, sin ningún miramiento por las reclamaciones del cónsul de Francia, se les instaló ocho leguas aguas arriba de la Asunción, en un punto donde no tardaron en sucumbir a las vejaciones de toda clase y aún a los suplicios que les infligía el gobernador a cada instante y por las causas más nimias. Las palizas, al igual que la tortura por agua fueron aplicadas a súbditos franceses en pleno siglo XIX, hace menos de veinte años y todo eso impunemente bajo los ojos de un cónsul de Francia impedido por las instrucciones de su gobierno. Sin embargo, vistas las circunstancias, hizo todo lo que podía. De los colonos, apenas algunos pudieron escapar de la muerte común. Otros procuraron salir de la colonia para llegar a Bolivia o Perú. Toda otra salida fue bien resguardada para que fuese imposible escaparse por el río, los infortunados se lanzaron a la merced de Dios en las selvas vírgenes del Chaco. Tres fueron alcanzados por los soldados de López y pagaron con atroces torturas su insensata tentativa; de los demás, nunca se supo nada. Han debido morir de hambre, ser muertos por los salvajes, o devorados por los jaguares. Tal fue el último episodio del siniestro ensayo de colonización en un país donde la dictadura reinaba sin control.

Todas estas reflexiones me pasaron por la mente, mientras recorría con el general las anchas calles de la nueva colonia cuyo aspecto floreciente es placentero ver. La vegetación recuerda a la de Río de Janeiro. El general, previendo el futuro, no quiso que la nueva ciudad tuviese que avergonzarse de sus comienzos: aprovechando el escaso valor del terreno, trazó inmensas calles, anchas de 20 a 25 metros, en cuyos bordes se alinean ya los ranchos necesarios para abrigar los setecientos habitantes que componen la población de la capital del Gran Chaco. A veces, se ve entre los naranjos y las palmeras, apuntar un techito de tejas; estas construcciones con buenos tejados son verdaderos monumentos si se las compara con las otras casas. «Pero denos tiempo», me dijo el general sonriendo con un aire satisfecho. «Usted ve que estamos progresando: ¡he aquí lo que existía hace tres años!» Y con el brazo tendido, me mostraba algunos postes de palmeras plantados simétricamente y a los tres cuartos podridos, últimos vestigios de la funesta colonia de la Nueva Burdeos.

Luego agregó: «De aquí a poco, voy a formar una expedición a través de Chaco para ir a Salta por una ruta que se trazará en las grandes selvas vírgenes, y haremos, entonces, de Villa Occidental la salida y el puerto de los países del norte de la República, los más ricos, los mejor cultivados y los que se prestan admirablemente a todos los cultivos tropicales».

Estos diablos de argentinos nos aturden con su manera de expresar el futuro; se llega a creer que todo eso sucedió. ¡Deberían erigir una estatua al inventor del futuro pasado!

Está claro, sin embargo que, de hacerse todo eso ―y nadie dice que no se hará―, Villa Occidental se volvería una ciudad del tipo de San Luis sobre el Missisipi, un gran puerto fluvial, salida no sólo de la República Argentina, sino también depósito de la provincia brasilera del Matto Grosso.

El naranjo crece admirablemente aquí, la caña de azúcar alcanza proporciones colosales, el maíz da también muy bellos frutos pero todo eso se hace individualmente, y a pequeña escala. Seguimos paseándonos por las inmensas calles cubiertas de pasto y bordeadas de arbolitos de flores y follajes variados. El general es un hombre de ideas muy elevadas, muy rectas, y animado de un gran sentimiento de justicia. Violento también, como todos los hombres enérgicos que ejercen un mando absoluto, el mando militar; sin embargo, es fino y singularmente hábil cuando es necesario; recuerdo el juicio de uno de nuestros diplomáticos sobre el carácter de los argentinos: «Son los griegos de la América del Sur».

El general Vedia conoce nuestra literatura de manera superficial, pero bastante extendida nuestra filosofía e historia militar. Él habla de la Enciclopedia como alguien que leyó varias páginas de ella, y durante nuestra charla, las soledades del Chaco hacían eco a los nombres de D’Alembert, Rousseau, Voltaire y Diderot. Y yo pensaba: ¡felices los pueblos jóvenes que aprovechan, sin trabajo, la labor hecha en el bosque de los prejuicios por estos maestros leñadores! ¡Cuál no será el porvenir de hombres que empiezan su existencia con la experiencia que hemos adquirido en miles de años de trabajo, pruebas, sufrimientos y errores!

Mis reflexiones se interrumpen bruscamente con la llegada de un personaje que me saluda en francés con el nombre de compatriota. Entro inmediatamente en desconfianza. Un francés en Villa Occidental, ¡Dios mío! ¿Qué hizo para llegar aquí? Un inglés hubiera podido llegar para comerciar; un alemán o suizo, para cultivar la tierra; y eso siendo siempre la mejor gente del mundo; pero un francés, si fuese granjero o agricultor o tuviese cualquier otro oficio, se quedaría en su país. Entonces, acojo con frialdad a este compatriota del cual desconfío y cuya cara no me agrada mucho.

