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Poe: un genio atormentado

Edgar Allan Poe, uno de los genios literarios de la historia, poeta rebelde, maestro del relato corto, nació 205 años atrás: el 19 de enero de 1809. Lo recordamos con esta biografía escrita en exclusiva para la revista Y por la también poeta y narradora Maybell Lebron.

edgar-allan-poeUn célebre escritor contemporáneo ha escrito un libro para demostrar que el poeta no puede vivir a gusto, con la dignidad merecida, ni en una sociedad democrática, ni en una aristocrática, ni en una república ni en una monarquía absoluta… y nadie lo ha desmentido.

La vida de Edgar Allan Poe fue una tragedia lamentable, y su muerte un desenlace espantoso.

Llegó al mundo en Boston, por un azar de itinerario, en la mediocre compañía de teatro donde actuaban sus padres. Su madre, Elizabeth Arnold, descendía de ingleses, y su padre, David Poe, de irlandeses, pero ambos eran americanos. Esta sangre se heredaba impura, pues tanto Elizabeth como David eran tuberculosos. La opaca figura del padre se pierde ―tal vez por muerte o abandono―, dejando a la pobre mujer embarazada y con dos hijos. Con Edgar de un año y la niña recién nacida, continúa actuando para ganar algún dinero y mantener a su familia. Al hijo mayor lo deja con parientes. La miseria y la enfermedad cumplieron fácilmente su sórdido cometido. Edgar y sus hermanos quedaron huérfanos en la precaria habitación donde vivían. Dos señoras caritativas y pudientes se llevaron a los niños. Los protectores del muchachito no tenían hijos, eran una familia distinguida y acomodada de Virginia. Frances Allan amó a Edgar desde el primer momento y tuvo una benéfica influencia en ese niño bellísimo y vivaz. John Allan, deseoso de complacer a su esposa, no se opuso en aceptar al niño: se encariñó con él, sin adoptarlo legalmente. Era un hombre seco y tiránico. Con el tiempo, sus caracteres diametralmente opuestos chocarían sin remedio.

Criado en el Sur, virginiano en usos y costumbres, su precoz y fértil imaginación eclosionó entre nodrizas negras, criados esclavos, un folklore de aparecidos y cadáveres ambulando en los algodonales, sazonado con las revistas británicas que representaban Ellis y Allan, material que devoraba con fruición, iniciándose en un mundo erudito, pedante y crítico, descubriendo a Byron, Wordsworth y las novelas de terror.

Los Allan cuidaban su educación. Las visitas se extasiaban escuchando al hermoso niño recitar poemas de Walter Scott, de memoria, y la «mummy» que todo niño de casa pudiente del Sur tenía, lo inició en el ritmo mágico del El cuervo, Ulalume y Annabel Lee.

Como hijo de rico, visita con sus padres adoptivos Inglaterra y Escocia. Allí descubre ambientes y paisajes distintos que más tarde volcará en sus cuentos.

Edgar, de 11 años en 1920, sano y activo gracias a los deportes practicados en el colegio inglés, capitanea juegos y da y recibe los consabidos golpes. Es un chico como todos, pero también le gusta dibujar, disecar flores y estudiarlas a escondidas. A veces, desaparece para escribir sus primeros poemas, que copia con bella letra y atesora prolijamente. Como dice Julio Cortázar: «Todo esto entre rebanadas de pan con mermelada». A los 15 años sus energías estallan en poemas. Los envía a las elegidas por intermedio de su hermana Rosalie, adoptada por otra familia pudiente, alumna de una elegante escuela de Richmond.

Byron, modelo de la juventud intelectual de la época, lo estimula para nadar 6 millas contra la corriente del río James. Ya entonces su pesada herencia apunta en detalles de precocidad, de un talento anormalmente desarrollado, de su rebeldía e intolerancia. Allá, en el fondo, resiente su condición de recogido, sin familia auténtica.

