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Postales extranjeras de la cuarentena mundial

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Segunda parte de la serie sobre la pandemia de la Covid-19 que ha puesto en cuarentena al mundo, con mayores o menores restricciones, de acuerdo a las decisiones y las acciones de cada gobierno. En esta publicación, diez paraguayos en el extranjero (Argentina, Ecuador, México, EE.UU., España, Francia, Alemania e Inglaterra) nos cuentan sus experiencias personales como postales para los lectores confinados.

 

Aislamiento total, made in England, por Rogelio Vallejo

Vivo en uno de los países más ricos del mundo, y como lo había previsto, las acciones de nuestros gobernantes en las últimas décadas han erosionado, debilitado, o desmantelado todas las estructuras que permitían a la población entera encontrar ayuda cuando la necesitaba, o al menos un refugio digno a sus necesidades. Así que ahora sufrimos las consecuencias por esa falta de inversión en hospitales, en casas para ancianos, refugios para los vulnerables, y demás. Era mejor gastar millones en la pompa y el fausto de los dignatarios del momento.

Se supone que todos tenemos que estar en casa, pero cuando tuve que ir al médico en el centro de la ciudad (Bristol), vacío de los clientes de las tiendas cerradas, estaba poblado por los sin hogar que, aprovechando el sol, se arriesgaban a socializar su desamparo con camaradería. Para cumplir las reglas hoy establecidas, ni la policía puede obligarlos a encerrarse, a aislarse. ¿Adónde irían? No hay lugar ni en las cárceles. Los centros que podrían ser de ayuda están cerrados por culpa de los ingeniosos cortes del gobierno o invalidados para poder ofrecer solaz o refugio. Mientras tanto, hay miles de edificios vacíos en espera de oportunidades para aumentar el provecho de accionistas e inversores.

En mi aislamiento, al encender el televisor para saber qué pasa no solamente aquí, sino en el mundo, veo miles de ejemplos de lo que digo. En este caso, me deprime tener razón. Así que para evitar el peligroso encierro de la depresión, busco en la música, la lectura, la danza, modos de volver a mi normalidad, a mi libertad. No puedo salir a beber un café, a comer algo diferente, encontrarme con amigos o entablar conversación con desconocidos. No extraño tanto ir a fiestas, al teatro, al cine, a la ópera, ¡o viajar! Esos eventos especiales que forman parte de mi vida no son el simple placer diario de salir a la calle, hacer las cosas que los citadinos hacemos sin pensar, las que no requieren preparación, basta ducharse, vestirse, cuidar que la casa quede cerrada y con la alarma, ¡y listo!

Inglaterra no es famosa por el buen tiempo, pero en estos días el sol quema; la temperatura templada y los cielos sin nubes son como los que aquí nos imaginamos en pleno verano, en nuestro típico y desilusionante agosto… Es como si el clima se burlara de nuestro encierro, nuestra situación, nuestros miedos. Los entierros comienzan a parecerse más a esos en los que los cadáveres son arrojados en fosas comunes, ya que no puede haber funerales como de costumbre. Y en esa imagen deshumanizante en la que generalmente nos choca lo lúgubre de la ocasión y que se dramatiza con cielos nublosos, grises y tristes, ahora brilla un sol esplendoroso que parece querer proclamar la realidad del mundo que hemos creado y en el que vivimos.

Memento Vitae en mi jardín. Fotografía: Rogelio Vallejo.

 

Tomándole el gusto a la vida de monja de clausura, por Lorena Ocampos

Como todo adulto mayor, estoy en edad de riesgo, pues el Covid, aunque bastante democrático (como el dengue), discrimina por edad. Debo admitir, sin embargo, que formo parte del segmento privilegiado para enfrentar esta pandemia. Todavía sigo viva y no estoy hospitalizada; tampoco sé si soy positiva (las pruebas solo se hacen si se presentan síntomas); mi vivienda es relativamente cómoda y espaciosa; hay hospitales buenos en el vecindario; y trabajo en una institución bien preparada para el trabajo a distancia y con intensa actividad en momentos de crisis económicas. A esto se agrega que la cuarentena en Washington todavía permite hacer paseos al aire libre.