Es un capitán de la legión francoespañola, cuerpo franco que hizo campaña durante la guerra de 1870-1871. Se llama Aurigau y no tiene un cobre. Siente nostalgia del tiempo de la guerra; me ruega darle mi fusil, mi revólver, mi plata, mi sombrero y finalmente mis botines, todo eso por ser mi compatriota. Él viene a proponer al general Vedia formar un cuerpo franco contra los indios del Chaco con los restos de su antigua legión, a la cual pretende inspirar la dedicación más absoluta. Hacer un cuerpo franco con civilizados contra indios salvajes me parece una pobre idea; sin embargo, los indios del Chaco son tan cobardes, tan mal armados, tienen un miedo tan grande a las armas de fuego, que esta idea bien aprovechada podría tener éxito, pero, ¿cómo sería aprovechada esta idea por Aurigau? En fin, cuando vuelva a la Asunción, mandaré un traje y un par de viejos botines a este desgraciado arruinado por la guerra; es lo menos que puede hacer un francés para otro francés que se lo pide; sin embargo, éste me parece bastante poco digno de interés.

Cenamos en la casa del comandante de la plaza que se parece mucho a Aurigau disfrazado de argentino. Después de la cena, jugamos al besigue y luego me conducen al rancho que servirá de dormitorio. Al entrar, veo pasar por la puerta entreabierta cierto comensal de vientre amarillo que no me gusta nada; corro hacia él: es una linda serpiente de más o menos un metro de largo, que mato a rebencazos. El soldado que me acompaña me dice: «¡No es de las mejores!» Pregunto: «¿Hay muchas como estas en las casas?» «A veces sí, a veces no». «Muchas gracias».

Pasé una noche muy agradable después de esta explicación; sin hablar de los mosquitos que me picaban por debajo, a través de las mallas de la hamaca.

 

3 de septiembre

Me levanto con las primeras luces del alba. Delante de mi puerta, desfilan silenciosamente las mujeres de la colonia que van a buscar agua al río con grandes cántaros de arcilla roja como las culatas de las pipas árabes; los llevan sobre la cabeza. Cuando estos cántaros están vacíos, las mujeres tienen una manera pintoresca de llevarlos ladeados como nuestros soldados llevan sus kepis. Su caminar tiene un aire de soltura e indolencia extremadamente gracioso. Drapeadas de una manera encantadora en una tela blanca (el reboso) escrupulosamente limpia que realza su piel bronceada, van una detrás de la otra, con el paso elástico propio de los pies descalzos. Su traje se compone de una camisa de algodón, bordada alrededor del cuello y de las sisas con lana negra. Esta camisa cae hasta media pierna y está atada alrededor del talle por una cuerda de algodón que sirve de cinto y de corsé. La camisa muy escotada, deja desnuda la parte alta del pecho y sirve de bolsillo para los cigarros, la plata y todo lo que nosotros guardamos en nuestros bolsillos. Todos esos objetos entran por el escote, bajan hacia la cintura donde los para la cuerda que aprieta el talle. Por encima de esta camisa, cubriendo la cabeza y los hombros, usan el reboso de algodón blanco, echado sobre el hombro izquierdo. Pero desgraciadas mujeres, verdaderos adefesios, empiezan ya a reemplazar el reboso blanco por un chal de cocinera impreso con flores de colores chillones.

Nada hay más gracioso que este desfile silencioso de mujeres descalzas en el traje que acabo de describir con el cántaro coquetamente ladeado sobre la cabeza. Parecen un bajo-relieve antiguo. Las mujeres guaraníes caminan siempre una detrás de la otra con un paso rápido que da enseguida buena opinión de su actividad.

Algunas tienen cuerpos admirablemente proporcionados y casi todas lindos dientes; sin embargo, según nuestro punto de vista, el tipo de raza es feo, a causa de la prominencia de los pómulos y de la forma cuadrada del mentón. Grandes ojos negros, sombreados por espesas cejas, cabellos negros como alas de cuervo, pero extremadamente gruesos, a pesar de los cuidados constantes que le dan a su cabellera; estos son los rasgos principales de la paraguaya. Añada a todo esto un andar de diosa que les da un torso graciosamente cimbreante; pero, malogrando el conjunto, un enorme cigarro en la boca, pues las mujeres acá fuman más que cualquier veterano de nuestro ejército. Es asombroso ver mujeres y aun niños de cinco, seis años, con cigarros largos de veinte centímetros, echar bocanadas de humo blanco. Sólo los niños de pecho se abstienen de tabaco; sin embargo, recuerdo haber visto una mujer guaraní, su niño a horcajadas sobre la cadera, procurar apaciguar los gritos del pequeño, poniéndole entre labios, no el seno materno, sino el extremo medio mascullado de su horrible cigarro.

Me citan como cualidades de la mujer paraguaya su fidelidad al compañero que eligió y con el cual muy raras veces está unida por los vínculos sagrados del matrimonio. Destacan también otras cualidades: su gran parquedad de palabras, su limpieza meticulosa, su actividad y su inteligencia. Desgraciadamente, la salud de la paraguaya es deplorable, y toda la población posee por lo menos un germen de enfermedad, controlada, es cierto, por el clima del país, pero que causa terribles accidentes entre los extranjeros.

El general se despierta. Traen nuestros caballos, y nos dirigimos hacia la desembocadura del río Confuso, situada a siete kilómetros de Villa Occidental. La ruta atraviesa un vasto páramo sombreado aquí y allá por algunas palmeras raquíticas. En invierno, el Confuso debe inundar esta planicie. Después de media hora de caminar bajo un sol de fuego, llegamos a un aserradero establecido en la desembocadura misma del Confuso. Cerca del aserradero que trabaja a medias, recibimos una hospitalidad fastuosa (en relación al lugar) en la casa de un italiano que se llama Perucchino. Es un antiguo comandante de los voluntarios italianos de Montevideo, cuando Garibaldi empezaba su carrera militar.