Y conoce a Hellen. Hellen o Mrs. Stanard es la madre joven de un compañero de estudios. La sabe inconquistable, la idealiza: «Hellen, tu belleza es para mí como esas remotas barcas niceas que, dulcemente, sobre un mar perfumado, traían al cansado viajero errabundo de retorno a sus playas nativas», escribe, para ella, en uno de sus más bellos poemas. La hermosa y dulce Hellen también introdujo la tragedia en la vida de Poe. Enloqueció poco después, y murió a los 31 años. Cuentan que Edgar visitaba furtivamente, de noche, la tumba de su amada…

La casa de los Allan no era más su casa. Su madre lo amaba pero comenzaba a padecer un extraño mal; John Allan se volvía cada vez más severo y Edgar cada día más rebelde. Entonces descubre la existencia de hijos naturales de su protector y estalla en cólera por dos motivos: por la  ofensa inferida a su madrastra y por la sospecha de que jamás sería adoptado legalmente. En momento tan delicado, John recibe una cuantiosa herencia que acrecienta su poder. Edgar, incapaz de disimular su disgusto, se vuelve huraño y agresivo. Su padrastro comienza a saber qué significa tener un poeta rebelde en casa, opuesto a su intención de hacer del joven un abogado o comerciante, como él. Edgar sigue siendo el mimado de Frances y el brillante alumno, pese a las escaramuzas con su padre.

Así las cosas, hay un intervalo de paz: Edgar se enamora. Ella es Sara Elmira Royster. Se amaron con todo el amor permisible a una jovencita virginiana, de larga y espléndida cabellera. Sin embargo, a Allan no le satisfizo la idea de esa boda pues había decidido el ingreso del joven a la Universidad de Virginia. De acuerdo con el padre de la niña, interceptan las cartas de los novios, haciéndoles creer a Elmira en el olvido de su amado… y la casaron más al gusto tradicional de la familia.

La vida estudiantil en la Universidad se deslizaba en un clima de libertinaje y permisividad. Peleas, juegos, dinero, bebidas, hasta duelos. Por tanto, se endeudaban. Los compañeros recibían remesas de refuerzo, pero John Allan enviaba sólo lo estipulado como gastos… y Edgar, hasta cierto punto, tenía razón en querer seguir el ritmo de vida al que lo tenían acostumbrado. Enviarlo a costosas universidades  para una excelente educación, y negarle, al mismo tiempo, el dinero necesario para desenvolverse sin avergonzarse ante sus condiscípulos sureños era, evidentemente, falta de bondad y de sentido común. Además, la salud de Frances decaía rápidamente. Edgar, hundido en tantas desventuras, se siente abandonado. Juega y pierde casi siempre. Comienza a beber. Pero en él la bebida es un detonante trágico y misterioso: al primer vaso el efecto es terrible, inexplicable. Su hipersensibilidad, sus nervios a flor de piel, sus taras heredadas, hacen del primer vaso de ron un estallido. Su hiperlucidez mental lo vuelve brillante, genial. El segundo vaso lo derriba en una total borrachera; luego, un lento y penoso despertar; días y días arrastrados hasta volver a la normalidad.

Como estudiante alcanza niveles extraordinarios. Es el genio intelectual del grupo. Habla y traduce las lenguas clásicas sin esfuerzo. Es admirado por profesores y alumnos; lee sin descanso arte, ciencias y, sobre todo, literatura. Estudio, juego, ron, deudas. Podía ir a la cárcel por ellas. Aquel diciembre, rodeado de sus camaradas, Edgar hace una fogata de despedida con los muebles de su cuarto. Es su adiós. Sabe que no volverá.

El enfrentamiento con su padrastro es duro. Edgar no acepta las propuestas de Allan (estudiar una carrera o dedicarse al comercio) y éste le corta toda ayuda, tachándole de holgazán. Se insultan de la peor manera y Edgar abandona, iracundo, la casa, desoyendo los ruegos de Frances. Horas después, desde una taberna, escribe pidiendo su baúl de ropa y algún dinero. A escondidas, Frances se los hace llegar.