Obviamente, nada es igual. Ya no se puede reunir y abrazar a los amigos a no ser vía zoom o conectándose a las redes sociales para engancharse en alguna discusión del momento. Ya no podemos sentarnos despreocupados en un café. Ya no tenemos caras cuando salimos a la calle. Todos somos sospechosos de infectar y por lo tanto nos esquivamos al cruzarnos, y al peatón sin máscara se lo considera anti-cívico. El look malandro se ha impuesto.

Para quienes no estén en una situación desesperada (al borde de la muerte, sin trabajo o con empresas cerradas, o hacinados en viviendas precarias), esta reclusión puede también ser una oportunidad para cultivar la introspección, aprovechando el silencio que nos rodea. En mi tiempo libre, las caminatas o los paseos en bici me han hecho descubrir lugares bellos y apacibles para practicar yoga y meditación y mejorar técnicas para captar con mi cámara el vuelo de las aves y el correr de las aguas. Disfruto del jazz que todos los viernes, en la esquina de mi casa, nos ofrece una pequeña orquesta improvisada que encontró ingeniosamente la forma de paliar la rampante desocupación y que, como a las ratas del flautista de Hamelín, nos saca del encierro en estas tardes de primavera. También estoy leyendo varios libros y artículos apilados durante meses. Me aboné a Netflix para ver series y películas en casa y así olvidar el placer de ir al cine. Sin poder frecuentar cantinas y restaurantes, cocino todos los días y afino el paladar al tiempo de catar algún buen vino. Tengo más horas de sueño al no tener que vestirme y tomar la bici rumbo a la oficina. Y finalmente encontré que la mejor indumentaria para salir a la calle es la de los tuareg del Sahara, quienes con sus trapos azul cielo se protegen de la fina arena del desierto que, como el virus, penetra sin permiso.

Le estoy tomando el gusto a esta reclusión forzosa y temo que cuando nos liberen ya no pueda andar más a cara descubierta y sin esquivar a los pasantes, y sobre todo temo que solicite a las carmelitas descalzas mi inclusión en su convento. ¿Me aceptarían si no recuerdo más los rezos aprendidos en la infancia?

Viernes de jazz en una esquina de Washington. Fotografía: Lorraine Ocampos.

 

Cautela en Alemania, por Norma Stengel

En Grünwald, Múnich, estamos bien, teniendo en cuenta las circunstancias. Aunque supuestamente es igual en todo el mundo, en cada país la crisis es diferente. En Alemania incluso hay algunas diferencias entre estados. En Baviera (estado cuya capital es Múnich), la infección es mayor y por tanto hay más control, debido a las fronteras con Austria y Suiza (la epidemia comenzó en invierno, tiempo de vacaciones y de esquiar en las montañas) y la proximidad con Italia, España y Francia.

En Múnich, el centro está desierto. Restaurantes, cafés, cines, todos los negocios están cerrados. Nosotros estamos en casa, pero podemos salir. Yo, por ejemplo, voy una vez por semana a un supermercado, con guantes y tapaboca, aunque no sea obligatorio, y eso sí, sola. La mayoría hacemos home office, aunque tampoco sea obligatorio. Con mi marido, vamos al bosque que se encuentra cerca de casa para pasear (solo está permitida la salida de pequeños grupos de personas que viven bajo el mismo techo) y mantenemos la distancia de dos metros si nos cruzamos con otras personas.

Las infecciones se están reduciendo notablemente. Hace unas semanas, a comienzos de abril, cada persona infectaba porcentualmente a ocho personas. En estos días bajó a 0,7 personas. DA ESPERANZAS. Pero el gobierno no da las cosas por sentadas y no se arriesga a que vuelvan a aumentar las infecciones. Por eso, es muy cauto en abrir las puertas de nuevo. Sí hay menos restricciones desde el lunes 20 de abril. Algunos comercios pequeños, los de hasta ochocientos metros cuadrados, volvieron a abrir.