Perucchino, con su barba, largos rizos, camisa roja bordada en oro, nos aparece a mitad de camino del cerro que sirve de decorado y domina su morada. Avanza, una mano sobre el corazón, la otra en su sombrero; me parece que las únicas palabras que pueden salir de su boca de tenor de ópera cómica son:

«Pero veo a Pietro. ¡Cielos! ¿Qué va a decir?…»

O bien:

«Paremos aquí, el aspecto de estas montañas!…»

O cualquier otro fragmento de ópera, pero no, él se precipita hacia el general y lo colma de testimonios de alegría: se suceden los evviva, los gestos, contorsiones que expresan con una exuberancia italiana la alegría que le causa nuestra visita. Pasamos delante de tres cañones, fijados sobre una viga y que adornan la puerta de entrada. Su cuarto es un arsenal: no son más que fusiles fuera de servicio, antiguallas herrumbradas de la guerra de la independencia, sables sin vainas, picas roídas, con que armar las manos de quince combatientes. Nuestro huésped elige en esta singular colección una carabina de dos tiros que me hace temblar. Por nada del mundo me serviría de ella. Él desaparece un instante, y nos deja charlar con su mujer, buena y gorda española, verdadero tipo de Gustave Doré.

¡Pan! ¡Pan! Dos detonaciones casi en nuestros oídos y Perucchino vuelve, con un pollo en la mano. Es así como este bravo emigrado tuerce el cuello a sus pollos cuando le llegan visitas imprevistas. ¿Qué quiere usted? Adora el ruido, el humo, los colores chillones: es un italiano en toda la fuerza del término. Visitamos su propiedad y desbrozamientos que son considerables. Con dos compatriotas y su mujer vino a establecerse en este punto desértico del Chaco; después de haber trabajado tres años como un negro, se encuentra actualmente en buena posición y vive bastante bien. Dentro de dos años, cuando sus cultivos de maíz, tabaco y caña de azúcar estén en pleno rendimiento, este exmendigo gozará de más o menos quince mil libras de renta.

Conste que el trabajo de negro en cuestión es más o menos la mitad del que hacen nuestros campesinos franceses para vivir durante un año, y morir de hambre a la menor enfermedad.

¡Bum! Esta vez me sobresalto, tan fuerte es la detonación: nuestro huésped tira un cañonazo para indicar que el almuerzo está listo. Es bien molesta la manera de anunciarlo, pero la cordialidad de la acogida compensa las continuas sacudidas nerviosas. El almuerzo compuesto de ave, tortilla de maíz y arroz y regado con un grueso vino de España desaparece como por encanto, gracias a nuestro furioso apetito. A mediodía, volvemos a ensillar y dejamos los bordes del Confuso. Estoy mareado por el calor. Las aguas del pequeño afluente, un poco más ancho que la Bievre[4] en su desembocadura, arrastran perezosamente un grueso caimán que sigue la corriente ―las cuatro patas hacia arriba―. Seguro que este animal murió de calor.

Me doy vuelta al llegar a la cumbre de un pliegue de terreno que permite ver la pequeña colonia de Perucchino y el aserradero a la sombra de grandes árboles. Envidio la existencia feliz, laboriosa y lucrativa de esta buena gente que libremente pasa sus días en la abundancia, en el seno de la más bella naturaleza que se pueda ver.

De vuelta a Villa Occidental, dormimos una siestita y nos aprestamos a embarcarnos hacia Asunción, llevando el grupo de soldados que desde hace ocho días está acá y que hemos venido a relevar con nuestros treinta militares de antes de ayer. Yo dejo con nostalgia esta pequeña colonia tan tranquila en su marco de follaje; alguien corre detrás de mí: es Aurigau que me pide darle mi bolso de viaje, mi pipa, toma mi tabaco, y me promete en cambio pieles de tigres, mariposas, serpientes enormes, en pocas palabras, todo lo que puede imaginar; añade además la promesa de una colección completa de todas las maderas del Chaco de un valor aproximado a cuarenta mil francos.

Volvemos como vinimos, costeando la ribera del Chaco. Dos o tres cascos de navíos sobre los cuales la naturaleza empezó a extender su rica mortaja de verdor han encallado, aquí y allá sobre los bancos de arena en medio de los cuales navegamos. Son islas que empiezan a formarse. Nuestro pequeño vapor con motor de leña, cubre a los pasajeros de chispas y pavesas, y es un curioso espectáculo el de los treinta soldados y sus mujeres golpeándose entre ellos para apagar los principios de incendio que estallan en sus cabellos, sus ropas y su pequeño equipaje. Desembarcamos con noche cerrada.

A la mañana siguiente, voy a visitar al ministro y al cónsul de Francia, que moran juntos en el Consulado. Los encuentro bastante satisfechos: acaban de obtener la condena de los asesinos de Berchon Des Essarts, del cual hablé ya.

Los alrededores de Asunción son muy lindos y de un carácter especial, gracias al verdor de los árboles que contrasta con una arena amarilla rojiza como la que esparcimos en las alamedas de nuestros paseos públicos. Al salir de la Asunción, inmensas avenidas en línea recta irradian en todas las direcciones. Son rutas de arena de más o menos 25 a 30 metros de ancho, donde se desconoce el barro, pero donde los caballos y los hombres se hunden hasta media pierna. Desde la guerra, el país está completamente desprovisto de caballos y están en la obligación de importarlos. La arena espesa de las calles y las rutas juega a menudo una mala pasada a los que llegan, y caballos de tiro o silla mueren frecuentemente por los esfuerzos que hacen para galopar sobre un terreno tan difícil.

