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Odio la cultura de la celebridad

Jack Gleeson, el joven actor vuelto famoso con su personaje de Joffrey Baratheon, de la serie televisiva Juego de Tronos, fue invitado a hablar sobre su papel actoral en Oxford Union en noviembre de 2013. Gleeson fue más allá de su vida y personaje y analizó la cultura de la celebridad desde las perspectivas históricas, antropológicas y sociológicas.

Jack Gleeson en plena conferencia en Oxford Union.

Jack Gleeson en plena conferencia en Oxford Union.

Es todo un honor y un privilegio ser invitado a hablar aquí esta noche, una sociedad que ha escuchado hablar a algunos de mis grandes héroes como el Dalai Lama, Malcolm X, Albert Einstein y Peter Andre. Desde que recibí la humilde invitación de su presidente para enfrentar, tú sabes, a este bello público, pensé en sus pasados oradores, reemplazando rápidamente mi alegría y orgullo por preocupación, y me pregunté ¿de qué demonios voy a hablar?

No he tratado de fomentar un universo de compasión alrededor del mundo o peleado contra la opresión en América, o explorado los misterios del Universo escondidos en alguna teoría de mecánica cuántica. Tampoco soy una peculiar chica misteriosa. Como saben todo lo que he hecho es actuar en una serie de televisión y fingir ser cruel… Esencialmente por el dinero. Si esto podría ir de mal en peor, me dije a mí mismo, al menos podría traer mi ballesta y asaltar sexualmente a algunos de los estudiantes con ella. Lo discutimos y eso no iba con el programa.

Gracias a su invitación volvió a mi mente un encuentro similar en el cual participé hace unas semanas, en el que después de los primeros veinte minutos de una larga sesión, una sesión de preguntas y respuestas de una hora —tanto las preguntas como las respuestas se terminaron rápidamente—, todavía quedaban cuarenta minutos del encuentro, y aparentemente todo mi valor fue sorbido como un mini CapriSun tropical. Mi sangre se congeló a medida que miraba al mar de  caras volteándose incómodamente.

El silencio fue finalmente quebrado por una extraña pregunta sobre qué había consumido en el desayuno esa mañana. Fue en ese punto cuando me di cuenta de que después de 21 años de una vida poco interesante, uno simplemente no puede hablar de uno mismo por una hora, especialmente sin caer en lo irrelevante. Literalmente no tengo suficiente de qué hablar durante una hora.

Entonces, en el afán de evitar la inevitable, seguida de preguntas esta noche, antes de las preguntas y respuestas decidí que intentaría perder el mayor tiempo posible hablando de algo, que espero no responda ninguna pregunta —porque cada respuesta es oro con respecto al tiempo—, pero espero que sea interesante y relevante con respecto a mi vida y Juego de Tronos.

Básicamente desde que la serie de televisión comenzó… (Me disculpo por la longitud y la naturaleza aburrida de esto. Lo escribí todo anoche. Por eso no es muy pulcro, y por favor siéntanse con la libertad de dejar de prestar atención en cualquier punto de esto. Intentaré leerlo de una manera interesante porque no es interesante.) Desde que la serie de televisión comenzó siento que me dieron un punto de vista interno de un misterioso aspecto de la sociedad llamada nuestra «cultura de la celebridad». Extraños en la calle ahora me llaman Jack. Mi imagen pública es democratizada por  fanáticos e instituciones en internet. También me han dado oportunidades como la de esta noche, que verdaderamente sólo pasan una vez en la vida.

Sintiéndome muy abstraído de la «cultura de la celebridad moderna», si quieren llamarla así, ese tipo de sentimientos ha provocado mucha reflexión interior sobre mi posición en esto. Entonces quisiera aprovechar esta oportunidad para hablar sobre estas reflexiones, pero aprecio la ironía de hablar de las celebridades en este contexto. Espero que la ironía sea tomada con pinzas.

Siento que algunas de estas reflexiones son, tal vez, únicas en el sentido de que estoy en una posición singular entre el tipo de cigarrillos y libros de un estudiante y simultáneamente con la cocaína y las prostitutas de una celebridad.

Desde que mi madre me envió a las clases de actuación los sábados por la mañana cuando tenía 7, quise convertirme en un actor famoso. Amaba la idea de cautivar y conmover a una audiencia con mi actuación, pero más importante era ser reconocido y elogiado por ese talento.

Al principio sólo me presenté en pequeñas películas y obras de teatro cortas y cosas así. Lo más destacable de este período fue mi interpretación de José en un nacimiento en la escuela, a los 8 años. Los críticos alabaron mi José describiéndolo como «puro» y «fascinante» y presentando un «profundo entendimiento del personaje que nunca será igualado por nadie más nuevamente».