En mi familia hubo un caso de Covid-19. Digo uno, pero también afectó a su familia. ¡QUÉ SUSTO! Por suerte, fue leve y ya están fuera de cuarentena. ¡No veo la hora de volver a abrazar a mis hijas y nietos! No los veo desde hace un mes, a no ser por videoconferencias, fotos, etc. O sea, nos hablamos siempre. También con mi mamá que vive en Asunción. Es la parte más dura, pero ya pasará.

Mi marido va a su oficina, donde está prácticamente solo, aunque nuestras fábricas siguen funcionando a full. Gracias a Dios no hubo que desemplear a nadie. El gobierno necesita bidones para los líquidos de desinfección; es lo que hacemos y lo que podemos aportar. Además, una de mis hijas cose tapabocas para nuestros empleados, y las otras dos, home office. Tratamos de ayudarnos entre todos.

Mi oficina del Consulado Honorario del Paraguay en Alemania sigue abierta para llamados y correos electrónicos. Con la embajada y los demás consulados tratamos de atender lo mejor posible a quienes necesitan nuestra asistencia.

También contamos con una fundación familiar, Claus-Jürgen Stengel Stiftung, para ayudar sobre todo al Paraguay. Últimamente, trabajamos de lleno en dos proyectos para que, con nuestras donaciones, lleguen alimentos a los más necesitados del país.

Aquí, empieza la primavera y el buen tiempo. En casa, los jardines están hermosos. Espero que aprendamos de esta crisis para que podamos volver a una normalidad que sea mucho mejor que la anterior.

En un bosque de Grünwald, Múnich. Fotografía: Janine Stengel.

 

Confinado en Montpellier, por José Riquelme

El barrio de Aiguelongue está quieto. Por momentos, un ronco rumor de motores que monta desde el este rompe el silencio. Proviene de la zona del Hospital de Montpellier, donde los helicópteros amarillos de la sanidad van y vienen con dirección a Marsella. Se perciben otros ruidos desde mi balcón, como de algunos camiones que transitan con cierta premura, mayormente aquellos que se dedican a las entregas a domicilio. Frente a mi piso, en otro edificio, los moradores comienzan a abrir sus ventanas, y mientras algunos se preparan para desayunar, otros cuelgan perezosamente las ropas en el tendedero. El movimiento en las calles ha disminuido. Los pocos que salen a caminar, con tapabocas y guantes desechables, van acompañados de sus mascotas o cargando gruesas bolsas de compras. Todo está muy tranquilo en el barrio universitario. Todo muy quieto desde hace más de treinta días, cuando el gobierno francés declaró el estricto confinamiento para contrarrestar el avance del Covid-19, que ya dejó más de 15.700 muertos en el país.

En casa, lógicamente, ha cambiado la rutina. Ahora nos permitimos más horas de sueño, pero una mayor disciplina diurna para evitar caer en el aburrimiento desmedido. Mélanie, mi compañera, ha propuesto una reunión india conocida como powwow para organizar las tareas y establecer objetivos a corto plazo, es decir, de cumplimiento antes de las 20:00, cuando salimos al balcón a unirnos al aplauso general en honor a los médicos. Hasta ahora, el sistema nos ha funcionado. Además de mantenernos ocupados, nos ha ayudado a conocernos mejor y, sobre todo, a sobrellevar este largo encierro en un espacio de 24 metros cuadrados.

Mis días, sin embargo, no han variado en demasía. Mi pequeña oficina sigue siendo el balcón, siempre que el buen clima lo permita. Desde allí asisto a las clases y conferencias virtuales organizadas por los profesores de la facultad de Letras de la Universidad de Paul Valéry. Allí también paso ratos largos con el tereré, los libros obligatorios de la carrera y con los escogidos por placer. Escribo, sí. Más que antes.