Llegamos hasta los bordes del río Paraguay donde descubrimos un bosque de sensitivas muy curioso. Son arbustos espinosos que se arrastran sobre la superficie del suelo donde se multiplican como la frutilla por brotes naturales. De vez en cuando, las ramas apuntan hacia arriba, y extienden hojas finamente dentadas. Golpea usted una hoja, se cierra enseguida como un abanico que se repliega: este efecto es causado por la sensibilidad personal; pero hay también la sensibilidad por simpatía, que yo llamaría el espíritu solidario de la sensitiva. Por ejemplo, corto con mi cuchillo el tallo de una de las plantas e inmediatamente, todas las hojas, abiertas un minuto antes, se cierran con indignación, ¡protestando así contra mi agresión estúpida!

Llegamos hasta la Trinidad: es una curiosa iglesia típica, siempre de estilo jesuítico; pero esta vez el arquitecto estuvo mejor inspirado y dio a su monumento un carácter particular que realza más el empleo de colores variados; ¡sólo la acuarela podría imitar este efecto!…

Ruta a la Trinidad. Dibujo de Taylor, según un croquis del autor.

6 de septiembre

La caña de azúcar crece admirablemente bien acá, y como es un cultivo de haraganes, sería el cultivo por excelencia del país. Unos particulares la han plantado ya en gran cantidad para su uso. El tallo se corta de julio a octubre, sea en invierno o en primavera, y se explota con procedimientos tan rudimentarios que apenas se utiliza el 20 % del azúcar que contiene. La caña cortada es machacada entre tres gruesos cilindros de madera dura ―el trapiche― que tendría que extraer todo el jugo y que en realidad la aprieta un poco y deja en el bagazo dos tercios del jugo que se podría extraer. El líquido así exprimido, corre por una especie de canal de madera hacia unos baldes que se vierten, a medida que llenan una olla. Ahí, sobre un fuego al aire libre, el jugo de la caña de azúcar es sometido a una cocción bastante prolongada para que hierva. Como consecuencia de la negligencia de la operación, más o menos un tercio del líquido se derrama, y lo poco que queda en la olla se reduce al estado de maleza caramelizada, de gusto bastante agradable, de color marrón verdoso y que llaman «la miel».

Lo único que se saca del jugo de la caña de azúcar en el país es la tafia, aguardiente. Algunos pequeños propietarios tienen alambiques primitivos, de dimensiones muy reducidas, con los cuales destilan diferentes mostos azucarados, principalmente, el mosto de caña de azúcar y naranjas. Extraen una especie de tafia muy fina que se llama caña cuando es rhum, y caña de naranja cuando está producida por la destilación de las naranjas. La caña de naranja se fabrica de mil maneras: cada aguardentero tiene su método y su receta; algunos llevan el refinado hasta el extremo de introducir en el líquido que se destila aves de diferentes especies, patos, loros, pollos, etc. El licor que proviene de esta rara práctica toma el nombre de caña de sustancia; es muy apreciada por los gourmets. Yo no veo bien qué es lo que puede ganar, agregándole la carne de estas aves. Está claro que el establecimiento de una azucarera seria y destilería daría al país soberbios beneficios. Sólo el costo elevado de las máquinas y los aparatos pudo impedir hasta hoy la instalación de una fábrica de este tipo. La única competencia seria son los azúcares del Brasil (Pernambuco y Bahía), que vienen de más lejos y tienen un impuesto del 25 % a su entrada. Es increíble que se consuman en la Asunción azúcares de Europa y del Brasil que cuestan cincuenta francos de flete por tonelada hasta Buenos Aires, suben al río con un flete de dieciséis dólares (ochenta francos) la tonelada y pagan al entrar 25 % de su valor, cuando se los podría fabricar en el país sin pagar ningún derecho de transporte.

Siempre caminando, llegamos a un rancho habitado por un francés que vino a instalarse aquí al final de la guerra. Traía con él tres vacas lecheras, su única fortuna. Un detalle dará la idea de lo que era en esa época el infortunado Paraguay, antaño renombrado por la cantidad y belleza de sus bovinos. En la Asunción, la leche valía, entonces, cinco francos la jarra. «Y sin embargo», agrega el ingenioso lechero, «yo ponía adentro mucha agua; gané así, durante tres meses, más o menos setenta dólares (trescientos francos) por día con mis tres vacas, ¡pero ahora se perdió el oficio!» Es por eso que quiere volver a Francia con su pequeña fortuna, llevando con él a una paraguaya con quien tuvo un hijo. Ella nos pela unas naranjas. Parece ser una buena mujercita y comprende perfectamente el francés aunque no lo hable.

Un trapiche azucarero. Dibujo de Taylor, según un croquis del autor.

7 de septiembre

Hoy, estoy invitado al Tedeum que se cantará en la Catedral en honor a la proclamación de la independencia del Brasil. El sol arde y su espléndida luz viste la Catedral de la Asunción. Es otra de esas construcciones de adobe de las cuales sólo los jesuitas tenían el secreto. El altar se yergue en el fondo, deslumbrante de luces; se parece un poco a un altar de salvajes. Todos sus accesorios están cubiertos de placas de plata. Se apoya sobre un fondo de madera esculpida pintado en verde y en rojo, profusamente revestida de dorados. La santa mesa está adornada también de mil utensilios rarísimos que parecen manitúes[5], mientras que en un nicho, detrás del tabernáculo, una muñeca vestida de oropeles tiene las pretensiones de representar a la Virgen. Cuando empieza el oficio, una lona rayada como una cortina de teatro de Guignol se levanta sobre este nicho, a los sones de una música de la más extraordinaria.

