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Postales paraguayas de la cuarentena mundial

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La pandemia de la Covid-19 ha puesto en cuarentena al mundo, con mayores o menores restricciones, de acuerdo a las decisiones y las acciones de cada gobierno. En el Paraguay, se decretó la cuarentena parcial el 10 de marzo; la total, el 20 de marzo. En esta publicación especial, diez narradores emergentes y un pintor de distintas ciudades y pueblos del país, nos cuentan sus experiencias personales como postales para los lectores confinados.

 

No desesperar, por María Rosa Gil

La Asunción del Covid-19 me recuerda a las semanas santas de los años 70, más muertas que santas. Quedaba vacía y no se podía hacer nada. Ni siquiera ir al supermercado, porque no había. Durante cuatro días, no trasmitía el Canal 9, el único de entonces. Ni siquiera se podía cantar porque los vecinos te podían escuchar… Lo único que se podía hacer era comer chipa y, para no desesperar, ir al cine para ver Ben Hur y Quo Vadis.

Encerrada en casa, en el barrio Ciudad Nueva, con exceso de horas libres y vacías, durante los primeros días de esta cuarentena imaginé distintas versiones del apocalipsis. Ninguna me gustó. Y decidí dejar de pensar en tragedias. Ya ni calculo si alcanzo al fin de mes con el dinero que tengo. Me basta con saber que dos litros de sopa de cebollas pueden alimentarme tres días. El resto puede esperar.

Cada mañana, lo primero que hago es ir al patio para ver cómo están creciendo los brotes de locote rojo que había plantado en varias macetas. Los pomelos están madurando. Los tomates, echando hojitas y pronto estarán en flor. La albahaca crece y crece  a pesar de que cada día forma parte de la ensalada. Nunca antes me había  detenido a mirarlos día a día;  ahora hasta les hablo, reviso las matas buscando nuevos brotes, les pongo música. Voy a mi patio para buscar en mi «huerto de planteras» las verduras para la comida. Pequeñas cosas. Gran satisfacción.

A la vez, ha reverdecido mi viejo amor por el hilo y la aguja, y aquí estoy, tratando torpemente de llevar la costura para hacer dobladillos de sábanas y manteles que ya clamaban por un poco de atención.

En las últimas semanas, también me propuse leer un capítulo del Quijote por día, apenas despertase, antes de hacer cualquier otra cosa. Sin limpiar, sin ordenar, sin cocinar. Esa fue una batalla eterna con mi madre; para ella, las cosas de la casa primero, la lectura después. Nunca estuve de acuerdo, pero a pesar de mi rebeldía contumaz y confesa, tuve que llegar a una edad en que me consideran perteneciente al «grupo de riesgo» para descubrir que los hábitos impuestos por la educación habían ganado la batalla. No consigo leer en un lugar desordenado. Tengo para mí como que le falto el respeto al tan famoso y andante caballero. Así que, luego de arreglar la casa, regar las plantas y ordenar el patio, acomodo un florero en la mesa,  me perfumo y abro  el voluminoso libro que ha llenado de gloria las letras hispanas.

En cuanto a mi trabajo, el de reunir a personas para hacerles preguntas sobre un nuevo producto, estoy como de vacaciones, pues los clientes rechazan la idea de hacer reuniones virtuales con los encuestados. Y mientras ellos se adaptan, yo espero, pero no desespero. Me niego a desesperar.

Asunción, ciudad fundada a orillas del río Paraguay. Fotografía: Fotociclo.

 

En un chalet de Villa Morra, por José Bueno Villafañe

Habito un chalet alquilado en el barrio Villa Morra de Asunción, con mi pareja y cinco gatos: cuatro caseros y uno vagabundo que nos visita a menudo (evitar las riñas entre ellos le inyecta adrenalina a mis días). Y como recomiendan los expertos, tenemos rutinas: levantarnos a determinada hora, distribuirnos tareas, ejercitarnos, jugar juegos de mesa, charlar. Más o menos, Diana y yo hacemos todo esto, y creo que estamos bien.