A veces, en las tardes, cuando el hastío se asoma, tomo la guitarra y con Mélanie ensayamos algunas canciones. No obstante, aunque tanta quietud nos evoque la temporada de vacaciones, ya con el aura primaveral por encima, se percibe una tristeza que proviene del norte, donde la cifra de muertos es muy elevada. Esa estadística, alimentada religiosamente por los noticieros de hora 20, nos recuerda que esta quietud es de aquellos viernes santos de mi niñez pasados en Capiatá, cuando en las calles solo soplaba el tétrico viento de abril. Como hoy, atizado ahora por el rumor de los helicópteros y las secas pisadas de las personas que montan la calle apresuradas con sus gruesos bolsones de compras.

Vista desde mi balcón. Fotografía: José Riquelme.

 

Un día a la vez, por Lilian Córdoba

El 28 de febrero se reportó el primer caso de Covid-19 en México. Luego de que publicaran el conteo de los primeros casos, alertando a la ciudadanía, el presidente López Obrador dijo: «Esta es un cosita pequeña; con amor lo vamos a superar». Inmediatamente, se multiplicaron los memes; es lo que más sabe hacer el mexicano: reírse de sí mismo. Mientras tanto, yo me preguntaba si en algún momento lo tomarían en serio. Por suerte, dejaron de lado el paternalismo y asumieron una postura científica. El presidente se reunió con expertos epidemiólogos, médicos y científicos para analizar la situación y disponer «todo lo necesario para enfrentar la pandemia».

Aquí no tenemos cuarentena obligatoria. Sí existe una especie de contingencia: cerraron las instituciones educativas, los teatros, los cines, los restaurantes (pese a que la primera semana el presidente alentaba a que saliéramos a comer en familia, para que la economía no decayera). Tampoco existe el pánico que noto en las redes virtuales. El me vale-verguismo incluye al Covid-19. En mi barrio, veo a personas caminando como si nada sucediera, sin tapabocas ni guardar distancia. El mexicano medio no cree demasiado en el virus (mucho tiene que ver con el pasado histórico, económico y cultural, y sobre todo la cosmovisión sobre la muerte).

Desde hace dos semanas estoy en busca de mi medicina. El 20 de febrero, el presidente de los Estados Unidos, Trump, declaró imprudente y precozmente en los medios que la cura del Covid-19 era la hidroxicloroquina, junto con la azitromicina. En todo el continente se dispararon las ventas del inmunomodulador (la hidroxicloroquina) como una de las compras de pánico. Desabastecimiento jamás imaginado. Para mí y muchos más, una desgracia dentro de otra. Ahora debo cuidarme el doble. Las pastillas estarán en los botiquines de personas sanas, mientras yo sigo sin tomarlas desde hace unos días.

Esta semana no concilié el sueño. Padezco ansiedad, ahora intensificada. A veces, consigo dormir un par de horas (casi al amanecer). Mis ojeras ya tomaron un color mora-grisáceo y mi ciclo circadiano está totalmente confundido. Otras veces bajo al mundo de los gatos (son los únicos despiertos en las noches) y les hablo, y luego continúo mi camino a la habitación donde plácidamente duerme mi esposo.

Amanece y la rutina nos envuelve. De no ser por el optimismo casi forzoso (todo tiene un fin), estaríamos arañando las puertas. Los horarios de las comidas están alterados: desayunamos casi al mediodía y almorzamos de tarde, y cada uno cena cuando quiere lo que quiere. El arte nos saca de esa rutina, nos salva todos los días. Un poco de buen cine, la relectura del Quijote juntos, el bajo y la escritura son una panacea. Al menos el cielo está más limpio, no hay alarmas sísmicas y ya arreglé el jardín. En este presente solo trato de vivir un día a la vez.

