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Poesía de la perturbación

Cuídame el corazón, de Ricardo de la Vega, es un poemario sorprendente escrito con un lenguaje poético macerado en el dominio del discurso y en el reposo que debe concedérsele a la palabra antes de liberarla al juicio del lector.

Ricardo de la Vega en una lectura de poemas en la Unión de Escritores de Cuba, en febrero de 2012.

Ricardo de la Vega en una lectura de poemas en la Unión de Escritores de Cuba, en febrero de 2012.

Terminamos de leer el poemario Cuídame el corazón, de Ricardo de la Vega, y nos reafirmamos en aquello de que la poesía, la que viene del corazón, es sentimiento puro, puro en su acepción como libre y exento de imperfecciones morales. Los 21 poemas de este libro, distribuidos en tres grupos,  forman una unidad que gira especialmente en torno a la búsqueda del recobramiento  de la esperanza primordial, aun cuando la quejumbre a la que le someten las disímiles circunstancias de la consumación de ciertas vidas humanas de su afecto y su interrogante hacia el oficio de escribir poesía nos hace percibir entre sus versos un sollozo continuo que, aunque inaudible, nos lleva a imaginar su llanto, sus lágrimas o la sal del amor y el dolor que proviene de su irremediable nostalgia y que en él se vuelve, acaso, conciencia poética.

Despojado tanto de imágenes fulgurantes como de palabras lujuriosas, el aliento de este poemario se corresponde fielmente con su persistencia en un discurso de ceñida congoja, que congrega esa suerte de clamor solitario con el contenido grito que se revuelca en su interior. No hay ninguna expresión grandilocuente por tal razón. Podemos decir que incluso Ricardo de la Vega se esfuerza en llevar el lenguaje poético a un tono conversacional. Es notable cómo un suceso, una coyuntura no le sirve como tema para ser elogiado o denigrado per se, sino como un pretexto para expresar sus sentimientos individuales, la vida diaria en su ciudad adoptiva, los esfuerzos por eludir la decepción, el tedio o la soledad. Es así como del aislado caso, del suceso ignorado por muchos —menos por él—, este poeta llega a nosotros con su confesión humana, íntima, pero inmensamente abarcadora en razón de los sentimientos de afecto y de pesar que conlleva. Por lo mismo,  es ineludible reconocer debajo de la mayoría de los textos de este libro una respiración poética vigorosa, fuertemente ligada a la realidad política y social de sus temas, sin duda concebidos a partir de la orientación ideológica del poeta, aunque por ello nunca tropiece con el panfleto que pudiera descalificar su intención. Para muestra, y como perla del conjunto, citamos el poema Habla un carpero, en cuyos versos, por su intensidad de contenida furia,  se nos parece que es el propio poeta quien padece el aislamiento, la marginación y la injusticia, acaso —como él mismo lo dice— porque todos / finalmente / aprietan el gatillo.

Sin embargo, la más penetrante cadencia de su voz se expresa a través de los textos elaborados a partir del dolor por la desaparición física de los seres que fueron parte de sus afectos, de su admiración, de su amor. En este caso, es desgarradora la Elegía, el texto con que cierra el poemario, inspirado en la prematura muerte del niño Guillermito, que fuera condiscípulo de una de sus hijas. Poema conmovedor, impresiona por la tristeza de su lenguaje, cuya impecable elaboración es sencillamente turbadora, tanto que no podemos dejar de parangonarlo —sin saber cuál es más enternecedor y dramático— con el poemario Tumba, que el gran poeta griego Costís Palamás (1859-1943) había escrito con motivo de la muerte de su joven hijo:

Del viaje al que te lleva el negro caballero

cuídate

y de su mano no aceptes nada.

Búscate, ingéniate para engañar

al rey de la noche,

húyele a escondidas y vuelve hasta aquí,

 

y en la yerma casa

vuelve, oh ternura nuestra,

como un soplo de viento tierno, dulce,

y bésanos.

En Elegía, este hondo poema de Ricardo, los cuatros versos finales nos conducen a igual perturbación:

Cuida que atesoremos la hermandad del dolor.

Y a mí,

que giro a veces de balde por el mundo,

cuídame el corazón.

Es posible entonces significar que Cuídame el corazón no es un conjunto más de poemas, como los que suelen describirse ramplonamente como «deslumbrante»; es, en contrario, un poemario sorprendente, sólido, estremecedor, escrito con un lenguaje poético macerado en el dominio del discurso y en el reposo que debe concedérsele a la palabra antes de liberarla al juicio del lector. Por lo demás, esta virtud no hace más que señalar la madurez del poeta, su felizmente irreversible incursión en el ámbito conceptual de la poesía, muestra incuestionable de que su voz se suma, con vibrante aleteo, al vuelo que están tomando los pocos poetas de la denominada generación del ’80 que tienen el mérito de haber encontrado el verdadero itinerario.

5 de mayo de 2013.

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