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Preludio de un fin

Joe extraña a Mari. Le escribe. Quiere un reencuentro. Ella lo piensa y mantiene el suspenso. Comparten un pasado de lujuria, discusiones, peleas e infidelidad. ¿Es posible retomar el idilio? La narradora María Luz Benítez lo responde en este cuento erótico (publicado en Lascivia textual), ilustrado por Juan de Dios Valdez.

 

Un mensaje de texto me distrae de la computadora. Son alrededor de las seis de la tarde: «Y después Mari, ¿cómo estás? ¿Qué hacés?» Es él otra vez, intentando comunicarse conmigo. La conversación en la mañana ya había sido intencionalmente confusa:

―¡Hola!

―¿Sí? ¿Quién habla?

―…

―¿Quién?…

―Joe soy. ¿Qué tal? ¿Cómo va todo?

―¡Ah! ¡Bien! ¿Qué necesitás? ―había respondido algo fastidiada, sin querer saberlo en realidad.

―Solo llamo para preguntarte algo…

―¿Es importante?

―No, no lo es… Solo quería saber…

―Ah, bueno, no puedo hablar ahora. Talvez en otro momento ―le había dicho para cortar la llamada.

El teléfono sigue en mis manos y mi respuesta al mensaje de texto se demora. Siento cómo se apodera de mí esa sensación perversa y placentera de dar inicio una vez más al juego que nos tenía ya acostumbrados al rechazo mutuo mientras nos deseábamos insaciablemente.

Ya pasó media hora y me atrevo a responder con un signo algo grotesco: .l. Él lo ignora y redobla la apuesta:

―¿Cómo andás? ¿Qué pio hacés?

―¡Ay, qué vulgar cómo escribís! ¿Te contagió ésa, a la que le caben dos penes en la nariz?

Sí, sé que mis expresiones son más vulgares, pero de verdad no me gusta su nariz. Y los penes… Bueno, uno hasta podría ser de Joe.

―¡Perversa! ¿Estás en tu casa? ¿Puedo ir junto a vos? Quiero hablar contigo.

―Sí, estoy, pero lo que tengas que decir lo hablamos por teléfono.

―Lo que pasa es que quería salir, tomar un poco de aire y hablar contigo.

Lo borro. Ni siquiera puedo recordar el orden de las palabras: ¿qué haría primero? Al rato, otro mensaje: «¿Y después?» Disfruto secretamente la demora en responder imaginándolo devorándose en su ansiedad como un animal rabioso. Luego de cuarenta minutos:

―¡Ah, entiendo! Vení.

―Ok. Estoy saliendo.

Cavilo mientras lo espero. Treinta minutos pasan hasta que escucho el timbre. Le pido que me acompañe a comprar cigarrillos, como estrategia para darme tiempo. Necesito fijar mejor mi decisión.

―¿Vamos en el auto?

―¿No querías tomar aire? ¡Vamos a caminar! ―digo seria y sin complicidad alguna.

―¿Por dónde querés ir? Vamos por allá ―indica hacia un callejón algo oscuro.

―Bueno, vamos.

Compramos cigarrillos. No tienen encendedor. Marchamos sin rumbo mientras buscamos dónde comprarlo. Apenas nos hablamos. Nuestros codos se tocan atraídos como imanes. Los separamos… y vuelven a unirse. Lujuria y algo de dolor residual en nuestras miradas. Sentimos que estamos muy conectados. Eso basta para decirnos casi todo.

Me lleva despistadamente hacia un lugar aún más oscuro, mientras finge querer conocer un hotel que se encuentra en la zona.

―Podríamos aprovechar y tomar algo allí… ―insinúa, y recuerda que un amigo en común se había hospedado en ese lugar, haciendo un escándalo tal que incluso intervino la policía.

En un descuido me atrae hacia sí y me besa.

―Mmm, ¡esto no formaba parte del plan! ¡Además, con este beso no me convencés de que vaya contigo a un hotel!

Me besa entonces con más fuerza. No hace falta, pues si fuera por mí lo hacemos acá mismo, pero eso es parte del juego. ¡Esta maldita tendencia innata e inevitable al sadomasoquismo!