Estación del metrobús en San Juan de Aragón, Ciudad de México. Fotografía: Lilian Córdoba.

 

El paraíso aguarda, por Cristian David López

Es curiosa para mí esta situación de aislamiento a la que nos ha sometido el Covid-19. El último día que pudimos disfrutar del aire libre fue el sábado 14 de marzo, cuando nos acercamos hasta el parque Purificación Don Tomás, un paraíso de Oviedo, España. Es curiosa esta situación para mí porque siempre fui más de calles, senderos, parques… que de casa. Por eso cuando empezaron a rezar el #quedateencasa, me chocó un poco, porque mi casa estaba ahí fuera. El mundo era mi hogar, nuestro hogar.

Pues a partir de ese sábado por la tarde nos encerramos. Tuvimos que organizar nuestro horario para no romper la rutina que teníamos Marta y yo con nuestro hijo Martín. Los dos primeros días fueron duros, caóticos. Estábamos más desorientados de lo normal. Intentamos que Martín participara en todo lo que hacíamos: cocinar la comida mientras escuchábamos a Mozart; barrer y repasar la casa y reencontrarnos con viejos juguetes y libros perdidos; lavar los zapatos, que todavía tenían el barro oscuro del parque; jugar con la plastilina y moldear a seres imaginarios que se abrazan y se besan; leer libros infantiles e inventar algunos cuentos y esperar que el pombero se asomara en la ventana del cuarto piso con un pedazo de panal de eirete… Es difícil mantener una rutina con un niño en casa. Un montón de gente me envía ideas de cómo entretener a un niño que es más de calle que de lugares cerrados. Como dicen los versos de Miguel Hernández: «¿Quién ha puesto al huracán / jamás ni yugos ni trabas, / ni quién al rayo detuvo / prisionero en una jaula?» Ninguna idea me ha servido.

A diez metros de donde vivimos está el parque San Julián de los Prados, un hermoso y verdoso lugar, ahora tapizado con florecillas blancas y dientes de león. Paso por allí cuando voy al súper. Siempre que salgo, siento un vacío inmenso a mi alrededor y en mi interior al cruzar el parque. Tengo ganas de abrazar a alguien. Comprendí lo inútil que es la primavera si no podemos disfrutarla. Si un niño no puede arrancar una flor, si no puede olerla, es que esa flor no existe realmente.

Encerrarme no me viene bien porque sin salir no soy capaz de concentrarme. Durante todo este mes, no he podido leer ni un libro y menos escribir. Nunca me había pasado algo parecido. Mi mente y mi cuerpo necesitan de un paseo cotidiano. Yo me estaba preparando para opositar el próximo junio. Llevo esperando muchos años ya y con esta situación se ha alargado un año más mi espera. Y eso me ha dejado muy tocado, porque contaba con que el próximo año ya pudiera ejercer de profesor. Pero tampoco hay que quejarse demasiado, entre otras cosas porque no sirve de nada. Me consuela saber que estamos haciendo una labor muy importante en casa: educar, entretener y cuidar a nuestro hijo.

Parque San Julián de los Prados, en Oviedo, España. Fotografía: Cristian David López.

 

Parar de rodar, por Adriana Mora

Vivo en el centro de Barcelona, en el barrio de L’example. El 12 de marzo había pedido vacaciones en el trabajo para rendir un examen final pendiente el sábado 14. Pensaba reincorporarme al trabajo el 16. Entre el estudio y el trabajo jamás sobraba tiempo. Rutina que nos tenía como ratitas dando vueltas en esta súper ciudad que no paraba.

El sábado 14 de marzo, sin embargo, súbitamente paró de rodar. Ese día, Pedro Sánchez, mediante rueda de prensa, nos dijo que empezaba la cuarentena y que vendrían semanas duras, pero que juntos venceríamos al virus. Entonces teníamos quinientos casos confirmados, si no recuerdo mal, y dos muertes.