El ministro del Brasil, el señor D’Azambuja (personaje principal acá) se hace esperar media hora, lo que es prueba de su mala educación.

Todos los representantes extranjeros y los oficiales del ejército de ocupación esperan y las autoridades del país parecen muy apenadas por esta falta de consideración; la cortesía de los reyes no es, evidentemente, la característica de este diplomático. Por fin llega, con calzón de casimir, frac rígido de bordados, y un tricornio adornado con plumas blancas sobre la cabeza; su coche tirado por cuatro caballos se parece a una de esas calesas de alquiler en nuestras ciudades de provincia, y su cochero, evidentemente, no conoce el manejo del four in hand.

La arena es tan espesa en las calles de la Asunción que los coches circulan con mucha dificultad. Los caballos del señor D’Azambuja se pararon en medio de la calle y el cochero debe renunciar a hacerlos adelantarse más. Posa su látigo sobre la capota del coche y salta de su asiento. Su librea dorada de largos faldones deja ver los misterios de su ropa interior que deja mucho que desear. ¡Áurea mediocritas! El ministro baja, la guardia presenta armas, y dos orfeones militares, al lado uno del otro (guerra y marina), empiezan músicas diferentes para cada uno de sus instrumentos: cacofonía terrible, petardos, órdenes militares, sol tórrido. En medio de todo esto, el ministro brasilero hace una entrada majestuosa en la Catedral y atraviesa con gravedad la hilera de las autoridades para ocupar su lugar, el primero cerca del coro.

La ceremonia empieza con una cuádruple salva de petardos, sobre la cual bordan sus variaciones los trombones brasileros, acompañados del maullido de las flautas, del tintineo del triángulo y del ¡bum! ¡bum! de un grueso tambor asmático y toda la música se completa con los acentos desgarradores de un tenor. No hay un solo paraguayo en la Iglesia, salvo el presidente de la República, los ministros y las autoridades de servicio. Este pueblo, que ama, sin embargo, el ruido y la luz, protesta así, en silencio, contra sus vencedores. La impresión que me causa la ceremonia es lastimera; los brasileros con trajes de hulanes (misma túnica y mismas charreteras) y estos infortunados paraguayos con sus fajas con los colores de Francia, todo eso me recuerda la patria ausente. Y ella también ocupada. La sesión se termina con el mismo ceremonial que al principio: desfile, petardos, sol, coche.

De noche me invitan a una representación teatral improvisada por los oficiales brasileros. Penetro, en consecuencia, en una casilla de feria en la cual uno de estos señores declama una pieza en versos celebrando la independencia del Brasil.

La representación empieza: personajes ridículos, una joven que en los entreactos se vuelve oficial de caballería; un padre que podría ser el niño de su hija; luego, como siempre, en las piezas representadas por aficionados, un personaje cómico episódico que exagera su papel, hace reír a la concurrencia hasta las lágrimas y anula la actuación de sus compañeros.

Asisto además, en la tarde, a un desfile de las tropas brasileras cuya prestancia admiro. La infantería está bastante bien; pero son, sobre todo, los jinetes de río Grande los que me han entusiasmado: su aspecto es más recio todavía que el de nuestros cazadores de África. Están armados con lanzas y nunca he visto una caballería más bella. Me contaron maravillas de su actuación durante la última guerra. Las maniobras del ejército brasilero son las maniobras inglesas, pero las órdenes son mucho más largas; los oficiales parecen contar «caperucita roja» a sus soldados. Noté un pobre coronel que aullaba tan fuerte sus órdenes prolongadas, que la voz le faltaba siempre para gritar el «marchen» final.

Cené de noche con un general brasilero, de los copetudos, que se parecía apenas a un suboficial francés de parranda.

 

9 de septiembre

Me voy al despuntar la aurora y atravieso el río en barco, para hacer una excursión al Chaco, hasta la quinta La Miseria donde vivió un pionero francés cuyo trágico fin ya mencioné. Luego de atravesar el río en diez minutos, nos encaminamos hacia la morada de Mequelain. Está muy cerca del río. En una hora de marcha, llegamos ahí. La puerta tiene todavía las huellas de los hachazos de los indios. El desdichado fue muerto por sorpresa con un mazazo en la cabeza; luego los indios se echaron sobre su mujer y tres pobres peones que masacraron también. Otra mujer blanca, una doméstica, fue raptada por la tribu y llegó a escaparse al cabo de cuarenta días de marcha. Con este instinto que guía los animales, volvió sobre sus pasos, y por milagro, escapando a los jaguares, el hambre y los mil peligros que asechan a un ser sin defensa en la naturaleza virgen, volvió a la quinta. Ella me da detalles curiosos sobre los indios del Chaco, y me confirma su desprecio por la raza blanca. Esos nómadas tienen horror a las mujeres de raza europea, como nosotros a las negras. Es asombroso ver que la pobre mujer se reinstaló en esta quinta que casi le cuesta la vida. En uno de los fosos que defienden la quinta, me muestran un pequeño túmulo rodeado de tablas donde descansan los restos de los cinco desdichados colonos. Ninguna cruz, ni una piedra, distinguen su tumba de cualquier montón de tierra vecina; el pasto crece rápido en el Chaco, pronto habrá sepultado bajo su sudario verde el recuerdo de estos infortunados pioneros de la civilización.