Quienes no están bien son La Pulcinella y el comedor de doña Ramona, separados por cien metros. El primero es un lujoso restaurante italiano, especializado en pastas. El segundo es un espacio popular, cuyo menú estrella es el sándwich de milanesa. La Pulcinella abría solo de noche, a tono con los bares, los restó y los cafés, a lo largo de la calle Senador Long. El comedor de doña Ramona atendía desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde, y servía un menú económico para energizar a los trabajadores. Ambos negocios están cerrados.

Tampoco han de estar bien los inversionistas de los edificios en construcción. Las obras tardaron una semana más que los restaurantes en ser suspendidas. El último decreto, el que extendió el aislamiento obligatorio, permitió dos días más de trabajo para los obreros. Intento imaginar el sentimiento ambivalente de estos últimos: la necesidad de ganar el jornal ante el riesgo de enfermarse de Covid-19. Patrón y trabajador pierden, aunque nunca por igual.

Sobre la calle Moisés Bertoni, habitualmente muy transitada, don Guillermo espera. Toma mate o tereré y conversa con los vecinos, ofreciendo servicios de mecánica automotriz. En el espacioso terreno que ocupa como taller hubo varios vehículos. Don Guillermo y yo hablamos para que revise los problemas de arranque del auto que tenemos.

Una de mis últimas salidas fue llevar documentos al trabajo de Diana, a cuatro cuadras del chalet, sobre la avenida Mariscal López. Salvo las motos de delivery, es difícil ver otro tipo de vehículos. Casi no hay gente, salvo alguien en espera el bus. Y los intermitentes patrulleros que se dejan ver con sus luces de advertencia.

Vemos los noticieros de Telefuturo, cuyos estudios se encuentran a la vuelta de donde vivimos. Nos enteramos de lo que sucede en China y Estados Unidos, así como sobre los casos positivos y las ollas populares en Itapúa, Caazapá, San Pedro y en los barrios más empobrecidos de Asunción. «Aquí hay, aquí no», nos dicen. Así como algunas tergiversaciones que me irritan y me pongo a discutir con el televisor y a contestar tuits. También solía escribir en Facebook, pero leyendo a algunos que lo hacen mucho mejor perdí las ganas. Entiendo lo que está sucediendo, pero me cuesta expresarlo.

Aunque, quizás, no sea necesario expresarse mucho. Basta, por ahora, con relatar el estado de uno de los barrios más ricos de la capital paraguaya.

Gato en el tejado del crepúsculo. Fotografía: Fotociclo.

 

La convivencia más difícil, por Alexandra Pose

Ya no puedo escapar de mi propia compañía. Por otro lado, tampoco quiero perder mi espacio, pues debo pasar la cuarentena con mi madre —población de riesgo—, con quien, al no trabajar en su peluquería, nos cruzamos en cada rincón de la casa.

Quiero aprovechar el tiempo: leer, escribir o aprender a cocinar. Pero lo único bueno que hago es no fumar. También pruebo el sexting: siento que mis palabras no saben desnudar. Cuando se terminan los mensajes de gratificación vuelvo a sentirme sola.

Soy la encargada de hacer las compras por las mañanas. Camino cinco cuadras hasta el supermercado más cercano de mi barrio San Vicente, próxima a la frontera entre Asunción y Lambaré. Tardo dos horas formando la fila para entrar. Los precios suben cada vez que regreso. Me desinfecto con cuidado al salir y al volver a casa. Aun así, mamá se ingenia para escaparse de tarde, diciéndome que se olvidó de pedirme queso.

Salgo al patio para tomar el sol. Escucho el silbato del heladero que pasa todas las siestas. Usa zapatillas viejas y tapabocas. Quiero colaborar comprándole un helado, pero no lo hago. Me supera la preocupación por la higiene.

Doy vueltas en la cama. Veo imágenes de otra gente en el celular. Un meme: cómo quiero pasar la cuarentena: una pareja abrazándose en la cama; cómo estoy: un hombre solo en pijama. Me río y se lo envío a una chica que me gusta. «Yo tendría mal de barco, jaja», me responde.