Del centro de estudios nos llegó un comunicado: el examen no se suspendía, aunque no sería presencial. Rendimos de forma virtual y así terminó el curso. No pude ver a mis compañeros por última vez. Casi un mes y medio después, aún no llega mi diploma; el servicio de mensajería Correos todavía no trabaja a tiempo completo.

El lunes 16 me reincorporé al trabajo, desde casa: monté un minidespacho en mi habitación. Trabajo remoto de 09:00 a 18:00, de lunes a viernes. A las 20:00 de cada día salimos todos a aplaudir en los balcones durante cuatro minutos. Por cierto, es muy lindo mirar a los vecinos de los edificios contiguos (antes, en los días normales, ni siquiera nos saludábamos).

Comparto el piso con dos compañeras. En él creamos una zona de cuarentena en donde, cada vez que salimos y regresamos, dejamos los zapatos, los guantes y las mascarillas. Además, la regla obligatoria al volver es lavarse directamente las manos y ducharse. No recibimos visitas, obviamente.

Desinfectamos en la entrada cualquier cosa que pedimos por delivery. Los servicios a domicilio del supermercado y la farmacia, Glovo y Deiveroo, son de mucha  ayuda. Prácticamente sólo bajamos para tirar la basura y nos sentimos extrañas al caminar por las calles vacías. Muy extrañas.

Las noticias todavía son muy tristes. He dejado de mirarlas desde la segunda semana.  Sólo miro las declaraciones del Ministerio de Sanidad cuando tengo tiempo para enterarme sobre las nuevas medidas.

Mis dos compañeras de piso y mi hermana (a ella y a mi madre no las veo desde hace mucho tiempo; viven en las afueras de Barcelona) han perdido el trabajo y reciben prestaciones del Estado, lo que les permite seguir tirando. Yo mantengo el mío.

Esperamos reanudar pronto nuestras vidas. Dicen que habrá una recesión económica muy fuerte. La Unión Europea, como siempre, nos jode la existencia. No sé cómo saldremos de esta. Ojalá unidas, sensibles y más agradecidas con nuestro entorno.

Cola mañanera para entrar en un supermercado de Barcelona. Fotografía: Toniher (Wikipedia).

 

Un Berlín solo para berlineses, por Helen Riveros

Los árboles han cubierto su desnudez invernal con hojas y aves. El cuervo de pecho gris ha vuelto y camina por ahí, con la arrogancia de haber aprendido a convivir con los humanos. Es el paisaje del Berlín que vemos tras las ventanas. Nos recuerda que afuera la vida continúa y que la primavera ya ha llegado. Desde hace casi sesenta días el país está en cuarentena y el cielo azul no hace más que aumentar el deseo de salir.

El berlinés está acostumbrado a disfrutar de cada minuto bajo el sol, realizar cualquier tipo de actividad física y tomar cerveza en los Biergarten. Por eso la cuarentena es, para muchos, difícil de llevar. Ese es solo uno de los motivos por los cuales las restricciones no son tantas ni tan duras como en otras ciudades. La razón más fuerte es la de las heridas del pasado. Berlín no olvida el muro que una vez separó a las familias ni la vida bajo constante vigilancia. Aquí, el gobierno no demanda, solicita; y el pueblo no se somete, aprueba las medidas si se le demuestra que son razonables.

Las fronteras están cerradas y las calles más despejadas, no vacías. Las personas salen a caminar, correr o andar en bicicleta. Los parques más grandes están clausurados pero los más pequeños, los de barrio, solo restringen los espacios de juegos para niños. Algunas personas se recuestan en el pasto para tomar el sol, dormitar, leer o trabajar en sus laptops. Casi nadie usa tapabocas, no solo porque es escaso sino por acatamiento de la que fuera una de las primeras recomendaciones del gobierno, al principio de la epidemia. El paisaje denota que no es una primavera más; a la vez se siente una relativa calma. Pareciera que el pueblo alemán está acostumbrado a los tiempos difíciles.