Espero fuera mientras fumo un cigarrillo. Él sale del hotel indicando que no tienen ninguna habitación disponible. Nos vamos a otro. Cuando él negocia el pago, yo aprovecho para admirar la bella arquitectura del lugar. El patio está adornado con grandiosas plantas exóticas. Voy hasta allí y levanto la mirada. Una brisa me recuerda que puede estar contaminada de smog y hollín, propio de las urbes. No es necesario contar el aspecto nada romántico de un cielo sin estrellas visibles. Y un «¡Vamos!» de Joe interrumpe mis pensamientos.

Entramos en la habitación. Él va al sanitario, yo me recuesto en la cama y recojo el control del aire acondicionado.

―¡No funciona!

Nos cambian de habitación. Joe se ocupa de encender el aire y el televisor; yo dejo la luz del baño encendida y la puerta entreabierta.

Él ya está parado al pie de la cama. Me acerco, le beso la boca y súbitamente lo empujo. Trepo en él al tiempo que cae sobre la cama.

―¡Esto es lo mejor de no verse en mucho tiempo!

―¿Ah, sí? ¡Es lo que te gusta! ¡Pues a mí, no! ―digo jadeante, ansiosa, disfrutando de recriminarlo aun estando presa de la excitación.

Estoy encima de él, hambrienta, desaforada, loca. El canibalismo simbólico está permitido en los labios, el cuello, el torso, los brazos. Él incorpora medio cuerpo, me devuelve la atención exponiendo su lascivia y pierde un buen tiempo en mis senos.

―¡Qué porno son tus senos!

―¿Sí? ―apenas un gemido, casi inconsciente.

Take my breath away casualmente suena en la TV. Imagino ser Kelly McGillis en Top Gun. Sin duda, mi historia con Joe se asemeja en algunos aspectos a esa película.

Rápidamente nos desvestimos. Él se posiciona cómodo en la cama. Yo, sobre él, tengo control absoluto de su humanidad. Beso todo su cuerpo con la misma voracidad, tanta que lo tengo al borde de la agonía por placer. Cuando, por fin, le ofrezco misericordia y me detengo durante un considerable tiempo en su voluminoso y respetado miembro viril.

―¡Extrañaba esto! ―gime extasiado por el placer.

Lo escucho susurrar:

―Vení que te…

No le permito terminar. Sé lo que desea. Ya estoy montada sintiendo sus labios, su lengua, y hasta sus dientes devorarme la vagina mientras yo lo aprieto contra mí. En este momento me desarmo, y la revolución, que era inminente, empieza. Y así… todo vale; cuanto más extraño, mejor.

Tras el debido descanso, recomenzamos. Esta vez, estoy sometida grácilmente, persuadida como una proletaria alienada al poder de un amante burgués. Poder seguidamente despótico. Es intenso, con escenas muy contundentes. ¿Me castiga por haberlo tirado, casi literalmente, a los brazos de la narizona? No lo sé. Pero acá estoy desfallecida de placer, aceptando sus órdenes libidinosas, palabrotas, mordiscos, chupones, nalgadas, asiendo mi piel como si quisiera desprendérmela del cuerpo. Nunca lo sentí tan ardiente. Es como una estrella que se está consumiendo en su propio fuego.

Después de la lujuria lacerante, el relax permea un tercer round: la práctica del poder se reparte igualitariamente tanto en sus fuertes brazos como en mi pelo que lo envuelve mágicamente. Con un deseo de escapar de la monotonía, de la existencia misma, emulamos la ansiada libertad en una dimensión imaginada. Al unísono de ¡te extrañé! siguieron las caricias y los besos interminables. ¡Mmm, estos besos hechiceros que me doblegaron tantas veces!, pienso vencida en ellos. El último orgasmo se lleva todo el aire de mis pulmones.

Es el final de la trilogía y estamos agotados. Entre intercambio de caricias y besos vestigiales, charlamos ―por fin― de la vida de cada uno: de lo profesional, los proyectos, la familia, los amigos y…

―¿Cómo hacés para mantenerte tan delgada?

―Sexo, sexo, sexo… ¡mucho sexo!

De un salto se levanta de la cama. Al ponerse de frente, la expresión de su rostro deja ver un patetismo inusual hasta ese entonces.

―¡Estás teniendo sexo con otro! ―grita, y entra en el baño.

A su salida, recojo la lanza y ataco:

―¡No entiendo por qué te molesta si vos también cogiste con la narizuda!