Mi padre y mi psicoanalista, con quien antes de la cuarentena consultaba una vez a la semana, son los únicos que me escriben todos los días. No encuentro privacidad para la consulta. Finalmente elijo al patio. Aprovecho que mamá duerme; me apena que me descubra hablando sobre ella. Una psicóloga dijo que mucha gente había deseado tener más tiempo libre y ahora que lo tienen no saben qué hacer con él. Como yo. Mis perras ladran durante la terapia. También hay un aumento de insomnio, pero no veo la diferencia. Con todo y eso, estoy mejor.

De tarde, busco a mi madre para hablar: noticias del Covid-19, infectados, imputados, dinero. Suspiramos al mismo tiempo. Ella tampoco consigue leer. Decidimos hablar de las películas que vio cada una y observar a las perras.

En medio de la calle vacía, voy en bicicleta a la bodega (no fumo, pero todavía bebo…). El viento me agita el pelo y extiendo los brazos. Sonrió, aunque tengo vergüenza de que alguien me vea feliz en plena tragedia. En esta bajada, podría llegar hasta el cerro Lambaré en diez minutos, pero luego de las siete de la noche los policías custodian la avenida Perón.

A mamá le toca cocinar el almuerzo y a mí preparar el jugo. Creo que le falta azúcar, le digo. Tranquila, nadie nació sabiendo, me responde. Es la primera vez que me lo dice.

Canto una canción con la guitarra clásica. Luego otra con la acústica. Y con la eléctrica. Y con el bajo. Mamá me interrumpe para ofrecerme un corte de pelo. Lo acepto con una sonrisa. Le muestro una foto de una amiga que se cortó sola el flequillo y nos reímos. Ella levanta un espejo para mostrarme cómo se ve mi nuca. Gracias, le digo. Me dice que mejor se lo agradezca con una cerveza. Acepto. Siento que aprendí a convivir con ella.

Quizás alguna vez lo haga conmigo misma.

Avenida Ciclovía. Fotografía: Alexandra Pose.

 

Tiempo para contemplar, por Zunilda Acosta

Ser la única que podía salir para comprar los alimentos y las cosas necesarias fue estresante durante las primeras semanas de la cuarentena. Ahora puedo decir que me estoy acostumbrado a este ritmo, hasta podría decir que me gusta.

Vivo en Loma Pyta, barrio limítrofe de Asunción con Mario Roque Alonso que, en poco tiempo, tuvo un crecimiento comercial agitado. La calle Okara Poty Kuemi fue ocupada por buses rebosados de gente, autos, motocicletas, caminantes y ciclistas (construyeron una ciclovía justo frente a mi casa). Había tanto tráfico, con vehículos a gran velocidad, que cada día amanecíamos con mascotas arrolladas. Desde que inició la cuarentena, en cambio, el barrio se volvió nuevamente un lugar tranquilo y vacío, aunque ya no con calles empedradas o de arena. De cierta forma, la pandemia pudo calmarnos tras tanta agitación.

Al principio, me costó cambiar de ritmo. Seguí saliendo y realizando las mismas actividades laborales, pero teniendo en cuenta el toque de queda y demás las restricciones impuestas por el gobierno, cada vez más rigurosas. Luego, obligada a quedarme en casa, salí solo para las compras necesarias para mis padres mayores de setenta años y mis dos hijos: una adolescente de 14 años  y un niño de 11. En las últimas semanas,  solo puedo salir los lunes, miércoles, viernes y domingos, ya que el último número de mi chapa es impar.