Va a Boston. Gracias a su amistad con un impresor publica Tarmelán y otros poemas, libro que, naturalmente, no se vende. Acosado por la miseria se engancha como soldado raso para poder comer. Sobrevive. Su cómoda adolescencia queda definitivamente atrás. El soldado Allan Percy ―con ese nombre se engancha― pronto es ascendido, por méritos, a Sargento Mayor. Ese ambiente mediocre, sin bibliotecas ni contactos literarios, lo abruma. Pide ayuda a John Allan prometiéndole ingresar a West Point. Es una carrera: su padrastro acepta. Y otra vez el infortunio: muere mamá Frances. El llamado de la moribunda no le llega a tiempo. Cuando arriba va a su tumba ―cercana a la de Hellen― y cae desmayado en el campo santo de donde lo recogen los criados negros.

En Baltimore Edgar se propone visitar a editores y directores de revistas. Sin un peso, termina viviendo en casa de su tía María Clemm, su hijo Henry y la pequeña Virginia, incógnita no resuelta de la vida del poeta.

«Muddie» fue, desde entonces, el ángel tutelar de Edgar. En un cuartito compartido con su hermano, tuberculoso en último grado, pudo al fin dedicarse a escribir.

Vuelve a su casa en Richmond, para ingresar a West Point: las relaciones con el padre siguen siendo tensas, al darse cuenta Allan de los trabajos literarios de Edgar. Pero es ingresar o morirse de hambre. En West Point su físico ya no responde y le resulta penoso el entrenamiento. Los escasos medios siguen siendo su problema, agravado por el segundo matrimonio de Allan con una mujer hostil al «hijo de actores». Decide hacerse expulsar, única forma de salir de West Point sin violar el juramento.

La ruptura con su padrastro es terrible. Envuelto en su capa de cadete ―que conservó hasta su muerte―, se embarca hacia New York, donde pronto lo vemos deambular hambriento y angustiado. Allí consigue publicar su primer libro de poemas. Su genio poético y su magia verbal, irrumpen regalando sombras y mensajes metafísicos, fiel a sí mismo, bello y atormentado.

Edgar Allan Poe, por Escher.

Edgar Allan Poe, por Escher.

De nuevo en la buhardilla de Baltimore, ya sin el hermano muerto en su ausencia. No lo sabemos. El cuento es más vendible y tal vez fue esa la razón de su interés en él. «No confundir cuento con poema», se dijo, y puso todo su talento en este género literario, dándole una atmósfera subyugante, aterradora. Se afirmó su increíble genio literario y su carrera de escritor quedó definitivamente sellada.

Por entonces se enamora de Mary Duvereaux. El noviazgo no alcanza a durar un año. Ella comenta: «Poe no valoraba las leyes de Dios ni las de los humanos. Era fascinante, celoso y violento.» Compra una fusta, castiga con ella a un tío de Mary por entrometerse en sus relaciones y acaba tirando la fusta a los pies de su novia.

Siguieron años de privaciones. Escribía sin cesar en la más horrible miseria; pidió ayuda a Allan, quien se encontraba gravemente enfermo. Sólo obtuvo de él rechazo y negativa de dinero. De haber sido condescendiente, y seguido los consejos de su padre, no se le habría negado protección y ayuda, pero el enfrentamiento era irreductible: él quería ser escritor.

Hay en su vida un episodio tanto o más misterioso que en sus cuentos. Virginia Clemm, prima de Edgar, se convierte en su novia y luego en su esposa. Tenía trece años y él veinticinco; además, siempre se le notó un leve retraso mental. Aún adulta, seguía pareciendo una niña. Muddie acepta la relación y se casan secretamente para no alborotar al resto de la familia. Con todo su candor, Virginia adora a ese muchacho bello y maravilloso. La madre confía en Edgar, quien quiso siempre a Sis con cariño profundo. Si la amó, si la hizo su mujer, fue y sigue siendo un misterio no develado. La hipótesis más sensata es que se casó para mantener a las mujeres en un plano de amistad. Pero ¿por qué? Y aquí hay un desborde de opiniones de todo tipo.