El pobre Mequelain había rodeado su habitación de fosos y pequeñas empalizadas. Había, además, elevado una especie de observatorio (mangrullo) para vigilar los movimientos de los indios, de quienes desconfiaba mucho al principio; desgraciadamente, había terminado por tener confianza en ellos, viéndoles tan inofensivos. El cacique que lo asesinó pasó la noche en la casa donde Mequelain había ofrecido la hospitalidad.

Los nuevos ocupantes de la quinta de la Miseria tienen hoy cultivos florecientes y se dedican a la cría de chanchos que se multiplican mucho. Cuando ven un indio en la inmensa planicie que rodea la habitación, se contentan con tirar una salva, y el terror que inspira a los indios la detonación de las armas de fuego es suficiente para alejar todo peligro.

Uno de nosotros sale para ir a buscar el almuerzo. La caza se termina con la muerte de un pato real que yo mismo peso ¡y que alcanza 9 libras! Es un soberbio tiro. Comemos bajo un hangar, alejado algunos metros apenas de la tumba del antiguo propietario; un colibrí tiene su nido encima de nuestra mesa. Es un pequeño cono de hojas suspendido a una paja negra; la madre, sin temor, empolla encima de nuestras cabezas, observándonos con su ojo negro y brillante.

Quinta La Miseria. Dibujo de Taylor, según un croquis del autor.

10 de septiembre

Tengo cita con un francés que se llama Teófilo Gauté (nada que ver con el poeta) que vive cerca de la Trinidad, un pequeño pueblo en los alrededores de la Asunción. Es un antiguo aprendiz de zapatero que vino a establecerse a la edad de catorce años. Gracias a su trabajo y a una habilidad poco común, llegó a hacerse de una sólida fortuna, que se estima a cien o ciento cincuenta mil francos. Llegó al Paraguay en la época del padre del último dictador, para luego vivir todo el tiempo a costa de la dictadura del hijo, Francisco Solano López.

Los detalles que me da sobre la última guerra, a la cual asistió en parte, son terribles. Cuando Humaitá fue tomado por las tropas aliadas, López resolvió hacer el vacío al ejército de los invasores. Promulgó entonces un decreto por el cual toda la población y todos los animales de las comarcas al sur de la Asunción debían retirarse hacia el interior del país.

Un lapso de veinticuatro horas se daba a los habitantes para salir de sus casas; pasado este tiempo, la retaguardia del ejército paraguayo patrullaba al retirarse y todo ser viviente era masacrado sin piedad por los soldados. Se arrestaba a los que habían contravenido las órdenes, se los llevaba al próximo matorral y ahí se los mataba a sablazos y lanzazos para ahorrar las municiones.

Teófilo Gauté asistió así a la ejecución de una mujer de veintidós años y de sus tres hijos. El marido de esta infortunada era oficial en el ejército paraguayo. Y conste que el decreto fue rigurosamente aplicado, no solamente a la gente humilde, como hubiera sucedido en otros países, sino a todo el mundo, sin excepción, comprendidos los más altos dignatarios y sus familias, ministros, oficiales superiores, etc. Salvo los casos en que la marcha demasiado rápida de los brasileros sorprendió a la retaguardia paraguaya, todo ser viviente tuvo que seguir a López a las cordilleras, a más de ochenta leguas de la Asunción. Ningún abastecimiento había sido preparado para alimentar a tal muchedumbre de pobres seres, de manera que estos infortunados murieron en masa, de cansancio en los caminos, de hambre y de miseria en las cordilleras, donde aquella triste población de mujeres y de niños fue forzada a alimentarse con naranjas y raíces.

Numerosos casos de canibalismo se produjeron: me mostraron en la Asunción una mujer, de notoriedad pública, que comió algo de su hermana en las cordilleras.

Abandonado el país, la retaguardia de López robaba todo en las casas, dejando a los invasores solamente los ranchos sin ningún otro recurso. Fue un golpe terrible para el ejército aliado que debió pagar, a precios fabulosos, sus provisiones y sus transportes. Eso explica el número considerable de niños paraguayos que se encuentran en la República Argentina, como adoptados o sirvientes. Son chicos recogidos por los soldados argentinos sobre las rutas donde sus madres habían muerto de cansancio y hambre y que, sea por compasión o indiferencia, los jinetes de López no habían masacrado. En medio de todos esos horrores, Teófilo Gauté recuerda haber encontrado a un italiano, pobre tocador de organillo quien, con su instrumento a la espalda, seguía al ejército de los aliados e hizo toda la campaña, haciendo bailar a los soldados brasileros o argentinos donde paraban.

Otra vez, a caballo, Teófilo Gauté siguió al ejército argentino y alcanzó un lugar desértico donde cuatro días antes se había dado un enfrentamiento. Entre doscientos o trescientos cadáveres estaban ahí sin sepultar. Las tropas aliadas se habían adelantado inmediatamente y como no había habitantes para hacer el trabajo, dejaron a los muertos pudrirse. Este hecho se produjo con bastante frecuencia durante la campaña.

Cuando la guerra terminó, muerto López en Cerro Corá, volvieron a los pueblos mujeres flaquísimas, casi desnudas (las más ricas), o enteramente desnudas (la gran mayoría). De un millón trescientos mil habitantes, como se evaluaba la población del Paraguay al principio de la guerra, quedan más o menos doscientas a doscientas cincuenta mil almas; son mujeres y niños, pues todos los hombres han muerto y los pocos que se encuentran son inmigrantes llegados desde entonces. El ejército nacional, que al principio de las hostilidades tenía, más o menos, sesenta mil hombres, no tiene hoy más de doscientos a doscientos cincuenta niños de quince a dieciséis años, vestidos con saldos de nuestra guardia nacional movilizada en 1870-1871. Esto se puede llamar resistencia a ultranza. Las hijas de un ministro del Paraguay habían vuelto desnudas a la capital hace dos años. «Y les molesta, sabe usted», agrega Teófilo Gauté, «encontrar gente que las conoció entonces». Y de hecho, eso debe haberlas molestado muchísimo. Felizmente, con el último empréstito del Paraguay en Londres, tienen más vestidos ahora de lo que pueden contar.