En busca de una forma de sobrellevar esta realidad, me puse a observar a las personas para imaginar cómo serían sus vidas, de acuerdo al comportamiento en las filas del supermercado, las compras, las cajas y hasta en sus autos. El viernes 17 de abril, una señora discutió con la cajera porque le había agregado algunos productos que ella no había puesto en el carrito. El domingo 19, de mañana, una pareja conversaba frente a la góndola de panes y uno de los guardias se les aproximó para pedirles que solo uno de los dos se quedase dentro; afuera, una pareja que antes de bajar del auto se había mimado a besos, se separó para formar la fila y entrar. También durante esa mañana, un señor de entre cuarenta y cincuenta años, ya en la caja, se dio cuenta de que no tenía suficiente dinero para pagar todos los productos que llenaban la canasta; entonces dejó la leche y el pan, y llevó las bebidas alcohólicas.

Prestar atención a los otros le dio un nuevo sentido a la rutina de ir al supermercado, antes un simple quehacer. Cuando la cuarentena termine, sin embargo, seguramente volveré a quedarme sin tiempo para contemplar.

Calle Okara Poty Kuemi del barrio Loma Pyta. Fotografía: Zunilda Acosta.

 

Polución en San Lorenzo casi Ñemby, por Fredy Fretes

Durante la mañana del 21 de marzo, tras la primera extensión de la cuarentena, veo a los vecinos de al lado, organizados como pocas veces, cavando y midiendo postes para una cancha de piquivólei, en su patio trasero. Otros vuelven a sus maneras musicales de años atrás: molestia sonora en toda la cuadra, en especial los fines de semana. Y algunos pájaros que no veíamos desde hacía años sobrevuelan nuestro barrio, Santo Tomás de la ciudad de San Lorenzo, en el límite con Ñemby.

Los principales negocios cuentan con alcohol en gel, casi líquido de tan diluido, y lavabos improvisados en la entrada, custodiada por porteros con tapabocas que usan todo el día y que cada tanto ponen bajo sus barbillas. Los carteles en las paredes prohíben la entrada sin antes haberse lavado y desinfectado; uno de ellos menciona que las medidas tomadas se deben a un decreto, «para no tener que cerrar el local»; y otro prohíbe la entrada sin tapabocas, dando la opción de venta a tres mil guaraníes, a cargo de uno de los porteros. También ofrecen el servicio de delivery, tal como la bodega de la esquina de casa. Los vendedores de yuyos dispuestos al costado de la ruta también cumplen el requisito del tapabocas; y hasta de los carros de los recicladores cuelga alguno.

Además de salir para las compras básicas, también vamos al sanatorio, tres veces por semana, para un tratamiento de mi madre. Viajamos en bus catorce kilómetros, hasta la calle Colón del centro de Asunción. Los pasajeros cumplen, mayoritariamente, el requisito del tapabocas, en especial si viajan por la avenida Mariscal López, pues sobre Eusebio Ayala se transita sin ningún control. Al retornar, es usual toparse en el bus con una mujer con todo el equipo de protección invidivual posible, quien sube y desinfecta el asiento que decide ocupar y los lugares que toca con las manos enguantadas, tambaleándose con tal de no sostenerse de nada cuando recorre el pasillo, hasta que llega a su destino, en Fernando de la Mora, y baja.

En las siestas, mis hermanos cumplen con sus tareas virtuales y mi hermana también con las clases de idiomas. Sin la responsabilidad de la asistencia a clases, ella se siente con tiempo de incursionar en lo que sea. A la vez, volvemos a las prácticas de ajedrez, entre familiares y amigos. Y yo a uno que otro taller virtual ahora que, suspendido de actividades laborales, y a falta de trabajos virtuales en mi área, vuelvo a depender casi totalmente (en lo económico) de papá, el único trabajador estable de la casa.

Dedico las tardes a los libros que postergué por años. Leo ignorando el barullo del campeonato de piquivólei de al lado, la música de diversas partes a la vez, las informaciones inconclusas, alarmantes, malformuladas… Recuerdo por qué, aunque siempre viví en la ciudad, huyo de lo humano. Y vuelvo al sueño (porque una casa propia, o algo propio en el país, es un sueño) de la granja en Aregua, con una modesta construcción en el fondo.

Vendedores de yuyos. Fotografía: Fredy Fretes.