Era emocionante. Mi José atrajo un gran contrato para interpretar a «niño pequeño» en Batman inicia, en 2005. «Niño pequeño» tenía la misma pasión e instinto que había visto en José, la misma resiliencia, pero sobre todo el mismo amor por María, su esposa embarazada.

Sin embargo, a pesar de ser un papel de un minuto, mi aparición en Batman inicia me presentó con mi primer encuentro con la «celebridad». Después del estreno de la película me convertí en «el chico de Batman». Mi nueva característica era utilizada como rompe hielo entre mis compañeros, un chisme vago en ciertas ocasiones sociales.

El sobrenombre no me molestó, pero tampoco necesariamente lo disfruté. Sin embargo, poco sabía de la forma más concentrada de esa abstracción social que sería puesta en mi regazo cinco años más tarde, cuando entrara en una audición, como un ojiazul de cola esponjada de 17,  para cierta serie de televisión de HBO llamada Juego de Tronos.

Capítulo dos

Siendo honesto, desde que escuché la alegre noticia de que recibía el papel de Joffrey, realmente no esperé todas las cosas accesorias que vienen con ser un actor en un exitoso programa de televisión. No tenía predicciones sobre toda la atención, las invitaciones a eventos, y por supuesto toda la cocaína y las prostitutas que esperarían por mí en cada esquina. Simplemente estaba emocionado por actuar en un programa de televisión de moda.

Tal vez era ingenuo o tal vez —como todos los involucrados en el programa— no anticipé el éxito que lograría. En todo caso, cualquiera fuera la razón, me llevó a una aguda sorpresa cuando noté que había, desconocidamente, firmado un contrato invisible que me requería entrar en un nuevo extraño nivel de la sociedad.

Repentinamente la gente quería tomarse fotos en las calles conmigo, y los periodistas estaban interesados en la clase de medias de mi preferencia. Entre ciertos grupos de compañeros, mis chistes parecían haberse vuelto más graciosos. Quizá se debía a la cantidad de libros de comedia que leía en ese tiempo o la zalamería, no lo sé.

Era una atmósfera de la cual quise alejarse instantáneamente. Detesté la elevación superficial y la mercantilización de todo ello, yuxtapuesto con la grotesca implicación personal que absorbía de mí. Noté rápidamente que es mucho más cómodo ser un desconocido miembro de un grupo que tambalearse en un frágil pedestal a un metro del suelo.

La exclusión y la sutil diferenciación que vienen con una atenuada forma de celebridad que poseía, me avergüenza. Pero lo que me sorprendió como algo más extraño, sin embargo, sobre toda esa cuestión, fue la forma en que yo encontraba todo muy extraño. La celebridad es vista por una gran cantidad de personas, y ciertamente para mí fue —al menos lo fue por un tiempo— como la cumbre de la sociedad, del éxito. Es reverenciada casi religiosamente por la institución y su base de miembros en rápida expansión.

En estos días la apoteosis de la celebridad no es solamente limitada a la veneración de ídolos de películas, estrellas pop, héroes del deporte o estrellas de realities de televisión. Tenemos celebridades chefs, escritores, comediantes, políticos, intelectuales, científicos, gente de negocios, sombrereros, quienes constantemente nos restriegan sus rostros en comerciales y programas de televisión, portadas de revistas. Pero esta veneración e invasión es muchas veces bienvenida y fomentada por un gran porcentaje del público.

Empecé a preguntarme por qué ocurría esto y si existía algún perjuicio en la veneración. Después de todo son simplemente personas. Aunque uno pueda rastrear los orígenes de la clase de celebridad o como quiera que la llamaran en el Romanticismo, personas como Samuel Johnson o incluso antes —con Beckett—, fue realmente en el siglo XX —con la proliferación de la fotografía, la radio, la televisión y los medios masivos de comunicación en general— que finalmente se preparó un suelo fértil para las estrellas de deportes, las estrellas de cine y los cantantes que fueran tan masificados como reconocidos, figuras públicas influyentes.

Esto fomentó una especie de cultura dominada por lo que (Jean) Baudrillard llamó el «simulacro», con imágenes que no contienen referencia alguna al mundo real. A raíz de ver y escuchar por primera vez a renombradas figuras de su tiempo —gente como Charlie Chaplin y Gloria Swanson—, el público comenzó tal vez inconscientemente a minimizarlos a sus imágenes, conduciendo a una irreparable mercantilización de esas celebridades fotogénicas. Sin embargo, como Amy Henderson lo resalta, esta mercantilización se dio no tanto por el proceso de la creciente influencia de los medios sino por la transición de occidente de una sociedad productora a otra consumidora.