En los supermercados, las góndolas están menos vacías. Ya no necesitamos recorrer locales para encontrar papel higiénico, y algunos productos ya no tienen el límite máximo de unidad para comprarlos. En los siguientes días, reabrirán centros comerciales y los restaurantes con opciones «para llevar».

Como introvertida sin remedio y freelance, mi rutina no ha cambiado mucho. Disfruto, como siempre, de la compañía de mi esposo y mis gatos, aunque ahora él trabaje a mi lado, pues su oficina ha implantado la modalidad home office hasta finales de mayo. Mi cafetería favorita reabrió días atrás y la visité por un cappuccino. Formamos fila fuera del local, a considerable distancia uno del otro, e ingresamos de a dos para realizar el pedido «to go».

La situación actual me genera sentimientos encontrados. En cierta manera, disfruto de este tiempo; no siento culpa por no salir tanto, paso más horas con mi esposo y mis interacciones sociales, otrora ligeramente incómodas, se han vuelto más confortables a través de la web cam. Pero no puedo evitar cierta preocupación por mis padres, ya ancianos y tan lejos, en Asunción, y por las consecuencias a la economía alemana, fuertemente ligada a nuestro futuro laboral.

Primavera en Berlín. Fotografía: Helen Riveros.

 

Las caras del encierro, por María Cecilia Zayas

Somos un grupo familiar de seis personas, tres niños y tres adultos. Los espacios y los tiempos individuales son escasos o más bien han desaparecido en la desorganización de nuestras vidas. Ya no existen diferencias entre los fines de semana y los días laborables. Desde hace más de cuarenta días nuestra rutina se limita a dormir, comer, coordinar las tareas escolares y hogareñas, discutir algunas veces para bien o para mal, cultivar el sentido del humor y pasar por alto ciertos detalles que conllevan la convivencia absoluta para poder vivir este encierro de una manera llevadera y alegre.

A pesar del degaste que implica manejar varios asuntos simultáneamente, me considero bendecida porque nuestros días transcurren sin hambre, a veces contenciosos y otros con una alegría casi celestial. Duermo en  las noches con la tranquilidad de que al día siguiente me sentaré en el comedor para tomar mate con mi mamá, evocar recuerdos, solucionar los problemas del mundo, mirar el noticiero o rezar. Lentitud de días rutinarios, sin compromisos urgentes, hasta que el silencio se interrumpe con las voces de mis niños recién levantados. El menor de ellos abre sus ojos diciendo: «Tengo hambre, hambre». A veces ejerce la molestosa manía de pedir las cosas llorando, y esa combinación de lágrimas con la palabra «hambre» conmueve a quien lo oye.

Hasta inicios del año 2019, vivimos en Asunción. Entonces nos mudamos a mi ciudad natal, mi querida Formosa, capital de la provincia homónima de la Argentina, que según las enseñanzas en las escuelas y los estudios de los historiadores, fue parte del Paraguay hasta que terminó la Guerra Guasu (1864-1870).

La pequeña ciudad, que solo conoce la Covid-19 por referencias televisivas y radiales, no se caracteriza por el movimiento comercial ni cultural, y la personas jóvenes y cultas son muy pocas. Augusto Roa Bastos sostenía que el Paraguay era una isla rodeada de tierra; en esta semejanza se denota el origen de mi localidad natal, supongo. La mayoría de mis conciudadanos se muestran ansiosos y nerviosos. Los automovilistas que antes frenaban con dificultad en las esquinas, ahora son capaces de arrollarte sin remordimiento.

Las plazas solitarias, en su triste letargo, extrañan los gritos y las risas infantiles, las familias conglomeradas y los largos besos apasionados de los enamorados. Ahora sólo transitan pocas personas con barbijos, un par de hombres mayores que pasean a sus perros y varios policías con cara de malos. Las tiendas de ropas, algunas muertas para siempre y otras durmiendo, esperando ser despertadas con las campanadas de la reapertura de las actividades comerciales. Quizás algunas sobreviven con la venta online.