 

El despertar de mi encierro, por Fernando Pereira

Recibí la noticia de la cuarentena con ánimo moderado. Pensé: Una semana quieto, sin trabajar, siendo yo cuentapropista, podría sobrellevarla. Pero cuando la prolongaron se me vinieron encima la incertidumbre, la angustia y hasta un poco de miedo. Sin embargo, intenté mantener la buena comunicación con mi entorno para no aumentar la incertidumbre y el miedo que provocaban la marea de información y desinformación que circulan por todos los medios.

Pensé en cómo pasar los días; por suerte, desde pequeño escucho música y leo lo que encuentro (tengo una lista de libros para las noches). El aburrimiento sería el menor de los problemas. Mi mayor preocupación eran los medicamentos de mis padres (con quienes convivo tras una estadía en otro lugar, cuestión sobre la que no me explayaré) y la fuente de financiación para los alimentos semanales. En mi zona liberada: habitación y jardín, evalué fríamente la economía familiar a futuro, traté de organizarme con lo que tenía y cultivé una pequeña huerta, muchas veces postergada.

También asumí las tareas de reparador y reciclador de cosas, y pienso invadir un baldío de la cuadra para rebrotar la idea de la huerta comunitaria. Por cierto, los dueños del baldío viven al lado Mburuvicha Roga; familia pudiente e irresponsable de su propiedad en el barrio Virgen del Rosario de Capiatá, cuya limpieza está a cargo de nosotros, los vecinos trabajadores.

En estos días se me revolvió aún más la mente cuando un amigo y socio comercial me llamó para que, si le pasase algo (es una persona en situación de riesgo), asistiera a su esposa e hija con el papeleo judicial que eventualmente necesitasen. Y cuando vi a algunos padres cargando grandes bolsas de panes (en sus casas, seguramente, están alimentándose solo con cocido y galletas). El hambre está presente; no saldremos de esta crisis sin cicatrices, pienso: Es tiempo de la empatía y la solidaridad entre conciudadanos para sobrevivir.

Suena en el audífono Where Is My Mind?, mientras camino por la vereda del cementerio municipal, camino al supermercado.

Cementerio municipal en la esquina de 1 de Noviembre y San Francisco, en el barrio Virgen del Rosario de Capiatá. Fotografía: Fernando Pereira.

 

Confinados en familia, por Carlos Morel

Mi hermana me contó que algunos amigos del grupo Hogares Nuevos de la iglesia Inmaculada Concepción del barrio El Retiro de Capiatá (de la que forman mis padres y hermana) les llevaron víveres y que papá se emocionó por el gesto, como si no estuviéramos al tanto de las circunstancias o porque ahora, una visita como esa, el ser tenido en cuenta, esa calidad de ser humano, es lo que se valora. También me dijo que la vecina de enfrente la llamó para reclamarle que mis padres habían salido una vez sin tapabocas, y que, cuando el veterinario fue a controlar el estado de Chiqui, la perra de la familia (la había operado para esterilizarla), papá le saludó pasándole la mano. Las viejas costumbres no se reemplazan fácilmente, aunque en las últimas semanas, papá dice al verme: «Saludo japonés», y luego comentamos cómo estuvo nuestro día.

La noticia de que este año no se volverán a las clases presenciales, cayó mal en la casa de mis padres. Sin la rutina de acompañar a mi sobrino de siete años a la Escuela San Roque, sin las anécdotas de ese viaje único de todos los días, seguramente vivirán otras, en un ambiente controlado. Hasta ahora, Sebastián aprendió muchos chistes y una canción en inglés (del video que compila las peores faltas contra Messi) cuyo significado ignora. Antes de la cuarentena, Sebas tomaba clases de tenis en la Academia Claudio Coronel, de San Lorenzo. La semana pasada llenó de agua algunas botellas de plástico y dibujó algunas rayas para simular un área de entrenamiento. Mediante videollamada grupal, el instructor le indica los ejercicios. Lo novedoso para muchos solo es la forma de entrenar, porque el despelote que provoca es el mismo que en las prácticas presenciales. Para mi sobrino, la epidemia del dengue fue mejor. «Esta no da gusto ―dice―; todos los días internan gente por tocarse la cara.»

