El 25 de noviembre de 2014 se presentó en el Círculo de Delegados de la Unesco, con sede en París, el libro Poemas, de Maybell Lebron. En la misma, se leyeron comentarios sobre el libro de los poetas Luis Alberto Crespo (Venezuela) y Jaques Sagot (Costa Rica).
Los entendimientos con la vida
Luis Alberto Crespo
John Cate, el inventor de la música de piano para las hormigas, también murmuró su decir reflexivo con la brevedad desmesurada del haiku, cuando no sé quién —acaso él mismo— le inquiriera sobre su inteligencia con la poesía de esta guisa: «no tengo nada que decir, lo estoy diciendo, y eso es poesía». Para la dama del poema elocuente, Maybell Lebron, pronunciar y anotar la poesía es, lejos de la duda y el sigilo, mandato efusivo de una confesión, como efusivo es el gran verde de su breve patria de habla tupí, principio y el siempre del frenesí del pájaro mosca y balbuceo del hombre recién vivido.
Si leyéramos su avatar de testigo y partícipe de cuanto siente y medita esa emoción llamada poesía —como dijeran Pierre Reverdy y Guillaume Apollinaire— la adivinamos cumpliendo con el mandato que digo, después de que la develaran los reclamos de la vida, de la que es obediente fervorosa, hasta darle forma escrita, primero como deuda humana, luego como talladura del oficio verbal, a su libro Poemas, objeto de esta celebración de su gracia transfiguradora, la del «inquilino tenaz del desconsuelo» y de la lastimadura que tanto le infiere la dicha (¿qué vivir no nos lo infiere?) a la que consigue curar con el entendimiento de la aceptación, como si la herida ocasionada le fuera, tras abrir su cauce sobre la carne viva, generoso propósito de regalarnos una verdad revelada, es decir, el fin último de toda poesía. Ella, Maybell Lebron lo sabe —¡y cómo!— al advertirnos que la «soledad (es) herida solapada».
¿Qué de veces el poema que leemos y practicamos no sobrepasa su lectura? Ahora me ocurre —tal su río Paraguay, cuando «altivo invade el sueño guaraní»— y me apropio de su poema Búsqueda, el de su «transeúnte perpetuo de lo desconocido» y como él me siento «colmado de dones».
La comunión de las almas[1]
Jaques Sagot
A lomos del viento volandero me ha llegado el poemario de Maybell Lebron. Versos aéreos, que cruzaron el océano haciendo piruetas sobre alisios y septentriones. Los escribió una adolescente, una chiquilla de noventa años. Sé que es un lugar común decirlo, pero la verdad es que hace mucho dejé de temerle a los lugares comunes. Algo ha de tener el agua, puesto que tanto la bendicen. Y lo que este poemario prueba es que solo hay una juventud, y es la del alma. El mundo está lleno de mozos y mozas que arrastran sus almas milenarias y escleróticas, grávidas de pesares y prejuicios, y por otra parte, de hombres y mujeres que ya transitan el otoño de sus vidas y llevan por dentro una eterna, siempre reverdecida primavera.
Maybell Lebron se asoma al mundo con ojos desmesuradamente abiertos de niña que despunta a la vida. Niña atónita ante el milagro del ser. Todo, para ella, está preñado de misterio, todo es objeto de deslumbramiento, de émerveillement. Es poeta desde la raíz del ser, desde el fondo de la sangre. Su poesía es tan bella, tan diáfana, tan pura, que lo único que me nace decir es: ¡qué lástima que no la haya escrita yo! Lo que es más: confieso que, de poder, me la robaría. Es lo que uno hace con las cosas que ama, ¿no es cierto?
El poemario es hermoso de la primera a la última sílaba. Desde el epígrafe hasta el poema final, que rinde tributo al río Paraguay, metáfora —es lo propio de los ríos— del tiempo, de la vida, del devenir. «Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir», cantó Jorge Manrique.
Leer los poemas de Maybell Lebron es ir de deslumbramiento en deslumbramiento. Los epígrafes constituyen un paratexto que ilumina cada opus, y dispara el pensamiento en todas las direcciones imaginables. No son elementos externos al poema: son partes constitutivas de ellos.
No hay un verso que no sea bello, no hay una imagen que no suscite cantaradas de asociaciones, no hay nada, en este poemario, que no me haya interpelado (y conste que soy ya un viejo cartógrafo de esa vasta comarca que llamamos poesía). No sé qué decir. Creo que la belleza superlativa tiende a sumirnos en el silencio y el recogimiento. Sé que mis amigos Luis Alberto (Crespo) y Julia (Velilla) darán voz a mi sentir. Ese que por lo pronto limito a un mero ademán de pasmo, de admiración. Por poco me siento culpable: ¿cómo es posible que no conociese yo a esta escritora, no que hubiese frecuentado las comarcas de su palabra inmensa? ¡Qué vergüenza!
Maybell, hermana en la poesía: ocho mil quinientos kilómetros nos separan en este momento, y sin embargo tus versos han burlado la distancia. Me siento tan cerca de ti, que desde mi litoral te mando un abrazo entrañable en la belleza. Tu poesía ha confirmado mi sospecha: el espacio y el tiempo no existen, y no pueden separar lo que la palabra ha soldado para siempre.
Gracias, amigos y amigas, ¡y a leer se ha dicho! ¡Si la poesía no es comunión de las almas, entonces no es nada!
[1] El comentario de Jaques Sagot (tres veces Premio Nacional en su país, de literatura, ciencias y música), quien no pudo llegar al acontecimiento, fue leído por la embajadora del Paraguay ante la Unesco Julia Velilla.










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