En nuestra sencilla casa también estamos sobreviviendo, esperanzados en despertar con vínculos familiares fortalecidos y con tardes frescas acompañadas con mates y tartas caseras, meriendas en el patio y juegos en el parque.

Plaza San Martín de la ciudad de Formosa. Fotografía: Cecilia Zayas.

 

Cuarentena total en Ecuador, por Paola Esquivel

Desde hace seis años vivo en el barrio Chillogallo de la ciudad de Quito, Ecuador, en un departamento de una casona naranja, muy felizmente con mi hijo Lucas de un año y mi esposo Marcelo, ecuatoriano. Al comienzo del aislamiento social, el 16 de marzo, pensé: Por fin un respiro. Quería pasar tiempo con mi hijo, pues solo los fines de semana podía verlo despertar, comer, jugar, dormir; en fin, verlo crecer. Luego, con el pasar  de los días, las cifras de contagiados y muertos por Covid-19 aumentaron drásticamente, sobre todo en Guayaquil, la ciudad más golpeada del país, y la desesperación y la psicosis me invadieron. Comencé a rezar todas las noches a Dios, a mi abuela fallecida, a alguien que en algún universo paralelo pudiera escuchar las suplicas de una persona que sentía culpa, dolor, ansiedad, por todos los actos humanos vanos e inconscientes contra la naturaleza.

Pronto nos organizamos para abastecemos de alimentos y medicinas cada quince días. Las salidas son solo una vez por semana, de acuerdo al número final de chapa del vehículo. Por ejemplo, los terminados en 1 y 2 salen los lunes, en 3 y 4 los martes y así sucesivamente. El toque de queda es de lunes a viernes de 14:00 a 05:00 am. Los fines de semana, el toque de queda es de 24 horas. Y en el día permitido, solo una persona por familia puede salir, debidamente protegida con las medidas de bioseguridad exigidas por el gobierno: mascarillas, guantes, visores. La gente de la tercera edad y los niños tienen prohibido salir de casa. En la entrada de los supermercados, que abren de 6:00 a 12:30, formas fila, con un metro de distancia entre persona y persona, y antes de entrar te toman la temperatura y desinfectan.

Las noticias no se hicieron esperar. Llegaron al Paraguay y toda mi familia se preocupó por mi bienestar. Además de lidiar con mis quehaceres domésticos, trabajar de forma virtual, cocinar, ver clases gratuitas en internet para no «desaprovechar el tiempo», me comunico a través de la videollamada con mis familiares para que vean y comprueben que me encuentro bien de salud. También volví a tener contacto con mis amigos del Paraguay, con quienes desde hacía mucho no hablaba. Si hay algo que valorar es que la tecnología digital logra apaciguar la nostalgia.

No puedo negar el alivio que siento al alimentar y acompañar a mi hijo día a día, pero a la vez quiero que él disfrute de jugar en un parque, nadar, ir al zoológico, ver una obra de teatro, montar a caballo, viajar al Paraguay para conocer a sus abuelos. Es lo quiero que herede, más que dinero, para que tenga recuerdos felices. Por eso, en esta cuarentena, reflexioné, me permití sentir todo para poder crecer y mantener la esperanza de que despertaremos en un mundo de oportunidades como mejores humanos.

El volcán Cotopaxi observa a la ciudad de Quito en cuarentena. Fotografía:José Jacome.

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2 Comentarios
  • Beatriz Ocampos.
    abril 30, 2020

    Gracias!!! Saber como vivimos esta pandemia y los sentimientos que genera la misma aquí en paraguay y en otros paises, me hace ver que muchos compartimos iguales sentimientos.

  • Tuduri
    abril 29, 2020

    Muchas gracias, permite entender la cuarentena en cada país. Y al final que sea en Francia, España o Ecuador. Todos somos encerrados, viviendo casi lo mismo, intentando pasar el tiempo…

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