En casa (a media cuadra de la de mis padres), abrí la puerta del frente y vi a Patroclia deslizándose por debajo del tejido de alambre que nos separa de los vecinos (quienes fueron al interior del país cuando inició la cuarentena). La casa de los Álvarez parece abandonada. De vez en cuando alguien va a cortar el césped, pero la tranquilidad anormal que envuelve la propiedad, en un vecindario en el que todos hicieron del jardín y el patio trasero sus lugares de supervivencia, la hace hasta parecer mística. Patroclia es mi gata. Durante los primeros días de confinamiento no encontró un rincón libre en nuestra casa y se mudó… Al igual que nosotros, sale sólo para cosas estrictamente necesarias, como buscar alimentos o ver si puede retornar a la normalidad; en su caso, cuando abro la puerta y ella puede volver a ocupar su espacio.

Calle Aníbal Lovera del barrio El Retiro de la ciudad de Capiatá. Fotografía: Carlos Morel.

 

Olla solidaria, por Laura Ferreira

El noticiero anunció un decreto: restricción de movimiento, distanciamiento, uso de tapabocas. Y de golpe, el eslogan #QuedateEnCasa. Sin entender mucho lo que implicaba, la gente lo acató.  No podía creer lo que se estaba viviendo con la presencia del Covid-19 en el Paraguay. De muchos escuché frases como: «De seguro esto pasará pronto» u «Opareita hina cualquier momento; cómo pico va a parar todo».

Yo vivo en el cerro Aregua, en el barrio Santa Librada de Estanzuela. Rodeada de árboles añosos, me despiertan las aves. Los vecinos más cercanos están a doscientos metros. O sea, sentía como un premio que obligaran a quedarme en casa y lo que menos necesitaba era vivir con las precauciones que vibraban por todos los medios masivos y las redes virtuales.

Luego, de un día para otro el espacio virtual se volvió el lugar de exposición, donde algunos amigos soltaban sus amarras: uno cantaba, otro enseñaba a contar cuentos, otra mostraba qué cocinaba. Cambalache insoportable. Yo, en cambio, callada, sin entender la desesperación de la gente por demostrar que «estaba en casa», ¡confinada!

Tampoco tenía ánimo para aprovechar el tiempo libre. La cuarentena me provocó silencio y aislamiento tecnológico. Los libros se apilaban en la mesa, luego en la galería, en el patio o en la reposera. No podía mantener la concentración.

Y siguieron los decretos. Y mi ostracismo ya era evidente. «¿Estás bien, Laura?», era la pregunta recurrente de mi entorno.

La tarde del sábado 11 de abril, un niño de 12 años me habló desde el portón de mi casa: «Hola, señora, ¿puedo limpiar tu monte?» «Pero las hojas no son basura», le respondí. «Ya sé eso, pero para mí va ser para comer; voy a juntar las hojas, hacer todo ku´i, mojar y con arena para hacer abono. Ya no tenemos nada para comer; algo tengo que hacer. Nadie no trabaja más, señora, ya no hay para comer.»

El niño me despertó del letargo y, un par de días después, a los vecinos nos impulsó para que preparáramos una olla solidaria, aportando un poco de lo que cada familia tenía. El primer día cocinamos sesenta platos de comida, y el cuatro día, doscientos tres.

Con los cuidados requeridos, el barrio se había organizado: algunos vecinos juntaban la leña para el fuego, otros cortaban las verduras y otros más se encargaban de la sostenibilidad. Luego, un grupo de jóvenes decidió arar la tierra de un baldío: «Una huerta comunitaria va a ser necesaria. Koa ipukuta gueteri», predijeron con razón.