El capitalismo americano produjo una sociedad basada en la mercancía, en la cual las acciones de los individuos podrían ser igualadas a sus actos de consumismo. Tabloides, programas de entrevistas y, subsecuentemente, realities de televisión. Todos se obsesionaron con la mercantilización de la imagen de la celebridad, volviéndola consumible y en última instancia desechable. Lo irónico es ver a las celebridades promocionando productos como tampones musicales y apareciendo en comerciales para blanqueador de dientes con perfume a lavanda o cosas así.

Esta forma de consumismo canibalístico no parece ser inherentemente dañino para los consumidores. El efecto que tiene muchas veces puede ser profundo. Por esta razón he huido de entrevistas en el ojo público.

Teniendo su propia imagen y vida democratizada, deshumanizada y a veces transformada en un producto de entretenimiento, ¿qué clase de valoración del ego uno tendría una vez que ha permitido ser venerado por años y años en el ojo público? Tal vez sólo se transforma en piel y huesos.

Jaime Tehrani, de la Universidad de Durham, tiene un punto de vista alternativo y una teoría un poco loca de dónde surge esta fascinación por la cultura de la celebridad. Él cree que la respuesta se encuentra en la psicología evolutiva que… —suena un poco loca pero tiene un poco de valor—. Su teoría se centra alrededor de la noción antropológica del prestigio, definido en términos de un alto nivel social como admiración y respeto inspiradas por un individuo que posee ciertas habilidades de adaptación como una técnica de caza superior, etc. El prestigio es puesto sobre el individuo para que el resto de la comunidad pueda aprender esa habilidad a través de la imitación, al colocarlos en el ojo público para que puedan ser imitados. Sin embargo, al imitar individuos de prestigio uno puede confundirse con las habilidades no adaptativas. El ejemplo que Tehrani usa es que un hombre puede observar a un cazador exitoso realizar un tipo de encantamiento sobre su arco y flecha, y el hombre que observa adapta el ritual como sus técnicas de preparación de las herramientas.

Tehrani cree que en nuestra sociedad  las celebridades poseen prestigio debido a su fama y como resultado tenemos este instinto psicológico evolutivo de imitarlos. Esta tendencia explica por qué nos interesa lo que las estrellas de deportes y cantantes visten, qué automóviles manejan y esas cosas. Las celebridades se transformaron en nuestros modelos morales y sociales a seguir simplemente por un capricho evolutivo. Sin embargo, ¿qué ocurre si este instinto de imitar nos lleva a adaptar los valores morales de los actuales individuos de prestigio? ¿Acaso nos encontraremos en una posición donde empezaremos a imitar al borracho del pueblo simplemente porque posee prestigio aunque su éxito original se haya desvanecido hace tiempo? En la teoría de Tehrani es donde algo terrorífico toma lugar, llamada una fama de realización personal que apareció en la última década o algo así, que no necesita basarse en la habilidad de adaptación o realmente en habilidad alguna para eso, porque lo único que necesita es el combustible de más celebridad, y más prestigio, y más celebridad y así sucesivamente.

Creo que es una buena teoría de dónde viene la cultura de la celebridad. Pero la causa más convincente de nuestra cultura de la celebridad contemporánea, de nuestra fascinación por la cultura de la celebridad contemporánea, fue expuesta por Max Weber. Él también basa su teoría en la imitación de modelos a seguir pero reemplazando la posición tomada por la noción de prestigio de Tehrani por su noción de carisma. Weber creía que para cualquier forma de autoridad, la atribución de legitimidad es fundamental y necesaria, volviéndola, como que él lo llamó, una dominación legítima, lo cual suena muy sensual. Esto presuponía un grado de aceptación voluntaria. Él también consideró la autoridad de los profetas, los magos y los adivinos, diferente de otros porque su autoridad dependía de cierta devoción al carácter excepcional de cada individuo, un tipo especial de autoridad que él llamó carisma.

El término carisma se aplicaría a cierta cualidad… No debería decir eso. Básicamente existe gente con carisma en la sociedad, y eso es importante también. La verdadera forma de carisma es la que recibe estos poderes como un regalo como virtud de un proceso natural. Es fácil ver cómo nuestras celebridades modernas son manifestaciones perfectas de este tipo barbárico de autoridad carismática. Ellos no poseen las cualidades heroicas de los profetas, pero el visible modelo a seguir se ha convertido en el objeto de imitación. Sus publicitadas personalidades y características individuales funcionan como una forma de cuasi carisma. Eso atrae la atención del público.

Como las clásicas figuras carismáticas, las celebridades son individuos que se entregan a la gente con un foco de identificación, pero a diferencia de las clásicas figuras carismáticas, las celebridades carecen de esas misteriosas cualidades de líderes de los profetas, aunque son modelos a seguir. Entonces lo que las celebridades también poseen es ese tipo de dominación voluntaria como otros tipos de autoridad, que las personas encuentran todos los días, como en los políticos. Son desafiados por el público, y tal vez a veces se sienten opresivos. La autoridad que las celebridades poseen sobre nosotros es aceptada y muchas veces bienvenida porque no es vista como algo malévolo.