Vargas Llosa, en un profundo estudio, comenta: «Lo único verosímil es suponer una inhibición sexual de carácter psíquico que obligaba a Poe a sublimar sus pasiones en un plano de irrealidad, pero que a la vez lo atormentaba al punto de exigirle una fachada de normalidad. Se han dicho muchas cosas.»

Con traje prestado se vincula al Southern Literary Messenger, una revista de Richmond. Y por el éxito de sus cuentos lo incorporan al equipo estable: por fin tiene un sueldo fijo. Se siente enfermo y estimula el corazón con opio, lo cual aumenta la brillantez de su prosa. Lo pone contento tener fondos para ayudar a Sis y Muddie.

A los veintiocho años se lo ve envejecido, pero le sienta bien. Es bello, fascinante, sus ojos brillan como ascuas, escribe poemas fantásticos y cuentos aterradores que estremecen a los ansiosos lectores de las revistas literarias.

Deprimido por la ausencia de Sis y Muddie toma la primera copa y cae en la degradación. Se recupera. Y así va de largos períodos de trabajo a oscuras caídas en la bebida. Pierde el empleo, pero el director del Messenger, aquilatando su valía, le aconseja que viva con su familia, lejos del vino. Resultado: Muddie y Sis vienen a Richmond. Su fama se afianza. Sus escritos ácidos, punzantes, espléndidos, gustan. Sus relatos se publican en forma de folletín… y se casa por segunda vez con Sis, ahora públicamente, repitiendo el sí ante los deslumbrados ojos de su mujercita.

Su prestigio crece y fascina a los lectores. Poe anhela un ambiente más de acuerdo con su nivel. Al final, por su descontento y frecuentes fallas debidas a la bebida, decide dejar el cargo y, arrastrando tras él a su familia, se instala en New York, en plena depresión económica. Sin trabajo, escribe sin pausa una extraordinaria producción literaria. De nuevo en la miseria, se trasladan a una humilde pensión en Philadelfia.

Ya tiene veintinueve años. Aparece Ligeia, y poco después la estupenda historia de La caída de la casa Usher. Con el opio surge la tendencia anormal, necrofílica y sádica del genio de Poe. Sueña con una revista propia y decide colaborar con Buston’s pues le daban total libertad. La revista era de última categoría, pero la colaboración de Poe hizo que saltara a los primeros puestos por la calidad y audacia de su material. Muchos de sus mejores cuentos son de esta época.

Pudo alquilar una casa bonita, casi en el campo, para darles un lugar digno a Sis y Muddie. Han quedado pruebas de los mimos y el cariño de Edgar para su esposa niña y su tía. Sobre el dintel de la puerta de su escritorio, en esta casa, estaba el busto de Palas que menciona en El cuervo.

Retorna a su trabajo como Director Literario en el Graham’s, causando sensación por su brillantez y técnica periodística; pero él soñaba con su revista. «Acuñar monedas con el propio cerebro, a una señal del amo, me parece la tarea más dura del mundo», escribe en una carta. Edgar atraviesa un momento extraordinario. Para desmentir críticas, cambia de técnica y escribe «cuentos analíticos», obviando lo mórbido y utiliza su talento en una perfecta coherencia intelectual.

Vuelve la tragedia. En una reunión de amigos, en casa de Poe, mientras Virginia cantaba, acompañándose con el arpa, un violento vómito de sangre ahogó su voz, revelando una tuberculosis avanzada. Fue horrible, la sintió morir, se encontró abandonado. Pierde toda compostura, sus obsesiones se desnudan, su débil corazón falla, para seguir adelante, bebe y se hunde en el desastre. Dice: «Mis amigos atribuyen la locura a la bebida en vez de atribuir la bebida a la locura». Vuelve borracho; contempla a Sis delirante de fiebre, con atroces alucinaciones. El cuervo empieza a machacarle su estribillo.