Ésta había aparecido para arrebatármelo cuando yo me debatía en un serio conflicto entre mi racionalidad y mis emociones. Y mi relación con él ya se había extendido lo suficiente como para implicar el desconcierto de muchos.

La apasionada relación con Joe comenzó a latir en tres pulsos iniciales, casi casuales como el inicio de la vida misma. La atracción había sido inmediata durante la vez que nuestras miradas se cruzaron en medio de aquella multitud apostada en la Plaza de la Democracia. Luego nos cruzamos sin más en alguna calle y la sensación fue igual. Y el tercer encuentro se dio cuando supo que teníamos un amigo en común, a quien él mismo se encargó de manipular para que nos acercara. Recuerdo que su vehículo había sufrido un desperfecto mecánico justo el día de nuestra primera cita. Pero aun así salimos. Esa vez me dio durante dos horas y media el mejor beso de la historia, cuando esperábamos el ómnibus. Ese entusiasmo significó para mí la primera señal de alerta. La segunda fue cuando, al segundo mes, después de varias noches apasionadas en la casa de sus padres, me expuso su idea de convivir juntos. Mi respuesta había sido desconcertante para él, sumado a mi pedido de mantener en secreto la relación. Allí entendió que debía bajar los decibeles, que yo no estaba en la misma frecuencia de él. A partir de entonces el año y medio que duró la relación fue un tira y afloje. Noches de lujuria en su casa, en la mía, en hoteles, con peleas y discusiones de por medio. Una noche le había lanzado un plato con comida porque la narizuda atrevida le había llamado por teléfono. No era la primera en sospecha, pero sí la que más insistentemente lo rondaba, desde que conoció a Joe seis meses atrás en una entrevista laboral. Él negaba y negaba que tuviera algún romance con ella.

Cuando lancé aquel plato, sentí que con él se iban mis ganas de seguir en la relación, por lo que hoy, luego de tres meses sin vernos, es uno de esos momentos en los que se siente la inminencia de alguna fatalidad. La bestia lujuriosa sigue luchando, sin embargo, por no desaparecer.

―Sí, pero la relación no es seria.

No respondo nada. Me cuesta vestirme, talvez por los nervios. El hecho es que lo acepta. Esto es indicio de que su amorío siempre fue real. Sin embargo, el mío es total y absolutamente imaginado. Lo hago para molestarlo. Es suficiente para mí. Me da lástima. Está como el pobre Tomás kunderiano buscando ―en su inconciencia― salir de esa frívola vida, causada por la diversidad de opciones amorosas. Necesita dotar de sentido su vida, pues la otra termina siendo vacía y realmente insoportable. Y yo no estoy dispuesta a dárselo. No después de los daños que nos hicimos desde el inicio de la relación.

Ambos estamos de nuevo en un estado emocional confuso. Salimos del hotel. Caminamos como preocupados, talvez intentando mantener la cordura y la postura. Me pregunto si las personas que están fuera se imaginarían las escenas carnales que dos amantes dejan atrás al partir de un hotel. ¿Se notará en el caminar? ¿O en el aspecto medio descuidado que tienen luego de esos encuentros furtivos? ¿Notarán el mapa del Paraguay que Joe había dibujado en mi cuello con su chupón desmedido? ¿O las marcas en sus brazos? ¿Es posible que el espectador imagine la intensidad de esos encuentros de manera objetiva? Pensar en estas trivialidades no mengua mi angustia interna.

―¿Querés algo de comer?

―No, gracias.

―Yo, sí. Compraré algo para llevar.

―Te espero acá.

Lo observo durante el tiempo que se aleja, y a su regreso. Le sonrío mientras se acerca. Él también sonríe, pero lo noto algo perplejo:

―¿De qué te reís?

―De nada ―le digo.

Y caminamos sin decir nada más. Llegamos a casa. Un embrolloso acercamiento, besos en las mejillas y un chau sin más.

Espero mientras arranca el vehículo para verlo partir. Quisiera expresarle que me guardo su preciada imagen caminando hacia mí, que esa sonrisa suya es la última que vería, y que en ese momento por fin había decidido prescindir de él para siempre. Era nuestra sonrisa final a este idilio, en el que nunca arriesgamos nada porque siempre había sido inviable.

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