Antes iniciaba mis días tomando mate, acostada en una hamaca, mirando la nada. En estas semanas inicio el día verificando los víveres para el almuerzo de las familias del barrio. Hoy, mis vecinos no solo tienen rostros, sino historias, las que surgen mientras se aviva el fuego que nos alimenta el cuerpo y el alma.

Vecinas/os del barrio San Librada, de Estanzuela, Aregua, organizadas/os para la olla solidaria. Fotografía: Laura Ferreira.

 

Nada es para siempre, por Esteban Hermosa

Cuando empezó la cuarentena sabíamos que pronto suspenderían el trabajo de (re)pintura que hacíamos desde hacía algunos meses en un supermercado del barrio Jara de Asunción. Y fue así: el jueves diecinueve de marzo, nos lo dijo el secretario Charly, pagándonos los jornales de esa semana: quinientos cincuenta mil guaraníes (pura coincidencia con la ayuda del Estado). Freddy, un compañero, se cayó de cabeza cuando recibió la plata: debía pagar la prestación alimentaria de su hijo, justamente de quinientos mil guaraníes. Seis semanas después, no tengo noticias de él (lo más probable es que ha vendido su celular para sobrevivir). El otro compañero, Sebastián Villalba, tenía una deuda con un prestamista. Con él estoy en contacto: dice que no pagó la deuda para poder comprar las provisiones (alimentos), que todavía no recibió la ayuda estatal y que su madre (con quien vive) empeñó algunas cosas de valor.

Recuerdo que ese jueves había cambiado el tiempo: de mañana llovió y de tarde se mantuvo el cielo gris. Cobramos los últimos jornales y tomamos algunas cervezas de despedida, por la camaradería de esos días.

A la mañana siguiente, fui al supermercado próximo de mi barrio, Santa Helena de Itaugua. Para ahorrar, compré diez kilos de harina, en vez de pan. A Lucas y Sofía, mis hijos, les encantaba la tortita (como solían llamar a la masa de harina con huevo en forma de disco de empanada frita), conscientes de que comerla diariamente era perjudicial para la salud. También para los dientes. Una mañana preparé la masa, mientras los niños se impacientaban. Estaba nervioso. Luego, cuando mastiqué la pireca (nombre de la tortita), se me rompió un diente. «¡Salió dura la pireca!», le dije a mi madre por teléfono, y nos reímos. Las cosas compradas del supermercado duraron dos semanas.

Sobrevivimos estos últimos días gracias a la platita que mi hermana y cuñadas nos giran. Consciente de que esto tampoco durará, voy una vez por semana al supermercado. En la semana santa compré solo cuatro chipas, no el huevo de pascua que Lucas, mayor que Sofía, había esperado. Le dije que la pascua sería el domingo y que cualquier otro día podíamos comprarlo. Y para entretenerlos, me paso horas dibujándoles lo que le sea para que ellos los coloreen.

En los primeros días de la cuarentena, vi un libro que me había prestado un amigo: Una hoja en la tormenta de Lyn Yutang. Como sabía que se trataba de una contienda bélica de China, un día lo abrí y lo culminé en una semana. El desenlace sucede donde se originó el Covid-19: Wuhang. Otra mera coincidencia.

El viernes diecisiete de abril comimos locro ya sin verduras (un jefe me había girado una platita para esos días). Perla, mi esposa, y yo tenemos dos opciones para la semana venidera: empeñar las cosas o mudarnos a la casa de su madre, en San Ignacio de Loyola, mientras dure la cuarentena, pues todavía  no recibimos la ayuda del gobierno.

Escuela en casa. Fotografía: Esteban Hermosa.