Esta noche maté un pájaro negro, grueso como un mirlo de plumaje y cuerpo iguales. Sólo el pico es diferente, pues mi víctima tiene el suyo en forma de hacha. Tomo un croquis porque es el primer pico de esa forma que veo. La casa de mi huésped es una antigua casa de los jesuitas; un obispo vivía aquí como lo demuestran los tableros tallados de las puertas y las rejas de madera en las ventanas. Un antiguo cuadrante solar instalado antaño por los fundadores yace en mi cuarto, antigua capilla, que el nuevo dueño transformó en almacén de granos de maíz para no ser molestado por las procesiones y las peregrinaciones. Las paraguayas han conservado, en efecto, costumbres de devoción muy exaltadas. No hay una sola casa que no tenga sus santos penates, groseras imágenes de madera encerada en cajas vidriadas ―los nichos― objetos de un culto incesante. De un tiempo a otro se le ocurre a una familia pasear su santo, y enseguida, todos los vecinos salen y siguen esta procesión improvisada; delante caminan gravemente las promotoras, teniendo en sus brazos el nicho donde se encuentra la imagen del santo. Siguen los demás cantando, y sobre sus pasos se descubren los transeúntes. Vueltas a la casa, prenden una vela delante de la imagen reverenciada. A veces la vela está puesta en un candelero y forma con la tablita que soporta al santo, una especie de pequeño altar. El rincón donde se encuentra este embrión de capilla, goza de gran veneración entre los habitantes del rancho. Nunca se dejaría ahí, por ejemplo, cualquier utensilio extraño al culto. Me acuerdo todavía de la mirada severa que me lanzó una vieja paraguaya al retirar mi fusil que inocentemente yo había colocado en el santuario cuando entré en el rancho. Total ignorancia, falta absoluta de principios morales, fanatismo religioso, tales son las bases intelectuales de la paraguaya. Del paraguayo, ni hablar: lo poco que queda de ellos se encuentra en las ciudades como funcionarios del gobierno, y su roce continuo con los argentinos y los brasileros les hizo, desde la guerra, perder toda originalidad. Se han vuelto un tipo banal, donde la debilidad, la impotencia y la pobreza han desarrollado considerablemente la astucia y el deseo de apropiarse del bien del prójimo. Y sin embargo, la instrucción primaria, gratuita, es tan difundida en este país que es raro encontrar un paraguayo que no sepa firmar.

La existencia en la Asunción es notablemente monótona: es una larga sucesión de mates interrumpidos por las comidas, las siestas y los cigarros. Es curioso ver a qué grado de vida vegetativa puede llegar el hombre en este país. Los pocos paraguayos que conozco elevan el farniente a la altura de una institución; las mujeres, por el contrario, son activas. Como en todos los países cálidos, uno se levanta de madrugada para gozar del fresco, pero se desquita a partir del mediodía, haciendo una siesta de tres horas, en lo más cálido del día. Sin embargo, hay que notar que el calor no es tan agobiante como en Buenos Aires. Uno tiene calor como si estuviese en la boca de un horno, pero no produce una transpiración igual a la que se tiene en el Plata con una temperatura un tercio menos fuerte. Yo he comprobado estos últimos tiempos, veintinueve grados centígrados a las ocho de la noche en un cuarto donde habían establecido corrientes de aire para tener más fresco.

 

12 de septiembre

Esta noche estoy invitado a un baile en la casa del general brasilero; voy a trabar más amplio conocimiento con la alta sociedad paraguaya que se compone exclusivamente de las familias de los funcionarios superiores. La mayoría de las mujeres que voy a ver esta noche en traje de gala no tenían, hace tres años, más que un simple taparrabos alrededor de la cintura.

A las once de la noche estoy listo, vestido todo de negro. La fiesta tiene lugar en la antigua casa de Madame Lynch.

Madame o como se la llama en el Paraguay Madame Elisa, era una de las estrellas del mundo galante parisino, de donde López, a su paso por Francia, la había sacado para hacer de ella su Montespan.