El peligro escondido en la celebridad carismática de Weber es la misma que en los individuos tiránicos: la predisposición de imitar a un individuo siempre tendrá su impacto negativo, especialmente cuando el modelo a seguir no siente la responsabilidad de adoptar valores apropiados.

La fascinación que viene con este carisma se reduce al síndrome de adoración de la celebridad. Está comprobado por un estudio realizado en la Universidad de Lester que el 35% de un total de seiscientos adultos sufrían de este síndrome, y los casos más extremos manifestaron que conocían al objeto de su adoración,  y  que estaban dispuestos a morir por su héroe.

No es simplemente un tipo de extraño capricho sociológico sino, creo, el indicador de un tipo completo de disolución del ser en favor de otro, que puede verse casi como una traducción directa de una histeria religiosa, ya sea un estado mental o el deseo de ser controlado por algo superior a uno. Estos casos son indicadores de que el carisma puede reemplazar el ego.

Dostoievski dice en Los hermanos Karamasov: «No hay preocupación más constante y dolorosa para el hombre que la de, sin dejar de ser libre, encontrar cuanto antes aquello a que lo debe adorar».

¿Entonces cuáles son los peligros que implican ser una celebridad? Por un lado, se tiene la pérdida del ser debido a ser sobredemocratizado, sobresaturado —tal vez sobreamado—. El ego puede ahogarse en su propia fascinación sin una brújula interna, dejando a los portadores sin la posibilidad de sostenerse en ellos mismos.

Las celebridades son excluidas de su vida diaria, como un tipo de exilio en un nivel presuntamente mejor: la vida de una celebridad, toda la fama y el glamour. Sin embargo, no importa cuanto podemos codiciar este exilio, el deseo de convertirse en una celebridad es, esencialmente, una deshumanización. Uno se vuelve fácil de novelizar cuando se despoja de cualquier semejanza del ser al preceptor, y por lo tanto fácil de juzgar y consumir.

Y finalmente, por supuesto, está el dilema de la privacidad. Es un tema que surge a menudo. Hemos visto por qué nos fascinamos por lo banal y mundano de la vida de una celebridad. Ustedes saben qué clase de bananas les gusta y esas cosas. Son los modelos prescritos de nuestro tiempo, representan alguna forma de ideal en cada aspecto de la vida, ya sea en sus logros profesionales, preferencia de quesos o hasta en su preferencia de drogas.

Tal vez el deseo de posicionarlos simultáneamente en ambos planos —lo ordinario y lo abstracto— es una invitación a recuperar algo de la inmortalidad que les hemos dado. Por un fugaz momento compartimos la «gloria de la vida de la celebridad» al empatizar con ellos y humanizarlos hasta cierto punto —o tal vez nos recuerdan que si ellos pueden lograrlo, nosotros también podremos—.

En conclusión —afortunadamente—, parece que las celebridades se transformaron en un recipiente de, como dije, un instinto económico, revolucionario o sociológico de consumir e imitar ciertos miembros extraordinarios de la sociedad. Hemos analizado cómo esta reverencia puede tener efectos profundos en ambas parte, muchas veces más efectos negativos que positivos.

Pienso que la comunal admiración de individuos es sana para la sociedad. De alguna forma facilita la base de nuestras normas universales, morales, pero también expone públicamente la virtud de ciertas prácticas que son «inherentemente buenas» en alguna clase de ideas de lo que «bueno» significa.

Sin embargo, este tipo de celebritización es solamente algo positivo cuando el individuo representa valores dignos de ser imitados, por decir a una persona moral. Necesitamos ser exigentes con nuestras celebridades, de lo contrario podríamos encontrarnos de vuelta en una situación dónde hacemos el papel del borracho del pueblo constantemente.

Y también necesitamos moderar la concentración en la cual amamos celebritizar, básicamente por el bienestar de las celebridades mismas y su autoevaluación, pero también por nosotros. Como el objeto de nuestra atención puede convertirse en algo vacío y externamente dirigido con exagerada devoción, siento que los devotos pueden sacrificar su propia individualidad o autonomía en favor de entregarse a un poder supremo.

Necesitamos pelear contra el instinto humano de divinizar los modelos a imitar, pero también luchar contra nuestro instinto de subyugar nuestra propia individualidad en el proceso. Mirar a las estrellas es una de las cosas humanas más profundas que uno puede hacer. Pero tal vez deberíamos desprendernos más frecuentemente de la belleza y el misterio del cielo estrellado e inspeccionar, admirar y promover la ley moral en su interior.

Nota: la conferencia se realizó el miércoles 27 de noviembre 2013. La traducción al castellano fue realizada por Fabiola González, participante del Taller de Escritura Semiomnisciente.

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