Acepta la caridad de sus amigos para que Virginia tenga qué comer. Ella agoniza: él escribe Annabel Lee, un poema estremecedor sobre su vida, que comienza: «Yo era un niño y ella una niña…» Poco después, Sis fallece. Él sigue el cortejo envuelto en su capa de cadete, ahora que ya no es el precario abrigo en el lecho de Virginia. Después Edgar queda con un miedo patológico pero perdura su capacidad asombrosa de concentración intelectual. Sumido en el delirio y la inconsciencia, por semanas, despierta desesperado en ese mundo sin Sis. Y del fondo de esa obscuridad surge la maravillosa Ulalume.

Poe lucha contra el opio, el alcohol y sus fantasmas. También traba relación con dos mujeres ―no puede soportar la soledad―, Annie y Helen, quienes sostienen su autoestima. Vuelve a Richmond. Al salir de su pesadilla alterna con antiguos y buenos amigos. Se tranquiliza y es razonablemente feliz. Visita asiduamente a Annie, sin embargo, decide ir a Boston para proponerle matrimonio a Helen. Pero no llega a destino. En el trayecto compra láudano, lo toma, y cae en un desequilibrio que casi lo lleva a la tumba. Días después aparece en casa de Helen. En una escena desgarradora él promete no volver a tomar drogas y ella acepta el matrimonio. Poe vuelve a su casa para buscar a Muddie y hablar con su editor. Entretanto, la familia de Helen consigue hacerla cambiar de idea y Poe cae, de nuevo, en la desesperación.

Quizá el rechazo y su angustia lo hacen reaccionar una vez más. En un poema, Para Annie, Poe se ve muerto, definitivamente muerto, felizmente muerto. Se despide de Muddie y vuelve a Richmond. Todo es nebuloso en ese lapso. Aparece en Philadelfia, en una editorial donde tenía amigos, pidiendo protección, pues, obsesionado, se sentía perseguido. Ese estado alucinado duró días, hasta que comenzó a reaccionar. El hombre más solitario del mundo no sabe estar solo. Llama a su lado a Muddie, necesita de su compañía y cuidados. Le escribe: «Ven si puedes, me siento tan mal».

En Virginia, entre amigos, tertulias y veladas, hace una vida tranquila. Aureolado de fama, le suplican que recite El cuervo, convertido en «el poema inolvidable» en sus labios. Se encuentra con Elmira; su novia de antaño, hoy viuda. Edgar, como antes, fatalmente bello y misterioso. Derrochando genio y escándalo, la pide en matrimonio. Todo queda concertado para el mes siguiente. Edgar resuelve traer a Muddie. Se embarca rumbo a Baltimore, con la advertencia médica de que otra recaída sería fatal. Esperando la conexión a Filadelfia debe aguardar algunas horas, y esas fatídicas horas sellan su destino. Se sabe que un conocido lo vio ebrio, después, nada. Cinco días más tarde, un médico amigo de Poe es llamado para atender a alguien angustiosamente necesitado de su ayuda. Un tipógrafo reconoció a Poe en ese despojo borracho y andrajoso, y lo socorrió. El médico describe a un hombre alucinado, hundido en el infierno de la locura, dominado por terríficas visiones. Vivió cinco días más en el hospital, solo, pues nadie sabía su paradero. En un momento de lucidez preguntó si quedaba alguna esperanza; le dijeron que se hallaba muy grave. Y él rectificó: «No quiero decir eso, quiero saber si hay esperanza para un miserable como yo».

La leyenda nació al instante, y él hubiera gozado en agregarle historias, confundir a la gente, y crear, con su fabulosa imaginación y pluma, el trágico relato de su vida.

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