 

Rascarse los ojos, por Iván Sosa

Un caso confirmado. Desde hoy usamos cubiertos propios en el restaurante; nadie usa los de los clientes, nadie usa los de los demás. A las 5:37 am, se puede leer la mente de la gente en el bus: ¿habrá un espacio en el pasamanos por el cual no haya pasado ninguna mano? Toda actividad escolar queda suspendida, ¿qué hacemos con la nena? Puede quedarse con mamá. Dale. Cuatro casos confirmados en un día; los comercios de Ciudad del Este suspenden sus actividades. Con  la municipalidad parada, ¿habrá clientes? «La semana que viene no abrimos.» Me pican los ojos. Primer fallecido. «Hola, compañero, la semana que viene tampoco abrimos.» Es la primera vez en meses que tengo tiempo para leer; entonces veo películas. ¿No trabajás? Bueno, que la nena pase un día contigo y otro conmigo. Cincuenta y nueve casos, tres muertes. ¿Me rasco los ojos por ansiedad, porque no tengo una tarea específica? Hoy recordé que me gustaba jugar con las mascotas. ¿La nena hace problemas para almorzar contigo también? Todos los medios anuncian que la cifra supera los cien casos; sigo sin comprender la devoción por el sistema decimal. ¿O acaso esta es mi tarea, mi meta actual: rascarme los ojos, sacarme orzuelos, nublarme la vista para no soportar las cifras en los medios? Más de uno bromea en las redes virtuales sobre las peleas familiares por confinamiento; los chistes tienen éxito cuando tienen razón. Nunca antes había visto cuatro películas de corrido. Siempre me llamó la atención… ¿y si le respondo la historia de Instagram? «Las redes sociales son secundarias en la militancia política»; y entonces, ¿ahora qué? Ocho muertes. Los noticieros son audibles, esto de los ojos no basta…

Basta. Desde acá elijo exponer tres escenas gráficas, lo más objetivas y lo menos sentimentales posible, pues el ritmo anterior (el del confinamiento), por frenético, por tedioso (cualidades antitéticas si las hay), resulta insufrible.

Escena 1: Iván recibe un mensaje en el que se le avisa que puede pasar a cobrar. Contento pero apenado, interrumpe Chungking Express de Wong Kar-wai y en unos minutos está en el restaurante, parado frente a la secretaria de la jefa. Ella le notifica su liquidación. Iván se rasca los ojos, sale y calcula dos cosas a la vez: cuánto tiempo le durará el dinero y qué películas podría ver, ahora que tiene más tiempo para leer.

Escena 2: la hija de Iván hace un berrinche. No quiere comer nada que no sea arroz o fideos. Padre y madre están desconcertados, ya que la nena siempre había almorzado bien en la guardería. Piensan. Deducen que no come por la brusquedad del cambio, por no almorzar más con sus amiguitos.

Escena 3: Iván recuerda que es estudiante de la Universidad Nacional del Este. Sus sensaciones son ambiguas: con culpa cristiana, festeja no tener que soportar esas clases mayormente abominables, y a la vez le divierte la ironía de no tener clases, justo ahora que se vería con ella en los pasillos.

Puente de la Amistad, entre el Paraguay y el Brasil. Fotografía: Iván Sosa.

 

Cuarentena día 39 en San Juan Bautista, por Juan de Dios Valdez

18 de abril de 2020, plaza Mcal. Estigarribia de la capital del departamento de Misiones. Óleo sobre lienzo, 70 x 50 cm.

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1 Comentario
  • Rogelio Vallejo
    abril 25, 2020

    Desde donde vivo, al otro lado del Atlántico, en esta Europa del Primer Mundo vapuleada por catastróficos vendavales recientes y ahora esta plaga fatídica, es fácil distanciarse de lugares como los descritos en estas postales paraguayas, y difícil imaginar a la gente que los habitan. Los relatos incluidos son excelentes, de una espontaneidad y sencillez que solamente pueden conseguir aquellos que tienen el coraje de mantener los ojos abiertos a su propia realidad, la realidad de aquellos a su alrededor, y todo lo que los rodea, mientras que las imágenes que acompañan los textos son el perfecto detalle para que los que vivimos otras realidades brutales, en otros hemisferios, podamos sentirnos verdaderamente cerca. Este es un proyecto enormemente valioso para hoy, para siempre. Esta es la verdadera historia, escrita por los verdaderos vencedores, los que luchan por sobrevivir la realidad de nuestros días. Gracias a todos.

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