Se baila en un salón y en la galería que bordea el patio interior de la casa. ¡El salón es una maravilla! Las paredes están enteramente revestidas de una tela de seda con ramajes rojos sobre fondo amarillo; el cielo raso está ricamente adornado de artesonados y molduras doradas del mejor estilo; la alfombra misma, con grandes motivos y guirnaldas, da al conjunto una armonía de las más completas. Es el salón de una vieja actriz de la comedia francesa pero, ¡ay!, ¡no es más que una decoración! La tapicería está pintada con cola; con cola también los adornos del cielo raso y las rinconeras tornasoladas. Estoy en una sala primeramente blanqueada a la cal, luego decorada por algún artista ambulante más hábil de lo que son generalmente sus cofrades. Es por eso que la ilusión es completa durante algunos minutos. Las mujeres, algunas lindas, son asombrosas de gracia y donaire. Los trajes son el equivalente de lo que encontramos en Francia en bailes de comicios agrícolas. Solamente acá están más escotadas. Las modistas son evidentemente inexpertas. La parte verdaderamente interesante de la velada es lo que llamaríamos en Europa las señoras que hacen tapicería, es decir, las madres de las bailarinas. Cerca de la puerta de entrada, acurrucadas en montón, sentadas sobre sillas, paradas contra la pared, están unas viejas con caras descarnadas, de largos cabellos grises, negligentemente levantados sobre la cabeza con un peine. Y parecen adormecidas; es difícil imaginar algo más repulsivo: son las madres. Dése vuelta, y verá esos grupos de jóvenes mujeres de piel morena, grandes ojos negros y cabellos de ébano que danzan nuestras danzas de Europa, una sonrisa en los labios: son las hijas. Pero he aquí que las viejas que obstruyen la puerta se agitan de repente y de sus chales deshilachados salen por todos lados, brazos flacos de manos ganchudas; están pasando los refrescos y se precipitan sobre ellos, engullendo los líquidos y arropando en un rincón de su chal las masitas que caen a su alcance. Algunos vestidos, geniales a fuerza de sencillez, dan buena opinión del gusto de las mujeres del país. Desde luego, está claro que una nación cuyos colores predilectos son el blanco y el negro, no puede tener mal gusto. Yo noto un vestido de muselina blanca con un moño color cereza sobre la pollera que parece salir de un buen taller. Los peinados evidentemente son ridículos, y uno se daría cuenta de ello si hubiese algún punto de comparación, pero como todos son ridículos de la misma manera, eso no choca.

Algunas jóvenes bellezas salen un instante de la sala donde se baila y se dirigen hacia el salón vestuario que les está reservado. Horror, ¡es para fumar cigarros!

Mañana saldrá una expedición inglesa que explorará el curso del río Apa, límite norte de la República y pondrá, me dicen, las bases de un ferrocarril que proyecta el Brasil y que uniría la desembocadura del Apa con la provincia de Río Grande. Sería para los brasileros un medio de liberarse del rodeo por Montevideo y Buenos Aires.

 

14 de septiembre

Conocí a un suizo que vive en Paraguarí, pequeña ciudad a veinticinco leguas de la Asunción. Me lleva esta mañana a varios almacenes para mostrarme cuáles son las mercancías que hay que mandar a este país. Son, sobre todo, algodones groseros fabricados en Inglaterra, así como ferretería inferior de la misma procedencia; los calzados, las botas principalmente, se fabrican en Buenos Aires; luego los trajes de tela y de paño ordinario. Los comestibles que hay que importar son vinos groseros de horrible calidad, grasa, azúcar, terrible ginebra de Hamburgo, alcohol de papa cuyo olor basta solo para hacer huir, algunos cajones de velas y jabón. Se necesitan también petardos, de gran consumo en América del Sur.

Estos petardos vienen de China y están atados en racimos. Se incendia uno, que comunica el fuego al siguiente, de manera que las detonaciones se suceden durante cinco minutos. No hay buena fiesta sin petardos. Los sudamericanos tienen además otra manía, la de los fuegos artificiales, que tiran de día y noche.

Cuando volvieron las tropas argentinas al final de la guerra con el Paraguay, habían anunciado el desfile de los soldados para las tres de la tarde y un gran fuego de artificio para las nueve de la noche. Por causa de dificultades imprevistas, las tropas no pudieron desembarcar en el tiempo preciso, de manera que para armar de paciencia a la muchedumbre, decidieron tirar el fuego a las tres de la tarde; después, como las tropas tardaban, cada cual volvió a su casa y se fue a acostar. Hacia las once de la noche, gran ruido en las calles, trompetas, címbalos, tambores, etc. Eran los soldados que, desembarcados por fin, hacían su desfile solemne.

En suma, el comercio de importación en el Paraguay se encuentra bastante restringido, tanto por el número reducido de  la población, casi exclusivamente femenina, como por la sencilla existencia de los habitantes. En cuanto a la exportación, se compone casi exclusivamente de yerba (hojas de Ilex paraguayensis) cuyo uso muy difundido en toda América del Sur hace que esta rama de transacción sea muy importante. Es un té de perfume menos fino pero más fuerte que el té de China del cual posee todas las propiedades en más alto grado. Añada a la yerba mate, un poco de tabaco, maderas duras, cueros y algunas damajuanas de un ron primitivo, y tendrán la lista de exportación de un país donde el algodón y el índigo crecen en estado salvaje, donde la caña de azúcar y el arroz se producen admirablemente. En ciertos distritos tienen hasta tres cosechas de arroz por año. Iba a olvidarme de la importancia del ganado en pie que, atravesando el Paraná en Paso de Patria, viene de la provincia de Corrientes: produce activas transacciones. Cuando haya visto con más detenimiento la explotación de los bosques, la comentaré con amplios detalles en el curso de mi diario. Mañana salgo para el interior del país.

[1] La quinta es una pequeña propiedad cultivada. Si se incluye el cultivo de cereales, la quinta se vuelve chacra y si esta última se agranda hasta abarcar la cría de ganado, se convierte en estancia.

[2] Refractaria: opuesta al régimen de Napoleón III en Francia.

[3] Quebracho: madera dura del Paraguay, más pesada que el agua y que se parece a la caoba de color claro. Contiene una fuerte proporción de tanino por lo que las curtiembres de Buenos Aires se sirven de su aserrín. Su nombre (quebra acha) se debe a su notable dureza.

[4] Afluente del Sena.

[5] Manitúes: divinidades de los indios de América del Norte.

Nota: la primera imagen es «Una calle de la Asunción. Dibujo de E. Thérond, según un croquis del autor».

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